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Autor: Adrien Nocent | Fuente: www.mercaba.org Tres figuras de la espera
Isaías, Juan Bautista y María, siempre presentes en la liturgia del Adviento
Tres figuras de la espera
1. UNA FIGURA DE LA ESPERA: ISAÍAS
La elección de
las lecturas de Adviento nos ha puesto en frecuente contacto
con Isaías. Conviene reflexionar un poco sobre su personalidad.
Los textos
evangélicos no dicen nada de la personalidad del profeta Isaías,
pero le citan. Incluso podemos decir que, a menudo, se
le adivina presente en el pensamiento y hasta en las
palabras de Cristo. Es el profeta por excelencia del tiempo
de la espera; está asombrosamente cercano, es de los nuestros,
de hoy. Lo está por su deseo de liberación, su
deseo de lo absoluto de Dios; lo es en la
lógica bravura de toda su vida que es lucha y
combate; lo es hasta en su arte literario, en el
que nuestro siglo vuelve a encontrar su gusto por la
imagen desnuda pero fuerte hasta la crudeza. Es uno de
esos violentos a los que les es prometido por Cristo
el Reino. Todo debe ceder ante este visionario, emocionado por
el esplendor futuro del Reino de Dios que se inaugura
con la venida de un Príncipe de paz y justicia.
Encontramos en Isaías ese poder tranquilo e inquebrantable del que
está poseído por el Espíritu que anuncia, sin otra alternativa
y como pesándole lo que le dicta el Señor.
El profeta
apenas es conocido por otra cosa que sus obras, pero
éstas son tan características que a través de ellas podemos
adivinar y amar su persona. Sorprendente proximidad de esta gran
figura del siglo VIII antes de Cristo, que sentimos en
medio de nosotros, cotidianamente, dominándonos desde su altura espiritual.
Isaías vivió
en una época de esplendor y prosperidad. Rara vez los
reinos de Judá y Samaría habían conocido tal optimismo y
su posición política les permite ambiciosos sueños. Su religiosidad atribuye
a Dios su fortuna política y su religión espera de
él nuevos éxitos. En medio de este frágil paraíso, Isaías
va a erguirse valerosamente y a cumplir con su misión:
mostrar a su pueblo la ruina que le espera por
su negligencia.
Perteneciente sin duda a la aristocracia de Jerusalén, alimentado
por la literatura de sus predecesores, sobre todo Amós y
Oseas, Isaías prevé como ellos, inspirado por su Dios, lo
que será la historia de su país. Superando la situación
presente en la que se entremezclan cobardías y compromisos, ve
el castigo futuro que enderezará los caminos tortuosos.
Lodts escribe de
los profetas: "Creyendo quizá reclamar una vuelta atrás, exigían un
salto hacia adelante. Estos reaccionarios eran, al mismo tiempo, revolucionarios".
Así las cosas, Isaías fue arrebatado por el Señor "el
año de la muerte del rey Ozías", hacia el año
740, cuando estaba en el templo, con los labios purificados
por una brasa traída por un serafín (Is 6, 113).
A partir de este momento, Isaías ya no se pertenece.
No porque sea un simple instrumento pasivo en las manos
de Yahvé; al contrario, todo su dinamismo va a ponerse
al servicio de su Dios, convirtiéndose en su mensajero. Mensajero
terrible que anuncia el despojo de Israel al que sólo
le quedará un pequeño soplo de vida.
Los comienzos de la
obra de Isaías, que originarán la leyenda del buey y
del asno del pesebre, marcan su pensamiento y su papel.
Yahvé lo es todo para Israel, pero Israel, más estúpido
que el buey que conoce a su dueño, ignora a
su Dios (Is 1, 2-3).
La doncella va a dar a
luz
Pero Isaías no se aislará en el papel de predicador
moralizante. Y así se convierte para siempre en el gran
anunciador de la Parusía, de la venida de Yahvé. Así
como Amós se había levantado contra la sed de dominación
que avivaba la brillante situación de Judá y Samaría en
el siglo VIII, Isaías predice los cataclismos que se desencadenarán
en el día de Yahvé (Is 2, 1-17). Ese día
será para Israel el día del juicio. Para Isaías, como
más tarde para San Pablo y San Juan, la venida
del Señor lleva consigo el triunfo de la justicia. Por
otra parte, los capítulos 7 al 11 nos van a
describir al Príncipe que gobernará en la paz y la
justicia (ls 7, 10-17).
Es fundamental familiarizarse con el doble sentido
de este texto. A aquel que no entre en la
realidad ambivalente que comunica, le será totalmente imposible comprender la
Escritura, incluso ciertos pasajes del Evangelio, y vivir plenamente la
liturgia.
En efecto, en el evangelio del primer domingo de Adviento
sobre el fin del mundo y la Parusía, los dos
significados del Adviento dejan constancia de ese fenómeno propiamente bíblico
en el que una doble realidad se significa por un
mismo y único acontecimiento. El reino de Judá va a
pasar por la devastación y la ruina. El nacimiento de
Emmanuel, "Dios con nosotros", reconfortará a un reino dividido por
el cisma de diez tribus. El anuncio de este nacimiento
promete, pues, a los contemporáneos de Isaías y a los
oyentes de su oráculo, la supervivencia del reino, a pesar
del cisma y la devastación. Príncipe y profeta, ese niño
salvará por sí mismo a su país.
La edad de oro
Pero,
por otra parte, la presentación literaria del oráculo y el
modo de insistir Isaías en el carácter liberador de este
niño, cuyo nacimiento y juventud son dramáticos, hacen presentir que
el profeta por encima del cuadro político de su tiempo,
ve en este niño la salvación del mundo. Isaías subraya
en sus ulteriores profecías los rasgos característicos del Mesías. Aquí
se contenta con apuntarlos y se reserva para más tarde
el tratarlos uno a uno y modelarlos. El profeta describe
así a este rey justo: (Is. 11, 1-9).
Se ha puesto
en duda la atribución de este pasaje a Isaías, pero
casi nadie niega actualmente de modo claro su autenticidad. Es
fácil reconocer en él el texto de donde ha sacado
la tradición los siete dones del Espíritu.
La profecía nos describe
el tipo perfecto del Juez, completado, además, con las cualidades
del guerrero, del sacerdote y del profeta. El restablecimiento de
la justicia y del orden crean un nuevo mundo en
el que las fuerzas y los seres se afrontan; un
verdadero paraíso terrestre en el que las bestias feroces conviven
con los animales más tranquilos. El restablecimiento de la unidad
perdida se debe al Príncipe de justicia.
Una vez más este
texto tiene una doble interpretación. Ezequías va a subir al
trono y este poema se escribe para él. Pero, ¿cómo
un hombre frágil puede reunir en sí tan eminentes cualidades?
¿No vislumbra Isaías al Mesías a través de Ezequías? La
Iglesia lo entiende así y hace leer este pasaje, sobre
la llegada del justo, en los maitines del segundo domingo
de Adviento.
En el capítulo segundo de su obra, hemos visto
a Isaias anunciando una Parusía que a la vez será
un juicio. En el capitulo 13, describe la caída de
Babilonia tomada por Ciro. Y de nuevo, se nos invita
a superar este acontecimiento histórico para ver la venida de
Yahvé en su "día". La descripción de los cataclismos que
se producirán la tomará Joel y la volveremos a encontrar
en el Apocalipsis (Is 13, 9-ll). Esta venida de Yahvé
aplastará a aquel que haya querido igualarse a Dios. El
Apocalipsis de Juan tomará parecidas imágenes para describir la derrota
del diablo (cap. 14).
A partir del lunes de la segunda
semana de Adviento, la Iglesia lee en los maitines largos
pasajes del Apocalipsis de Isaías (cap. 24-27). La crítica actual
está de acuerdo en no atribuirlos a Isaías. Pero estos
poemas están muy en la línea de su pensamiento.
Evocan el
día de Yahvé y la Parusía. Por eso, la Iglesia
los toma durante este tiempo. Y esto confirma también el
doble aspecto que la liturgia quiere dar al Adviento. Unas
veces toma textos sobre Emmanuel, otras los pasajes que anuncian
la Parusía.
Pero volvamos a Isaías. En los maitines del 4.°
domingo de Adviento, volvemos a encontrarle en el momento que
describe el advenimiento de Yahvé: "La tierra abrasada se trocará
en estanque, y el país árido en manantial de aguas"
(35, 7). Se reconoce el tema de la maldición de
la creación en el Génesis.
Pero vuelve Yahvé que va a
reconstruir el mundo. Al mismo tiempo, Isaías profetiza la acción
curativa de Jesús que anuncia el Reino: "Los ciegos ven,
los cojos andan", signo que Juan Bautista toma de este
poema de Isaías (35, 5-6).
Podriamos sintetizar toda la obra del
profeta reduciéndola a dos objetivos. El primero, llegar a la
situación presente, histórica, y remediarla luchando. El segundo, describir un
futuro mesiánico más lejano, una restauración del mundo. Así vemos
a Isaías como un enviado de su Dios al que
ha visto cara a cara. Como hipnotizado por Dios, el
profeta no cesa de hablar de él en cada línea
de su obra. Y, sin embargo, en sus descripciones se
distingue por mostrar cómo Yahvé es el Santo y, por
lo tanto, el impenetrable, el separado, Aquel que no se
deja conocer. O, más bien, se le conoce por sus
obras que, ante todo, es la justicia. Para restablecerla, Yahvé
interviene continuamente en la marcha del mundo.
Aunque el profeta describe
de modo literario esta intervención, ésta será de hecho y
en su pensamiento, una intervención histórica. Sin embargo, en todo
momento, al leer el poema, se supera esta perspectiva para
alcanzar una era futura, la del Mesías.
Figura atractiva esta de
Isaías, penetrado por la grandeza de su Dios, convencido de
su intervención continua en la creación. Irrupción histórica de Dios,
circunstanciada, contemporánea, pero anunciando una intervención mayor, el advenimiento del
Mesías. Este nacerá de una mujer y se introducirá así
en la dinastía de David, tal como San Mateo nos
la presenta al comienzo de su evangelio. Pero el advenimiento
del Mesías no señala un límite; a través de él,
Isaías hace que miremos hacia el día de Yahvé, día
definitivo, terrible, pero día de justicia y paz, en el
que el mundo se encontrará reconstruido en el orden y
la unidad.
De este modo, volvemos a encontrar en Isaías las
dos grandes perspectivas del Adviento.
2. UNA FIGURA DE LA ESPERA:
JUAN BAUTISTA
Restringir el estrecho parentesco entre Juan Bautista e Isaías
a dos coincidencias literarias sería no haber captado nada de
la personalidad del Precursor ni de la de Isaías. Los
dos coinciden en pensamiento y mensaje, son dos personalidades inseparables,
cuyos papeles son prolongación uno de otro. Isaías está presente
en Juan Bautista, como Juan Bautista está presente en aquél
al que ha preparado el camino y que dirá de
él: "No ha surgido entre los nacidos de mujer uno
mayor que Juan el Bautista".
Sólo conocemos a Isaías a través
de sus escritos: en el caso de Juan Bautista es
el Evangelio el que nos informa sobre su origen y
sus palabras y actitudes.
San Lucas nos cuenta con detalle el
anuncio del nacimiento de Juan (Lc 1, 5-25). Esta extraña
entrada en escena de un ser que se convertirá en
uno de los más importantes jalones de la realización de
los planes divinos es muy del estilo del Antiguo Testamento.
Todos los seres vivos debían ser destruidos por el diluvio,
pero Noé v los suyos fueron salvados en el arca.
Isaac nace de Sara, demasiado anciana para dar a luz.
David, joven y sin técnica de combate, derriba a Goliat.
Moisés, futuro guía del pueblo de Israel, es encontrado en
una cesta (designada en hebreo con la misma palabra que
el arca) y salvado de la muerte. De esta manera,
Dios quiere subrayar que él mismo toma la iniciativa de
la salvación de su pueblo. El mismo elige instrumentos que
emplea a su modo.
El anuncio del nacimiento de Juan es
solemne. Se realiza en el marco litúrgico del templo. Desde
la designación del nombre del niño, "Juan", que significa "Yahvé
es favorable", todo es concreta preparación divina del instrumento que
el Señor ha elegido. Su llegada no pasará desapercibida y
muchos se gozarán en su nacimiento (Lc 1, 14); se
abstendrá de vino y bebidas embriagantes, será un niño consagrado
y, como lo prescribe el libro de los Números (6,
1), no beberá vino ni licor fermentado. Este "nazir" es
ya signo de su vocación de asceta. El Espíritu habita
en él desde el seno de su madre. A su
vocación de asceta se une la de guía de su
pueblo (Lc 1, 17). Precederá al Mesías, papel que Malaquías
(3, 23) atribuía a Elías. Su circuncisión, hecho característico, muestra
también la elección divina: nadie en su parentela lleva el
nombre de Juan (Lc 1, 61), pero el Señor quiere
que se le llame así cambiando las costumbres. El Señor
es quien le ha elegido, es él quien dirige todo
y guía a su pueblo.
Benedictus Deus Israel
El nacimiento de
Juan es motivo de un admirable poema que, a la
vez, es acción de gracias y descripción del futuro papel
del niño. Este poema lo canta la Iglesia cada día
al final de los Laudes reavivando su acción de gracias
por la salvación que Dios le ha dado y en
reconocimiento porque Juan sigue mostrándole "el camino de la paz".
Juan Bautista es el signo de la irrupción de Dios
en su pueblo. El Señor le visita, le libra, realiza
la alianza que había prometido. El papel del precursor es
muy preciso: prepara los caminos del Señor (Is 40, 3),
da a su pueblo el "conocimiento de la salvación.
Todo el
afán especulativo y contemplativo de Israel es conocer la salvación,
las maravillas del designio de Dios sobre su pueblo. El
conocimiento de esa salvación provoca en él la acción de
gracias, la bendición, la proclamación de los beneficios de Dios
que se expresa por el "Bendito sea el Señor, Dios
de Israel".
Esta es la forma tradicional de oración de acción
de gracias que admira los designios de Dios. Con estos
mismos términos el servidor de Abrahán bendice a Yahvé (Gn
24, 26). Así también se expresa Jetró, suegro de Moisés,
reaccionando ante el relato admirable de lo que Yahvé había
hecho para librar a Israel de los egipcios (Ex 18,
10). La salvación es la remisión de los pecados, obra
de la misericordiosa ternura de nuestro Dios (Lc 1, 77-78).
Juan
deberá, pues, anunciar un bautismo en el Espíritu para remisión
de los pecados. Pero este bautismo no tendrá sólo este
efecto negativo. Será iluminación. La misericordiosa ternura de Dios enviará
al Mesías que, según dos pasajes de Isaías (9, 1
y 42, 7), recogidos por Cristo (Jn 8, 12), "iluminará
a los que se hallan sentados en tinieblas y sombras
de muerte" (Lc 1, 79).
El papel de Juan, "allanar el
camino del Señor". El lo sabe y se designa a
sí mismo, refiriéndose a Isaías (40, 3), como la voz
que clama en el desierto: "Allanad el camino del Señor".
Más positivamente todavía, deberá mostrar a aquel que está en
medio de los hombres, pero que éstos no le conocen
(Jn 1, 26) y a quien llama, cuando le ve
venir: "Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo"
(Jn 1, 29).
Juan corresponde y quiere corresponder a lo que
se ha dicho y previsto sobre él. Debe dar testimonio
de la presencia del Mesías. El modo de llamarle indica
ya lo que el Mesías representa para él: es el
"Cordero de Dios". El Levítico, en el capítulo 14, describe
la inmolación del cordero en expiación por la impureza legal.
Al leer este pasaje, Juan el evangelista piensa en el
servidor de Yahvé, descrito por Isaías en el capítulo 53,
que lleva sobre sí los pecados de Israel. Juan Bautista,
al mostrar a Cristo a sus discípulos, le ve como
la verdadera Pascua que supera la del Éxodo (12, 1)
y de la que el universo obtendrá la salvación.
Toda la
grandeza de Juan Bautista le viene de su humildad y
ocultamiento. Resplandece con la radiante luz del Mesías pero no
quiere de ningún modo hacerle pantalla: "Es preciso que él
crezca v que yo disminuya" (Jn 3, 30).
Todos verán la
salvación de Dios
El sentido exacto de su papel, su voluntad
de ocultamiento, han hecho del Bautista una figura siempre actual
a través de los siglos. No se puede hablar de
él sin hablar de Cristo, pero la Iglesia no recuerda
nunca la venida de Cristo sin recordar al Precursor. No
sólo el Precursor está unido a la venida de Cristo,
sino también a su obra, que anuncia: la redención del
mundo y su reconstrucción hasta la Parusía. Cada año la
Iglesia nos hace actual el testimonio de Juan y de
su actitud frente a su mensaje.
De este modo, Juan esta
siempre presente durante la liturgia de Adviento. En realidad, su
ejemplo debe permanecer constantemente ante los ojos de la Iglesia.
La Iglesia, y cada uno de nosotros en ella, tiene
como misión preparar los caminos del Señor, anunciar la Buena
Noticia. Pero recibirla exige la conversión.
Entrar en contacto con Cristo
supone el desprendimiento de uno mismo. Sin esta ascesis, Cristo
puede estar en medio de nosotros sin ser reconocido (Jn
l, 26). Como Juan, la Iglesia y sus fieles tienen
el deber de no hacer pantalla a la luz, sino
de dar testimonio de ella (Jn 1, 7). La esposa,
la Iglesia, debe ceder el puesto al Esposo. Ella es
testimonio y debe ocultarse ante aquel a quien testimonia. Papel
difícil el estar presente ante el mundo, firmemente presente hasta
el martirio. como Juan, sin impulsar una "institución" en vez
de impulsar la persona de Cristo. Papel misionero siempre difícil
el de anunciar la Buena Noticia y no una raza,
una civilización, una cultura o un país: "Es preciso que
él crezca v que yo disminuya" (Jn 3, 30). Anunciar
la Buena Noticia y no una determinada espiritualidad, una determinada
orden religiosa, una determinada acción católica especializada; como Juan, mostrar
a sus propios discípulos donde está para ellos el "Cordero
de Dios" y no acapararlos como si fuéramos nosotros la
luz que les va a iluminar.
Esta debe ser una lección
siempre presente y necesaria, así como también la de la
ascesis del desierto y la del recogimiento en el amor
para dar mejor testimonio. La elocuencia del silencio en el
desierto es fundamental a todo verdadero y eficaz anuncio de
la Buena Noticia. Orígenes escribe en su comentario sobre San
Lucas (Lc 4): En cuanto a mí, pienso que el
misterio de Juan, todavía hoy, se realiza en el mundo".
La Iglesia, en realidad, continúa el papel del Precursor; nos
muestra a Cristo, nos encamina hacia la venida del Señor.
Durante
el Adviento, la gran figura del Bautista se nos presenta
viva para nosotros, hombres del siglo XX, en camino hacia
el día de Cristo. El mismo Cristo, tomando el texto
de Malaquías (3,1), nos habla de Juan como "mensajero" (4);
Juan se designa a sí mismo como tal. San Lucas
describe a Juan como un predicador que llama a la
conversión absoluta y exige la renovación: "Que los valles se
levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido
se enderece, y lo escabroso se iguale. Se revelará la
gloria del Señor y todos los hombres la verán juntos".
Así se expresaba Isaías (40, 5-6) en un poema tomado
por Lucas para mostrar la obra de Juan. Se trata
de una renovación, de un cambio, de una conversión que
reside, sobre todo, en un esfuerzo para volver a la
caridad, al amor a los otros (Lc 3, 10-14).
Lucas resume
en una frase toda la actividad de Juan: "Anunciaba al
pueblo la Buena Noticia" (Lc 3, 18). Preparar los caminos
del Señor, anunciar la Buena Noticia, es el papel de
Juan y el que nos exhorta a que nosotros desempeñemos.
Hoy,
este papel no es más sencillo que en los tiempos
de Juan y nos incumbe a cada uno de nosotros.
El martirio de Juan tuvo su origen en la franca
honestidad con que denunció el pecado. Compromisos de hoy, bajo
el pretexto de amplias aperturas al mundo, tienen el peligro,
para muchos cristianos, de tapar actitudes de tipo Herodes; es
decir, apagar la voz. Se da un contraste sorprendente: en
un tiempo en el que se exige autenticidad, se intenta
también apagar la voz del que anuncia y exige. Paradoja
que no es la única en la vida de los
hombres y a la que debemos estar atentos. Juan Bautista
anunció al Cordero de Dios. El es el primero que
llamó así a Cristo, adelantándose al Apocalipsis que nos invita
a las bodas del Cordero triunfante después de dar su
sangre para rescatar al mundo. Por eso, cada vez que
recibimos la invitación a las bodas del Cordero, no podemos
participar en el festín eucarístico sin anunciar, al mismo tiempo,
la muerte del Señor, su resurrección y las exigencias que
esto lleva consigo para los bautizados en esta muerte y
esta resurrección. Es la lógica implacable de la existencia cristiana,
inaugurada por Juan y llevada hasta el testimonio de su
sangre.
Citemos aquí el bello Prefacio introducido en nuestra liturgia para
la fiesta del martirio de San Juan Bautista, que resume
admirablemente su vida y su papel:
"Porque él saltó de alegría
en el vientre de su madre, al llegar el Salvador
de los hombres, y su nacimiento fue motivo de gozo
para muchos. El fue escogido entre todos los profetas para
mostrar a las gentes al Cordero que quita el pecado
del mundo. El bautizó en el Jordán al autor del
bautismo, y el agua viva tiene desde entonces poder de
salvación para los hombres. Y él dio, por fin, su
sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo".
3. UNA
FIGURA DE LA ESPERA, NUESTRA SEÑORA
Indudablemente, las celebraciones eucarísticas nos
inducen a alabar y recordar a María. Pero, sobre todo
la Liturgia de las Horas contiene numerosos textos de alabanza
a la Virgen.
En primer lugar, cada día en Tercia, en
Sexta y en Nona hay una antífona que se refiere
a la Virgen María: "Los profetas anunciaron que el Salvador
nacería de María Virgen" (Tercia) - "El ángel Gabriel saludó
a María, diciendo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está
contigo, bendita tú entre las mujeres" (Sexta) - "María dijo:
¿Qué significa este saludo? Me quedo perpleja ante estas palabras
de que daré a luz un Rey sin perder mi
virginidad" (Nona).
En las vísperas del primer domingo de Adviento, la
antífona del Magnificat está tomada del evangelio de la anunciación:
"No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás
en tu seno y darás a luz un hijo". El
lunes de esta primera semana, en las vísperas, la antífona
del Magnificat será: "El ángel del Señor anunció a María
y concibió por obra del Espíritu Santo".
En las vísperas del
jueves se canta: "Bendita tú entre las mujeres". En las
vísperas del segundo domingo de Adviento: "Dichosa tú, María, que
has creído, porque lo que te ha dicho el Señor
se cumplirá". En los laudes del miércoles hay una lectura
tomada del capítulo 7 de Isaías: "Mirad: la Virgen ha
concebido y dará a luz un hijo, y le pondrá
por nombre Emmanuel...". El responsorio del viernes después de la
segunda lectura del oficio, está tomado del evangelio de la
anunciación en Lc 1, 26, etc... Y podríamos continuar con
una enumeración que resultaría molesta. Sin embargo, serviría para convencernos
de que es falso lo que se ha dicho y
escrito que la liturgia había olvidado el culto a la
Virgen.
Bastaría con citar aquí los versículos y las lecturas que
hablan de ella para convencer a aquellos que, sin querer
oír razones, mantienen semejante opinión. Esta enumeración algo árida interesa
al menos porque muestra cómo la presencia de la Virgen
es constante en los Oficios de Adviento, así como en
el recuerdo de la primera venida de su Hijo y
en la tensión de su vuelta al final de los
tiempos.
Debemos hablar de la celebración de la fiesta del 8
de diciembre, durante el Adviento. Aunque se inserta fácilmente en
el tema de la Natividad, sin embargo nos equivocaríamos encerrándola
en este único tema. Esta celebración, como las demás, va
en la línea de las perspectivas del Antiguo Testamento, el
Nuevo y de nuestra tensión hacia el fin de los
tiempos. "Fin del pueblo de Dios bajo la Antigua Alianza,
María es, del mismo modo, el principio del pueblo de
Dios bajo la economía de la Nueva y Eterna Alianza.
Bajo este doble aspecto, María anuncia, prefigura y realiza con
antelación, toda la santidad que será realizada escatológicamente por la
Iglesia al llegar a su propia perfección" (L. BOUYER) La
Virgen "sin mancha, ni arruga" (Ef 5, 27) que debe
presentarse al final de los tiempos, es la Iglesia. De
este modo, María es la promesa ya realizada y la
seguridad plenamente actual de lo que nosotros mismos, todos juntos,
llegaremos a ser.
Orígenes escribió del Precursor que "el misterio de
Juan, incluso hoy, se realiza en el mundo", y debemos
decir lo mismo de la Virgen. Su propio misterio se
realiza también en el mundo y, durante el tiempo de
Adviento, la Iglesia nos ayuda a contemplar a Nuestra Señora,
Madre de Dios, como siempre presente.
Podríamos decir, con todos los
matices y el respeto debido a una devoción ciertamente beneficiosa
en el mundo entero, ayer y hoy, que para muchos
cristianos y a pesar de la vuelta a la Biblia
y a la liturgia, la devoción mariana está sujeta tanto
a un cierto sentimentalismo anticuado como a excesos en actitudes,
lenguaje y, a veces, incluso, culto.
Sin duda, la Iglesia tiene
el derecho y hasta el deber de escoger nuevas formas
para su piedad. Indudablemente también, su entrega a las necesidades
espirituales en cada momento histórico le conduce a desarrollar una
determinada forma de devoción con el pretexto de que no
es inspiración bíblica y litúrgica, sin haber proporcionado de antemano
a los fieles un alimento espiritual más sólido. Dicho esto,
no parece fuera de lugar comprobar los múltiples esfuerzos realizados
alrededor del "mes de mayo" y, también el olvido casi
total en que se ha dejado el tiempo mariano de
Adviento. Hay que respetar la instauración del "mes de María",
pero no se puede admitir que una tradición tan antigua
en la Iglesia como la veneración de la Virgen durante
el Adviento permanezca en la sombra y casi en la
ignorancia.
Si los "meses de María" frecuentemente corren el riesgo de
ofrecernos una piedad sentimental, anecdótica y sin base escriturística y
dogmática muy seguras, la liturgia del Adviento da a nuestra
piedad mariana una sólida trama. Muchos cristianos están todavía tan
inconscientes de esta presencia de la Madre de Dios durante
el Adviento que celebran la Inmaculada Concepción como una fiesta
encerrada en sí misma, en estrecha unión con los acontecimientos
de Lourdes y sin pensar en su relación con la
liturgia del Tiempo. En este punto, se nos ofrece un
amplio campo de trabajo pastoral. No se trata de destruir
una devoción recomendada por la Iglesia, sino de restablecer una
jerarquía de valores, de volver a conceder su primacía a
la celebración litúrgica del Adviento con formas distintas, incluso más
desarrolladas, de la devoción mariana. Aunque para una madre el
nacimiento de su hijo supone una fiesta, que marca su
alma para siempre, también es cierto que la preparación de
este nacimiento es un tiempo privilegiado en el que la
madre desarrolla ya con su hijo una intimidad muy particular.
Aunque Navidad es para María la fiesta más señalada de
su maternidad, el Adviento, que prepara esta fiesta, es para
ella un tiempo de elección.
ADRIEN NOCENT EL AÑO LITURGICO: CELEBRAR A
JC 1 INTRODUCCION Y ADVIENTO SAL TERRAE SANTANDER 1979
1.
Profeta Isaías 2. San Juan Bautista 3. Virgen de Portacoeli
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