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Autor: P. Alberto Ezcurra | Fuente: iveargentina.org
Los curanderos
Análisis de la intima relación entre lo psíquico y lo fí­sico o biológico. Léase con reservas
 

Los curanderos. Por Oscar González Quevedo. Ed. Sal Terrae.


El “instinto religioso” del hombre es la conciencia de su necesaria relatividad y dependencia de lo absoluto, y conlleva un fuerte impulso hacia la trascendencia. Pero el hombre no puede trascenderse a sí mis­mo por sus propias fuerzas natura­les. El camino hacia la plenitud en la economía salvífica divina está señalado por la luz sobrenatural de la Revelación y la Fe, y el hombre para recorrerlo necesita la elevación de la gracia y la fuerza sobrenatu­ral de la caridad. Cuando las tinieblas se niegan a recibir la luz divina y el hombre eterno pelagiano— confía en sus propias fuerzas para alcanzar la meta a la que fuera gratuitamente convocado, se halla de pronto perdido, y buscando a tientas, en la oscuridad. Razón, voluntad e instinto, privados de su objeto, con facilidad se desvían hacia los peores disparates y aberraciones.

El mundo moderno ha apostatado de la fe y su caridad se ha enfria­do. El castigo divino ha consistido en dejar al hombre librado a si mismo, para que realizara aquello de San Agustín: “Caido de Dios, caerás también de ti mismo”. La razón divini­zada se ha extraviado en las peores credulidades. La exaltación soberbia de la ciencia coexiste con las peo­res supersticiones pseudocientíficas. La voluntad de las multitudes, liberada del yugo divino, se ve cautiva­da por falsos profetas de la mas ba­ja ralea. El instinto cegado lleva al hombre a buscar seguridad y paz en las más absurdas caricaturas de lo sobrenatural, para beneficio último de aquel espíritu “pérfido y astuto que sabe insinuarse en nosotros ver medio de los sentidos, de la fantasía, de la concupiscencia, de la lógica utó­pica (. . ) para introducirnos en des­viaciones, tan nocivas como confor­mes en apariencia con nuestras estructuras físicas o psíquicas, o con nuestras aspiraciones instintivas y profundas” (Pablo VI, 15-XI-72).

El mundo en que vivimos resulta así, de modo simultáneo, tremenda­mente materialista y supersticioso. De allí el mérito de esta obra, que intenta poner un poco de luz en la ancha franja de terreno ocupada por curanderos de las más variadas especies y por el espiritismo con sus sectas afines y tendencias pseudoreligiosas.

El A. sitúa su afán polémico en el campo científico —medicina y parapsicología— en el que demuestra una erudición abundante, visible sobre todo en la amplia ejemplifica­ción casuística. El estilo es ágil y ameno, periodístico, hasta el punto de pecar a veces de cierta inuficiencia o superficialidad. No falta en él la ironía justificable por cierto si se considera el bajo nivel de los adversarlos que ataca.

El núcleo de la obra consiste en un interesante análisis de la intima relación entre lo psíquico y lo fí­sico o biológico, donde se considera las innúmeras enfermedades de origen psicológico y, como consecuencia, las amplias posibilidades de una “curación” de origen psíquico.

Con rica documentación se explaya el A. sobre las técnicas de los curanderos. Desenmascara con ener­gía la explotación comercial de la credulidad y la estulticia humanas, las conjunciones de intereses finan­cieras y técnicas de propaganda, la complicidad e ingenuidad de tantos médicos y personajes de relieve, la farsa alevosa de individuos como los famosos “mediums cirujanos” de Brasil y Filipinas. Su demoledora crítica del curandero espiritista Zé Arigó nos lleva a recordar las téc­nicas de famosos charlatanes y es­tafadores como los “pastores” Hicks y Omar Cabrera, de cuya ruidosa ac­tuación en nuestro medio fuimos tes­tigos presénciales.

No todo es estafa, sin embargo. El curandero sabe provocar en sus clien­tes una confianza ciega e ilimitada, o desatar los mecanismos de la histeria. La sugestión es entonces una poderosa —y por lo general peligro­sa— fuerza curativa, capaz de producir aparentes milagros. Muchos curanderos unen a su poder suges­tivo o hipnótico conocimientos rudimentarios de medicina, o remedios conocidos por tradición en la medicina popular. En algunos casos el curandero es sujeto de facultades paranormales, capaz de producir algún influjo energético al que los parapsicólogos llaman “telergia”, como en los “bicheros” que curan “de pa­labra” animales o personas. Pero estas fuerzas poco conocidas son es­pontáneas, irregulares, y el A. niega que puedan ser manejadas con pleno dominio de la voluntad.

En el capítulo 15 resume el A. las graves consecuencias del curanderismo, en el plano corporal, en el de la salud psíquica y en el orden so­cial. Los dos capítulos siguientes conducen a una doble conclusión. La primera se refiere al aspecto negativo: el curanderismo, especialmente organizado, y el espiritismo en sus diversas variantes deben ser puestos fuera de la ley, por el grave peligro que implican para la salud mental de la población. La ley que los prohiba debe ser severísima y cumplirse si no quiere ser no sólo ineficaz, sino hasta contraproducente. Esto podrá parecer excesivo, pero las referen­cias estadísticas del A. nos muestran hasta qué punto esta plaga alcanza límites insospechados.

La conclusión positiva se refiere a la necesidad de que la medicina ten­ga en cuenta al hombre en su tota­lidad: “La actual Medicina psicosomática viene a corroborar el concepto escolástico del hombre. El hombre se compone de dos realidades: cuerpo y alma, pero esas realidades están uni­das formando una persona integral, hasta tal punto, que todas sus reacciones, sean de naturaleza psíquica, sean de naturaleza física, son reac­ciones de toda la persona. Es de la­mentar que durante tanto tiempo la Medicina se mantuviera completamen­te ajena a la sana filosofía (p. 295). No podemos menos de suscribir estas afirmaciones, en compañía de Platón (de quien e) A. cita inte­resantes textos) y de Alexis Carrel, a quien parecería ignorar.

Por último se refiere el A. al curanderismo pseudoreligioso. Aunque reduce el campo del milagro, desconociendo como tales aquellos que Santo Tomás denomina milagros “quoad modum” (1, q. 105. a 8), dis­tingue con acierto las verdaderas curaciones milagrosas de aquellas que tienen raíz en la histeria, la su­gestión o los fenómenos parapsicológicos. Frente a la actitud de las sectas de todos los tiempos, que tra­bajan creando ambientes de exaltación pseudomística, señala la prudencia, la serenidad, la pureza de fe que rodean los auténticos fenómenos extraordinarios en el ámbito de la Iglesia Católica desde los milagros de Cristo hasta los de Lourdes.

Entre las sectas que analiza, se detiene particularmente en la “Christian Science” (cuyas teorías serían simplemente ridículas, si no fueran grandemente nocivas) y en el Pentecostalismo, tanto protestante como católico, en cuyos pretendidos dones carismáticos (lenguas, visiones, en­tusiasmo, curaciones) sólo denota histeria, contagio psíquico y fenómenos parapsicológicos (cf. pp. 256~ 59).

En conjunto, todo lo señalado hasta aquí nos parece positivo, y nos permite recomendar el libro, come obra de consulta para sacerdotes, médicos y educadores, es decir, para quienes tienen la misión de “curar” al hombre enfermo de estos tiem­pos oscuros. Pero hay lectores de MIKAEL que nos conocen como “el inquisidor de la sección bibliográ­fica” y seriamos indignos de función tan meritoria si dejáramos de ad­vertir los aspectos negativos del li­bro comentado.

En primer lugar observamos que G. Q. deposita una confianza excesiva en las certezas del conocimiento científico, y esto lo lleva a extrapo­laciones, afirmaciones y juicios en terrenos que escapan a la competencia de la ciencia. Y esto con mas razon cuando se trata de la Parapsicología, cuyo carácter científico no nos parece tan claro. Reconocemos a la Parapsicología su acierto en comprobar y clasificar los fenómenos “paranormales”. Pero cuando trata de explicarlos, se pierde en las más ne­bulosas hipótesis. Por otra parte el carácter “esencialmente esporádico, espontáneo, irreductible a la volun­tad” de los fenómenos parapsicológicos (G. Q. “Qué es la Parapsicología”, p. 23) dificulta seriamente el conocimiento de las leyes que los ri­gen. Una ciencia “en recherche” debiera ser más modesta en algunos de sus juicios. Rebus sic stantibus, podríamos también preguntarnos si la divulgación de la Parapsicología, a la que G. Q. se dedica con gran entusiasmo, a través de libros, revistas, cursos y conferencias, no tendrá co­mo consecuencia favorecer entre el “Vulgo profano” la curiosidad imprudente y hasta morbosa por lo extra­ordinario y misterioso, obteniendo resultados contrarios a los que buenamente pretende.

Podemos también observar que la erudición del A. presenta algunas grietas. Cuando, por ejemplo, se re­fiere a “Marie-Therese Noblet, una religiosa que vivió en Papouasie, Francia” (p. 261), confundiendo la Papouasie con una localidad de Fran­cia, es licito preguntarse sí habrá leído las obras que cita como biblio­grafía sobre el tema. Gazapos como éste hemos cazado unos cuantos, hasta el punto que sería tedioso enumerarlos.

Limitémonos a dos aspectos de mayor importancia. El primero se refiere a la posesión diabólica, cuya posibilidad niega el A., aquí como en otras obras (cf. v. gr. p. 75). Es­to nos parece inaceptable. La fe cató­lica, reafirmada recientemente por Pablo VI y por la Congregación para la Doctrina de la Fe, nos enseña que el demonio existe, y que puede actuar sobre el hombre. La posesión es una de las formas —no la más importante, si bien la más lla­mativa— de esta actuación. Aunque su posibilidad no haya sido objeto de expresa definición dogmática, pertenece al acervo de la fe. En primer lugar están los casos de posesión que nos narra el Evangelio. Puede admitirse que en algunos de éstos se trate de enfermedades men­tales, “pero cuando Jesús denuncia la presencia de seres hostiles tras el estado de determinados enfermos del cuerpo y del alma, y lucha contra estos seres, no hay otro remedio que tomar a la letra lo que dice” (E. Guardini, “Pequeña Suma Teológica”, p. 269). Y no vale objetar que Jesús “habla de acuerdo a la mentalidad corriente de su tiempo”. Ello tiene un límite: el Señor no podría confir­mar con sus palabras una creencia errónea o supersticiosa en el orden espiritual. Esta enseñanza evangéli­ca ha sido confirmada por la tradi­ción constante de la Iglesia, en su liturgia y en sus exorcismos, que no han sido suprimidos.

Reconocemos que hay posesiones falsas o aparentes, y que éstas pueden ser favorecidas por contagio de la moda o por un tratamiento imprudente del tema. Pero no basta pa­ra rechazar la posibilidad de la po­sesión el hecho de que su sintomatología se asemeje a la de la histeria o al desdoblamiento de personalidad, o alegar que otras características, como la xenoglosia o la telekinesia puedan explicarse parapsicológicamente. La ciencia debe reconocer sus límites. Su campo es el de los fenómenos, y fenómenos idénticos pueden ser producidos en el hombre por cau­sas muy diversas. La gracia supone la naturaleza. También la “des-gracia”. La tentación diabólica respeta el orden natural de los procesas psíquicos. No es de extrañar entonces que la presencia tiránica o la irrupción violenta de un espíritu dominador y perverso provoque alteracio­nes biopsíquicas que pueden también ser desatadas por la histeria y la epilepsia.

Tampoco vale el afirmar que “el demonio no es apóstol” y que “trabajaría contra sí mismo con aquellas manifestaciones” que terminan por favorecer la piedad de los tes­tigos (cf. pp. 73-75). Esa es preci­samente su tragedia: es el eterno de­rrotado, y todas sus rebeldías y maldades se ordenan en última instancia a manifestar la gloria de Dios en su misericordia o en su justica.

Un segundo aspecto, que nos su­giere observaciones similares, son las referencias que hace el A. a los fenómenos místicos (Teresa Neumann, Padre Pío, María Teresa Noblet). Es verdad que hay visiona­rías y pseudo místicos que son simplemente histéricos. Podemos aun ad­mitir que una persona sea, al mismo tiempo, “mística e histérica” (p. 261). Pero no podemos aceptar que se considere a la histeria como causa de todos los fenómenos místicos, o que se pretenda erigir a la Parapsi­cología en juez capacitado para dictar sobre éstos su sentencia inapelable. Nuevamente aquí la ciencia debe reconocer sus limitaciones. La ciencia positiva es conocimiento de los fenómenos, hay causas de los mismos que escapan a su competencia y cuando pretende dictaminar sobre ellas cae en lamentables extrapolaciones. La rigidez del cuerpo acompañada de insensibilidad, por ejemplo, puede ser causada por la histeria, pero también por el éx­tasis de un alma cautivada por la contemplación de su Creador. La misma levitación puede tener su origen en esta tensión del espíritu y es inútil querer encerrarla en explicaciones parapsicológicas. El conocimiento de las conciencias, tal como se daba en el Cura de Ars, en Don Bosco o en el Padre Pío, podría interpretarse como un fenómeno de telepatía. Pe­ro, ¿se trata sólo de telepatía? ¿No estamos más bien tocando la acción misteriosa del Espíritu, que distribuye libremente sus carismas, ordi­narios o extraordinarios, aunque éstos funcionen respetando el orden de las causas segundas?

Permítasenos insistir. El conocimiento científico —religión del hombre moderno— es sólo un orden del conocimiento, y no el más alto, por cierto, ni el más seguro. ¿Cuántas hipótesis firmísimas hemos visto de­rrumbarse de un día para otro? Y con más razón si nos referimos a la Parapsicología, que se mueve en un terreno fumoso y movedizo por excelencia. No basta ponerles nom­bres griegos a los fenómenos que se estudia para considérarlos “explicados”. Véanse como ejemplo de esto las divagaciones del Dr. René Sudre en la cuarta parte de su “Tratado de Parapsicología” (Siglo Veinte, Bs. As., 1973), titulada “Los Problemas Filosóficos”. Cuando abandona el campo de los hechos, el autor se en­cuentra perdido, tanteando en la oscuridad de un terreno que evidente­mente no es el suyo.

Última observación maligna: la inexactitud en los nombres y la super­abundancia de errores tipográficos.

Conclusión: léalo, pero con las reservas que señalamos.



 

 
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