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Autor: P. Florián Rodero
La Dirección espiritual, clave de la santificación
La autosuficiencia no es el mejor juez en las decisiones claves de la vida. La vida es un camino que hay que recorrer.
 
La Dirección espiritual, clave de la santificación
La Dirección espiritual, clave de la santificación


Dice S. Gregorio de Nisa en su obra La vida de Moisés: “Somos, en cierto sentido, nuestros padres: nos engendramos a nosotros mismos conforme a lo que queremos ser”: Y así es en verdad.

El hombre es el resultado de sus decisiones y nadie puede suplir su voluntad y su libre albedrío en el proceso de la realización de su tarea en la vida.

Este principio del prestigioso Padre de la Iglesia encierra un grande dinamismo. Toda persona que sea consciente de que en la vida tiene que llevar a cabo su personal proyecto de vida, debe de encontrar en sí mismo los recursos que le permitan alcanzar sus aspiraciones e ideales, siempre y cuando no pierda de vista, que es también un ser con determinadas limitaciones y carencias.

Porque, que el hombre se forje a sí mismo, no quiere decir ni que sea omnipotente ni que pueda prescindir de los demás. A lo largo de la historia al hombre le ha asaltado constantemente la tentación pelagiana; es decir, el creer que puede conducir los hilos de su vida, y más aún de la propia salvación, confiado en sus propios conocimientos y fuerzas.

Cuando se trata de decidir sobre el modo de llevar adelante el propio plan de vida se impone y se supone, aun humanamente, la indispensable necesidad de una ayuda que, ajena al propio juicio y consideración, ilumine con mayor objetividad y claridad las propias decisiones y la forma de llevarlas a cabo.

Me permito recordar la simpática anécdota que se nos cuenta de uno de los padres del desierto: el abad Bané preguntó un día al abad Abraham: si Dios concediera a un hombre el llegar a ser como Adán y estar en el paraíso, este hombre ¿tendría necesidad aún de consejos? El abad Abraham respondió que sí, porque si Adán hubiese pedido consejo a los ángeles sobre si podía o no comer del fruto de árbol, éstos le hubiesen respondido que no.

Por la mentalidad neopelagiana que persiste en nuestros días la dirección espiritual ha pasado por un período de devaluación. La autosuficiencia no es el mejor juez en las decisiones claves de la vida. La vida es un camino que hay que recorrer. No es fácil, ni conveniente, el trazarse el propio itinerario fundado solamente en los propios conocimientos y cualidades de cualesquiera índoles que éstas sean.

En el andar por este camino nos encontramos con cruces, con desviaciones, con señalizaciones ambiguas y hasta confusas, y en esos momentos, aunque no sólo, se necesita alguien que ya haya recorrido ese camino o lo conozca con mayor precisión. Sigue siendo válido el consejo que Tobit dejaba, como testamento, a su hijo: “Busca el consejo de los prudentes, y no desprecies ningún consejo útil” (Tob 4,18).

Estas consideraciones son particularmente aplicables a la vida espiritual. La santidad cristiana es un proceso constante de transformación: “Como niños recién nacidos, apeteced la leche pura del Espíritu, para que, alimentados con ella crezcáis hasta la salvación” (1Pe 2,2). Entre el ser infantil y la madurez existe todo un proceso.

Así se lo hacía reflexionar S. Pablo a los corintios: “Por mi parte, hermanos, no pude hablaros como a quienes poseen el Espíritu, sino como a gente inmadura, como a niños en Cristo. Os di a beber leche y no alimento sólido, porque aún no podíais asimilarlo” (1Co 3,1-2).

Es el mismo S. Pablo quien recomienda, al menos indirectamente, que para no desviarnos del recto camino, se necesitan maestros expertos que nos guíen por el camino de la sana doctrina: “Así que no seamos niños caprichosos, que se dejan llevar de cualquier viento de doctrina, engañados por esos hombres astutos, que son maestros en el arte del error” (Ef. 4,14).

Y no hay que olvidar que los planes de Dios no coinciden necesariamente con nuestros planes (cf. Is. 55,8). Por eso el libro del Eclesiástico recomienda que se acuda “siempre a un hombre piadoso, de quien sabes bien que guarda los mandamientos, cuya alma es según tu alma y que, si caes, sufrirá contigo” (37,12). S. Pablo mismo tuvo necesidad de un guía en el discípulo Ananías, aunque él confesase que había recibido el evangelio directamente de Jesucristo (cf. Gál. 1,12).

Si todas estas consideraciones bien pueden ir dirigidas a todo cristiano, cuanto más será de necesidad perentoria el referirlas a los candidatos a la vida sacerdotal o a los mismos sacerdotes, que en sus manos tienen, no solamente la tarea de su propio e individual destino, sino la salvación de un número indeterminado de almas a ellos encomendadas.

En la exhortación postsinodal Pastores dabo vobis se afirma: “Es necesario redescubrir la gran tradición del acompañamiento espiritual individual, que ha dado siempre tantos y tan preciosos frutos en la vida de la Iglesia” (n. 40). Tradición que se desarrolló particularmente con los “Padres del desierto”. Estos mismos, aunque eran grandes maestros y directores de almas, sentían la necesidad de ser iluminados en el camino que se habían propuesto de la “sequela Christi”.

Con frecuencia se encuentran dichos en este sentido: un anciano decía como consejo a otro: “Debes ser como los camellos: lleva la carga de tus pecados y, apegado a las riendas, sigue los pasos de aquel que conoce los caminos del Señor”1. Tenían muy presente que cuando alguien decide tomar un camino espiritual es necesario el consejo para no caer en el subjetivismo.

El abad Moisés ha dicho: "el monje que está bajo la dirección de un padre espiritual y que no practica la obediencia y la humildad, aunque ayune o haga alguna otra cosa por su propia cuenta que le parezca buena, no conseguirá alguna virtud y desconocerá lo que es un monje”2.

Pero ha sido el magisterio el que, con sus numerosas intervenciones, ha recomendado constantemente esta práctica. Me permito, solamente a modo de ejemplo, citar algunas de estas intervenciones que ya, desde tiempo atrás, la Iglesia nos ha transmitido.

Gregorio XIII (1572-1585) en una carta dirigida al colegio alemán (1-IX-1584) recomendaba a los rectores que pusieran a disposición de los nuevos alumnos maestros en las cosas espirituales (Enchiridion clericorum, ed. Vaticana, 1975, n. 376).

Pío VII (1800-1823) indicaba la frecuencia con la que se debía acudir a los formadores para abrir su conciencia: una vez al mes. (cf. Sínodo nacional de los Melquitas, Ibid.,n. 688).

Al acercarnos a nuestra historia, encontramos una recomendación muy significativa en el “Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros”. En él se recomienda que los sacerdotes ejerzan especialmente la dirección espiritual muy en particular con los candidatos al sacerdocio y a la vida consagrada. Pero al mismo tiempo “para contribuir al mejoramiento de su espiritualidad es necesario que los mismos presbíteros practiquen la dirección espiritual” (Cf. Congregación del Clero, 1994, n.54).

Juan Pablo II, amigo fiel y cercano de todos los sacerdotes, recuerda con insistencia la dirección espiritual como un “medio eficaz para discernir la voluntad de Dios, cuyo cumplimiento es fuente de madurez espiritual”3. y esto también se verifica en los sacerdotes:“Igualmente–afirma el Papa- la práctica de la dirección espiritual contribuye no poco a favorecer la formación permanente de los sacerdotes.

Se trata de un medio clásico, que no ha perdido en nada su valor, no sólo para asegurar la formación espiritual, sino también para promover y mantener una continua fidelidad y generosidad en el ejercicio del ministerio sacerdotal”4.

Regresando a lo que afirmaba el Directorio, me parece digno de una especial atención que el documento coloque la dirección espiritual “paralelamente” al Sacramento de la reconciliación. En mi experiencia como Padre espiritual de seminaristas, me atrevería a decir que, en este sentido, la dirección espiritual es un “quasi sacramento”.

NOTAS:

1 Detti e fatti dei Padri del deserto, Rusconi, 1987, Milano, p.78.
2 Ibid. P.77.
3 Mensaje para la XXVII jornada mundial de oración por las vocaciones,
4 “Pastores dabo vobis”, n. 81.


 

 
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