A raíz del mensaje del Papa a la Pontificia
Academia de las Ciencias1, se ha reavivado el debate en
torno a la teoría de la evolución, con el telón
de fondo de un tema más general: la relación entre
la ciencia y la fe. Si bien la recepción del
mensaje ha sido en general positiva, no han faltado las
críticas. Por una parte se ha recurrido al lugar común del
supuesto oscurantismo de la Iglesia y su reticencia y lentitud
frente a los progresos en el campo de las teorías
científicas. En esta línea, algunos autores han querido establecer una
analogía entre el "caso Galileo" y la actitud de desconfianza
o de rechazo de la Iglesia de cara a la
teoría de la evolución.
Por otra parte, no han faltado voces
que han sostenido que el Papa ha ido demasiado lejos
en sus concesiones a una doctrina que iría en contra
tanto de la Revelación como de los dogmas de la
Iglesia. Entre ambos extremos, puede constatarse la posición de equilibrio, de
amor a la verdad, de fidelidad a la doctrina cristiana
y de sensibilidad pastoral de Juan Pablo II. Por lo
demás, este pronunciamiento del Santo Padre se encuentra en la
línea de lo que él mismo, en otra ocasión, pedía
a los teólogos de la Iglesia, invitándoles a un sano
diálogo con la ciencia contemporánea, para enriquecerse de sus aportaciones
válidas2 . Nos proponemos, en el presente estudio, presentar la situación
de la teoría –o mejor, como puntualizará el mismo Papa,
las teorías– de la evolución, a la luz del mensaje
de Juan Pablo II a la Pontificia Academia de las
Ciencias, desde dos perspectivas: la posición del Magisterio de la
Iglesia al respecto, y la situación actual de dichas teorías,
sobre todo desde el punto de vista epistemológico.
1. Estado de
la cuestión. Debate entre creacionistas y evolucionistas. De cara a
la teoría de la evolución, encontramos dos corrientes diametralmente opuestas: a)
Por una parte se encuentran los así llamados creacionistas. Se
trata de una posición de tipo fundamentalista, que excluye de
plano la teoría de la evolución, por interpretar la Biblia
de modo literal, y por considerar que tal teoría es
fruto de una ideología materialista y atea, o al menos
agnóstica y cientificista. Este grupo se atrinchera en una posición
fideísta, en contraposición al racionalismo que predomina en la ciencia
moderna. Se trata de un “movimiento” de carácter militante, y
aunque es más bien minoritario, se hace sentir por su
actitud proselitista. Se da no sólo en el ámbito protestante,
sino también en algunos núcleos católicos de tipo integrista-tradicionalista. b) Por
otra parte, en el extremo opuesto, se encuentran los evolucionistas
a ultranza. Su índole es racionalista, agnóstica, materialista, cientificista, e
ilustrada. Esta corriente de pensamiento es por ahora la predominante
a nivel científico e incluso a nivel de opinión pública,
gracias al apoyo de la mayor parte de los medios
de comunicación social. En algunos casos tiene también un carácter
proselitista, como puede observarse en algunas de sus publicaciones o
en ciertas páginas de internet.
2. Análisis del mensaje del Papa
a la Pontificia Academia de las Ciencias.
Como punto de
partida de nuestro estudio, vamos a analizar someramente el mensaje
del Santo Padre. Éste nos ofrecerá una guía segura para
orientar oportunamente nuestras reflexiones y llegar a buen puerto. El Santo
Padre aprovecha el tema tratado en la semana de estudio
de la Pontificia Academia de las Ciencias para hablar sobre
este argumento. No es la primera vez que lo hace
(ya lo había hecho, por ejemplo, el 26 de abril
de 1985, en un discurso en el Simposio científico internacional
sobre Fe cristiana y teoría de la evolución,3 refiriéndose, a
su vez, a lo que el Papa Pío XII había
dicho al respecto en la encíclica Humani Generis;4 también
había tratado el tema en alguna audiencia general, como por
ejemplo en la del 29 de enero de 19865, y
en la del 16 de abril de ese mismo año6). En
primer lugar, el Papa explica por qué este tema interesa
a la Iglesia. La evolución da una respuesta científica al
problema de la naturaleza y del origen del hombre. Por
otra parte, la Revelación contiene también enseñanzas al respecto, pues
ésta nos dice que el hombre ha sido creado a
imagen y semejanza de Dios.
Problema y vía de solución.
A primera
vista parece que existen conflictos entre lo que dicen los
científicos y el mensaje de la Revelación. ¿Cómo podemos resolverlos? Sabemos
que la verdad no puede contradecir a la verdad7. El
progreso de la ciencia hace surgir nuevas cuestiones. Por eso
la Iglesia está interesada en conocer tales progresos, para esclarecer
sus consecuencias de tipo ético y religioso, lo cual es
conforme a su misión específica. El Papa hace notar que
precedentemente el Magisterio ya se había definido sobre el tema
de la evolución "en el ámbito de la propia competencia",
es decir: en el ámbito religioso. En efecto: ya Pío
XII, en la encíclica Humani Generis, declaró que, en línea
de principio, no hay oposición entre la teoría de la
evolución y la doctrina de la fe sobre el hombre,
si se respetan ciertas condiciones. El mismo Juan Pablo
II, en un discurso precedente a la Pontificia Academia de
las Ciencias, a propósito del "caso Galileo"8, había puntualizado que,
para interpretar correctamente la palabra inspirada, hace falta servirse de
una hermenéutica rigurosa. Es necesario definir bien el sentido propio
de la Escritura, para no hacerla decir lo que no
pretende (como sucede, por ejemplo, en el caso de las
lecturas de tipo fundamentalista)9. Por otra parte, para delimitar bien
los campos respectivos de la ciencia y la teología, es
necesario que los teólogos conozcan los resultados de las ciencias
de la naturaleza.
Aplicación al caso del evolucionismo
A partir de los
conocimientos científicos de la época de Pío XII, y de
las exigencias de la teología, en la encíclica Humani Generis
se consideraba la doctrina del evolucionismo como una hipótesis seria,
tan digna de una investigación y de una reflexión profunda
como lo era la hipótesis opuesta. Sin embargo, habría que
respetar dos premisas metodológicas muy significativas e importantes: 1º que no
se adoptara el evolucionismo como si se tratara de una
doctrina cierta y demostrada (y esto en contraste con lo
que ciertos autores han pretendido, incluso en el ámbito católico)10.
2º
que no se afrontara esta cuestión como si se pudiera
prescindir de la revelación respecto a las cuestiones que la
doctrina de la evolución pudiera suscitar. Ahora, continúa Juan Pablo II,
nos encontramos con una nueva situación, pues nuevos conocimientos científicos
conducen a no seguir considerando la teoría de la evolución
como una simple hipótesis (el texto original francés dice: "de
nouvelles connaissances conduisent à reconnaitre dans la théorie de l’évolution
plus qu’une hypothèse”). Es decir, más que de una mera
hipótesis, se puede hablar ahora de la evolución como de
una teoría. ¿Por qué? En primer lugar porque tenemos que
tomar en consideración los nuevos descubrimientos científicos; en segundo lugar
por la convergencia de resultados de diversas investigaciones llevadas a
cabo independientemente unas de otras.
Valoración de la teoría de la
evolución
Se trata aquí de una cuestión de tipo epistemológico, pues
la teoría se propone ir más allá de los datos
observados, si bien se encuentra en relación con éstos, y
permite relacionar e interpretar a la vez una serie de
datos y hechos independientes entre sí por medio de una
explicación global. Para que una teoría científica sea válida, debe
ser verificable. Si ésta no corresponde a los datos que
pretende explicar, entonces no es válida; debe replantearse. Por otra parte,
en una teoría como la de la evolución, hay que
tener en cuenta ciertos presupuestos de tipo filosófico, metafísico. De
hecho no existe una única teoría de la evolución, sino
varias, no sólo en lo que se refiere a los
mecanismos de la evolución, sino también en lo que respecta
a los contextos filosóficos en los que se encuentran (materialista,
espiritualista), los cuales también deben ser considerados, tanto en sede
filosófica como teológica (no hay que olvidar que no existe
una ciencia “químicamente pura”). De hecho, como se dijo al inicio
del mensaje, la cuestión de la evolución es de interés
para la Iglesia, pues está en juego la concepción del
hombre, y de modo particular su dignidad como persona. El
hombre es semejante a Dios por su inteligencia y voluntad
libre, que lo hacen capaz de entrar en comunión con
Dios y con los demás hombres. La dignidad del hombre
(de todo él, también de su cuerpo) deriva de su
alma espiritual, la cual no puede surgir por emanación de
la materia, sino que es creada inmediatamente por Dios. En consecuencia,
las teorías de la evolución que, en base a sus
presupuestos filosóficos, consideran el espíritu como algo que emerge de
la materia, o como un simple epifenómeno de la materia11,
son incompatibles no sólo con la religión, sino aún antes
con la verdad del hombre, y no son capaces de
fundar su dignidad. Finalmente hay que agregar que existe una diferencia
ontológica entre el hombre y todos los demás seres vivos.
En efecto, entre lo simplemente animal y el hombre se
da un “salto ontológico”, una “discontinuidad ontológica”, si bien, afirma
el Papa, ésta de por sí no se opone a
una posible continuidad física respecto al origen del cuerpo humano. La
infusión del alma por parte de Dios en un cuerpo
apto para recibirlo no puede ser objeto de la ciencia,
pues no se trata de un fenómeno empírico, observable. Sin
embargo, se podría tener una cierta experiencia empírica de este
hecho de modo indirecto, a través de ciertas pistas y
manifestaciones que pondrían en evidencia que nos encontramos ante seres
dotados de un alma espiritual; pero estas manifestaciones son más
bien objeto de la filosofía y de la teología. Tales
serían, por ejemplo, los fenómenos que hicieran referencia a una
experiencia de un saber metafísico, de la conciencia de sí,
de la conciencia moral, de la libertad, de la experiencia
estética y religiosa.
3. Algunas consideraciones en torno a la teoría
de la evolución en general, a la luz del mensaje
del Papa. Es de admirar la posición prudente y a la
vez abierta del Magisterio de la Iglesia, que evita tanto
la adhesión ciega como la oposición indiscriminada a las nuevas
teorías científicas. En efecto, hay que tener en cuenta que,
si bien la evolución puede ser considerada como una hipótesis
seria, e incluso “más que una hipótesis”, sin embargo no
puede ser tomada sin más como “un hecho”, como algunos
pretenden. Se trata, más bien, de una teoría científica, la
cual trata de interpretar y de relacionar una serie de
hechos científicos. Sólo contamos con indicios que parecen apuntar hacia
esa dirección, pero no tenemos evidencia experimental de su realidad. Por
otra parte, hay que reconocer con honestidad intelectual que la
teoría de la evolución se enfrenta con serios problemas, tanto
de índole científica (por ejemplo el hecho de la estabilidad
de las especies, la lentitud o la aceleración en la
aparición de nuevas especies, etc.), como de índole filosófica (hay
que esclarecer cómo se compagina la teoría de la evolución
con el principio de causalidad, la regularidad de la naturaleza,
la pasividad de la materia, la discontinuidad entre lo inerte
y lo viviente, o entre lo material y lo espiritual...). Asimismo,
hay que tener en cuenta la variedad de teorías evolucionísticas
(el transformismo de Lamarck, por adaptación al ambiente; el darwinismo,
que habla de “evolución de las especies” en virtud de
las mutaciones casuales y la selección natural; la así llamada
teoría sintética o neodarwinismo, que a la selección natural añade
la teoría genética; la teoría del equilibrio puntuado de S.J.
Gould, etc.). También hay que tener en cuenta los diversos
contextos filosóficos en los que la teoría de la evolución
se sitúa (materialismo: concepción “espontánea”, ciega, del mecanismo evolutivo, cf.
Ch. Darwin, S.J. Gould, R. Dawkins; finalismo-espiritualismo, que admite una
causalidad, un orden, un “telos”, e incluso la intervención directa
de Dios en algunos pasos). Finalmente hay que reconocer los argumentos
que parecen ponerse a favor de la teoría de la
evolución: en la biología, se puede constatar la afinidad que
existe entre especies de un mismo género biológico (“árbol taxonómico”);
en la paleontología, con el estudio de los fósiles; en
la geología, con el desarrollo de la estratigrafía y el
estudio de las “eras geológicas”; en la ecología, con la
relación entre vida y medio ambiente (vgr. los ecosistemas y
la biodiversidad geográfica); en la genética, con la transmisión de
los caracteres hereditarios a través de los genes; en la
embriología, con la ontogénesis según diversos estadios, que parecen reproducir
el proceso evolutivo; en la anatomía comparada, etc. La teoría
de la evolución ha impulsado a los científicos a investigar
y profundizar en todos estos ámbitos. Al mismo tiempo, empero,
hay que tener en cuenta los puntos débiles de la
teoría de la evolución: faltan muchos “eslabones” en la cadena
evolutiva, prácticamente se desconocen los verdaderos “mecanismos” de la evolución;
la selección natural se muestra insuficiente para explicar el proceso
evolutivo, lo mismo que el recurso a la casualidad. Todas estas
consideraciones nos invitan a seguir el ejemplo de prudencia y
de equilibrio que nos ofrece el Santo Padre, evitando el
doble peligro que nos acecha: por una parte el de
un juicio precipitado, por otra, el de una postura indecisa,
concordista o ambigua12. Esta posición prudente nos librará de incurrir
en un nuevo “caso Galileo”, cuyas perniciosas consecuencias podemos imaginar
fácilmente. Como conclusión, creemos justificado afirmar que la cuestión del
evolucionismo, desde el punto de vista de la explicación natural,
sigue abierta, que conviene no confundir los diversos planos que
están implicados en la misma (el científico, el filosófico y
el religioso), y que no hay por qué temer el
auténtico progreso de la ciencia, pues en definitiva “la verdad
no puede contradecir a la verdad”.
Notas:
1 Texto publicado en L’Osservatore
Romano, edición semanal en lengua española, 25-X-96, p. 5 (553).
El texto oficial se encuentra en AAS 89 (1997), pp.
186 ss.
2 Cf. Juan Pablo II, Carta dirigida al P.
Coyne, director de la Specola Vaticana con ocasión del tercer
centenario de la publicación del libro Philosophiae Naturalis Principia Mathematica
de Isaac Newton, el 1 de junio de 1988; cf.
L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 12-II-89, pp. 19-21
(127-129).
3 “En cuanto al aspecto puramente naturalista de la cuestión,
ya mi inolvidable predecesor, el Papa Pío XII, en la
Encíclica Humani Generis, llamaba la antención en 1950 sobre el
hecho de que el debate referente al modelo explicativo de
evolución no es obstaculizado por la fe si la discusión
se mantiene en el contexto del método naturalista y de
sus posibilidades [sigue la cita de la Humani Generis, que
ofrecemos en la nota sucesiva]. Según estas consideraciones de mi
predecesor, una fe rectamente entendida sobre la creación y una
enseñanza rectamente concebida de la evolución no crean obstáculos: en
efecto, la evolución presupone la creación; la creación se encuadra
en la luz de la evolución como un hecho que
se prolonga en el tiempo – como una creatio continua
– en la que Dios se hace visible a los
ojos del creyente como ‘Creador del cielo y de la
tierra’” (Cf. L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 7-VII-85,
p. 4 (400)).
4 Dada la importancia de este texto, al
cual se referirá Juan Pablo II en casi todas las
ocasiones en que trata el tema de la evolución, lo
reproducimos a continuación: “El Magisterio de la Iglesia no prohíbe
que, según el estado actual de las ciencias y de
la sagrada teología, se trate en las investigaciones y disputas
de los entendidos en uno y otro campo, de la
doctrina del ‘evolucionismo’, en cuanto busca el origen del cuerpo
humano en una materia viva y preexistente –pues las almas
nos manda la fe católica sostener que son creadas inmediatamente
por Dios” (Pío XII, Humani Generis, 1950, DS 3896; cf.
E. Denzinger, El magisterio de la Iglesia, Herder, Barcelona 1963,
nº 2327). 5 Al comentar los primeros versículos del libro del
Génesis, el Papa afirma: “Este texto tiene un alcance sobre
todo religioso y teológico. No se pueden buscar en él
elementos significativos desde el punto de vista de las ciencias
naturales. Las investigaciones sobre el origen y el desarrollo de
cada una de las especies ‘in natura’ no encuentran en
esta descripción norma alguna ‘vinculante’, ni aportaciones positivas de interés
sustancial. Más aún, no contrasta con la verdad acerca de
la creación del mundo visible – tal como se presenta
en el libro del Génesis – , en línea de
principio, la teoría de la evolución natural, siempre que se
la entienda de modo que no excluya la causalidad divina”
(cf. L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 2-II-86, p.
3 (51); la cursiva aparece en el texto de L’Osservatore
Romano).
6 El Santo Padre, tras citar de nuevo el texto
de la encíclica Humani Generis (cf. supra, nota 4), concluye:
“Por tanto se puede decir que, desde el punto de
vista de la doctrina de la fe, no se ve
dificultad en explicar el origen del hombre, en cuanto cuerpo,
mediante la hipótesis del evolucionismo. Sin embargo hay que añadir
que la hipótesis propone sólo una probabilidad, no una certeza
científica” (L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 20-IV-86, p.3
(231); la cursiva aparece en el texto de L’Osservatore Romano).
7
Cf. León XIII, encíclica Providentissimus Deus: “(...) porque, no pudiendo
en manera alguna la verdad oponerse a la verdad, necesariamente
ha de estar equivocada o la interpretación que se da
a las palabras sagradas o la parte contraria” (cf. Leonis
XIII Pont. Max. Acta, vol. XIII, 1894, p. 361). En
esta misma encíclica, León XIII afirma lo siguiente: “Al maestro
de la Sagrada Escritura le prestará también buen servicio el
conocimiento de las cosas naturales, con el que más fácilmente
descubrirá y refutará las objeciones dirigidas en este terreno contra
los libros divinos. A la verdad, ningún verdadero desacuerdo puede
darse entre el teólogo y el físico, con tal de
que uno y otro se mantengan en su propio terreno,
procurando cautamente seguir el aviso de San Agustín de ‘no
afirmar nada temerariamente ni dar lo desconocido por conocido’ (cf.
S. Aug., De Gen. ad litt. c.9, 30 [PL 34,
233])” (ibid.; cf. E. Denzinger, El magisterio de la Iglesia,
Herder, Barcelona 1963, nº 1947). Se trata de un principio
fundamental para este tipo de cuestiones, que cuenta con una
larga tradición (se podría remontar a la condena de la
teoría averroísta de la doble verdad), y que ha sido
invocado con cierta frecuencia en el Magisterio reciente, como lo
muestran los siguientes textos: "A pesar de que la fe
esté por encima de la razón, jamás puede haber desacuerdo
entre ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los
misterios y comunica la fe ha hecho descender en el
espíritu humano la luz de la razón, Dios no podría
negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a
lo verdadero" (Conc. Vat. I: Dei Filius, DS 3017); "(...)
la investigación metódica en todas las disciplinas, si se procede
de un modo realmente científico y según las normas morales,
nunca estará realmente en oposición con la fe, porque las
realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen
en el mismo Dios" (Conc. Vat. II: GS 36); cf.
también Catecismo de la Iglesia católica, nº 159, (cita el
texto de la Dei Filius y de GS), y Juan
Pablo II, Discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias
del 10-XI-79, cf. L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española,
2-XII-79, pp.9-10 (621-622).
8 Cf. Juan Pablo II, discurso a la
Sesión Plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias, 31
de octubre de 1992, L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua
española, 13-XI-92, pp.6-8 (634-636).
9 Cf. Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación
de la Biblia en la Iglesia, Libreria Editrice Vaticana, Città
del Vaticano, 1993, pp.63-66: "F. Lectura fundamentalista".
10 Tal es el
caso de P. Teilhard de Chardin, quien afirmaba que “la
evolución ha dejado de ser desde hace mucho tiempo una
´hipótesis´ para convertirse en una condición general del conocimiento (una
dimensión nueva) a la que deben satisfacer todas las hipótesis”
(L´apparizione dell´uomo, Il Saggiatore, 1979, p. 258; las traducciones del
italiano son nuestras): “¿Una teoría, un sistema, una hipótesis la
evolución...? Absolutamente no, sino mucho más que eso: una condición
general a la que deben conformarse y satisfacer ya todas
las teorías, hipótesis, sistemas, si quieren ser pensados y verdaderos”
(Il fenomeno umano, p. 204).
11 Aquí el Papa parece aludir
de nuevo, entre otros, a Teilhard de Chardin, quien afirma:
“el espíritu no es ya independiente de la materia, ni
opuesto a ella, sino que emerge fatigosamente de ella bajo
la atracción de Dios, por síntesis y centración [!]” (L´avvenire
dell´uomo, Il Saggiatore, 1972, p. 149); “la materia matriz del
espíritu; el espíritu, estado superior de la materia” (Il cuore
della materia, Queriniana, 1993, p. 27); “el espíritu emerge experimentalmente
en el mundo sólo a partir de una materia cada
vez más sintetizada” (La mia fede, Queriniana, 1993, p. 161).
12
“En virtud de su misión propia, la Iglesia tiene el
deber de estar atenta a las incidencias pastorales de su
palabra. Conviene aclarar, ante todo, que esta palabra debe corresponder
a la verdad. Pero se trata de saber cómo tomar
en consideración un dato científico nuevo, cuando parece contradecir alguna
verdad de fe. [...] Digamos, de manera general, que el
pastor debe mostrarse dispuesto a una auténtica audacia, evitando un
doble escollo: el de la actitud de timidez, y el
de un juicio apresurado, pues ambos pueden hacer mucho mal”
(Juan Pablo II, Discurso a la Pontificia Academia de las
Ciencias del 31-X-92; cf. L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua
española, 13-XI-92, p. 7 (635)).q
Nuevos conocimientos científicos conducen a no
seguir considerando la teoría de la evolución como una simple
hipótesis La infusión del alma por parte de Dios en un
cuerpo apto para recibirlo no puede ser objeto de la
ciencia, pues no se trata de un fenómeno empírico, observable.
Si
bien la evolución puede ser considerada como una hipótesis seria,
sin embargo no puede ser tomada sin más como “un
hecho”.
El P. Rafael Pascual es docente de Filosofía de la
Ciencia en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. E-mail: rpa@mail.ateneo.org
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