Razones Teológicas de la Formación Permanente
70. "Te recomiendo que
reavives el carisma de Dios que está en ti" (2
Tim. 1, 6).
Las palabras del Apóstol al obispo Timoteo se
pueden aplicar legítimamente a la formación permanente a la que
están llamados todos los sacerdotes en razón del "don de
Dios" que han recibido con la ordenación sagrada. Ellas nos
ayudan a entender el contenido real y la originalidad inconfundible
de la formación permanente de los presbíteros. También contribuye a
ello otro texto de san Pablo en la otra carta
a Timoteo: "No descuides el carisma que hay en ti,
que se te comunicó por intervención profética mediante la imposición
de las manos del colegio de presbíteros. Ocúpate en estas
cosas; vive entregado a ellas para que tu aprovechamiento sea
manifiesto a todos. Vela por ti mismo y por la
enseñanza; persevera en estas disposiciones, pues obrando así, te salvarás
a ti mismo y a los que te escuchen" (1
Tim. 4, 14-16).
El Apóstol pide a Timoteo que "reavive", o
sea, que vuelva a encender el don divino, como se
hace con el fuego bajo las cenizas, en el sentido
de acogerlo y vivirlo sin perder ni olvidar jamás aquella
"novedad permanente" que es propia de todo don de Dios,
-que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap. 21, 5)-
y, consiguientemente vivirlo en su inmarcesible frescor y belleza originaria.
Pero
este "reavivar" no es sólo el resultado de una tarea
confiada a la responsabilidad personal de Timoteo, ni es sólo
el resultado de un esfuerzo de su memoria y de
su voluntad. Es el efecto de un dinamismo de la
gracia, intrínseco al don de Dios: es Dios mismo, pues,
el que reaviva su propio don, más aún, el que
distribuye toda la extraordinaria riqueza de gracia y de responsabilidad
que en él se encierran.
Con la efusión sacramental del Espíritu
Santo que consagra y envía, el presbítero queda configurado con
Jesucristo Cabeza y Pastor de la Iglesia y es enviado
a ejercer el ministerio pastoral. Y así, al sacerdote, marcado
en su ser de una manera indeleble y para siempre
como ministro de Jesús y de la Iglesia, e inserto
en una condición de vida permanente e irreversible, se le
confía un ministerio pastoral que, enraizado en su propio ser
y abarcando toda su existencia, es también permanente. El sacramento
del Orden confiere al sacerdote la gracia sacramental, que lo
hace partícipe no sólo del "poder" y del "ministerio" salvífico
de Jesús, sino también de su "amor"; al mismo tiempo,
le asegura todas aquellas gracias actuales que le serán concedidas
cada vez que le sean necesarias y útiles para el
digno cumplimiento del ministerio recibido.
De esta manera, la formación permanente
encuentra su propio fundamento y su razón de ser original
en el dinamismo del sacramento del Orden.
Ciertamente no faltan también
razones simplemente humanas que han de impulsar al sacerdote a
la formación permanente. Ello es una exigencia de la realización
personal progresiva, pues toda vida es un camino incesante hacia
la madurez, y ésta exige la formación continua. Es también
una exigencia del ministerio sacerdotal, visto incluso bajo su naturaleza
genérica y común a las demás profesiones, y por tanto
como servicio hecho a los demás; porque no hay profesión,
cargo o trabajo que no exija una continua actualización, si
se quiere estar al día y ser eficaz. La necesidad
de "mantener el paso" con la marcha de la historia
es otra razón humana que justifica la formación permanente.
Pero estas
y otras razones quedan asumidas y especificadas por las razones
teológicas que se han recordado y que se pueden profundizar
ulteriormente.
El sacramento del Orden, por su naturaleza de "signo", propia
de todos los sacramentos, puede considerarse -como realmente es- Palabra
de Dios. Palabra de Dios que llama y envía es
la expresión más profunda de la vocación y de la
misión del sacerdote. Mediante el sacramento del Orden Dios llama
´coram Ecclesia´ al candidato al sacerdocio. El "ven y sígueme"
de Jesús encuentra su proclamación plena y definitiva en la
celebración del sacramento de su Iglesia: se manifiesta y se
comunica mediante la voz de la Iglesia, que resuena en
los labios del Obispo que ora e impone las manos.
Y el sacerdote da respuesta, en la fe, a la
llamada de Jesús: "vengo y te sigo". Desde este momento
comienza aquella respuesta que, como opción fundamental, deberá renovarse y
reafirmarse continuamente durante los años del sacerdocio en otras numerosísimas
respuestas, enraizadas todas ellas y vivificadas por el "sí" del
Orden sagrado.
En este sentido, se puede hablar de una vocación
"en" el sacerdocio. En realidad, Dios sigue llamando y enviando,
revelando su designio salvífico en el desarrollo histórico de la
vida del sacerdote y de las vicisitudes de la Iglesia
y de la sociedad. Y precisamente en esta perspectiva emerge
el significado de la formación permanente; esto es necesaria para
discernir y seguir esta continua llamada o voluntad de Dios.
Así, el apóstol Pedro es llamado a seguir a Jesús
incluso después de que el Resucitado le ha confiado su
grey: "Le dice Jesús: ´Apacienta mis ovejas´. ´En verdad, en
verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías,
e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás
tus manos y otro te ceñirá y te llevará a
donde tú no quieras´. Con esto indicaba la clase de
muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto,
añadió: ´Sígueme´" (Jn. 21, 17-19). Por tanto, hay un "sígueme"
que acompaña toda la vida y misión del apóstol. Es
un "sígueme" que atestigua la llamada y la exigencia de
fidelidad hasta la muerte (cf. Jn. 21, 22), un "sígueme"
que puede significar una "sequela Christi" con el don total
de sí en el martirio[214].
Los Padres sinodales han expuesto la
razón que muestra la necesidad de la formación permanente y
que, al mismo tiempo, descubre su naturaleza profunda, considerándola como
"fidelidad" al ministerio sacerdotal y como "proceso de continua conversión"[215].
Es el Espíritu Santo, infundido con el sacramento, el que
sostiene al presbítero en esta fidelidad y el que lo
acompaña y estimula en este camino de conversión constante. El
don del Espíritu Santo no excluye, sino que estimula la
libertad del sacerdote para que coopere responsablemente y asuma la
formación permanente como un deber que se le confía. De
esta manera, la formación permanente es expresión y exigencia de
la fidelidad del sacerdote a su ministerio, es más, a
su propio ser. Es, pues, amor a Jesucristo y coherencia
consigo mismo. Pero es también un acto de amor al
Pueblo de Dios, a cuyo servicio está puesto el sacerdote.
Más aún, es un acto de justicia verdadera y propia:
él es deudor para con el Pueblo de Dios, pues
ha sido llamado a reconocer y promover el "derecho" fundamental
de ser destinatario de la Palabra de Dios, de los
Sacramentos y del servicio de la caridad, que son el
contenido original e irrenunciable del ministerio pastoral del sacerdote. La
formación permanente es necesaria para que el sacerdote pueda responder
debidamente a este derecho del Pueblo de Dios.
Alma y forma
de la formación permanente del sacerdote es la caridad pastoral:
el Espíritu Santo, que infunde la caridad pastoral, inicia y
acompaña al sacerdote a conocer cada vez más profundamente el
misterio de Cristo, insondable en su riqueza (cf. Ef. 3,
14 ss.) y, consiguientemente, a conocer el misterio del sacerdocio
cristiano. La misma caridad pastoral empuja al sacerdote a conocer
cada vez más las esperanzas, necesidades, problemas, sensibilidad de los
destinatarios de su ministerio, los cuales han de ser contemplados
en sus situaciones personales concretas, familiares y sociales.
A todo esto
tiende la formación permanente, entendida como opción consciente y libre
que impulse el dinamismo de la caridad pastoral y del
Espíritu Santo, que es su fuente primera y su alimento
continuo. En este sentido la formación permanente es una exigencia
intrínseca del don y del ministerio sacramental recibido, que es
necesaria en todo tiempo, pero hoy lo es particularmente urgente,
no sólo por los rápidos cambios de las condiciones sociales
y culturales de los hombres y los pueblos, en los
que se desarrolla el ministerio presbiteral, sino también por aquella
"nueva evangelización", que es la tarea esencial e improrrogable de
la Iglesia en este final del segundo milenio.
Los Diversos
Aspectos de la Formación Permanente
71. La formación permanente de los
sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, es la continuación natural y
absolutamente necesaria de aquel proceso de estructuración de la personalidad
presbiteral iniciado y desarrollado en el Seminario o en la
Casa religiosa, mediante el proceso formativo para la Ordenación.
Es de
mucha importancia darse cuenta y respetar la intrínseca relación que
hay entre la formación que precede a la Ordenación y
la que le sigue. En efecto, si hubiese una discontinuidad
o incluso una deformación entre estas dos fases formativas, se
seguirían inmediatamente consecuencias graves para la actividad pastoral y para
la comunión fraterna entre los presbíteros, particularmente entre los de
diferente edad. La formación permanente no es una repetición de
la recibida en el Seminario, y que ahora es sometida
a revisión o ampliada con nuevas sugerencias prácticas, sino que
se desarrolla con contenidos y sobre todo a través de
métodos relativamente nuevos, como un hecho vital unitario que, en
su progreso -teniendo sus raíces en la formación del Seminario-
requiere adaptaciones, actualizaciones y modificaciones, pero sin rupturas ni solución
de continuidad.
Y viceversa, desde el Seminario mayor es preciso preparar
la futura formación permanente, y fomentar el ánimo y el
deseo de los futuros presbíteros en relación con ella, demostrando
su necesidad, ventajas y espíritu, y asegurando las condiciones de
su realización.
Precisamente porque la formación permanente es una continuación de
la del Seminario, su finalidad no puede ser una mera
actitud, que podría decirse, "profesional", conseguida mediante el aprendizaje de
algunas técnicas pastorales nuevas. Debe ser más bien el mantener
vivo un proceso general e integral de continua maduración, mediante
la profundización, tanto de los diversos aspectos de la formación
-humana, espiritual, intelectual y pastoral-, como de su específica orientación
vital e íntima, a partir de la caridad pastoral y
en relación con ella.
72. Una primera profundización se refiere a
la dimensión humana de la formación sacerdotal. En el trato
con los hombres y en la vida de cada día,
el sacerdote debe acrecentar y profundizar aquella sensibilidad humana que
le permite comprender las necesidades y acoger los ruegos, intuir
las preguntas no expresadas, compartir las esperanzas y expectativas, las
alegrías y los trabajos de la vida ordinaria; ser capaz
de encontrar a todos y dialogar con todos. Sobre todo
conociendo y compartiendo, es decir, haciendo propia, la experiencia humana
del dolor en sus múltiples manifestaciones, desde la indigencia a
la enfermedad, de la marginación a la ignorancia, a la
soledad, a las pobrezas materiales y morales, el sacerdote enriquece
su propia humanidad y la hace más auténtica y transparente,
en un creciente y apasionado amor al hombre.
Al hacer madurar
su propia formación humana, el sacerdote recibe una ayuda particular
de la gracia de Jesucristo; en efecto, la caridad del
buen Pastor se manifestó no sólo con el don de
la salvación a los hombres, sino también con la participación
de su vida, de la que el Verbo que se
ha hecho "carne" (cf. Jn. 1, 14), ha querido conocer
la alegría y el sufrimiento, experimentar la fatiga, compartir las
emociones, consolar las penas. Viviendo como hombre entre los hombres
y con los hombres, Jesucristo ofrece la más absoluta, genuina
y perfecta expresión de humanidad; lo vemos festejar las bodas
de Caná, visitar una familia amiga, conmoverse ante la multitud
hambrienta que lo sigue, devolver a sus padres hijos que
estaban enfermos o muertos, llorar la pérdida de Lázaro...
Del sacerdote,
cada vez más maduro en su sensibilidad humana, ha de
poder decir el Pueblo de Dios algo parecido a lo
que de Jesús dice la Carta a los Hebreos: "No
tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras
flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en
el pecado" (Heb. 4, 15).
La formación del presbítero en su
dimensión espiritual es una exigencia de la vida nueva y
evangélica a la que ha sido llamado de manera específica
por el Espíritu Santo infundido en el sacramento del Orden.
El Espíritu, consagrando al sacerdote y configurándolo con Jesucristo Cabeza
y Pastor, crea una relación que, en el ser mismo
del sacerdote, requiere ser asimilada y vivida de manera personal,
esto es, consciente y libre, mediante una comunión de vida
y amor cada vez más rica, y una participación cada
vez más amplia y radical de los sentimientos y actitudes
de Jesucristo. En esta relación entre el Señor Jesús y
el sacerdote -relación ontológica y psicológica, sacramental y moral- está
el fundamento y a la vez la fuerza para aquella
"vida según el Espíritu" y para aquel "radicalismo evangélico" al
que está llamado todo sacerdote y que se ve favorecido
por la formación permanente en su aspecto espiritual. Esta formación
es necesaria también para el ministerio sacerdotal, su autenticidad y
fecundidad espiritual. "¿Ejerces la cura de almas?", preguntaba san Carlos
Borromeo. Y respondía así en el discurso dirigido a los
sacerdotes: "No olvides por eso el cuidado de ti mismo,
y no te entregues a los demás hasta el punto
de que no quede nada tuyo para ti mismo. Debes
tener ciertamente presente a las almas, de las que eres
pastor, pero sin olvidarte de ti mismo. Comprended, hermanos, que
nada es tan necesario a los eclesiásticos como la meditación
que precede, acompaña y sigue todas nuestras acciones: Cantaré, dice
el profeta, y meditaré (cf. Sal. 100, 1). Si administras
los sacramentos, hermano, medita lo que haces. Si celebras la
Misa, medita lo que ofreces. Si recitas los salmos en
el coro, medita a quien y de qué cosa hablar.
Si guías a las almas, medita con qué sangre han
sido lavadas; y todo se haga entre vosotros en la
caridad (1 Cor. 16, 14). Así podremos superar las dificultades
que encontramos cada día, que son innumerables. Por lo demás,
esto lo exige la misión que se os ha confiado.
Si así lo hacemos, tendremos la fuerza para engendrar a
Cristo en nosotros y en los demás"[216].
En concreto, la vida
de oración debe ser "renovada" constantemente en el sacerdote. En
efecto, la experiencia enseña que en la oración no se
vive de rentas; cada día es preciso no sólo reconquistar
la fidelidad exterior a los momentos de oración, sobre todo
los destinados a la celebración de la Liturgia de las
Horas y los dejados a la libertad personal y no
sometidos a tiempos fijos o a horarios del servicio litúrgico,
sino que también se necesita, y de modo especial, reanimar
la búsqueda continuada de un verdadero encuentro personal con Jesús,
de un coloquio confiado con el Padre, de una profunda
experiencia del Espíritu.
Lo que el apóstol Pablo dice de los
creyentes, que deben llegar "al estado de hombre perfecto, a
la madurez de la plenitud de Cristo" (Ef. 4, 13),
se puede aplicar de manera especial a los sacerdotes, llamados
a la perfección de la caridad y por tanto a
la santidad, porque su mismo ministerio pastoral exige que sean
modelos vivientes para todos los fieles.
También la dimensión intelectual de
la formación requiere que sea continuada y profundizada durante toda
la vida del sacerdote, concretamente mediante el estudio y la
actualización cultural seria y comprometida. El sacerdote, participando de la
misión profética de Jesús e inserto en el misterio de
la Iglesia Maestra de verdad, está llamado a revelar a
los hombres el rostro de Dios en Jesucristo, y, por
ello, el verdadero rostro del hombre[217]. Pero esto exige que
el mismo sacerdote busque este rostro y lo contemple con
veneración y amor (cf. Sal. 26, 8; 41, 2); sólo
así puede darlo a conocer a los demás. En particular,
la perseverancia en el estudio teológico resulta también necesaria para
que el sacerdote pueda cumplir con fidelidad el ministerio de
la Palabra, anunciándola sin titubeos ni ambigüedades, distinguiéndola de las
simples opiniones humanas, aunque sean famosas y difundidas. Así, podrá
ponerse de verdad al servicio del Pueblo de Dios, ayudándolo
a dar razón de la esperanza cristiana a cuantos se
la pidan (cf. 1 Pe. 3, 15). Además, "el sacerdote,
al aplicarse con conciencia y constancia al estudio teológico, es
capaz de asimilar, de forma segura y personal, la genuina
riqueza eclesial. Puede, por tanto, cumplir la misión que lo
compromete a responder a las dificultades de la auténtica doctrina
católica, y superar la inclinación, propia y de otros, al
disenso y a la actitud negativa hacia el magisterio y
hacia la tradición"[218].
El aspecto pastoral de la formación permanente queda
bien expresado en las palabras del apóstol Pedro: "Que cada
cual ponga al servicio de los demás la gracia que
ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de
Dios" (1 Pe. 4, 10). Para vivir cada día según
la gracia recibida, es necesario que el sacerdote esté cada
vez más abierto a acoger la caridad pastoral de Jesucristo,
que le confirió su Espíritu Santo con el sacramento recibido.
Así como toda la actividad del Señor ha sido fruto
y signo de la caridad pastoral, de la misma manera
debe ser también para la actividad ministerial del sacerdote. La
caridad pastoral es un don y un deber, una gracia
y una responsabilidad, a la que es preciso ser fieles,
es decir, hay que asumirla y vivir su dinamismo hasta
las exigencias más radicales. Esta misma caridad pastoral, como se
ha dicho, empuja y estimula al sacerdote a conocer cada
vez mejor la situación real de los hombres a quienes
ha sido enviado; a discernir la voz del Espíritu en
las circunstancias históricas en las que se encuentra; a buscar
los métodos más adecuados y las formas más útiles para
ejercer hoy su ministerio. De este modo, la caridad pastoral
animará y sostendrá los esfuerzos humanos del sacerdote para que
su actividad pastoral sea actual, creíble y eficaz. Mas esto
exige una formación pastoral permanente.
El camino hacia la madurez no
requiere sólo que el sacerdote continúe profundizando los diversos aspectos
de su formación sino que exige también, y sobre todo,
que sepa integrar cada vez más armónicamente estos mismos aspectos
entre sí, alcanzando progresivamente la unidad interior, que la caridad
pastoral garantiza. De hecho, ésta no sólo coordina y unifica
los diversos aspectos, sino que los concretiza como propios de
la formación del sacerdote, en cuanto transparencia, imagen viva y
ministro de Jesús buen Pastor.
La formación permanente ayuda al sacerdote
a superar la tentación de llevar su ministerio a un
activismo finalizado en sí mismo, a una prestación impersonal de
servicios, sean espirituales o sagrados, a una especie de empleo
en la organización eclesiástica. Sólo la formación permanente ayuda al
"sacerdote" a custodiar con amor vigilante el "misterio" del que
es portador para el bien de la Iglesia y de
la humanidad.
Significado Profundo de la Formación Permanente
73. Los aspectos
diversos y complementarios de la formación permanente nos ayudan a
captar su significado profundo que es el de ayudar al
sacerdote a ser y a desempeñar su función en el
espíritu y según el estilo de Jesús buen Pastor.
[exclamdown]La verdad
hay que vivirla! El apóstol Santiago nos exhorta de esta
manera: "Poned por obra la Palabra y no os contentéis
sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos" (Sant. 1, 22).
Los sacerdotes están llamados a "vivir la verdad" de su
ser, o sea, a vivir "en la caridad" (cf. Ef.
4, 15) su identidad y su ministerio en la Iglesia
y para la Iglesia; están llamados a tomar conciencia cada
vez más viva del don de Dios y a recordarlo
continuamente. He aquí la invitación de Pablo a Timoteo: "Conserva
el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en
nosotros" (2 Tim. 1, 14).
En el contexto eclesial, tantas veces
recordado, podemos considerar el profundo significado de la formación permanente
del sacerdote en orden a su presencia y acción en
la Iglesia "mysterium, communio et missio".
En la Iglesia "misterio" el
sacerdote está llamado, mediante la formación permanente, a conservar y
desarrollar en la fe la conciencia de la verdad entera
y sorprendente de su propio ser, pues él es "ministro
de Cristo y administrador de los misterios de Dios" (cf.
1 Cor. 4, 1). Pablo pide expresamente a los cristianos
que lo consideren según esta identidad; pero él mismo es
el primero en ser consciente del don sublime recibido del
Señor. Así debe ser para todo sacerdote si quiere permanecer
en la verdad de su ser. Pero esto es posible
sólo en la fe, sólo con la mirada y los
ojos de Cristo.
En este sentido, se puede decir que la
formación permanente tiende, desde luego, a hacer que el sacerdote
sea una persona profundamente creyente y lo sea cada vez
más; que pueda verse con los ojos de Cristo en
su verdad completa. El debe custodiar esta verdad con amor
agradecido y gozoso; debe renovar su fe cuando ejerce el
ministerio sacerdotal: sentirse ministro de Jesucristo, sacramento del amor de
Dios al hombre, cada vez que es mediador e instrumento
vivo de la gracia de Dios a los hombres; debe
reconocer esta misma verdad en sus hermanos sacerdotes. Este es
el principio de la estima y del amor hacia ellos.
74.
La formación permanente ayuda al sacerdote, en la Iglesia "comunión",
a madurar la conciencia de que su ministerio está radicalmente
ordenado a congregar a la familia de Dios como fraternidad
animada por la caridad y a llevarla al Padre por
medio de Cristo en el Espíritu Santo[219].
El sacerdote debe crecer
en la conciencia de la profunda comunión que lo vincula
al Pueblo de Dios; él no está sólo "al frente
de" la Iglesia, sino ante todo "en" la Iglesia. Es
hermano entre hermanos. Revestido por el bautismo con la dignidad
y libertad de los hijos de Dios en el Hijo
unigénito, el sacerdote es miembro del mismo y único cuerpo
de Cristo (cf. Ef. 4, 16). La conciencia de esta
comunión lleva a la necesidad de suscitar y desarrollar la
corresponsabilidad en la común y única misión de salvación, con
la diligente y cordial valoración de todos los carismas y
tareas que el Espíritu otorga a los creyentes para la
edificación de la Iglesia. Es sobre todo en el cumplimiento
del ministerio pastoral, ordenado por su propia naturaleza al bien
del Pueblo de Dios, donde el sacerdote debe vivir y
testimoniar su profunda comunión con todos, como escribía Pablo VI:
"Hace falta hacerse hermanos de los hombres en el momento
mismo que queremos ser sus pastores, padres y maestros. El
clima del diálogo es la amistad. Más todavía, el servicio"[220].
Concretamente,
el sacerdote está llamado a madurar la conciencia de ser
miembro de la Iglesia particular en la que está incardinado,
o sea, incorporado con un vínculo a la vez jurídico,
espiritual y pastoral. Esta conciencia supone y desarrolla el amor
especial a la propia Iglesia. Esta es, en realidad, el
objetivo vivo y permanente de la caridad pastoral que debe
acompañar la vida del sacerdote y que lo lleva a
compartir la historia o experiencia de vida de esta Iglesia
particular en sus valores y debilidades, en sus dificultades y
esperanzas, y a trabajar en ella para su crecimiento. Sentirse,
pues, enriquecidos por la Iglesia particular y comprometidos activamente en
su edificación, prolongando cada sacerdote, y unido a los demás,
aquella actividad pastoral que ha distinguido a los hermanos que
les han precedido. Una exigencia imprescindible de la caridad pastoral
hacia la propia Iglesia particular y hacia su futuro ministerial
es la solicitud del sacerdote por dejar a alguien que
tome su puesto en el servicio sacerdotal.
El sacerdote debe madurar
en la conciencia de la comunión que existe entre las
diversas Iglesias pasticulares, una comunión enraizada en su propio ser
de Iglesias que viven en un lugar determinado la Iglesia
única y universal de Cristo. Esta conciencia de comunión intereclesial
favorecerá el "intercambio de dones", comenzando por los dones vivos
y personales, como son los mismos sacerdotes. De aquí la
disponibilidad, es más, el empeño generoso por llegar a una
justa distribución del clero[221]. Entre estas Iglesias particulares hay que
recordar a las que, "privadas de libertad, no pueden tener
vocaciones propias", como también las "Iglesias recientemente salidas de la
persecución y las Iglesias pobres a las que ya, desde
hace tiempo, muchos, con espíritu generoso y fraterno, han enviado
ayudas y continúan enviándolas"[222].
Dentro de la comunión eclesial, el sacerdote
está llamado de modo particular, mediante su formación permanente, a
crecer en y con el propio presbiterio unido al Obispo.
El presbiterio en su verdad plena es un mysterium: es
una realidad sobrenatural porque tiene su raíz en el sacramento
del Orden. Es su fuente, su origen; es el "lugar"
de su nacimiento y de su crecimiento. En efecto, "los
presbíteros, mediante el sacramento del Orden, están unidos con un
vínculo personal e indisoluble a Cristo único Sacerdote. El Orden
se confiere a cada uno en singular, pero quedan insertos
en la comunión del presbiterio unido con el Obispo (Lumen
gentium, 28; Presbyterorum ordinis, 7 y 8)"[223].
Este origen sacramental se
refleja y se prolonga en el ejercicio del ministerio presbiteral:
del mysterium al ministerium. "La unidad de los presbíteros con
el Obispo y entre sí no es algo añadido desde
fuera a la naturaleza propia de su servicio, sino que
expresa su esencia como solicitud de Cristo Sacerdote por su
Pueblo congregado por la unidad de la Santísima Trinidad"[224]. Esta
unidad del presbiterio, vivida en el espíritu de la caridad
pastoral, hace a los sacerdotes testigos de Jesucristo, que ha
orado al Padre "para que todos sean uno" (Jn. 17,
21).
La fisonomía del presbiterio es, por tanto, la de una
verdadera familia, cuyos vínculos no provienen de carne y sangre,
sino de la gracia del Orden: una gracia que asume
y eleva las relaciones humanas, psicológicas, afectivas, amistosas y espirituales
entre los sacerdotes; una gracia que se extiende, penetra, se
revela y se concreta en las formas más variadas de
ayuda mutua, no sólo espirituales sino también materiales. La fraternidad
presbiteral no excluye a nadie, pero puede y debe tener
sus preferencias: las preferencias evangélicas reservadas a quienes tienen mayor
necesidad de ayuda o de aliento. Esta fraternidad "presta una
atención especial a los presbíteros jóvenes, mantiene un diálogo cordial
y fraterno con los de media edad y los mayores,
y con los que, por razones diversas, pasan por dificultades.
También a los sacerdotes que han abandonado esta forma de
vida o que no la siguen, no sólo no los
abandona, sino que los acompaña aún con mayor solicitud fraterna"[225].
También
forman parte del único presbiterio, por razones diversas, los presbíteros
religiosos residentes o que trabajan en una Iglesia particular. Su
presencia supone un enriquecimiento para todos los sacerdotes y los
diferentes carismas particulares que ellos viven, a la vez que
son una invitación para que los presbíteros crezcan en la
comprensión del mismo sacerdocio, contribuyen a estimular y acompañar la
formación permanente de los sacerdotes.
El don de la vida religiosa,
en la comunidad diocesana, cuando va acompañado de sincera estima
y justo respeto de las particularidades de cada Instituto y
de cada espiritualidad tradicional, amplía el horizonte del testimonio cristiano
y contribuye de diversa manera a enriquecer la espiritualidad sacerdotal,
sobre todo respecto a la correcta relación y recíproco influjo
entre los valores de la Iglesia particular y los de
la universalidad del Pueblo de Dios. Por su parte, los
religiosos procuren garantizar un espíritu de verdadera comunión eclesial, una
participación cordial en la marcha de la diócesis y en
los proyectos pastorales del Obispo, poniendo a disposición el propio
carisma para la edificación de todos en la caridad[226].
Por último,
en el contexto de la Iglesia comunión y del presbiterio,
se puede afrontar mejor el problema de la soledad del
sacerdote, sobre la que han reflexionado los Padres sinodales. Hay
una soledad que forma parte de la experiencia de todos
y que es algo absolutamente normal. Pero hay también otra
soledad que nace de dificultades diversas y que, a su
vez, provoca nuevas dificultades. En este sentido, "la participación activa
en el presbiterio diocesano, los contactos periódicos con el Obispo
y con los demás sacerdotes, la mutua colaboración, la vida
común o fraterna entre los sacerdotes, como también la amistad
y la cordialidad con los fieles laicos comprometidos en las
parroquias, son medios muy útiles para superar los efectos negativos
de la soledad que algunas veces puede experimentar el sacerdote"[227].
Pero
la soledad no crea sólo dificultades, sino que ofrece también
oportunidades positivas para la vida del sacerdote: "aceptada con espíritu
de ofrecimiento y buscada en la intimidad con Jesucristo el
Señor, la soledad puede ser una oportunidad para la oración
y el estudio, como también una ayuda para la santificación
y el crecimiento humano"[228]. Se podría decir que una cierta
forma de soledad es elemento necesario para la formación permanente.
Jesús con frecuencia se retiraba sólo a rezar (cf. Mt.
14, 23). La capacidad de mantener una soledad positiva es
condición indispensable para el crecimiento de la vida interior. Se
trata de una soledad llena de la presencia del Señor,
que nos pone en contacto con el Padre a la
luz del Espíritu. En este sentido, fomentar el silencio y
buscar espacios y tiempos "de desierto" es necesario para la
formación permanente, tanto en el campo intelectual, como en el
espiritual y pastoral. De este modo, se puede afirmar que
no es capaz de verdadera y fraterna comunión el que
no sabe vivir bien la propia soledad.
75. La formación permanente
está destinada a hacer crecer en el sacerdote la conciencia
de su participación en la misión salvífica de la Iglesia.
En la Iglesia como misión, la formación permanente del sacerdote
es no sólo condición necesaria, sino también medio indispensable para
centrar constantemente el sentido de la misión y garantizar su
realización fiel y generosa. Con esta formación se ayuda al
sacerdote a descubrir toda la gravedad, pero al mismo tiempo
toda la maravillosa gracia de una obligación que no puede
dejarlo tranquilo -como decía Pablo: "Predicar el Evangelio no es
para mí ningún motivo de gloria; es más bien un
deber que me incumbe. Y ay de mí si no
predicara el Evangelio!" (1 Cor. 6, 16)- y es también,
una exigencia, explícita o implícita, que surge fuertemente de los
hombres, a los que Dios llama incansablemente a la salvación.
Sólo
una adecuada formación permanente logra mantener al sacerdote en lo
que es esencial y decisivo para su ministerio, o sea,
como dice el apóstol Pablo, la fidelidad: "Ahora bien, lo
que en fin de cuentas se exige de los administradores
es que sean fieles" (1 Cor. 4, 2). A pesar
de las diversas dificultades que encuentra, el sacerdote ha de
ser fiel -incluso en las condiciones más adversas o de
comprensible cansancio-, poniendo en ello todas las energías disponibles; fiel
hasta el final de su vida. El testimonio de Pablo
debe ser ejemplo y estímulo para todo sacerdote: "A nadie
damos ocasión alguna de tropiezo -escribe a los cristianos de
Corinto-, paa que no se haga mofa del ministerio, antes
bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios: con
mucha constancia en tribulaciones, necesidades y angustias; en azotes, cárceles,
sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos; en pureza, ciencia, paciencia, bondad;
en el Espíritu Santo, en caridad sincera, en la palabra
de verdad, en el poder de Dios; mediante las armas
de la justicia: las de la derecha y las de
la izquierda; en gloria e ignominia, en calumnia y en
buena fama; tenidos por impostores, siendo veraces; como desconocidos, aunque
bien conocidos; como quienes están a la muerte, pero vivos;
como castigados, aunque no condenados a muerte; como tristes, pero
siempre alegres; como pobres, aunque enriquecemos a muchos; como quienes
nada tienen, aunque todo lo poseemos" (2 Cor. 6, 3-10).
En Cualquier Edad y Situación
76. La formación permanente, precisamente porque
es "permanente", debe acompañar a los sacerdotes siempre, esto es,
en cualquier periodo y situación de su vida, así como
en los diversos cargos de responsabilidad eclesial que se le
confíen; todo ello, teniendo en cuenta, naturalmente, las posibilidades y
características propias de la edad, condiciones de vida y tareas
encomendadas.
La formación permanente es un deber, ante todo, para los
sacerdotes jóvenes y ha de tener aquella frecuencia y programación
de encuentros que, a la vez que prolongan la seriedad
y solidez de la formación recibida en el Seminario, lleven
progresivamente a los jóvenes presbíteros a comprender y vivir la
singular riqueza del "don" de Dios -el sacerdocio- y a
desarrollar sus potencialidades y aptitudes ministeriales, también mediante una inserción
cada vez más convencida y responsable en el presbiterio, y
por tanto en la comunión y corresponsabilidad con todos los
hermanos.
Si bien es comprensible una cierta sensación de "saciedad", que
ante ulteriores momentos de estudio y de reuniones, puede afectar
al joven sacerdote apenas salido del Seminario, ha de rechazarse
como absolutamente falsa y peligrosa la idea de que la
formación presbiteral concluya con su estancia en el Seminario.
Participando en
los encuentros de la formación permanente, los jóvenes sacerdotes podrán
ofrecerse una ayuda mutua, mediante el intercambio de experiencias y
reflexiones sobre la aplicación concreta del ideal presbiteral y ministerial
que han asimilado en los años del Seminario. Al mismo
tiempo, su participación activa en los encuentros formativos del presbiterio
podrá servir de ejemplo y estímulo a los otros sacerdotes
que les aventajan en años, testimoniando así el propio amor
a todo el presbiterio y su afecto por la Iglesia
particular necesitada de sacerdotes bien preparados.
Para acompañar a los sacerdotes
jóvenes en esta primera delicada fase de su vida y
ministerio, es más que nunca oportuno -e incluso necesario hoy-
crear una adecuada estructura de apoyo, con guías y maestros
apropiados, en la que ellos puedan encontrar, de manera orgánica
y continua, las ayudas necesarias para comenzar bien su ministerio
sacerdotal. Con ocasión de encuentros periódicos, suficientemente prolongados y frecuentes,
vividos si es posible en ambiente comunitario y en residencia,
se les garantizarán buenos momentos de descanso, oración, reflexión e
intercambio fraterno. Así será más fácil para ellos dar, desde
el principio, una orientación evangélicamente equilibrada a su vida presbiteral.
Y si algunas Iglesias particulares no pudieran ofrecer este servicio
a sus sacerdotes jóvenes, sería oportuno que colaboraran entre sí
las Iglesias vecinas para juntar recursos y elaborar programas adecuados.
77.
La formación permanente constituye también un deber para los presbíteros
de media edad. En realidad, son muchos los riesgos que
pueden correr, precisamente en razón de la edad, como por
ejemplo un activismo exagerado y una cierta rutina en el
ejercicio del ministerio. Así, el sacerdote puede verse tentado de
presumir de sí mismo como si la propia experiencia personal,
ya demostrada, no tuviese que ser contrastada con nada ni
con nadie. Frecuentemente el sacerdote sufre una especie de cansancio
interior peligroso, fruto de dificultades y fracasos. La respuesta a
esta situación la ofrece la formación permanente, una continua y
equilibrada revisión de sí mismo y de la propia actividad,
una búsqueda constante de motivaciones y medios para la propia
misión; de esta manera, el sacerdote mantendrá el espíritu vigilante
y dispuesto a las constantes y siempre nuevas peticiones de
salvación que recibe como "hombre de Dios".
La formación permanente debe
interesar también a los presbíteros que, por la edad avanzada,
podemos denominar ancianos, y que en algunas Iglesias son la
parte más numerosa del presbiterio; éste deberá mostrarles gratitud por
el fiel servicio que han prestado a Cristo y a
la Iglesia, y una solidaridad particular dada su situación. Para
estos presbíteros la formación permanente no significará tanto un compromiso
de estudio, actualización o diálogo cultural, cuanto la confirmación serena
y alentadora de la misión que todavía están llamados a
llevar a cabo en el presbiterio; no sólo porque continúan
en el ministerio pastoral, aunque de maneras diversas, sino también
por la posibilidad que tienen, gracias a su experiencia de
vida y apostolado, de ser valiosos maestros y formadores de
otros sacerdotes.
También los sacerdotes que, por cansancio o enfermedad, se
encuentran en una condición de debilidad física o de cansancio
moral, pueden ser ayudados con una formación permanente que los
estimule a continuar, de manera serena y decidida, su servicio
a la Iglesia; a no aislarse de la comunidad ni
del presbiterio; a reducir la actividad externa para dedicarse a
aquellos actos de relación pastoral y de espiritualidad personal, capaces
de sostener las motivaciones y la alegría de su sacerdocio.
La formación permanente les ayudará, en particular, a mantener vivo
el convencimiento que ellos mismos han inculcado a los fieles,
a saber, la convicción de seguir siendo miembros activos en
la edificación de la Iglesia, especialmente en virtud de su
unión con Jesucristo doliente y con tantos hermanos y hermanas
que en la Iglesia participan en la Pasión del Señor,
reviviendo la experiencia espiritual de Pablo que decía: "Ahora me
alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo
en mi carne lo que falta a las tribulaciones de
Cristo" (Col. 1, 24)[229].
Los Responsables de la Formación Permanente
78.
Las condiciones en las que, con frecuencia y en muchos
lugares, se desarrolla actualmente el ministerio de los presbíteros no
hacen fácil un compromiso serio de formación: el multiplicarse de
tareas y servicios; la complejidad de la vida humana en
general y de las comunidades cristianas en particular; el activismo
y el ajetreo típico de tantos sectores de nuestra sociedad,
privan con frecuencia a los sacerdotes del tiempo y energías
indispensables para "velar por sí mismos" (cf. 1 Tim. 4,
16).
Esto ha de hacer crecer en todos la responsabilidad para
que se superen las dificultades, e incluso que éstas sean
un reto para programar y llevar a cabo un plan
de formación permanente, que responda de modo adecuado a la
grandeza del don de Dios y a la gravedad de
las expectativas y exigencias de nuestro tiempo.
Por ello, los responsables
de la formación permanente de los sacerdotes hay que individuarlos
en la Iglesia "comunión". En este sentido, es toda la
Iglesia particular la que, bajo la guía del Obispo, tiene
la responsabilidad de estimular y cuidar de diversos modos la
formación permanente de los sacerdotes. Estos no viven para sí
mismos, sino para el Pueblo de Dios; por eso, la
formación permanente, a la vez que asegura la madurez humana,
espiritual, intelectual y pastoral de los sacerdotes, representa un bien
cuyo destinatario es el mismo Pueblo de Dios. Además, el
mismo ejercicio del ministerio pastoral lleva a un continuo y
fecundo intercambio recíproco entre la vida de fe de los
presbíteros y la de los fieles. Precisamente la participación de
vida entre el presbítero y la comunidad, si se ordena
y lleva a cabo con sabiduría, supone una aportación fundamental
a la formación permanente, que no se puede reducir a
un episodio o iniciativa aislada, sino que comprende todo el
ministerio y vida del presbítero.
En efecto, la experiencia cristiana de
las personas sencillas y humildes, los impulsos espirituales de las
personas enamoradas de Dios, la valiente aplicación de la fe
a la vida por parte de los cristianos comprometidos en
las diversas responsabilidades sociales y civiles, son acogidas por el
presbítero y, a la vez que las ilumina con su
servicio sacerdotal, encuentra en ellas un precioso alimento espiritual. Incluso
las dudas, crisis y demoras ante las más variadas situaciones
personales y sociales; las tentaciones de rechazo o desesperación en
momentos de dolor, enfermedad o muerte; en fin, todas las
circunstancias difíciles que los hombres encuentran en el camino de
su fe, son vividas fraternalmente y soportadas sinceramente en el
corazón del presbítero que, buscando respuestas para los demás, se
siente estimulado continuamente a encontrarlas primero para sí mismo.
De esta
manera, todos los miembros del Pueblo de Dios pueden y
deben ofrecer una valiosa ayuda a la formación permanente de
sus sacerdotes. A este respecto, deben dejar a los sacerdotes
espacios de tiempo para el estudio y la oración; pedirles
aquello para lo que han sido enviados por Cristo y
no otras cosas; ofrecerles colaboración en los diversos ámbitos de
la misión pastoral, especialmente en lo que atañe a la
promoción humana y al servicio de la caridad; establecer relaciones
cordiales y fraternas con ellos; ayudar a los sacerdotes a
ser conscientes de que no son "dueños de la fe",
sino "colaboradores del gozo" de todos los fieles (cf. 2
Cor. 1, 24).
La responsabilidad formativa de la Iglesia particular en
relación con los sacerdotes se concretiza y especifica en relación
con los diversos miembros que la componen, comenzando por el
sacerdote mismo.
79. En cierto modo, es precisamente cada sacerdote el
primer responsable en la Iglesia de la formación permanente; pues,
sobre cada uno recae el deber -derivado del sacramento del
Orden- de ser fiel al don de Dios y al
dinamismo de conversión diaria que nace del mismo don. Los
reglamentos o normas de la autoridad eclesiástica al respecto, como
también el mismo ejemplo de los demás sacerdotes, no bastan
para hacer apetecible la formación permanente si el individuo no
está personalmente convencido de su necesidad y decidido a valorar
sus ocasiones, tiempos y formas. La formación permanente mantiene la
juventud del espíritu, que nadie puede imponer desde fuera, sino
que cada uno debe encontrar continuamente en su interior. Sólo
el que conserva siempre vivo el deseo de aprender y
crecer posee esta "juventud".
Fundamental es la responsabilidad del Obispo y,
con él, la del presbiterio. La del Obispo se basa
en el hecho de que los presbíteros reciben su sacerdocio
a través de él, y comparten con él la solicitud
pastoral por el Pueblo de Dios. El Obispo es el
responsable de la formación permanente, destinada a hacer que todos
sus presbíteros sean generosamente fieles al don y al ministerio
recibido, como el Pueblo de Dios los quiere y tiene
el "derecho" de tenerlos. Esta responsabilidad lleva al Obispo, en
comunión con el presbiterio, a hacer un proyecto y establecer
un programa, capaces de estructurar la formación permanente no como
un mero episodio sino como una propuesta sistemática de contenidos,
que se desarrolla por etapas y tiene modalidades precisas. El
Obispo vivirá su responsabilidad no sólo asegurando a su presbiterio
lugares y momentos de formación permanente, sino haciéndose personalmente presente
y participando en ellos convencido y de modo cordial. Con
frecuencia será oportuno, o incluso necesario, que los Obispos de
varias Diócesis vecinas o de una Región eclesiástica se pongan
de acuerdo entre sí y unan sus fuerzas para poder
ofrecer iniciativas de mayor calidad y verdaderamente atrayentes para la
formación permanente, como son cursos de actualización bíblica, teológica y
pastoral, semanas de convivencia, ciclos de conferencias, momentos de reflexión
y revisión del programa pastoral del presbiterio y de la
comunidad eclesial.
El Obispo cumplirá con su responsabilidad pidiendo también la
ayuda que puedan dar las facultades y los institutos teológicos
y pastorales, los Seminarios, los organismos o federaciones que agrupan
a las personas -sacerdotes, religiosos y fieles laicos- comprometidas en
la formación presbiteral.
En el ámbito de la Iglesia particular corresponde
a las familias un papel significativo; ellas, como "Iglesias domésticas",
tienen una relación concreta con la vida de las comunidades
eclesiales animadas y guiadas por los sacerdotes. En particular, hay
que citar el papel de la familia de origen, pues
ella, en unión y comunión de esfuerzos, puede ofrecer a
la misión del hijo una ayuda específica importante. Llevando a
cabo el plan providencial que la ha hecho ser cuna
de la semilla vocacional, e indispensable ayuda para su crecimiento
y desarrollo, la familia del sacerdote, en el más absoluto
respeto de este hijo que ha decidido darse a Dios
y a sus hermanos, debe seguir siendo siempre testigo fiel
y alentador de su misión, sosteniéndola y compartiéndola con entrega
y respeto.
Momentos, Formas y Medios de la Formación Permanente
80.
Si todo momento puede ser un "tiempo favorable" (cf. 2
Cor. 6, 2) en el que el Espíritu Santo lleva
al sacerdote a un crecimiento directo en la oración, el
estudio y la conciencia de las propias responsabilidades pastorales, hay
sin embargo momentos "privilegiados", aunque sean más comunes y establecidos
previamente.
Hay que recordar, ante todo, los encuentros del Obispo con
su presbiterio, tanto litúrgicos (en particular la concelebración de la
Misa Crismal el Jueves Santo), como pastorales y culturales, dedicados
a la revisión de la actividad pastoral o al estudio
sobre determinados problemas teológicos.
Están asimismo los encuentros de espiritualidad sacerdotal,
como los Ejercicios espirituales, los días de retiro o de
espiritualidad. Son ocasión para un crecimiento espiritual y pastoral; para
una oración más prolongada y tranquila; para una vuelta a
las raíces de la identidad sacerdotal; para encontrar nuevas motivaciones
para la fidelidad y la acción pastoral.
Son también importantes los
encuentros de estudio y de reflexión común, que impiden el
empobrecimiento cultural y el aferrarse a posiciones cómodas incluso en
el campo pastoral, fruto de pereza mental; aseguran una síntesis
más madura entre los diversos elementos de la vida espiritual,
cultural y apostólica; abren la mente y el corazón a
los nuevos retos de la historia y a las nuevas
llamadas que el Espíritu dirige a la Iglesia.
81. Son muchas
las ayudas y los medios que se pueden usar para
que la formación permanente sea cada vez más una valiosa
experiencia vital para los sacerdotes. Entre éstos hay que recordar
las diversas formas de vida común entre los sacerdotes, siempre
presentes en la historia de la Iglesia, aunque con modalidades
y compromisos diferentes: "Hoy no se puede dejar de recomendarlas
vivamente, sobre todo entre aquéllos que viven o están comprometidos
pastoralmente en el mismo lugar. Además de favorecer la vida
y la acción apostólica, esta vida común del clero ofrece
a todos, presbíteros y laicos, un ejemplo luminoso de caridad
y de unidad"[230].
También pueden ser de ayuda las asociaciones sacerdotales,
en particular los institutos seculares sacerdotales, que tienen como nota
específica la diocesaneidad, en virtud de la cual los sacerdotes
se unen más estrechamente al Obispo y forman "un estado
de consagración en el que los sacerdotes, mediante votos u
otros vínculos sagrados, se consagran a encarnar en la vida
los consejos evangélicos"[231]. Todas las formas de "fraternidad sacerdotal" aprobadas
por la Iglesia son útiles no sólo para la vida
espiritual, sino también para la vida apostólica y pastoral.
Igualmente, la
práctica de la dirección espiritual contribuye no poco a favorecer
la formación permanente de los sacerdotes. Se trata de un
medio clásico, que no ha perdido nada de su valor,
no sólo para asegurar la formación espiritual, sino también para
promover y mantener una continua fidelidad y generosidad en el
ejercicio del ministerio sacerdotal. Como decía el Cardenal Montini, futuro
Pablo VI, "la dirección espiritual tiene una función hermosísima y,
podría decirse indispensable, para la educación moral y espiritual de
la juventud, que quiera interpretar y seguir con absoluta lealtad
la vocación, sea cual fuese, de la propia vida; ésta
conserva siempre una importancia beneficiosa en todas las edades de
la vida, cuando, junto a la luz y a la
caridad de un consejo piadoso y prudente, se busca la
revisión de la propia rectitud y el aliento para el
cumplimiento generoso de los propios deberes. Es medio pedagógico muy
delicado, pero de grandísimo valor; es arte pedagógico y psicológico
de grave responsabilidad en quien la ejerce; es ejercicio espiritual
de humildad y de confianza en quien la recibe"[232].
[214]
Cf. S. Agustín, In Iohannis Evangelium Tractatus. 123, 5: l.
c., 678-680.
[215] Cf. Propositio 31.
[216] S. Carlos Borromeo,
Acta Ecclesiae Mediolanensis, Milán 1559, 1178.
[217] Cf. Conc. Ecum.
Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 22.
[218] Sínodo de los Obispos
Asam. Gen. Ord., La formación de los presbíteros en las
circunstancias actuales "Instrumentum laboris", 55.
[219] Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum ordinis, 6.
[220] Carta Enc. Ecclesiam suam (6 agosto
1964) III: AAS 56 (1964), 647.
[221] Cf. Congregación para
el Clero, Notas directivas para la promoción de la cooperación
mutua entre las Iglesias particulares y especialmente para la distribución
más adecuada del clero Postquam apostoli (25 marzo 1980): AAS
72 (1980), 343-364.
[222] Propositio 39.
[223] Propositio 34.
[224]
Ibid.
[225] Ibid.
[226] Cf. Propositio 38; Conc. Ecum. Vat.
II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum ordinis, I; Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius,
I; Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares y
Congregación para los Obispos, Notas directivas para las relaciones mutuas
entre los Obispos y los religiosos en la Iglesia Mutuae
relationes (14 mayo 1978) 2; 10: l. c., 475; 479-480.
[227] Propositio 35.
[228] Ibid.
[229] Cf. Propositio 36.
[230]
Sínodo de los Obispos VIII Asam. Gen. Ord., La formación
de los sacerdotes en las circunstancias actuales, "Instrumentum laboris", 60;
cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el oficio pastoral
de los Obispos en la Iglesia Christus Dominus, 30; Decreto
sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis,
8; C.I.C., can. 550, 2.
[231] Propositio 37.
[232] J.
B. Montini, Carta pastoral Sobre el sentido moral, 1961. |
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