Autor: Varios | Fuente: Santa Sede Antorcha 18. Año de la Fe
Actividades de la vida de la Iglesia del 6 al 18 de enero de 2013
La historia de la salvación, es
decir la historia de Dios que se revela al hombre
progresivamente ha sido el tema de la catequesis del Santo
Padre durante la audiencia general de los miércoles.
El Antiguo Testamento
narra esta obra y nos dice cómo Dios, después de
la creación, a pesar del pecado original vuelve a ofrecer
al ser humano la posibilidad de su amistad, “a través
de la alianza con Abraham y el camino de un
pequeño pueblo, el de Israel, que no elige según los
criterios del poder terrenal, sino sencillamente por amor(...) Para esta
obra se sirve de mediadores, como Moisés, los profetas y
los jueces, que transmiten al pueblo su voluntad, recuerdan la
necesidad de fidelidad a la alianza y mantienen viva la
esperanza de la realización plena y definitiva de las promesas
divinas”.
La revelación de Dios alcanza su plenitud en Jesús
de Nazaret; en Él “Dios visita a su pueblo y
a la humanidad de una manera que va más allá
de todas las expectativas: envía a su Hijo unigénito; se
hace hombre Dios mismo. Jesús no nos dice algo acerca
de Dios, no habla simplemente del Padre, (...) nos revela
el rostro de Dios”. En la frase de Jesús: “Quien
me ha visto a mí ha visto al Padre”, se
encierra “la novedad del Nuevo Testamento: (....) Dios se puede
ver, ha manifestado su rostro, es visible en Jesucristo”.
Benedicto
XVI ha recordado la importancia de la búsqueda del rostro
de Dios a lo largo del Antiguo Testamento, es decir
de “un ´Tú´ que puede entrar en una relación, que
no está cerrado en su cielo mirando desde lo alto
a la humanidad. Ciertamente, Dios está por encima de todo,
pero se dirige hacia nosotros y nos escucha: nos ve,
habla, estrecha alianzas, es capaz de amar. La historia de
la salvación (...) es la historia de esta relación que
Dios revela progresivamente al hombre”.
Con la Encarnación la búsqueda
del rostro de Dios “da un vuelco inimaginable, porque ese
rostro ahora se puede ver: es el de Jesús, el
del Hijo de Dios que se hizo hombre. En Él
se cumple el camino de la revelación que Dios comenzó
con la llamada de Abraham. Él es la plenitud de
esta revelación, porque es el Hijo de Dios; es a
la vez ´mediador y plenitud de toda la revelación´; en
El coinciden el contenido de la Revelación y el Revelador
(...) Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no es sencillamente
uno de los mediadores entre Dios y el hombre, sino
´el mediador´ de la alianza nueva y eterna(...) En él
vemos y encontramos a Dios al que podemos invocar con
el nombre de ´Abba, Padre´; en el nos viene dada
la salvación”.
“El deseo de conocer realmente a Dios, es
decir, de ver su rostro -ha subrayado el Papa- está
grabado en todos los seres humanos, incluso en los ateos.
Y quizás nosotros tenemos también, inconscientemente, este deseo de ver
sencillamente quien es El (...) Pero esto deseo se cumple
siguiendo a Cristo (...) así vemos finalmente a Dios como
a un amigo. Lo importante es que lo sigamos no
sólo cuando lo necesitamos o cuando encontramos con un rato
de tiempo entre los miles quehaceres cotidianos. Nuestra entera existencia
debe orientarse al encuentro y al amor con Jesucristo; y,
en esa existencia el amor al prójimo debe ocupar un
lugar central; ese amor que, a la luz del Crucifijo,
hace que reconozcamos el rostro de Jesús en los pobres,
los débiles y los que sufren”.
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