Autor: P. Evaristo Sada LC | Fuente: www.la-oracion.com La oración de intercesión y la misericordia de Dios
Síntesis de la Catequesis del Papa del 18 de mayo de 2011.
La oración de intercesión y la misericordia de Dios
Queridos hermanos y hermanas,
En las dos últimas
catequesis hemos reflexionado sobre la oración como fenómeno universal, que
-incluso de distintas formas- está presente en las culturas de
todas las épocas. Hoy, sin embargo, querría comenzar un recorrido
bíblico sobre este tema, que nos conducirá a profundizar en
el diálogo de alianza entre Dios y el hombre, que
anima la historia de salvación, hasta su culmen, la palabra
definitiva que es Jesucristo. Este camino nos hará detenernos en
algunos textos importantes y figuras paradigmáticas del Antiguo y Nuevo
Testamento. Será Abraham, el gran Patriarca, padre de todos los
creyentes (cfr Rm 4,11-12.16-17), el que nos ofrece el primer
ejemplo de oración, en el episodio de intercesión por la
ciudad de Sodoma y Gomorra. Y quisiera invitaros a aprovechar
el recorrido que haremos en las próximas catequesis para aprender
a conocer mejor la Biblia, que espero que tengáis en
vuestras casas, y, durante la semana, deteneros a leerla y
meditarla en la oración, para conocer la maravillosa historia de
la relación entre Dios y el hombre, entre el Dios
que se comunica con nosotros y el hombre que responde,
que reza.
El primer texto sobre el que vamos a reflexionar,
se encuentra en el capítulo 18 del Libro del Génesis;
se cuenta que la maldad de los habitantes de Sodoma
y Gomorra estaba llegando a su cima, tanto que era
necesaria una intervención de Dios para realizar un gran acto
de justicia y frenar el mal destruyendo aquellas ciudades. Aquí
interviene Abraham con su oración de intercesión. Dios decide revelarle
lo que le va a suceder y le hace conocer
la gravedad del mal y sus terribles consecuencias, porque Abraham
es su elegido, elegido para construir un gran pueblo y
hacer que todo el mundo alcance la bendición divina. La
suya es una misión de salvación, que debe responder al
pecado que ha invadido la realidad del hombre; a través
de él, el Señor quiere llevar a la humanidad a
la fe, a la obediencia, a la justicia. Y entonces,
este amigo de Dios se abre a la realidad y
a las necesidades del mundo, reza por los que están
a punto de ser castigados y pide que sean salvados.
Abraham
afronta enseguida el problema en toda su gravedad, y dice
al Señor: “Entonces Abraham se le acercó y le dijo:
«¿Así que vas a exterminar al justo junto con el
culpable? Tal vez haya en la ciudad cincuenta justos. ¿Y
tú vas a arrasar ese lugar, en vez de perdonarlo
por amor a los cincuenta justos que hay en él?
¡Lejos de ti hacer semejante cosa! ¡Matar al justo juntamente
con el culpable, haciendo que los dos corran la misma
suerte! ¡Lejos de ti! ¿Acaso el Juez de toda la
tierra no va a hacer justicia?” (vv. 23-25). Con estas
palabras, con gran valentía, Abraham plantea a Dios la necesidad
de evitar la justicia sumaria: si la ciudad es culpable,
es justo condenar el crimen e infligir la pena, pero
-afirma el gran Patriarca- sería injusto castigar de modo indiscriminado
a todos los habitantes. Si en la ciudad hay inocentes,
estos no pueden ser tratados como culpables. Dios, que es
un juez justo, no puede actuar así, dice Abraham, justamente,
a Dios.
Si leemos, más atentamente el texto, nos damos cuenta
de que la petición de Abraham es todavía más seria
y profunda, porque no se limita a pedir la salvación
para los inocentes. Abraham pide el perdón para toda la
ciudad y lo hace apelando a la justicia de Dios;
dice, de hecho, al Señor: “Y tú vas a arrasar
ese lugar, en vez de perdonarlo por amor a los
cincuenta justos que hay en él?” (v. 24b). De esta
manera pone en juego una nueva idea de justicia: no
la que se limita a castigar a los culpables, como
hacen los hombres, sino una justicia distinta, divina, que busca
el bien y lo crea a través de el perdón
que transforma al pecador, lo convierte y lo salva. Con
su oración, por tanto, Abraham no invoca una justicia meramente
retributiva, sino una intervención de salvación que, teniendo en cuenta
a los inocentes, libera de la culpa también a los
impíos, perdonándoles. El pensamiento de Abraham, que parece casi paradójico,
se podría resumir así: obviamente no se pueden tratar a
los inocentes como a los culpables, esto sería injusto, es
necesario, sin embargo, tratar a los culpables como a los
inocentes, realizando una acto de justicia “superior”, ofreciéndoles una posibilidad
de salvación, por que si los malhechores aceptan el perdón
de Dios y confiesan su culpa, dejándose salvar, no continuarán
haciendo el mal, se convertirán estos, también, en justos, sin
necesitar nunca más ser castigados.
Es esta la petición de justicia
que Abraham expresa en su intercesión, una petición que se
basa en la certeza de que el Señor es misericordioso.
Abraham no pide a Dios una cosa contraria a su
esencia, llama a la puerta del corazón de Dios conociendo
su verdadera voluntad. Ya que Sodoma es una gran ciudad,
cincuenta justos parecen poca cosa, pero la justicia de Dios
y su perdón ¿no son quizás la manifestación de la
fuerza del bien, aunque si parece más pequeño y más
débil que el mal? La destrucción de Sodoma debía frenar
el mal presente en la ciudad, pero Abraham sabe que
Dios tiene otro modos y medios para poner freno a
la difusión del mal. Es el perdón el que interrumpe
la espiral de pecado, y Abraham, en su diálogo con
Dios, apela exactamente a esto. Y cuando el Señor acepta
perdonar a la ciudad si encuentra cincuenta justos, su oración
de intercesión comienza a descender hacia los abismos de la
misericordia divina.
Abraham -como recordamos- hace disminuir progresivamente el número
d ellos inocentes necesarios para la salvación: si no son
cincuenta, podrían ser cuarenta y cinco, y así hacia abajo,
hasta llegar a diez, continuando con su súplica, que se
hace audaz en las insistencia: “Quizá no sean más de
cuarenta.. treinta... veinte... diez” (cfr vv. 29, 30, 31, 32),
y según es más pequeño el número, más grande se
revela y se manifiesta la misericordia de Dios, que escucha
con paciencia la oración, la acoge y repite después de
cada súplica: “perdonaré... no la destruiré... no lo haré” (cfr
vv. 26.28.29.30.31.32).
Así, por la intercesión de Abraham, Sodoma podrá ser
salvada, si en ella se encuentran tan sólo diez inocentes.
Esta es la potencia de la oración. Porque a través
de la intercesión, la oración a Dios por la salvación
de los demás, se manifiesta y se expresa el deseo
de salvación que Dios tiene siempre hacia el hombre pecador.
El mal, de hecho, no puede ser aceptado, debe ser
señalado y destruido a través del castigo: la destrucción de
Sodoma tenía esta intención. Pero el Señor no quiere la
muerte d el malvado, sino que se convierta y que
viva (cfr Ez 18,23; 33,11); su deseo es perdonar siempre,
salvar, dar la vida, transformar el mal en bien. Si
bien, precisamente es este deseo divino el que, en la
oración se convierte en el deseo del hombre y se
expresa a través de las palabras de intercesión. Con su
súplica, Abraham está prestando su propia voz, pero también su
propio corazón, a la voluntad divina: el deseo de Dios
es misericordia, amor y voluntad de salvación, y este deseo
de Dios ha encontrado en Abraham y en su oración
la posibilidad de manifestarse en modo concreto en en la
historia de los hombres, para estar presente donde hay necesidad
de gracia. Con la voz de su oración, Abraham está
dando voz al deseo de Dios, que no es el
de destruir, sino el de salvar a Sodoma, dar vida
al pecador convertido.
Y esto es lo que el Señor quiere,
y su diálogo con Abraham es una prolongada e inequívoca
manifestación de su amor misericordioso. La necesidad de encontrar hombres
justos en la ciudad se vuelve cada vez más, en
menos exigente y al final sólo bastan diez para salvar
a la totalidad de la población. Porque motivo Abraham se
detuvo en diez, no lo dice el texto. Quizás es
un número que indica un núcleo comunitario mínimo (todavía hoy,
diez personas, constituyen el quorum necesario para la oración pública
hebrea). De todas maneras, se trata de un número exiguo,
una pequeña parcela del bien para salvar a un gran
mal. Pero ni siquiera diez justos se encontraban en Sodoma
y Gomorra, y las ciudades fueron destruidas. Una destrucción paradójicamente
necesaria por la oración de intercesión de Abraham. Porque precisamente
esa oración ha revelado la voluntad salvífica de Dios: el
Señor estaba dispuesto a perdonar, deseaba hacerlo, pero las ciudades
estaban encerradas en un mal total y paralizante, sin tener
unos pocos inocentes desde donde comenzar a transformar el mal
en bien.
Porque es este el camino de salvación que también
Abraham pedía: ser salvados no quiere decir simplemente escapar del
castigo, sino ser liberados del mal que nos habita. No
es el castigo el que debe ser eliminado, sino el
pecado, ese rechazo a Dios y del amor que lleva
en sí el castigo. Dirá el profeta Jeremías al pueblo
rebelde: “¡Que tu propia maldad te corrija y tus apostasías
te sirvan de escarmiento! Reconoce, entonces, y mira qué cosa
tan mala y amarga es abandonar al Señor, tu Dios”
(Jer 2,19). es de esta tristeza y amargura de donde
el Señor quiere salvar al hombre liberándolo del pecado. Pero
es necesaria una transformación desde el interior, una pizca de
bien, un comienzo desde donde partir para cambiar el mal
en bien, el odio en amor, la venganza en perdón.
Por esto los justos tenían que estar dentro d ella
ciudad, y Abraham continuamente repite: “Quizás allí se encuentren...” “allí”:
es dentro de la realidad enferma donde tiene que estar
ese germen de bien que puede resanar y devolver la
vida. Y una palabra dirigida también a nosotros: que en
nuestras ciudades haya un germen de bien, que hagamos lo
necesario para que no sean sólo diez justos, para conseguir
realmente, hacer vivir y sobrevivir a nuestras ciudades y para
salvarlas de esta amargura interior que es la ausencia de
Dios. Y en la realidad enferma de Sodoma y Gomorra
aquel germen de bien no estaba.
Pero la misericordia de Dios
en la historia de su pueblo se amplía más tarde.
Si para salvar Sodoma eran necesarios diez justos, el profeta
Jeremías dirá, en nombre del Omnipotente, que basta sólo un
justo para salvar Jerusalén: “Recorred las calles de Jerusalén, mirad
e informaos bien; buscad por sus plazas a ver si
encontráis un hombre, si hay alguien que practique el derecho,
que busque la verdad y yo perdonaré a la ciudad”.(Jer
5,1). El número ha bajado aún más, la bondad de
Dios se muestra aún más grande. -y ni siquiera esto
basta, la sobreabundante misericordia de Dios no encuentra la respuesta
del bien que busca, y Jerusalén cae bajo asedio de
los enemigos. Será necesario que Dios se convierta en ese
justo. Y este es el misterio de la Encarnación: para
garantizar un justo, Él mismo se hace hombre. El justo
estará siempre porque es Él: es necesario que Dios mismo
se convierta en ese justo. El infinito y sorprendente amor
divina será manifestado en su plenitud cunado el Hijo de
Dios se hace hombre, el Justo definitivo, el perfecto Inocente,
que llevará la salvación al mundo entero muriendo en la
cruz, perdonando e intercediendo por quienes “no saben lo que
hacen”(Lc 23,34). Entonces la oración de todo hombre encontrará su
respuesta , entonces todas nuestras intercesiones serán plenamente escuchadas. Queridos hermanos
y hermanas, la súplica de Abraham, nuestro padre en la
fe, nos enseñe a abrir cada vez más, el corazón
a la misericordia sobreabundante de Dios, para que en la
oración cotidiana sepamos desear la salvación de la humanidad y
pedirla con perseverancia y con confianza al Señor que es
grande en el amor. Gracias.
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Es impresionante como Dios en su infinita Misericordia se apiada de nosotros y envía al perferto hacerse hombre por Amor a nosotros no cabe duda que somos unos ingratos pero ser valientes como Dios le dijo a Josúe ya que él estará con nosotros siempre hasta el fin de los tiempos.
Señor Jesús, quiero darte gracias por la vida, por tu amor y misericordia.
Quiero pedirte que nos des la salud a mi familia y a mi, salud física y espiritual. Por las personas que amo, que todos sean la conversión muy pronto.
Sella con tu sangre todo lo que me pertenece y a los que amo.