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| Las preguntas fundamentales en la planeación |
Introducción El P. Ángel Pardilla, claretiano que ha estudiado por años
el desarrollo de la vida consagrada, está por publicar un
libro en dónde recogerá cuidadosamente los datos estadísticos de las
congregaciones masculinas en los últimos cuarenta años, es decir, en
el período así llamado de la renovación de la vida
consagrada. No ha sido fácil tal labor, pues muchas de
las estadísticas ofrecidas por dichas congregaciones religiosas a los órganos
oficiales de la Santa Sede no eran exactas. He podido
hablar con el autor y me ha comentado la enorme
gratitud que muchas congregaciones le han expresado, pues les ha
abierto los ojos.
No es difícil de intuir que el servicio
hecho por este sacerdote será de un gran valor, no
sólo desde el punto de vista histórico, lo cual quedará
para la posteridad como una huella dejada por el post-concilio,
sino sobre todo por hacer que muchas congregaciones se enfrenten
a los hechos tal y como son. En nuestros días,
y especialmente en las curias generales con sede en Roma,
es muy fácil encontrar argumentos paliativos a la situación que
vive la vida consagrada. Se dice comúnmente, la vida consagrada
está pasando por un momento difícil, y a partir
de esa afirmación se comienzan a dar una serie de
explicaciones 1 , verdaderas algunas, falsas otras, mediocres
la mayoría, del porqué la vida consagrada está pasando por
momentos difíciles. Sin embargo, no se hace nada por remediar
esta situación. Y quizás no se hace nada en concreto
porque no se ha visto el problema en su gravedad
total. Pero las estadísticas no mienten… y quién sabe un
poco de esta materia conoce perfectamente que, de seguir la
tendencia actual sin variar, muchas de estas congregaciones están condenadas
a desaparecer en los próximos quince o veinte años, pues
no es difícil proyectar el futuro de aquellas congregaciones cuya
edad media es de 75 años y que no han
tenido nuevos ingresos en los últimos quince años.
La falta de
esperanza en la vida consagrada es uno de los factores
primarios que ha originado esta situación. Sin esperanza es difícil
trabajar con ilusión en la animación vocacional y no sólo
en ese campo, sino en el mismo apostolado. Como lo
ha establecido el documento Nuevas vocaciones para una nueva Europa,
no se trata de un problema de reclutamiento vocacional, sino
de inserirse en la pastoral ordinaria , 2 con
el mismo carisma, para así crear una cultura católica que
propicie el campo idóneo para el florecimiento de las vocaciones.
Pero quien no quiere enfrentar la realidad, está condenado a
dejarse llevar por los hechos . 3
Proponemos a continuación
una serie de preguntas sugeridas por la Planeación estratégica que
permite ver con claridad la situación de cada congregación y
el futuro que le depara. No debemos dejar de pensar,
con Juan Pablo II, que el Señor es el dueño
de la historia , 4 y que sólo Él
conoce el futuro de la vida consagrada. Pero debemos también
tener presente que las tendencias históricas pueden ser modificadas por
el hombre, ya que él también colabora con Dios en
la construcción del mundo .
¿Dónde estamos? Es necesario partir de un
conocimiento sincero y real de la situación por la que
atraviesa la congregación, en sus diferentes estratos: apostólico, espiritual, vocacional.
No hay que temer a enfrentar en la realidad, Es
más desastroso ignorar la realidad que enfrentarla. Para ello, convendrá
hacer el análisis de las fuerzas, las debilidades, las amenazas
y las oportunidades por las que se atraviesa.
El análisis de
las estadísticas sirve, a manera de diagnóstico. Será necesario una
ulterior interpretación de esos datos, pero se debe partir de
la realidad: tantos miembros en la congregación, con una media
de edad determinada, con unas fuerzas específicas y con una
proyección de vida activa de determinados años. Lo mismo se
debe hacer en el apostolado. Ver el número de obras,
la cantidad de personal que de dispone para dichas obras
puedan seguir en pie, la ayuda que presta el personal
laico, la influencia que dicha obra genera en el propio
contexto social y cultural.
Muchas de estas preguntas, para algunos, pueden
parecer herejía. Se propaga más bien el valor de lo
pequeño, viendo los números como baluarte de un pasado pletórico
de triunfos, donde la cuestión numérica lo era todo .
Sin embargo nosotros preferimos pensar como Juan Pablo II, que
ve en la cuestión numérica una posibilidad para evangelizar: “¡Vosotros
no solamente tenéis una historia gloriosa para recordar y contar,
sino una gran historia que construir! Poned los ojos en
el futuro, hacia el que el Espíritu os impulsa para
seguir haciendo con vosotros grandes cosas.” 7 Estas
grandes cosas no son sino el continuar ofreciendo a los
hombres el testimonio gozoso de la vida consagrada para darles
esperanza de un mundo nuevo y colaborar así con el
Señor en esta hora de la nueva evangelización. Los números
y las estadísticas no son importantes, pero son necesarios para
quien busca colaborar con Dios en la construcción de inmundo
más justo y más fraterno.
¿Dónde vamos? Pero no basta saber en
dónde estamos. Es necesario saber hacia dónde nos dirigimos.
El
mundo actual, lo sabemos de sobra, nos lanza como catapulta
sobre el activismo. La disminución del personal religioso unido a
tantos factores, hace de los religiosos unas hormigas imparables del
trabajo. Es cierto, ofrecemos nuestras vidas a Dios y el
trabajo es un medio para cumplir con su voluntad. He
conocido religiosas que por años, salvo una o dos semanas
al año pasadas en familia, y a veces ni eso,
trabajan sin descanso todos los días de la semana. El
trabajo frenético, febril, constante, incluso en las curias generales de
las congregaciones, es un mal consejero, pues no deja espacio
para analizar el punto hacia dónde se dirige la congregación.
La
proyección econométrica es una ciencia fascinante, que he podido manejar
con la ayuda de las computadoras. Consiste simplemente en incluir
diversos factores que influyen sobre un acontecimiento y proyectarlos a
lo largo del tiempo. Se analiza entonces la forma en
que cada factor influye sobre un determinado evento o acontecimiento,
de suerte que haciendo las debidas variaciones se corrigen ciertas
tendencias que podrían ser catastróficas o no deseables para el
evento o acontecimiento analizado.
Si bien es cierto que en las
congregaciones religiosas manejamos algo más que factores humanos, pues lo
que está en juego son personas consagradas y obras que
ayudan a la salvación de los hombres, bien puede hacerse
un análisis de tendencias, para saber hacia dónde se dirige
la congregación, en caso de no modificarse los factores actuales.
Hablábamos al inicio de este artículo de las estadísticas sobre
el número de vocaciones en el tiempo del postconcilio. Este
análisis por sí mismo nos puede decir mucho sobre el
punto al que se dirige la congregación en el campo
de efectivos personales. El resultado de este análisis se expresa
casi siempre de esta forma: “De no hacerse nada, dentro
de unos años nos encontraremos en esta situación.”
Lo que hemos
mencionado para las vocaciones, conviene aplicarlo a los campos más
importantes de la congregación, de forma que pueda tenerse una
visón concreta del punto al que puede llegar la congregación
en unos años. Es curioso observar la forma en que
muchas congregaciones, en la preparación de los capítulos generales olvidan
o dan por descontado la tendencia actual de la congregación,
siendo que debería ser éste el punto neurálgico de dichas
reuniones. Algunas congregaciones fatalmente se dirigen a la desaparición, y
no hacen nada por evitarlo. Quizás asistimos a un proceso
de narcotización de la realidad, previo a la muerte de
la congregación.
¿Dónde podemos ir? Para quien tiene esperanza, los horizontes se
dilatan.
El alba de un nuevo milenio fue anunciada por
Juan Pablo II como una nueva estación llena de esperanza:
“¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la
Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que
aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de
Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor
al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar
la vista para verla y, sobre todo, tener un gran
corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos. ¿No ha
sido quizás para tomar contacto con este manantial vivo de
nuestra esperanza, por lo que hemos celebrado el Año jubilar?”
8 Es necesario por tanto tener la mira
siempre en el porvenir. Para quien tiene en mano el
futuro de la congregación o de la comunidad, este planteamiento
se refleja en un abanico de posibilidades, contrario a quien
ha perdido la esperanza, que se deja trajinar por los
hechos y sólo ve como posible salida, el ir tirando
y en el esperar tiempos mejores. Quien tiene esperanza es
un constructor de la realidad, basado en un análisis de
posibles escenarios, variados y diversos. Se plantea constantemente diversas posibilidades,
con la seguridad de que cada uno de los escenarios
posibles podrá ofrecer un camino para mejor vivir la vida
consagrada. Tiene como guía el propio carisma y en base
a él, se dispone a analizar diversas posibilidades, buscando de
entre ellas el ideal.
Este tipo de postura permite también analizar
y enfrentar las nuevas condiciones que se presentan a la
congregación o a la comunidad, algo que es contrario a
quien ha perdido la esperanza. Las nuevas condiciones, las nuevas
situaciones se presentan siempre como oportunidades para las personas que
tienen esperanza y se lanzan a describir los posibles caminos
que se podrían tomar. Cada nueva condición influye en forma
diversa a la congregación en cada uno de sus aspectos
y un análisis sereno, minucioso y detallado llevará a quien
hace la planeación de la congregación a presentar las diversas
alternativas, para después pasar al punto del discernimiento.
¿Dónde queremos ir? Pero
no basta con analizar las posibilidades, hay que tomar un
camino.
Bien sabemos que otra de las enfermedades de la vida
consagrada en nuestros días es la indecisión. La eterna indecisión
que ha postrado muchas congregaciones en la inactividad, dejando pasar
para ellas un tiempo precioso. Esta inactividad ha sido muchas
veces el fruto de un relativismo exasperante, en dónde, en
aras a un mal entendido concepto de libertad, se llega
a un total individualismo que cierra toda posibilidad a la
comunión y a la unión en la acción. De esta
forma, no se establecen metas claras, los problemas no se
enfrentan y se permite en la congregación todo tipo de
interpretaciones a la forma de vivir la consagración, llegando muchas
veces a representar sólo una caricatura de lo que debería
ser la verdadera vida consagrada.
Fijarse un ideal significa tener muy
presente el carisma de la congregación y buscar desarrollarlo, en
comunión con toda la congregación y con la Iglesia .9
En base al carisma, se busca vivir una
fidelidad creativa, sintetizada en las palabras de Juan Pablo II:
“Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor
la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores
y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos
que surgen en el mundo de hoy.” 10
Viviendo y haciendo vivir en todos los miembros de la
congregación estas tres virtudes, la misma congregación se fija y
fija para todos sus miembros un ideal para alcanzar, es
decir una meta concreta.
Esta meta se expresará en términos de
un ideal, una visión, una misión para todo el Instituto.
Deberá expresarse de forma general, de tal manera que de
ahí puedan desprenderse los objetivos, los medios y las tareas
que deben desarrollarse. Pero algo que debe quedar muy en
claro es que dicho ideal, visión o misión debe ser
compartida por todos los miembros del Institutos, ya que a
todos corresponde la tarea de vivir el carisma. Si se
dan pequeñas fisuras en este aspecto, se corre el riesgo
de no poder alcanzar el ideal que se persigue, pues
dejar a la libre interpretación de cada miembro la vivencia
del carisma es un signo de debilitamiento de la autoridad
y de un individualismo infiltrado al interno de la congregación.
Podría llegar a pensarse que muchos criterios del mundo se
han ya infiltrado en los Institutos que han perdido su
identidad o la han diluido dejándolo todo al libre albedrío
de cada persona.
La fijación de metas claras y objetivas no
va en contra de la libertad personal ni suprime las
personalidades individuales. Al contrario. El tener unas metas claras permite
que la persona pueda alcanzarlas expresando su propia personalidad, lo
cual no coarta la libertad, pues ella misma ha elegido
pertenecer a la congregación como respuesta de Dios. Consecuencia de
esta libertad es la de seguir coherentemente lo que en
ella se indica para logar la mayor plenitud tanto personal
como comunitaria.
¿Qué debemos hacer? Se trata por tanto de pasar a
los medios necesarios para logra que la visión, el ideal
o la misión se materialicen.
Aquí entran en juego los objetivos,
los medios y las tareas que cada comunidad y cada
persona deben desarrollar. Es una llamada por tanto a la
madurez y a la seriedad personal. Pero para que éstas
se den, es necesario que la autoridad presente con madurez
y con seriedad los objetivos, los medios y las tareas.
Parece
que asistimos a una estación de la vida consagrada en
la que se tiene temor de exigir. No se trata
de una exigencia despótica, pero sí la de presentar suavemente,
pero con firmeza, los programas de acción para alcanzar el
ideal. La suavidad en las formas no está reñida con
la firmeza en los principios. Su adecuada combinación es producto
de un amor por las almas y de un recto
sentido de la caridad, que busca no imponer la propia
voluntad, sino la voluntad de Dios materializada en esos programas.
Qué
debemos hacer, debería ser la respuesta coral a unas necesidades
muy particulares y a un amor muy grande por Dios,
por las almas y por la propia congregación.
¿Cómo hacerlo? Junto con
la propuesta deben venir las formas específicas para llevarlo a
cabo.
No basta señalar la meta y los medios para alcanzarla.
Es necesario también dar una mano en lo práctico y
proponer los medios concretos para hacerlo. Mientras una congregación especifique
detalladamente los sistemas y procedimientos, tendrá más probabilidades de alcanzar
el la visión, el ideal, la misión que se ha
propuesto.
No se trata de crear personalidades infantiles acostumbrándolas a decirles
lo que tienen que hacer y cómo lo deben hacer.
Se trata más bien de allanar el camino y de
ayudar a vivir en el Instituto el espíritu de unión
y cuerpo, de forma que todos trabajen en sincronía.
NOTAS
Muchas de estas afirmaciones las podemos estudiar en el
libro de Fernando Prado (ed.), Dove ci porta il Signore,
La vita consacrata nel mondo: tendenze e prospettive, Ed. Paoline,
Milano, 2005.
2 “Si la pastoral de las vocaciones
nació como emergencia debida a una situación de crisis e
indigencia vocacional, hoy ya no se puede pensar con la
misma incertidumbre y motivada por una coyuntura negativa; al contrario,
aparece como expresión estable y coherente de la maternidad de
la Iglesia, abierta al designio inescrutable de Dios, que siempre
engendra vida en ella; (…)en consecuencia, el mismo animador vocacional
debería llegar a ser cada vez más educador en la
fe y formador de vocaciones, y la animación vocacional llegar
a ser siempre más acción coral, de toda la comunidad,
religiosa o parroquial, de todo el instituto o de toda
la diócesis, de cada presbítero o consagrado/a o creyente, y
para todas las vocaciones en cada fase de la vida.”
Obra Pontificia para las vocaciones eclesiásticas, Nuevas vocaciones para una
nueva Europa, 6.1.1998, n. 5c.
3 “Fata volentem ducunt,
nolentem trahunt.” (Séneca)
4 “En la época del autor
del Apocalipsis, tiempo de persecución, tribulación y desconcierto para la
Iglesia (cf. Ap 1, 9), en la visión se proclama
una palabra de esperanza: « No temas, soy yo, el
Primero y el Ultimo, el que vive; estuve muerto, pero
ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y
tengo las llaves de la Muerte y del Hades »
(Ap 1, 17-18). Estamos ante el Evangelio, « la Buena
nueva », que es Jesucristo mismo. Él es el Primero
y el Último: en Él comienza, tiene sentido, orientación y
cumplimiento toda la historia; en Él y con Él, en
su muerte y resurrección, ya se ha dicho todo.” Juan
Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n.
6.
5 “El Evangelio de la esperanza que resuena
en el Apocalipsis abre el corazón a la contemplación de
la novedad realizada por Dios: « Luego vi un cielo
nuevo y una tierra nueva – porque el primer cielo
y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe
ya » (Ap 21, 1). Dios mismo la proclama con
una palabra que explica la visión apenas descrita: « Mira
que hago un mundo nuevo » (Ap 21, 5). La
novedad de Dios – plenamente comprensible sobre el fondo de
las cosas viejas, llenas de lágrimas, luto, lamentos, preocupación y
muerte (cf. Ap 21, 4) – consiste en salir de
la condición de pecado y sus consecuencias en que se
encuentra la humanidad; es el nuevo cielo y la nueva
tierra, la nueva Jerusalén, en contraposición a un cielo y
una tierra viejos, a un orden de cosas anticuado y
a una Jerusalén decrépita, atormentada por sus rivalidades. Para la
construcción de la ciudad del hombre no es indiferente la
imagen de la nueva Jerusalén que baja « del cielo,
de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para
su esposo » (Ap 21, 2), y que se refiere
directamente al misterio de la Iglesia. Es una imagen que
habla de una realidad escatológica: va más allá de todo
lo que el hombre puede hacer; es un don de
Dios que se cumplirá en los últimos tiempos. Pero no
es una utopía: es una realidad ya presente. Lo indica
el verbo en presente usado por Dios –« Mira que
hago un mundo nuevo » (Ap 21, 5)–, el cual
precisa aun: « Hecho está » (Ap 21, 6). En
efecto, Dios ya está actuando para renovar el mundo; la
Pascua de Jesús es ya la novedad de Dios. Ella
hace nacer la Iglesia, anima su existencia y renueva y
transforma la historia. Esta novedad empieza a tomar forma ante
todo en la comunidad cristiana, que ya ahora « es
la morada de Dios con los hombres » (Ap 21,
3), en cuyo seno Dios ya actúa, renovando la vida
de los que se someten al soplo del Espíritu. Para
el mundo la Iglesia es signo e instrumento del Reino
que se hace presente ante todo en los corazones. Un
reflejo de esta misma novedad se manifiesta también en cada
forma de convivencia humana animada por el Evangelio. Se trata
de una novedad que interpela a la sociedad en cada
momento de la historia y en cada lugar de la
tierra, y particularmente a la sociedad europea, que desde hace
tantos siglos escucha el Evangelio del Reino inaugurado por Jesús.”
Ibidem, nn. 106 – 107.
6 Algunos de estos
autores siguen el pensamiento de Joan Chittister, OSB, El fuego
en estas cenizas, Espiritualidad de la vida religiosa hoy, Ed.
Sal Térrea, Santander, España, 2005, en el capítulo 6 La
espiritualidad del empequeñecimiento, pp. 96 – 107.
7 Juan
Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consacrata, 25.3.1996, n. 110.
8 Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, 6.1.2001,
n. 58.
9 “El carisma mismo de los Fundadores
se revela como una experiencia del Espíritu (Evang. nunt. 11),
transmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida,
custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo
de Cristo en crecimiento perenne.” Sagrada Congregación para los Religiosos
e Institutos seculare, Mutuae relationes, 14.5.1978, n. 11.
10 Juan
Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consacrata, 25.3.1996, n. 37.
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