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Autor: Benedicto XVI | Fuente: www.revistaecclesia.com Discurso de Benedicto XVI a la Unión de Superiores y Superioras Generales
Discurso de Benedicto XVI a los miembros del Consejo para las Relaciones entre la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica y las Uniones Internacionales de Superiores y Superioras Generales
Discurso de Benedicto XVI a la Unión de Superiores y Superioras Generales
Queridos hermanos y hermanas:
Al término de esta mañana de reflexión
en común sobre algunos aspectos particularmente actuales e importantes de
la vida consagrada en este tiempo nuestro, quisiera ante todo
dar gracias al Señor, que nos ha dado la posibilidad
de celebrar el presente encuentro, muy provechoso para todos. Juntos
hemos podido analizar las potencialidades y las expectativas, las esperanzas
y las dificultades que hoy tienen los institutos de vida
consagrada. He escuchado con gran atención e interés vuestros testimonios
y experiencias y tomado buena nota de vuestras preguntas. Todos
percibimos lo difícil que se vuelve anunciar y testimoniar el
Evangelio en la moderna sociedad globalizada. Si ello es así
para todos los bautizados, con mayor razón lo es para
las personas llamadas por Jesús a seguirlo de manera más
radical mediante la consagración religiosa. Y es que el proceso
de secularización que se extiende en la cultura contemporánea tampoco
perdona, por desgracia, a las comunidades religiosas.
Con todo, no hay
que desanimarse, ya que —como oportunamente se ha recordado— si
no son pocas las nubes que se ciernen sobre el
horizonte de la vida religiosa, van surgiendo —y, más aún,
creciendo constantemente— señales de un despertar providencial que ofrece motivos
de esperanza y consuelo. El Espíritu Santo sopla poderosamente en
toda la Iglesia, suscitando un nuevo compromiso de fidelidad en
los institutos históricos junto con nuevas formas de consagración religiosa
en consonancia con las exigencias de los tiempos. Hoy como
en toda época, no faltan almas generosas dispuestas a abandonarlo
todo para abrazar a Cristo y su Evangelio, consagrando a
su servicio la existencia en el seno de comunidades llenas
de entusiasmo, generosidad y alegría. Lo que caracteriza a estas
nuevas experiencias de vida consagrada es el deseo común, compartido
con adhesión solícita, de una pobreza evangélica practicada de forma
radical; de amor fiel a la Iglesia; de dedicación generosa
al próximo necesitado, con especial atención a esas pobrezas espirituales
que caracterizan de manera acusada a la época contemporánea.
Al igual
que mis venerados antecesores, yo también he reiterado en más
de una ocasión que los hombres de hoy sienten una
fuerte atracción religiosa y espiritual, pero sólo están dispuestos a
escuchar y seguir a quien testimonie con coherencia la propia
adhesión a Cristo. Y resulta interesante notar que abundan en
vocaciones precisamente aquellos institutos que han sabido conservar o escoger
un estilo de vida frecuentemente muy austero y siempre fiel
al Evangelio vivido «sine glossa». Pienso en tantas comunidades fieles
y en las nuevas experiencias de vida consagrada que bien
conocéis; pienso en la labor misional de muchos grupos y
movimientos eclesiales, de la que nacen no pocas vocaciones sacerdotales
y religiosas; pienso en las muchachas y en los jóvenes
que lo abandonan todo para ingresar en monasterios y conventos
de clausura. Podemos decir con alegría que en verdad hoy
también el Señor sigue mandando operarios a su viña y
enriqueciendo a su pueblo con tantas vocaciones santas. Por ello
le damos gracias y le pedimos que al entusiasmo de
la opción inicial —muchos jóvenes emprenden, en efecto, la senda
de la perfección evangélica e ingresan en nuevas formas de
vida consagrada tras conmovedoras conversiones— le siga el compromiso de
la perseverancia en un auténtico camino de perfección ascética y
espiritual, en un camino de santidad verdadera.
En lo que respecta
a las órdenes y congregaciones que cuentan con una larga
tradición en la Iglesia, no se puede dejar de notar
—como vosotros mismos habéis subrayado— que durante los últimos decenios
casi todos ellos —los masculinos al igual que los femeninos—
han atravesado por una delicada crisis debida al envejecimiento de
sus miembros, a una disminución más o menos acentuada de
las vocaciones y, en ocasiones, por causa también de cierto
«cansancio» espiritual y carismático. Esta crisis, en algunos casos, se
ha vuelto preocupante. Pero junto a las situaciones difíciles, a
las que es bueno mirar con valentía y verdad, hay
que registrar también señales de una recuperación positiva, especialmente en
aquellos casos en los que las comunidades han optado por
volver a los orígenes para vivir con mayor consonancia el
espíritu de su fundador. En casi todos los recientes Capítulos
Generales de institutos religiosos el tema recurrente ha sido precisamente
el redescubrimiento del carisma fundacional, que debe encarnarse y realizarse
de manera renovada en el tiempo presente. Factores como el
redescubrimiento del espíritu original y la profundización en el conocimiento
del fundador o de la fundadora han contribuido a imprimir
a los institutos un nuevo impulso ascético, apostólico y misionero.
De esta forma, obras y actividades que contaban con siglos
de historia se han visto revitalizadas por una savia nueva,
y nacen nuevas iniciativas de realización auténtica del carisma de
los fundadores. Por esta senda es menester seguir caminando, pidiendo
al Señor que lleve a su total cumplimiento la obra
por él iniciada.
Al entrar en el tercer milenio, mi venerado
antecesor el Siervo de Dios Juan Pablo II invitó a
toda la comunidad eclesial a «caminar desde Cristo» (Carta apostólica
Novo millennio ineunte, nn. 29 ss.: ECCLESIA 3.032 [2001/I], págs.
81 ss.). ¡Sí! También los institutos de vida consagrada, si
desean mantener o recobrar su vitalidad y eficacia apostólica, deben
continuamente «caminar desde Cristo». Él es la roca firme sobre
la que debéis construir vuestras comunidades y todo proyecto de
renovación comunitaria y apostólica. Queridos hermanos y hermanas: Gracias de
corazón por el empeño que ponéis en el cumplimiento de
vuestro esforzado servicio de dirección de vuestras familias religiosas. El
Papa está a vuestro lado, os anima y asegura un
recuerdo diario en la oración por cada una de vuestras
comunidades. Al terminar este encuentro nuestro, quisiera saludar una vez
más con afecto al Cardenal Secretario de Estado y al
cardenal Franc Rodé, así como a cada uno de vosotros.
Os pido también que saludéis de mi parte a todos
vuestros hermanos y hermanas, y muy especialmente a los ancianos,
que han servido durante tanto tiempo a vuestros institutos; a
los enfermos, que contribuyen a la obra de la redención
con sus sufrimientos, y a los jóvenes, que son la
esperanza de vuestras diferentes familias religiosas y de la Iglesia.
A todos os encomiendo a la maternal tutela de María,
modelo excelso de consagrada, al tiempo que os bendigo cordialmente.
(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede;
traducción de ECCLESIA.)
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