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Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic net Formarse para Formar
La formación en la vida consagrada es un proceso pedagógico que tiene como fin primordial el lograr que la persona vaya adquiriendo a lo largo de su vida los mismo sentimientos de Cristo
Formarse para Formar
LA NOVEDAD DE LA FORMACIÓN A PARTIR DEL CONCICLIO VATICANO
II A partir del Concilio Vaticano II se ha visto
un gran esfuerzo en la mayoría de las Congregaciones religiosas
femeninas por lograr en cada uno de sus miembros una
formación a la altura de los tiempos. El llamado de
los padres capitulares ha encontrado eco en superioras y formadoras
que se han dado a la tarea de capacitar a
todas las religiosas de acuerdo a las nuevas situaciones del
hombre de hoy. El documento Perfectae caritatis deja consignado para
la posteridad la ruta que debía emprenderse: “Promuevan los
Institutos entre sus miembros un conocimiento adecuado de las condiciones
de los hombres y de los tiempos y de las
necesidades de la Iglesia, de suerte que, juzgando prudentemente a
la luz de la fe las circunstancias del mundo de
hoy y abrasados de celo apostólico, puedan prestar a los
hombres una ayuda más eficaz.” 1
La ayuda más eficaz
a los hombres que menciona el documento conciliar no era
solamente una invitación a una capacitación meramente técnica o académica.
No se buscaba simplemente formar mejores profesoras, mejores enfermeras o
mejores catequistas. Si leemos con atención y a la luz
del conjunto del Concilio Vaticano II este documento conciliar, básico
para entender la renovación de la vida consagrada en la
Iglesia católica, podemos entender mejor el papel que juega la
formación en la renovación de la vida consagrada. El documento,
cuando se refiere a los principios generales que deben guiar
la formación, establece como premisa el hecho de que “la
adecuada adaptación y renovación de la vida religiosa comprende a
la vez el continuo retorno a las fuentes de toda
vida cristiana y a la inspiración originaria de los Institutos,
y la acomodación de los mismos, a las cambiadas condiciones
de los tiempos.” 1Un camino de ida y un
camino de vuelta. De ida, para recuperar, lo que dirá
años más tarde Juan Pablo II, la santidad, la creatividad
y la audacia de los Fundadores3 . De vuelta,
porque con ese fervor y con ese ardor se quiere
llegar a los hombres que se encuentran en situaciones nuevas,
inéditas, y muchas de ellas amenazantes. Por tanto, el objetivo
de la renovación es el retorno a las fuentes originarias
para vivir con mayor frescura el evangelio y la inspiración
originaria de los Institutos, para así adaptarse mejor a las
nuevas situaciones del mundo.
Si todo el objetivo del Concilio
Vaticano II se reduce en esta máxima, es necesario comprender
que los medios que a continuación indicará el documento Perfectae
caritatis, serán solamente para lograr con una mayor eficacia este
volver a vivir la frescura de los orígenes, en forma
tal que puedan adaptarse mejor a las cambiadas condiciones de
los tiempos. Podemos establecer por tanto que el detonante que
ha originado la adaptación, el cambio sugerido a las congregaciones
religiosas, son los nuevos retos a los que se enfrenta
la humanidad. Retos que son de muy distinto tipo y
que en este pequeño estudio no podemos abarcar. La vida
consagrada, como el resto de la Iglesia, corría el peligro
de quedarse anquilosada, atrasada y anclada en el pasado y
no cumplir con su misión de evangelizadora del hombre y
de la cultura en la que el hombre comenzaba a
vivir. En muchas congregaciones religiosas se había confundido la esencia
de la consagración con modelos culturales. Por ello el Concilio
invita a que la vida consagrada, como todos los otros
estratos de la Iglesia, se adaptaran a estos nuevos cambios.
Para la vida consagrada elige como punto de partida recobrar
el fervor de los primeros cristianos y de los fundadores
de las congregaciones.
Bajo esta óptica, la formación a la que
está invitando la Perfectae caritatis en el número
2d, no es exclusiva y simplemente una formación académica, científica
o profesional. Debe ser una formación que pueda ayudar a
entender las nuevas situaciones del hombre para ayudarlo a encontrar
la riqueza del evangelio y de este modo su salvación.
Si la formación académica y científica ayudan a comprender y
ayudar al hombre, no debe olvidarse que esta ayuda se
debe prestar siempre en nombre de Dios y de forma
tal que esta ayuda, aunque sea solamente desde el punto
de vista humano, pueda ayudarlo a encontrar la salvación. Así,
Benedicto XVI ha definido todo el quehacer de la Iglesia,
como un acto de caridad: “Con el paso de los
años y la difusión progresiva de la Iglesia, el ejercicio
de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos
esenciales, junto con la administración de los Sacramentos y el
anuncio de la Palabra: practicar el amor hacia las viudas
y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados
de todo tipo, pertenece a su esencia tanto como el
servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio. La
Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como
no puede omitir los Sacramentos y la Palabra.” 4Toda
acción que realizan las personas consagradas para beneficiar al hombre,
no lo hacen a título personal, ni siquiera a título
de la propia Congregación, lo hacen a nombre de la
Iglesia, que tiene al ejercicio de la caridad como una
de sus principales funciones. Y estas funciones, aunque sean para
la promoción social del hombre, no acaban ahí. La promoción
humana del hombre es siempre un medio para ayudarlo a
alcanzar la finalidad última de la Iglesia que es la
evangelización. “Las transformaciones culturales, sociales y políticas, que involucran, no
sin dificultad, pueblos y continentes, inducen a la Iglesia a
una presencia evangélica que se convierta en respuesta a las
esperanzas y aspiraciones más difusas de la humanidad. Esta viva
preocupación pastoral, agudizada por las reflexiones y perspectivas del Vaticano
II, reaflora en los sínodos de los Obispos y en
las exhortaciones apostólicas, que incitan con claridad e insistencia a
la comunidad eclesial a tomar decisiones valientes de renovación, con
el fin de acercar al hombre contemporáneo a la fuente
de toda auténtica promoción humana y social: el Evangelio.”
5
Por otra parte, la ayuda que se le pueda dar
al hombre, una ayuda más eficaz, no debe ser únicamente
de tipo académico, científico, social, cultural o humanitario. La ayuda
más eficaz que requieren los hombres de nuestros tiempos es
aquella que le sirve para comprender su sentido en
la vida, su relación con el Creador, la finalidad para
la cual han sido creados .6 La necesidad de la
formación a la que invita el decreto Perfectae caritatis quiere
impulsar a las religiosas a adecuar lo mejor posible el
mensaje del evangelio de forma que pueda ser recibido por
todas las personas. No basta por tanto una formación académica
o científica por sí misma para entender y ayudar al
hombre. Este tipo de formación es un medio para ayudar
más eficazmente al hombre actual a vivir el evangelio y
así ayudarlo a encontrar a Cristo, el sentido último de
su existencia. Es necesario por tanto una formación permanente integral
y eminentemente espiritual, que permita a la persona consagrada estar
en posibilidad de adaptarse siempre lo mejor posible para transmitir
el mensaje del evangelio a través del apostolado que la
obediencia le ha asignado. Esta capacidad de formarse constantemente es
una cualidad que debe adquirirse en las primeras etapas de
la formación para ser continuada a lo largo de toda
la vida. Sin esta actitud constante de formación, la persona
corre el riesgo de anquilosarse, de estancarse y de perder
la esperanza en sí misma y en la vida consagrada.
Por
ello, la formación, lejos de ser meramente académica o científica,
debe ser una formación integral, que abarque a toda la
persona consagrada y a todas las personas consagradas. Asistimos quizás
a un espectáculo demasiado triste en algunas congregaciones religiosas, especialmente
en Italia. Debido a la escasez del esfuerzo por buscar
vocaciones, y no sólo a la escasez misma de las
vocaciones, observamos congregaciones con una fuerte división cultural y generacional.
Las religiosas de edad avanzada son por lo general italianas
con una formación académica pobre o básica. Las religiosas jóvenes
son extranjeras, de cultura distinta a la italiana con una
formación básica generalmente pobre, pero que se enriquece constantemente mediante
los esfuerzos de la congregación por dotarlas de una formación
universitaria o académicamente rica en contenidos. Sin embargo, ambas religiosas
no poseen por lo general una formación espiritual rica en
contenidos. Se toma en cuenta, y muy en cuenta, la
primera formación espiritual, una formación espiritual clásica, pero que está
muy lejos de calar en el interior de la persona.
Es una formación espiritual en la que importan más los
contenidos externos que la postura interna. Se da más importancia
a lo que se hace en la vida espiritual que
aquello a lo que se va asimilando. Si la formación
permanente debería de ser “la disponibilidad constante a aprender que
se expresa en una serie de actividades ordinarias, y luego
también extraordinarias, de vigilancia y discernimiento, de ascesis y oración,
de estudio y apostolado, de verificación personal y comunitaria, etc.,
que ayudan cotidianamente a madurar en la identidad del creyente
y en la fidelidad creativa a la propia vocación en
las diversas circunstancias y fases de la vida” 7,
para lograr “(…) el fin de la vida consagrada (que)
consiste en la conformación con el Señor Jesús y con
su total oblación, a esto se debe orientar ante
todo la formación. Se trata de un itinerario de progresiva
asimilación de los sentimientos de Cristo hacia el Padre”
8, entonces esta formación permanente, de todo tipo, no debería
terminar con la profesión perpetua. Y sin embargo nos damos
cuenta que sucede todo lo contrario.
La formación inicial en algunos
institutos, parecería meramente un requisito formal para la profesión perpetua.
Tal parece que se ciñen a la letra del derecho
canónico cuando habla de la formación que deben recibir los
novicios: “Estimúlese a los novicios para que vivan las virtudes
humanas y cristianas; se les debe llevar por un camino
de mayor perfección mediante la oración y la abnegación de
sí mismos; instrúyaseles en la contemplación del misterio de la
salvación y en la lectura y meditación de las sagradas
Escrituras; se les preparará para que celebren el culto de
Dios en la sagrada liturgia; se les formará para llevar
una vida consagrada a Dios y a los hombres en
Cristo por medio de los consejos evangélicos; se les instruirá
sobre el carácter, espíritu, finalidad, disciplina, historia y vida del
instituto; y se les imbuirá de amor a la Iglesia
y a sus sagrados Pastores.” 9Y sin embargo olvidan
lo que cita más adelante el mismo Derecho canónico: “Los
religiosos continuarán diligentemente su formación espiritual, doctrinal y práctica durante
toda la vida; los Superiores han de proporcionarles medios y
tiempo para esto.” 10Y es en este punto en
dónde se establece la ruptura, especialmente en las superioras de
comunidad. Se habla mucho hoy día de la formación permanente.
No hay congregación religiosa que no trate este punto en
los capítulos generales, en las asambleas intercapitulares, en los congresos
internos o en las jornadas de actualidad. Pero mucha de
esa formación continua se entiende solamente como una mera actualización
de tipo científico, académico o de conocimientos, incluso teológicos. Y
no es que este tipo de formación vaya en contra
de lo que ha establecido el Magisterio de la Iglesia
para la adecuada renovación… pero resulta insuficiente.
La formación necesaria para
adaptar la gran riqueza de la vida consagrada a los
retos actuales, aquella que permite aplicar la frescura de la
vida de los fundadores a las situaciones actuales, aquella que
hemos nombrado como formación de ida y formación de vuelta,
requiere sin duda alguna de todo este tipo de formación
académica, de actualización, de información teológica. Pero poco o nada
efectivo lograrán sin una adecuada formación espiritual, es decir, sin
lograr que todos esos conocimientos adquiridos calen en el
interior de la religiosa y la transformen con el fin
no de hacerla una mejor profesora, catequista o enfermera, sino,
sobretodo, una mejor discípula de Cristo, que viva en sí
misma los mismos sentimientos de Cristo, con el fin de
que pueda de esa manera, incidir mejor en los hombres,
a través del propio carisma que Dios ha regalado a
su Instituto de manos de su Fundador. De lo contrario
todos esos contenidos académicos, formativos, teológicos, buenos en sí mismo,
corren el riesgo de que no transformen a la mujer
consagrada y no la hagan más disponible para la misión.
Es triste muchas veces el espectáculo de religiosas que van
de un congreso a otro, buscando formación, buscando escuchar discursos
que las emocionen, pero que después de años siguen siendo
las mismas. No han faltado los medios externos, pero faltan
los medios internos para lograr que esos contenidos realmente transformen
a la persona y las hagan más semejantes a Cristo,
a la manera de sus fundadores y fundadoras.
Hemos dicho que
los esfuerzos que se han hecho las congregaciones religiosas femeninas
por dotar de buena formación a sus religiosas, ha
sido una empresa laudable y digna de encomio. Ahora, las
religiosas pululan en los diversos ámbitos universitarios, procurando adquirir una
buena formación académica – científica. Se les ve también asistir
con asiduidad a cursos de actualización, conferencias de actualidad. Sin
embargo tal parece que todo el esfuerzo en la formación
permanente se concentra en este tipo de formación académica -
científica, dejando a un lado la continuidad en los otros
campos de la formación. Es muy fácil delegar la formación
de un solo aspecto a una institución universitaria, pero es
muy difícil continuar la formación en todos los campos del
desarrollo humano, especialmente en el campo espiritual. La fenomenología observada
al respecto es muy curiosa y vale la pena detenernos
un momento en ella para observarla y sacar las conclusiones
pertinentes.
Fijar el horizonte de la formación, ¿hasta dónde quiero llegar? Con
el pasar de los años se entiende cada vez más
los propósitos del Concilio Vaticano II para la vida consagrada.
Si hemos sintetizado estos objetivos en un camino de ida
que quería recuperar el fervor de los Fundadores y en
un camino de vuelta para aplicar dicho fervor a las
circunstancias actuales de los hombres, tal parece que este camino
se ha visto truncado en una de sus partes. Si
por un lado las nuevas generaciones de religiosas tienden a
llegar con una mejor preparación académica–científica y las congregaciones e
institutos religiosos se esfuerzan por continuar este tipo de formación
a lo largo de la vida de sus miembros, la
parte de la adaptación a los nuevos tiempos no se
ha visto completa del todo. Es innegable el hecho que
muchas congregaciones, por diversos motivos, han renunciado a tener un
papel preponderante en la cultura moderna. Si bien es cierto
que las dificultades en nuestros tiempos son muchas y no
podemos aducir a un solo factor la renuncia de las
congregaciones religiosas femeninas a influir en la cultura, también es
cierto que esta renuncia se debe a una falta de
preparación de los miembros de las congregaciones por afrontar los
nuevos retos de la cultura y de la sociedad. Es
necesario por tanto una visión integral del proceso formativo. Esta
falta de visión adecuada puede deberse a una concepto equivocado
de la consagración, ya que la formación debe responder al
objetivo final que se quiere lograr, es decir al tipo
de mujer consagrada que se quiere formar. Y esto no
sólo en las etapas iniciales, sino a lo largo del
todo el arco de vida de la mujer consagrada.
Esta falta
de visión global de la vida consagrada ha originado en
muchas congregaciones e institutos religiosos una formación parcial, privilegiando tan
sólo una formación académica – científica. Los resultados pueden observarse
en la falta de adaptación de muchas religiosas a los
tiempos actuales, especialmente en aquellas religiosas de edad avanzada. Han
quedado postergadas en este esfuerzo de adaptación, observándose no pocas
veces fracturas al interno de la congregación que se hacen
evidentes en la diferencia de edad, de cultura o de
preparación. Al interno de una misma congregación pueden darse diferencias
entre estos grupos que genera rupturas irreconciliables.
Se debe pensar por
tanto en un horizonte de la formación que responda a
un tipo de mujer consagrada que se desea formar. Puede
ser que el error de varios institutos religiosos haya sido
el de haber fijado una ratio formationis sin haber tomado
en cuenta el modelo de mujer consagrada que se quería
formar. Llevadas por la moda, por las prisas, por falta
de preparación o por una falta de reflexión adecuada, se
lanzaron a modificar el proceso de la formación sin tener
en cuenta el modelo que se quería alcanzar. Dejaron el
todo de la formación por seguir una parte.
El todo
de la formación debe abarcar el esfuerzo de la mujer
consagrada por hacer ese camino de ida y ese
camino de vuelta. Es decir, debe tomar en cuenta la
formación necesaria para descubrir y vivir cada día la frescura
y la audacia de los Fundadores y aplicar dicha audacia
y frescura a las situaciones actuales, sea estas situaciones actuales
personales, sea de los hombres a los que se tiene
que hacer llegar el evangelio. Las fracturas son evidentes desde
el momento en que muchas congregaciones han perdido el ardor
por llevar a cabo la misión que su mismo carisma
les pedía o no han adaptado y desarrollado el carisma
a las cambiantes situaciones de los tiempos actuales. Congregaciones y
personas consagradas que se lamentan por la situación actual pero
que poco o nada hacen por remediarlo. Al faltar el
modelo, cualquier tipo de formación, cualquier contenido formativo es simplemente
una yuxtaposición de informaciones que se recogen sin lograr formar
un objeto preciso. La formación debe ser en función del
modelo fijado, pero tal parece que muchas han recorrido el
camino inverso, pensando que una colección indiscriminada de contenidos podría
formar una mujer consagrada a la altura de los tiempos
actuales.
Pensar la formación de la vida consagrada en los tiempos
actuales requiere pensar en primer lugar en el tipo de
mujer consagrada que se quiere formar. Una vez que se
tiene clara la meta a la que se quiere llegar,
entonces y sólo entonces se buscan los mejores contenidos que
puedan llevar a cabo el modelo pensado. Cada congregación, lo
veremos en los siguientes incisos, por el carisma propio, posee
la huella de una mujer consagrada ideal que el fundador
o la fundadora han pensado, iluminados por la experiencia del
espíritu que Dios les ha permitido realizar. Sin embargo hay
notas y características comunes a toda congregación religiosa que permite
tener una idea clara y precisa del tipo de mujer
consagrada que se quiere formar.
Si partimos de la definición que
nos da el Derecho canónico de la vida consagrada, podremos
destacar algunos elementos fundamentales de la mujer consagrada. “La vida
consagrada por la profesión de los consejos evangélicos es una
forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo
más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu
Santo, se dedican totalmente a Dios como a su amor
supremo, para que entregados por un nuevo y peculiar título
a su gloria, a la edificación de la Iglesia y
a la salvación del mundo, consigan la perfección de la
caridad en el servicio del Reino de Dios y, convertidos
en signo preclaro en la Iglesia, preanuncien la gloria celestial.”
11 El modelo de mujer consagrada será
aquella que haya decidido seguir más de cerca de Cristo,
mediante los consejos evangélico y poner a disposición de Él
toda su vida, como bellamente ha recogido la Exhortación apostólica
postsinodal, Vita consecrata: “A quien se le concede el don
inestimable de seguir más de cerca al Señor Jesús, resulta
obvio que Él puede y debe ser amado con corazón
indiviso, que se puede entregar a Él toda la vida,
y no sólo algunos gestos, momentos o ciertas actividades. El
ungüento precioso derramado como puro acto de amor, más allá
de cualquier consideración « utilitarista », es signo de una
obreabundancia de gratuidad, tal como se manifiesta en una vida
gastada en amar y servir al Señor, para dedicarse a
su persona y a su Cuerpo místico.” 12
Se trata por tanto de formar una mujer consagrada que
esté siempre en capacidad de seguir a Cristo, de amarlo.
Se deben formar en ella las disposiciones necesarias para que
pueda tender todos los días a seguir a Cristo.
No es
una empresa fácil pues debe pensarse en una formación de
toda la persona. Quien adquiere un conocimiento técnico o científico,
podemos decir que dicho conocimiento permanece, mientras los avances científicos
no digan lo contrario. Quien aprender a sumar y sabe
que dos más dos suman cuatro, mientras no haya una
evidencia científica que demuestra lo contrario, dicho conocimiento permanecerá inalterado
en su persona. Sin embargo la formación de la persona
consagrada no puede reducirse a adquirir una serie de conocimientos
científicos o espirituales. Es necesario que dichos conocimientos calen en
el interior de la persona para hacer que siempre esté
disponible a modelar su persona en base a la meta
que quiere alcanzar. Esta meta no es sino la de
asemejarse a Cristo. Si la definición que da el Derecho
canónico de la persona consagrada es la de seguir más
de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo,
bien sabemos que este seguimiento no se reduce a las
primeras etapas de la formación, además de que el seguimiento
no está exento de sufrir menoscabos a lo largo del
tiempo. El paso de los años, los posibles fracasos, las
desilusiones de la vida pueden llevar a las personas consagradas
a echar marchar atrás en este seguimiento o por lo
menos a frenar el ardor primero y comenzar a vivir
sin ilusión y sin entusiasmo. Como quien va arrastrando una
vida consagrada, más que gozando del seguimiento de Cristo, como
decía Pablo VI: “La gioia di appartenergli per sempre è
un incomparabile frutto dello Spirito santo, che voi avete già
assaporato. Animati da questa gioia, che Cristo vi conserverà anche
in mezzo alle prove, sappiate guardare con fiducia all’avvenire. Nella
misura in cui si irradierà dalle vostre comunità, questa gioia
sarà per tutti la prova che lo stato di vita,
da voi scelto, vi aiuta, attraverso la triplice rinuncia della
vostra professione religiosa a realizzare la massima espansione della vostra
vita nel Cristo.” 13
El punto fundamental de esta formación
permanente se encuentra en formar las disposiciones interiores para estar
siempre en una sana tensión para seguir a Cristo. Quizás
la exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata nos da la clave
para resolver este acertijo. Si la persona consagrada a lo
largo de su vida debe asemejarse cada vez más a
Cristo, respondiendo a al llamado que Él le ha hecho
para ser uno de sus discípulos, esto es, para ser
uno de los que le siguen más de cerca, esta
semejanza tiende a hacerse real en la medida en que
la persona se asemeja a Cristo, esto es, en la
medida en la que piensa, actúa y quiere como Cristo.
Se habla por tanto de una formación que logre penetrar
todas las potencias del hombre, su inteligencia, su voluntad y
su afectividad, es decir, de una formación integral en forma
tal que la persona responde con todo su ser a
la persona de Cristo. La misma exhortación Vita consecrata,
en base a esta definición de lo que es la
consagración, nos da la definición de la formación. “La formación,
por tanto, debe abarcar la persona entera, de tal modo
que toda actitud y todo comportamiento manifiesten la plena y
gozosa pertenencia a Dios, tanto en los momentos importantes como
en las circunstancias ordinarias de la vida cotidiana. Desde el
momento que el fin de la vida consagrada consiste en
la conformación con el Señor Jesús y con su total
oblación, a esto se debe orientar ante todo la formación.
Se trata de un itinerario de progresiva asimilación de los
sentimientos de Cristo hacia el Padre.” 14Tenemos por tanto
cerrada l ecuación de la formación en base al concepto
de consagración.
Si se ha dicho que la esencia de la
consagración es el seguimiento más cercano de la persona de
Cristo y que este seguimiento se concretiza en el esfuerzo
que hace la persona consagrada por copiar los sentimientos de
Cristo, entonces la formación no tendrá como otro objetivo sino
el de lograr que la persona consagrada a lo largo
de su vida esté siempre disponible a imitar los sentimientos
de Cristo. No es ya simplemente el tener unas nociones
académicas-científicas o espirituales, sino es dejar que Cristo penetre en
la persona consagrada, para lograr en la persona consagrada una
respuesta que la lleve cada vez más a asemejarse más
a Él. Este proceso no es simplemente un proceso pedagógico,
sino una experiencia del Espíritu.
La formación como una experiencia del
Espíritu. Todo proceso pedagógico tiende a generar un modelo previamente aceptado
y positivamente buscado. Sin un proceso que lleve al cumplimiento
del objetivo se corre el peligro de caer en un
idealismo o en una espiritualidad evanescente. Es necesario que la
persona conozca por tanto el camino que lo llevará a
adquirir los conocimientos que de antemano se ha prefijado o
el tipo de personalidad que se ha fijado como modelo.
De acuerdo a este proceso pedagógico se busca no tanto
el tener o el ser, sino la capacidad constante para
llegar a ser lo que se quiere ser. Si en
el pasado se ha puesto más énfasis en la adquisición
de una serie de conocimientos o la adquisición de un
cierto status en la personalidad, hoy día los procesos pedagógicos
se focalizan más en la evolución constante de la persona.
Este
proceso dinámico puede deberse en parte a la velocidad extrema
con la que muchas situaciones en nuestro tiempo van cambiando,
dejando a la persona que no tiene la capacidad de
adaptarse constantemente a dichos cambios, en una situación precaria de
frente al modelo que se había prefijado llegar a alcanzar.
Puede deberse también a la característica vital del ser humano
que tiende constantemente al cambio, acentuada por la vertiginosa velocidad
de las sociedades actuales, especialmente las sociedades occidentales en las
que el avance tecnológico requiere incisamente la adaptación de la
persona a dichos cambios. Se trata por tanto de un
proceso dinámico no en la meta que se desea alcanzar,
la cual deberá permanecer siempre fija, sino en las adaptaciones
constantes que la persona deberá llevar a cabo debido a
los factores internos y a los factores externos. Muchas escuelas
de formación han enfatizado el constante cambio de modelo, cuando
más bien es el modelo el que debe permanecer fijo
y son los medios los que constantemente deben adaptarse para
lograr alcanzar el modelo que se ha fijado.
El proceso de
formación debe hacer hincapié por lo tanto en dos aspectos,
como son el tener claro el modelo que se quiere
alcanzar y la capacidad del sujeto para alcanzar el objeto.
Se habla por tanto de un proceso objetivo llevado a
cabo por un sujeto. En dicho binomio entra perfectamente la
capacidad de adaptación que deberá poseer el sujeto para alcanzar
el objeto. Mientras que el objeto no cambia, es el
sujeto el que debe cambiar constantemente para llegar a la
plenitud del objeto. El proceso de formación enfatiza por tanto
la capacidad del sujeto para la transformación personal.
Este proceso eminentemente
dinámico se traduce en la vida consagrada en la adquisición
de las cualidades necesarias, capacidades, para estar siempre en busca
del modelo que se ha prefijado. “El objetivo central del
proceso de formación es la preparación de la persona para
la consagración total de sí misma a Dios en el
seguimiento de Cristo, al servicio de la misión. Decir «
sí » a la llamada del Señor, asumiendo en primera
persona el dinamismo del crecimiento vocacional, es responsabilidad inalienable de
cada llamado, el cual debe abrir toda su vida a
la acción del Espíritu Santo; es recorrer con generosidad el
camino formativo, acogiendo con fe las ayudas que el Señor
y la Iglesia le ofrecen. La formación, por tanto, debe
abarcar la persona entera, de tal modo que toda actitud
y todo comportamiento manifiesten la plena y gozosa pertenencia a
Dios, tanto en los momentos importantes como en las circunstancias
ordinarias de la vida cotidiana.” 15
La idea central de
la formación en la vida consagrada se establece en la
preparación para seguir a Cristo a través de un crecimiento
constante. El seguimiento de Cristo es el dato objetivo que
el sujeto, cada persona consagrada, debe esforzarse por alcanzar. Se
establece por tanto el dinamismo pedagógico del que hemos hablado
renglones arriba en el que la persona consagrada se debe
esforzar por llegar a asemejarse con Cristo, que es el
dato objetivo del proceso pedagógico. Sin embargo este dato objetivo
es influenciado por la persona del sujeto y por las
circunstancias que rodean al sujeto. El dinamismo se dará siempre
en el sujeto, no en el objeto quien permanece inalterado.
El sujeto podrá tener una visión cada vez más clara
y nítida del objeto, en la medida que se esfuerza
por alcanzarlo. Su esfuerzo deberá centrarse en lograr que su
persona y las circunstancias que lo rodeen sean cada vez
más semejantes al objeto con el que ha deseado identificar
toda su vida. En el proceso pedagógico que hemos establecido,
es labor del sujeto identificarse con Cristo a lo largo
de toda su vida .16
Pero este proceso pedagógico a diferencia
de otros procesos humanos en donde el dinamismo se centra
en el esfuerzo personal del educador y en el del
educando, debe tomar en cuenta el objeto del proceso pedagógico,
es decir, Cristo, que no es simplemente un objeto pasivo.
Cristo, como objeto es eminentemente activo, es decir, que influye
en el proceso pedagógico permitiendo al sujeto no sólo acercarse
a Él y hacerlo suyo, sino que Cristo mismo como
objeto se dona, se entrega al sujeto, llevando a cabo
así la tan deseada transformación a la cual tiende el
proceso pedagógico. Esta característica, además de ser la más original
en el proceso pedagógico de la formación en la vida
consagrada, es el elemento más importante de dicho proceso, ya
que el objeto a alcanzar se convierte a su vez
en sujeto activo del proceso pedagógico. “Dios Padre, en el
don continuo de Cristo y del Espíritu, es el formador
por excelencia de quien se consagra a El.” 17
Para
que este proceso pedagógico tan característico y peculiar se lleve
a cabo, no basta simplemente con las disposiciones humanas que
cualquier otro proceso pedagógico podría prever como podría ser la
disposición del sujeto para alcanzar el objeto, la posibilidad del
objeto de dejarse alcanzar por el sujeto y al acción
del formador para proponer el sujeto el objeto a alcanzar
y para guiarlo en este procesos educativo. Es necesario tomar
en consideración el hecho de que el objeto se torna
en sujeto y que además este proceso formativo se debe
realizar a nivel de toda la persona. No se trata
por tanto de un objeto al que se deba responder
solamente desde un punto de vista netamente intelectual. A la
persona consagrada no se le pide que responda simplemente a
la pregunta de saber quién es Cristo. Debe responder con
todas las potencias de su ser, intelecto, voluntad y afectividad,
porque el seguimiento de Cristo, que es el fin del
proceso pedagógico se lleva a cabo en todas las potencias
del ser y no únicamente con la parte intelectual.
Esta fractura
en el proceso pedagógico, es decir, pretender que se puede
seguir a Cristo sólo desde el punto de vista meramente
intelectual o a través de una serie de hábitos, de
comportamientos y de acciones que no han sido debidamente interiorizadas
por la persona consagrada, es la que origina los abandonos
en la vida consagrada o una vida consagrada más bien
lánguida, tibia, sin ardor espiritual que ponga en juego toda
la vida de la persona consagrada. La formación por tanto
ha fallado en sus orígenes cuando no ha establecido todas
las potencias de la persona como sujetos activos del proceso
pedagógico. Asemejarse a Cristo no es aprenderlo de memoria, sino
que es responder a Él con todas las potencias del
ser humano.
Para que este proceso se lleve a cabo, para
que la persona pueda responder y seguir a Cristo con
todas las fuerzas de su ser, es necesario que todas
estas fuerzas de su ser, es decir, todas sus potencialidades,
respondan a Cristo. Cada una de estas potencias, la
mente, la voluntad y la afectividad deben responder a Cristo.
“Solamente si segue Creisto nell’uniità indivisa di vivere con lui
e per lui di fare per lui e come lui.
Qui ci viene incontro la vecchia verità della spiritualità cristiana,
e non certo meno vera e profonda per esser vecchia:
orazione ed azione, interiorità e dinamismo apostolico, dono di sé
a Cristo ed al prossimo” . 18
Para que Cristo sea
el centro del proceso formativo, es decir, para que la
persona de Cristo pueda transformar a toda la mujer consagrada,
es el espíritu el que tiene que arrastrar a
las potencias a dar una respuesta. La mente ilumina a
la voluntad. La voluntad es ciega y sigue lo que
la razón, lo que la mente le dirá. La
afectividad puede sentir gusto o rechazo frente a la respuesta.
Por ello, siendo el alma la que anima el espíritu
del hombre, es decir sus potencias, será necesario que el
proceso pedagógico inicie y se dé en el alma del
formando. El encuentro de Cristo con el formando es la
base y el inicio de todo proceso formativo. Este encuentro
con Cristo se tiene que dar, lo hemos apenas dicho,
a nivel del alma, a nivel personal, en forma tal
que la formada a raíz y como producto de ese
encuentro, habiendo hecho la experiencia personal de Cristo, pueda responder
con todo su ser a ese Cristo que la ha
llamado. Una experiencia de Cristo que no se centra en
un momento histórico de la persona, sino que, si bien
puede tener un inicio histórico en la persona, deberá continuarse
a lo largo de toda su vida, enlazándose así con
el concepto de formación permanente, tan presente en el debate
de la teología de la vida consagrada de los últimos
años. “La formación continua es un proceso global de renovación
que abarca todos los aspectos de la persona del religioso
y el conjunto del instituto mismo. Se debe realizar teniendo
en cuenta el hecho de que sus diversos aspectos son
inseparables y se influencian mutuamente en la vida de cada
religioso y de cada comunidad.” 19
Retomando de nuevo el
argumento sobre el origen de toda formación conviene explicar la
forma en que debe darse este encuentro personal con Cristo,
esta experiencia personal con Cristo, que será el generador de
la formación y de la transformación de la persona consagrada.
“Este Espíritu, cuya acción es de un orden diferente que
los datos de la sicología o la historia visible, pero
que obra también a través de ellos, actúa en lo
más secreto del corazón de cada uno de nosotros para
manifestarse después en frutos patentes: El es el Espíritu de
Verdad que « enseña », « llama », « guía
». El es « la unción » que « hace
gustar », apreciar, juzgar, optar.” 20
La experiencia de Cristo
que se quiere lograr en el proceso formativo de la
vida consagrada no es simplemente un acto de la voluntad
del hombre. Es eminentemente un acto del amor de Dios
y del amor del hombre. “La comunione di Cristo con
il credente trasforma il suo essere e il suo vivere,
dà origine a una cosciente reciprocità che denominiamo <>. Forma parte dello sviluppo normale della grazia cristiana nelle
sue differenti fasi (…). Parliamo di esperienza sia in senso
passivo che in senso attivo: coscienza teologale della salvezza
che Dio opera nella vita del credente; coscienza della vita
del cristiano che si rinnova grazie all’azione trasformatrice dello Spirito
Santo.” Esta experiencia de Cristo no es algo que
debe asustar a las formadoras, a las superioras o a
las mismas religiosas. No se habla de una experiencia de
Cristo como una experiencia mística, sino como una experiencia del
espíritu. Conviene por tanto detenernos un momento para explicar la
diferencia entre estos dos tipos de experiencia, puesto que pueden
llevar a malos entendidos en el proceso de formación, sea
inicial, sea en la formación continua.
La experiencia del espíritu. Hemos dicho
que el núcleo de la formación es tener los mismos
sentimientos de Cristo. Este objetivo se logra en la medida
que el sujeto, la persona que se quiere formar, se
apropia del objeto, esto es, los sentimientos de Cristo. Para
llevar a cabo este proceso pedagógico es necesario que el
sujeto realice un esfuerzo por alcanzar el objeto de la
formación. Este proceso es un proceso que se realiza eminentemente
en el alma de la persona, en su espíritu, por
lo que muchas veces suele llamarse una experiencia espiritual. Hacer
la experiencia de Cristo en el proceso formativo no es
más que establecer una relación personal con Cristo. La experiencia
espiritual de la que se habla se establece en la
relación de persona, entre el objeto del proceso pedagógico, la
formada, y el objeto de la formación, la persona de
Cristo. Como son dos personas las que entran en juego
en el proceso pedagógico, y como hemos dicho, si queremos
que esta relación verdaderamente toque el interior de la persona
para que tocándola pueda transformar toda su persona, esto es,
todas sus potencialidades, entonces es necesario que esta experiencia se
realice a un nivel eminentemente personal, comenzando del núcleo de
la persona, eso es, de espíritu a espíritu. Esta es
la experiencia espiritual. Diferente de la experiencia mística.
La experiencia mística
cristiana “è una forma, una modalità della fede, possibile, ma
non necessaria. (…) Il mistico non è nella visione beatifica,
ma sperimenta un modo particolare di vivere la realtà della
fede. (…) Il soggetto viene <>. (…) Il mistico subisce questa attenzione,, non la produce.
(…) E’ come un sapere non sapendo <>.” 22Si bien la experiencia mística es una experiencia
spiritual se defirencia de ésta porque la persona que experimenta
la experiencia mística no hace nada por establecer dicha experiencia.
Es Dios quien hace todo y la persona solamente experimenta
la acción de Dios. De ahí que podamos afirmar con
certeza que la experiencia espiritual es accesible y no sólo
accesible sino deseable para todo cristiano.
El proceso pedagógico como
una experiencia del espíritu Podemos por tato establecer el proceso pedagógico
como una experiencia espiritual desde el momento en que es
posible para el sujeto de la formación establecer una relación
personal espiritual con el objeto de la formación. No es
un traspaso de conocimientos lo que se debe dar en
el proceso formativo de la vida consagrada, sino un traspaso
de experiencias, es decir, la experiencia de la persona consagrada
cuando se pone en camino para tener los mismos sentimientos
de Cristo. Este proceso formativo que se traduce en una
experiencia espiritual debe realizarse en el núcleo de la persona,
es decir, en su espíritu. La experiencia espiritual viene a
ser entonces el encuentro de dos personas, de dos espíritus.
El encuentro de la persona consagrada con Cristo. Un encuentro
que por realizarse a nivel del espíritu, puede permear todas
las potencialidades de la persona, porque este tipo de encuentro
nunca es pasivo, sino eminentemente activo. Cuando la persona consagrada
experimenta la persona de Cristo, esto es, cuando la persona
consagrada encuentra a Cristo en su vida y lo hace
parte de su vivir cotidiano, el encuentro personal se traduce
en una obediencia. No es simplemente un saber que existe
la persona de Cristo, como un saber a nivel académico
o científico. Es un saber que se traduce en obediencia
a la persona. Se establece por tanto la diferencia entre
el saber sapiencial y el saber vivencial. En el primero,
la persona conoce solamente con la inteligencia a Cristo, pero
su intelecto, su voluntad y su afectividad no quedan tocadas
por este conocimiento. En el segundo caso, el del saber
vivencial, la persona experimenta a Cristo con su espíritu y
esta experiencia se traduce en un encuentro personal con la
persona de Cristo. Este encuentro se da a nivel del
espíritu, de tal forma que las potencias de la persona
consagrada no pueden sustraerse a este encuentro. El encuentro con
Cristo llama a una obediencia total de la personal. Obediencia
al encuentro es el signo que hace la diferencia entre
un saber sapiencial y un saber vivencial. “L’incontro con Cristo
avviene nella fedeltà, nella difficile costruzione della fedeltà, perché Cristo
è sempre raggiunto ma, d’altra parte, non è mai raggiunto
fino al momento del compimento.” 23
Si bien es cierto
que la formación en la vida consagrada se da sólo
si se verifica la experiencia espiritual del encuentro con Cristo,
la transformación de la persona consagrada, para que llegue a
tener los mismos sentimientos de Cristo, no se da de
forma automática, una vez que la persona establece este encuentro
con Cristo. En primer lugar debemos tomar en cuenta que
la experiencia espiritual del encuentro con Cristo no se
da una sola vez. Hemos aclarado el hecho de que
la experiencia espiritual del encuentro con Cristo no es una
experiencia mística la cual puede darse, esta sí, una sola
vez en la vida. La experiencia espiritual del encuentro con
Cristo se aprende a hacerla en las primeras etapas de
la formación, pero se concretiza, y se actualiza todos los
días de la vida de la persona consagrada. La formación
permanente se entiende entonces como un proceso continuo de una
experiencia espiritual por encontrar Cristo en la vida cotidiana, dejándose
transformar por Él a lo largo de toda la vida.
“Mientras la formación inicial estaba ordenada a la adquisición por
la persona de una suficiente autonomía para vivir en la
fidelidad a sus compromisos religiosos, la formación continua ayuda al
religioso a integrar la creatividad en la fidelidad. Pues la
vocación cristiana y religiosa reclama un crecimiento dinámico y una
fidelidad en las circunstancias concretas de la existencia, lo cual
exige una formación espiritual interiormente unificante, pero flexible y atenta
a los acontecimientos cotidianos de la vida personal y de
la vida del mundo.” 24
En segundo lugar hay que
considerar que para que la experiencia espiritual del encuentro con
Cristo tome forma en la persona de la mujer consagrada
y no se quede como una experiencia espiritual priva de
sentido, lo cual sería caer en el subjetivo de una
experiencia a nivel afectivo, es necesario que la persona cumpla
dos requisitos. El primero de ellos es que repita dicha
experiencia espiritual del encuentro con Cristo todos los días. Cuando
se habla de experiencia espiritual del encuentro con Cristo no
se habla en forma reductiva. Experiencia está puesta en el
lugar del conjunto de experiencias. Así como la persona humana
establece una relación con otra persona sobre la base de
varios encuentros, sobre el conocimiento que tiene de esa persona
debido por las situaciones más variadas por las que ambas
han pasado, así también la experiencia espiritual del encuentro con
Cristo llega a darse cuando la persona consagrada establece una
relación constante y continua con Cristo a lo largo de
todos los días. De aquí la importancia de hacer de
la vida ordinaria el lugar permanente del encuentro con
Cristo. Sin este encuentro constante y permanente se corre el
riesgo de que el proceso pedagógico de formar en la
persona consagrada los mismos sentimientos de Cristo, puede quedar truncado
o incompleto. Razón por la cual hoy se vive en
la vida consagrada tantas desilusiones, tantas amarguras y se vive
la vida consagrada más como una costumbre que como un
encuentro gozoso de cada día.
El segundo elemento que se debe
tomar en cuenta para hacer quela experiencia espiritual del encuentro
con Cristo transforme la vida de la persona consagrada se
encuentra en la respuesta que debe dar a dicho encuentro.
Si hemos hablado de la experiencia espiritual del encuentro
con Cristo como una respuesta de la persona consagrada a
Cristo, dicha respuesta la debemos traducir en una vida transformada
por Cristo.
La experiencia espiritual del encuentro con Cristo, como motor
fundamental del proceso pedagógico de formación inicial y formación permanente
de la persona consagrada, se realiza en el alma de
la persona. Esto no quiere decir que dicha experiencia espiritual
se reduzca a un vago sentimiento religioso de la presencia
de Cristo en la persona consagrada. Si la experiencia espiritual
del encuentro con Cristo es un encuentro verdaderamente espiritual, la
persona consagrada no puede ser la misma antes y después
de dicho encuentro. “La formación sacerdotal (y religiosa) debe lograr,
pues, la efectiva transformación de los seminaristas (de las religiosas).
Ante todo, transformación en Cristo sacerdote: que Cristo tome forma
en ellos (cf. Ga 4, 19). Transformación de toda
la personalidad del candidato: su modo de pensar, sentir, amar,
reaccionar, actuar, relacionarse con los demás… Todo debe quedar configurado
según el alto ideal del sacerdocio católico.” 25
De
la experiencia del espíritu a la transformación Pero esta transformación no
se logra únicamente con la simple experiencia espiritual del encuentro
con Cristo. Para que dicha experiencia espiritual tome forma e
invada todas las potencialidades de la persona consagrada es necesario
que la religiosa valore los contenidos de dicho encuentro, los
conozca, los haga suyos y después busque la forma práctica
de llevarlos a la realidad. “Corresponderá a cada persona verificar
de qué manera en su propia vida, la actividad deriva
de su unión íntima con Dios y, simultáneamente, estrecha y
fortifica esta unión. (…)La verificación de la unidad de
vida se hará oportunamente en función de cuatro grandes fidelidades:
fidelidad a Cristo y al Evangelio, fidelidad a la Iglesia
y a su misión en el mundo, fidelidad a la
vida religiosa y al carisma propio del instituto, fidelidad al
hombre y a nuestro tiempo.” 26
Este paso de la
experiencia espiritual del encuentro con Cristo a la vida
práctica requiere de la persona consagrada el iluminar su pensamiento
con lo que ha visto en el encuentro con Cristo;
fortificar su voluntad para querer hacer en todo momento lo
que Cristo le ha hecho ver en la experiencia espiritual
del encuentro con Él; y estar siempre en la disposición
de ánimo para sentir como sentía Cristo al cumplir la
voluntad del Padre. Esta trilogía de conocer, valorar y vivir
en las primeras etapas de la formación se llevan a
cabo con la ayuda de las formadoras. Posteriormente, cuando se
hable ya de formación permanente, este proceso deberá igualmente llevarse
a cabo, siendo en este caso que la misma persona
consagrada será la responsable del cumplimiento de su programa personal
de formación, continuando a hacer la experiencia espiritual del
encuentro con Cristo y buscando las formas prácticas y concretas
de responder a dicha experiencia espiritual. Será necesario por tanto que
la persona consagrada aprenda a iluminar su mente a la
experiencia espiritual del encuentro con Cristo, de forma tal que
se enseñe a conocer lo que Dios quiere de él,
a partir de la experiencia espiritual. No se trata de
inventar nada nuevo. El mismo espíritu de Cristo le hará
ver a la persona consagrada cuál es su voluntad para
cada momento. Sin querer engañarse o encontrar subterfugios, la persona
consagrada sabrá que dicha voluntad ordinariamente se expresa en las
Constituciones, en los escritos de Fundador o en las indicaciones
de sus superioras. Para quien quiere transformar su vida en
Cristo sabe que la obediencia es uno de los mejores
medios para hacer la experiencia espiritual del encuentro con Cristo.
“La vida consagrada, llamada a hacer visibles en la Iglesia
y en el mundo los rasgos característicos de Jesús, virgen,
pobre y obediente, florece en esta búsqueda del rostro del
Señor y del camino que a Él conduce (cf. Jn
14,4-6). Una búsqueda que lleva a experimentar la paz —
«en su voluntad está nuestra paz» — y que
constituye la fatiga de cada día, porque Dios es Dios
y no siempre sus caminos y pensamientos son nuestros caminos
y nuestros pensamientos (cf. Is 55, 8). De manera que
la persona consagrada es testimonio del compromiso, gozoso al tiempo
que laborioso, de la búsqueda asidua de la voluntad divina,
y por ello elige utilizar todos los medios disponibles que
le ayuden a conocerla y la sostengan en llevarla a
cabo.” 27 Pero no basta simplemente con iluminar la mente
y conocer lo que Dios quiere de la persona consagrada.
Es necesario que la persona consagrada, para poner en práctica
lo que ha visto que es la voluntad de Dios
para ella, valore lo que dicha voluntad de Dios le
propone. “El hombre actúa siempre a favor de algún valor,
haga lo que haga…” 28La labor de la formadora
o la superiora de comunidad consiste en hacerle ver a
la religiosa lo que vale el cumplimiento de la voluntad
de Dios, pero no en una forma abstracta, como podría
ser el valor del cumplimiento del deber o de la
palabra dad. Debe hacerle ver el valor que dicha voluntad
de Dios tiene para la misma persona consagrada de forma
que la religiosa pueda descubrir la belleza del cumplimiento de
la voluntad de Dios sólo porque ha descubierto un valor
personal en el cumplimiento de dicha voluntad de Dios.
Por último,
una vez que la persona consagrada ha visto el valor
que dicha voluntad de Dios tiene para ella, es necesario
que la formadora o la superiora de comunidad le ayuden
a vivir lo que ha entendido y lo que ha
valorado. No basta que la persona consagrada haya entendido y
haya valorado. Hay que facilitar la puesta en práctica de
la vivencia de la experiencia espiritual que ha significado en
encuentro con Cristo. Una de las mejores formas para ayudar
a vivir lo que se ha visto con el intelecto
y se desea con la voluntad es la formación
de hábitos, ya que mediante ellos la persona consagrada estará
siempre en disposición de poder llevar a la práctica lo
que Dios le va pidiendo a lo largo de su
vida. Una formación de hábitos que debe durar por siempre,
ya que la persona consagrada siempre estará por hacerse hecha.
De ahí la importancia de no interrumpir la formación después
de la profesión perpetua.
LOS MEDIADORES DE LA EXPERIENCIA DEL ESPIRITU Si
la formación en la vida consagrada es un proceso pedagógico
que tiene como fin primordial el lograr que la persona
vaya adquiriendo a lo largo de su vida los mismo
sentimientos de Cristo y si este fin primordial se consigue
a través de la experiencia del espíritu del encuentro con
Cristo de acuerdo a los pasos que hemos mencionado previamente,
nos damos cuenta de la necesidad de contar con personas
que puedan facilitar dicha experiencia del espíritu. Sin embargo, frente
a esta necesidad nos encontramos de frente a dos dificultades
que debemos resolver.
Todo proceso pedagógico requiere intermediarios o facilitadores que
hagan accesible el proceso pedagógico a la persona que quiere
conseguir un fin determinado. Si el niño, por ejemplo,
quiere aprender a leer y escribir, dicho proceso pedagógico será
facilitado por los profesores capacitados que lo ayudarán a llevar
a cabo la finalidad que se ha propuesto. Es un
proceso que el faciltador o el profesor ha hecho en
primera persona, lo domina no sólo teórica, sino prácticamente. Podemos
establecer por tanto que en todo proceso pedagógico el facilitador
debe conocer no sólo la teoría del objeto que se
quiere alcanzar, sino que él mismo debe haber experimentado ya
el objeto, de forma tal que conozca por experiencia personal
el camino que se debe seguir para alcanzar el objeto.
Este principio traducido al proceso formativo de la vida consagrada
no es de fácil aplicación. Requiere que los formadores sean
personas que hayan alcanzado el objeto, Cristo, y que hayan
experimentado el camino que debe seguirse para alcanzar dicho objeto.
Significa por tanto que las personas hayan hecho la experiencia
espiritual del encuentro con Cristo, dando como resultado un
conocimiento vivencial de las etapas que los han llevado a
dicho encuentro. La primera dificultad que se plantea es el
cuestionamiento sobre la validez de la primera aseveración, el hecho
de que el mediador haya ya experimentado a Cristo, cuando
hemos dicho que la persona está siempre por hacerse, es
decir que la persona está siempre en proceso de tener
en su vida los mismos sentimientos de Cristo. Podría ser
una contradicción pensar que quien ha hecho ya la experiencia
de Cristo parecería que ha conseguido el objeto del proceso
educativo y que por lo tanto no se ve la
necesidad de continuar haciendo dicha experiencia.
Esta dificultad puede resolverse
aduciendo el hecho de que hacer la experiencia del espíritu
no da automáticamente como resultado el tener ya los
mismos sentimientos de Cristo. Si bien hemos dicho que el
proceso formativo en la vida consagrada es un proceso que
dura toda la vida, porque a lo largo de la
vida la persona siempre está por hacerse, esto es, que
en su corazón y en su mente cabe espacio para
conocer más a Cristo y para poderlo amar más y
mejor, esto no quiere decir que el hacer cotidianamente la
experiencia espiritual del encuentro con Cristo produzca automáticamente el tener
los mismos sentimientos de Cristo. Si la persona está siempre
por hacer, tendrá necesidad todos los días de experimentar a
Cristo para hacerse cada día más persona consagrada, es decir,
persona que cada día vive un poco mejor, y/o un
poco más los mismos sentimientos de Cristo29 . Así como
el hombre en esta tierra no puede agotar el misterio
de Cristo, sino que tiene necesidad constantemente de recurrir a
Él para asemejarse más a El, de la misma manera
no basta hacer solamente una experiencia del espíritu del encuentro
con Cristo, sino que hay que hacerla constantemente, ya que
el objeto de la formación no se agotará nunca. Si
el niño puede llegar a decir en un momento determinado
que el proceso pedagógico de lecto-escritura ha terminado en el
momento en que es capaz de leer y escribir
por sí sólo, la persona consagrada no puede decir que
habrá alcanzado su objeto de la formación en esta tierra,
es decir, que habrá alcanzado el tener los mismos sentimientos
de Cristo. Es un proceso constante porque el misterio de
Cristo, objeto del proceso pedagógico de la formación en la
vida consagrada, no se agota en esta vida.
El segundo escollo
se refiere la dificultad de transmitir y de generalizar la
experiencia del espíritu del encuentro con Cristo, pretendiendo hacer un
patrón uniforme, con el fin de establecer pasos graduales para
hacer dicha experiencia. Si bien es cierto que el meollo
del proceso formativo es la experiencia del espíritu del encuentro
con Cristo y que dicha experiencia debe ser favorecida por
unos mediadores, como en cualquier proceso pedagógico, no debemos olvidar
que al hablar de la experiencia del espíritu del encuentro
con Cristo, se debe considerar que cada persona hace su
propia experiencia del espíritu del encuentro con Cristo. No estamos
hablando de un proceso pedagógico en donde el objeto y
los medios para alcanzar el objeto son materiales y comunes
a todas las personas. Hemos dicho que en el caso
de la formación en la vida consagrada el objeto del
proceso formativo es una persona, Cristo, y el sujeto
es otra persona, la formada. Por tanto Cristo se revelará
a cada persona en forma única, en forma personal, y
cada consagrado tomará la forma de Cristo en forma única,
en forma personal. Por ello parecería difícil el entender en
este proceso la dificultad de transmitir y generalizar la experiencia
del espíritu, haciendo difícil o superflua la labor de los
formadores, en el sentido de que poco o nada podrían
aportar a este proceso pedagógico, desde el momento en que
tanto sujeto como objeto son personas en constante movimiento espiritual.
A esta objeción podemos responder que si bien cada experiencia
del espíritu del encuentro con Cristo es un hecho meramente
personal, también podemos decir que dicha experiencia del espíritu es
común a todos los hombres en cuanto a proceso. El
proceso se hacer personal, pero no por ello no puede
ser estudiado en sus generalidades. Y quien está haciendo la
experiencia del espíritu del encuentro con Cristo, puede no sólo
transmitir su experiencia, sino ayudar a otros a realizar dicha
experiencia, por el hecho de que el camino es común,
aunque cada uno lo afronta de manera personal. Por ello,
el facilitador del proceso formativo de hacer la experiencia del
espíritu del encuentro con Cristo, no sólo conoce ciertas etapas
de este encuentro y su problemática aneja, sino que puede
transmitir esta experiencia, si bien subjetiva, a otros sujetos, porque
el camino y el objeto que se quieren alcanzar son
objetivos. “Pero en esta obra Él se sirve de la
mediación humana, poniendo al lado de los que Él llama
algunos hermanos y hermanas mayores. La formación es pues una
participación en la acción del Padre que, mediante el Espíritu,
infunde en el corazón de los jóvenes y de las
jóvenes los sentimientos del Hijo. Los formadores y las formadoras
deben ser, por tanto, personas expertas en los caminos que
llevan a Dios, para poder ser así capaces de acompañar
a otros en este recorrido.” 4
Este recorrido se realiza
desde el inicio de la vida consagrada hasta el
momento en que Dios quiera llamara a Sí a la
persona consagrada. Hacer la experiencia del espíritu del encuentro con
Cristo es un proceso pedagógico que lleva toda la vida.
Un proceso, a mi modo de ver, semejante al del
enamoramiento. No basta conocer a la persona amada, hay que
identificarse plenamente con ella hasta llegar a hacerse uno. Benedicto
XVI lo explica en una forma admirable en su encíclica
Deus caritas est: “Idem velle, idem nolle, querer lo mismo
y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han
reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante
al otro, que lleva a un pensar y desear común.”
31 Y en esta identificación va de por medio
todo el sujeto y todo el objeto del proceso pedagógico.
Un proceso que se hará cada vez más real en
la medida en que el sujeto llegue a compenetrarse del
objeto, llegue a ser uno con el objeto hasta por
decir que no tiene otra voluntad que la voluntad de
Dios. Un proceso que se realiza en el espíritu, por ello
se llama experiencia del espíritu, y que llega a abarcar
todas las potencialidades del ser. La persona consagrada en formación,
y todas las personas consagradas son personas siempre en formación,
buscan entregar su vida a Dios en el seguimiento
más cercano de Cristo32 . Para ello se inicia un
proceso pedagógico que tiende a buscar en todo la semejanza
con Cristo. Todo inicia con una intuición, una llamada, un
darse cuenta que la vida no tiene sentido fuera de
la persona de Cristo. “Este es el sentido de la
vocación a la vida consagrada: una iniciativa enteramente del Padre
(cf. Jn 15, 16), que exige de aquellos que ha
elegido la respuesta de una entrega total y exclusiva. La
experiencia de este amor gratuito de Dios es hasta tal
punto íntima y fuerte que la persona experimenta que debe
responder con la entrega incondicional de su vida, consagrando todo,
presente y futuro, en sus manos. Precisamente por esto, siguiendo
a santo Tomás, se puede comprender la identidad de la
persona consagrada a partir de la totalidad de su entrega,
equiparable a un auténtico holocausto.” Es el querer hacer
lo que quiere el Amado. Para ello la persona consagrada
se pone durante toda su vida en una postura de
contemplación para conocer quién es el Amado que la llama,
cuál es la voluntad y cómo puede responder a dicha
voluntad. Son las tres potencias de la persona que se
ponen en movimiento a partir de la llamada divina. Es
por tanto un proceso en el que viene involucrada toda
la persona. Esta respuesta no es únicamente la respuesta cerebral
de quien tiene que seguir una orden. Es la respuesta
de una persona que ha escuchado una llamada en su
corazón y desea responder desde su propio corazón. Llamamos corazón
a la facultad del hombre que le permite responder en
libertad y sólo por el motivo gratuito de la dicha
de responder al llamado. Llamamos por tanto corazón a la
facultad de amar. Es un proceso pedagógico pero que tiene
como fundamento el amor y que necesariamente desemboca en el
amor, porque llega a decir como san Pablo, no soy
yo quien vive en mí, es Cristo quien vive en
mí. Se establece por tanto la hermosa metamorfosis que señalaba
Benedicto XVI, de forma tal que la persona amada se
transforma en el amado. Este proceso pedagógico de la formación en
la vida consagrada abarca todo el arco de la existencia
humana, porque es a través de toda la vida que
el sujeto realiza la experiencia del espíritu del encuentro con
Cristo. “La experiencia de Dios es la experiencia fundacional
de la Vida Religiosa porque es el llamado al seguimiento
de Cristo que me hizo entregarle la vida y es
la fuente que da sentido a todos los otros aspectos
de la vida consagrada. No puede ser sustituida por nada.”
34 La formación para llevar a cabo esta experiencia
espiritual, que no es una experiencia espiritual sino la suma
de todas las experiencias espirituales que se realizan a lo
largo de la vida en el esfuerzo por buscar hacer
la voluntad de Dios, esto es, por buscar hacerse semejante
al amado, tener sus mismos sentimientos, puede prestarse a subjetividades
tales como pensar que es el sujeto el único artífice
de esta experiencia. Si bien es cierto que el sujeto
es el responsable de dicha experiencia del espíritu, no
debemos olvidar que el primer artífice de dicha experiencia es
el Espíritu, es decir, es el sujeto del proceso pedagógico
de la formación de la vida consagrada quien permite y
quien se hace accesible a la persona consagrada en el
encuentro personal con Cristo. “Es el Espíritu quien suscita el
deseo de una respuesta plena; es El quien guía el
crecimiento de tal deseo, llevando a su madurez la respuesta
positiva y sosteniendo después su fiel realización; es El quien
forma y plasma el ánimo de los llamados, configurándolos a
Cristo casto, pobre y obediente, y moviéndolos a acoger como
propia su misión. Dejándose guiar por el Espíritu en un
incesante camino de purificación, llegan a ser, día tras día,
personas cristiformes, prolongación en la historia de una especial presencia
del Señor resucitado.” 35
Tomando en consideración que el proceso
pedagógico de la formación en la vida consagrada es iniciativa
del Espíritu no podemos dejar de considerar que también es
necesaria la participación de algunos agentes externos a dicho Espíritu
y a la misma persona consagrada. Si bien es cierto
que la persona consagrada se pone en camino para buscar
en todo cumplir con la voluntad de su amado, de
modo de conformar toda su existencia con los mismos sentimientos
de Cristo, no debemos olvidar algunos factores que pueden obnubilar
o deteriorar este seguimiento.
En primer lugar el hombre es
un ser que lleva en sí mismo las huellas del
pecado original. Si bien ha sido redimido por Cristo quien
ha pagado por todos los hombres y por todos sus
pecados, la huella del pecado original queda en el alma
del hombre, haciéndole perder muchas veces de vista el bien
que quiere alcanzar: “L’uomo può così indicare e ricercare come
bene ciò che gli è gradito per la sola ragione
che questo gli è gradito, anche quando questo gli è
obiettivamente nocivo, e fuggire come male ciò che gli è
obiettivamente un bene per la sola ragione che ciò gli
causa, sul piano della sensibilità, un disappunto.” 36
En segundo
lugar observamos la necesidad que tiene todo hombre de ser
guiado en el plano espiritual. Estamos hablando de un campo
no técnico, sino un campo que tiene que ver mucho
con Dios. Hacer la experiencia del espíritu del encuentro con
Cristo implica un conocimiento de los dinamismos del alma, de
la forma en que actúa Dios que no todos conocen
y no todos dominan, máxime cuando la persona implicada es
la que tiene que juzgar sobre las formas, los pasos,
las estrategias que debe seguir para hacer esta experiencia del
espíritu. Es necesario por tanto una persona, un facilitador de
este proceso pedagógico.
Por último, el hombre está siempre sujeto al
cambio. Su desarrollo físico, espiritual, psicológico, los eventos de
la cultura en el que vive, los éxitos o fracasos
en el apostolado, el mismo dinamismo interno de la congregación
o de la comunidad conllevan una necesaria adaptación que puede
de alguna manera desenfocar el proceso pedagógico principal de la
vida del consagrado, esto es su encuentro personal con Cristo.
Por ello, para hacer frente a una serie normal de
cambios, la persona consagrada se encuentra siempre con la necesidad
de recurrir a mediadores que le ayuden a seguir el
camino iniciado del encuentro personal con Cristo. “Además, las personas
consagradas son llamadas al seguimiento de Cristo obediente dentro de
un «proyecto evangélico», o carismático, suscitado por el Espíritu y
autenticado por la Iglesia. Ésta, cuando aprueba un proyecto carismático
como es un Instituto religioso, garantiza que las inspiraciones que
lo animan y las normas que lo rigen abren un
itinerario de búsqueda de Dios y de santidad. En consecuencia,
la Regla y las demás ordenaciones de vida se convierten
también en mediación de la voluntad del Señor: mediación humana,
sí, pero autorizada; imperfecta y al mismo tiempo vinculante; punto
de partida del que arrancar cada día y punto también
que sobrepasar con impulso generoso y creativo hacia la santidad
que Dios «quiere» para cada consagrado. En este camino, la
autoridad tiene la obligación pastoral de guiar y decidir.”
37
Por ello en todo el proceso formativo la figura del
mediador será siempre de ayuda. Debemos aclarar que cuando nos
referimos a la ayuda que debe dar el mediador del
proceso pedagógico de la formación en la vida consagrada no
nos estamos refiriendo únicamente a las primeras etapas de la
formación en cuanto tal, como podría ser el aspirantado, el
postulantado, el noviciado o el juniorado. Nos referimos a toda
la vida, ya que, como hemos visto, es durante toda
la vida que se forma la persona consagrada, hasta que
adquiera los mismos sentimientos de Cristo. Por ello, cuando hablamos
de mediadores o facilitadotes del proceso pedagógico de la experiencia
del espíritu que es el encuentro personal con Cristo, no
nos estamos refiriendo únicamente a la maestra del aspirantazo, del
postulantazo, del noviciado o del juniorado. Nos estamos refiriendo también
a la superiora de comunidad que debe tener entre sus
prioridades el acompañar y sostener a las hermanas de la
comunidad en el camino hacia la adquisición de los mismos
sentimientos de Cristo, ayudándoles a hacer la experiencia del espíritu
durante todos los días. Es conveniente recordar que la superiora
de comunidad debe huir de aquella plaga de la vida
consagrada en nuestros días que es la de considerar su
misión de superiora únicamente como una administradora o como una
celadora de los horarios y de los aspectos externos de
la comunidad, Es ante todo una persona que debe sostener
a sus hermanas en el camino espiritual. “La autoridad está
llamada a acompañar en el camino de la formación permanente.
Una tarea que, hoy día, hay que considerar cada vez
más importante es la de acompañar a lo largo del
camino de la vida a las personas que les han
sido confiadas. Ello implica no sólo ofrecerles ayuda para resolver
eventuales problemas o superar posibles crisis, sino también estar atentos
al crecimiento normal de cada uno en todas y cada
una de las fases y estaciones de la existencia, de
manera que quede garantizada esa «juventud de espíritu que permanece
en el tiempo»,37 37y que hace a la persona consagrada
cada vez más conforme con los «sentimientos que tuvo Cristo»
(Flp 2, 5).” 38 Por ello, lo que expresemos
de los mediadores o facilitadotes del proceso pedagógico de la
formación, lo debemos aplicar indistintamente a las formadoras y a
las superioras de comunidad, aunque haciendo las debidas adaptaciones de
acuerdo a los distintos periodos de desarrollo de cada una
de las etapas de formación o de vida consagrada.
“Para Jeremías,
Pablo y Pedro, la experiencia de Dios fue transformadora. Después
de ella ya no eran los mismos. Ya no fueron
capaces de vivir para sí mismos y se entregaron en
cuerpo y alma al servicio de Dios y de sus
hermanos. En la Vida Religiosa tiene que darse un cairos
semejante, el momento del <>, de perder un poco la
cabeza por la fascinación y el entusiasmo que suscita la
Persona de Cristo.” 39La importancia de la experiencia de
Dios, la experiencia espiritual del encuentro con Cristo es
piedra fundamental del edificio de la vida consagrada. Sobre de
ella se debe construir toda la vida del consagrado. Sin
ella tarde o temprano caerá la construcción. Para conocer la
tarea que debe desarrollar la formadora y la superiora de
comunidad con el fin de favorecer en la formanda o
en la religiosa dicha experiencia del espíritu es necesario
recordar que la experiencia del espíritu del encuentro con Cristo
“s’intende che Dio unitrino si dà a conoceré nella persona
di Gesù di Nazaret per la potenza dell Spirito e
va accolto atrraverso l’intellectus fidei; tale esperienza è sempre dono
gratuito di Dio. Più precisamente, l’esperienza che è sostanzialmente la
percezione o presa di coscienza della vita divina presente nel
cristiano, consiste in un processo d’interiorizazzione del mistero di Dio
rivelato in Cristo nell’ambito della Chiesa, la cui condizioni normali
di crescita sono leegate obligatoriamente all’esercizio della vita teologale e
sacramentale.” De esta definición de experiencia del espíritu del
encuentro con Cristo podemos sacar algunas reflexiones y conclusiones interesantes
para la labor de las formadoras y de las superioras
de comunidad.
La labor de las formadoras y superioras de comunidad Vemos
como el encuentro con Cristo se da a partir de
una experiencia del espíritu. Dios que se hace presente, por
pura gratuidad, por pura gracia, en el alma de la
persona. Si bien es Dios el autor principal de este
encuentro, normalmente se requieren algunos medios para que Dios se
haga presente en el alma de la persona consagrada. Un
cierto ambiente de silencio en las casas de formación y
en las comunidades religiosas es elemento esencial para lograr el
diálogo con Cristo que tanto favorece la experiencia del espíritu
del encuentro con Cristo. Y esto porque estamos hablando de
un encuentro en el ámbito del espíritu. Un encuentro personal,
pero sin perder de vista el ambiente del espíritu en
donde se lleva a cabo el encuentro. Las personas y
los ambientes demasiado volcados al exterior no propician este encuentro.
No es por tanto primacía sólo de los monasterios de
clausura el guardar silencio. Debe ser más bien una condición
de todos los ambientes de vida consagrada, ya sea casas
de formación o comunidades de vida apostólica. Y tarea de
la formadora o superiora de comunidad es la de asegurar
un mínimo de silencio para que el alma haga la
experiencia del espíritu del encuentro con Cristo.
Muy unido al silencio
se encuentra la vida de oración, si las personas consagradas
quieren en verdad hacer la experiencia del espíritu del encuentro
con Cristo. “Todo esto se realiza en el diálogo de
amor de la oración. Una oración constante, prolongada, sencilla, íntima,
en el silencio y la soledad. Es una oración que
no se queda en la recitación de preces y salmos
escritos por otros, sino que expresa con espontaneidad los propios
sentimientos y anhelos y conduce a la mutua donación por
amor.” 41Podemos decir por tanto que la oración es
el ambiente propicio para hace la experiencia del espíritu del
encuentro con Cristo. La formadora y la superiora de comunidad
no pueden hacer oración en lugar de las almas a
ellas encomendadas. Tampoco las pueden forzar para hacer oración. Lo
que sí pueden hacer es formar a las jóvenes en
una sólida metodología de a oración, de acuerdo con el
propio carisma, y propiciar a todas las religiosas los ambientes
y los tiempos adecuados para la oración. No es posible
pensar en una superiora que dé más importancia a la
acción que al tiempo de oración. Si bien las circunstancias
actuales que requieren una mayor presencia de personal en las
obras podrían empujar a disminuir el tiempo y la calidad
de la oración, la superiora debe tener en cuenta que
ceder a la tentación de suprimir o acortar los
tiempos de la oración, o dejarlos a la libertad de
cada persona sin supervisar adecuadamente el cumplimiento de la misma,
es exponer a la religiosa a perder la vocación o
a vivirla en forma tibia y mediocre. La superiora de
comunidad que se desentiende de la oración de sus religiosases
una superiora que ha dado ya su dimisión como tal.
“La autoridad está llamada a garantizar a su comunidad el
tiempo y la calidad de la oración, velando sobre la
fidelidad cotidiana a la misma, consciente de que se avanza
hacia Dios con el paso, sencillo y constante, de cada
día y de cada miembro, y sabiendo que las personas
consagradas pueden ser útiles a los demás en la medida
en que están unidas a Dios. Está llamada también a
vigilar para que, empezando por sí misma, no disminuya el
contacto cotidiano con la Palabra que «tiene el poder de
edificar» (Hch 20, 32) a cada una de las personas
y comunidades y de indicar los senderos de la misión.
Recordando el mandamiento del Señor «haced esto en memoria mía»
(Lc 22, 19), procurará que el santo misterio del Cuerpo
y la Sangre de Cristo sea celebrado y venerado como
«fuente» y «cumbre» de la comunión con Dios y de
los hermanos y hermanas entre sí. Celebrando y adorando el
don de la Eucaristía en obediencia fiel al Señor, la
comunidad religiosa obtiene inspiración y fuerza para su total entrega
a Dios, para ser signo de su amor gratuito y
referencia eficaz a los bienes futuros.” 42
Si bien es
difícil para la formadora o la superiora de comunidad el
propiciar los medios adecuados para que las religiosas a ellas
encomendadas inicien o profundicen la experiencia del espíritu del encuentro
con Cristo, ellas cuentan con un medio privilegiado. Hacer
la experiencia del espíritu comporta un camino espiritual. Como ya
hemos dicho, no se trata de hacer la experiencia del
espíritu, entendida ésta como una sola experiencia desde el punto
de vista numérico. Se trata de una serie de experiencias
espirituales que se van acumulando con el paso del tiempo
y que van dando a cada alma el tono propio
de haber hecho la experiencia del espíritu. Se establece por
tanto la necesidad de contar con un camino espiritual que
facilite dicho encuentro con Cristo. Este camino es lo que
en teología espiritual se llama espiritualidad y que para cada
congregación religiosa se resume en el propio carisma. Es a
partir de cada carisma de dónde debe nacer una propia
y verdadera espiritualidad. “Se establece por tanto una espiritualidad propia,
basada en la experiencia espiritual del Fundador o Fundadora. La
espiritualidad por tanto se convertirá en el camino a seguir
para alcanzar a Dios, de acuerdo a la huella que
el mismo Dios deja en el alma y con la
concurrencia de la persona consagrada a través de unos medios
muy específicos, delineados por el fundador o por el patrimonio
espiritual de la congregación acumulado a lo largo de los
años.” 43La formadora y la superiora de comunidad que
viven el carisma podrán encontrar en él una serie de
medios para proponer a las religiosas un camino espiritual seguro
y eficaz que les permita hacer la misma experiencia del
espíritu que hizo el fundador y que le permitió encontrar
a Cristo bajo su punto de vista muy específico. Esto
es así, ya que si “el carisma mismo de los
Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu (Evang. test.
11), transmitida a los propios discípulos para ser por ellos
vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el
Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne,” 44el mismo carisma
se propone como un medio para hacer la experiencia del
espíritu. Toca a la formadora y a la superiora de
comunidad conocer y vivir el carisma de forma que lo
pueda aplicar en cada una de las religiosas, respetando su
etapa evolutiva, su periodo de formación y aplicándolo también en
cada una de las obras de la congregación y de
acuerdo con las necesidades más urgentes de la diócesis en
dónde se hayan insertas. “La autoridad está llamada a mantener
vivo el carisma de la propia familia religiosa. El ejercicio
de la autoridad comporta también el ponerse al servicio del
carisma propio del Instituto de pertenencia, custodiándolo con cuidado y
actualizándolo en la comunidad local o en la provincia o
en todo el Instituto, según los proyectos y orientaciones ofrecidos,
en particular, por los Capítulos generales (o reuniones análogas).3131 Esto
exige en la autoridad un conocimiento adecuado del carisma del
Instituto; un conocimiento que habrá asumido en la propia experiencia
personal e interpretará después en función de la vida fraterna
en común y de su inserción en el contexto eclesial
y social.” 45
EL DRAMA DE NUESTROS DÍAS: LA BRUSCA
INTERRUPCIÓN EN LA FORMACIÓN. Si hemos dicho que la formación en
la vida consagrada es un proceso pedagógico en el que
la finalidad es identificarse con los mismos sentimientos de Cristo
y que dicho proceso se lleva a cabo eminentemente a
través de la experiencia del espíritu del encuentro con Cristo,
es lógico pensar que este proceso se dará durante toda
la vida, ya que ninguna persona consagrada puede considerarse completamente
formada. “El proceso formativo, como se ha dicho, no se
reduce a la fase inicial, puesto que, por la limitación
humana, la persona consagrada no podrá jamás suponer que ha
completado la gestación de aquel hombre nuevo que experimenta dentro
de sí, ni de poseer en cada circunstancia de la
vida los mismos sentimientos de Cristo. La formación inicial, por
tanto, debe engarzarse con la formación permanente, creando en el
sujeto la disponibilidad para dejarse formar cada uno de los
días de su vida.” 46
Hemos analizado también el hecho
de que esta experiencia del espíritu que centraliza el
proceso formativo se lleva a cabo por la persona consagrada,
como primer responsable de la formación, pero que puede servirse
de algunas mediaciones personales para ayudarse a realizar esta experiencia
del espíritu en forma constante. De esta manera la formación
permanente a la que tanto se alude en nuestros días,
se realiza no sólo a través de la asistencia a
medios de formación intelectual, religiosa o cultural, sino sobretodo a
través del esfuerzo personal que la persona consagrada debe realizar
todos los días, haciendo de su vida diaria un camino
constante por hacer la experiencia del espíritu del encuentro con
Cristo a lo largo de todos los días para asemejarse
más a Cristo, en toda su persona y principalmente en
sus sentimientos.
La iniciación a la experiencia del espíritu que implica
el encuentro personal con Cristo tiene lugar en las primeras
etapas de formación. En ellas, las maestras de formación realizan
con la persona consagrada un constante camino de discernimiento para
conocer los movimientos del espíritu y así constatar que se
pongan las bases necesarias, los hábitos imprescindibles, para que la
persona en formación pueda contar en su vida futura consagrada
con un arsenal de medios a su disposición que le
permitan llevar a cabo por sí solo, este proceso de
formación permanente, es decir, la experiencia del espíritu que supone
el encuentro personal con Cristo.
Pero esta autonomía que se
busca no significa renunciar a seguir contando con algunos medios
que se tenían en la casa de formación. Si la
persona consagrada está siempre por hacerse, por construirse, nunca sabrá
a ciencia cierta el tipo de obstáculos internos o externos
a los que podrá enfrentarse. Además, el mismo desarrollo natural
de su persona, las distintas etapas psicológicas por las que
deberá atravesar en la vida, le deparan no pocos
cambios y ajustes que tendrá que hacer no sólo en
su persona, sino en su vida consagrada. Si bien es
cierto que puede contar con un bagaje interior adquirido en
las etapas iniciales de formación que le permitirá afrontar los
retos y los desafíos de su consagración a Dios, no
está por demás el que se asesore o se ayude
de los medios que la Iglesia y la propia congregación
pone a su alcance para verificar el avance en su
configuración con los sentimientos de Cristo. Además, muchos de estos
cambios requieren no sólo utilizar los medios que aprendió a
usar en las etapas de la formación inicial, sino la
adaptación de dichos medios a las nuevas circunstancias .47
Hablamos por
tanto de una verificación, de una evaluación de un asegurarse
que se esta yendo por el camino adecuado. Lejos de
nosotros pensar que se trata de una limitación a la
libertad o a la dignidad humana. Es la persona consagrada
la que libremente tiene que buscar esos medios, si su
interés es seguirse configurando cada día más con los sentimientos
de Cristo. Si bien esta evaluación debe ser algo querido
por la persona consagrada, es conveniente que la congregación ponga
a disposición de todos sus miembros algunos de estos medios
que en las primeras etapas de la formación existían y
que ahora también pueden irse dando, aunque dosificado a las
distintas etapas por las que van pasando los miembros consagrados.
Así tenemos los retiros espirituales mensuales, los ejercicios espirituales anuales,
las prácticas de piedad en comunidad, un ambiente propicio para
el desarrollo de la propia vocación, la posibilidad de
recurrir a un director espiritual al interno de la congregación,
el contar con buenos confesores.
La tarea específica de las superioras
de comunidad Estos medios pueden ser potenciados por la misma superiora
de comunidad. Durante el período del post-concilio se ha dado
una ruptura histórica en la figura de la superiora de
comunidad. Si por un lado es cierto que en los
conventos de clausura la figura de la abadesa o de
la priora estaba siempre asociada a la de madre espiritual
o directora espiritual de las almas a ella encomendada, es
cierto que en no pocas comunidades de vida activa, la
figura de la superiora se asemejaba más a una guardiana
del orden externo: “Existe una opinión generalizada de que la
evolución de estos últimos años ha contribuido a hacer madurar
la vida fraterna en las comunidades. En muchas de ellas
el clima de convivencia ha mejorado; se ha facilitado la
participación activa de todos; se ha pasado de una vida
en común, demasiado basada en la observancia, a una vida
más atenta a las necesidades de cada uno y más
esmerada a nivel humano. Se considera, en general, como uno
de los frutos más claros de la renovación, llevada a
cabo durante estos años, el esfuerzo por construir comunidades en
las que se pueda vivir de verdad, menos formalistas, menos
autoritarias, más fraternas y más participativas.” 48 Aunque no
debemos olvidar que también se haya podido caer en el
otro extremo, es decir, que por una influencia del clima
democrático que invade nuestra sociedad, la autoridad religiosa queda destinada
a un mero punto de vista: “El deseo de una
comunión más profunda entre los miembros y la reacción comprensible
hacia estructuras consideradas demasiado autoritarias y rígidas, ha llevado a
no comprender en todo su alcance la misión de la
autoridad, hasta el punto de ser considerada por algunos, incluso,
como no necesaria para la vida de la comunidad, y,
por otros, reducida al simple papel de coordinar las iniciativas
de los miembros. (…)Si el clima democrático, hoy tan difundido,
ha podido favorecer el sentido de corresponsabilidad y de participación
de todos en la toma de decisiones, incluso dentro de
la comunidad religiosa, no se puede olvidar que la fraternidad
no es sólo fruto del esfuerzo humano, sino también, y
sobre todo, don de Dios; un don que exige la
obediencia a la Palabra de Dios, y, en la vida
religiosa, también a la autoridad, que recuerda esa Palabra y
la aplica a las situaciones concretas, según el espíritu del
instituto.” 49
La función de la superiora de comunidad con
respecto al proceso pedagógico de la formación continua no debe
caer en ninguno de estos dos extremos. No se puede
ser la guardiana del cumplimiento de unas formas meramente externas
de espiritualidad, como garantes infalibles de una experiencia del espíritu.
Pero tampoco puede desentenderse de que dicha experiencia del espíritu
pueda seguirse llevando a cabo en cada una de las
religiosas de su comunidad, de acuerdo al propio proyecto carismático,
a las necesidades de la comunidad y a la etapa
evolutiva de cada religiosa. Este papel de animadora de la
experiencia del espíritu ha sido ampliamente confirmado por el magisterio
de la Iglesia durante el periodo del postconcilio.
Ya el documento
conciliar Perfectae caritatis da el tono espiritual con el que
las superioras deben llevar a cabo su función. Se trata
de cuidar las almas que Dios les ha encomendado, no
únicamente las personas. “Mas los Superiores, que habrán de dar
cuenta a Dios de las almas a ellos encomendadas, dóciles
a la voluntad divina en el desempeño de su cargo,
ejerzan su autoridad en espíritu de servicio para con sus
hermanos, de suerte que pongan de manifiesto la caridad con
que Dios los ama. Gobiernen a sus súbditos como a
hijos de Dios y con respeto a la persona humana.”
50El respeto a la persona humana no significa desentenderse
de la persona humana o dejarla en una forma de
libertad que contradiga su dignidad como persona humana. Recordemos que
la religiosa es una persona humana, pero que esa persona
ha sido ya consagrada por Dios mediante una forma de
consagración especial por los votos religiosos. Debido a esta consagración
religiosa la persona consagrada adquiere una cierta especial dignidad, que
la superiora debe cuidar, valorar y ayudar a que no
se pierda, sino que siga creciendo.
Con el pasar del tiempo
se va profundizando y comprendiendo mejor la función de la
superiora de comunidad. Será el documento Mutuae relaciones de
1978 quien consigne a la posteridad las tres funciones de
la superiora de comunidad: enseñar, santificar y gobernar. Es interesante
observar como en la función de enseñar se específica
claramente la labor eminentemente espiritual de la superiora de comunidad
en relación con las religiosas a ellas encomendadas. Toca a
la superiora de comunidad ejercer una acción de maestra del
espíritu, esto es, de llevar y guiar a las almas
por el camino del espíritu marcado por el evangelio y
el propio carisma. Esto no es sino una confirmación de
lo que debe realizar la superiora de comunidad en relación
con la labor pedagógica de sostenedora y mediadora de la
experiencia del espíritu que supone el encuentro con Cristo. Ejerciendo
su función de maestra del espíritu podrá guiar a las
almas a ella encomendada por los caminos del espíritu más
adecuados para que se materialice y concretice la experiencia del
espíritu del encuentro con Cristo. “Función de magisterio: los Superiores
religiosos tienen la misión y autoridad del maestro de espíritu
con relación al contenido evangélico del propio Instituto; dentro de
ese ámbito, pues, deben ejercitar un a verdadera dirección espiritual
de toda la Congregación y de las comunidades de la
misma; lo cual procurarán llevar a la práctica en armonía
sincera con el magisterio auténtico de la Jerarquía, conscientes de
realizar un mandato de grave responsabilidad dentro del ámbito del
área evangélica señalada por el Fundador.”
El desarrollo espiritual de
las almas a ellas confiadas es tarea de la superiora
de comunidad como indica el documento La dimensión contemplativa de
la vida religiosa, de 1980. Califica la labor de la
superiora de comunidad en el ámbito espiritual con el adjetivo
de animadora, dando a entender su función no meramente pasiva
ni impositiva. Animar es velar, estar a lado, suscitar inquietudes,
en forma tal que es la religiosa quien debe llevar
a cabo la experiencia del espíritu del encuentro con Cristo.
Pero es la superiora de comunidad la que revisa atentamente
que la llama de este amor no venga apagada o
debilitada por tantos afanes que la vida comporta. “La Superiora
desempeña en la comunidad un papel de animación simultáneamente espiritual
y pastoral en conformidad con la "gracia de unidad" propia
de cada Instituto.” 52 Y más adelante este mismo
número nos indicará la forma en que debe llevarse a
cabo esta animación espiritual: “Este servicio de animación unitaria requiere,
por lo tanto, que los superiores y superioras no se
muestren ni ajenos y desinteresados frente a las exigencias pastorales,
ni absorbidos por tareas simplemente administrativas, sino que se sientan
y sean considerados en primer lugar como guías para el
desarrollo simultáneo, tanto espiritual como apostólico, de todos y cada
uno de los miembros de la comunidad.” 53
Más adelante,
en 1994, el documento Vida fraterna en comunidad irá profundizando
la calidad con la que debe ejercerse la autoridad. Reflejo
de los signos de los tiempos, la autoridad no debe
verse con autoritarismo, sino en un plano de servicio. Se
comenzará a hablar de autoridad como un servicio y no
ya como un poder. Este servicio de la autoridad debe
sin embargo ejercerse sobretodo desde el punto de vista espiritual,
ya que la autoridad debe asegurar que se den las
condiciones para que las almas sigan respondiendo a la llamada
de Dios, a cumplir su voluntad. En el cumplimiento de
la voluntad de Dios está encerrada también la experiencia del
espíritu del encuentro con Cristo, pues quien a lo largo
de su vida quiere irse asemejando con Cristo no hace
otra cosa que querer cumplir con la voluntad de Dios.
Por ello, la autoridad de la superiora de comunidad tiene
que ver con el cumplimiento de la voluntad de Dios,
pues no sólo se asegura del cumplimiento de unas normas
que encierran la voluntad de Dios para las hermanas y
para la comunidad, sino que la superiora de comunidad asegura
los medios para que las hermanas puedan seguir respondiendo con
entusiasmo a la voluntad de Dios. “Si las personas consagradas
se han dedicado al servicio total de Dios, la autoridad
favorece y sostiene esta consagración. En cierto sentido se la
puede considerar como «sierva de los siervos de Dios». La
autoridad tiene la misión primordial de construir, junto con sus
hermanos y hermanas, «comunidades fraternas en las que se busque
a Dios y se le ame sobre todas las cosas».”
54
Llegamos por fin al último documento del magisterio de la
Iglesia para la vida consagrada, El servicio de la autoridad
y la obediencia.Dentro de las prioridades del servicio de la
autoridad marca como primera aquella de ser ante todo una
autoridad espiritual, abocándose a procurar el desarrollo de la vida
espiritual de todos los miembros de la comunidad. Vida espiritual
no es otra cosa que la vida del espíritu de
Cristo. Cada persona consagrada, ya lo hemos visto, busca configurar
su vida con la vida de Cristo, haciendo propios los
mismos sentimientos de Cristo. Por tanto la autoridad buscará en
primer lugar escuchar el espíritu en cada una de las
almas encomendadas, con el fin de favorecer el encuentro de
cada alma con Cristo. “Una autoridad es «espiritual» cuando se
pone al servicio de lo que el Espíritu quiere realizar
a través de los dones que distribuye a cada miembro
de la fraternidad en el marco del proyecto carismático del
Instituto.” 55
Por todas estas citas, nos damos cuenta como
el Magisterio de la Iglesia ha venido impulsando la labor
de las superioras de comunidad hacia la vertiente eminentemente espiritual.
Sin embargo esta función no se ha llevado adecuadamente. Son
muchas las razones por las que las superioras de comunidad
se han reducido a ejercer una función meramente administrativa. Podría
hablarse en primer lugar de una falta de formación que
ha originado no pocos problemas cuando se habla de falta
de respeto a la intimidad y al secreto profesional, no
sabiendo guiar espiritualmente a las lamas. Puede hablarse también de
un espíritu de las superioras enfocado meramente a la operatividad
de las responsabilidades que se le han encomendado, pasando las
personas a un segundo plano, tomando la prioridad las obras
y no las personas. Podría hablarse también de una falta
de tiempo que no deja espacio a la superiora para
dedicarse a la parte espiritual.
Las razones pueden ser muchas y
más variadas, pero la consecuencia, desgraciadamente, es una sola y
la podemos palpar. Es la inmensa soledad espiritual en la
que viven muchas mujeres consagradas que después de su periodo
de formación inicial quedan a la deriva, sin más guía
que su buena o mala fortuna. Almas consagradas llamadas a
la santidad y que muchas veces se debaten en la
tibieza espiritual no por falta de ganas o de dones
personales, sino por falta de guías seguros. La ruptura dramática
entre los procesos iniciales de la formación y su continuidad
requieren de las superioras una formación tal que les permitan
seguir animando en todas las religiosas a ellas encomendadas la
experiencia del espíritu del encuentro con Cristo.
QUÉ TIPO DE FORMACIÓN
NECESITARÁN LAS FORMADORAS Y LAS SUPERIORAS DE COMUNIDAD BAJO EL
CONCEPTO DE FORMACIÓN COMO EXPERIENCIA DEL ESPÍRITU? Hemos iniciado este pequeño
discurso constatando la importancia del proceso formativo que a raíz
del Concilio Vaticano II varias congregaciones e institutos religiosos se
han venido empeñando en proporcionar a sus miembros. Los
institutos religiosos femeninos han comprendido la necesidad de dar una
formación académica a las religiosas. La ratio formationis recoge este
anhelo y no sin las normales dificultades se ve a
las religiosas que comienzan su camino en la vida consagrada,
con un buen acompañamiento espiritual, una adecuada vida fraterna en
comunidad, una formación intelectual académica científica a la altura de
las necesidades de nuestros tiempos y en no pocas ocasiones
se les ve incluso participar en empresas apostólicas adaptadas a
su situación.
Sin embargo el proceso formativo de la vida consagrada
que hemos definido como la experiencia del espíritu que es
el encuentro con Cristo, queda bruscamente interrumpido después de las
etapas iniciales de la formación, o en el mejor de
los casos, queda sólo a la discreción de cada religiosa,
con los peligros que ello puede acarrear como es la
tibieza espiritual, la desviación del proyecto carismático o la pérdida
incluso de la vocación. Además de dejar bien cimentadas las
bases de esta experiencia del espíritu que es el encuentro
con Cristo en las primeras etapas, cada congregación o instituto
de vida consagrada debe buscar los medios adecuados para que
dicha experiencia del espíritu no quede truncada o incompleta, sino
que pueda continuar a lo largo del tiempo, en forma
tal que la religiosa vaya cada día incorporando a su
vida los mismos sentimientos de Cristo.
Si bien es cierto
que “Dios Padre, en el don continuo de Cristo y
del Espíritu, es el formador por excelencia de quien se
consagra a El” 56no debemos olvidar que en esta
labor formativa Dios se ha valido de mediaciones humanas. “Pero
en esta obra El se sirve de la mediación humana,
poniendo al lado de los que El llama algunos hermanos
y hermanas mayores.” Si el proceso pedagógico de la
formación en la vida consagrada es el llevar a cabo
la experiencia del espíritu del encuentro con Cristo, las mediaciones
humanas serán necesarias para lograr que el proceso pedagógico de
la formación en la vida consagrada se lleve a cabo.
Hemos ya enunciado que esta ayuda consiste básicamente en ayudar
a las religiosas a mantener vivo su amor por Cristo
para ayudarles a que continúen a hacer la experiencia del
espíritu del encuentro con Cristo.
Cabe entonces preguntarse qué tipo de
formación deben recibir lasa formadoras y las superioras de comunidad
de manera que estén siempre dispuestas a ayudar a que
este proceso pedagógico se lleve a cabo, a buscar los
mejores medios, las mejores herramientas para que la mujer consagrada
no interrumpa sino que incremente la experiencia del espíritu que
comporta el encuentro con Cristo.
Es verdaderamente asombrosa la forma en
que coincide el Magisterio de la Iglesia. Ya Juan Pablo
II enunciaba las características principales que deben tener los formadores
y uno de los últimos documentos del Magisterio de la
Iglesia, las Orientaciones para el uso de las competencias de
la psicología en la admisión y en la formación de
los candidatos al sacerdocio vuelve a confirmar. Decía Juan Pablo
II en referencia a los formadores: “Los formadores y las
formadoras deben ser, por tanto, personas expertas en los caminos
que llevan a Dios, para poder ser así capaces de
acompañar a otros en este recorrido. Atentos a la acción
de la gracia, deben indicar aquellos obstáculos que a veces
no resultan con tanta evidencia, pero, sobre todo, mostrarán la
belleza del seguimiento del Señor y el valor del carisma
en que éste se concretiza. A las luces de la
sabiduría espiritual añadirán también aquellas que provienen de los instrumentos
humanos que pueden servir de ayuda, tanto en el discernimiento
vocacional, como en la formación del hombre nuevo auténticamente libre.”
58 Lo cual coincide con el último documento de
la Congregación de la Educación católica: “Todo formador debería ser
un buen conocedor de la persona humana, de sus ritmos
de crecimiento, de sus potencialidades y debilidades y de su
modo de vivir la relación con Dios.” 59
Ambos documentos
recalcan la importancia de la formación espiritual, sea en lo
que se refiere al camino que se debe seguir, sea
en la meta que se debe alcanzar. Las relaciones con
Dios, el objeto que se persigue, es el punto clave
para la labor que deben llevar a cabo las formadoras.
Por lo tanto ellas mismas deben ser las primeras en
conocer los procesos y las dinámicas de la relación con
Dios. Y esto en una forma sapiencial, vivencial,
es decir, en primera persona. No se trata de
que la formadora sea una doctora en teología espiritual para
poder guiar a la persona en la experiencia del espíritu
del encuentro con Cristo. Es necesario que la religiosa misma
sea una persona espiritual, una persona que siga al espíritu,
para que pueda enseñar a otras a seguir al espíritu.
Y esto se aplica también a la superiora de comunidad.
En medio de los quehaceres y los afanes de la
vida ordinaria, ella debe dar la primacía a su vida
espiritual. Esta es la recomendación de otro de los últimos
documentos del Magisterio de la Iglesia, dirigido a quien está
constituido en autoridad. Nos referimos a “El servicio de la
autoridad y la obediencia” que en las recomendaciones a la
superiora de comunidad dice: “Para poder promover la vida espiritual,
la autoridad deberá cultivarla primero en sí misma a través
de una familiaridad orante y cotidiana con la Palabra de
Dios, con la Regla y las demás normas de vida,
en actitud de disponibilidad para escuchar tanto a los otros
como los signos de los tiempos.” 60 Ser por
tanto una persona espiritual debe ser una prioridad para las
formadoras y para las superioras de comunidad. Para ello, cuentan
con un tesoro que es el propio carisma.
Si el carisma,
como ya hemos mencionado es “se revela como una experiencia
del Espíritu (Evang. test. 11), transmitida a los propios discípulos
para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente
en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne,”
61 la formadora y la superiora de comunidad deberá
vivir en primera persona este carisma, es decir esta experiencia
del espíritu que la ha dejado su fundador y que
consiste básicamente en conocer, vivir, asimilar y transmitir la vida
de Cristo, tal y cómo la vivió el Fundador. Sabemos
que el misterio de Cristo es inagotable, que se puede
vivir de muchas maneras. Prueba de ella lo dan los
santos y los fundadores que han alcanzado Cristo a través
de formas insólitas. La novedad con la que los Fundadores
han vivido la vida de Cristo les ha permitido contemplar
un aspecto de Cristo que se presenta en una forma
novedosa. Podemos decir que hasta ese momento no se había
contemplado Cristo de esa manera. En el vivir el misterio
de Cristo con esa novedad, y también con la misma
fuerza con la que la vivieron los Fundadores, es la
mejor capacitación que una formadora o una superiora de comunidad
puede recibir para ayudar a otras de sus compañeras de
carisma a hacer la misma experiencia del espíritu que comporta
el carisma. Es una experiencia que debe realizarla todos
los días en forma tal que de este encuentro con
Cristo salga siempre la formadora y la superiora dispuesta a
ayudar a otras a hacer la experiencia de Cristo. Por
ello la superiora de comunidad es la primera en obedecer
la voluntad de Dios que la llama a hacer todos
los días este encuentro con Cristo. “La persona llamada a
ejercer la autoridad debe saber que sólo podrá hacerlo si
ella emprende aquella peregrinación que lleva a buscar con intensidad
y rectitud la voluntad de Dios. Vale para ella el
consejo que san Ignacio de Antioquía daba a un obispo:
«Nada se haga sin tu conocimiento, ni tú tampoco hagas
nada sin contar con Dios».2525 La autoridad debe obrar de
forma que los hermanos o hermanas se den cuenta de
que ella, cuando manda, lo hace sólo por obedecer a
Dios.” 62
Y como esta experiencia del espíritu del encuentro
con Cristo se realiza principalmente en la oración, la formadora
y la superiora deberán ser mujeres de oración. No se
trata solamente de vivir la oración durante los tiempos que
establece la regla o el horario. Ser mujer de oración
es ser una mujer que entabla un diálogo ininterrumpido con
Dios, en forma tal que constantemente hace la experiencia del
espíritu del encuentro con Cristo. Si la oración es el
hablar con Dios, de corazón a corazón, la mujer de
oración será la que constantemente tenga elevado su corazón a
Dios, en forma tal que aprenda a ver, juzgar y
actuar más de acuerdo con los criterios de Dios que
con los criterios humanos. De esta forma podrá tener la
misma visión que Dios tiene sobre los acontecimientos y sobre
las personas, ayudando con más eficacia en la labor
de transformar las almas que Dios les ha encomendado, en
almas cristiformes, almas que vivan los mismos sentimientos de Cristo.
Por último las Orientaciones para el uso de las competencias
de la psicología en la admisión y en la formación
de los candidatos al sacerdocio nos indica la necesidad que
la formadora, y por ende, la superiora de comunidad, sea
una persona “conocedor(a) de la persona humana, de sus ritmos
de crecimiento, de sus potencialidades y debilidades.” 63 Conviene
preguntarnos cuál debe ser la formación que la formadora y
la superiora de comunidad deberán tener para conocer a la
persona humana bajo los puntos de vista enunciados por el
documento de la Congregación de la educación católica. Dicho documento
menciona los ritmos de crecimiento, sus potencialidades y sus debilidades.
Se trata por tanto de un conocimiento integral de la
persona humana, ya que debe abarcar toda la persona humana,
sin excluir ni sus potencialidades, ni sus debilidades. NO es
fácil establecer para la formadora y la superiora una guía
segura sobre la forma en qué debe conocer a la
persona humana en su globalidad. Hoy día son muchas las
ciencias que tratan de abarcar la complejidad de lo que
es el hombre. Sin despreciar a ninguna de ellas, porque
han hecho aportes interesantes para comprender mejor el misterio del
hombre, la formadora y superiora deben saber verlos y juzgarlos
desde el punto de vista con que cada ciencia mira
al hombre. La medicina lo hace desde el punto de
vista físico, la psicología desde el punto de vista de
la conducta del hombre y así cada una de las
ciencias tratan de dar una explicación del misterio del hombre
a partir de su objeto de estudio.
Será entonces necesario introducir
a la formadora y a la superiora en un conocimiento
integral del hombre, para evitar reduccionismos que pongan en juego
la misma vocación del hombre a la santidad. Una visión
global de lo que es el hombre nos lo da
la Revelación, el plan de Dios para el hombre. Oigamos
lo que dice S. Pablo al respecto: “Por eso doblo
mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda
familia en el cielo y en la tierra, para que
os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis
fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre
interior, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones,
para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender
con todos los santos cuál es la anchura y la
longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor
de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os
vayáis llenando hasta la Plenitud de Dios.” (Ef,. 3, 14
– 19).
Se establece por tanto una concepción tripartita en el
hombre: el cuerpo, en su aspecto biológico (bios), su espíritu,
con sus facultades y potencias (psiche) y el alma (nous),
el lugar en dónde habita Dios. Los nombres que reciben
los distintos estratos de esta concepción tripartita son muy variados,
de acuerdo a las culturas, y en el caso de
la cristiandad, de acuerdo a los autores místicos y a
los santos. Hay santos que utilizan una terminología mística que
puede escapar a todo concepto humano, pero que refleja sin
lugar a dudas el hecho de que existe un lugar
en el hombre en dónde su alma habita con Dios.
En
base a esta concepción tripartita, se establecen las diferentes ciencias
que tratan de cada uno de estos aspectos del hombre
y que la superiora o formadora deberán conocer y tener
en cuenta en el momento de formar y dirigir a
una persona. No debe olvidar sin embargo que la persona
humana es una unidad y como tal lo que sucede
en una parte de su ser tiene repercusiones en las
otras, como vasos comunicantes. Así, puede observarse en un ejemplo
típico, que las personas que pasan por una fuerte crisis
de depresión quedan afectadas no sólo en su ánimo (psiche
– nous), sino también en su parte biológica (bios), a
través de los desórdenes en el comer, en el sueño,
en sus actividades motoras. Por ello conviene que conozca en
forma somera cuál es el estado normal del alma y
sus enfermedades más importantes, así como el estado normal del
espíritu y sus enfermedades más importantes.
Como puntos de referencia
para conocer el estado del espíritu y sus enfermedades más
importantes un libro bastante aceptable, completo y de fácil lectura
es Terapia delle malattie spirituali, un’introducione alla tradizione ascetica della
Chiesa ortodossa, de Jean-Claude Larchet, Edizioni San Paolo, Milano
2003. Otro libro clásico en este aspecto es de
Teología de la perfección de Royo Marín. Libro un tanto
difícil de leer, pero cuya lectura vale la pena para
conocer los distintos estados del alma y sus enfermedades. Existen
por último los libros de los santos, que tanto ayudan
a ilustrar en la práctica lo que los manuales y
libros de teología espiritual tratan de desentrañar.
En lo que se
refiere al estado del espíritu, puede servir el tener contacto
con buenos manuales de Psicología, sobre todo aquellas escuelas que
estén siempre abiertas al trascendente y a la concepción cristiana
de la persona humana. Aquellas que aceptan por tanto la
influencia de la gracia en la persona, a través del
alma y que dan al hombre la posibilidad de superar
sus deficiencias o sus influencias del pasado mediante la libertad
y la fuerza de voluntad. Hablaremos un poco más al
respecto en el siguiente inciso de nuestro artículo.
Hemos dicho que
la superiora o formadora deberá estar muy al pendiente de
aquellas concepciones reduccionistas del hombre. En nuestro tiempo la de
mayor importancia es la del materialismo que reduce al hombre
bajo distintas dimensiones a su cuerpo. Como el cuerpo humano
participa en todas las expresiones de su ser (espíritu y
alma), muchos reducen a la dimensión corporal la dimensión del
espíritu y la dimensión del alma a meras manifestaciones psicosomáticas.
Las principales manifestaciones de este materialismo que han acosado el
siglo pasado y el actual son el materialismo marxista, el
materialismo humanista, el materialismo del bienestar económico y el materialismo
psicoanalítico. Brevemente podemos decir lo siguiente de cada uno de
ellos .64
El materialismo marxista se basa en la convicción de
que la materia es la matriz última de toda realidad,
y en particular de cualquier expresión humana. El hombre es
una expresión más elevada de la materia evolutiva. Significa que
el hombre puede comprenderse con la ayuda de categorías materiales.
El
materialismo humanista, muy extendido en Europa, dice que los valores
y los bienes materiales deben servir para la realización de
los ideales de justicia, libertad, fraternidad, humanización del hombre por
parte del hombre mismo. El sentido del hombre se encuentra
dentro del hombre y sólo en el horizonte humano. El
mismo hombre es capaz de crear estos valores humanos partiendo
de una base material. La solución a los problemas como
el dolor, la angustia, el sufrimiento, deben ser resueltos, según
ellos, sólo mediante iniciativas humanas. Este tipo de materialismo se
ha extendido quizás en las comunidades religiosas femeninas cuando se
piensa que todos los problemas de la vida fraterna en
comunidad, por ejemplo, se resuelven con la sociología, con la
aplicación de las teorías de liderazgo, dejando a un lado
la acción de la gracia en la vida de la
comunidad y en la vida personal de cada religiosa. Otra
variación de este mismo problema es cuando se piensa resolver
todos los problemas de las religiosas a través de la
Psicología o cuando se pide a las novicias o postulantes
que hagan un psicoanálisis, como requisito a la admisión o
a la profesión perpetua.
El materialismo del bienestar económico da una
importancia excesiva a los valores del cuerpo como única posibilidad
para acceder a la felicidad, generando una cultura de consumismo.
Quizás este materialismo puede infiltrarse en la vida consagrada cuando
se exigen medios materiales desproporcionados a la misión o siguiendo
únicamente la moda del mundo.
El materialismo psicoanalítico piensa que
la vida psíquica (psiche) es sólo un reflejo de procesos
corpóreos o materiales. La libido sexual es la que gobierna
a todo el ser humano, en forma tal que esta
escuela de psicología reduce el hombre al instinto. Según ellos,
el espíritu, con sus facultades de conocimiento, libertad y afectos
está dominada por las energía líbicas que dirigen y orientan
todas las decisiones de la persona.
La gracia y la libertad. Muchos
de estos materialismos influyen en la concepción del hombre, reduciendo
todo sus ser a expresiones de la materia. Conviene estar
atento y analizar con cautela cada una de estas nuevas
teorías que de vez en cuando aparecen y que prometen
la solución de los problemas personales y los problemas comunitarios.
No existen recetas para saber si dichas teorías reducen al
hombre a una manifestación de la materia. Sin embargo, para
descubrirlas, hay que pasarlas por la cerniera de la libertad
y de la gracia.
El hombre, mediante su cuerpo (bios), sus
capacidades espirituales (psiche) y su alma (nous) tiene una doble
capacidad para caminar por la vida y enfrentar toda vicisitud
que se le presente. Esta doble capacidad es la gracia
y la libertad. Por la gracia se hace partícipe de
la misma vida de Dios que reside en su alma
(nous) y lo hace capaz de vivir en plenitud, en
amistad y en armonía con Dios, como recordaba el apóstol
San Pablo, en la cita que hemos arriba señalado: “…para
que os vayáis llenando hasta la Plenitud de Dios.” (Ef,.
3, 19). No es por tanto una quimera o un
sueño el saber que Dios actúa en cada persona, en
la medida que cada persona quiera dejar actuar a la
gracia. Entramos por tanto en la otra capacidad del hombre,
su libertad. Como hemos visto, por su libertad el hombre
tiene la capacidad de elegir el bien y rechazar el
mal, siempre y cuando tenga bien formada la recta conciencia,
en forma tal que buscará agradar a Dios en cada
una de las decisiones que tome. Por el misterio de
la Encarnación sabemos que la humanidad de Cristo se ha
unido misteriosamente a la divinidad, en la persona del Verbo.
Todo su ser actuaba para dar gloria a Dios, esto
es para agradarlo. La persona consagrada puede aprender del misterio
de la Encarnación el actuar eligiendo (libertad) el agradar a
Dios. Su actuar se convierte por tanto en un instrumento
para divinizarlo.
La superiora y la formadora que quiera conocer verdaderamente
a las personas que la Providencia le ha encomendado pueden
ayudarse de las ciencias humanas como la Psicología, la Sociología,
siempre y cuando éstas estén abiertas al trascendente. Pero deberá
tomar cuenta que es una visión parcial de la persona
humana. Éstas, y otras ciencias dan una visión del hombre
bajo un punto de vista. El hombre no es sólo
liderazgo ni conducta humana. El hombre es también y sobre
todo lugar en dónde Dios habita, mediante la gracia, en
la medida que el hombre se deje modelar de ella,
es decir, en la medida en la que el hombre
con su libertad elija seguir siempre la vida que le
indica Dios. De esta manera la superiora y la formadora
podrán ayudar a conocer mejor a sus compañeras y a
vivir con mayor plenitud la vida consagrada, es decir a
vivir la experiencia del espíritu del encuentro con Cristo. El
hombre, como misterio que es, como espíritu encarnado puede y
debe llegar a su plenitud, que es transformarse en Cristo
para vivir la vida de Dios que le ha sido
regalada en el bautismo. Las religiosas, por la especial consagración
que hacen de su persona a Dios poseen medios especialísimos
para que esta vida pueda fluir con mayor abundancia. Bienvenidas
todas aquellas ciencias que con su carácter científico co-ayudan al
conocimiento de la persona consagrada de modo que ésta sea
verdadero templo del Espíritu santo y pueda llegar a tener
los mismos sentimientos de Cristo.
¿CONOCIMIENTO HUMANO O EXPERIENCIA HUMANA? Son muchos
los esfuerzos que están haciendo las congregaciones y los institutos
de vida consagrada por preparar a sus formadoras y a
sus superioras de comunidad. La preparación inicial en las ciencias
sociales, psicológicas y las ciencias sagradas les prepara para su
futura misión de formadoras y superioras. Los cursos de actualización
en los que participan también ayudan a llevar a cabo
el ayudar a las religiosas en su constante transformación en
Cristo, a la manera que el Fundador lo ha querido
y con el carisma que Dios ha regalado a la
congregación. Sin embargo de poco o nada sirven todas las
ciencias humanas y sagradas, todos los cursos de perfeccionamiento si
la formadora o la superiora no hace la experiencia de
cada hermana, es decir, si no conoce a cada hermana
y no le está cercana a ella.
La superiora de comunidad
o la formadora no son líderes o psicólogos, aunque necesitan
saber algo de liderazgo y de psicología. Hemos dicho que
son ante todo mujeres del espíritu que hacen la experiencia
del espíritu del encuentro con Cristo para ayudar a otras
a personalizar esta experiencia del espíritu que es el encuentro
con Cristo. Para ello es necesario no sólo que conozcan
y experimenten a Cristo, sino que conozcan y experimenten al
ser humano que hará la experiencia del espíritu del encuentro
con Cristo. Por ello deberán ser expertas no sólo en
aquellas ciencias humanas y sagradas que más puedan ayudarles a
conocer a la persona humana, sino que deberán ser expertas
en humanidad, es decir, expertas en el arte de estar
cercanas a sus hermanas. De nada sirven los cursos de
formación o de actualización si la formadora o la superiora
es un ser centrado en sí misma. De nada sirve
a la superiora conocer las etapas de la psicología evolutiva
si no conocer las necesidades y los anhelos de la
hermana anciana que vive los achaques de la vejez y
en una completa soledad.
La formadora y la superiora de comunidad
deben ser cercanas a las hermanas. La situación actual de
la vida consagrada, especialmente en Europa, no permite muchas veces
el tiempo suficiente para convivir, para estar, para ser. Guiadas
por un incesante activismo con el fin de mantener en
pie obras que muchas veces no responden ni a los
signos de los tiempos ni al carisma originario del fundador,
las superioras de comunidad han perdido la sensibilidad por captar
las necesidades más profundas de las religiosas a ellas encomendadas.
Cegadas tan sólo por el aspecto material y meramente administrativo
de la casa, de la comunidad, se han olvidado que
más importante que los bienes inmuebles, son las personas consagradas,
bienes preciosos. Un poco de cercanía, un poco de estar
al lado, un poco de ser superiora ayuda tanto o
más que mucha ciencia.
Otro aspecto que la formadora y la
superiora de comunidad necesitan para conocer a la persona humana
y ayudarla a hacer la experiencia del espíritu del encuentro
con Cristo es saber mostrar en cada instante la belleza
de la vida consagrada. En muchas ocasiones se pierde de
vista el ideal al que las mujeres consagradas han sido
llamadas, especialmente en la sociedad secularizada y relativista en la
que nos ha tocado vivir. Y como las paredes de
los conventos ya no son impermeables a lo que sucede
en el mundo y experimentan su influencia, la formadora y
la superiora de comunidad debe estar siempre recordando la belleza
del ideal de la vida consagrada. Es ley psicológica que
somos atraídos siempre por aquello que más se nos repite.
La motivación es una tarea que va a la par
con el conocimiento de las debilidades del hombre. “Lo que
a los ojos de los hombres puede parecer un despilfarro,
para la persona seducida en el secreto de su corazón
por la belleza y la bondad del Señor es una
respuesta obvia de amor, exultante de gratitud por haber sido
admitida de manera totalmente particular al conocimiento del Hijo y
a la participación en su misión divina en el mundo.«
Si un hijo de Dios conociera y gustara el amor
divino, Dios increado, Dios encarnado, Dios que padece la pasión,
que es el sumo bien, le daría todo; no sólo
dejaría las otras criaturas, sino a sí mismo, y con
todo su ser amaría este Dios de amor hasta transformarse
totalmente en el Dios-hombre, que es el sumamente Amado ».”
65
Un último aspecto que podrá ayudar tanto a la formadora
y a la superiora de comunidad en el conocimiento de
sus hermanas, será el compartir tiempo en la comunidad y
con las hermanas. A una persona no se le conoce
por los libros, se le conoce por la vida. La
formadora y superiora de comunidad que en verdad quiera conocer
a sus religiosas para ayudarles a hacer la experiencia del
espíritu debe compartir tiempos, experiencia, la vida entera. No basta
con estar juntas, es necesario ser juntas. Una persona se
conoce más en su medio ambiente que a través de
un coloquio frío y distante. Conviene por tanto aprender a
convivir para aprender a conocer. La formadora y la superiora
de comunidad harán tesoro de aquellos momentos pasados en común,
de forma tal que dichos momentos le permitirán conocer mejor
a sus mismas religiosas. Y si no basta una vida
para conocer a una persona, tanto más la superiora y
la formadora deberán aprovechar cada circunstancia para conocer mejor
a las hermanas que la Providencia les ha encomendado.
NOTAS
1
Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965,
n. 2d. 2 Ibidem., n.2. 3
“Se invita pues a los Institutos a reproducir
con valor la audacia, la creatividad y la santidad de
sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de
los tiempos que surgen en el mundo de hoy.” Juan
Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 38
4 Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas
est, 25.12.2005, n. 22 5 Sagrada
Congregación para los religiosos e institutos seculares, Religiosos y promoción
humana, 14.5.1978, n. 14. 6 Y dicha
situación puede aplicarse a los hombres de todas las latitudes.
Vemos la gran similitud que existe entre la Exhortación apostólica
post-sinodal Ecclesia in Europa y el documento de Aparecida cuando
detectan como uno de los males de nuestro tiempo la
pérdida del sentido de la existencia. Si bien se dan
en forma distinta y con diversa magnitud, no deja de
asombrarnos que estos dos continentes adolecen del mismo problema. 7
Amedeo Cencini, La formación permanente, Ediciones San
Pablo, Madrid 2002, p. 40 – 41. 8
Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consacrata, 25.3.1996,
n. 65. 9 Código de Derecho Canónico,
c. 652§ 2. 10 Código
de Derecho Canónico, c.661. 11 Código de
Derecho canónico. 573 § 1. 12
Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata,
25.3.1996, n.104. 13 Pablo VI, Exhortación apostólica
Evangelica Testificatio, 29.6.1971, n. 55. 14 Ibídem.
15 Ibídem. 16 “La
persona integrata cerca di enucleare, partendo di un centro vivo,
da una intuizione di base, da un valore –in ultima
analisi- nel quale riconosce il suo io e quel che
è chiamato a essere, tutte le altre forze della passionalità
umana.” Amedeo Cencini, Vita consacrata, Itinerario formativo lungo la via
di Emaus, Edizioni San Paolo, Milano 1994, p.52. 17
Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita
consacrata, 25.3.1996, n. 66. 18 Federico Ruiz,
Le vie dello spirito, Sintesi di teologia spirtuale, Edizioni Dehoniane
Bologna, Bologna 2004, p. 103. 19
Congregación para los Institutos de vida consagrada y sociedades de
vida apostólica, Orientaciones sobre la formación en los Institutos
religiosos, 2.2.1990, n. 68. 20 Congregación
para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de
vida apostólica, La formación en los Institutos religiosos, 2.2.1990, n.19
21 Federico Ruiz, Le vie dello spirito,
Sintesi di teologia spirtuale, Edizioni Dehoniane Bologna, Bologna 2004,
p. 102. 22 Giovanni Moioli, L’esperienza spirituale,
Lezioni introduttive, Edizioni Glossa, Milano 1994, pp. 71 –
78. 23 Congregación para los Institutos de
vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, La formación
en los Institutos religiosos, 2.2.1990, n.19 24
Ibídem., n. 67 25 Marcial Maciel,
La formación integral del sacerdote, Biblioteca de autores cristianos (BAC),
Madrid 1994, p. 45. 26 Congregación
para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de
vida apostólica, La formación en los Institutos religiosos, 2.2.1990, n.18
27 Congregación para los Institutos de vida
consagrada y las sociedades de vida apostólica, El servicio de
la autoridad y la obediencia, 11.5.2008, n.1. 28
Marcial Maciel, La formación integral del sacerdote, Biblioteca de
autores cristianos (BAC), Madrid 1994, p. 46. 29
“San Gregorio Nisseno definiste la crescita spirituale come
una transizione <>. Sul piano della spirituale
coloro che non accettano la fatica della crescita e del
ricominciare (la <> di Voillaume), si bloccano e si
condannano alla tristezza e alla mediocrità (cf. Ap 2, 4
– 5; 3, 15 – 16). Essi si precludono la
possibilità di giungere allo <> (ef 4,13).” Gabriele
Ferrari, Religiosi e formazione permanente, La crescita umana e spirituale
nell’età adulta, Edizioni Dehoniane Bologna, Bologna 1998, p. 14.
30 Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal
Vita consacrata, 25.3.1996, n. 66 31 Benedicto
XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25.12.2005, n. 17. 32
“La vida consagrada por la profesión de
los consejos evangélicos es una forma estable de vivir en
la cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo
bajo la acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente a
Dios como a su amor supremo, para que entregados por
un nuevo y peculiar título a su gloria, a la
edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo,
consigan la perfección de la caridad en el servicio del
Reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la
Iglesia, preanuncien la gloria celestial.” Código de Derecho canónico, c.
573 § 1. 33 Juan Pablo II,
Exhortación apostólica postsinodal Vita consacrata, 25.3.1996, n. 17. 34
Carlos Palmés, s.j., Las cinco llagas de la
formación y su curación, Editorial Claret, Barcelona 2001, p.
21. 35 Juan Pablo II, Exhortación apostólica
postsinodal Vita consacrata, 25.3.1996, n. 19. 36
Jean Claude Larchet, Terapia delle malattie spirituali, Un’introduzione alla tradizione
ascetrica della Chiesa ortodoxa, Edizioni San Paolo, Milano 2003,
p. 75. 37 Congregación para los Institutos
de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, El
servicio de la autoridad y la obediencia, 11.5.2008, n. 9.
38 Ibídem., n. 13g 39
Carlos Palmés, s.j., Las cinco llagas de la formación
y su curación, Editorial Claret, Barcelona 2001, p. 21.
40 Luigi Borriello, Esperienza mistica in La
mistica parola per parola, a cura di Luigio Borriello, Maria
R. Del Genio e Tomás Spidlík, Ancora Editrice, Milano
2007, p. 149 – 150. 41 Carlos
Palmés, s.j., Las cinco llagas de la formación y su
curación, Editorial Claret, Barcelona 2001, p. 30.
42
Congregación para los Institutos de vida consagrada y
las sociedades de vida apostólica, El servicio de la autoridad
y la obediencia, 11.5.2008, n. 13b. 43
German Sánchez Griese, Spiritualità e carisma, La traccia vivente dei
fondatori, Edizioni Cantagalli, Siena 2008, p. 45. 44
Sagrada Congregación para los religiosos e institutos seculares,
Mutuae relationes, 14.5.1978, n.11. 45 Congregación para
los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida
apostólica, El servicio de la autoridad y la obediencia, 11.5.2008,
n. 13e. 46 Juan Pablo II, Exhortación
apostólica postsinodal Vita consacrata, 25.3.1996, n. 69. 46
“La formación continuada está motivada primero por la iniciativa
de Dios que llama a cada uno de los suyos
en todos los momentos y en circunstancias nuevas. El carisma
de la vida religiosa en un instituto determinado es una
gracia viva que pide ser recibida y vivida en condiciones
de existencia a menudo inéditas. « El carisma mismo de
los fundadores (ET 11) se revela como una experiencia del
espíritu transmitida a sus discípulos, para ser por ellos vivida,
custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo
de Cristo en crecimiento perenne (...). El carácter carismático propio
de todo instituto requiere, tanto por parte del fundador cuanto
por parte de los discípulos, el verificar continuamente la propia
fidelidad al Señor, la docilidad a su Espíritu, la atención
inteligente a las circunstancias y a los signos de los
tiempos, la voluntad de inserción en la Iglesia, la predisposición
a la subordinación a la jerarquía , la audacia en
las iniciativas, la constancia en la entrega, la humildad en
sobrellevar los contratiempos (...). Nuestro tiempo exige de los religiosos
de manera especial esta autenticidad carismática, viva e ingeniosa en
sus invenciones que destaca claramente en los fundadores... ».44 La
formación permanente exige prestar una atención particular a los signos
del Espíritu en nuestro tiempo y dejarse sensibilizar por ellos
para poder darles una respuesta apropiada.” Congregación para los Institutos
de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, Orientaciones
para la formación en los institutos religiosos, 2.2.1990, n.67.
47 Congregación para los Institutos de vida
consagrada y las sociedades de vida apostólica, La vida fraterna
en comunidad, 2.2.1994, n. 47 48 Ibídem.,
n. 48. 49 Concilio Vaticano II, Decreto
Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 14. 50 Congregación
para los religiosos e institutos de vida secular, Mutuae relationes,
14.5.1978, n. 13a. 51 Plenaria SCRIS, La
dimensión contemplativa de la vida religiosa, marzo de 1980, n.
16 52 Ibídem. 53 54
Congregación para los religiosos e institutos de vida secular,
Vida fraterna en comunidad, 2.2.1994, n. 50. 54
Congregación para los Institutos de vida consagrada y
las sociedades de vida apostólica, El servicio de la autoridad
y la obediencia, 11.5.2008, n.1 55 Juan
Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 66.
56 Ibídem. 57 Ibídem.
58 Congregación de la Educación católica, Orientaciones para
el uso de las competencias de la psicología en la
admisión y en la formación de los candidatos al sacerdocio,
28.6.2008, n. 3. 59 Congregación para los
Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica,
El servicio de la autoridad y la obediencia, 11.5.2008, n.
13a. 60 Sagrada Congregación para los religiosos e
institutos seculares, Mutuae relationes, 14.5.1978, n.11. 61
Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades
de vida apostólica, El servicio de la autoridad y la
obediencia, 11.5.2008, n. 12. 62 Congregación de
la Educación católica, Orientaciones para el uso de las competencias
de la psicología en la admisión y en la formación
de los candidatos al sacerdocio, 28.6.2008, n. 3. 64
Para una mayor profundización de este tema
recomendamos el libro de Ramón Lucas Lucas, El hombre espíritu
encarnado, Compendio de filosofía del hombre, Sociedad de Educación Atenas,
Salamanca 1995. 65 Juan Pablo II, Exhortación
apostólica postinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 104.
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