La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net La Formación en el Magisterio de la Vida Consagrada
El objetivo de este capítulo es hacer una revisión de lo que ha dicho el Magisterio sobre la formación.
La Formación en el Magisterio de la Vida Consagrada
Ravviva in te il carisma (2Tim 1, 6), La formazione
persona alla luce del proprio carisma.
Después de haber analizado en
forma somera la importancia que ha dado el Concilio Vaticano
II a la formación, entendida ésta como un proceso permanente
de la adquisición de los sentimientos de Cristo, queremos detenernos
en este capítulo a revisar el concepto mismo de formación,
de acuerdo al Magisterio de la Iglesia.
El Concilio Vaticano II
ha abierto grandes posibilidades al mundo religioso femenino con la
finalidad que este sector de la Iglesia pudiera inserirse en
el mundo actual con el fin de elevarlo para alcanzar
la salvación a través de la escucha y la puesta
en práctica del evangelio. Una tarea nada fácil si tomamos
en cuenta las situaciones actuales de laicismo y relativismo que
caracterizan a la sociedad de hoy, especialmente la sociedad occidental
en Europa y América. Dicha tarea requería de las religiosas
un conocimiento del mundo y del hombre y por otro
lado un conocimiento del propio carisma, de las grandes posibilidades
humanas y espirituales que encerraba el mismo estilo de la
vida consagrada. Era un descubrir las riquezas con las que
Dios había dotado a la vida consagrada para que esas
mismas riquezas pudieran distribuirse a los hombres y mujeres con
los que la vida consagrada femenina tenía contacto.
El decreto Perfectae
caritatis contemplaba ya la formación como un medio privilegiado para
la adecuada renovación: “La renovación y adaptación de los Institutos
depende principalmente de la formación de sus miembros.”
1 Muchos Institutos se dieron a la tarea de organizar
lo que hasta ese momento era sólo una formación que
se frenaba en el noviciado. Distintas iniciativas fueron puestas en
marcha y sin un afán de reducir la realidad, sino
tratar de ser lo más sintético posible, podemos decir que
se dieron algunas de las siguientes tendencias.
Una tendencia sería
la de aquellos institutos que eligieron como base de la
formación el aprender a relacionarse con el mundo. Guiados quizás
por el legítimo deseo de adaptarse lo mejor posible a
las situaciones cambiantes de la época y habiendo visto que
habían permanecido durante años anclados a un pasado que no
respondía adecuadamente a las necesidades de los hombres, se dieron
a la tarea de ponerse al corriente buscando solamente una
adaptación externa, sin comenzar con una profunda renovación interior, como
recomendaba el mismo decreto de Perfectae caritatis: “Ordenándose ante todo
la vida religiosa a que sus miembros sigan a Cristo
y se unan a Dios por la profesión de los
consejos evangélicos, habrá que tener muy en cuenta que aun
las mejores adaptaciones a las necesidades de nuestros tiempos no
surtirían efecto alguno si no estuvieren animadas por una renovación
espiritual, a la que, incluso al promover las obras externas,
se ha de dar siempre el primer lugar.” 2
Las consecuencias de esta tendencia tuvieron efectos lamentables ya
que si bien se dio la adaptación externa de las
personas consagradas y de sus instituciones, al faltar la renovación
interna en muchos casos se vino abajo la estructura espiritual
de la persona o de las obras. Se hizo un
cambio de fachada sin hacer hecho antes una adecuada renovación
de los cimientos. Resulta emblemático en este aspecto el número
32 del documento Religiosos y promoción humana: “Bajo este punto
de vista, una relectura de los criterios conciliares de renovación
nos demostrará que no se trata de simples adaptaciones en
cierto modo exteriores. Es una educación en profundidad de mentalidad
y de estilo de vida, que capacite a los interesados
para seguir siendo ellos mismos en nuevas modalidades de presencia.
Presencia siempre de "consagrados" que orienten con el testimonio y
las obras, la transformación de las personas y de la
sociedad en la dirección del Evangelio.” 3
Una segunda tendencia
puede observarse en aquellos Institutos de vida consagrada que sin
realizar el análisis del hombre moderno y de su sociedad
y de igual manera, sin hacer una adecuada renovación espiritual
en la vida y costumbres de los miembros de la
congregación, se lanzaron simplemente a copiar y mimetizar comportamientos, actitudes
y hábitos de aquellos Institutos que habían entrado en un
diálogo demasiado horizontalista con la sociedad. En muchos de estos
casos también se dieron aplicaciones e introducciones de las costumbres
del mundo. Se creía que introduciendo dichos cambios se había
logrado automáticamente la adecuada renovación sugerida por el Concilio Vaticano
II. Con el paso del tiempo este tipo de instituciones,
si no se han dado cuenta del error cometido, siguen
copiando y adaptando usos y costumbres de otros Institutos o
de algunos escritores de la vida consagrada. Nunca llegan a
hacer un estudio crítico, real y profundo de la propia
situación. Se conforman con seguir lo que otros hacen, corriendo
el peligro de cometer los mismos errores que los otros
han cometido.
Otra tendencia que puede observarse es la de aquellos
Institutos que al darse cuenta de los errores cometidos por
otras congregaciones religiosas, guiados por un elemental sentido de auto-conservación
se han replegado demasiado en sí mismos y han permanecido
anquilosados en sus costumbres culturales ya desfasadas. Han perdido consecuentemente
la frescura, la lozanía y el vigor para incidir en
el mundo actual.
Están por fin aquellos Institutos de vida consagrada
que no sin fatiga y dificultad se han dado a
la tarea de renovar en primer lugar la vida espiritual
del Instituto y de sus miembros a través de un
adecuado conocimiento y puesta en práctica del propio carisma. Han
establecido un diálogo con el mundo no como regla fundamental
de la renovación sino como consecuencia lógica de la renovación
espiritual. Con la riqueza del propio carisma, descubierta o puesta
al día ,4 han comenzado a aplicar dicha riqueza
a las nuevas situaciones, logrando de esta manera la fidelidad
creativa sugerida por Juan Pablo II .5
Una vez pergeñadas las
distintas tendencias que se han dado en la vida consagrada
nos damos cuenta de la importancia que tiene la formación
para cada uno de los miembros consagrados. Podemos decir sin
temor a equivocarnos que la religiosa es lo que ha
sido y sigue siendo su formación. Quien se ha formado
sólo para dialogar y adaptarse al mundo, termina por dialogar
y adaptarse al mundo, perdiendo el horizonte espiritual de su
consagración. Quien no se forma y copia sólo modas y
costumbres de otros Institutos y de la sociedad moderna, termina
por perder su propia personalidad diluyéndose en comportamientos sin sentido
de consagración. Quien no se forma, termina por replegarse en
sí misma, perdiendo eficacia y celo apostólico. Por último, quien
se forma adecuadamente, se conoce a sí misma, conoce sus
capacidades, sus límites y sus potencialidades, de tal forma que
las pone en práctica para mejor evangelizar al hombre de
hoy.
Siendo que la formación es la base esencial no sólo
de la renovación, sino de la misma vida consagrada, pues
como hemos dicho una persona consagrada está constituida por su
formación, es importante para la superiora y la formadora conocer
el concepto y las aplicaciones de la formación, ya que
en la formación se juega la esencia de la vida
consagrada. Son muchos los manuales, estudios y libros que estudian
lo que es la formación. Nuestro objetivo en este capítulo
no será el de revisar dichas fuentes, sino el de
hacer una revisión de lo que ha dicho el Magisterio
sobre la formación. Y no como desprecio a todas esas
otras fuentes, maravillosas y enriquecedoras, sino con el fin de
privilegiar las fuentes que han dado origen a todo
este proceso de renovación de la vida consagrada. Frente a
un relativismo que se ha filtrado incluso en la Iglesia
y en amplios sectores de la vida consagrada femenina, queremos
nosotros presentar el pensamiento del Magisterio sobre la formación no
con el fin de uniformar las mentes, sino de ilustrarlas
con sana de doctrina de tal manera que las superioras
y las formadoras puedan valerse primera mano de adecuados subsidios
para la formación y así estar en posibilidad de entrar
en diálogo con el mundo y de contrastar con la
verdad las distintas tendencias que hoy en boga parecen ahogar
la voz del Magisterio de la Iglesia .6
Los inicios: Lumen
gentium, Perfectae caritatis y Ecclesia sanctae. Trazar el recorrido de lo
que el Magisterio ha indicado para la formación en la
vida religiosa nos debe llevar necesariamente a conocer el panorama
en el que se encontraba la formación en los inicios
del Concilio Vaticano II. Los análisis que se han hecho
sobre el estado de la formación en los inicios de
los años sesentas no darán una idea de las razones
por las que los padres conciliares habían sugerido tal o
cual cambio en la formación.
Debemos partir de algunos presupuestos en
este análisis. En primer lugar ser conscientes de la dificultad
de presentar el cuadro de la formación que se daba
en los institutos de vida consagrada femenina en aquella época.
La formación responde siempre a un modelo, a un tipo
de persona que se quiere formar. Como hemos apuntado en
artículos anteriores, primero existe el modelo y después la formación
que viene a ser un mero proceso pedagógico. Sin tomar
como punto de referencia el modelo que se quiere formar,
no se pueden entender los procesos pedagógicos, es decir la
formación.
Otra dificultad que debemos considerar antes de iniciar nuestro análisis
es la dificultad de definir este modelo de religiosa que
se quería formar. Si bien los institutos religiosos femeninos, como
todas las otras realidades de la Iglesia están sumergidos en
el tiempo y sufren las influencias de la cultura, no
es fácil decir que todas las religiosas habían establecido un
cierto tipo de religiosa ideal que deseaban formar. Hay Institutos
religiosos femeninos que después del Concilio Vaticano II tuvieron que
hacer pocas adaptaciones, porque su modelo de religiosa se acercaba
bastante a las propuestas de los padres conciliares. Incluso dentro
de una misma congregación se daban provincias que iban más
con el paso de los tiempos que otras provincias en
dónde se hallaban ancladas a un pasado quizás ya muy
superado. Es difícil por tanto decir el tipo de religiosa
que existía antes del Concilio Vaticano sin caer en los
errores de la generalización o de la banalización.
Sin embargo es
posible establecer ciertas líneas generales que nos permitan definir el
ideal de religiosa al que se tendía en esos años
y los medios formativos que se utilizaban para lograrlo. Muchos
autores nos han precedido en este estudio, por lo que
he escogido dos de ellos que considero los más representativos
y equilibrados. El primero de ellos es el P. Pier
Giordano Cabra, bien conocido por los aportes que ha realizado
a la teología de la vida consagrada y por su
visión siempre positiva y esperanzadora. En su libro Tempo di
prova e di speranza que recoge sus experiencias, sus análisis
y sus reflexiones de las lecciones que ha dictado en
Roma por más de diez años resume la situación de
la formación en esos años de la siguiente manera. “La
formazione è tesa a plasmare personalità conforme allo spirito dell’istituto.
L’ideale consiste nel lasciarsi modellare dallo stampo unico, con una
grande insistenza sulle virtù cosiddette <> dell’umiltà e dell’obbedienza, come
premessa per lo stesso esercizio delle virtù attive. (…) Forte
identificazione all’istituto e alle sue opere e una certa <> sono i tratti più comuni a tutte le
nuove congregazioni. Come rovescio della situazione si potrebbe segnalare una
minor attenzione ai problemi interpersonali all’interno della comunità affidato all’esercizio
della carità verso i confratelli e le consorelle e all’accettazione
forte e sicura dell’obbedienza all’autorità, oltre che alla pratica della
confessione frequente, che aiuta non poco a ricuperare la tranquillità
della coscienza e l’equilibrio psicologico.” 7
Y de la parte
del modelo formativo tenemos el testimonio de Giuseppe Tacconi: “IL
classico modello del <>, o della casa di formazione tradizionale,
si colloca pienamente all’interno di questa prospettiva. Esso è infatti
basato su regole ben definite e sacralizzate – a cui
adeguarsi, sull’uniformità, sull’orario, su un curriculum ed un percorso formativo
uguali per tutti, senza alcuna considerazione di percorsi differenziati, centrati
sulle eterogenee storie di vita dei singoli soggetti. La formazione
qui diventa l’assimilazione e la riproduzione degli atteggiamenti e delle
abitudine congruenti con la tradizione e gli obbiettivi dell’istituzione ecclesiastica,
tanto che spesso, in passato, elemento principale di verifica della
riuscita della formazione era considerata la dimostrazione di saper rinunciare
alle proprie idee per assumere quelle dell’istituto o dei superiori,
la cui volontà veniva caricata di una valenza religiosa.”
8
Tomando en cuenta las consideraciones que hemos hecho precedentemente, el
cuadro de la formación respondía a un tipo de religiosa
que estaba hecho para llevar adelante las obras que la
congregación le encomendara. No en vano como soporte de esta
tesis, observamos como muchas de las crisis actuales de identidad
de las religiosas se deben a que con el cierre
de sus obras o con el envejecimiento de sus miembros,
muchos de ellos no han sabido qué hacer o cómo
responder a los nuevos retos, perdiendo no sólo su operatividad,
sino incluso su identidad como personas consagradas.
Lumen gentium. Con este panorama
en mente podemos comprender mejor lo dicho por Lumen gentium
cuando leemos “Tengan por fin todos bien entendido que la
profesión de los consejos evangélicos, aunque lleva consigo la renuncia
de bienes que indudablemente se han de tener en mucho,
sin embargo, no es un impedimento para el desarrollo de
la persona humana, sino que, por su misma naturaleza, la
favorece grandemente.” 9 Este párrafo se revela entonces de
una novedad asombrosa, ya que abre un campo vastísimo a
la formación, cuando menciona que el estado de vida consagrada
no es un impedimento al desarrollo de la persona humana.
Rompe por tanto los viejos esquemas de considerar a la
vida consagrada como ajena del mundo, como la fuga mundi,
pues si bien considera como buenos y lícitos los bienes
del mundo señala la renuncia a ellos como condición indispensable
para el estado de vida consagrada. La grande novedad consiste
en promover el desarrollo integral de la persona humana. Un
desarrollo que no se contrapone con el mismo estado de
la consagración.
Nos encontramos por tanto con los fundamentos de un
posible concepto de formación en la vida consagrada. La persona
viene a ser valorizada pues el documento sugiere su completo
desarrollo. Y aún más. Indica que el estado de la
vida consagrada no sólo no es un impedimento para dicho
desarrollo, sino que la favorece. Hay que hacer notar que
estamos hablando de un documento de 1964 cuando muchas de
las teorías selfistas de Erich Fromm, Carl Rogers, Abraham Maslow
o Rollo May comienzan a irrumpir en la escena de
la Psicología. Dichas teorías, que han sido estudiadas con profundidad
por el psicólogo Paul Vitz 10 pretendían liberar al
hombre de cualquier atadura para posibilitar su propia realización. Las
formas de divulgación de dichas teorías incluyeron distintas terapias de
grupo como los “grupos de encuentro, el “EST” (Erhard Seminar
Training), las “terapias Maslow”. Muchas de ellas fueron introducidas indiscriminadamente
en los conventos, en las comunidades de vida contemplativa, en
las casas de formación de religiosas y en los seminarios.
Las consecuencias fueron funestas ya que en muchos casos se
identificaban los votos como un obstáculo a la realización personal.
Lo más importante para estas teorías es la felicidad ,
el placer y la realización personal que se logra mediante
la expresión sincera de los sentimientos y los deseos más
personales, sin importar qué clase de sentimientos o deseos sean
éstos. La libre expresión y la libre decisión es la
clave de la felicidad para estos autores. Su aplicación a
la vida religiosa y en especial a la formación ha
originado una tendencia en la vida consagrada en la que
la persona se pone al centro y todo debe girar
en torno a ella para lograr su bienestar, su satisfacción
personal, como si esta satisfacción personal fuera la clave
de la felicidad. En pleno siglo XXI observamos la influencia
negativa de esta teoría en el mundo religioso que viene
constatada en uno de los más recientes documentos del Magisterio
de la Iglesia, “El servicio de la autoridad y la
obediencia”: “Pero no podemos olvidar que cuando la libertad se
hace arbitraria y la autonomía de la persona se entiende
como independencia respecto al Creador y respecto a los demás,
entonces nos encontramos ante formas de idolatría que no sólo
no aumentan la libertad sino que esclavizan.” 11
Por ello
conviene recordar que ya desde el Concilio Vaticano II, en
el que estamos analizando, Lumen genitum, se habla por tanto
del estado de la vida consagrada como promotor del desarrollo
integral de la persona humana, dando a entender que las
renuncias que apenas acaba de mencionar, favorecen el equilibrio, la
estabilidad y el desarrollo de la persona. Dichas renuncias pueden
muy bien sintetizarse en los votos o vínculos de pobreza,
castidad y obediencia. La capacidad de libre decisión, de libre
posesión y de libre uso de la sexualidad no son
eliminadas sino que son encauzadas por dichos votos, promesas o
vínculos sagrados.
La renuncia es la consideración negativa de
un aspecto positivo, ya que la persona consagrada no renuncia,
sino que elige. La elección es el fundamento de la
renuncia, puesto que la persona consagrada elige vivir la misma
vida que Cristo eligió para sí mismo, como el documento
señala renglones arriba: “Y ese mismo estado imita más de
cerca y representa perpetuamente en la Iglesia aquella forma de
vida que el Hijo de Dios escogió al venir al
mundo para cumplir la voluntad del Padre y que dejó
propuesta a los discípulos que quisieran seguirle.” 12
Como respuesta a una llamada de Dios, la persona consagrada
elige vivir la misma vida que Cristo eligió para sí
mismo. La pobreza, la castidad y la obediencia se presentan
entonces no ya como una renuncia, sino como una elección.
No es ya la renuncia a poseer bienes lo que
caracteriza la vida consagrada, sino la elección a tener un
solo bien, Cristo, y regirse por ese bien a lo
largo de la vida. No es por tanto la renuncia
a la propia libertad, sino la elección de poner dicha
libertad en las manos de Cristo y seguirlo con todas
las fuerzas y las capacidades del ser, lo que define
la vida consagrada. Y por último, no es la renuncia
al matrimonio lo que define la castidad, sino la elección
de donar el corazón, la afectividad y el uso de
la propia sexualidad a una sola persona.
La renuncia
bajo la influencia de las teorías selfistas es un impedimento
para lograr la plena felicidad. Renuncia, según estas tendencias, significa
una amenaza para la propia realización. Esta forma de pensamiento
se instauró también en la vida religiosa en donde los
votos parecían ser una opresión a la realización personal. Si
bien es ésta una visión reductiva de los votos, tuvo
gran influencia a finales del años sesenta y durante la
década de los años setenta. Muchas congregaciones, haciendo una interpretación
parcial o errónea de las directrices del Concilio Vaticano II,
hicieron una mala adaptación de dichas directrices. Estas congregaciones interpretaron
las directrices y normativas del Concilio Vaticano II a la
luz de algunas teorías selfistas ocasionando una lectura laica de
los votos. El seguimiento más cercano de Cristo no era
ya la norma última de la consagración religiosa, siendo que
muchos comenzaron a buscar en el campo social o en
la realización personal el motivo fundamental de la vida consagrada.
La renuncia, la ascesis y el sacrificio eran conceptos que
según ellos debían de ser extirpados no sólo de la
práctica de la vida consagrada, sino incluso de su mismo
vocabulario.
Concebida de esta manera la consagración a través
de la práctica de los votos no contempla lo que
en realidad es: una elección libre a una llamada. “Il
motivo della renuncia no è il desiderio di acquistare in
modo eminente certi valori; il motivo della renuncia è il
desiderio di assimilarsi a Cristo. (…) Conclusione: non dobbiamo andare
a cercare una otivazione antropologica dei voti, in modo da
renderli ragionevoli e umanamente appetibili. La esperienza ci insegna che
ogni volta che abbiamo tentato di rendere ragionevole il vangelo
lo abbiamo svuotato. Dire che il motivo dei voti è
la sequela di cristo, è dire che essi hanno una
e unica e definitiva motivazione: l’amore di Cristo.” 13
Contemplada
de esta manera la consagración, es decir como una elección
y no como una renuncia, se entiende que la vida
consagrada favorezca el desarrollo de la persona ya que le
permite desarrollar en todas las direcciones posibles sus facultades intelectivas,
volitivas y afectivas. Bien sabemos que el amor es el
motor que mueve a todo hombre. Este movimiento que inicia
en la aceptación de las condiciones que impone el amor
se concreta y se ha ce material en todos los
rasgos de la vida, desde los más sublimes hasta los
más banales. Para llevar a cabo dichos gestos, el hombre
o la mujer consagrada utilizan todas sus capacidades, por ello
se afirma que el amor mueve todas las capacidades y
facultades del ser humano. Todos los hombres poseen dichas capacidades
y desarrollarlas forma parte de la naturaleza humana. La consagración
no sólo impide que estas capacidades se desarrollen, sino que
las facilita, encauzándolas bajo un solo polo de atracción, es
decir, el seguimiento de Cristo. La formación de la persona
consagrada consistirá entonces en tender con todas las capacidades a
la imitación de Cristo, convirtiéndose dicha imitación en el punto
de llegada y el polo que atraiga y desarrolle todas
las capacidades de la persona, de forma tal que la
persona consagrada pueda expresar. “No soy yo quien vive en
mí, es Cristo quien vive en mí.”
Perfectae caritatis. Con el paso
del Concilio Vaticano II fue necesario dar las directivas para
los distintos sectores que conformaban la Iglesia. Las grandes directrices
de la Constitución Lumen gentium tenían que encontrar un cauce
específico y así el decreto Perfectae caritatis es el receptáculo
del Concilio que transmitirá a la vida consagrada las orientaciones
necesarias para que se realice la adecuada adaptación de esta
realidad de la Iglesia a las cambiantes situaciones. En dicho
decreto observamos que se dedica a la formación el número
18 del mismo 1. Vale la pena hacer un análisis
de este documento desde el punto de vista histórico y
conceptual. Bajo el punto de vista histórico el documento refleja la
situación de incertidumbre que se había generado a raíz de
los primeros documentos del Concilio Vaticano II. Hay que recordar
que el decreto Perfectae caritatis es uno de los últimos
documentos del Concilio, por lo que entre dicho decreto y
la Lumen gentium existe casi un año de intervalo llenado
muchas veces por comentarios sensacionalistas de los medios de comunicación
que por primera vez se presentaban como intérpretes al margen
de la voz autorizada del Magisterio de la Iglesia. Por
ello, en muchas ocasiones, cuando los documentos conciliares salían a
la luz, se veía rodeado de animadversión o de falsas
expectativas generadas por los medios de comunicación.
Desde el punto de
vista conceptual Perfectae caritatis pone las cosas claras del decir
que “la renovación de los Institutos depende principalmente de la
formación de sus miembros.” Es por tanto la formación el
eje central, el fulcro de dónde debe partir la renovación.
Sin una adecuada formación se corre el peligro de hacer
una adaptación meramente de fachada o contraria a las directrices
que el Magisterio dictaba para la vida consagrada. Por ello
sugiere este documento una triple formación que la llama cultura
espiritual, doctrinal y técnica. “Los religiosos han de procurar ir
perfeccionando cuidadosamente a lo largo de toda su vida esta
cultura espiritual, doctrinal y técnica, y los Superiores han de
hacer lo posible por proporcionarles oportunidad, ayuda y tiempo para
ello.” 15 Por tanto la formación deberá girar
en torno a estos aspectos, espiritual, doctrinal y técnico.
El documento
no explicita estos tres campos, pero los enuncia. Creo que
hoy en día muchas congregaciones religiosas que quisieran reavivar el
propio carisma, deberían hacer el esfuerzo por analizar si están
proporcionando a todos los miembros de la congregación la misma
formación espiritual, doctrinal y técnica con el fin de
que se cumpla lo que también describe Perfectae caritatis como
la armonía de la formación. “La formación por un fusión
armónica de sus elementos ha de darse de tal suerte
que contribuya a la unidad de vida de los miembros
del Instituto.” 16
Por ello la formación debe tender a
crear una unidad de vida en cada uno de sus
miembros. Quizás algunas congregaciones religiosas o Institutos no lo han
entendido del todo porque se han quedado, desde mi muy
personal punto de vista con una fuerte formación técnica que
las capacita a enfrentar los cargos que deben asumir por
falta de personal consagrado o envejecimiento de la congregación, pero
con una baja o floja formación doctrinal y una exigüe
o pobre formación espiritual. Siendo que la adecuada renovación vendrá
de primordialmente de la renovación espiritual, los institutos de vida
consagrada tendrían que dedicar la mayor parte de sus fuerzas
a formar inicial y permanentemente a sus miembros en una
sólida vida espiritual que los capacitara para centrar su vida
consagrada en Cristo y a partir de ahí poder colaborar
eficazmente en la renovación espiritual de todos los hombres. Muchos
Institutos entendieron que la renovación de la vida consagrada consistía
primordialmente en una mejor preparación técnica de sus miembros y
así los capacitaba y les daba los medios necesarios hasta
incluso darles la posibilidad de adquirir títulos civiles convenientes al
apostolado que desarrollarían en un futuro. Se olvidaron sin embargo
de proporcionarles la adecuada formación religiosa, apostólica o doctrinal más
adecuada. De esta manera la formación espiritual quedo relegada a
un segundo plano a nivel de la congregación o a
un plano meramente personal, en donde cada religiosa se convierte
en autodidacta, apelando a una supuesta madurez interior y un
respeto por la dignidad y la libertad de las personas.
La
inadecuada concepción de la libertad y la madurez han dejado
desprotegidas a muchas religiosas y las han expuesto a doctrinas
falsas o contrarias no sólo a la vida consagrada sino
a la misma fe católica. Muchas congregaciones han permitido que
en lugar de formarse en una sólida y rica doctrina
católica, la religiosa, amparándose siempre en los sofismas de la
madurez y la libertad, experimentara todo tipo de doctrinas que
en muchos casos resulto ser letal para la perseverancia de
su vocación.
Hay casos sin embargo en que no sin poco
esfuerzo se logró una armonía de este tres elementos, espiritual,
doctrinal y técnico, formando personas equilibradas, de profunda vida interior,
capacitados en su profesión y en la evangelización del mundo
de hoy. Resultado por ello curioso observar como muchos buenos
Institutos de vida consagrada se afanan honestamente por sortear la
difícil temporada que acosa a la vida consagrada buscando los
mejores medios técnicos que tienen a su disposición, pero se
han olvidado de que la buena formación es armónica y
no han incluido elementos espirituales y doctrinal, originando no pocas
deserciones o desviaciones sobre la verdad de la vida consagrada.
Ecclesiae
sanctae En este documento Pablo VI da las directrices para la
aplicación práctica del decreto Perfectae caritatis,, siendo todo el capítulo
VII dedicado a la formación. Antes de entrar en materia
y con el fin de realizar una adecuada hermenéutica del
documento será interesante tomar en consideración la idea fundamental que
tiene sobre lo que es la renovación. Captando esta idea
podremos entender mejor cuál es el concepto que desarrolla sobre
la formación.
En primer lugar urge a las congregaciones a un
conocimiento profundo, meditado y actuado del decreto Perfectae caritatis y
de la constitución dogmática Lumen Pentium, especialmente en los capítulos
V y VI, como las fuentes de dónde han de
extraerse “las normas y el espíritu de la adecuada renovación”
(Ecclesiae sanctae, n. 15). Conocimiento profundo que debe conducir a
un adecuado discernimiento sobre las teorías, ideologías o interpretaciones que
comenzaban a alejarse del verdadero espíritu del Concilio. Conocimiento también
meditado que permitiera la adecuada puesta en común, guiada por
la autoridad, sobre las implicaciones que para el propio Instituto
comportaría la puesta en marcha de lo sugerido por los
documentos del Concilio. Y conocimiento actuado para tener el valor
de poner en marcha dichas iniciativas previniendo las consecuencias y
anticipándose a ellas, de forma que se pudiera ejercer una
verdadera dirección de la congregación en el momento de la
aplicación concreta de las directrices requeridas por el Concilio.
En un
segundo momento (Ecclesiae sanctae, n. 16) hace una aplicación práctica
de los cinco lineamientos del decreto Perfectae caritatis ,17
diciendo que la renovación deberá quedar permeada por el estudio
del evangelio y la Sagrada escritura, la doctrina de
la vida religiosa y el conocimiento genuino del espíritu originario
de cada Instituto, de modo que sea conservado en el
momento de hacer las adaptaciones previstas y sugeridas por el
Concilio.
Esta última recomendación será de capital importancia en el momento
en que queramos interpretar la manera en que el documento
entiende la formación en la vida consagrada. Ya en número
33 del documento se habla de que la formación no
puede ser idéntica para todos los Institutos y que se
ha de tener presente en dicha formación la naturaleza propia
del Instituto. Dicha naturaleza viene constituida por el espíritu originario
y será el fulcro, el perno, la piedra angular sobre
la que debe descansar el edificio de la adecuada renovación,
ya que debe considerarse anticuadas sólo aquellas cosas que no
constituyen ni la naturaleza, ni los fines del Instituto. (Ecclesiae
sanctae, n. 17). Por tanto, sin un adecuado conocimiento de
la propia naturaleza y fines del Instituto las religiosas corren
el peligro de confundir lo esencial (la naturaleza del Instituto)
con lo accidental y al querer realizar las adecuadas adaptaciones
pueden dejar a un lado lo que es la misma
naturaleza y los fines del Instituto, es decir, la misma
esencia de la congregación. Por ello, como base de la
formación, y esto podría ser una aportación esencial del documento
al concepto de formación, se debe colocar el conocimiento de
la naturaleza y de los fines del Instituto (de su
carisma) como uno de los cimientos de su formación, de
forma tal que todo lo que la religiosa reciba
en su formación, del tipo que sea y en el
momento que sea, pueda pasar por el filtro de este
conocimiento de la naturaleza y fines del Instituto y así
aprenda por sí misma a hacer el adecuado discernimiento, sabiendo
quedarse con lo que favorece al carisma del Instituto,
separándolo de aquello que no lo favorece. De esta forma
ella podrá siempre enfrentarse a los continuos cambios y solicitaciones
que le hace el mundo, segura de no quedarse ni
desfasada por un lado, ni de traicionar la naturaleza y
los fines del Instituto por adaptar modas, teorías o comportamientos
ajenos al carisma originario del Instituto.
Los documentos del postconcilio
Religiosos y
promoción humana Este documento pretende armonizar las exigencias de una
adecuada actuación de la vida consagrada en las situaciones del
mundo actual, con el testimonio de la vida consagrada y
la urgencia de su misión evangelizadora. Enfrenta sin embargo el
hecho de que muchas congregaciones que han iniciado el camino
de la renovación lo han hecho siguiendo un modelo de
pura fachada. “Bajo este punto de vista, una relectura de
los criterios conciliares de renovación nos demostrará que no se
trata de simples adaptaciones en cierto modo exteriores” (Religiosos y
promoción humana, n.32). El problema de la formación reside por
tanto precisamente en cómo seguir siendo uno mismo, es decir,
guardar la identidad de la vida consagrada adaptándola a los
distintos problemas que presenta el mundo moderno. “Seguir siendo (los
mismos) en nuevas modalidades de presencia” (Religiosos y promoción humana,
n.32).
Para que este binomio adaptación – permanencia de la identidad
pueda darse sin menoscabo ni de uno ni de otro,
es decir, que la vida consagrada siga siendo ella misma
y logre informar la vida de las nuevas generaciones dando
una respuesta concreta a los nuevos problemas que aquejan a
la humanidad, es necesario recurrir a la formación, definida por
el documento como una “educación en profundidad de mentalidad y
de estilo de vida” (Religiosos y promoción humana, n.32). Para
ello, el documento señalará 4 consideraciones sobre las que
debe pensarse el eje de la formación en los Institutos
de vida consagrada, coordenadas que no han perdido su vigencia
hasta el día de hoy.
La primera coordenada de la formación
es el recordar la identidad de la vida consagrada. Si
la formación en nuestros tiempos consiste en educar a las
personas consagradas para ser y dar una respuesta a los
problemas actuales, respuesta que debe provenir desde la vivencia personal
de la vida consagrada, es lógico pensar que lo primero
que debe hacerse es formar a la persona consagrada en
la conciencia de lo que debe ser su identidad. Una
conciencia en sí misma y con relación al mundo actual.
“Verificar si se tiene conciencia de la naturaleza profunda y
de las características de la vida religiosa en sí misma
y en su participación dinámica en la misión de la
comunidad eclesial en la sociedad de hoy (Religiosos y promoción
humana, n.33a). Quien no sabe quién es y lo que
pretende en la vida, difícilmente podrá cumplir con su misión
de guía y de evangelizador. Esta coordenada de formación nos
recuerda aquella máxima de Pablo VI: “Para un ser que
vive, la adaptación a su ambiente no consiste en abandonar
su verdadera identidad, sino más bien en robustecerse dentro de
la vitalidad que le es propia” (Evangelica testificatio, n. 51).
Esta
primera coordenada no ha perdido actualidad en nuestra época. Al
contrario. Por no haber sido incorporada en la ratio studiorum
de los programas de formación se ha perdido en muchos
casos la identidad de la persona consagrada o por lo
menos, no ha quedado tan clara como debería haberlo sido,
ya que muchas congregaciones han querido hacer baluarte exclusivo para
la formación de las religiosas del aporte de las ciencias
humanas y sociales como la psicología, la sociología o la
administración de personal y la mercadotecnia.
La consecuencia es triste ya
que quien no conoce su identidad la busca a toda
costa y la encuentra no en el lugar más adecuado.
Una vez hallada en el lugar equivocado comenzará a interpretar
la realidad en base a esa falsa identidad, dando como
resultado una inadecuada adaptación de la vida consagrada a los
tiempos actuales.
Siendo la adecuada interpretación y adaptación de la realidad
“la conciencia de la naturaleza profunda y de las características
de la vida religiosas” (Religiosos y promoción humana, n.33) no
debe olvidarse la gran ayuda que el conocimiento y la
transmisión del carisma pueden prestar a la formación de la
persona consagrada. Si el carisma es “la experiencia del Espíritu
(Mutuae relationes, n. 13) que Dios ha querido inspirar a
cada Fundador para dar inicio a un Instituto de vida
consagrada, se convierte por tanto en el núcleo de la
identidad de la vida consagrada para cada uno de los
miembros del Instituto. Conocer el carisma se convierte por tanto
en una clave de la formación a la que constantemente
la religiosa debe hacer referencia para sacar de ahí las
renovadas fuerzas y las adecuadas adaptaciones para vivir la vida
consagrada aplicándola a las cambiantes situaciones de nuestro mundo.
La segunda
coordenada de la formación según el documento “Religiosos y promoción
humana” invita a tomar en consideración el tipo de formación
que se proporciona a las personas consagradas en relación a
la profesión de los consejos evangélicos. La formación de la
castidad, la pobreza y la obediencia no debe encerrar a
la persona en sí misma, sino abrirla a Dios y
al mundo. La consagración según los vínculos establecidos por cada
una de las Constituciones de los Institutos de vida consagrada
debe ayudar a las personas a ser signo visible del
amor de Dios al mundo. De ahí que la formación
para los votos debe contemplar “actitudes nuevas, atentas al valor
de signo profético, con fuerza de conversión y transformación del
mundo (Religiosos y promoción humana, n.33b). Toda persona consagrada no
se consagra a Dios por fines egoístas, ni siquiera para
alcanzar una mayor perfección personas y así ser más agradable
a los ojos de Dios. Se consagra como una respuesta
para “La vida consagrada por la profesión de los consejos
evangélicos es una forma estable de vivir en la cual
los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo la
acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente a Dios como
a su amor supremo, para que entregados por un nuevo
y peculiar título a su gloria, a la edificación de
la Iglesia y a la salvación del mundo, consigan la
perfección de la caridad en el servicio del Reino de
Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, preanuncien
la gloria celestial” (Código de Derecho canónico, c. 573). Al
ser signo y anuncio en la Iglesia de la gloria
del mundo futuro se convierte por tanto en un signo
escatológico mediante la profesión de los consejos evangélicos. Como signo,
la persona consagrada está en el lugar de la cosa
que significa que en este caso son los bienes futuros.
La forma en que realiza este signo son los consejos
evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Por ello, mediante la
profesión de dichos consejos la persona consagrada se convierte en
una presencia de ciertos bienes distintos a los bienes de
este mundo.
De este razonamiento se desprende que sea necesaria
una formación para los consejos evangélicos en forma tal
que éstos puedan convertirse realmente para nuestro mundo en signos
visibles y comprensibles de lasa realidades que están por venir.
Es necesario por tanto que el mundo, un mundo que
cambia a velocidades vertiginosas, pueda ver a las personas consagradas
como signos y por tanto las pueda “leer” como realidades
que están por venir, de forma que ese mundo sea
capaz de aspirar también a los bienes futuros de los
que la persona consagrada es portadora por su consagración. Para
que esto suceda debemos reflexionar sobre la formación que se
le da a la persona consagrada.
Dicha formación debe capacitar a
la persona consagrada, como ya hemos dicho, para que viva
su consagración a Dios mediante los consejos evangélicos como formas
escatológicas, como anuncio de realidades eternas. Requerirá por tanto esta
formación la capacidad de dejarse leer por el mundo, mediante
“actitudes nuevas” (Religiosos y promoción humana, n.33b). No se trata
por tanto de interpretar los consejos evangélicos a la luz
de una mentalidad laica que las reduciría simplemente a una
mera vivencia sociológica adaptada a las situaciones del mundo, tal
y como muchas congregaciones e Institutos los han venido interpretando,
reduciéndolos de tal manera que la pobreza se convierte en
una capacidad de sostenerse personalmente en forma autónoma; la castidad
en una capacidad de establecer sanas y fructíferas relaciones interpersonales;
y la obediencia en la habilidad para cooperar libremente en
posproyectos comunes de la congregación religiosa a la que se
pertenece.
Se trata más bien de una formación que permita ser
comprendida por el mundo como una capacidad de vivir sin
apegos a los bienes terrenales, haciendo un uso inteligente de
los recursos escasos con los que el hombre cuenta a
disposición .18 Enseñar al mundo un estilo peculiar de
vida en el que es posible ser feliz sabiéndose someter
a los otros, por el bien de la comunidad humana.
Y por último, enseñar con la propia vida que el
hombre puede alcanzar la felicidad si dejarse llevar por
sus pasiones o instintos, sino sometiéndolas a la razón.
La formación
para los consejos evangélicos deberá llevar por tanto a la
capacidad de hacerse entender por el mundo, es decir a
la capacidad de traducir la pobreza, la castidad y la
obediencia en un lenguaje inteligible a los hombres de nuestro
tiempos, analfabetas espirituales, pero sensibles siempre a ciertos valores universales.
Es todo un reto que requiere por un lado vivir
y entender íntegramente el valor espiritual humano y social de
los consejos evangélicos y por otro lado, religiosos capaces en
cualquier etapa de sus vidas, de ponerse en comunicación con
el mundo a través precisamente de la vivencia y la
explicación de los consejos evangélicos.
La tercera coordenada de formación se
refiere a la vida fraterna, definida como “experiencia y testimonio
de comunión (que) desarrolla la capacidad de adaptación que permite
responder a las diversas formas de actualidad (Religiosos y promoción
humana, n.33c).
Esta formación para la vida en comunidad se
presenta por tanto como una “experiencia y testimonio de comunión”,
es decir como la capacidad de establecer relaciones interpersonales y
aprovechar dicha capacidad para ponerla en común en el momento
de aplicarla a la misión confiada. Requiere por tanto de
personas que sepan huir de la tendencia aislacionista e individualista
de nuestros tiempos que hacen que la persona se repliegue
en sí misma como una isla, dejando a un
lado la vida fraterna en comunidad.
Por ello, la formación para
la vida fraterna en comunidad debe ayudar a desarrollar la
capacidad de adaptación a los nuevos retos que debe enfrentar
la vida consagrada. Se establece por tanto la necesidad de
desarrollar habilidades personales y en comunidad que permitan analizar la
realidad en la que debe actuar el carisma de la
congregación en las situaciones actuales y al mismo tiempo la
flexibilidad y la imaginación necesarias 19 para que toda
la comunidad pueda poner en marcha proyectos adecuados de presencia
de la vida consagrada.
La formación a la vida común entendida
de esta manera, no se reduce a una tolerancia mutua,
en donde el gran logro consiste en una política de
no-intromisión en los asuntos personales. Debe ser una formación completamente
opuesta. Teniendo como mira la evangelización, la inserción del propio
carisma en las nuevas situaciones obliga a las personas consagradas
a idear “nuevos contextos de inserción” (Religiosos y promoción humana,
n.33c) que requieren “una preparación espiritual y humana que ayude
a realizar una presencia madura de consagrados, capaz de renovar
las relaciones, tanto en el seno de la propia comunidad
como fuera de la misma” (Religiosos y promoción humana, n.33c).
Para ello es necesario pensar desde las primeras etapas de
la formación, y continuarla a lo largo de toda la
vida, en una base humana capaz de entablar sanas y
equilibradas relaciones interpersonales tanto a nivel de la comunidad como
a nivel externo. Para ello convendrá dar a conocer a
cada persona consagrada, mediante un análisis sereno y equilibrado cuáles
son las potencialidades de su propia personalidad, así como sus
principales defectos o tendencias negativas con el fin de que
mediante un trabajo paciente y continuo sobre estas posibilidades y
peligros, aunados con la ayuda de la gracia, logren formar
y continuar formando en sí mismos una personalidad rica y
armónica que les permita vivir una vida de comunidad floreciente,
respetuosa y sostenedora del propio desarrollo, así como una inserción
en el apostolado de acuerdo con el propio carisma adaptándolo
a las necesidades más apremiantes del contexto en el que
se desarrolla la misión.
Como última coordenada de formación señalada por
este documento nos encontramos con la necesidad de formar personas
consagradas en “la participación en la vida de la Iglesia
y en su misión, con actitudes de corresponsabilidad y complementariedad”
(Religiosos y promoción humana, n.33d). Esto requiere “un conocimiento actualizado
de sus iniciativas (de la Iglesia) y de los objetivos
que se propone avanzar” (Religiosos y promoción humana, n.33d). Cada
comunidad inserida en una diócesis debe ser consciente de que
su apostolado no está aislado del trabajo pastoral que se
desarrolla en dicha diócesis. La corresponsabilidad y complementariedad a la
que debe tender su participación en la vida diocesana implica
el poner a disposición de la Iglesia local el don
del carisma de la congregación a través de la obra
o de las obras particulares que lleva a cabo en
dicha diócesis. La corresponsabilidad se logrará en la medida en
que se asumen las directrices pastorales de la diócesis y
la complementariedad se alcanzará cuando diócesis y comunidad se apoyen
mutuamente. La diócesis aporta el territorio y las líneas directivas
de la pastoral mientras que la comunidad aporta el carisma
como forma concreta de venir al encuentro de algunas necesidades
específicas de la diócesis. Necesidades que responderán precisamente al la
gracia específica que cada carisma aporta a la misión de
cada Iglesia local.
No debemos olvidar que el carisma de cada
congregación se revela como una experiencia del Espíritu y que
en dicha experiencia se encuentra concentrado como en germen las
gracias necesarias para responder a unas necesidades específicas que dieron
origen a la congregación. Si bien dichas necesidades pueden cambiar
a lo largo del tiempo, ella han generado una capacidad
específica para responder a las distintas necesidades que se vayan
suscitando a lo largo de la historia. De dichas capacidades
específicas de respuesta se pueden servir tanto las comunidades como
las diócesis para enfrentar conjuntamente las necesidades prioritarias de mayor
actualidad de la Iglesia local, logrando así una fructuosa corresponsabilidad
y complementariedad. Pero para lograrlo es necesario que las personas
consagradas estén formadas en una doble capacidad. Primero, la de
entender e contexto de la diócesis en la que se
trabaja y segundo, la de poner a disposición de la
diócesis el propio carisma, con las adaptaciones requeridas y permitidas
por el mismo carisma.
Para ello es necesario conocer de tal
manera el carisma de la congregación que permita a las
personas consagradas y a las comunidades por ellos formadas una
capacidad de adaptar dicho carisma a las circunstancias de la
diócesis en las que deben trabajar. Deben estar por tanto
formadas de tal manera que se dejen interpelar por las
necesidades de la diócesis en forma tal que dichas necesidades
interroguen incesantemente al carisma. Con la riqueza espiritual, apostólica y
humana que posee el carisma, ellas serán capaces de participar
y enriquecer la vida de la Iglesia y su misión.
Mutuae
relaciones El presente documento lo podemos resumir con las misma palabras
de su introducción: “Ha ocurrido que la doctrina conciliar acerca
del misterio de la Iglesia, juntamente con las constantes innovaciones
culturales, han llevado las cosas a una tal sazón que
problemas completamente nuevos han empezado a surgir por doquier; problemas
delicados y complejos que, sin embargo, han resultado indudablemente positivos,
con frecuencia. Precisamente a este tipo de problemas pertenece el
de las relaciones mutuas entre Obispos y Religiosos que ha
sido motivo de especiales preocupaciones.” (Mutuae relationes, I)
Sin detenernos a
analizar las circunstancias que originaron las especiales preocupaciones en las
relaciones entre obispos y religiosos, el documento señala la necesidad
de una adecuad formación en distintos campos de la
vida religiosa y su contraparte en la vida diocesana, para
evitar que en el futuro surjan esos mismas problemas y
se logre una adecuada cooperación entre ambas realidades a favor
de la misión de la Iglesia.
Por la parte de los
religiosos el documento señala algunas consideraciones especiales que se deben
tener en cuenta en el momento de la formación. Es
emblemático el hecho de que define propio de los superiores
“la misión y mandato de perfeccionar, con diversas incumbencias, en
todo aquello que tiene relación con el incremento de la
vida de caridad conforme al modo de ser del Instituto;
y esto tanto por lo que se refiere a la
formación, fundamental y continua de los cohermanos, como en lo
referente a la fidelidad comunitaria y personal, a la práctica
de los consejos evangélicos según las propias Constituciones” (Mutuae relationes,
n.13b). Toca por tanto a los superiores formar a los
hermanos en la vida de caridad de acuerdo al carisma
propio del Instituto. Siendo que la vida consagrada tiene como
fin último el seguimiento más cercano de Cristo y que
este seguimiento se adquiere por el ejercicio de la perfecta
caridad, es decir del amor más perfecto que es el
amor a Dios y manifestado en múltiples detalles desde las
minucias de la vida fraterna hasta las obras externas que
reflejan el propio carisma del Instituto, toca al superior formar
a los miembros para que este seguimiento en el amor
crezca cada día de acuerdo a la perfección señalada por
el propio carisma.
Esta tarea formativa requiere que el superior no
se desentienda de la labor práctica que realizan los hermanos,
pero no sólo desde el punto de vista de la
eficiencia o del cumplimiento de la responsabilidad asignada en el
apostolado, sino desde el punto de vista de la caridad.
Esto quiere decir que el superior debe velar para que
cada acto y obra del religioso exprese un amor a
Dios, “de acuerdo con el modo de ser del Instituto”,
o sea, de acuerdo con el carisma propio. Para ello
se requiere, a mi modo de ver, que el superior
conozca el carisma en la práctica y sea consciente de
cuáles son las aplicaciones del mismo que los religiosos pueden
encarnar en la propia vida. Además, el superior de be
conocer de tal forma el organismo de la vida interior
con el fin de que pueda guiar a los hermanos
en la propia vida espiritual con el fin de que
su actividad apostólica no se convierta en un agente dispersivo
de su unión con Dios, sino que sea propiamente el
apostolado el reflejo de dicha unión con Dios. De esta
forma las obras apostólicas se convierten en una verdadera manifestación
del carisma.
Una segunda consideración para la formación en base a
este documento se refiere a una finalidad que Mutuae relaciones
considera fundamental para la adecuada relación entre obispos y religiosos.
Se refiere a la aplicación del propio carisma a los
tiempos actuales. Señala como tarea ineludible para los superiores “el
que los religiosos se preparen para ello con una formación
adecuada y que responda a las exigencias de los tiempos”
(Mutuae relationes, n.14c). Una urgencia de nuestro tiempo ha sido
la de saber adaptar el propio carisma a las nuevas
situaciones por las que atraviesan las sociedades. No es una
tarea que se improvisa o que se debe dejar al
libre albedrío de cada religioso. Es necesario, y así lo
subraya el documento, que se dé una adecuada formación a
los religiosos que los capacite para llevar a cabo esta
tarea delicada de la adaptación del carisma a nuestros tiempos.
Por ello, debe darse un conocimiento experiencial del carisma que
les permita hacer la experiencia del Espíritu como lo señala
el mismo documento en el número 11: “El carisma mismo
de los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu
(Evang. nunt. 11), transmitida a los propios discípulos para ser
por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía
con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne. Por eso
la Iglesia defiende y sostiene la índole propia de los
diversos Institutos religiosos” (Mutuae relationes, n. 11). Este conocimiento experimental
hará que el religioso desarrolle lo que pudiéramos llamar una
segunda personalidad, la personalidad carismática, que sin quitarle nada de
su propia personalidad y libertad la permea de tal manera
que su forma de ver la realidad, de juzgarla y
de actuar se vea profundamente tocada por los principios del
carisma, principios que libremente ha elegido vivir en primera persona
y que serán las directrices de su vida para poder
seguir más de cerca de Jesucristo.
Junto con este conocimiento
experiencial del carisma es necesario formar a los religiosos en
un adecuado conocimiento de las realidades de nuestro tiempo en
el que deben operar. Esfuerzos sobre este aspecto se han
hecho y muchos y cada congregación puede traer a colación
su propia experiencia. Pero creo que es necesario insistir en
el conocimiento de aquellas características que más representan a nuestras
sociedad, como son el indiferentismo religioso cuando no el antagonismo
religioso declarado, el triunfo del relativismo en todos los niveles
del quehacer humano, el avance de las sectas en ciertas
partes del mundo, especialmente en Latinoamérica. Sin un conocimiento real
de estas realidades se corre el peligro de que la
aplicación del carisma se haga sólo sobre estructuras sociales, políticas
o psicológicas, con el peligro de diluirlo en una simple
fuerza, quitándole precisamente el aguijón de la evangelización para el
cual fue sugerido por el Espíritu en el momento de
nacer.
Otra consideración importante sobre la formación y muy actual en
nuestro siglo XXI se refiere a “la necesidad de inserir
el misterio de la Iglesia en el ambiente propio de
cada región nace el problema del influjo recíproco de los
valores de universalidad y de singularidad en el Pueblo de
Dios.” (Mutuae relationes, n. 18) Con la inserción de nuevas
vocaciones provenientes de una cultura distinta a la europea, de
dónde provienen la gran mayoría de las congregaciones religiosas, se
plantea el problema de los valores culturales que se llevan
en la propia personalidad y su adaptación a una realidad
distinta a la de origen, así como la unidad que
debe darse en todo el Instituto, a pesar de las
distintas culturas de proveniencia de cada uno de sus miembros.
No cabe duda que el problema de la interculturalidad no
es de fácil solución, pero el documento dicta una línea
maestra en relación al tema: “den, además, a los candidatos
a su Instituto una formación que les haga capaces de
vivir realmente la genuina cultura local, pero con atenta vigilancia
que impida las aberraciones provenientes de la pérdida del impulso
misionero, inherente a su misma vocación religiosa, o del sentido
de la unidad y de la índole propia de cada
Instituto” (Mutuae relationes, n. 18b). El punto de equilibrio se
logra en la medida en que la cultura personal y
la cultura local no quitan el impulso misionero al carisma
ni rompen con la unidad del Instituto. Una cultura local
debe ser apreciada como una realidad terrena, como una criatura
en la que Dios ha regalado el don de la
vida y posiblemente el don de la vocación. Pero nunca
debe absolutizarse dicho valor en forma tal que se convierta
en el rector de la vida o en el tamiz
sobre el cual han de juzgarse otras realidades. Formar en
una adecuada interculturalidad significa estar abiertos a recibir aportes de
otras culturas, amoldarse a ellas y en cierta manera aceptar
las limitaciones de la propia cultura.
Formar en la interculturalidad significará
no tener a la cultura en sonde se opera como
valor único, absoluto e intocable, rector de toda forma del
trabajo apostólico. Este principio formativo debe aplicarse no sólo a
las religiosas que trabajan en tierra de misión, sino también
a las religiosas que laboran en una tierra ya evangelizada
pero infiltrada por el indiferentismo, una tierra necesitada de una
segunda evangelización, como Europa.
Cuando la situación cultural de un país,
una diócesis o un lugar determinado se convierte en un
valor absoluto que no se puede tocar, cuestionar o valorar
de acuerdo a la categoría del evangelio, estamos en una
situación ideológico que da más peso a una mentalidad preconcebida
que a la libertad interior de los hijos de Dios
que se proponen no sólo evangelizar sino también elevar el
nivel cultural de dichas culturas, a través de la misma
evangelización. No debemos olvidar que la evangelización no está reñida
con el respeto a los valores culturales, muchos de los
cuales contienen ricos elementos humanos que debidamente ponderados y adaptados
pueden ser vehículos preciosos de una evangelización.
El documento, al centrar
su atención en las relaciones entre obispos y religiosos lanza
una directiva formativa en doble sentido, que interesa tanto a
los religiosos como al clero diocesano. Una directiva que proviene
del más elemental sentido común, es decir, el conocimiento mutuo.
Cuando dos realidades se conocen, se establece en primer lugar
una relación de respeto mutuo, después será una relación de
corresponsabilidad y por último una relación de mutuo aprecio. Al
faltar este elemental conocimiento de lo que es la vida
consagrada o de lo que es la Iglesia particular, se
engarzan problemas interminables que desembocan muchas veces en rupturas. Se
da por una parte el aislamiento de los religiosos de
la vida parroquial o diocesana, o se da la pretensión
de muchos párrocos o sacerdotes diocesanos de someter o anular
el carisma de los Institutos de vida consagrada en función
de las necesidades más apremiantes de la parroquia o de
la diócesis. Por tanto, la formación debe darse en ambas
direcciones: la vida consagrada debe conocer las necesidades de la
Iglesia local “los Religiosos y Religiosas, ya desde el noviciado
sean formados de modo que adquieran una conciencia más exacta
y mayor solicitud por la Iglesia particular, aumentando al mismo
tiempo el sentido de fidelidad a su vocación específica” (Mutuae
relationes, n. 30a) y el clero diocesano debe comprender lo
que es la vida consagrada “los Obispos procuren que el
clero diocesano comprenda perfectamente los problemas que actualmente atañen a
la Vida religiosa y la urgente necesidad misionera; asimismo que
algunos Presbíteros selectos se preparen, de modo que puedan colaborar
eficazmente con los Religiosos y Religiosas, ayudándoles en su empeño
de progreso espiritual (cfr. OT 10; AG 39), aunque será
con frecuencia conveniente que esta misión sea confiada a religiosos
Presbíteros seleccionados para ello” (Mutuae relationes, n. 30b).
Una última consideración
sobre la formación que aporta este documento. Es importante formar
a los religiosos desde las primeras etapas y continuar dicha
formación a lo largo de toda la vida en un
sentido de unidad eclesial. La vida religiosa y las estructuras
eclesiales como la parroquia, los decanatos, la diócesis no son
contrarias y antagónicas entre sí, sino complementarias. Ambas formas la
Iglesia. Si los religiosos están formados en esta conciencia de
unidad, podrán aportar en todo momento la riqueza incomparable de
su carisma, sabiéndolo adaptar a las necesidades de la jerarquía
“Sería un grave error independizar — mucho más grave aún
el oponerlas — la vida religiosa y las estructuras eclesiales,
como si se tratase de realidades distintas, una carismática, otra
institucional, que pudieran subsistir separadas; siendo así que ambos elementos,
es decir los dones espirituales y las estructuras eclesiales, forman
una sola, aunque compleja realidad (cfr. LG 8). Por lo
tanto, los Religiosos y Religiosas, a la vez que manifiestan
una peculiar efectividad y una clara visión del futuro (cfr.
Parte I, cap. III), sean fieles con valentía al objetivo
y espíritu del Instituto, en perfecta obediencia y adhesión a
la autoridad jerárquica (cfr. PC 9; LG 12)” (Mutuae relationes,
n. 34).
La dimensión contemplativa de la vida religiosa Nacido como hijo
de su tiempo y provocado por las vicisitudes que se
percibían en el ambiente religioso, fruto de una reunión plenaria
de la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares,
este documento embona con los precedentes de la misma Congregación
en un tiempo álgido del posconcilio y de laguna forma
trata de “calmar las aguas” dando luz a situaciones difíciles
provocadas muchas veces por la contestación en el mundo religioso.
Al redactar “Religiosos y promoción humana” (12.8.1980) surgió la necesidad
de definir la importancia del elemento espiritual en todas las
formas de vida consagrada, no con un afán de equilibrar
la misión a la que está llamada la vida consagrada,
sino precisamente para fundamentar su esencia. “Todos los que son
llamados por Dios a la práctica de los consejos evangélicos
(…) impulsados por la caridad que el Espíritu Santo difunde
en sus corazones, viven más y más para Cristo y
para su Cuerpo, que es la Iglesia” (Decreto Perfectae caritatis,
n.1). Aparece por tanto en aquellos momentos la imperiosa necesidad
de definir en qué consiste esa unión con Cristo, este
ser “más y más para Cristo”.
Este documento tiene el mérito
de llenar el hueco que se venía dando en la
explicación del tipo de formación que debía privilegiarse, una vez
comenzado a ponerse en marchas las indicaciones del Concilio sobre
la renovación de la vida religiosa. Una de sus contribuciones
esenciales del documento será por tanto la de dar una
definición de lo que es la formación en la vida
consagrada “La formación religiosa en sus diversas fases, inicial y
permanente, tiene por objetivo principal calar a los religiosos en
la experiencia de Dios y ayudarlos a perfeccionar progresivamente esa
experiencia en su propia vida” (La dimensión contemplativa de la
vida religiosa, n. 17).
La definición, sucinta, breve y clara, centra
el objetivo primordial de la formación en la experiencia de
Dios. Esta experiencia de Dios no es un dato académico
que puede ser adquirido intelectualmente. Ante la ausencia del texto
latino, tomamos el texto italiano, el francés y el inglés,
en donde la palabra que se utiliza para propiciar en
los religiosos esta experiencia de Dios es la palabra española
“sumergir” (italiano: immergere; francés: immerger; inglés: immerse). Para hacer
la experiencia de Dios es necesario que los religiosos se
sumerjan en la necesidad de Dios, es decir que vivan
la vida de Dios en sí mismos y que se
dejen poseer por esa vida divina. Tal es, a mi
modo de ver el significado de la palabra sumergir aplicada
a la formación. Que en español debería utilizarse en la
forma reflexiva, diciendo por tanto que la formación tiene como
objetivo principal el propiciar que los religiosos se sumerjan en
a experiencia de Dios.
Cada uno de los religiosos debe hacer
esta experiencia de Dios si quiere llevar a cabo un
adecuado proceso formativo. El mismo documento en el número 27
nos da los elementos necesario mediante los cuales puede hacerse
esta experiencia de Dios: “Se insiste en la necesidad de
una formación inicial y permanente adecuada a la vocación y
vida de búsqueda contemplativa de Dios en la soledad y
el silencio, en la oración continua y en la intensa
penitencia, en el serio empeño de fundamentar tal formación sobre
bases bíblicas, patrísticas, litúrgicas, espirituales y de preparar formadores y
formadoras idóneos para tal función” (La dimensión contemplativa de la
vida religiosa, n. 17). La experiencia de Dios no
debe confundirse con un fenómeno místico. La experiencia de Dios
es una experiencia mística 20 de la unión
con Dios mientras que un fenómeno místico es la manifestación
externa de dicha unión con Dios. “Per fenomeno si intende
ciò che si manifesta o appare nell’ambito della sensibilità in
contrapposizione all’elaborazione teorica del concetto.” 21
La unión con Dios,
la experiencia de Dios o vivir la vida de Dios
son términos semejantes que tratan de describir el punto central
de la formación en la vida consagrada. Benedicto XVI ha
dicho que “No se comienza a ser cristiano por una
decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro
con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo
horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”
. 22 Es por tanto el encuentro personal con
Dios, manifestado en su Hijo Jesucristo, lo que permite al
cristiano vivir como tal. Dicha aseveración la podemos aplicar también
a la persona consagrada. Y precisamente es este encuentro con
Cristo, su unión con Él, vivir su misma vida, lo
que será el objeto principal de todo el proceso formativo
de la persona consagrada.
Se trata por tanto de que la
persona consagrada aprenda a vivir la vida de Dios en
sí mismo, es decir aprenda a ser una persona espiritual.
A veces el término espiritual puede asustarnos porque se confunde
con el fenómeno místico o con una vivencia demasiado subjetiva
de la realidad espiritual. Ya hemos explicado que espiritual no
tiene nada que ver con fenómeno místico. La vida espiritual
que se nos ha abierto a partir del bautismo, debe
vivirse en plenitud en la vida consagrada. Y honesto no
es así como contraposición al mundo laico. Ellos, los laicos
también pueden participar de la vida de Dios y pueden
vivir la vida del Espíritu. Pero la persona consagrada, por
su estilo de vida y por lo que está llamado
a ser, tiene mayores posibilidades de vivir con mayor integridad,
coherencia y fervor esta vida del Espíritu. De hecho los
medios ascéticos que se proponen para vivir la vida del
espíritu - la soledad y el silencio, la oración
continua y la intensa penitencia- son más fáciles de vivir
en el estilo de vida religiosa. Mediante ellos, la persona
consagrada aprenderá a estar con Dios y ser de Dios.
Este
y no otro es el objetivo de la persona consagrada
y por tanto el objetivo al que tiende la formación
en la vida consagrada. Estar con Dios y ser de
Dios requiere de toda una formación que sólo se logra
si desde el inicio de la vida consagrada se le
ayuda a la religiosa a experimentar la vida de Dios
en su vida, esto es, a hacer la experiencia de
Dios. Y como ya hemos ido mencionando, si el carisma
es la experiencia del Espíritu que Dios ha permitido que
realizara un Fundador para que otros pudieran compartir, profundizar, desarrollar
y transmitir dicha experiencia es lógico pensar que cada carisma
puede y debe servir como escuela privilegiada para aprender a
“calar” o sumergirse en la vida de Dios.
Elementos esenciales de
la vida consagrada
Génesis del documento. En 1979 Juan Pablo II tiene
la oportunidad de realizar su primer viaje por Estados Unidos
y puede “tocar con la mano” la situación de la
Iglesia en aquel país. De singular importancia fue su discurso
a las religiosas en el Santuario de la Inmaculada Concepción
en Washington el 7 de octubre de 1979. Previamente el
Papa había sido interpelado por la presidenta de la unión
de congregaciones religiosas femeninas de aquel país sobre temas candentes
como eran el sacerdocio para las mujeres, la liberación femenina
en la vida consagrada. Juan Pablo II recordó a las
religiosas que la consagración se construye sobre el bautismo y
se perfecciona con la vivencia de los consejos evangélicos, en
comunión con la Iglesia. “En los años que siguieron a
nuestro bautismo nos creció el conocimiento —y hasta la admiración—
del misterio de Cristo. Escuchando las bienaventuranzas, meditando en la
cruz, hablando con Cristo en la oración y recibiéndole en
la Eucaristía, fuimos progresando hasta un día, un momento particular
de nuestra vida, en el que ratificamos solemnemente nuestra consagración
bautismal con conciencia y libertad plenas. Manifestamos la determinación de
vivir siempre unidos a Cristo y ser miembros vivos y
generosos del Pueblo de Dios según los dones recibidos del
Espíritu Santo. Vuestra consagración religiosa se construye sobre este único
fundamento del que participan todos los cristianos en el Cuerpo
de Cristo. Con el deseo de perfeccionar e intensificar lo
que Dios comenzó por el bautismo en vuestra vida y
convencidas de que Dios os estaba ofreciendo el don de
los consejos evangélicos, quisisteis seguir a Cristo más de cerca,
conformar más completamente vuestra vida con la de Jesucristo, en
una comunidad religiosa determinada y a través de ella. Esta
es la esencia de la consagración religiosa: profesar dentro de
la Iglesia y para bien de ésta, pobreza, castidad y
obediencia en respuesta a la invitación especial de Dios. a
fin de alabar y servir a Dios con mayor libertad
de corazón (cf. 1 Cor 7, 34-35), y para llevar
una vida más conforme a la de Cristo, según el
tipo de vida elegido por El y su Madre bendita
(cf. Perfectae caritatis, 1; Lumen gentium, 46)” .23
Dándose cuenta
el Papa de los problemas que se comenzaban a dar
en la vida religiosa en Estados Unidos especialmente por la
cada vez más preocupante disensión del magisterio de la Iglesia,
encarga a una comisión de obispos el ayudar a los
religiosos a vivir su vocación eclesial. En esa carta del
3 de abril de 1983 recuerda cuáles son los elementos
esenciales de la vida religiosa: “These include: a vocation given
by God, an ecclesial consecration to Jesus Christ through the
profession of the evangelical counsels by public vows, a stable
form of community life approved by the Church, fidelity to
a specific founding gift and sound traditions, a sharing in
Christ´s mission by a corporate apostolate, personal and liturgical prayer-
especially Eucharistic worship, public witness, a lifelong formation, a form
of government calling for religious authority based on faith, a
specific relation to the Church. Fidelity to these basic elements,
laid down in the constitutions approved by the Church, guarantees
the strength of religious life and grounds our hope for
its future growth.” 24
Por la importancia universal de estos
elementos, el Papa encarga a la Sagrada Congregación para los
Religiosos e Institutos seculares la redacción de un documento de
carácter universal, basado sobre la carta enviada a los obispos
americanos. El documento representa un desarrollo teológico sobre tres puntos:
el elemento base de la vida consagrada es la consagración
que parte de Dios sobre el religioso y el religioso
que responde a dicha acción de Dios; la consagración comporta
una misión; la consagración es una llamada nueva y especial
con respecto a aquella del bautismo. 25
La formación. En lo
que se refiere a la formación el documento representa una
profundización y un avance respecto al concepto de formación del
documento precedente. Si La dimensión contemplativa de la vida religiosa
se refería a la formación como una forma de hacer
calar a los religiosos en la experiencia de Dios, Elementos
esenciales retoma este concepto pero lo aplica a toda la
vida. Parte de la convicción de que la vida es
un constante desarrollo y si la consagración no es un
acontecimiento que se reduce a un momento de la vida
de la persona consagrada, sino que es un continuum, iniciado
por Dios y continuado en el arco del tiempo a
través de la misma acción de Dios con la cooperación
de la persona consagrada, establece un concepto interesante y novedoso
de formación. Como la consagración a Dios se desarrolla al
mismo tiempo que se desarrolla la vida, la persona consagrada
debe buscar los medios más adecuados para crecer en esta
consagración a Dios, que no es otra cosa que el
crecer en la vida de Cristo, en la experiencia de
Dios, según lo establecía y como ya lo hemos explicado
al estudiar La dimensión contemplativa de la vida religiosa. Crecer
en la configuración con Cristo a través de las normas
de un determinado Instituto viene a ser la esencia de
toda formación en la vida consagrada: “La vocación de Dios
y la consagración por El, continúan a lo largo de
la vida, capaces de crecimiento y ahondamiento, en formas que
van más allá de nuestro entender. El discernimiento de la
capacidad de vivir una vida que promueva este desarrollo, de
acuerdo con el patrimonio espiritual y las normas de un
determinado instituto y el acompañamiento de la vida misma en
su evolución personal en cada miembro de la comunidad, son
las dos principales facetas de la formación” (Elementos esenciales, n.
44).
El documento explica cada una de las partes de esta
definición, por lo que valdrá la pena que nos detengamos
un poco en cada una de estas explicaciones para ahondar
y enriquecer el concepto que nos vamos formando de la
formación de la vida consagrada según el Magisterio de la
Iglesia.`
El primer elemento que el documento subraya es la necesidad
de definir la formación y lo hace estableciendo la formación
como un proceso, es decir como un hecho iniciado, continuado
y nunca acabado mientras la persona no se encuentre con
Cristo en la muerte. Si la formación “tiene por objetivo
principal calar a los religiosos en la experiencia de Dios
y ayudarlos a perfeccionar progresivamente esa experiencia en su propia
vida” (La dimensión contemplativa de la vida religiosa, n. 17),
esta experiencia puede iniciar antes del noviciado, se enraíza en
el noviciado y debe continuarse a lo largo de la
vida de la persona consagrada, ya que se habla de
experiencia y no de un hecho consumado. Quizás la palabra
experiencia puede prestarse a confusión pues al estar expresada en
forma singular puede pensarse en que se debe reducir a
un hecho o a un acontecimiento. En este caso creo
que la palabra experiencia quiere significar el cúmulo de experiencias
o la experiencia continua que la persona consagrada hace de
Dios. De esta forma se entiende la explicación que da
Elementos esenciales sobre lo que significa la experiencia de Dios
circunscrito al proceso de formación: “Para cada religioso, la
formación es el proceso de llegar a ser más y
más un discípulo de Cristo, creciendo en unión y en
configuración con El. Se trata de ir asimilando cada vez
más el Espíritu de Cristo, (…). Tal proceso requiere una
genuina conversión. « Revestirse de Cristo » (cf Rm 13,
14; Gl 3, 27; Ef 4, 24) exige desprenderse de
la autosuficiencia y del egoísmo (cf Ef 4, 22-24; Col
3, 9-10)” (Elementos esenciales, n. 45). Nos encontramos por tanto
ante la formación como el proceso mediante el cual la
persona hace la experiencia de Dios que bien puede entenderse
como el vivir la vida del Espíritu de Cristo a
lo largo de toda su vida. Es el irse configurando
con la persona de Cristo de forma tal que Cristo
pueda tomar cada día más posesión de la persona consagrada.
La configuración con Cristo, el tener los mismo sentimientos de
Cristo será el objetivo central de todo el proceso de
formación. Este concepto será retomado y profundizado teológicamente años más
tarde por la Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata.
Para
Elementos esenciales no existe una vida consagrada en sí misma.
La vida consagrada se injerta en un carisma: “La señal
distintiva de cada instituto religioso se halla en el modo
con que estos valores de Cristo (los votos) se expresan
visiblemente. Por esta razón, el contenido de los votos de
cada instituto, como está expresado en sus Constituciones, debe aparecer
claro y sin ambigüedad” (Elementos esenciales, n. 16). No se
puede por tanto comprender que el crecimiento en la consagración,
en la asimilación de la vida de Cristo y en
el desarrollo personal se lleven a cabo al margen del
carisma del Instituto. Si cada carisma contiene su propio espíritu,
carácter, finalidad y tradición, no lo es por mero devocionismo,
sino que cada aspecto de la persona consagrada, cada faceta
de su vida, debe estar impregnada del carisma, en forma
tal que su crecimiento en la configuración con Cristo se
realice en base al carisma del propio Instituto. La persona
consagrada debe conocer cada una de las facetas de su
propio carisma, que como experiencia del Espíritu (Mutuae relationes, n.
11) puede y debe informar a toda la vida. No
debe verse por separado las propias cualidades personales y el
carisma del Instituto, como si éste fuera un artículo de
uso meramente devocional. Como criatura espiritual, el carisma está llamado
a informar las potencias de la persona, esto es sus
facultades espirituales como la inteligencia y la voluntad en forma
tal que la persona aprenderá con el carisma a ir
teniendo los mismos sentimientos de Cristo, objetivo de la formación,
porque aprenderá mediante el carisma a conocer las cosas desde
el punto de vista de Cristo y a quererlas desde
el mismo corazón de Cristo. Se establece por tanto el
carisma como un medio privilegiado para la formación. “La creciente
configuración con Cristo se va realizando en conformidad con el
carisma y normas del instituto al que el religioso pertenece.
Cada instituto tiene su propio espíritu, carácter, finalidad y tradición,
y es conformándose con ellos, como los religiosos crecen en
su unión con Cristo” (Elementos esenciales, n. 46).
Por último el
documento recuerda que el principal artífice de la formación es
Dios mismo: “Puesto que la iniciativa en la consagración religiosa
está en la llamada de Dios, se sigue que Dios
mismo, actuando por medio del Espíritu Santo de Jesús, viene
a ser el primer y principal agente de la formación
del religioso. El actúa a través de su palabra y
de los sacramentos, de la oración y la liturgia, del
magisterio de la Iglesia y, en forma más inmediata, a
través de aquellos que han sido llamados por la obediencia
a secundar de modo especial la formación de sus hermanos
y hermanas” (Elementos esenciales, n. 47). Este es quizás uno
de los elementos que más se han descuidado a lo
largo del periodo de renovación de la vida consagrada que
siguieron después del Concilio y que ahora vemos con satisfacción
que se vuelve a retomar. Si la formación es sobretodo
una obra espiritual en la que la persona quiere configurarse
plena y completamente con Cristo, debe ser el mismo Espíritu
de Cristo el que sea el autor principal. Es cierto,
el hombre debe cooperar con su libertad, porque la gracia
supone la naturaleza. Pero nunca la naturaleza podrá llevar a
cabo lo que debería ser la obra de la gracia.
Muchos institutos de vida consagrada no lo entendieron de dicha
forma y parte ingente de sus esfuerzos en la formación
los dedicaron a preparar formadoras expertas en las ciencias humanas,
especialmente en la psicología, pero carentes de un conocimiento de
la vida del Espíritu y aún más dramático, carentes de
una vida personal espiritual fuerte y vigorosa, capaz de atraer
a las formanda a la vida del Espíritu y por
ende, capaz de comprenderlas y de guiarlas por los senderos
del Espíritu. Esto trajo como colofón religiosas muy bien preparadas
en diversos campos, amplias conocedoras de sí mismas y de
sus problemas desde el punto de vista psicológico, pero carentes
de una vida espiritual.
Tener a Dios como principal protagonista de
la formación no es sólo fideísmo, sino que es aprender
a escuchar su voz en el interior de cada persona,
especialmente en la oración y tener la suficiente fuerza de
voluntad expresada en el amor, capaz de secundar las mociones
del Espíritu de Cristo para lograr cada día más una
conformación más plena con la vida de Cristo, de acuerdo
con el propio carisma.
Orientaciones sobre la formación en los
Institutos religiosos Largo e incompleto sería el esfuerzo por comentar todo
este documento, centrado precisamente en el tema que nos atañe,
esto es la formación. Una instrucción que sin duda recoge
los conceptos que sobre la formación han expresado documentos anteriores
y que sin duda los profundiza y los amplia. Por
ello focalizaremos nuestra atención en lo que considero las aportaciones
y novedades más importantes con las que la presente instrucción
contribuye al Magisterio de la Iglesia.
Hay que hacer mención de
un hecho importante. Cuando se redacta esta instrucción, -la fecha
de promulgación es el 2 de febrero de 1990-, ya
se ha promulgado el nuevo código de Derecho canónico, precisamente
el 25 de enero de 1983. Si bien el documento
precedente que hemos analizado, Elementos esenciales, tiene fecha de promulgación
del 31 de mayo de 1983, no se puede establecer
que haya incorporado ya los cambios del nuevo Código de
derecho Canónico de 1983. Es de imaginarse que después de
1917, año de la promulgación del anterior Código de Derecho
Canónico, muchas cosas hayan tenido que cambiar en la Iglesia,
especialmente después del Concilio Vaticano II. Por ello Orientaciones
sobre la formación en los Institutos religiosos, puede considerarse el
primer documento del Magisterio de la Iglesia para la vida
consagrada que introduce las novedades aportadas por el Código de
Derecho Canónico de 1983.
Es tan importante este hecho, que el
documento en análisis parte precisamente de la definición que da
el Código de Derecho canónico de lo que es la
vida consagrada para después centrarse en lo que es la
formación. Es interesante el dato de que Orientaciones sobre la
formación en los Institutos religiosos recurre a la definición de
la vida consagrada que da el Código de derecho canónico,
porque mediante dicha definición quiere establecer cuál es la identidad
de la vida consagrada, ya que “El fin primordial de
la formación es permitir que los candidatos a la vida
religiosa y los jóvenes profesos descubran en primer lugar, asimilen
y profundicen después, en qué consiste la identidad del religioso”
(Orientaciones sobre la formación en los Institutos religiosos, n. 6).
Este concepto de identidad del religioso hay que saberlo leer
e interpretar a la luz de los acontecimientos históricos
que se fueron dando en la época de la renovación
de la vida religiosa.
El Concilio Vaticano II había impulsado
a la vida consagrada a descubrirse a sí misma con
el fin de ofrecer toda la riqueza que este tipo
de vida podía ofrecer al hombre contemporáneo. Así lo apuntaba
el decreto Perfectae caritatis cuando daba los lineamientos de
la adecuada renovación: “La adecuada adaptación y renovación de la
vida religiosa comprende a la vez el continuo retorno a
las fuentes de toda vida cristiana y a la inspiración
originaria de los Institutos, y la acomodación de los mismos,
a las cambiadas condiciones de los tiempos.” 26 Es
el retorno a las fuentes de la vida cristiana y
a los orígenes de cada Instituto de vida consagrada lo
que ayudará a cada congregación y a cada persona consagrada
a recobrar el fervor necesario para continuar la labor iniciada
por los fundadores en una época de constantes cambios y
refractaria al mensaje del evangelio. Se ponen por tanto en
marcha numerosas iniciativas para descubrir esos orígenes y así sacara
las fuerzas espirituales para seguir dando una aportación a la
evangelización del mundo, mediante una espiritualidad y una misión muy
específicas para cada Instituto.
Sin embargo estos buenos deseos en algunos
casos se vieron no del todo cumplidos, sino incluso desviados
de su justa finalidad cuando se comenzaron a dar interpretaciones
al mismo Concilio vaticano II que eran ajenas al pensamiento,
a la tradición y al Magisterio de la Iglesia. Ya
Paulo VI en la Exhortación apostólica Evangelica testificatio había comenzado
a advertir estas desviaciones, poniendo en guardia sobre las consecuencias
que una adaptación demasiado rápida y sin el debido discernimiento
podía acarrear. Reclama por tanto de todas las personas consagradas
y de todos los Institutos el que tengan clara su
identidad, en el momento de hacer las adaptaciones para lograr
la adecuada renovación. “Para un ser que vive la adaptación
a su ambiente no consiste en abandonar su verdadera identidad,
sino más bien en robustecerse dentro de la vitalidad que
le es propia. La profunda comprensión de las tendencias y
de las necesidades del mundo moderno deben encauzar vuestras energías
a brotar con renovado vigor y frescura.” 27
La verdadera
identidad de la vida consagrada se encontraba por tanto en
el evangelio y en el carisma propio de cada Instituto.
No se trataba por tanto de construir una nueva identidad
como si el Concilio Vaticano II hubiera querido cancelar todo
lo despasado, como algunas voces discordantes comenzaban a propagar desde
finales de los años setentas, Para esas voces, que posteriormente
Benedicto XVI catalogará como la hermenéutica de la discontinuidad ,28
el Concilio Vaticano II se encontraba anegado de personas
que no habían comprendido el nuevo espíritu que debía infundir
a la Iglesia los cambios necesarios para adaptarse al mundo.
Según ellos, los textos del Concilio no reflejaban el verdadero
espíritu del Concilio, por lo cual el trabajo de cada
congregación y de cada persona consagrada era el de descubrir
el verdadero espíritu del Concilio y aplicarlo a su caso
personal. Ellos hablaban de una pérdida de la identidad de
la vida consagrada y la necesidad de estar siempre en
busca de ella, cuando en realidad se trataba de descubrir
lo que siempre había existido, a partir de las fuentes
de la espiritualidad cristiana –el evangelio sobretodo-, y el propio
carisma, o dicho aún en términos de los años setentas,
las inspiraciones originarias de los fundadores.
Para Orientaciones sobre la formación
en los Institutos religiosos la identidad de la vida consagrada
queda definida de acuerdo a lo estipulado por el nuevo
Código de Derecho Canónico en el canon 573 § 1:
“La vida consagrada por la profesión de los consejos evangélicos
es una forma estable de vivir en la cual los
fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción
del Espíritu Santo, se dedican totalmente a Dios como a
su amor supremo, para que entregados por un nuevo y
peculiar título a su gloria, a la edificación de la
Iglesia y a la salvación del mundo, consigan la perfección
de la caridad en el servicio del Reino de Dios
y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, preanuncien la
gloria celestial” (Código de Derecho Canónico, 573 § 1). Centrada
la identidad de la vida consagrada en una forma de
vida mediante la cual los fieles siguen más de cerca
de Cristo, se dedican totalmente a Dios para la edificación
de la Iglesia y la salvación del mundo, la formación
consistirá, según las etapas de la vida y de la
misma formación en descubrir, asimilar y profundizar esta identidad.
El
documento retoma varios conceptos de los documentos anteriores. Por ejemplo,
de Elementos esenciales, retoma el concepto de proceso, centrándolo en
los tres verbos que abarcan todo el arco de la
vida, -descubrir, asimilar y profundizar-, pero dejando una puerta más
abierta a este proceso ya que invita a una interiorización
del proceso de formación. No se trata simplemente de un
proceso académico o intelectual de aprendizaje, sino que es una
apropiación de una identidad que conlleva todas las potencias de
la persona a lo largo de toda su vida.
De la
misma manera Orientaciones sobre la formación en los Institutos religiosos
vuelve a tomar de La dimensión contemplativa de la vida
religiosa el concepto de formación como experiencia de Dios al
hablar de la dedicación total que la persona debe tener
a Dios como amor supremo. Ninguna persona puede dedicarse plenamente
a Dios si no hace constantemente la experiencia de Dios,
esto es lo conoce, lo ama y lo sigue, como
propone San Ignacio de Loyola en la petición de la
segunda semana de sus ejercicios espirituales.
Otra gran novedad de este
documento será la sistematización que hace de la formación en
la vida consagrada. Para no ser prolijo en la explicación,
bastará revisar el índice del documento y darnos cuenta como
Orientaciones sobre la formación en los Institutos religiosos puede ser
una buena guía para quien tiene la alta de tarea
de ayudar en la formación de sus cohermanos o para
quien quiera seguir un recorrido personal de formación.
Vida fraterna en
comunidad Dentro de los cambios que la sociedad y los tiempos
modernos han contemplado y que mayormente han incidido en la
fisonomía de las comunidades, ha sido la revaloración de la
persona, especialmente en lo referente a su dignidad. No cabe
duda que el siglo XX, especialmente después de las atrocidades
cometidas en la II Guerra Mundial ha meditado con detenimiento
en el valor individual de cada persona. Benedicto XVI en
un discurso a sacerdotes de la diócesis de Belluno-Feltre y
Treviso 29 refiere precisamente como las revoluciones culturales después
de la Segunda Guerra Mundial han centrado su dinámica en
la dignidad de la persona, siendo que muchas veces esta
dignidad ha sido tomada en modo erróneo.
Este “nuevo valor” o
revaloración de la persona tiene una incidencia primordial en uno
de los elementos esenciales de la vida fraterna en comunidad.
Siendo la vida fraterna en comunidad uno de los elementos
más importantes pero más golpeados a raíz de la clausura
del Concilio Vaticano II, por el hecho de las teorías
en boga sobre el asamblearismo, el individualismo y la exaltación
sin medida de la libertad de la persona, era necesario
un documento del Magisterio de la Iglesia que ayudara a
incorporar todos los nuevos cambios de la sociedad y especialmente
en la nueva valoración de la dignidad de la persona,
dentro de la vida fraterna en comunidad. “El argumento de
este documento tiene en cuenta un hecho: la fisonomía que
hoy presenta «la vida fraterna en común» en numerosos países
manifiesta muchas transformaciones con respecto al pasado. Tales transformaciones, así
como las esperanzas y desilusiones que han acompañado y siguen
acompañando este proceso, requieren una reflexión a la luz del
Concilio Vaticano II. Ellas han llevado a efectos positivos, pero
también a otros más discutibles. Han puesto de relieve no
pocos valores evangélicos dando nueva vitalidad a la comunidad religiosa,
pero también han suscitado interrogantes por haber oscurecido algunos elementos
típicos de la misma vida fraterna vivida en comunidad. En
algunos lugares parece que la comunidad religiosa ha perdido relevancia
ante los religiosos y religiosas, y que no es ya
un ideal que se deba perseguir. Con la serenidad y la
urgencia de quien busca la voluntad del Señor, muchas comunidades
han querido valorar esta transformación para corresponder mejor a la
propia vocación en el pueblo de Dios.” 30
El
documento es de una claridad meridiana y de una aplicación
práctica extraordinaria ya que se dedica a tratar no sólo
aspectos de la formación personal que tienen que ver con
la vida fraterna en comunidad, sino también con la formación
de la misma comunidad, una novedad que antes ningún documento
había tratado. Baja también a aspectos prácticos como el uso
de los medios de comunicación en comunidad, para los cuales
sugiere un tipo de formación muy específico e introduce el
tema de la afectividad y sus consecuencias en la vida
fraterna de comunidad.
Antes de hacer el análisis del tema de
la formación, creo conveniente señalar cuál es el concepto de
vida fraterna en comunidad manejado por el documento, ya que
los aspectos formativos toman por descontado este documento. Quien vive
en comunidad, quien forma una comunidad o quien quiere ayudar
a una comunidad debe saber el significado de lo que
es una comunidad. El documento no se anda con rodeos
y dice que la comunidad es un don, un lugar
en dónde se llega a ser hermanos y un lugar
y sujeto de la misión. (Vida fraterna en comunidad, n.
7). Es importante constatar el hecho de que antes que
un agregado social, o una sociedad de personas que se
reúnen para un fin común aunque éste sea espiritual, antes
que fieles católicos que buscan el llevar a cabo una
misión, la vida fraterna en comunidad es un don del
Espíritu, esto es, un don de Dios: “La comunidad religiosa
como don: antes de ser un proyecto humano, la vida
fraterna en común forma parte del proyecto de Dios, que
quiere comunicar su vida de comunión. (…) La comunidad religiosa
es un don del Espíritu, antes de ser una construcción
humana. Efectivamente, la comunidad religiosa tiene su origen en el
amor de Dios difundido en los corazones por medio del
Espíritu, y por él se construye como una verdadera familia
unida en el nombre del Señor.” (Vida fraterna en comunidad,
n. 7a y 8).
Sobre esta definición se construirán todas las
sugerencias y loas indicaciones del documento. Por tanto, quien trabaja
en y con la comunidad debe poner en primer lugar
la realidad espiritual de este elemento esencial de la vida
consagrada. Si bien es cierto que está formado por personas
humanas y que como tales se rigen por una leyes
humanas que la psicología, la sociología y otras ciencias humanas
han catalogado, observado y previsto con rigor científico, no debe
olvidarse que también las realidades del espíritu tienen unas leyes
espirituales que deben conocerse, si no se quiere reducir la
comunidad religiosa a un mero dato humana. Además, dichas leyes
espirituales no están en contra de las leyes humanas, observadas
por las ciencias ya citadas, sino que se complementan mutuamente.
No es la carne ni la sangre la que ha
unido a esas personas en un proyecto común, sino que
ha sido Dios mediante una experiencia del Espíritu, mediante
un carisma que quiere ser compartido, vivido, profundizado y transmitido
por todos los que comparten este tipo de vida. Habiendo
dejado por sentada esta realidad podemos continuar adelante con nuestra
exposición, excogitando aquellos elementos más importantes que sobre la formación
maneja el documento.
La primera novedad de este documento es la
realidad con la que maneja el concepto de vida fraterna
en comunidad. Si ya antes ha dicho que la comunidad
es un don de Dios, no por eso se ilude
y piensa que todo será fácil, sólo porque Dios así
lo quiere. Al contrario, es consciente de la que la
vida fraterna en comunidad comporta sacrificios a veces no muy
fáciles de llevar, por lo cual pide que desde el
inicio de la formación se tome conciencia de lo que
es la vida fraterna en comunidad y se enseñe a
vivir en esta realidad y no en una ilusoria. Es
ésta una visión objetiva de la realidad que sabe enfrentar
las dificultades de la convivencia comunitaria. Y es también una
visión de la nueva realidad que está perneando a todas
las congregaciones religiosas. Se está haciendo el pasaje de una
vida de comunidad tipo “archipiélago” en dónde cada miembro
de la comunidad era una isla aparte que no interfería
en la realidad de los otros y los otros no
interferían en su vida, a un tipo de comunidad más
de tipo familiar en dónde las relaciones mutuas tendrán una
gran incidencia en la vocación de cada persona .31
Por ello pide que desde el inicio de la formación
no se escondan ni las bondades ni los problemas adyacentes
a la vida fraterna de comunidad, invitando a los formadores
a dar la adecuada y respectiva formación inicial: “Una vida
común fraterna y compartida ejerce un natural encanto sobre los
jóvenes, pero perseverar después en las reales condiciones de vida
se puede convertir en una pesada carga. Por ello la
formación inicial ha de llevar también a una toma de
conciencia de los sacrificios que exige vivir en comunidad y
a una aceptación de los mismos en orden a vivir
una relación gozosa y verdaderamente fraterna, y a todas las
demás actitudes típicas de un hombre interiormente libre; porque cuando
uno se pierde por los hermanos se encuentra a sí
mismo” (Vida fraterna en comunidad, n. 24).
Uno elemento que privilegia
este documento es el de la formación permanente o continua
formación como lo llama en el título del número 43,
Ser una comunidad en continua formación. Si bien en el
documento no se señala ninguna definición o explicación del término
–tendremos que esperar hasta el documento Vita consecrata-, lo da
por un hecho en la vida de muchas congregaciones. Así
lo señala en los números introductorios ,32 dando por
sentada que la formación permanente se ha inserido ya en
el andar de muchas comunidades. Este es un dato sin
duda positivo, puesto que permite comprobar que por lo menos
una parte de los lineamientos dictaos por Perfectae caritatis para
la adecuada renovación de la vida consagrada se ha tomado
en serio. La renovación, decía Perfectae caritatis, no podrá
llevarse a cabo sin la debida formación de todos los
miembros. Esta formación se refería no sólo a la formación
inicial, sino a la formación que debe abarcar toda la
vida y todos los sectores de la vida de la
persona consagrada. “La renovación y adaptación de los Institutos depende
principalmente de la formación de sus miembros” (Perfectae caritatis, n.
18).
Esta formación permanente tiene uno de sus núcleos en la
vida fraterna en comunidad, puesto que es ahí, en el
obrar cotidiano, en dónde se ponen en práctica los resultados
de la formación inicial y aquellos de la formación
permanente. Los retiros espirituales, los ejercicios espirituales de cada año,
los posibles cursos o estudios de actualización que la comunidad
puedan llevar a cabo, van a constatar sus resultados en
la vida de la comunidad. De nada sirven los grandes
planes y los lineamientos trazados por los Capítulos generales, las
circulares de la Madre General o las indicaciones del Consejo
general, si la vida fraterna no se beneficia de estas
iniciativas. “La comunidad religiosa, en efecto, es el lugar donde
las grandes orientaciones se hacen operativas, gracias a la paciente
y tenaz mediación cotidiana” (Vida fraterna en comunidad, n. 43).
Se habla por tanto de un proceso de formación permanente,
en donde la persona se ayuda de diversos elementos para
su constante crecimiento humano y espiritual. El tomar a la
persona como centro de la formación es una innovación en
el periodo de la renovación post-conciliar de la vida consagrada.
Se valora ahora a la persona por lo que es,
para dejar de verla como un número o como un
agregado más en la comunidad. Era éste uno de los
deseos de los Padres conciliares al promover la adaptación de
la vida religiosa a los tiempos modernos. Frente a una
sociedad en que la persona humana era cada vez más
valorada, la vida consagrada no podría permanecer de espaldas a
esta realidad, siendo la persona consagrada en singular, la que
debería ser tomada en cuenta en todo momento.
Si bien la
persona consagrada recibe los beneficios directos de la formación, es
también agente de ayuda o desayuda para el crecimiento de
toda la comunidad. Se establece por tanto en la comunidad
un proceso de vasos comunicantes en dónde lo que le
sucede a uno influye en el otro. “La comunidad religiosa
es la sede y el ambiente natural del proceso de
crecimiento de todos, donde cada uno se hace corresponsable del
crecimiento del otro” (Vida fraterna en comunidad n. 43).
Nos encontramos de nuevo con un gran aporte de
este documento que, consciente de los cambios que los nuevos
tiempos han originado en la comunidad y centrándose en la
persona revalorando su dignidad, hace ver la necesidad de establecer
un programa formativo que beneficie a todos los miembros de
la comunidad. No se trata ni de igualar a todos
los miembros de la comunidad sino de lograr que la
comunidad avance como un todo con un programa de formación
bien establecido que tome en cuenta las necesidades de la
comunidad y los dones y limitaciones de cada miembro. La
comunidad se convierte de esta manera en un agente formativo
para cada persona que pertenece a ella, en la medida
en la que quiera aprovechar los medios que la comunidad
en forma explícita o implícita pone a su disposición.
El documento
maneja dos elementos de la vida consagrada, desde el punto
de vista de la comunidad: la dimensión comunitaria de los
consejos evangélicos (n. 44) y el carisma (n. 45).
Sobre los
consejos evangélicos parte de una presupuesto muy importante: los votos
no se viven en forma individual, sino en comunidad. “La
profesión religiosa es expresión del don de sí mismo a
Dios y a la Iglesia, pero, de un don vivido
en la comunidad de una familia religiosa. El religiosos no
es sólo un «llamado» con una vocación individual, sino que
es un «convocado», un llamado junto con otros con los
cuales «comparte» la existencia cotidiana. Se da una convergencia de
«sí» a Dios que une a los distintos consagrados en
una misma comunidad de vida. Los religiosos, consagrados juntos, unidos
en el mismo «sí», unidos en el Espíritu Santo, descubren
cada día que su seguimiento de Cristo «obediente, pobre y
casto» se vive en la fraternidad, como los discípulos que
seguían a Jesús en su ministerio: unidos a Cristo y,
por lo tanto, llamados a estar unidos entre sí; unidos
en la misión de oponerse proféticamente a la idolatría del
poder, del tener y del placer” (Vida fraterna en comunidad,
n. 44). Esta dimensión comunitaria no excluye la responsabilidad
personal de frente al compromiso adquirido por Dios en el
momento de la profesión. Se trata más bien de tomar
conciencia de que la consagración se vive en comunidad. Esta
unión de por sí no añade nada a la consagración
que se hace el Señor, pero marca a las personas
con un estilo de vida muy particular que viene a
influir en la forma personal como se viven cada uno
de los votos. Podemos afirmar por tanto que la comunidad
modela la forma personal con la que cada persona consagrada
vive sus votos, sin por ello despojarla de su propia
personalidad.
Los votos al ser vividos bajo la luz del carisma
específico enriquecen a cada persona, pues le permiten imprimir su
propia personalidad a cada uno de los votos en la
medida en que la persona consagrada hace suyo cada uno
de los votos, de acuerdo a las sugerencias y las
indicaciones de la propia espiritualidad. Hacer suyos cada uno de
los votos significa integrarlos con la propia persona, esto con
en entendimiento y con la voluntad. Cuando la persona consagrada
no se conforma con un cumplimiento de los votos de
mera fachada sino que los incorpora a su entendimiento, esto
es, comprende el porqué de las especificaciones de los votos
marcados por el propio carisma; y los incorpora también a
su voluntad, es decir, quiere cumplirlos por amor a Cristo
en la forma en que le indica la espiritualidad propia
porque ahí ve una forma de amar a Cristo, se
habla entonces de una persona consagrada integrada con la propia
espiritualidad que se deja modelar por la espiritualidad propia y
que a su vez ayuda a modelar a los otros
en la vivencia de los votos.
El segundo aspecto de la
formación permanente en orden al crecimiento de la vida fraterna
es el carisma. “La referencia al propio Fundador y al
carisma, tal como ha sido vivido y comunicado por él
y después custodiado, profundizado y desarrollado a lo largo de
toda la vida del instituto, es, por tanto, un elemento
fundamental para la unidad de la comunidad. Vivir en comunidad
es, en realidad, vivir todos juntos la voluntad de Dios,
según la orientación del don carismático, que el Fundador ha
recibido de Dios y ha transmitido a sus discípulos y
continuadores” (Vida fraterna en comunidad, n. 45).
Como medios para
lograr esta formación en torno al propio carisma el documento
sugiere programas de formación, cursos periódicos de estudio y de
reflexión orante sobre el Fundador, el carisma y las constituciones,
siendo éstas una de las fuentes privilegiadas del propio carisma.
El conocer el propio carisma da a los miembros la
posibilidad de saber quiénes son y por tanto la de
tener una identidad propia que les ayuda a adaptarse a
las nuevas situaciones. Si la persona no se conoce a
sí misma, duda constantemente de su propia identidad estando en
constante búsqueda de elementos externos que puedan responder a su
pregunta sobre quién es y qué hace en el mundo,
será muy difícil que pueda ejercer un liderazgo positivo en
la sociedad. “La falta de esa claridad puede fácilmente crear
incertidumbre en los objetivos y vulnerabilidad respecto a los condicionamientos
ambientales y a las corrientes culturales, e incluso respecto a
las distintas necesidades apostólicas, además de crear incapacidad para adaptarse
y renovarse” (Vida fraterna en comunidad, n. 45).
Decíamos también que
el documento es asombrosamente práctico. Lo es por ejemplo cuando
habla de los medios de comunicación, de su influjo en
la comunidad y de la necesidad de la formación, con
el fin de aprender a hacer un uso adecuado de
ellos. Copiemos la cita del documento para después comentarla. “Así,
pues, la comunidad, consciente de su influjo (de los medios
de comunicación), se educa para utilizarlos en orden al crecimiento
personal y comunitario con la claridad evangélica y la libertad
interior de quien ha aprendido a conocer a Cristo (cf
Gal 4,17-23). Esos medios, en efecto, proponen, y con frecuencia
imponen, una mentalidad y un modelo de vida que debe
ser confrontado continuamente con el Evangelio. A este propósito desde
muchos lugares se pide una profunda formación a la recepción
y al uso crítico y fecundo de esos medios. ¿Por
qué no hacer de este tema objeto de valoración, de
comprobación y de programación en los encuentros comunitarios periódicos? En
particular cuando la televisión se convierte en la única forma
de recreación, obstaculiza y a veces impide la relación entre
las personas, limita la comunicación fraterna, e incluso puede dañar
la misma vida consagrada” (Vida fraterna en comunidad, n. 34).
La
norma para saber discernir sobre el uso adecuado de los
medios de comunicación, tanto a nivel personal como a nivel
comunitario es realmente asombrosa. No parte ni de un uso
adecuado del tiempo, ni de un adecuado aprovechamiento de este
medio para la formación individual o comunitaria. El criterio del
que parte es el de la claridad evangélica y la
libertad interior de quien ha aprendido a conocer a Cristo.
Se trata entonces de poner a Cristo en el primer
lugar para que sea Él, conocido, amado y seguido por
la persona, quien sea el que diga la forma en
que conviene utilizar los medios de comunicación. Cuando se presenta
la oportunidad de escuchar la radio, ver un programa televisivo
o navegar en Internet, la persona deberá tener como norma
lo que le dice Cristo en esos mementos. Es necesario
por tanto haber incorporado los criterios, los gustos y la
forma de pensar de Cristo en la propia de vida,
de modo que se quiere y se ama lo mismo
que Cristo quiere y ama.
El documento toca el argumento
concreto de la televisión y pide que se haga una
adecuada revisión de su uso, cuando éste puede entorpecer las
relaciones entre las personas, e incluso dañar la misma consagración.
Vita
consecrata (1996) La Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata representa la madurez
de la teología de la vida consagrada. Después de 30
años de Perfectae caritatis, de los documentos del magisterio de
la Iglesia, especialmente los del dicasterio para los religiosos, sobre
diversos temas que tocaban el corazón de la vida consagrada,
y después de un Sínodo especial sobre la vida consagrada,
Juan Pablo II presenta “al episcopado y al clero, a
las órdenes y congregaciones religiosas, a las sociedades de vida
apostólica, a los institutos seculares y a todos los fieles”
33 un vasto documento en el que, a
partir de una teología de la vida consagrada fundada en
las fuentes cristológicas trinitarias, se reflexiona, se explica y se
exhorta a vivir los elementos que componen la vida consagrada.
Una
vez pasado el momento álgido de la discusión postconciliar, calmadas
las aguas o al menos en proceso de una pacificación,
es posible hacer un análisis sereno sobre la contribución del
debate teológico tenido en los años del postconcilio y así
incorporarlo en una doctrina que se traduce en una riqueza
de contenidos para la reflexión y la vivencia de la
vida consagrada, de acuerdo a los principios emanados por el
Concilio Vaticano II.
Vita consecrata se presenta entonces como un fruto
maduro de la renovación de la vida consagrada. Un punto
de referencia claro y seguro con el cual las personas
consagradas tienen la posibilidad de confrontarse. Una guía que no
coarta la libertad de la persona consagrada ni el carisma
de cada congregación religiosa, sino que los lanza a vivir
las altas cuotas de la santidad, basándose en la seguridad
de una teología fundamentada en la Trinidad.
Bajo estos puntos de
vista Vita consecrata presenta cada uno de los elementos de
la vida consagrada con una doble óptica. Partiendo de su
concepción teologal busca al mismo tiempo la aplicación práctica de
dicho elemento, buscando siempre inserirlo con frescura y dinamismo en
la complicada pero fascinante realidad de nuestro mundo. Bien podemos
decir que su objetivo no es otro que de adecuar
la esencia de la vida consagrada al mundo actual, de
forma que las personas consagradas sigan aportando aún en las
difíciles circunstancias de nuestro mundo, la riqueza de su carisma
a los hombres de hoy. Podemos hacer propias las palabras
de Benedicto XVI cuando afirma el proceso de autosecularización
34 que algunos sectores de la iglesia han seguido por
falta de una adecuada aplicación de los principios del Concilio
Vaticano II. Muchos en la vida consagrada, fulgurados por los
resplandores de una vida más fácil, pero recubierta de los
oropeles de la eficacia o de la proximidad con el
mundo, olvidaron vivir con radicalidad el seguimiento de Cristo, haciendo
concesiones a la vivencia fiel de la vida consagrada. Al
final se han encontrado sin Cristo y sin el mundo.
El
concepto de formación en Vita consecrata viene explicado en los
siguientes momentos: importancia, formación inicial y formación permanente.
La importancia de
la formación en la vida consagrada viene resaltada en el
documento, no sólo por ser ésta un proceso de preparación
para la consagración, sino sobretodo porque mediante la adecuada formación
la persona consagrada podrá influir en aquellos ambientes en dónde
el hombre está más necesitado de Dios. El documento recalca
la importancia de este concepto para las mujeres consagradas y
las invita a prepararse adecuadamente: “Es necesario también que la
formación de las mujeres consagradas, no menos que la de
los hombres, sea adecuada a las nuevas urgencias, y prevea
el tiempo suficiente y las oportunidades institucionales necesarias para una
educación sistemática, que abarque todos los campos, desde el aspecto
teológico-pastoral hasta el profesional.” 35 La invitación parece reconocer
la situación precaria por la que pasan muchas congregaciones de
vida consagrada femenina. Frente a la escasez de las vocaciones
y con el propósito de solucionar los innumerables problemas que
se presentan para el mantenimiento de las obras, se acorta
indiscriminadamente el tiempo y la calidad de la formación en
menoscabo no sólo de la persona consagrada, sino de la
misma congregación y de la Iglesia. Se dan casos en
los después del noviciado canónico de un año, bajo el
pretexto de que en el juniorado la religiosa debe empezar
a tomar contacto con la realidad que le espera en
un futuro, se la inmerge en el trabajo, salpicado por
aquí y por allá de cursos breves de formación, sin
nexo alguno de ellos, sólo para cubrir las apariencias
o para acallar las conciencias. Se descuida no sólo la
formación espiritual, carismática, apostólica o teológica, sino, lo que es
más importante, la formación humana, base de toda formación de
la persona humana.
Dichas carencias en la formación humana si
bien no tienen consecuencias en el corto plazo, después de
unos años, cuando la religiosa se enfrente a situaciones normales
en la vida, emergerán exigiendo soluciones a veces no del
todo agradables. El hueco dejado en la formación no puede
ser llenado por nada y lo que no se formó
en su tiempo es muy difícil formarlo en tiempos breves,
como píldoras y cuando el tiempo ya no es el
adecuado para ello o cuando los problemas en la vida
consagrada alcanzan tonos insostenibles.
Por ello, es conveniente seguir el consejo
de la presente exhortación cuando invita a las mujeres consagradas
a dedicar un tiempo amplio a la formación y a
una amplia formación. No es un juego de palabras. Se
trata de centrar la vida consagrada en lo esencial. Si
el seguimiento más cercano de Cristo es el objetivo de
la vida consagrada, se debe partir de la premisa que
el seguimiento de Cristo lo hace la persona consagrada con
todo su persona por lo que cada uno de los
aspectos que conforma su ser, inteligencia, voluntad, sentimientos, pasiones, debe
formarse de tal manera que le ayuden para cumplir con
su objetivo de seguir más de cerca de Cristo. No
se trata de una formación de una vez para toda
la vida, como lo veremos en el inciso dedicado a
la formación permanente. Es necesario que la persona forme cada
uno de estos aspectos con el fin de que de
frente a la circunstancias normales o extraordinarias que se le
irán presentando a lo largo de la vida, cuente con
los medios necesarios para transformar dichas circunstancias en oportunidades para
continuar en su vida el seguimiento de Cristo. Si sus
facultades no están revestidas de una adecuada formación, las circunstancias
cotidianas ordinarias o extraordinarias, lejos de ser oportunidades para el
seguimiento de Cristo, se convierten en obstáculos, dificultades o tentaciones
contra la vocación.
De ahí que deba establecerse una adecuada ratio
institutionis ,36 con el fin de que el Instituto
de vida consagrada un iter formativo adaptado al carisma de
la congregación y a las necesidades de nuestro tiempo.
Nunca debe por tanto infravalorarse la formación. Si la formación
de los hombres consagradas es larga y ardua, pensemos en
el quinquenio filosófico-teológico además de los estudios hechos al interno
de la congregación, no menos larga y ardua deberá ser
la formación de las mujeres consagradas. Si la mayor parte
de los hombres consagrados tienen esa formación tan prolongada en
el tiempo debido a la preparación al sacerdote, hay que
pensar que la inserción de una mujer consagrada en el
mundo del apostolado es de igual importancia. En un tiempo
en el que se habla de la igualdad del hombre
y la mujer resulta curioso que en una materia tan
importante como lo es el de la formación, sean las
mujeres las primeras en auto-segregarse, pensando que su apostolado es
de inferior calidad o de menor importancia, no dándole el
tiempo ni la calidad adecuadas a las circunstancias actuales.
El segundo
momento en el que Vita consecrata habla de la formación,
se refiere a la formación inicial. Ahí se detiene en
explicar, hasta por tres veces en el mismo número de
esta exhortación apostólica postsinodal, cuál es el objetivo central del
proceso de la formación, pretendiendo no dejar dudas sobre cuál
deba ser el punto de arribo al que se quiere
llegar al final del proceso formativo. Comienza por tanto definiendo
el fin de la vida consagrada, ya que si se
quiere tener claro el objetivo de la formación en la
vida consagrada, más claro se debe tener la meta a
la cual debe tender dicho proceso formativo. Formar a una
persona en la vida consagrada es formar a una persona
que se conforme con el Señor Jesucristo “Desde el momento
que en fin de la vida consagrada consiste en la
conformación con el Señor Jesús y con su total oblación,
a esto se debe orientar toda la formación.” (Vita consecrata,
65). En pocas palabras expresa finalidad de la vida consagrada
y medios para lograrlo. La finalidad es la transformación en
Cristo, los medios o el medio por excelencia es la
formación. El objetivo central de la formación, dicho por
Vita consecrata será “la preparación de la persona para la
consagración total de sí misma a Dios en el seguimiento
de Cristo, al servicio de la misión,” “la formación debe
abarcar la persona entera, de tal modo que toda actitud
y todo comportamiento manifiesten la plena y gozosa pertenencia de
Dios, tanto en los momentos importantes como en las circunstancias
ordinarias de la vida cotidiana”, “se trata de un itinerario
de progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo hacia el
Padre.” (Vita consecrata, 65).
Esta formación inicial no se lleva a
cabo sólo como una preparación para la profesión perpetua, sino
que debe ayudar a modelar a la persona de tal
forma, que pueda contar siempre con los medios necesarios para
poder recorrer el itinerario de su transformación en Cristo. Abre
por tanto el concepto a la formación permanente cuando formaliza
un concepto que por aquellos años (1996) se estaba consolidando
en las congregaciones religiosas. Nos referimos a la formación permanente:
“Precisamente por su propósito de transformar toda la persona, la
exigencia de la formación no acaba nunca.” (Vita consecrata, 65).
Para
que la formación inicial, y también la formación permanente como
consecuencia lógica, pueda preparar a la persona consagrada a estar
siempre en una disposición de actuar coherentemente con su vocación,
es necesario que la formación abarque a toda la persona.
No puede pensarse en una formación para la consagración que
no abarque todos los campos de la persona consagrada si
el objetivo que se busca es la transformación total de
la persona. Podemos afirmar que ningún aspecto de la persona
consagrada debe quedar al margen de la consagración. La
oblación que la persona consagrada hace de todo su ser
requiere de ella una entrega de todas sus facultades, de
todas sus posibilidades al ideal que le marca su vocación
de persona consagrada, es decir, a imitar cada día más
de cerca la vida de Cristo. Se habla entonces de
formación integral, cuando integral va por todos los aspectos que
configuran la persona humana. Vita consecrata expresa el concepto
de formación integral de la siguiente manera: “Para que sea
total, la formación debe abarcar todos los ámbitos de la
vida cristiana y de la vida consagrada. Se ha de
prever, por tanto, una preparación humana, cultural, espiritual y
pastoral, poniendo sumo cuidado en facilitar la integración armónica de
los diferentes aspectos.” (Vita consecrata, 65). Los campos mencionados, humano,
cultural, espiritual y apostólico, conforman la vida de la persona
consagrada. Sin embargo cabe hacernos la pregunta sobre la forma
en que dichos campos deben ser formados en la persona
consagrada. La persona consagrada no es simplemente un profesionista al
que le basta una formación académica para desarrollar una ocupación
o profesión en la vida. La formación en la vida
consagrada, si bien debe contemplar también la formación en el
campo profesional para cumplir mejor con la misión del Instituto,
no puede reducirse a sólo este aspecto, ya que no
se deben limitar sus horizontes a formar a la persona
para mejorar la eficiencia en el apostolado. Se forma para
que la persona pueda seguir mejor a Cristo en el
apostolado y puede servir mejor a la misión del Instituto.
El carisma y el verdadero sentido de la misión que
es hacer presente a Cristo en el mundo para acercar
más almas a Él, son las formas con las que
se deben impregnar los distintos campos de la formación. “En
efecto, es necesario que a las personas consagradas se les
proporcione hasta el fin la oportunidad de crecer en la
adhesión al carisma y a la misión del propio Instituto.”
(Vita consecrata, 65). El carisma y el sentido de la
misión deben impregnar cada uno de los campos de
la formación. Por tanto, la formación humana, cultural, espiritual y
apostólica que no respondan al carisma de la congregación y
a su misión específica no serán sino medios para satisfacer
el individualismo de las personas consagradas , 37 sino medios
para lograr que la persona se transforme en Cristo, siempre
al estilo del propio carisma y en consonancia y para
mejor responder a las exigencias de la misión del Instituto.
En
la formación inicial un papel preponderante lo llevan los formadores.
Si bien el formador por excelencia es Dios Padre ,38
en esta tarea de transformación en Cristo, algunas personas
llamadas formadores pueden contribuir, aportando su experiencia y su consejo.
El perfil de estas personas queda muy bien consignado
por el documento que estamos analizando, por lo que lo
reportamos tal cual está ahí escrito: “Los formadores y las
formadoras deben ser, por tanto, personas expertas en los caminos
que llevan a Dios, para poder ser así capaces de
acompañar a otros en este recorrido. Atentos a la acción
de la gracia, deben indicar aquellos obstáculos que a veces
no resultan con tanta evidencia, pero, sobre todo, mostrarán la
belleza del seguimiento del Señor y el valor del carisma
en que éste se concretiza. A las luces de la
sabiduría espiritual añadirán también aquellas que provienen de los instrumentos
humanos que pueden servir de ayuda, tanto en el discernimiento
vocacional, como en la formación del hombre nuevo auténticamente libre.”
(Vita consecrata, 66). Son palabras densas que marcan todo un
programa de vida y de acción para los formadores. Hombres
y mujeres que buscan ayudar a que el formando se
empape del carisma como un medio para su transformación personal.
Su labor es sobre todo la de mostrar de que
manera el carisma abarca todos los aspectos de la personalidad,
conscientes de que en la manera en que la persona
consagrada se esfuerza por permear todos los aspectos de su
vida con e carisma, en esa manera podrá vivir mejor
su consagración. Cabe señalar que el mejor medio con el
que cuentan los formadores para cumplir con su cometido es
el coloquio a diálogo personal con los formandos. Este es
un elemento muy descuidado después del Concilio Vaticano II por
un mal entendido concepto de respeto a la dignidad de
la persona humana o a una concepción demasiado idealista de
la vida en la que no hay necesidad de confrontarse
con nadie para saber discernir la recta vida en la
consagración: “El principal instrumento de formación es el coloquio personal,
que ha de tenerse con regularidad y cierta frecuencia, y
que constituye una práctica de comprobada e insustituible eficacia.” (Vita
consecrata, 66). Conviene recordar por tanto lo que a su
tiempo dijo el Magisterio de la Iglesia sobre la urgencia
que se tenía de recuperar este medio de formación: “También
la dirección espiritual en sentido estricto merece recobrar su propia
función en el desarrollo espiritual y contemplativo de las personas.
De hecho, nunca podrá ser sustituida por inventos psíquico-pedagógicos. Por
eso aquella dirección de conciencia, para la cual Perfectae caritatis
14 reclama la debida libertad, habrá de ser facilitada por
la disponibilidad de personas competentes y calificadas. Tal disponibilidad será ofrecida
ante todo por los sacerdotes, pues ellos, por su misión
pastoral específica, promoverán su estima y participación fructuosa. Pero también
los otros superiores y formadores, consagrándose al cuidado de cada
una de las personas que les han sido confiadas, contribuirán,
si bien de otra manera, a guiarlas en el discernimiento
y la fidelidad a su vocación y misión.” 39
Por
último, el tercer momento de la formación es el de
la formación permanente. Podemos decir sin temor a equivocarnos que
es este una de las grandes aportaciones del documento a
la vida consagrada. Si bien ya antes algunos documentos habían
consignado su importancia y habían dado también algunas aportaciones importantes
al respecto, es Vita consecrata quien consigna para la posteridad
una forma esquemática y ordenada de entender la formación permanente.
En primer lugar dice que la formación permanente es una
exigencia intrínseca de la consagración religiosa .40 No lo
deja por tanto como un elemento opcional a la discreción
de cada congregación religiosa. La formación permanente no es algo
que debe dejarse a la buena voluntad de las personas
consagradas o de las superioras, es algo esencial (intrínseco)
a la vida consagrada. Este carácter esencial de la formación
permanente nace sin duda alguna del hecho de que la
consagración religiosa, como ya lo ha subrayado varias veces el
documento que estamos analizando, debe abarcar toda la vida y
todos los aspectos de la vida. El documento baja enseguida
a una aspecto que nos sorprende por su inmediatez y
su practicidad. Para no dejar la formación permanente a la
libre iniciativa de cada persona consagrada o a la de
sus superiores, pide que cada congregación establezca la formación permanente
como parte de la ratio institutionis: “Es muy importante, por
tanto, que cada Instituto incluya, como parte de la ratio
institutionis, la definición de un proyecto de formación permanente lo
más preciso y sistemático posible, cuyo objetivo primario sea el
de acompañar a cada persona consagrada con un programa que
abarque toda su existencia” (Vita consecrata, 69).
Cada una de
las etapas por las que pasa la persona consagrada y
en las que necesariamente necesita seguirse formando se describe con
gran precisión en este documento. La forma en que lo
hace es realmente muy completa pues se describe la característica
esencial de cada etapa y la meta formativa que debe
buscarse en cada una de ellas. Dada la profundidad de
pensamiento y la claridad de la exposición, anotamos a continuación
el texto de Vita consecrata que habla de ello, a
pesar de lo largo de la cita. “En la vida
consagrada, los primeros años de plena inserción en la actividad
apostólica representan una fase por sí misma crítica, marcada por
el paso de una vida guiada y tutelada a una
situación de plena responsabilidad operativa. Es importante que las personas
consagradas jóvenes sean alentadas y acompañadas por un hermano o
una hermana que les ayuden a vivir con plenitud la
juventud de su amor y de su entusiasmo por Cristo.
La fase sucesiva puede presentar el riesgo de la rutina
y la consiguiente tentación de la desilusión por la escasez
de los resultados. Es necesario, pues, ayudar a las personas
consagradas de media edad a revisar, a luz del Evangelio
y de la inspiración carismática, su opción originaria, y a
no confundir la totalidad de la entrega con la totalidad
del resultado. Esto permitirá dar nuevo empuje y nuevas motivaciones
a la decisión tomada en su día. Es la época
de la búsqueda de lo esencial. En la fase de
la edad madura, junto con el crecimiento personal, puede presentarse
el peligro de un cierto individualismo, acompañado a veces del
temor de no estar adecuados a los tiempos, o de
fenómenos de rigidez, de cerrazón, o de relajación. La formación
permanente tiene en este caso la función de ayudar no
sólo a recuperar un tono más alto de vida espiritual
y apostólica, sino también a descubrir la peculiaridad de esta
fase existencial. En efecto, en ella, una vez purificados algunos
aspectos de la personalidad, el ofrecimiento de sí se eleva
a Dios con mayor pureza y generosidad, y revierte en
los hermanos y hermanas de manera más sosegada y discreta,
a la vez que más transparente y rica de gracia.
Es el don y la experiencia de la paternidad y
maternidad espiritual. La edad avanzada presenta problemas nuevos, que se
han de afrontar previamente con un esmerado programa de apoyo
espiritual. El progresivo alejamiento de la actividad, la enfermedad en
algunos casos o la inactividad forzosa, son una experiencia que
puede ser altamente formativa. Aunque sea un momento frecuentemente doloroso,
ofrece sin embargo a la persona consagrada anciana la oportunidad
de dejarse plasmar por la experiencia pascual, conformándose a Cristo
crucificado que cumple en todo la voluntad del Padre y
se abandona en sus manos hasta encomendarle el espíritu. Este
es un nuevo modo de vivir la consagración, que no
está vinculado a la eficiencia propia de una tarea de
gobierno o de un trabajo apostólico. Cuando al fin llega
el momento de unirse a la hora suprema de la
pasión del Señor, la persona consagrada sabe que el Padre
está llevando a cumplimiento en ella el misterioso proceso de
formación iniciado tiempo atrás. La muerte será entonces esperada y
preparada como acto de amor supremo y de entrega total
de sí mismo” (Vita consecrata, 70). Cada congregación religiosa buscará
los mejores medios para que cada persona consagrada pueda vivir
con coherencia cada etapa de su vida, de forma que
alcance la plenitud de su consagración, esto es, la identificación
más plena con la persona de Cristo.”
Por último, el
documento explicita los campos de la formación dando sugerencias para
cada uno de ellos. Nuevamente parte del supuesto ya mencionado
al inicio de los números que hablan sobre la formación,
de que la formación debe ser totalizante, es decir, que
abarque a toda la persona en todos los aspectos que
conforman su personalidad, ya que es la totalidad de la
persona la que se debe transformar en Cristo. Se establece
por tanto la pregunta de saber cuáles son los campos
que puedan abrazar a todo el hombre.
La concepción antropológica del
hombre siempre ha visto al ser humano como un compuesto
de cuerpo y alma, espíritu y materia . 41 Puesto
que para Vita consecrata la formación es un proceso que
debe abarcar toda la persona humana, como lo hemos subrayado
anteriormente, todas las facetas o aspectos del hombre deben formarse
en base al ideal de la vida consagrada. Los aspectos
que conforman al hombre deben quedar impregnados de la formación
propuesta por la vida consagrada, ya que la unión de
todos ellos logra una personalidad madura, capaz de seguir a
Cristo y de darse a los hermanos. Cuando se dejan
cuñas en la formación, cuando algún aspecto de la persona
humana no queda revestido por Cristo, es muy difícil que
la persona consagrada pueda realizarse como persona o como consagrada.
La consagración no quita nada a la personalidad, al contrario,
la enriquece, de forma tal que la persona es persona
antes que ser consagrado. Todas las dimensiones que conforman la
persona humana, deben ser perneadas o cubiertas por la formación.
Si alguna de estas facetas escapa al radio de la
formación, esta faceta puede volverse en contra de la misma
persona consagrada con el pasar de los años, porque
al no quedar integrada en la persona consagrada, buscará cumplir
siempre con sus objetivos, a pesar de que dichos objetivos
puedan ir en contra de la formación. Si una persona
consagrada no ha logrado formar su carácter, podrá ser siempre
una persona perezosa y la pereza materializada en los actos
diarios bien sabemos que puede poner en juego la frescura
y el cumplimiento gozoso de los mandatos que recibirá de
parte de superior o en el cumplimiento de la misión
encomendada. También somos concientes de que quien no ha formado
adecuadamente su afectividad, aprendiendo a seguir a Cristo como sólo
amor, su corazón podrá extraviarse con otros amores.
De ahí que
se necesario conocer estas facetas o dimensiones que para el
documento son las siguientes: la vida del Espíritu, la dimensión
humana. y fraterna, la dimensión apostólica, la dimensión cultural y
profesional y la dimensión del carisma .42 Nos damos
cuenta en una primera visión que estas facetas incluyen todos
los elementos que conforman a la persona humana, es decir
elementos humanos y elementos espirituales.
El documento no duda en establecer
una jerarquía entre estos elementos y así no duda en
menciona la vida del espíritu, como de un valor
preeminente en la formación. “La vida en el Espíritu tiene
obviamente la primacía: en ella la persona consagrada encuentra su
identidad y experimenta una serenidad profunda, crece en la atención
a las insinuaciones cotidianas de la Palabra de Dios, y
se deja guiar por la inspiración originaria del propio Instituto.
Bajo la acción del Espíritu se defienden con denuedo los
tiempos de oración, de silencio, de soledad, y se implora
de lo Alto el don de la sabiduría en las
fatigas diarias (cf. Sb 9, 10).”
La vida del Espíritu
no es por tanto algo etéreo o que se debe
dejar a la buena voluntad de cada persona. En muchos
debates se ha establecido la posibilidad de alimentar constantemente esta
vida del Espíritu de forma que se pueda alcanzar la
santidad de vida a la que está llamado todo cristiano.
Sin entrar mucho en detalles hay que recalcar la importancia
de contar con un programa personal que permita al consagrado
ir avanzando en su identificación con Cristo, en ese
“buscar y amar a Dios « con todo el corazón,
con toda el alma y con todas las fuerzas »
(Dt 6, 5)” (Vita consecrata, 71). Los consagrados deberán por
tanto darse tiempos adecuados para lograr el contacto con Dios,
con Cristo, con su Espíritu, de manera que formen un
corazón y una voluntad que conozca la voluntad de Dios,
quiera seguirla en todo momento y la lleve a fiel
cumplimiento.
La segunda faceta de formación es la dimensión humana y
fraterna. Viendo los resultados objetivos de una vida fraterna cada
vez más fragmentada en nuestros tiempos, el documento no duda
en apuntalar sobre una adecuada formación humana que permita a
las personas consagradas una adecuada interrelación en la comunidad. Habiendo
constatado el hecho de que se ha pasado de una
comunidad individualista a una comunidad más centrada en la relación
familiar y siendo consciente de que en Occidente se corre
el peligro de caer en el individualismo que aparta a
la persona consagrada de la relación comunitaria y que en
otros lugares el riesgo lo lleva el excesivo ambiente de
la comunidad que no deja ser a la persona humana,
es importante que la persona consagrada se forme en el
campo humano que según el documento debe abarcar principalmente la
libertad interior, su integración afectiva, la capacidad de comunicación, la
serenidad de espíritu, la sensibilidad por lo que sufren, el
amor por la verdad y la coherencia efectiva entre
lo que se dice y lo que se hace. Todos
estos campos de la formación humana tienden a formar una
persona madura, cuando por madurez humana la debemos entender “en
cierta estabilidad de ánimo, en la facultad de tomar decisiones
ponderadas y en el recto modo de juzgar sobre los
acontecimientos y los hombres.” 43
A decir verdad, mucho se
ha avanzado en este campo, especialmente cuando los formadores son
personas con un amplio conocimiento de la persona humana, de
su dignidad y de sus posibilidades así como de la
toma de conciencia del valor de ciertos valores universales que
deben caracterizar a toda persona humana como son “moderar bien
su propio temperamento; edúquense en la reciedumbre de alma y
aprendan a apreciar, en general, las virtudes que más se
estiman entre los hombres y que hacen recomendables al ministro
de Cristo, como son la sinceridad de alma, la preocupación
constante por la justicia, la fidelidad en las promesas, la
urbanidad en el obrar, la modestia unida a la caridad
en el hablar.” 44
La siguiente dimensión a considerar es
la dimensión apostólica, conscientes de que la misión es uno
de los elementos esenciales a la vida consagrada y nadie
está exento de participar en ella en la medida de
sus fuerzas y capacidades. El documento es muy actual y
práctico cuando recomienda para la formación apostólica una actualización en
los métodos y en los objetivos apostólicos del Instituto, pero
siempre tomando en cuenta el espíritu y la finalidad pretendidos
por el fundador o la fundadora. Esto último nos recuerda
los lineamientos que señaló el documento Perfectae caritatis para la
adecuada renovación de la vida consagrada , 45 conscientes de
su actualidad en nuestros días, ya que si se quiere
ser una persona eficiente en el apostolado no deben actualizarse
únicamente los medios, sino también el espíritu y las finalidades
de los fundadores.
La siguiente dimensión se refiere a la dimensión
cultural y profesional, en donde muchos Institutos han cometido
algunos errores, ya que han basado gran parte de la
renovación exclusivamente en este punto. Se pensaba que para estar
a la altura de los tiempos actuales, bastaba dar un
poco o un mucho de formación académica, preparando a las
religiosas en los distintos campos de acción de los apostolados
propios de la congregación. Si bien es cierto que este
aspecto de la formación es importante para la vida consagrada
en nuestros días, no hay que olvidar que el primer
campo en que la persona consagrada debe formarse es en
el campo teológico y esto con una finalidad muy específica:
para que pueda discernir los tiempos actuales. La importancia de
la formación cultural y profesional para una persona consagrada radica
en saber distinguir aquello que pertenece a Dios, a su
espíritu y aquello que pertenece a los hombres, con el
fin de ir impregnando de Dios las realidades terrenas, sirviéndose
de los instrumentos ofrecidos por el progreso cultural, en los
que también deberá estar capacitada la persona consagrada.
El último campo
del que habla el documento y con el que se
pretende abrazar a todos los campos anteriores de la formación
es la dimensión del carisma: “En la dimensión del
carisma convergen, finalmente, todos los demás aspectos, como en una
síntesis que requiere una reflexión continua sobre la propia consagración
en sus diversas vertientes, tanto la apostólica, como la ascética
y mística. Esto exige de cada miembro el estudio asiduo
del espíritu del Instituto al que pertenece, de su historia
y su misión, con el fin de mejorar así la
asimilación personal y comunitaria” (Vita consecrata 71). Siendo el carisma
una experiencia del Espíritu 46 se encuentra en constante
desarrollo. Habiendo el fundador hecho una experiencia del Espíritu, descubre
nuevos caminos para llegar a Dios, para relacionarse y para
ayudar a los hombres. Sin embargo esos caminos al estar
animados por un Espíritu, están en constante movimiento. Nacidos en
una época determinada, estos caminos no están sujetos ni a
un lugar ni a una época determinada. Son libres, como
hijos del Espíritu, para poderse adaptar a circunstancias y tiempos
muy diversos de los que los vieron nacer. Pero esa
adaptación del carisma, así como su nacimiento, no se hace
por generación espontánea. Es necesario la participación de los hombres.
Y así como el fundador se deja modelar por el
Espíritu, así las personas consagradas necesitan dejarse modelar por el
Espíritu mediante una constante reflexión del carisma, de forma que
descubran las adaptaciones más adecuadas para hacerlo presente en sus
personas, en sus relaciones con Dios, con los hombres y
en el apostolado.
La colaboración entre institutos para la formación
(1998)
Las cambiantes circunstancias de tiempos y lugares dieron inicio a
un modo nuevo e inusitado de colaboración entre los Institutos
de vida consagrada. Se trata de centros de estudio o
simplemente de grupos de diversas Institutos que aprovechan en común
algunos formadores.
El documento señala las causas de este nuevo
fenómeno en los que resalta el número limitado de los
candidatos a la vida consagrada, el escaso número de formadores
y de personal para desempeñar este delicado oficio, la necesidad
de comenzar las primeras etapas de la formación en el
propio lugar de origen que en muchos casos no cuenta
con los formadores idóneos para iniciarles en su camino hacia
la consagración en la vida consagrada. Debido a estos factores
y otros muchos, muchos Institutos de vida consagrada se han
visto en la necesidad de unir fuerzas con un grupo
de formadores conjunto. El documento aprueba la iniciativa pero pone
en guardia sobre ciertos peligros que pueden surgir de un
uso indiscriminado de este medio.
Entre dichos peligros bien pueden señalarse
los siguientes: “Dada la diversidad de las circunstancias en las
que han surgido estos centros y su experiencia más bien
reciente, han surgido también interrogantes y problemas que es oportuno
señalar para su discernimiento y clarificación. Algunos se refieren a
la relación entre la identidad de cada instituto y a
la comunión en la diversidad, entre el propósito de los
centros de ofrecer un servicio a todos y la legítima
libertad de los institutos de servirse de ellos o no.
Otros se refieren a la visión de la vida religiosa
apostólica que está en la base del proyecto pedagógico y,
por lo mismo, de la articulación de los programas y
de los criterios de elección del personal docente. Otros, en
fin, se refieren a la participación efectiva de los responsables
de la formación de los institutos, a la verificación de
la formación, a las condiciones reales que permiten transformar la
convivencia temporal en los centros en una experiencia de profunda
comunión eclesial y de auténtica formación espiritual y apostólica, abierta
a las necesidades de la evangelización” (La colaboración entre institutos
para la formación, 5).
Para resolver estos problemas que puedan darse,
se sugieren algunas directrices y principios fundamentales. En primer lugar
es necesario recordar que la formación es un derecho y
un deber de cada Instituto de vida consagrada. Es cierto
que un cierto tipo de formación puede realizarse en diversos
centros. Piénsese por ejemplo en las universidades pontificas o civiles
en donde los religiosos pueden acudir para prepararse profesionalmente en
las disciplinas sagradas o profanas sin menoscabo de su propia
identidad. Pero cuando se habla de formación para la vida
consagrada hay que tomar en cuenta que la consagración no
se hace sobre una base común. Si bien es cierto
que existen ciertos elementos esenciales sobre los que descansa la
consagración religiosa y que dichos elementos son compartidos por todos
los Institutos de vida consagrada, cada uno de estos elementos
se vive de manera especial en cada consagración. Dicha configuración
especial le viene dada por el carisma, quien forma la
identidad específica de cada Instituto. Quien indiscriminadamente confía la formación
de sus religiosas a un centro diverso del propio, sin
tomar en cuenta que debe darse una formación específica del
carisma, está poniendo en grave peligro le identidad del Instituto.
“Cada instituto tiene una responsabilidad primaria respecto de la propia
identidad. En efecto, el « carisma de los fundadores (...)
—experiencia del Espíritu transmitida a los propios discípulos para ser
por ellos vivida, custodiada, profundizada y constantemente desarrollada en sintonía
con el Cuerpo de Cristo en perenne crecimiento » —
se le confía a cada instituto como patrimonio original en
beneficio de toda la Iglesia. Cultivar la propia identidad en
la « fidelidad creativa » significa, pues, hacer confluir, en
la vida y en la misión del pueblo de Dios,
dones y experiencias que la enriquecen y, al mismo tiempo,
evitar que los religiosos « se inserten en la vida
de la Iglesia de un modo vago y ambiguo ».
Por lo mismo se reconoce a cada instituto una justa
autonomía de vida, especialmente de gobierno, mediante la cual tengan
en la Iglesia una disciplina propia y puedan mantener íntegro
y desarrollar su patrimonio espiritual y apostólico. Es tarea de
los ordinarios de los lugares conservar y tutelar esa autonomía.
La autonomía de vida y de gobierno implica la correspondiente
autonomía en materia de formación, porque « la primera responsabilidad
de la formación de los religiosos corresponde por derecho a
cada instituto »” (La colaboración entre institutos para la
formación, 7.1)
Por ello cada Instituto debe cuidar la formación específica
de sus miembros, es decir la formación del carisma. Como
todos los elementos de a vida consagrada deben estar impregnados
del carisma, la formación de cada uno de esos elementos
debe estar siempre inspirada por el propio carisma. Además, el
Instituto no debe olvidar que es su deber proporcionar una
formación exquisita en lo que se refiere al propio carisma,
de forma que las futuras religiosas puedan identificarse cada vez
más con esta experiencia del Espíritu que Dios dio al
Fundador para ser por ellas vivida, transmitida, desarrollada y profundizada.
“Es a través del proceso de formación como se realiza
la identificación carismática, necesaria tanto a la madurez de los
miembros para vivir y obrar en conformidad con el carisma
fundacional, como a la identidad y a la unidad del
instituto, así como también a la autenticidad de sus expresiones
en las diversas culturas y a la comunión-misión eclesial. «
En efecto, teniendo en cuenta que la formación inicial y
permanente, según el propio carisma, está en las manos del
Instituto, la formación intercongregacional no puede suplir enteramente la tarea
de la formación permanente de los propios miembros. Ésta debe
estar impregnada, en muchos aspectos, de las características propias del
carisma de cada instituto »” (La colaboración entre institutos para
la formación, 7.2)
Otro principio que debe tomarse en cuenta es
el de la colaboración y solidaridad entre los Institutos. Frente
a las dificultades de nuestro tiempo, mencionadas al inicio del
documento, se mencionan los beneficios de dicha formación en común,
que cuando es bien llevada, no sólo favorece la materialidad
de la formación en cuanto tal, sino el aprecio por
el propio carisma.
Por último, cuando se constituye un centro de
estudios intercongregacional se deberá tener presente que siendo la formación
un proceso integral, todos los elementos formativos se comprometen mutuamente.
El ambiente del centro de estudios, la calidad académica
de los profesores, el testimonio de vida consagrada de los
mismos profesores y de los religiosos que frecuentan el centro
son factores que influyen en la formación de los miembros.
Son razones por las cuales los formadores deben valorar muy
bien el tipo de centro de estudios intercongregacional al que
enviarán a estudiar a sus religiosas.
Por ello no basta con
que los formadores elijan un centro de estudios que garanticen
el alto nivel intelectual, sino que deben también salvaguardar la
armonización del buen nivel de estudios con las actitudes propias
de la vida consagrada. De nada sirven los sabios profesores
sino son también santos profesores.
El tercer lineamiento general se refiere
al respeto y el aprecio de las diversidades. Los centros
de estudio no deben olvidar la propia identidad carismática de
cada Instituto, sino que la deben impulsar, proponiendo a los
estudiantes los mejores medios para que ellos mismos puedan conocer,
vivir y transmitir su propio carisma. “Si no fuera
así, los centros contribuirían probablemente a una nivelación que los
empobrecería y haría correr el riesgo de una uniformidad espiritual
y pastoral, inadecuada a la complejidad del mundo a evangelizar,
y también nociva a la identidad específica de cada instituto.
En este caso los centros perderían su identidad como servicio
a la vida religiosa” (La colaboración entre institutos para la
formación, 9).
El servicio de la autoridad y la obediencia (2008) Por
el momento, el último documento del magisterio de la Iglesia
sobre la vida consagrada se refiere al servicio de la
autoridad y la obediencia. Si bien no es un documento
que trate en forma directa sobre la formación, es significativo
el hecho de que una de las prioridades que le
asigna a la autoridad es el de la formación permanente.
“La autoridad está llamada a acompañar en el camino de
la formación permanente. Una tarea que, hoy día, hay que
considerar cada vez más importante es la de acompañar a
lo largo del camino de la vida a las personas
que les han sido confiadas. Ello implica no sólo ofrecerles
ayuda para resolver eventuales problemas o superar posibles crisis, sino
también estar atentos al crecimiento normal de cada uno en
todas y cada una de las fases y estaciones de
la existencia, de manera que quede garantizada esa «juventud de
espíritu que permanece en el tiempo», y que hace a
la persona consagrada cada vez más conforme con los «sentimientos
que tuvo Cristo» (Flp 2, 5)” (El servicio de la
autoridad y la obediencia, 13g).
Se da ya por supuesto
el concepto de formación permanente y que toca a la
superiora la responsabilidad de dicho proceso. Es ya un avance
importante el delegar la formación a la superiora, especialmente en
un tiempo de crisis en la vida consagrada en dónde
la función prevalente de esta persona es de carácter administrativo
y burocrático. Se trata de que la superiora no se
convierta en una administradora, sino en una verdadera animadora de
la vida consagrada de acuerdo a cada carisma, dentro
de cada comunidad. Para ello le señala algunos medios específicos,
como son: “puesta en común de la Palabra, proyecto personal
y comunitario, discernimiento comunitario, revisión de vida, corrección fraterna” (El
servicio de la autoridad y la obediencia, 13g).
NOTAS 1
Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n.18. 2Ibídem.,
n. 2e. 3 Sagrada Congregación para los religiosos e institutos
seculares, Religiosos y promoción humana, 25 – 28.4.1978, n. 32. 4
“Incluso algunos carismas que parecían responder a tiempos ya
pasados, adquieren un renovado vigor en este mundo que conoce
la trata de mujeres o el tráfico de niños esclavos,
mientras la infancia, a menudo víctima de abusos, corre el
peligro del abandono en las calles y del reclutamiento en
los ejércitos.” Congregación para los Institutos de vida consagrada y
las Sociedades de vida apostólica, Caminar desde Cristo, 19.5.2002, n.
36. 5 “Debe permanecer viva, pues, la convicción de que la
garantía de toda renovación que pretenda ser fiel a la
inspiración originaria está en la búsqueda de la conformación cada
vez más plena con el Señor. En este espíritu, vuelve
a ser hoy urgente para cada Instituto la necesidad de
una referencia renovada a la Regla, porque en ella y
en las Constituciones se contiene un itinerario de seguimiento, caracterizado
por un carisma específico reconocido por la Iglesia. Una creciente
atención a la Regla ofrecerá a las personas consagradas un
criterio seguro para buscar las formas adecuadas de testimonio capaces
de responder a las exigencias del momento sin alejarse de
la inspiración inicial.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita
consecrata, 25.3.1996, n. 37. 6 “Hoy más que nunca, frente a
repetidos empujes centrífugos que ponen en duda principios fundamentales de
la fe y de la moral católica, las personas consagradas
y sus instituciones están llamadas a dar pruebas de unidad
sin fisuras en torno al Magisterio de la Iglesia, haciéndose
portavoces convencidos y alegres delante de todos.” Congregación para los
Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica,
Caminar desde Cristo, 19.5.2002, n. 32. 7 Pier Giordano Cabra,
Tempo di prova e di speranza, Il cammino della
vita consacrata dal Vaticano II ad oggi, Ancora Editrice, Milano
2005, p. 14. 8 Giuseppe Tacconi, Alla ricerca di
nuove identità, Formazione organizzazione nelle comunità religiose di vita apostolica
attiva nel tempo della crisi, Editrice Elledici, Torino 2001,
p. 141. 9 Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 21.11.1964,
n. 46. 10 Paul Vitz, Psicologia e culto di sé,
Studio critico, Edizioni Dehonanine Bologna, Bologna 1987. 11 Congregación para
los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida
apostólica, El servicio de la autoridad y la obediencia, 11.5.2008,
n.2. 12Ibídem.,n. 44. 13 Arnaldo Pigna, Appunti per una
spiritualità dei voti, Edizioni OCD, Roma 2000, p. 26 14
“La renovación y adaptación de los Institutos depende principalmente de
la formación de sus miembros. Por tanto, los hermanos no
clérigos y las religiosas no sean destinados inmediatamente después del
Noviciado a obras apostólica, sino que deben continuar en casas
convenientemente apropiadas su formación religiosa y apostólica, doctrinal y técnica,
incluso con la adquisición de los títulos convenientes. Para que la
adaptación de la vida religiosa a las exigencias de nuestro
tiempo no sea una adaptación meramente externa ni suceda que
los que por institución se dedican al apostolado externo se
encuentren incapacitados para llenar su ministerio, han de ser instruidos
convenientemente, según la capacidad intelectual y la índole personal de
cada uno, sobre las actuales costumbres sociales y sobre el
modo de sentir y de pensar, hoy en boga. La
formación por un fusión armónica de sus elementos ha de
darse de tal suerte que contribuya a la unidad de
vida de los miembros del Instituto. Los religiosos han de procurar
ir perfeccionando cuidadosamente a lo largo de toda su vida
esta cultura espiritual, doctrinal y técnica, y los Superiores han
de hacer lo posible por proporcionarles oportunidad, ayuda y tiempo
para ello. Es también obligación de los Superiores procurar que los
directores, maestros de espíritu y los profesores sean bien seleccionados
y cuidadosamente preparados.” Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 15Ibídem. 16 Ibídem 17 Concilio Vaticano II, Decreto
Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2. 18 18“La Iglesia tiene una
responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer
en público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la
tierra, el agua y el aire como dones de la
creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al
hombre contra la destrucción de sí mismo. Es necesario que
exista una especie de ecología del hombre bien entendida. En
efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a
la cultura que modela la convivencia humana: cuando se respeta
la «ecología humana» en la sociedad, también la ecología ambiental
se beneficia. Así como las virtudes humanas están interrelacionadas, de
modo que el debilitamiento de una pone en peligro también
a las otras, así también el sistema ecológico se apoya
en un proyecto que abarca tanto la sana convivencia social
como la buena relación con la naturaleza.” Benedicto XVI, Encíclica
Caritas in veritate, 29.6.2009, n. 51. 19 “Es la hora
de un nueva « imaginación de la caridad », que
promueva no tanto y no sólo la eficacia de las
ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios
con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea
sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno.”
Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, n, 50). 20
“Abitualmente, esperienza indica ogni esperienza, vera o presunta, di unione
con Dio, intima, passiva e immediata. Può essere accompagnata da
fenomeni autenticamente mistici, pseudomistici o paramistici. Ascesi e mistica formano
parte di unico processo di esperienza cristiana, sotteso dal mistero
pasquale, innestato da Dio nell’uomo che coopera al suo progetto
salvifico-comunionale.” Luigi Borriello, Maria R. Del Genio, Tomás Spidlík, La
Mistica parola per parola, Ancora Editiric, Milano
2007, p. 149. 21 Luigi Borriello, Maria R. Del Genio, Tomás
Spidlík, La Mistica parola per parola, Ancora Editiric, Milano
2007, p. 158. 22 Benedicto XVI, Encíclica Deus
caritas est, 25.12.2005, n.1. 23 Juan Pablo II, Discurso, 7.10.1979,
n. 1 y 2. 24 Juan Pablo II, Cartas, 3.4.1983 25
Pier Giordano Cabra, Tempo di prova e di speranza,
Il cammino della vita consacrata dal Vaticano II ad oggi,
113 – 114. 26 Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis,
28.10.1965, n. 2. 27 Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelica testificatio 29.6.1971,
n. 51. 28 “Surge la pregunta: ¿Por qué la
recepción del Concilio, en grandes zonas de la Iglesia, se
ha realizado hasta ahora de un modo tan difícil? Pues
bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio o,
como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta
clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción
han surgido del hecho de que se han confrontado dos
hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas.
Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero
cada vez más visible, ha dado y da frutos. Por una
parte existe una interpretación que podría llamar "hermenéutica de la
discontinuidad y de la ruptura"; a menudo ha contado con
la simpatía de los medios de comunicación y también de
una parte de la teología moderna. Por otra parte, está
la "hermenéutica de la reforma", de la renovación dentro de
la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha
dado; es un sujeto que crece en el tiempo y
se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del
pueblo de Dios en camino.” Benedicto XVI, Discursos, 22.12.2005. 29 “E
nel concreto del dopo-Concilio dobbiamo constatare che vi sono due
grandi cesure storiche. Nel dopo-Concilio, la cesura del ‘68, l’inizio
o l’esplosione - oserei dire - della grande crisi culturale
dell’Occidente. Era finita la generazione del dopoguerra, una generazione che
dopo tutte le distruzioni e vedendo l’orrore della guerra, del
combattersi e constatando il dramma delle queste grandi ideologie che
avevano realmente condotto le persone verso il baratro della guerra,
avevamo riscoperto le radici cristiane dell’Europa e avevamo cominciato a
ricostruire l’Europa con queste ispirazioni grandi. Ma finita questa generazione
si vedevano anche tutti i fallimenti, le lacune di questa
ricostruzione, la grande miseria nel mondo e così comincia, esplode
la crisi della cultura occidentale, direi una rivoluzione culturale che
vuole cambiare radicalmente. Dice: non abbiamo creato, in duemila anni
di cristianesimo, il mondo migliore. Dobbiamo ricominciare da zero in
modo assolutamente nuovo; il marxismo sembra la ricetta scientifica per
creare finalmente il nuovo mondo. (…)E poi la seconda cesura
nell’89. Il crollo dei regimi comunisti, ma la risposta non
fu il ritorno alla fede, come si poteva forse aspettare,
non fu la riscoperta che proprio la Chiesa con il
Concilio autentico aveva dato la risposta. La risposta fu invece
lo scetticismo totale, la cosiddetta post-modernità. Niente è vero, ognuno
deve vedere come vivere, si afferma un materialismo, uno scetticismo
pseudo-razionalista cieco che finisce nella droga, finisce in tutti questi
problemi che conosciamo e di nuovo chiude le strade alla
fede, perché è così semplice, così evidente. No, non c’è
nulla di vero. La verità è intollerante, non possiamo prendere
questa strada. Ecco: in questi contesti di due rotture culturali,
la prima, la rivoluzione culturale del ’68, la seconda, la
caduta potremmo dire nel nichilismo dopo l’89, la Chiesa con
umiltà, tra le passioni del mondo e la gloria del
Signore, prende la sua strada.” Benedicto XVI, Discursos, 24.7.2007. 30
Congregación para los Institutos de vida consagrada y loas Sociedades
de vida apostólica, Vida fraterna en comunidad, 2.2.1994, n. 1a. 31
“Mientras que el Código de 1917 podía hacer pensar
que se fijaba en elementos exteriores y en la uniformidad
del estilo de vida, el Vaticano II y el nuevo
Código insisten explícitamente en la dimensión espiritual y en el
vínculo de fraternidad que debe unir en la caridad a
todos los miembros. El nuevo Código ha hecho la síntesis
de estos dos aspectos hablando de «vivir una vida fraterna
en común».” Congregación para los Institutos de vida consagrada y
los Sociedades de vida apostólica, Vida fraterna en comunidad, 2.2.1994,
n. 3. 32 “El conjunto de cambios y tendencias que acabamos
de mencionar ha influido en la fisonomía de las comunidades
religiosas de manera profunda, pero también diferenciada. Las diferencias, a
veces muy notables, dependen -como es fácil de comprender- de
las diversas culturas y de los distintos continentes, del hecho
de que las comunidades sean masculinas o femeninas, del tipo
de vida religiosa y de Instituto, de la distinta actividad
y del respectivo empeño en releer y actualizar el carisma
del Fundador, del diferente modo de situarse ante la sociedad
y la Iglesia, de la distinta manera de acoger los
valores propuestos por el Concilio, de las diferentes tradiciones y
formas de vida común, y de los diversos modos de
ejercer la autoridad y de promover la renovación de la
formación permanente.” Ibídem., n. 5e. 33 Juan Pablo II,
Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, Presentación. 34 “Amati Fratelli, nei
decenni successivi al Concilio Vaticano II, alcuni hanno interpretato l´apertura
al mondo non come un´esigenza dell´ardore missionario del Cuore di
Cristo, ma come un passaggio alla secolarizzazione, scorgendo in essa
alcuni valori di grande spessore cristiano, come l´uguaglianza, la libertà
e la solidarietà, e mostrandosi disponibili a fare concessioni e
a scoprire campi di cooperazione. Si è così assistito a
interventi di alcuni responsabili ecclesiali in dibattiti etici, in risposta
alle aspettative dell´opinione pubblica, ma si è smesso di parlare
di certe verità fondamentali della fede, come il peccato, la
grazia, la vita teologale e i novissimi. Inconsciamente si è
caduti nell´autosecolarizzazione di molte comunità ecclesiali; queste, sperando di compiacere
quanti erano lontani, hanno visto andare via, defraudati e disillusi,
coloro che già vi partecipavano: i nostri contemporanei, quando
s´incontrano con noi, vogliono vedere quello che non vedono in
nessun´altra parte, ossia la gioia e la speranza che nascono
dal fatto di stare con il Signore risorto.” Benedicto XVI,
Discursos, 7.9.2009 35 Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita
consecrata, 25.3.1996, n. 58. 36 “Los Padres sinodales han invitado
vivamente a todos los Institutos de vida consagrada y a
las Sociedades de vida apostólica a elaborar cuanto antes una
ratio institutionis, es decir, un proyecto de formación inspirado en
el carisma institucional, en el cual se presente de manera
clara y dinámica el camino a seguir para asimilar plenamente
la espiritualidad del propio Instituto. La ratio responde hoy a
una verdadera urgencia: de un lado indica el modo de
transmitir el espíritu del Instituto, para que sea vivido en
su autenticidad por las nuevas generaciones, en la diversidad de
las culturas y de las situaciones geográficas; de otro, muestra
a las personas consagradas los medios para vivir el mismo
espíritu en las varias fases de la existencia, progresando hacia
la plena madurez de la fe en Cristo.” Ibídem., n.
68. 37 El concepto del egoísmo en la vida consagrada
lo desarrollará posteriormente el documento La obediencia y el servicio
de la autoridad, pero vale la pena enunciarlo en este
momento. “Sin embargo, considerando algunos elementos del presente influjo cultural,
hemos de recordar que el deseo de autorrealizarse puede entrar
a veces en colisión con los proyectos comunitarios; y que
la búsqueda del bienestar personal, sea éste espiritual o material,
puede hacer dificultosa la entrega personal al servicio de la
misión común; y, en fin, que las visiones excesivamente subjetivas
del carisma y el servicio apostólico pueden debilitar la colaboración
y la condivisión fraternas.” Congregación para los Institutos de vida
consagrada y Sociedades de vida apostólica, El servicio de la
autoridad y la obediencia, 11.5.2008, n. 3. 38 Cfr.
Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n.
66. 39 Sagrada congregación para los religiosos e Institutos seculares,
La dimensión contemplativa de la vida religiosa, n.
11. 40 Cfr. Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita
consecrata, 25.3.1996, n. 69. 41 “La Biblia nos enseña que el
hombre ha sido creado "a imagen de Dios", con capacidad
para conocer y amar a su Creador, y que por
Dios ha sido constituido señor de la entera creación visible
para gobernarla y usarla glorificando a Dios. ¿Qué es el
hombre para que tú te acuerdes de él? ¿O el
hijo del hombre para que te cuides de él? Apenas
lo has hecho inferior a los ángeles al coronarlo de
gloria y esplendor. Tú lo pusiste sobre la obra de
tus manos. Todo fue puesto por tí debajo de sus
pies (Ps 8, 5-7). (…)En la unidad de cuerpo y
alma, el hombre, por su misma condición corporal, es una
síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del
hombre su más alta cima y alza la voz para
la libre alabanza del Creador. No debe, por tanto, despreciar
la vida corporal, sino que, por el contrario, debe tener
por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura
de Dios que ha de resucitar en el último día.
Herido por el pecado, experimenta, sin embargo, la rebelión del
cuerpo. La propia dignidad humana pide, pues, que glorifique a
Dios en su cuerpo y no permita que lo esclavicen
las inclinaciones depravadas de su corazón. No se equivoca el
hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material y
al considerarse no ya como partícula de la naturaleza o
como elemento anónimo de la ciudad humana. Por su interioridad
es, en efecto, superior al universo entero; a esta profunda
interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios
le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente,
bajo la mirada de Dios, decide su propio destino. Al
afirmar, por tanto, en sí mismo la espiritualidad y la
inmortalidad de su alma, no es el hombre juguete de
un espejismo ilusorio provocado solamente por las condiciones físicas y
sociales exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad
más profunda de la realidad.” Concilio Vaticano II, Constitución pastoral
Gaudium et spes, 7.12.1965n. 12 y 14. 42 Cfr.
Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n.
71. 43 Concilio Vaticano II, Decreto Optatam totius, 28.10.1965, n.
11. 44 Ibídem. 45 “Redunda en bien mismo de la Iglesia
el que todos los Institutos tengan su carácter y fin
propios. Por tanto, han de conocerse y conservarse con fidelidad
el espíritu y los propósitos de los Fundadores, lo mismo
que las sanas tradiciones, pues, todo ello constituye el patrimonio
de cada uno de los Institutos.” Concilio Vaticano II, Decreto
Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2b. 46 Sagrada congregación para los religiosos
e Institutos seculares, Mutuae relationes, 14.5.1978, n. 11.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR