La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net Jesucristo se hace hombre por mi
Lo primero que debe hacer la mujer consagrada para recuperar su capacidad de contemplación y de asombro y así vivir más de cara a lo espiritual que a lo natural, es darse tiempos para la contemplación y la oración
Jesucristo se hace hombre por mi
El plan de Dios para la humanidad. La “terrible novedad”
de la Encarnación. La vida religiosa no está exenta de sufrir
las mismas enfermedades que el mundo. Si bien los consagrados
debemos ser personas que nos encontramos en el mundo, pero
que no somos del mundo, siguiendo el lenguaje joánico, -
“no te pido que los saques del mundo, sino que
los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como
tampoco yo soy del mundo.” (Jn. 17, 15 – 16)-,
somos muchas veces también receptáculo propicio para el cultivo de
ciertos males o vicios del mundo, aunque en magnitud distinta.
Uno
de los males del mundo es haber perdido la capacidad
del asombro. La técnica y el mundo urbano han tenido
que ver con esta capacidad perdida. Antes, cuando el hombre
vivía pendiente de la naturaleza, cuando sabía que su ruina
o su bienestar dependían de la sequía o de una
buena estación de lluvia, el hombre estaba siempre escrutando el
horizonte para presagiar el futuro a través de los signos
que lograba leer en la misma naturaleza. Un amanecer rojo
podría significar la inminente llegada de una tormenta. Un atardecer
arrebolado y lleno de nubes podrían presagiar un mañana tranquila
idónea para depositar las semillas de la próxima cosecha. Hay
cultura incluso, como la china, que aún hoy en día
rigen la agricultura por las fases lunares. Este contacto con
la naturaleza y la continua capacidad de observación permitían al
hombre asombrarse de todo cuanto lo rodeaba. El hombre era
por tanto un poeta por naturaleza y por la misma
naturaleza que lo rodeaba. Su capacidad de observación le permitía
tener una gran capacidad de asombro. Y dicha capacidad la
reflejaba no sólo en los fenómenos físicos, sino en la
cotidianidad de la vida. Se asombraba por el nacimiento de
un niño, por los días de fiesta, por los días
de luto, por los acontecimientos más sencillos que regían la
vida diaria.
Junto con esta forma de vida muy unida a
la naturaleza, jugaba a favor del asombro una vida menos
tecnificada o, por decirlo en términos más adecuados, una vida
“tecnificada” de acuerdo a la naturaleza humana. Era la naturaleza
la que imponía el ritmo a la técnica y no
viceversa, como sucede ahora. Las novedades técnicas, siempre buenas porque
favorecen el desarrollo del hombre y su dominio sobre la
naturaleza, tenían el suficiente tiempo para que el hombre pudiera
asimilarlas a la vida diaria y así las hacía parte
de la cultura, las integraba a su escala de valores.
Basta pensar que, según algunos sociólogos, el tiempo que se
daba entra cada invención que suponía un cambio cultural y
que a su vez debía ser asimilada por cada cultura,
en tiempos de los egipcios y los chinos era de
250 años. Para la llegada de la Revolución industrial este
tiempo se había reducido en 25 años y ahora, en
la así llamada época post-moderna o digital, el tiempo de
asimilación de las novedades técnicas que influyen en el comportamiento
y en la cultura humana, a veces no supera ni
siquiera los 25… segundos.
Como consecuencia podemos concluir lógicamente que el
hombre de nuestro tiempo ha perdido la capacidad de observar
y la capacidad de asombrarse. El mundo va tan deprisa
que no hay tiempo para pensar, para reflexionar, para observar.
Es un desgaste terrible que ocasiona la pérdida de la
observación y del asombro. Ya nada es capaz de generar
una ilusión, un deseo, una incógnita en el mundo. Todo
parece ya alcanzado, ya descifrado que no hay espacio para
la sorpresa, lo inédito, lo trascendente. “Hay numerosos signos preocupantes
que, al principio del tercer milenio, perturban el horizonte del
Continente europeo que, « aun teniendo cuantiosos signos de fe
y testimonio, y en un clima de convivencia indudablemente más
libre y más unida, siente todo el desgaste que la
historia, antigua y reciente, ha producido en las fibras más
profundas de sus pueblos, engendrando a menudo desilusión ».”
1
Y si este es el panorama del mundo, no menos
cierto puede ser el que un panorama semejante se refleje
en las comunidades religiosas femeninas. Las causas de dicha desilusión
que genera falta de asombro pueden, a mi modo de
ver, sintetizarse en haber dedicado mucho de las energías al
trabajo apostólico, bueno en cuanto tal, y haber descuidado la
vida espiritual, principalmente la vida de oración. Es cierto que
en este aspecto ha jugado un papel muy importante la
falta de vocaciones y que frente a la ineludible opción
de cerrar obras de apostolado o mantenerlas abiertas por el
bien que se puede seguir haciendo, se ha optado por
mantenerlas abiertas, pero a un precio demasiado caro como el
desgaste de muchas religiosas. Un desgaste no tanto físico cuanto
espiritual. No es raro encontrarme con congregaciones y comunidades religiosas
que han desterrado la oración de la vida comunitaria, reduciéndose
al mínimo, como el rezo de las horas litúrgicas. Y
a veces ni eso… Pero no se hable ya de
tiempos dedicados a la reflexión, la meditación personal, la contemplación.
No
menos importante ha sido el descuido que en muchas comunidades
se ha dado del silencio. Silencio interno y silencio externo.
Cada comunidad y cada congregación conocen su historia propia al
respecto. Anteriormente, había momentos de silencio específico en cada comunidad.
Momentos de silencio que no se consagraban únicamente para favorecer
la oración comunitaria o personal, sino momentos que se daban
a lo largo del día con el fin de favorecer
la unión del alma con Dios. No era un silencio
estéril como los promotores de su abolición así lo han
considerado. Eran momentos muy buenos desde el punto de vista
espiritual y humano. Espiritual porque el alma se encontraba consigo
misma, con Dios y podía conocerse a sí misma, factor
importantísimo para el progreso espiritual de cada alma. Y podía
también mediante ese silencio tranquilizarse a nivel humano, ver hacia
el futuro, programarse. Hoy en día vivimos quizás en el
mundo consagrado la herejía de actuar, en dónde más cuenta
lo que se hace que lo que se es. El
alma podía de esa manera asombrase del paso de Dios
en su vida y del paso de sí misma por
este mundo.
Unido a la falta del silencio y casi
como consecuencia directa se da el descuido de la oración
personal. Este tiempo que debe dedicarse a hablar personalmente con
Dios. El mismo magisterio de la Iglesia ha constatado esta
falla cuando escribe: “La autoridad está llamada a garantizar a
su comunidad el tiempo y la calidad de la oración,
velando sobre la fidelidad cotidiana a la misma, consciente de
que se avanza hacia Dios con el paso, sencillo y
constante, de cada día y de cada miembro, y sabiendo
que las personas consagradas pueden ser útiles a los demás
en la medida en que están unidas a Dios.”
2
Puede muchas veces aducirse la falta de tiempo para guardar
el silencio o dedicarse a la oración personal la gran
carga de trabajo. Sin embargo es triste constatar que en
muchas comunidades que reclaman esta falta de tiempo, dedican una
buena cantidad del mismo a la televisión o a otros
medios de comunicación, con el pretexto casi siempre de tener
un tiempo legítimo de descanso.
A la persona consagrada que le
falta el tiempo para orar y para estar en silencio
consigo misma y con Dios, le será muy difícil asombrarse
de las realidades que circundan su vida, especialmente las realidades
sobrenaturales. No es un aspecto el mucho trabajo que deben
realizar las religiosas. Vivimos tiempos difíciles y debemos afrontar la
realidad como es. Hay religiosas admirables que deberían estar ya
en la casa de reposo y que dedican con abnegado
celo sus ya menguadas fuerzas al trabajo encomendado, por la
falta de personal. El problema no es por tanto el
mucho trabajo, sino el poco tiempo que se dedica a
la oración, a la reflexión personal, al silencio con Dios
y consigo mismo. Muchas veces criticamos a los jóvenes de
hoy en día porque desde que se levantan hasta que
se acuestan lo hacen siempre conectado a un aparato de
música como el i-pod. Las personas consagradas si bien no
se alzan en la mañana y se conectan al i-pod,
apenas pasados los actos de piedad de la mañana como
el rezo del laudes y la santa misa, se desconectan
de Dios y se conectan al trabajo. La capacidad de
observación y la capacidad de maravillarse de las cosas más
sencillas, se ha perdido paulatinamente.
Consecuencias naturales y espirituales de la
pérdida del asombro. Esta pérdida de la capacidad de contemplación y
de asombro tiene desgraciadamente consecuencias funestas en la vida consagrada.
Es como un virus que lentamente se apodera de las
almas consagradas, anestesiando en ellas la vida espiritual.
Durante el período
del postconcilio, debido a una mala recepción e interpretación del
Concilio ,3 las personas consagradas se han ido alejando cada
vez más de lo que debería haber sido el centro
de su consagración, es decir, una identificación más plena, más
consciente y más gozosa con la persona de Jesucristo. Así
lo sugirió Juan Pablo II en la exhortación apostólica postsinodal
Vita consecrata: “En efecto, mediante la profesión de los consejos
evangélicos la persona consagrada no sólo hace de Cristo el
centro de la propia vida, sino que se preocupa de
reproducir en sí mismo, en cuanto es posible, «aquella forma
de vida que escogió el Hijo de Dios al venir
al mundo».” 4
Esta identificación cada día más plena y más
cercana con la persona de Cristo, obliga en cierta manera
a las personas consagradas a tener una profunda, vigorosa y
fuerte vida espiritual. De esta forma, la persona consagrada aprovecha
aquellos medios que Cristo le propone, a través de la
propia congregación con el fin de que su vida vaya
quedando informada y plasmada de los mismos sentimientos de Cristo,
como sugería San Pablo: “Yo estoy crucificado con Cristo, y
ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí:
la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo
en la fe en el Hijo de Dios, que me
amó y se entregó por mí.” (Gal 2, 19 –
20).
La vida espiritual es la que permite a la mujer
consagrada el ir configurando su vida cada día más con
la vida y con la persona de Cristo. Hay que
recordar que la vida espiritual no es algo alejado del
común de los mortales, ni reservado a los santos, ni
tampoco reducido a los fenómenos místicos. La vida espiritual es
la vida del espíritu. “Dios, fuente de vida, comunica en
la creación (por la naturaleza) diversos niveles de vida, vegetativa,
animal y humana. La vida humana integra las otras, y
lo hace en una síntesis cualitativamente superior, caracterizada por la
razón y el querer libre de la voluntad. Lo humano
perfecciona lo animal y vegetativo, no lo destruye. Dios, fuente
de vida, comunica en la redención (por gracia) al hombre
una nueva participación en la vida divina, caracterizada por un
nuevo conocimiento, la fe, y una nueva capacidad de amar,
la caridad. Y esta vida ha de integrar los otros
niveles de vida, perfeccionándolos, elevándolos, sin destruirlos.” 5
Esta nueva
vida es la vida espiritual que debe animar toda la
vida de la persona humana. Las personas consagradas son llamadas
por vocación a un cultivo más asiduo de esta vida
espiritual, no como un lujo o una vanidad, sino como
una necesidad, para poder responder con más plenitud a la
llamada de Dios a configurar su vida con la vida
de Cristo. La vida espiritual no es más que la
vida de Cristo en cada una de las almas. La
importancia de la vida espiritual para la vida consagrada la
va inculcando el Concilio Vaticano II desde el decreto Perfectae
caritatis6 hasta el último documento del magisterio de
la Iglesia para la vida consagrada El servicio de la
autoridad y la obediencia7 .
La mujer consagrada, al perder la
capacidad de contemplación y asombro, pierde el centro de la
vida espiritual, es decir, del encuentro con una persona, con
Cristo, como dice Benedicto XVI. “No se comienza a ser
cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino
por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que
da un nuevo horizonte a la vida y, con ello,
una orientación decisiva.” 8Si la mujer consagrada no se
asombra todos los días de vivir el encuentro personal con
Cristo, de la capacidad que tiene de vivir según la
gracia y no sólo según la naturaleza humana, pierde la
posibilidad de comprender y de vivir lo que significan tantas
realidades y tantos misterios espirituales que son el centro de
la vida espiritual. Los días se consumen en una rutina
enajenante, en un subseguirse de actividades inconexas que asfixian el
alma. No es extraño entonces asistir al triste espectáculo de
almas consagradas e incluso comunidades que habiendo perdido el vigor
y la frescura de su vida espiritual, se debaten en
los tres grandes males de la vida consagrada que mencionaba
Benedicto XVI: “La consecuencia es que, juntamente con un indudable
impulso generoso, capaz de testimonio y de entrega total, la
vida consagrada experimenta hoy la insidia de la mediocridad, del
aburguesamiento y de la mentalidad consumista.” 9La vida se
vive ya sin ilusión, sin ánimo, sin ese santo afán
por llevar más almas a Cristo. Se vive sólo en
el plano natural, habiendo perdido la capacidad de vivir y
de saborear lo sobrenatural.
La incapacidad no sólo de comprender, sino
de vivir de acuerdo a los misterios y a las
realidades sobrenaturales se traduce en la vida de las personas
consagradas y en las comunidades en una vida que se
vive sólo según las realidades naturales. Personas de gobierno con
dotes naturales extraordinarios como pueden ser el de la inteligencia,
la prudencia, las buenas formas. Religiosas que viven su apostolado
con una gran capacidad de abnegación, volcadas en el trabajo
sin pensar en ellas mismas, incluso con el riesgo de
perder la salud. Ejemplos buenos y laudables, sí. Pero que
se mueven siempre en el plano natural, dejando el plano
sobrenatural a la devoción particular, a los momentos de oración
comunitario, a los ejercicios espirituales anuales y a poco más
de momentos de oración personal. Se ha perdido la capacidad
de vivir de acuerdo a la vida espiritual y de
gustar y regirse por los misterios sobrenaturales.
La “terrible” novedad de
la Encarnación. Uno de eso misterios, en el cual se cree
y se celebra, pero que posiblemente no influye en la
vida diaria de las mujeres consagradas es el misterio de
la Encarnación. Por haber perdido la capacidad de observación y
de asombro, las religiosas pueden perder de vista no sólo
la trascendencia de este misterio, sino la posibilidad de hacer
girar la propia vida, toda la vida –sobrenatural y natural-,
en torno a dicho acontecimiento. Se piensa, cuando mucho al
misterio de la Encarnación como una fiesta piadosa, pero con
poca o nula incidencia en la vida diaria.
El primer síntoma
de que el virus ya ha infectado a la persona
consagrada o a la comunidad es perder la capacidad de
contemplar el misterio aplicado a la vida de cada persona.
Se piensa al misterio como algo anecdótico, histórico, como materia
apta para ser estudiada por los teólogos, enseñada en el
catecismo y celebrado con una misa solemne en comunidad. Pero
pensar al hecho de que el misterio pueda transformarme la
vida, pueda invitarme a vivir una vida consagrada más de
acuerdo al propio carisma, a las necesidades urgentes de la
comunidad, a lo que me pide en esos momentos el
Espíritu, es algo que rebasa los límites de la persona.
Se vive demasiado en una dimensión horizontal y se ha
perdido la línea vertical, se ha perdido la capacidad de
vivir humanamente el modo de vida sobrenatural.
Y uno de
estos misterios, quizás el misterio central de nuestra vida cristiana
es la Encarnación, el misterio de todo un Dios que
se hace hombre por mí. La primera manifestación del virus
es estar demasiado acostumbrado al misterio, por haber perdido la
capacidad de contemplación y la del asombro. Dicho evento ha
perdido significado para la persona, porque quizás la persona vive
demasiado ensimismada en sus problemas, en su quehacer apostólico. Una
situación muy frecuente en la vida consagrada en Occidente, en
dónde por los factores que ya hemos mencionado como el
envejecimiento de la congregación, la falta de vocaciones, la imposibilidad
de continuar algunas obras de apostolado y la reestructuración de
la congregación han originado un volver constantemente sobre sí mismos,
fijando el horizonte en el plano humano, habiendo perdido aquel
horizonte espiritual que es el respiro del alma.
Lo primero que
debe hacer la mujer consagrada para recuperar su capacidad de
contemplación y de asombro y así vivir más de cara
a lo espiritual que a lo natural, es darse tiempos
para la contemplación y la oración. Contemplación que no es
una parte de la oración reservada a almas predilectas de
Dios, sino contemplación desde el punto de vista humano y
sobrenatural. Saber organizar la jornada con tiempos de silencio que
permitan al alma recogerse en sí misma para pensar en
las maravillas de Dios. Un momento de silencio antes de
la comida, un momento de descanso personal paseando por el
jardín de la comunidad u observando simplemente las flores en
el corredor de la casa. Recuperar el silencio para recuperar
la contemplación y la capacidad de asombro. Alguien ha dicho
que se es joven mientras se tiene la capacidad de
observar la belleza.
Recuperada la capacidad de la contemplación y del
asombro, podemos de puntillas acercarnos a este misterio que no
se circunscribe al periodo natalicio. Es central para nuestra fe.
Consideremos por un momento la vida del hombre sin el
misterio de la Encarnación. ¿Qué sería de este hombre?
Recuperada la
capacidad de contemplación y de asombro, bien podemos aventurarnos a
hacer ciertas hipótesis o ciertas preguntas que nos permitirán sorprendernos
de la maravilla de la Encarnación. Quizás una de las
fallas de la pastoral del periodo del postconcilio ha sido
la de no haber adaptado adecuadamente los misterios y las
realidades eternas al lenguaje y a la cultura de nuestra
época. Se habló tanto de diálogo que quizás se terminó
por vaciar de su sentido sobrenatural el mismo misterio .
10Por ello, bien vale la pena dejar correr la imaginación,
siempre con el propósito no de hacer disquisiciones mentales o
lanzar formulaciones teológicas hipotéticas, sino, siguiendo a Furioli 11, con
el propósito de vivir realmente el misterio como parte de
una oración viva, es decir, como parte de un coloquio
con Cristo, con Dios. De esta forma podremos seguir abriéndonos
a la dimensión de contemplación y de asombro.
Otra consideración que
debemos tomar en cuenta antes de seguir con nuestra exposición,
es la de ponernos en primera persona frente a estas
consideraciones de la vida sobrenatural, frente al misterio. Como occidentales,
corremos el riesgo de racionalizarlo todo , de querer pasar
todo por la cerniera del intelecto. El cogito ergo sum
de Descarte parece que también se ha filtrado en nuestra
vida espiritual y tal parece, todo lo que no logro
comprender, o no es real o merece de parte nuestra
un poco de sospecha. Es cierto, no se debe caer
en el opuesto y reducir los misterios de la fe
a un mero sentimiento, algo sensible que me hace sentir
bien, como se da actualmente en el super-mercado de las
religiones “fai-da-te” (hazlas por ti mismo) de tipo New Age.
En este sentido cuánto debemos aprender de nuestros hermanos Oriente
Medio que no han perdido la capacidad de contemplar y
asombrarse frente al misterio, sin tanta cavilación ni queriéndolo comprender
todo. Ellos viven el misterio y eso les basta.
Habiendo puesto
como tres premisas el retomar la capacidad de contemplación y
de asombro, el formularnos preguntas para mejor vivir el misterio
y el ponernos a nosotros como sujeto de nuestras consideraciones,
podemos por fin sumergirnos en la consideración del misterio de
la Encarnación. Nuestra pregunta inicial, ¿qué sería del hombre sin
el misterio de la Encarnación?, puede ayudarnos a considerar nuestra
vida sin este misterio . 12
Sin el misterio de la
Encarnación seríamos todavía presa del pecado original. No hay que
olvidar que el misterio de la Encarnación o es solamente
la celebración del momento en que el Verbo por iniciativa
del padre toma carne en el seno de la Virgen
maría. Es sobretodo el inicio de nuestra salvación. No en
vano en el pasado, muchos pueblos se regían precisamente por
este evento, teniendo el día 25 de marzo, día de
la Anunciación, como el primer día del año. Muestras de
ello se encuentran en diversos monumentos y catedrales, como la
torre de Pisa y en la catedral de Florencia. Comienza
ahí la historia de nuestra redención. No de la redención
en general, sino de mi redención. Si Cristo no se
hubiera engendrado, mi alma seguiría presa aún del pecado original.
Hay que distinguir entre las consecuencias del pecado original y
las huellas que dicho pecado original ha dejado en nuestras
almas.
Por el pecado original el balance con el que Dios
había creado al hombre se rompe. El equilibrio establecido por
Dios para el hombre en forma tal que éste fuera
siempre una criatura dotada de los dones preternaturales, es decir
el don de la integridad con los privilegios de la
ciencia infusa, del dominio de las pasiones y de la
inmortalidad corpórea, se había roto y perdido. Se introduce por
tanto en el hombre la pérdida del don de la
integridad, ocasionando una grande herida en nuestras facultades. El hombre
pierde la capacidad de conocer la verdad, se deja guiar
por sus pasiones y es sujeto del dolor y de
la muerte.
El misterio de la Encarnación, y aquí debe comenzar
nuestra capacidad de contemplación y asombro, introduce el equilibrio. Si
bien el hombre no vuelve a adquirir el don de
la integridad con sus privilegios de la ciencia infusa, del
dominio de las pasiones y de la inmortalidad corpórea, puede
sin embargo alcanzar progresivamente este don. Tenemos ahora la fuerza,
que se llaman gracias, para poder conocer la verdad y
guiarnos por ella, fortalecer nuestra voluntad para seguir dicha verdad
con determinación y la capacidad, mediante el ejercicio de las
virtudes, de someter nuestras pasiones.
Se ha vuelto sino al estado
originario del hombre, a un estado que algunos teólogos consideran
aún superior, ya que nos permitió tener un tal Redentor,
capaz de pagar por el daño hecho y rescatarnos, con
creces, del castigo justamente merecido. “En efecto, si por la
falta de uno solo reinó la muerte, con mucha más
razón, vivirán y reinarán por medio de un solo hombre,
Jesucristo, aquellos que han recibido abundantemente la gracia y el
don de la justicia. Por consiguiente, así como la falta
de uno solo causó la condenación de todos, también el
acto de justicia de uno solo producirá para todos los
hombres la justificación que conduce a la Vida. Y de
la misma manera que por la desobediencia de un solo
hombre, todos se convirtieron en pecadores, también por la obediencia
de uno solo, todos se convertirán en justos. Es verdad
que la Ley entró para que se multiplicaran las transgresiones,
pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Porque así
como el pecado reinó produciendo la muerte, también la gracia
reinará por medio de la justicia para la Vida eterna,
por Jesucristo, nuestro Señor.” (Rom, 5, 17 – 21).
El misterio
de la Encarnación nos permite, entre otras cosas, alcanzar el
Cielo que Cristo repetidamente nos ha prometido. “En la Casa
de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así,
se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles
un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado
un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin
de que donde yo esté, estén también ustedes.” (Jn 14,
2 – 3). Podemos también merecer ese Cielo a través
de nuestras obras. Cada acto que nosotros realizamos en estado
de gracia, es meritorio frente a los ojos de Dios.
No se pierde nada.
Podemos decir, como resumen de la Encarnación,
que yo puedo ser divinizado, es decir, que yo puede
ser como Dios, porque puedo vivir su misma obra. “Jesús
les respondió: «¿No está escrito en la Ley: "Yo dije:
Ustedes son dioses"? Si la Ley llama dioses a los
que Dios dirigió su Palabra –y la Escritura no puede
ser anulada– ¿Cómo dicen: "Tú blasfemas", a quien el Padre
santificó y envió al mundo, porque dijo: "Yo soy Hijo
de Dios"? Si no hago las obras de mi Padre,
no me crean; pero si las hago, crean en las
obras, aunque no me crean a mí. Así reconocerán y
sabrán que el Padre está en mí y yo en
el Padre».” (Jn 10, 34 – 38). Yo puedo vivir
la misma vida de dios, gracias a que Dios mismo
se ha hecho hombre como yo. Aquí radica la esencia
del misterio de la Encarnación. Todas las consideraciones teológicas pueden
llegar a ser estériles si yo no me convenzo y
vivo la realidad del misterio de la Encarnación. Dios que
toma carne humana en la persona de Cristo para que
yo, sí, precisamente yo, pueda alcanzar la misma vida de
Dios. Y esto no es en un sentido escatológico. Podemos
comenzar a vivir la misma vida de Dios desde ahora.
Desde el momento en que somos conscientes de la gracia
que hemos recibido por el misterio de la Encarnación, nuestra
vida cobra un nuevo sentido, su verdadero sentido, es decir,
el llegar a ser como Dios.
No en vano dice
la escritura que hemos sido creados a imagen y semejanza
de Dios. “Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen,
según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces
del mar y las aves del cielo, el ganado, las
fieras de la tierra, y todos los animales que se
arrastran por el suelo». Y Dios creó al hombre a
su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó
varón y mujer.” (Gn 1, 26 – 27). La imagen
de Dios permanece a lo largo de la vida del
hombre, desde que inicia su vida en el momento de
la concepción. El hombre, gracias a la Encarnación se hace
semejante a Dios. Después del pecado de Adán, el hombre
había perdido la capacidad de hacerse semejante a Dios. La
imagen permanecía, pero el proceso evolutivo del crecimiento sobrenatural se
había detenido por causa del pecado. Ahora yo, con la ayuda
de la gracia que me es dada por la Encarnación,
tengo la capacidad de hacerme cada día más semejante a
Dios. Mi libertad, que me permite realizar actos humanos, es
decir, con conciencia de saber lo que estoy haciendo, unida
a la gracia de Dios, va modelando en mí un
hombre o una mujer nueva, el hombre o la mujer
sobrenatural, esto es, el hombre o la mujer deiforme, con
la forma de Dios. Mis actos no son ya actos
simplemente humanos, sino que me elevan a Dios y me
hacen como Dios.
Par terminar con este pequeño inciso, habría que
preguntarnos el motivo de la Encarnación, es decir, que fue
lo que motivó a Dios a encarnarse en un hombre,
semejante en todo a nosotros menos en el pecado. El
hombre había pecado, siendo por tanto el castigo lógica consecuencia
de la desobediencia. Dios había seguido toda justicia y no
habría nada que “recriminarle”. Pero Dios va más allá de
toda justicia. Y viendo como se perdía el hombre, siente
compasión por él y así decide encarnarse. La culpa del
hombre lo había desviado de su fin originario: “En efecto,
habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron ni le dieron
gracias como corresponde. Por el contrario, se extraviaron en vanos
razonamientos y su mente insensata quedó en la oscuridad. Haciendo
alarde de sabios se convirtieron en necios, y cambiaron la
gloria del Dios incorruptible por imágenes que representan a hombres
corruptibles, aves, cuadrúpedos y reptiles. Por eso, dejándolos abandonados a
los deseos de su corazón, Dios los entregó a una
impureza que deshonraba sus propios cuerpos, ya que han
sustituido la verdad de Dios por la mentira, adorando y
sirviendo a las criaturas en lugar del Creador, que es
bendito eternamente. Amén. Por eso, Dios los entregó también a
pasiones vergonzosas: sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras
contrarias a la naturaleza. Del mismo modo, los hombres
dejando la relación natural con la mujer, ardieron en deseos
los unos por los otros, teniendo relaciones deshonestas entre ellos
y recibiendo en sí mismos la retribución merecida por su
extravío. Y como no se preocuparon por reconocer a Dios,
él los entregó a su mente depravada para que hicieran
lo que no se debe. Están llenos de toda clase
de injusticia, iniquidad, ambición y maldad; colmados de envidia, crímenes,
peleas, engaños, depravación, difamaciones. Son detractores, enemigos de Dios, insolentes,
arrogantes, vanidosos, hábiles para el mal, rebeldes con sus padres,
insensatos, desleales, insensibles, despiadados. Y a pesar de que conocen
el decreto de Dios, que declara dignos de muerte a
los que hacen estas cosas, no sólo las practican, sino
que también aprueban a los que las hacen.” (Rom 1,
21 – 32)
Por ello, frente a este triste espectáculo, que
muy bien puede ser nuestro propio espectáculo, Dios se compadece
y envía a su Hijo. Es por tanto el amor
el motivo de la Encarnación. Dios que siente tristeza al
ver la criatura salida de su espíritu divino desviada en
tan grave forma. Es Dios quien quiere volver a tener
junto a sí la criatura a la que dió la
vida. Es el amor la única respuesta al porqué de
la Encarnación, revelándonos una de las grandes cualidades de Dios.
“Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece
en Dios y Dios en él” (1 Jn 4, 16).
“ (Os 11, 8-9). El amor apasionado
de Dios por su pueblo, por el hombre, es a
la vez un amor que perdona. Un amor tan grande
que pone a Dios contra sí mismo, su amor contra
su justicia. El cristiano ve perfilarse ya en esto, veladamente,
el misterio de la Cruz: Dios ama tanto al hombre
que, haciéndose hombre él mismo, lo acompaña incluso en la
muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el
amor.” 13
El misterio de la Encarnación toma carne en
mí. No basta por tanto hacer las consideraciones teológicas sobre el
misterio de la Encarnación para que dicho misterio se haga
presente en mí. Es necesario pasar de la mente al
corazón, al actuar de cada día y esto sólo puede
hacerse en la oración, que es una forma para estar
siempre abiertos a la contemplación y al asombro. La oración
da una visión siempre nueva y exacta sobre los acontecimientos
de la propia vida, permite actuar la fe, dado que
la fe trasciende la debilidad personal y permite contemplar la
bondad de dos, así como vivir en la humildad, siendo
ésta nos permite reconocer nuestra nada y saber esperar, dado
que la hora de Dios siempre llega a nuestro corazón.
Por ello, conviene que todas las consideraciones que digamos sobre
la Encarnación pasen de nuestra mente a nuestro corazón, pasen
de nuestro entendimiento a un convencimiento. Alguien ha dicho que
hay más distancia entre la mente y el corazón que
entre la Tierra y la Luna. Y es cierto… No
basta creer para poner en práctica la fe. “Cuando Jesús
terminó de hablar, una mujer levantó la voz en medio
de la multitud y le dijo: «¡Feliz el seno que
te llevó y los pechos que te amamantaron!». Jesús le
respondió: «Felices más bien los que escuchan la Palabra de
Dios y la practican»”. (Lc 11, 27 – 28).
El hecho
de que todo un Dios se haya hecho hombre, el
misterio de la Encarnación, debe a su vez encarnarse en
mí. Si este misterio, como otros muchos, permanece ajeno a
mi vida, no incide en mi vivir cotidiano, podemos afirmar
que soy una persona que no ha hecho la experiencia
del amor de Dios. Hemos dicho que Dios se ha
encarnado por amor mío. Habría bastado una sola alma para
que el misterio de la Encarnación hubiera tenido lugar. Y
esa alma es la mía. A veces las personas consagradas
tendemos a pensar en los pecadores, en la situación del
mundo, cuando llegan a nuestros oídos las palabras “Y la
Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros
hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre
como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.” (Jn
1, 14), tendemos a pensar siempre en los demás. Habría
que añadir, como sugiera San Ignacio, las palabras por mí,
para llegar a comprender y vivir personalmente el misterio
de la Encarnación. El Verbo de Dios se hizo carne
por mí, por mi amor… Y vino a habitar entre
nosotros, por mí, por amor mío. Basta repetir siempre las
palabras del apóstol san Pablo para suscitar en nosotros los
afectos del alma que nos hacen experimentar personalmente el misterio
de la Encarnación. “y ya no vivo yo, sino que
Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en
la carne, la vivo en la fe en el Hijo
de Dios, que me amó y se entregó por mí.”
(Gal 2, 20)
Cuando la persona consagrada pone delante de sus
ojos la situación de su alma, cuando aplica a sí
mismo el pasaje ya antes descrito de Rom 1, 21
– 32, esta en la situación ideal para comenzar a
vivir en primera persona el misterio de la Encarnación. Dios
viene a salvarte del pecado, de tus miserias, de tus
flaquezas. Es cierto, debe contar contigo. La gracia sin la
libertad y las disposiciones adecuadas de la persona puede obrar
maravillas, pero el camino que ordinariamente sigue es contando con
la cooperación libre del hombre. La gracia supone la naturaleza
y las gracias que se nos han dado con el
misterio de la Encarnación, especialmente la gracia de poder compartir
la vida divina, la vida de Cristo, supone en mí
la libertad. Gracia y libertad no se oponen, sino que
se complementan mutuamente.
Con el misterio de la Encarnación Dios permite
que las almas se santifiquen, es decir, que puedan vivir
su misma vida divina y producir actos divinos. Este misterio
yo lo debo aplicar a mi propia vida. He sido
creada como una persona a imagen y semejanza de Dios
y cada una de mis obras, de mis pensamientos, me
alejan o me acercan más a Dios. Mi vida y
mi actuar no son indiferentes para que yo pueda encarnar
la vida divina, la vida de Dios en mí.
Y es
así como descubrimos que el misterio de la Encarnación, Dios
hecho hombre, se encarna en mí. No es un acto
que pertenece al pasado. Se hace presente en la medida
en que la persona se esfuerza por vivir la misma
vida de Cristo, por hacerlo presente en su vida, por
vivir sus misma virtudes, hasta poder llegar a decir con
san Pablo: “y ya no vivo yo, sino que Cristo
vive en mí: la vida que sigo viviendo en la
carne, la vivo en la fe en el Hijo de
Dios” (Gal 2, 20)
Y aquí se nos descubre la realidad
más asombrosa, para quien todavía tiene la capacidad de asombrarse.
Las personas consagradas, por el hecho mismo de su consagración,
han querido responder a la llamada de Cristo para seguirlo
más de cerca y así continuar su vida de pobreza,
castidad y obediencia que Él quiso compartir con sus díscípulos.
“El fundamento evangélico de la vida consagrada se debe buscar
en la especial relación que Jesús, en su vida terrena,
estableció con algunos de sus discípulos, invitándoles no sólo a
acoger el Reino de Dios en la propia vida, sino
a poner la propia existencia al servicio de esta causa,
dejando todo e imitando de cerca su forma de vida.”14
La aceptación y la vivencia del misterio de la
Encarnación cobra aún más fuerza para una persona consagrada, si
podemos utilizar este lenguaje, en la medida en que incorpora
a su propia vida, la misma vida de Cristo.
No se
trata por tanto de una consideración hipotética, sino de un
hecho real. La persona consagrada al recibir la invitación de
Cristo a seguirlo más de cerca, “Los dos discípulos, al
oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio vuelta
y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?». Ellos
le respondieron: «Rabbí –que traducido significa Maestro– ¿dónde vives?». «Vengan
y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y
se quedaron con él ese día. Era alrededor de las
cuatro de la tarde.” (Jun 1, 37 – 39), deciden
seguir la misma vida de Cristo. No se trata tan
sólo de seguir sus ejemplos, de imitar sus acciones o
sus virtudes. Se trata de incorporar en la misma vida
de la persona consagrada, la misma vida de Cristo. Varios
teólogos han tratado de utilizar algunas figuras para dar a
entender esta realidad. Traigamos ahora colación la bella figura de
Adolf Tanquerey 15 en la que utiliza la imagen de
la cera y el sella. Dice Tanquerey que la vida
de Dios es como el sello puesto en un poco
de cera caliente. El sello desaparece, pero su huella queda
para siempre garbada en la cera, que ha tomado la
forma del sello.
Es verdad que tendremos que hacer las
debidas distinciones entre gracia habitual y gracia actual para mejor
comprender este misterio de la Encarnación en el alma de
las personas consagradas. Por la gracia habitual Dios da a
todos los hombres la posibilidad de hacernos semejantes a Dios
y de unirnos estrechamente a Él. “Es autem haec deificatio,
Deo quaedam, quoad fieri potest, assimilatio unioque.” 16
Esta también
la gracia actual que es una ayuda sobrenatural y transitoria
que Dios da para iluminar la inteligencia y fortificar la
voluta en la producción de actos sobrenaturales. Es quizás este
tipo de gracia la que la persona consagrada recibe, como
ayuda de Dios, para poder imitar y seguir más de
cerca de Cristo. Bien sabemos por la experiencia personal, que
la fragilidad del hombre, sus muchas miserias y torpezas le
impiden ver con claridad y seguir con fuerza la vida
de Cristo. Es necesario recurrir por tanto a la ayuda
de Dios para ver con claridad y seguir con determinación
el ejemplo de la vida de Cristo Y no sólo,
sino permitir que si vida, la vida divina, se haga
cada día una realidad más fuerte en nuestra vida.
Por eso
quizás podemos decir que la consagración es una gracia actual
que Dios da para que puedan cumplir no sólo con
sus deberes propios del estado de vida consagrada, sino para
que puedan vivir la misma vida divina con el especial
estilo de vida al que Cristo los ha invitado, esto
es, para vivir la misma pobreza, castidad y obediencia que
Cristo vivió y compartió con sus discípulos. “En efecto, mediante
la profesión de los consejos evangélicos la persona consagrada no
sólo hace de Cristo el centro de la propia vida,
sino que se preocupa de reproducir en sí mismo, en
cuanto es posible, « aquella forma de vida que escogió
el Hijo de Dios al venir al mundo ».Abrazando la
virginidad, hace suyo el amor virginal de Cristo y lo
confiesa al mundo como Hijo unigénito, uno con el Padre
(cf. Jn 10, 30; 14, 11); imitando su pobreza, lo
confiesa como Hijo que todo lo recibe del Padre y
todo lo devuelve en el amor (cf. Jn 17, 7.10);
adhiriéndose, con el sacrificio de la propia libertad, al misterio
de la obediencia filial, lo confiesa infinitamente amado y amante,
como Aquel que se complace sólo en la voluntad del
Padre (cf. Jn 4, 34), al que está perfectamente unido
y del que depende en todo.” 17
De esta forma el misterio de la Encarnación toma carne
en cada persona consagrada.
La respuesta al regalo de la Encarnación.
Mi vida centrada en el carisma, por amor. La respuesta del
amor al Amor, la respuesta al don de la Encarnación
es en primer lugar hacer la experiencia de este amor.
No se trata, como hemos dicho, de tener un conocimiento
intelectual del amor de Dios que se hacer carne por
mí en la persona de Jesucristo. Se trata más bien
de experimentar en mí mismo ese amor de Dios que
por mí y sólo por mí, se hace carne en
la persona de Jesucristo. Se trata por tanto de hacer
la experiencia del amor de Dios, es decir la experiencia
de la gracia, ya que el amor de Dios por
mí manifestado en la encarnación de la persona de Cristo
es una gracia.
A este respecto muchos teólogos, a partir del
Concilio de Trento, han visto con mucho recelo la posibilidad
de hacer esta experiencia de la gracia de Dios. “Es
claro que no podemos tener una experiencia y un conocimiento
directo de Dios que elimine la oscuridad y la problematicidad
de la fe. Querer conocer a Dios como conocemos las
cosas o personas del mundo que nos rodea significaría reducirlo
a una realidad intramundana. Pero de ahí no tiene que
seguirse que debamos desterrar toda experiencia de lo sobrenatural del
campo de nuestra conciencia; nuestro modo de entendernos y experimentarnos
ha de reflejar lo que somos. En otro orden de
cosas, el discernimiento de espíritus, en el que tanto han
insistido los maestros espirituales y de tanta tradición en la
Iglesia, no tendría sentido si no se partiera del presupuesto
de la posibilidad de una cierta experiencia e Dios en
nosotros.” 18 Sin embargo la dificultad de constatar
esta experiencia de la gracia, no es obstáculo para
poder realizarla. Se trata por tanto de un esfuerzo que
debe hacer la mujer consagrada por vivir por amor esa
vida que Dios por amor le ha regalado en el
misterio de la Encarnación. “Expergiscere, homo: quia pro te
Deus factus est homo, Despierta, hombre, pues por ti Dios
se hizo hombre (san Agustín, Discurso 185).”
Siendo el amor la
clave de todo nuestro discurso, dios que por amor se
hace hombre y la mujer consagrada que por amor quiere
vivi resa vida que Dios le ha regalado, hemos de
deternos un poco para analizar que significa este amor de
Dios hacia el hombre. Este amor de Dios hacia el
hombre no se detiene en el pecado del hombre. Es
un amor que no sólo olvida, sino que perdona Un
amor capaz de crear una nuveva creatura. Si ya Dios
había creado a Adán, ahora vuelve a darle la vida
con la vida de gracia, a través de la Encarnación
de Jesucristo. “El amor apasionado de Dios por su pueblo,
por el hombre, es a la vez un amor que
perdona. Un amor tan grande que pone a Dios contra
sí mismo, su amor contra su justicia. El cristiano ve
perfilarse ya en esto, veladamente, el misterio de la Cruz:
Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre él mismo,
lo acompaña incluso en la muerte y, de este modo,
reconcilia la justicia y el amor.” 19
El amor de Dios se vuelve locura hasta hacerse
carne de nuestra carne en Jesucristo.
La respuesta de la mujer
consagrada debe ser una respuesta de amor. Quien al contemplar
tan grande misterio no se mueve a hacer algo, a
responder, quiere decir que no ha hecho la experiencia del
amor de Dios. Que no se siente verdaderamente amada por
este Dios que ha desbordado todo límite natural, hasta romper
los límites humanos y ha querido ser uno como nosotros:
“Y la palabra de Dios se hizo carne y habitó
entre nosotros” (Jn 1, 14). Dis ha hecho la expeienca
de ser hombre en Jesucristo y nosotros podemos hacer también
la experiencia de vivir la misma vida de Dios, viviendo
la vida de Jesucristo.
Ya hemos dicho que vivir la vida
de Jesucristo es la mejor respuesta al regalo de la
gracia, esto es, al regalo de la vida sobrenatural que
Dios nos ha dado en el misterio de la encarnación.
Es posible por tanto hacer la experiencia de la gracia,
de vivir la misma vida de Dios, ejemplificada por Jesucristo.
Vivir
la vida de gracia es vivir la vida según el
espíritu y no según la carne. Es pasar al plano
sobrenatural, que es la dimensión que Dios nos ha regalado
con la Encarnación. La religiosa se esforzará por tanto en
hacer la experiencia del espíritu en la medida en que
vive la vida que Cristo le ha regalado en el
misterio de la Encarnación. No se trata de copiar un
modo de vivir, como quien sigue una moda o un
rito de vida. Es más bien interiorizar la misma vida
que vivió Jesucristo hasta llegar a vivir según sus criterios,
su voluntad. Es incorporar en la vida, la vida del
mismo Cristo. “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp
2, 5).
La mujer consagrada debe por tanto estudiar primero con
el intelecto para después vivir con el corazón la vida
de Cristo. Pero no cualquier vida de Cristo. No se
trata de vivir sin más a un Cristo desencarnado. No
debe olvidar que su vida entera se circunscribe a la
llamada que ha recibido para seguir más de cerca a
Cristo. La respuesta que debe dar al regalo del misterio
de la Encarnanción se encuentra en esta misma dimensión, la
del seguimiento de Cristo. Seguir a Cristo más de cerca
es para la religiosa su respuesta al don de la
Encarnación. Al seguir a Cristo, la religiosa puede copiar en
su vida los mismos sentimientos que caracterizaron la vida de
Jesucristo en la tierra. Un gran sentimento de adoración al
Padre, que le permitía ser Hijo y seguir la voluntad
del Padre. Un sentimento de compasión por los hombres que
lo llevó hasta ofrecer su vida en rescate por ellos.
La mujer consagrada no tiene otra misión que la de
hacer presente la vdia de Cristo y sus sentimientos, en
su propia vida y en sus propios sentimientos.
Esta es la
tarea que le compete por amor a la Encarnación. Si
el amor, como decía Salustio, es “Idem velle, idem nolle,
querer lo mismo y rechazar lo mismo” 20
la mujer consagrada querrá realizar en su vida lo
mismo que el Amado ha querido para ella, a saber,
vivir la misma vida de Cristo. Pero en este punto
se nos descubre una de las más maravillosas realidades de
la vida consagrada. Si bien la escuela de Cristo es
la tarea primordial y principal de la vida consagrada, este
seguimiento de Cristo que tiene su especifidad en la vivencia
de lso consejos evangélicos, no se realiza en forma desencarnada,
en forma atípica. Cada congregación religiosa quiere seguir a Criso
segñun un estilo muy definido, de acuerdo a un aspecto
de Cristo que Dios ha permitido descubrir al Fundador y
que éste ha podido transmitir a sus discípulos espirituales. Cada
congregación religiosa ha recibido un carisma específico de manos del
Fundador que permite contemplar unas características muy específicas de Cristo.
Caracterísicas que son propuestas por Dios al Fundador para ser
por éste transmitidas a la Congregación. De esta forma se
realiza una verdadera encarnación en la mujer consagrada, en
la medida que conoce su proprio carisma y lo vive
en todas las dimensiones de su vida.
Porque vivir el carisma
no es otra cosa que hacer la experiencia del Espíritu,
según la misma definición del Magisterio de la Iglesia: “El
carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia
del Espíritu (Evang. test. 11), transmitida a los propios discípulos
para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente
en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne.”
21 Haciendo la experiencia del Espíritu
la mujer consagrada toma conciencia del tipo de vida espiritual
que debe llevar para vivir la misma vida de Cristo.
En su carisma se encuentra por tanto el núcleo de
la encarnación de la vida de Cristo que ella debe
incorporar en su vida. Viviendo el proprio carisma la mujer
va encarnado la vida de Cristo, de forma que deja
entrever con su actuar, con sus sentimientos, con su forma
de vivir la vida, la misma vida de Cristo. El
carisma se convierte por tanto en una guía clara, segura
y objetiva del misterio de la Enacrnación para la vida
consagrada.
Es una guía clara porque el carisma encierra el camino
para vivir la vida de Dios, quien ha transmitido al
fundador, mediante la experiencia del Espíritu una forma de vivir
la vida cristiana. Este camino se traduce en una espiritualidad
muy concreta, con unos medios espirituales muy objetivos que permitirán
a las religiosas llevar a cabo su propia experiencia personal
del Espíritu y así poder vivir la misma vida de
Dios, la misma vida del Espíritu.
Es una guia segura porque
viene corroborada por la Iglesia y por los frutos de
santidad y de bien que la congregación o el instituto
han llevado a cabo a lo largo de su historia.
Esta seguridad no recae tanto en la santidad de las
personas cuanto en la aprobación que la Iglesia, a nombre
de Jesucristo ha dado al carisma que se traduce en
unas formas de vida que han quedado plasmadas en las
constituciones. Dichas constituciones se convierten por tanto en una guía
segura para hacer la experiencia personal del Espíritu, que permitirá
a cada mujer consagrada encarnar en su vida la vida
de Cristo.
Y por último es una guía objetiva del misterio
de la Encarnación porque no deja lugar a interpretaciones subjetivas
en la vivencia de la vida espiritual que pueden originar
desviaciones del ideal que se quiere alcanzar, esto es, vivir
la misma vida de Cristo. Si bien es cierto que
la vida consagrada no coarta la libertad personal y no
quiere formar personalidades truncas o incompletas, también es necesario integrar
a este discurso al hecho de que pueden darse desviaciones.
La mujer consagrada hace presente a Cristo entre los hombres
en la medida en que ella se despoja de sí
mismo, como Cristo se vació de sí mismo, para vivir
sólo la vida de Cristo. El mismo Cristo que conocio,
vivió y amó el Fundador.
NOTAS
1 Juan
Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n.
7. 2 Congregación para los Institutos de vida
consagrada y Sociedades de vida apostólica, El servicio de la
autoridad y la obediencia, 11.5.2008, 13b. 3 El Concilio
Vaticano II no ha sido el que ha generado los
problemas en la Iglesia, sino la acogida que del mismo,
algunos grupos han tenido, como lo ha explicado Benedicto XVI
en su discurso del 22 de diciembre de 2005: “Surge
la pregunta: ¿Por qué la recepción del Concilio, en
grandes zonas de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora
de un modo tan difícil? Pues bien, todo depende de
la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de
su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y
aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho
de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se
ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión;
la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible,
ha dado y da frutos.” 4 Juan Pablo II,
Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 16. 5
José Rivera, José María Iraburu, Síntesis de espiritualidad católica, EDIBESA,
Madrid 2003, p. 114. 6 “Ordenándose ante todo la
vida religiosa a que sus miembros sigan a Cristo y
se unan a Dios por la profesión de los consejos
evangélicos, habrá que tener muy en cuenta que aun las
mejores adaptaciones a las necesidades de nuestros tiempos no surtirían
efecto alguno si no estuvieren animadas por una renovación espiritual,
a la que, incluso al promover las obras externas, se
ha de dar siempre el primer lugar.” Concilio Vaticano II,
Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2e. 7 “Para poder
promover la vida espiritual, la autoridad deberá cultivarla primero en
sí misma a través de una familiaridad orante y cotidiana
con la Palabra de Dios, con la Regla y las
demás normas de vida, en actitud de disponibilidad para escuchar
tanto a los otros como los signos de los tiempos.
«El servicio de autoridad exige una presencia constante, capaz de
animar y de proponer, de recordar la razón de ser
de la vida consagrada, de ayudar a las personas encomendadas
a vosotros a corresponder con una fidelidad siempre renovada a
la llamada del Espíritu».” Congregación para los Institutos de vida
consagrada y Sociedades de vida apostólica, El servicio de la
autoridad y la obediencia, 11.5.2008, n. 13a. 8
Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25.12.2005, n. 1.
9 Benedicto XVI, Discursos, 22.5.2006. 10 “(…)
en los decenios sucesivos al concilio Vaticano II, algunos han
interpretado la apertura al mundo no como una exigencia del
ardor misionero del Corazón de Cristo, sino como un paso
a la secularización, vislumbrando en ella algunos valores de gran
densidad cristiana, como la igualdad, la libertad y la solidaridad,
y mostrándose disponibles a hacer concesiones y a descubrir campos
de cooperación. Así se ha asistido a intervenciones de algunos
responsables eclesiales en debates éticos, respondiendo a las expectativas de
la opinión pública, pero se ha dejado de hablar de
ciertas verdades fundamentales de la fe, como el pecado, la
gracia, la vida teologal y los novísimos. Sin darse cuenta,
se ha caído en la auto-secularización de muchas comunidades eclesiales;
estas, esperando agradar a los que no venían, han visto
cómo se marchaban, defraudados y desilusionados, muchos de los que
estaban: nuestros contemporáneos, cuando se encuentran con nosotros, quieren ver
lo que no ven en ninguna otra parte, o sea,
la alegría y la esperanza que brotan del hecho de
estar con el Señor resucitado”. Benedicto XVI, Discursos, 7.9.2009. 11
Antonio Furioli, Preghiera e contemplazone mistica, Ed. Marietti, 2001.
(No existe traducción del libro en español). 12 Para
nuestras consideraciones tomaremos como base el artículo 4 del capítulo
primero de la primera parte del libro de Adolfo Tanquerey,
Compendio di Teologia Ascetica e Mistica, Desclée & Co., Paris
1927, p. 42 – 54. 13 Benedicto XVI,
Carta encíclica Deus caritas est, 25.12.2005, n. 10. 14
Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996,
n. 14. 15 Opus.cit. 16 Ps.-Dionigi.,
De eccl. Hierarchia, c. I., n.3, P.G. III, 373. 17
Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata,
25.3.1996, n. 16. 18 Luis F. Ladaria, Teología
del pecado original y de la gracia, Biblioteca de autores
cristianos, Madrid 1993, p.297. 19 Benedicto XVI, Carta encíclica
Deus caritas est, 25.12.2005, n. 10. 20 Salustio,
De coniuratione Catilinae, XX, 4 21 Sagrada Congregaciónpara los
religiosos y los Institutos seculares, Mutuae relations, 14.5.1978, n. 11.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR