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| La esperanza y el desánimo en la vida consagrada |
Entre el cielo y la tierra, o la vida consagrada. La
persona consagrada es la que quiere hacer presente a Dios
en esta tierra. Es aquella persona que, enamorada de Jesús,
busca enamorarse cada día más de Él y compartir este
amor con todas las personas. Toda la teología de la
vida consagrada se resume en estos deseos . 1
Para llevar a cabo estos deseos cuenta con muchísimos
medios como son la profesión religiosa, los votos, una vida
espiritual, un cierto tipo de vida guiado por un horario,
una forma de vivir la vida consagrada que le viene
especificada por el propio carisma, un trabajo característico que conforma
la misión.
Podemos afirmar por tanto que su vida se mueve
entre el cielo y la tierra. Las personas consagradas, como
aspirantes a la santidad ponen toda su vida y sus
acciones en los bienes eternos. Benedicto XVI, en su encíclica
Spe salvi, explica exhaustivamente el fundamento y el mecanismo de
la esperanza cristiana. Conviene hacer una revisión de este concepto,
en muchos casos tergiversado, con el fin de vivir de
acuerdo a lo que hemos profesado y ayudar a otros
a vivirla, especialmente quienes tienen la responsabilidad de formar a
otras religiosas o la de animar con su autoridad una
comunidad.
Dice Benedicto XVI que la esperanza tiene su fundamento en
la concepción de la vida. “La vida no es el
simple producto de las leyes y de la casualidad de
la materia, sino que en todo, y al mismo tiempo
por encima de todo, hay una voluntad personal, hay un
Espíritu que en Jesús se ha revelado como Amor.”
2 La vida por tanto obedece a un
designio divino y nosotros como personas hemos sido puestos en
este mundo no como un capricho o bajo la casualidad,
sino como fruto de un designio divino y con una
misión muy específica que cumplir. Esta misión, que en muchos
casos se identifica con una vocación en la vida 3
, que nace del Padre a través de un
especial designio creador, se concreta para la persona consagrada en
un estilo de vida muy peculiar que mira la vida
y la actúa con características muy peculiares. Pero comencemos a
explicar en primer lugar el sentido de la vida. Si
la vida no es un juego de azar, ni fruto
de una casualidad, si estamos aquí con el fin de
cumplir con un designio divino, necesitamos encontrar las claves de
lectura que nos desvele este misterio. Sería algo chocante a
la razón el decir que existe un designio preparado por
nosotros, pero que no podemos conocerlo, o que lo conocemos
sólo a medias. El designio divino perdería su seriedad, o
lo dejaría a la interpretación personal o al vaivén de
las circunstancias y de la cultura.
Jesucristo ha revelado el misterio
de la vida porque Él mismo la ha vivido, ha
traspasado el umbral de la muerte y nos ha revelado
el verdadero significado de la vida. “Pero yo he venido
para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en
abundancia.” (Jn., 10, 10). El significado de la vida lo
revela Cristo y además, nos acompaña en el camino de
la vida terrena y también en el camino de la
vida sobrenatural. “El verdadero pastor es Aquel que conoce también
el camino que pasa por el valle de la muerte;
Aquel que incluso por el camino de la última soledad,
en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome
para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado
al reino de la muerte, la ha vencido, y ha
vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que,
con Él, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que
existe Aquel que me acompaña incluso en la muerte y
que con su « vara y su cayado me sosiega
», de modo que « nada temo » (cf. Sal
23 [22],4), era la nueva « esperanza » que brotaba
en la vida de los creyentes.” 4
Nace por
tanto en los cristianos la certeza de que la vida
tiene una finalidad precisa. No estamos aquí por casualidad y
la vida terrena no se destruye, sino que se transforma,
como recuerda uno de los prefacios de la misa de
difuntos. La vida por tanto cobra un significado muy especial
porque tiene un fin muy específico que es el de
llegar a la Patria eterna. Se espera por tanto en
una realidad concreta, gracias a la promesa que nos ha
hecho Cristo y gracias también al testimonio de su vida
y de su muerte que nos muestran claramente aquello que
debe ser el porqué de nuestra existencia. Este porqué es
llamado la sustancia de la vida, ya que en dicha
sustancia el cristiano pone todo lo necesario para vivir. Así
como la comida es la sustancia necesaria para mantenerse en
esta vida, así la esperanza viene a ser la sustancia
que da sostén a toda la vida. Los cristianos esperamos
en la vida eterna por la fe 5 ,
y gracias a esa esperanza no sólo nos mantenemos vivos,
sino que damos fundamento a todas nuestras obras. La esperanza
se convierte entonces en el fin de nuestra existencia y
en la razón de nuestras actividades. Si por la fe
creemos en lo que esperamos. La fe actualiza precisamente o
que esperamos. Y más aún, por la fe sabemos que
con nuestras obras no son insignificantes, sino que tiene una
relación directa con la esperanza. Por la fe yo puedo
estar seguro que las obras realizadas servirán como medios para
alcanzar la promesa de la vida eterna.
La vida del
cristiano cobra por tanto un nuevo matiz. Por la fe
puede estar seguro que puede siempre y en todo
lugar trabajar por la gloria de Dios, asegurándome la promesa
que Él me ha hecho de alcanzar la vida eterna.
No importan por tanto los trabajos, los dolores, la materialidad
del trabajo. Lo que importa será tener siempre fija la
vista en Aquél en quien se espera y en hacerlo
todo con el fin de alcanzar la vida eterna. “En
resumen, sea que ustedes coman, sea que beban, o cualquier
cosa que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios.”
1Cor. 10, 31.
Este tipo de vida lo podemos definir como
una vida que cuelga entre el cielo y la tierra.
A diferencia de la sociedad romana que veía en el
trabajo manual una maldición o una actividad propia de los
esclavos, la visión del cristianismo aporta al trabajo la forma
de hacer realidad en esta tierra la promesa de la
vida eterna. La esperanza de la vida eterna a la
cual están llamados todos los cristianos no se actualiza únicamente
a partir del momento de la muerte. Esta realidad de
la vida eterna se comienza a vivir desde ahora, en
la medida en que se tenga puesta la mirada en
el vasto horizonte de la eternidad.
Pero cuando falta esta
visión de la esperanza, se comienza a sentir una fractura
entre lo que se es y lo que se espera,
entre lo que se profesa y lo que se vive,
entre lo que se prometió vivir y lo que ahora
se vive.
Las fracturas de la esperanza o fenomenología de la
vida consagrada en Europa. Conviene recordar que la persona consagrada, no
está exenta de caer en la desesperación, en la angustia,
en el pecado de la desesperanza. La profesión religiosa no
es un “amuleto” contra la desesperanza, ya que su espíritu
sigue viviendo en este mundo y muchas veces es solicitado
por diversas pruebas, ya sea para purificar su esperanza, ya
sea para caminar más deprisa tras las huellas del Señor.
La
religiosa, mediante la profesión perpetua ha prometido seguir al Señor
en pobreza, castidad y obediencia, esto es, ha prometido poner
todos sus bienes no en esta tierra, sino en los
bienes eternos. Por la pobreza renuncia a poner su esperanza
en las cosas materiales, asegurando todo su porvenir en la
Providencia. Por la castidad pone su corazón en las manos
del Señor, a quien tiene y considera como su único
amor. Y por la obediencia pone su voluntad en la
voluntad de Cristo, para hacer lo que Él quiere, no
tanto para renunciar a su libre albedrío, sino para poner
ese libre albedrío en función de la voluntad de Dios.
Los tres votos, si son vividos con radicalidad, configuran una
personalidad bien definida. Si la persona consagrada es aquella que
pone su esperanza en Cristo, entonces se mueve, o debería
moverse no en las coordenadas del hombre carnal, del Adán,
del hombre viejo, sino en las coordenadas del hombre espiritual,
es decir de Cristo 6 , del hombre nuevo.
Cristo se convierte por tanto en su única posesión, en
su única esperanza y así puede hacer propia la admonición
paulina, “ya no soy que vive en mí, es Cristo
que vive en mí.” Todo su ser psíquico y espiritual,
es decir, todo lo que conforma su pensar, su querer
y su sentir (hombre psíquico), y todo lo que conforma
la vida de su alma (hombre espiritual), viene de alguna
manera “jalonado” por la esperanza.
Si como dice Juan Pablo II,
“el hombre no puede vivir sin esperanza, su vida, condenada
a la insignificancia, se convertiría en insoportable” 7
, la mujer consagrada vive también esta sana tensión para
vivir bajo el signo de la esperanza, es decir, pensar,
actuar y sentir de acuerdo a Jesucristo, la única esperanza.
Esta forma de vida de acuerdo a la esperanza, no
es un dato subjetivo, ni dejado a la interpretación personal
de cada religiosa. Vivir de acuerdo a la esperanza es
vivir de acuerdo con las enseñanzas de Jesucristo, dato objetivo
de la fe. Se establece por tanto una sana tensión
entre el dato subjetivo, que es la persona, y el
dato objetivo que es la vida y las enseñanzas de
Jesucristo. Vivir y actuar de acuerdo con Jesucristo se convierte
por tanto en un modelo de vida muy claro y
objetivo. Un modelo de vida guiado por la objetividad de
Jesucristo.
Las religiosas tienen una posibilidad enorme de vivir de acuerdo
a la objetividad de Jesucristo, y por tanto a vivir
de acuerdo a la esperanza, cuando viven de acuerdo a
su propio carisma. Si “el carisma mismo de los Fundadores
se revela como una experiencia del Espíritu (Evang. test. 11),
transmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida,
custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo
de Cristo en crecimiento perenne” , la mujer consagrada vive
la esperanza en la medida en que vive dentro del
carisma, en la medida que hace del carisma su ambiente
vital. Este ambiente le permite no poner su esperanza en
las cosas que no son Cristo, ya que la experiencia
del Espíritu que ha hecho el fundador se materializa en
cosas muy concretas, como un estilo de vida, una misión,
unas relaciones específicas en la vida fraterna en comunidad. Este
es el dato objetivo que le permite vivir la experiencia
de Jesucristo, al estilo del Fundador. Podemos decir por tanto,
que la religiosa que pone su vida en el carisma
o que hace del carisma su vida, aprenderá a vivir
la esperanza y con esperanza, al estilo con la que
la vivió el Fundador.
Los problemas comienzan cuando la mujer consagrada
debido a las pruebas por las que va pasando en
la vida, pruebas normales que la deberían purificar para vivir
más de acuerdo la vida del Espíritu, comienza a flaquera,
a hacerse débil y así en una forma imperceptible se
va alejando de la esperanza que es Jesucristo para vivir
las esperanzas del mundo. Y si es verdad aquello el
adagio que dice que somos lo que esperamos, paulatinamente esta
mujer consagrada, en lugar de convertirse cada vez más en
Cristo, se convierte en aquello en lo que ha puesto
su esperanza.
Este proceso no se da de un momento a
otro en la vida consagrada. Se va fraguando a lo
largo de la historia de la mujer consagrada. Se comienza
con una duda, con una inseguridad, con una falta de
identidad que va abriendo una grieta en la personalidad de
la mujer consagrada. No es que no se pueda tener
una duda o un momento de debilidad, el problema es
cuando se admite esa duda y esa falta de seguridad
y se hace parte de al vida ordinaria. La vida
consagrada ya no es esa roca monolítica afianzada en Cristo,
como la piedra en dónde se debe edificar una casa,
como nos recuerda el evangelio. La vida se convierte en
arena movediza en dónde todo tiende a derrumbarse. Se construye
la vida en la duda, en la incertidumbre o en
la nostalgia de un pasado perdido y que nunca volverá
. 9 El inicio de esta fractura de la
esperanza se da porque en el hombre, según san Paolo,
existe siempre una tensión por vivir de cara al hombre
nuevo, es decir Cristo, o de cara al hombre viejo,
es decir Adán. El hombre es un ser espiritual
llamado a vivir de acuerdo al espíritu de Cristo, pero
que se encuentra siempre en tensión por seguir este espíritu,
ya que viene también atraído del espíritu del mundo, de
forma que puede llegar a decir como san Pablo sigo
el mal que no quiero y no hago el bien
que quiero. Esta tensión se vive también en la esperanza,
ya que el hombre nuevo busca poner su esperanza sólo
en Cristo, pero el hombre viejo busca poner la esperanza
en los sucedáneos de esta esperanza. Se da por tanto
una fenomenología diversa en dónde el hombre cree que ha
puesto su esperanza en una roca firme, cuando en realidad
no ha hecho otra cosa que poner su esperanza en
arenas movedizas. 10 Recorramos por tanto la
fenomenología de la vida consagrada que actualmente se da en
Europa y descubriremos, desgraciadamente, estas fracturas de la esperanza.
Falta de
la esperanza cristiana La situación actual por la que atraviesa
la vida consagrada en Occidente y especialmente en Europa no
es del nada halagüeña. Más que enunciar las situaciones por
las que está pasando y que la golpean brutalmente, debemos
hacernos cargo de lo que esas situaciones significan o han
significado para las religiosas a las que les ha tocado
vivir los mejores años de su vida en la época
del Concilio.
Haciendo cuentas, podemos constatar que las religiosas europeas que
hoy habitan en las casas que la congregación destina para
las ancianas, tienen un promedio de edad de 75 años.
Esto significa que en 1970, cuando se comenzaban a poner
en práctica real y verdadera las directivas del Concilio, interpretadas
por cada congregación o instituto religioso, estas religiosas tendrían una
edad aproximada de 35 años, es decir se encontraban como
jóvenes adultos en una de las mejores etapas de su
vida. Dejando a un lado la inexperiencia de la juventud,
habiendo ya hecho una experiencia de vida consagrada y de
vida apostólica, se disponían a iniciar con gran fecundidad una
de las mejores etapas de la vida. Aún sin los
problemas normales de la edad y contando con todas las
fuerzas que la juventud permite en aquellos años, podían con
su esfuerzo y trabajo hacer que la congregación caminase un
paso más en su historia hacia la eternidad. Pero he
aquí que en el momento justo de iniciar a dar
lo mejor de sí mismas, para ellas y para la
congregación, se encuentran con la incertidumbre. La congregación está apenas
dando los pasos para adecuarse al Concilio Vaticano y son
años de incertidumbre, de prueba, de tentativos, de experimentación, muchos
de los cuales terminan en fracaso o con resultados poco
satisfactorios, Bástenos pensar que en la década de los años
setentas las deserciones de la vida consagrada se dieron muchas
veces en masa en varias congregaciones, se abandonaban obras de
apostolado que habían sido el baluarte y la forma precisa
de expresar el propio carisma, se cambiaron las formas establecidas
de la vida fraterna de comunidad, y en fin, una
cosa tan sencilla pero tan trascendental para la identidad de
la vida consagrada como era el hábito religioso fue en
muchos casos abandonado por completo.
Si las religiosas que debían llevar
sobre sus hombros el peso de la congregación fueron presas
de la desorientación y la duda de aquellos años, es
lógico pensar que, precisamente en esos años en que debían
comenzar a fundamentar su consagración sólo en el Señor, al
vivir en un estado de zozobra continua pues no se
sabía que podía suceder al día siguiente en el apostolado,
en la vida fraterna en comunidad o en el gobierno
de la congregación, no pudieron poner las bases de una
esperanza absoluta y se fueron aferrando a las pequeñas esperanzas
que el mundo les ofrecía, creyendo que serían esperanzas definitivas.
Quien
va poniendo su esperanza en todo, menos en el Señor,
termina por perder la esperanza por completo. La religiosa que
hacía los treinta y cinco años debía haber comenzado a
cimentar su vida consagrada en bases sólidas, con una sola
esperanza en Jesucristo, no aprendió nunca a hacerlo, porque constantemente
estaba cambiando las expectativas de su vida. Pasó el tiempo
y ahora vive con un grande desánimo, porque se da
cuenta que la vida se la he ido y ahora
que se acerca a la casa del Padre no ha
puesto su seguridad en Cristo. Al llegar a este estadio
de la vida puede observarse cansancio, fastidio, falta de ilusión
por la vida consagrada. Son religiosas que están en el
convento, pero que ya no son religiosas. Se les ha
escapado no sólo la juventud corporal, sino la juventud del
alma. Esperan resignadas la llamada de Dios a dejar este
sin pena ni gloria. No dan problemas graves, porque su
vida es un problema sin una solución aparente. Podía aplicarse
a ella lo que dijo Juan Pablo II a los
sacerdotes en torno a la pastoral vocacional en Europa: “Y
es indispensable que los sacerdotes mismos vivan y actúen en
coherencia con su verdadera identidad sacramental. En efecto, si la
imagen que dan de sí mismos fuera opaca o lánguida,
¿cómo podrían inducir a los jóvenes a imitarlos?”
11
El fatalismo. Como consecuencia de esta falta de esperanza nos
encontramos en Occidente con personas consagradas que por no haber
aprendido a ejercitar la esperanza en Jesucristo, “el único que
no desilusiona”, han perdido la posibilidad de relativizar todos los
eventos y verlos en función de Jesucristo, cayendo en una
especie de fatalismo, pensando que Dios se encargará de todo,
o que nada tiene ya sentido o todo está ya
determinado por la Providencia, perdiendo el ánimo y el sentido
de la existencia.
El fatalismo se ha extendido mucho entre las
religiosas por la situación tan difícil por la que pasa
la vida consagrada. Llamadas a realizar en sí mismas una
maternidad espiritual, se encuentran con las manos vacías al final
de su vida, por haber puesto su esperanza en esperanzas
humanas. El pensar sólo en el trabajo, dando a la
oración poco espacio en la vida, el ver erosionada sus
ilusiones poniendo su esperanza en cosas efímeras, que ellas creían
absolutas, origina la enfermedad de la esperanza, que ya no
sabe esperar. Pierde el sentido cristiano de que Jesucristo es
el Señor de la historia, perdiendo por tanto el sentido
de su historia personal.
Al verse perdida de esta forma, y
como el hombre no puede vivir sin esperanza, caen en
la única ilusión que es el fatalismo, pensando que no
tiene ya caso el seguir esperando, el seguir luchando. Juzga
como infantiles o ilusiones adolescenciales los planes de evangelización, las
iniciativas pastorales o simplemente la vida de consagración. El fatalismo
se ha apoderado de ella y lo único que espera,
si es que le queda aún la capacidad de esperar,
es la salida de este mundo, más o menos en
forma decente y religiosa.
Vive sus compromisos de la vida consagrada
en forma más o menos mesiánica, pero ha perdido ese
amor primero y fresco, recordando las palabras del Apocalipsis: “Porque
no eres ni frío ni caliente, sino tibio, estoy por
vomitarte de mi boca.”
La labor de la superiora de comunidad. Lo
primero que debe hacer la superiora de comunidad es aceptar
el hecho de que se encuentran con personas que han
perdido toda la ilusión de vida, enfermas y postradas por
el desánimo. Sin esta toma de conciencia, es difícil que
pueda ayudar a las religiosas a salir de este estado,
pues se asemejará al médico que de frente a una
apendicitis recomienda solamente una aspirina para aliviar el dolor. No
debe caer en los extremos de escandalizarse frente a la
constatación de los hechos, ni tampoco debe minimizarlos. Sencillamente debe
aceptarlos como parte del tiempo que le ha tocado vivir
y los debe enfrentar. Para ello, vale la pena recordar
y comentar lo que al respecto menciona el documento del
Magisterio de la Iglesia sobre el servicio de la autoridad
y la obediencia: “La autoridad está llamada a infundir ánimos
y esperanza en las dificultades. Igual que Pablo y Bernabé
animaban a sus discípulos enseñándoles que «es necesario atravesar muchas
tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hch 14,
22), así la autoridad debe ayudar a encajar las dificultades
de cada momento recordando que forman parte de los sufrimientos
que con frecuencia jalonan el camino hacia el Reino.”
12
Una de las prioridades de la superiora de
comunidad debe ser el enfrentar la situación de desánimo por
la que pasan algunas o todas las religiosas de la
comunidad. La superiora no debe dar la espalda a esta
situación, de por sí dolorosa y en muchos casos grave.
No hacer caso a esta situación significaría que la superiora
ha caído también en el desánimo, pensando que poco o
nada puede hacer por religiosas que después de toda una
vida consagrada, se dejan llevar por el fatalismo y el
derrotismo. Es verdad que las religiosas que han caído en
el desánimo no quieren salir de ese estado o no
ven los motivos por los cuáles deban nuevamente vivir la
virtud de la esperanza. Esta postura es contagiosa y la
primera en que puede ser contagiada es la superiora. El
contagio se adquiere cuando la superiora piensa de la misma
manera que las religiosas al creer que nada puede ya
cambiar en la vida de esas religiosas y que, por
el bien de la paz –como muchas veces se llega
a invocar- es mejor dejar la cosas como están, el
famoso laisesz faire, laisesz passe de los franceses.
La superiora de
comunidad debe sacudirse esa actitud pasiva y poner manos a
la obra. Parte de su misión es ayudar a esas
religiosas a enfrentar el desánimo y la desesperanza, que no
son enfermedades psicológica, sino como hemos dicho, son enfermedades eminentemente
espirituales. Lo primero que debe hacer es rezar por las
almas a ella encomendada que se encuentran en esas situaciones
de desánimo o de abandono total en la vida consagrada.
Es cierto que en muchos casos la intervención de la
superiora requerirá una presencia constante, echar mano a medios ordinarios
o extraordinarios para reavivar el gusto de haber sido elegida
por el Señor para ser su esposa. Sin embargo poco
o nada duradero podrá alcanzar si no intercede por esas
almas en la oración. La superiora debe recordar que ella,
como Moisés, debe alzar los brazos al cielo, para que
las religiosas que padecen estas enfermedades del espíritu salgan victoriosas
de la lucha que deben enfrentar. Debe recordar que una
de las misiones que tiene es la de santificar a
la comunidad mediante “el incremento de la vida de caridad
conforme al modo de ser del Instituto.” 13
Mediante la oración, la superiora de comunidad expresa su presencia
y su cuidado por estas religiosas. Sin embargo, por el
tipo de enfermedad espiritual que padecen estas religiosas, es necesario
que la religiosa se haga presente en la vida de
ellas, en forma tal que tomen conciencia que la superiora
participa de sus sufrimientos, sus angustias y su soledad. Para
ello, la superiora debe darse su tiempo para estar con
ellas, platicar con ellas, rezar con ellas y así darles
nuevos ánimos. Este tipo de enfermedad no se cura de
un momento a otro, requiere de una infinita paciencia y
de una constante presencia. Las religiosas enfermas, como parte de
su enfermedad, piensan y están seguras que nadie se interesa
por ellas. Por tanto, la presencia constante, amorosa y fiel
de la superiora, puede hacer mucho para curar sus heridas:
“El guía de la comunidad es como el buen pastor
que entrega su vida por las ovejas y en los
momentos críticos no retrocede, sino que se hace presente, participa
en las preocupaciones y dificultades de las personas confiadas a
su cuidado, dejándose involucrar en primera persona. Y, lo mismo
que el buen samaritano, está atento para curar las posibles
heridas.” 14
Un posible origen de esta enfermedad
es la actividad apostólica que han desarrollado las religiosas durante
toda su vida y que, en un momento determinado viene
suspendida por motivos de enfermedad o ancianidad. Quien durante toda
su vida, a pesar de los cambios y las incertidumbres
constantes a las que debió enfrentarse, mantuvo como identidad de
su vida la actividad, es decir, hizo de la actividad
la razón y el fundamento de su vida, es lógico
que al cesar esta actividad experimente un hueco o un
vacío que ahora nada ni nadie puede llenar. No es
el tiempo por tanto para que la superiora inicie una
catequesis sobre el activismo. Es el tiempo para que le
haga ver a la religiosa la belleza de pertenecer al
Señor en la vida consagrada, simple y sencillamente por el
hecho de que ha sido Él quien ha tenido la
iniciativa de llamarla. Le hará recordar la gratuidad de la
llamada y le hará ver que la forma más adecuada
de responder a dicha llamada no es la actividad, sino
el amor. Muchas de estas religiosas, en el umbral de
la vida se preguntan constantemente por el sentido de su
vida, por el sentido de todo lo que han hecho.
Han trabajado, se han entregado y la congregación debe ser
agradecida con ellas. Sin embargo no pueden escapar a sentir
esa angustia en su interior cuando no han vivido la
actividad apostólica como un signo de su consagración. En un
mundo utilitarista, que todo lo valora en función de lo
que produce, estas muejres consagradas también pueden ser presa de
esta forma de pensar. La superiora de comunidad les hará
ver que más allá del aspecto utilitario está el aspecto
del amor. Y les ayudará a tomar conciencia de esta
nueva dimensión de su vida consagrada, la dimensión del amor:
“No son pocos los que hoy se preguntan con perplejidad:
¿Para qué sirve la vida consagrada? ¿Por qué abrazar este
género de vida cuando hay tantas necesidades en el campo
de la caridad y de la misma evangelización a las
que se pueden responder también sin asumir los compromisos peculiares
de la vida consagrada? ¿No representa quizás la vida consagrada
una especie de « despilfarro » de energías humanas que
serían, según un criterio de eficiencia, mejor utilizadas en bienes
más provechosos para la humanidad y la Iglesia? Estas preguntas
son más frecuentes en nuestro tiempo, avivadas por una cultura
utilitarista y tecnocrática, que tiende a valorar la importancia de
las cosas y de las mismas personas en relación con
su « funcionalidad » inmediata. Pero interrogantes semejantes han existido
siempre, como demuestra elocuentemente el episodio evangélico de la unción
de Betania: « María, tomando una libra de perfume de
nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y
los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó
del olor del perfume » (Jn 12, 3). A Judas,
que con el pretexto de la necesidad de los pobres
se lamentaba de tanto derroche, Jesús le responde: « Déjala
» (Jn 12, 7). Esta es la respuesta siempre válida
a la pregunta que tantos, aun de buena fe, se
plantean sobe la actualidad de la vida consagrada: ?No se
podría dedicar la propia existencia de manera más eficiente y
racional para mejorar la sociedad? He aquí la respuesta de
Jesús: « Déjala ».A quien se le concede el don
inestimable de seguir más de cerca al Señor Jesús, resulta
obvio que El puede y debe ser amado con corazón
indiviso, que se puede entregar a El toda la vida,
y no sólo algunos gestos, momentos o ciertas actividades. El
ungüento precioso derramado como puro acto de amor, más allá
de cualquier consideración « utilitarista », es signo de una
sobreabundancia de gratuidad, tal como se manifiesta en una vida
gastada en amar y servir al Señor, para dedicarse a
su persona y a su Cuerpo místico. De esta vida
« derramada » sin escatimar nada se difunde el aroma
que llena toda la casa. La casa de Dios, la
Iglesia, hoy como ayer, está adornada y embellecida por la
presencia de la vida consagrada. Lo que a los ojos
de los hombres puede parecer un despilfarro, para la persona
seducida en el secreto de su corazón por la belleza
y la bondad del Señor es una respuesta obvia de
amor, exultante de gratitud por haber sido admitida de manera
totalmente particular al conocimiento del Hijo y a la participación
en su misión divina en el mundo.« Si un hijo
de Dios conociera y gustara el amor divino, Dios increado,
Dios encarnado, Dios que padece la pasión, que es el
sumo bien, le daría todo; no sólo dejaría las otras
criaturas, sino a sí mismo, y con todo su ser
amaría este Dios de amor hasta transformarse totalmente en el
Dios-hombre, que es el sumamente Amado ».” 15
Las
ayudas humanas Si bien el desánimo es una enfermedad espiritual, algunos
de los remedios más eficaces apuntan hacia los medios humanos.
La superiora de comunidad no debe olvidar la unicidad del
hombre y si bien el espíritu de estas religiosas puede
estar enfermo, parte de su curación puede darse por medios
humanos. Ya hemos mencionado como la compañía y la atención
constante de la superiora de comunidad, que es un medio
humano, puede sanar en parte la enfermedad del espíritu. Por
ello a continuación mencionaremos algunos otros medios humanos que la
superiora puede poner en práctica para curar estas heridas espirituales.
Ayudar
a creer en lo que hacen y en lo que
son. Alessandro Pronzato 16 cuenta una historia verdaderamente deliciosa.
Se trata de un sacerdote que ejerce su apostolado con
muco celo en una casa para ancianas. Armado de infinita
paciencia y bondad, se ha ganado el corazón de todas
las inquilinas... a excepción de una sola. Férrea y sin
aparentes muestras de conversión, permanece alejada del sacerdote y de
las prácticas devocionales, cultuales y sacramentales de dicha casa para
ancianas. Le ha dicho claramente al sacerdote que de ella
no debe esperarse nada. El bueno del sacerdote, con mucha
calma y tranquilidad, sin faltas de educación continúa su labor,
hablándole, saludándola, llenándola de buenas formas. Una vez que visita
al cuarto en dónde se encuentra esta anciana para llevar
la comunión a la vecina con la que compartía el
cuarto sucede que esta anciana reacia, después de tres años
de negar una atención al sacerdote, tiene la delicadeza de
ponerse de pie cuando entra el sacerdote portando el viático.
Se levanta e inclina la cabeza. El sacerdote ni puede
decirle nada, porque en esos momentos lleva a Cristo eucaristía,
pero goza internamente y está dispuesto a continuar el trabajo
por otros tres años, aunque sea sólo para arrancar a
esta anciana otro gesto de religiosidad.
La esperanza no se improvisa,
no se inventa, se construye paso a paso y es
necesaria invitarla como compañera de camino en la vida. Hemos
dicho que el tener fe no significa que automáticamente tengamos
esperanza. Hay que trabajarla, hay que luchar, hay que poner
los medios adecuados. “La esperanza es audaz, pues cree que
lo imposible para los hombres es posible para Dios (Mt.
19,26), y es ampliamente trascendente: desea y procura la venida
de Cristo, el triunfo del Reino de Dios, la plena
unión con Dios, la liberación de todo el cosmos (Rm.
8, 19-25).”
Uno de estos medios es hacerles ver a
las religiosas el sentido de lo que son y de
lo que hacen. Sus sacrificios, sus dolencias, sus achaques y
sus limitaciones en el plano de Dios tienen un gran
sentido y ellas pueden recuperar la esperanza en sus vidas
cuando aprenden a mirar con los mismos ojos de Dios
las circunstancias por las que están pasando. Todos los actos
de la persona consagrada, por el hecho de haberse consagrado,
redundan en la gloria de Dios y de alguna manera
son medios eficaces para el advenimiento del Reino de Dios
en esta tierra. Quien así piensa engendra una corriente de
pensamientos positivos que la llevan a esperar algo bueno, algo
positivo de cada acto, llegando incluso a la audacia, tan
necesaria en la Europa descristianizada que nos ha tocado vivir.
Se establecen por lo tanto dos posturas a partir de
un mismo hecho., La esperanza o la desesperanza dependerá de
la visión que se tenga, no de la realidad, sino
de lo que uno hace. Si la persona cree que
lo que hace es de utilidad para que Cristo se
haga presente en la sociedad, para el triunfo de su
reino, entonces comienza a trabajar con la mira puesta en
ideal, no sólo en la realidad. Quien se cuestiona vanamente
sobre lo que hace, no cree que la obra que
realiza pueda reportar algo de positivo al mundo, a la
sociedad, caerá entonces fácilmente en el desengaño, la desesperación y
la desilusión. Sin llevar el caso al extremo, diremos que
será una persona destinada a ir pasando, a sobrellevar la
vida, a irla pasando.
Para creer en lo que se hace,
es necesario tener un ideal. La mujer consagrada, bien sabemos,
tiene muchos y nobles ideales en su vida consagrada. Pero
para que este ideal abrace toda la vida de la
consagrada es necesario que ella verdaderamente crea en este ideal.
La superiora de comunidad puede ayudarle a recuperar el ideal
de su vida, mediante la consideración de tres elementos: el
ideal debe ser conocido, el ideal se querido, y el
ideal puede llevarse a la práctica . 18 Cuando
el ideal puede reducirse a una meta clara y objetiva,
la persona conoce con certeza hacia donde debe moverse. Como
decía Platón, no hay buen viento para quien no sabe
a qué puerto arribar. Si se sabe el punto de
llegada, puede establecerse una ruta, un camino. La persona podrá
diseñar, ella misma o con la ayuda de otros, los
medios más adecuados para alcanzar el ideal. Aprovechando las cualidades
que tiene, o ensayando nuevas, es probable que la mujer
consagrada se mueva en la justa dirección.
Para que el
ideal vaya tomando forma, es necesario que la mujer consagrada
quiera alcanzar el ideal. Aquí hablamos nuevamente de la diferencia
entre saber y querer. La voluntad se mueve sólo por
aquello que la mente ve como un bien. Si la
mente le presenta a la voluntad un menú de ideales,
pero no se apasiona por ninguna de ellas, la voluntad
no se mueve. Es necesario que la mente se enamore
de un ideal, vea el bien que le puede traer
la posesión de ese ideal. Sólo entonces la voluntad, como
un resorte a disposición de la mente, se moverá para
conseguir ese ideal, que la mente ya lo ha considerado
como bueno, apetitoso y deseable. La superiora de comunidad puede
ayudar a que la religiosa enferma vuelva a enamorarse del
ideal y desencadene esa corriente positiva en todo su ser,
que se llama amor por el Amado.
Por último, el ideal
debe estar al alcance de la mano de la mujer
consagrada, especialmente si está enferma. No tiene que ser un
ideal tan alto que sea inaccesible. La mente se da
cuenta de ello y al darse cuenta que no lo
puede alcanzar, se descorazona más aún de lo que está.
De aquí que la voluntad, al no percibir ya el
ideal como algo deseable, deja de mover los recursos necesarios
para la adquisición de dicho ideal. Conviene por tanto que
la superiora de comunidad haga accesible y apetecible el ideal.
La superiora de comunidad puede ayudarse en esta labor pensando
como a los niños se les presentan pequeños ideales para
ir formando su voluntad. De la misma forma ella puede
ir presentando ideales accesibles a estas religiosas en forma tal
que puedan recuperar poco a poco la virtud de la
esperanza.
El carisma de la congregación puede ser considerado un ideal
para la mujer consagrada. Ideal que puede ayudarle para salir
de la desesperanza, pero siempre a condición que conozca bien
el carisma, lo quiera alcanzar y sea accesible para la
religiosa enferma. Conocer el ideal no es saber de memoria
las Constituciones o enterarse de las últimas disposiciones del Capítulo
General. Conocer el ideal es saber cómo lo puede aplicar
en la vida diaria, en su situación actual y cómo
el ideal hace posible la actualización de las promesas de
Cristo y las bienaventuranzas. Un determinado trabajo apostólico a la
medida de sus fuerzas, la celebración de un acto litúrgico,
la obra aparentemente más sencilla, pueden verse con un óptica
distinta cuando se hacen parte del carisma y cuando se
ven cómo medios para alcanzar el ideal. De esta manera,
la mente lo presenta a la voluntad como un bien
a conseguir, y si este bien se percibe como posible,
inmediato, y de esta manera es muy probable que la
mujer consagrada comenzará a vivir su vida consagrada con una
tonalidad de esperanza. Cree en lo que hace, porque lo
que hace es parte de su ideal.
Alegrarse con lo que
se hace. Parece que hoy en día el pesimismo cuenta con
carta blanca en todas partes. Quien ve las cosas bajo
una óptica de desastre es considerada una personal racional, pensante,
ubicada. Quien por el contrario sólo ve los aspectos positivos,
es tachada de ilusa, descentrada, fuera del contexto de la
realidad.
No se trata de ocultar el sol con un dedo
y hacer caso omiso de la situación que vemos a
nuestro alrededor. Quien en la vida religiosa femenina osa decir
que las cosas van bien, muy bien, inmediatamente es sujeto
de miradas inquisitivas o por lo menos recibe un juicio
caritativo: “¡pobre iluso! Se ve que no conoce la situación.”
De acuerdo, las cosas no van cómo deberían ir, pero
¿se gana algo proclamando la parte negativa? En un bosque
puedo fijar la mirada en la rama verde, florida, hermosa,
o puedo fijarme en los cientos de troncos quemados, secos
maltrechos. No cambio en nada la realidad: es un bosque
quemado. Pero mi estado de ánimo cambia cuando veo la
rama verde, aunque sea una sola, en medio de las
cenizas.
El pesimismo es el estado de ánimo que tiende a
ver sólo nuestras fantasías. De un suceso desagradable hacemos una
ley de vida, de un acontecimiento infortunada sacamos conclusiones perentorias.
El pesimista que es mordido por un perro pensará que
todos los perros lo morderán. Es una actitud de la
mente que resta energías a la persona y le hace
ver aspectos negativos en donde no los hay.
La visión del
cristiano, y por ende, de la mujer consagrada, debe ser
una visión de esperanza. Pero no una esperanza, tan vaga
y eterna, que nos haga llegar a la muerte, sin
haber pregustado, aunque sea un poco, esta esperanza en la
tierra. Y para ello se necesita cultivar una gran dosis
de optimismo, es decir, aprender a ver el lado positivo
de las cosas. Si teológicamente el mal es ausencia de
bien y en el mal no está Dios, porque Dios
es el bien supremo, de nada sirve que fijemos nuestra
vista, nuestra atención, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, en una palabra,
todo nuestro ser, en el mal, en las cosas negativas.
Ahí no está Dios. En cambio, cuando fijamos nuestra atención
en los despuntes del bien, por más pequeños que estos
sean, vivimos la virtud del optimismo, que es la puerta
de la esperanza cristiana. Me imagino a los primeros cristianos
en las catacumbas de Roma, que en medio de las
persecuciones, aún siendo ellos minoría, se comunicaban con desbordante alegría
los avances del Reino, las conversiones, aún a pesar de
vivir momentos difíciles de persecución y de muerte. El cristiano
sabe cultivar la visión de optimismo, pues buscando lo bueno
en los acontecimientos, en las personas, en todo, busca a
Dios y abre la puerta a la esperanza.
La superiora de
comunidad ayudará a cultivar el optimismo en lo que hacen
o en lo que viven las religiosas enfermas. Estar alegres
con el trabajo, ayudarles a que lo realicen con pureza
de intención acerca a Dios, hace avanzar el Reino
de Cristo en esta tierra y torna la vida más
serena y positiva. Les enseñará a reírse de sí mismas,
de sus fallas y de sus achaques, de sus errores,
de sus olvidos. El alegrarse con el trabajo y con
todo lo que sucede en la vida, es ver las
dificultades y los momentos negros no como dificultades o momentos
negros, sino como desafíos. Pero para llevar a cabo esa
transformación se necesita optimismo, para buscar el bien y el
lado positivo en esa dificultad, en ese momento negro.
Hoy
la vida consagrada, por ejemplo, como dice Graziella Curti, vive
momentos de transición. “Un tiempo silencioso porque se describe sólo
en el ritmo de lo cotidiano. Es un tiempo doloroso,
largo, porque se han dado separaciones, lutos.” 18
No podemos negar esta realidad que nos circunda. Y las
consecuencias de ello es grave, bien lo sabemos, pues se
tienen que abandonar algunas obras apostólicas, se debe redimensionar el
Instituto y no se sabe que hacer al no haber
consagradas que suplan a las que ya se han ido
a la casa del Padre. Aquí viene la diferencia entre
vivir el optimismo y caer en una visión no del
todo positiva. Quien vive la esperanza cristiana, sabe leer esta
situación como un reto. Son momentos difíciles, pero son momentos
para actuar. Está movida por el ideal, el ideal del
carisma que la impele en la búsqueda de nuevas formas,
quizás nunca antes probada, para que el carisma siga adelante.
Intentará todo, antes que ver el Instituto morir o apagarse
en su fervor, porque sabe que viviendo el carisma se
llevan a cabo las promesas de Cristo, para ella y
para muchas otras personas. Su acción no es la resignación,
el esperar mejores tiempos, el sentirse minoría. Su acción parte
de una visión positiva de estas circunstancias. A tiempos difíciles,
acciones de envergadura. El optimismo, confianza en sí misma, en
el carisma y en definitiva, en Dios, la hace tomar
decisiones audaces como las que tomó su Fundador/a. No busca
el sensacionalismo o la idea de grandeza, sino el llevar
a cabo el carisma. Este es su ideal y tiene
de él una visión positiva.
Cultivar el optimismo ayuda también a
mantener una sana higiene mental. Estar alegre con lo que
se hace genera paz y tranquilidad. La mente está más
abierta para recibir nuevas ideas. Viviendo el optimismo es posible
generar una corriente de positividad que hacer ver la vida
con más calma, serenidad, paz, tranquilidad, abierta a Dios y
a su Espíritu.
Esperar en nosotros mismos. Dice Alessandro Pronzato que se
necesita más valor para iniciar un trabajo que para terminarlo.
Y es cierto. Comenzar un trabajo requiere una gran confianza,
no sólo en lo que se realiza, sino en un
mismo.
Hemos hablado hasta este momento de llevar a cabo grandes
empresas, de confiar en la esperanza, de cultivar el optimismo,
pero hasta el momento no hemos hablado, o hemos halado
poco de la persona que debe ser optimista, confiar en
la esperanza, llevar a cabo grandes obras. Necesitamos por tanto
dedicar un espacio de nuestro estudio a la persona que
debe vivir la esperanza, es decir, la persona consagrada.
Hoy más
que nunca el hombre tiene los recursos necesarios para conocer
fenómenos y misterios que antes le eran ocultados. Ha ido
y vuelta a la Luna, conoce muchas de las enfermedades
que permanecían veladas a las generaciones pasadas. Cuenta en su
haber con tecnologías jamás antes soñadas. Y sin embargo, aún
no sabe quién es el hombre. Todos los misterios están
cayendo, pero permanece desconocido, hoy más que nunca, el misterio
del hombre.
Y quizás para la persona consagrada, permanece con mayor
incisividad este misterio. Por el estilo de vida que lleva,
la persona consagrada debe pasar un buen tiempo de su
jornada en el silencio, bien sea el silencio de la
oración o aquel silencio en el que debe rodear su
vida y su quehacer. Y el silencio es amigo para
conocerse a uno mismo. La persona consagrada descubre su identidad
delante de Dios. Y ahí también descubre la misión a
la que está llamada.
“Conócete, acéptate, supérate” es la máxima de
San Agustín, válida para todos los tiempos. Si la persona
consagrada quiere vivir la esperanza, junto con todos elementos que
hemos mencionado, deberá también confiar en ella misma, en las
facultades que Dios le ha dado, como a cualquier hombre,
para llevar a cabo la misión encomendada. Si la misión
a que está llamada hoy la mujer consagrada en Europa
es a ser portadora de esperanza, ella misma será la
primera en vivir la esperanza, confiando en que con las
cualidades que Dios le ha dado, la podrá llevar a
cabo. Y todas las otras actividades que la misión conlleva,
necesariamente pasarán por el matiz de la persona.
Por lo
tanto es necesario un conocimiento de las facultades de la
persona, inteligencia y voluntad, de sus sentimientos y emociones, de
su psicología, de sus posibilidades, para emprender el camino de
la esperanza. Si la persona no creen en sí misma,
no espera en ella misma, difícilmente vivirá la esperanza. Bien
puede ser que existan patologías que impidan el desarrollar una
adecuada confianza en sí misma. Como toda patología deberán ser
revisadas y curadas por los especialistas. Pero de no constar
una patología que impida la confianza en sí misma, la
persona puede y debe desarrollar un adecuada estima personal que
la haga sentir segura de sí misma en el momento
de enfrentar cualquier acontecimiento en la vida.
Para desarrollar esta adecuada
estima de sí misma, la mujer debe analizar cualquier bloqueo
que le esté previniendo de poder confiar en ella misma.
Con la ayuda de la guía o del acompañamiento espiritual
–no hablamos en este caso de patologías psico-físicas, podrá desarrollar
una confianza en que con sus propias fuerzas y ayudada
de Dios podrá cumplir lo que para ella es la
voluntad de Dios. Si por diversos motivos la persona consagrada
no ha aprendido a confiar en ella misma, conviene que
cuanto antes desarrolle un programa de trabajo en este aspecto.
En él detectará las fallas en la seguridad persona y
pondrá los remedios necesarios.
Aprenderá a conocerse y a confiar en
las facultades que Dios le ha dado y se enseñará
a descubrir también los talentos y a desarrollar las cualidades
necesarias para vivir la esperanza. Pues puede llegarse el caso
de que por desconocimiento del adecuado funcionamiento de las facultades,
la persona consagrada no se aventure en apostolados o actividades
propias de su carisma.
Aprenderá a vencer el temor y el
complejo de inferioridad que impiden el desarrollo de la esperanza
en la propia vida. Para vencer el temor se enseñará
a actuar, a concretar su miedo, a afrontar el hecho
que le causa temor y analizar sus consecuencias, a evitar
caer en el pánico, poniendo pensamientos y sentimientos de confianza
en Dios y en sus propias habilidades.
Y para vencer el
complejo de inferioridad deberá conocerse aceptando sus limitaciones pero también
aceptando sus cualidades. Se pondrá metas de acuerdo a sus
posibilidades y cada vez las irá aumentando. Extirpará de su
mente los pensamientos de comparación con otras personas, aceptando el
hecho de que ella es buena también para muchas cosas
en las que las otras no lo son. Recordará sólo
los triunfos, tratando de cancelar las derrotas o analizando objetivamente
las causas de éstas.
Decidirse por la caridad. Es difícil expresar en
unas cuántas líneas una fórmula para vivir la esperanza, pues
podríamos caer en un simplismo inoperante o demagógico. Sin embargo
podemos encontrar una idea que reúna todo lo que hemos
dicho y que haga posible que la mujer consagrada viva
la esperanza. Una idea que polarice todo su ser, que
haga aplicar el carisma, como centro de su ser y
como espolón de su actuar. Podemos mencionar: “La llamada a
vivir la caridad activa, dirigida por los Padres sinodales a
todos los cristianos del Continente europeo, es una síntesis lograda
de un auténtico servicio al Evangelio de la esperanza. Ahora
te la propongo a ti, Iglesia de Cristo que vives
en Europa. Que las alegrías y esperanzas, las tristezas y
angustias de los europeos de hoy, sobre todo de los
pobres y de los que sufren, sean tus alegrías y
esperanzas, tus tristezas y angustias, y que nada de lo
genuinamente humano deje de tener eco en tu corazón. Observa
a Europa y su rumbo con la simpatía de quien
aprecia todo elemento positivo, pero que, al mismo tiempo, no
cierra los ojos ante lo que es incoherente con el
Evangelio y lo denuncia con energía.” 20 Viviendo
la caridad, la mujer consagrada puede vivir la esperanza. Por
la caridad la mujer consagrada ama a Dios con todo
el corazón y al prójimo como a sí misma. Al
amar al prójimo se olvidará de sus temores, de sus
angustias y buscará lo mejor para el hombre europeo, que
es la vida eterna, las promesas de Cristo en las
Bienaventuranzas. Luchará por hacer que esas promesas se hagan vida
en la vida de muchos europeos, descubriendo los nuevos nombres
de la pobreza: vacío del sentido de la vida, soledad,
droga, sexo, bienestar material desenfrenado, individualismo exarcebado. Y las hará
suyas para buscar una solución y encontrará la única solución
en Cristo, esperanza que no desilusiona siempre a través del
carisma que la Iglesia ha regalado a su Instituto.
El amor
puede hacer que hoy la mujer consagrada europea recupere la
esperanza.
NOTAS 1 “La vida consagrada por la
profesión de los consejos evangélicos es una forma estable de
vivir en la cual los fieles, siguiendo más de cerca
a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, se dedican
totalmente a Dios como a su amor supremo, para que
entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria,
a la edificación de la Iglesia y a la salvación
del mundo, consigan la perfección de la caridad en el
servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo preclaro
en la Iglesia, preanuncien la gloria celestial.” Código de Derecho
canónico, c. 573 § 1.” 2
Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30.11.2007, n.
7. 3 “Reconocer al Padre significa que
nosotros existimos a su manera, habiéndonos creado a su imagen
(Sab 2,23). En esto, pues, se contiene la fundamental vocación
del hombre: la vocación a la vida y a una
vida concebida al instante a semejanza de la divina.” Obra
Pontificia para las vocaciones eclesiásticas, Nuevas vocaciones para una nueva
Europa, 6.1.1998, n. 16a. 4 Benedicto XVI,
Carta encíclica Spe salvi, 30.11.2007, n. 6. 5
“Tomás de Aquino, usando la terminología de la tradición
filosófica en la que se hallaba, explica esto de la
siguiente manera: la fe es un habitus, es decir, una
constante disposición del ánimo, gracias a la cual comienza en
nosotros la vida eterna y la razón se siente inclinada
a aceptar lo que ella misma no ve. Así pues,
el concepto de « sustancia » queda modificado en el
sentido de que por la fe, de manera incipiente, podríamos
decir « en germen » –por tanto según la «
sustancia »– ya están presentes en nosotros las realidades que
se esperan: el todo, la vida verdadera. Y precisamente porque
la realidad misma ya está presente, esta presencia de lo
que vendrá genera también certeza: esta « realidad » que
ha de venir no es visible aún en el mundo
externo (no « aparece »), pero debido a que, como
realidad inicial y dinámica, la llevamos dentro de nosotros, nace
ya ahora una cierta percepción de la misma.” Benedicto XVI,
Carta encíclica Spe salvi, 30.11.2007, n. 7. 6
“Il Dio degli inizi e delle promesse è il
Dio dei compimenti. In Lui non c’è sì e no.
(…) ma in Gesù Cristo c’è soltanto il sì alle
promesse del Padre. Proprio su questo poggia la speranza del
crsitiano.” Giovanni Moioli, L’esperienza spirituale, Edizoni Glossa, Milano 1994,
p. 25. 7 Juan Pablo II, Exhortación
apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, 28.4.2003, n. 10 8
Sagrada Congregación para los religiosos e Institutos seculares,
Mutuae relationes, 14.5.1978, n.13. 9 Juan Pablo
II ponía en guardia a las personas consagradas de la
tentación de mirar siempre al pasado frente a los problemas
que deben enfrentar en el mundo de hoy. Una tentación
que se hace cada vez más fuerte cuando se pierden
las coordenadas de la propia identidad: “¡Vosotros no solamente tenéis
una historia gloriosa para recordar y contar, sino una gran
historia que construir! Poned los ojos en el futuro, hacia
el que el Espíritu os impulsa para seguir haciendo con
vosotros grandes cosas. Haced de vuestra vida una ferviente espera
de Cristo, yendo a su encuentro como las vírgenes prudentes
van al encuentro del Esposo. Estad siempre preparados, sed siempre
fieles a Cristo, a la Iglesia, a vuestro Instituto y
al hombre de nuestro tiempo.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica
postinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 110. 10
El teólogo de la vida espiritual, Giovanni Moioli lo expresa
con los siguientes términos: “… dovremmo dire che è un
contrasto, una tensione, una lotta tra speranze. L’uomo nuovo vive
non sfuggendo a questa dialettica, ma accettandola e facendo in
modo che non sia la speranza in autentica, ma quella
autentica a dominare nella vita.” Giovanni Moioli, L’esperienza spirituale, Edizoni
Glossa, Milano 1994, p. 25. 11
Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, 28.6.2003,
n. 40. 12 Congregación para los
Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica, El
servicio de la autoridad y la obediencia, 11.5.2008, n. 13d.
13 Sagrada congregación para los religiosos y
los Institutos seculares, Mutae relationes, 14.5.1978, n. 13b. 14
Ibídem. 15 Juan Pablo II,
Exhortación apostólica postinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 104. 16
Alessandro Pronzato, Alla ricerca delle virtù perdute, Piero
Gribaudi Editore, Milano, 2000, pp. 130 – 135. 17
José Rivera, José María Iraburu, Espiritualidad católica, Ed.
Centro de estudios de teología espiritual, Madrid, 1982, p. 282.
18 Para la explicación de esta parte,
nos apoyaremos en el libro de Narciso Irala, Il controllo
del cervello, Edizioni San Paolo, 1997, Milano. 19
Graziella Curti, Dalla minoranza alla minorità, en Consacrazione
e servizio, Anno LIV n. 3 Marzo 2005, p. 24.
20 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal
Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 104.
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