Autor: Juan Pablo II Reflexiones de Juan Pablo II sobre la fe.
Un mundo sin Dios termina construyéndose antes o después contra el hombre.
Reflexiones de Juan Pablo II sobre la fe.
La dificultad de creer en la sociedad actual
Es bien
sabido que la civilización contemporánea está empapada de diferentes corrientes,
no sólo cristianas, sino también anticristianas, acristianas, arreligiosas y antirreligiosas.
Más aún, estas corrientes parecen alguna vez, ser las dominadoras
en la mentalidad de la sociedad actual. Se trata de
una situación que nos exige un compromiso si queremos superarla,
un compromiso de todos los cristianos responsables, responsables de lo
que quiere decir ser cristianos. Cristo dice que su Padre
realiza «cultura», cultura en el sentido más profundo de la
palabra: la cultura que es la auténtica perfección del hombre,
su realización en el sentido humano natural y hasta en
el sentido sobrenatural1.
No es fácil ser auténticamente cristianos en el
contexto de la sociedad moderna, penetrada por formas de un
paganismo nuevo. Pero tampoco lo era ayer en contextos diferentes.
Resulta aún más difícil crear un ambiente social más amplio
inspirado en los grandes valores del Evangelio. No obstante, hay
que esforzarse para conseguirlo alimentando una confianza en la capacidad
creativa que proviene de la gracia de Cristo crucificado. No
existen modelos de sociedad que puedan considerarse libres de elementos
negativos. Hasta las rosas tienen espinas2.
El drama del ateísmo Se advierte
hoy en el mundo, y especialmente en nuestro Occidente, la
necesidad de «reedificar» en sus componentes esenciales una civilización realmente
digna del hombre. Las desigualdades económicas, que todavía subsisten y
que a veces se agravan, son un síntoma de carencias
más profundas que tienen que ver con el ámbito espiritual.
Ideologías materialistas por una parte y, permisividad moral, por otra,
han llevado a muchos a creer en la posibilidad de
construir una sociedad nueva y mejor excluyendo a Dios y
eliminando cualquier referencia a los valores trascendentales. Sin embargo, la
experiencia permite que podamos tocar con nuestras manos que la
sociedad se deshumaniza sin Dios y que al hombre se
le priva de su mayor riqueza. El futuro del mundo
será más humano en la medida en que más cercanos
estén los hombres a su Creador y Redentor.
«El cristianismo no
mortifica al hombre, sino que ensalza sus capacidades más nobles
y las pone al servicio de cada uno y de
la comunidad. En Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, podemos
descubrir la verdad plena sobre nosotros mismos y sobre nuestro
destino» (Redemptor hominis, 10).
Os ruego que mantengáis intacta la fe
en el Salvador Jesús, que murió y resucitó por nosotros.
Estad atentos a su Evangelio, que la Iglesia os sigue
proponiendo con inalterable fidelidad a la tradición de los orígenes.
Educad a vuestros hijos en el cumplimiento de los mandamientos
enseñándoles a pedir a Dios la valentía necesaria para desafiar
a la opinión dominante cuando está en contraste con el
Evangelio. No tengáis miedo de nadar contracorriente.
El mundo de hoy
necesita más que nunca la novedad del Evangelio para no
ahogarse en el conformismo arrollador de la civilización de masas3.
En
este tema algunos dicen que están buscando y otros se
consideran no creyentes y tal vez incapaces de creer o
indiferentes a la fe. Hay quien llega a rechazar a
un Dios cuyo rostro se les presenta mal. En fin,
hay otros que, obcecados por los reflujos de las filosofías
de la sospecha, presentan la religión como ilusión o alienación
y quizá sienten la tentación de construir un humanismo sin
Dios. Deseo a todos éstos, sin embargo, que por lo
menos dejen por honradez abiertas sus ventanas a Dios. De
lo contrario, corren el riesgo de pasar a la orilla
del camino del hombre, que es Cristo, de cerrarse en
actitudes de rebelión y de violencia, de contentarse con suspiros,
impotencia y resignación. Un mundo sin Dios termina construyéndose antes
o después contra el hombre4.
La razón ante el misterio Los «sabios»
y los «inteligentes» se han formado su visión personal de
Dios y del mundo y no están dispuestos a cambiarla.
Creen que lo saben todo sobre Dios, que poseen la
respuesta resolutiva y que no tienen nada que aprender. De
ahí que rechacen la «buena noticia», que les resulta tan
extraña y en contraste con las capacidades de su «weltanschauung».
Se trata de un mensaje que propone ciertos cambios paradójicos
que su «buen sentido» no puede aceptar.
Lo que sucedía en
tiempos de Jesús sucede hoy; más aún, hoy de una
manera muy singular. Vivimos en una cultura que lo somete
todo a un análisis crítico y a menudo lo hace
absolutizando criterios parciales, inadecuados por su naturaleza para la percepción
de ese mundo de realidades y valores que escapa al
control de los sentidos. Cristo no pide al hombre que
renuncie a su razón. ¿Cómo iba a hacer eso quien
se la donó? Lo que le pide es que no
ceda a la antigua sugestión del tentador, que sigue haciendo
destellar ante él la perspectiva engañosa de poder ser «como
Dios» (cfr. Gn 3, 5). Sólo quien acepta sus límites
intelectuales y morales y se reconoce necesitado de salvación puede
abrirse a la fe y encontrar en ella, en Cristo,
a su Redentor5.
Fe y razón Entre una razón que, en conformidad
con su naturaleza que proviene de Dios, está ordenada a
la verdad y tiene capacidad para el conocimiento verdadero, y
una fe relacionada con la misma fuente divina, no puede
haber ningún conflicto de fondo. Más aún, la fe confirma
los derechos propios de la razón natural. Los presupone. Efectivamente,
su aceptación presupone la libertad propia de un ser racional.
Sin embargo, con esto aparece claro también que fe y
ciencia pertenecen a dos órdenes diferentes de conocimiento, que no
cabe superponer. Se revela también en esto que la razón
no lo puede todo ella sola; es finita. Debe concretarse
en una multiplicidad de conocimientos parciales, se realiza en una
pluralidad de ciencias múltiples. Puede percibir la unidad que une
el mundo y la verdad a su origen únicamente en
el ámbito de modos parciales de conocimiento. También la filosofía
y la teología son, en cuánto ciencias, tentativas limitadas que
pueden percibir la unidad compleja de la verdad únicamente en
la diversidad, es decir, dentro de una confluencia de conocimientos
abiertos y complementarios6.
Ciencia y fe Mi reflexión está motivada por las
inscripciones en bronce inauguradas hoy aquí: «Ciencia y fe son
dones de Dios». En esta afirmación sintética no se excluye
solamente que ciencia y fe se tengan que mirar con
desconfianza mutua, sino que se indica el motivo más profundo
que las llama a establecer una relación constructiva y cordial:
Dios, fundamento común de las dos [...]. En Dios, por
consiguiente, aun en la diversidad de sus caminos respectivos, ciencia
y fe encuentran su principio de unidad.
Si la vida del
hombre corre hoy peligros enormes, no se debe a la
verdad descubierta mediante la investigación científica, sino a las aplicaciones
de muerte de la tecnología. Como en el tiempo de
las lanzas y las espadas, también en la era de
los misiles, el corazón de los hombres mata antes que
las armas7.
El rechazo de la verdad El misterio de la iniquidad,
el abandono de Dios según las palabras de una carta
de Pablo, tiene una estructura interior y una secuencia dinámica
bien definida: «...tiene que manifestarse el hombre impío... el enemigo
que se eleva por encima de lo que es divino
o recibe culto, hasta llegar a sentarse en el santuario,
haciéndose pasar a sí mismo por Dios» (2 Tes 2,
3-4). Encontramos aquí también una estructura interna de la negación,
del desarraigo de Dios del corazón de los hombres y
del abandono de Dios por parte de la sociedad humana,
y esto con el fin, según se dice, de una
«humanización» plena del hombre, lo que equivale a hacer que
el hombre sea humano en sentido pleno y, en cierto
modo, a ponerlo en lugar de Dios, a «deificarlo» por
consiguiente. Como se ve, esta estructura es muy antigua y
se conocía ya en los orígenes, desde el primer capítulo
del Génesis, es decir, la tentación de conferir al hombre
la «divinidad» (la imagen y semejanza de Dios) del Creador,
de ocupar el sitio de Dios, con la «divinización» del
hombre contra Dios o sin Dios, como resulta evidente por
las afirmaciones ateas de muchos sistemas actuales.
Quien rechaza la verdad
fundamental de la realidad, quien se coloca a sí mismo
como medida de todas las cosas y se pone de
este modo en lugar de Dios, quien más o menos
conscientemente considera que puede prescindir de Dios, el Creador del
mundo, o de Cristo, el Redentor de la humanidad, quien
en vez de buscar a Dios corre tras los ídolos,
estará siempre de espaldas a la única verdad suprema y
fundamental.
Ésta es la fuga de la interioridad. Puede llevar a
rendirse. Se trata de una fuga de la interioridad que
puede revestir la forma de una extensión exasperada del conocimiento.
La
fuga de la interioridad puede también llevar a asociarse a
sectas religiosas, que se sirven de vuestro idealismo y de
vuestra ingenuidad y os quitan la libertad del pensamiento y
de la conciencia. Me refiero también a la fuga a
las «islas de felicidad» que, a través de determinadas prácticas
exteriores, garantizan la adquisición de una auténtica fortuna y que
al final dejan solo a quien recurre a ellas. Existe
también una fuga de la verdad fundamental hacia el exterior,
es decir, hacia utopías políticas o sociales8.
Crisis de la fe
cristiana católica Incluso en muchos católicos que todavía se definen así
se ha debilitado notablemente la fe en Dios como Persona
y, consiguientemente, la fe en Cristo como Hijo de Dios.
Se duda también en ver a la Iglesia como sacramento
y como don objetivo suyo, no manipulable. Aquí está la
razón de que, con no poca frecuencia, la interioridad o
la espiritualidad se haga coincidir con la filantropía y con
la acción cívico-social a favor de la paz, de la
justicia, de la ecología, etc., y la oración, la contemplación,
la «lectio divina» les parecen a algunos desprovistas de fundamento
suficiente.
Esa «forma mentis» secularizada resulta evidente también en algunos laicos
comprometidos en las estructuras eclesiales parroquiales, diocesanas y nacionales, y
en algunos religiosos y religiosas, cada vez más atraídos por
la misión social, a menudo identificada incluso con la obra
misionera.
La publicación del nuevo Catecismo de la Iglesia Católica no
dejará de asegurar y fortalecer a los fieles desorientados en
la fermentación teológica de estos años, llevando a las genuinas
fuentes de la fe a quienes se habían desviado siguiendo
a falsos profetas.
Efectivamente, estudiar teología, ser creyente y sentirse miembro
activo de la Iglesia constituyen tres componentes que a veces
el estudiante duda en integrar en su vida. No se
trata de dramatizar: pasar a través de una crisis puede
ser también saludable y positivo, pues puede hacer que se
madure en la fe y se favorezca el compromiso responsable
en la Iglesia. Precisamente por esto se necesita una atenta
acción pastoral de apoyo9. Cristo, luz y guía en la vida ¡Aprended
a conocer a Cristo y dejaos conocer por Él! Él
os conoce a cada uno de vosotros individualmente. No es
un conocimiento que suscite oposición o rebelión, una ciencia ante
la que sea necesario huir para salvaguardar el propio mundo
interior. No es una ciencia compuesta de hipótesis o que
reduzca al hombre a dimensiones socio-utilitarias. Su ciencia está llena
de sencilla verdad sobre el hombre, y especialmente llena de
amor. Someteos a esta ciencia sencilla y llena de amor
del Buen Pastor. Estad seguros de que Él os conoce
a cada uno más de lo que cada uno se
conoce a sí mismo. Conoce porque entregó su vida (cfr.
In 15, 13). Facilitadle la labor de encontraros. A veces
el hombre, el joven, se encuentra perdido consigo mismo, perdido
en el mundo que le rodea, en toda la red
de las cosas humanas que le envuelven. Facilitad a Cristo
la labor de encontraros. Que Él lo conozca todo sobre
vosotros, que él os guíe. Es verdad que para seguir
a alguien se necesita al mismo tiempo ser exigente consigo
mismo, tal es la ley de la amistad. Si queremos
caminar juntos, debemos estar atentos al camino que queremos recorrer.
Si nos movemos por la montaña es preciso seguir las
señales. Si escalamos una montaña no podemos prescindir de la
cuerda. Debemos también conservar la unión con el amigo divino
llamado Jesucristo. Debemos colaborar con Él10.
La fe, encuentro personal con
Dios en Jesucristo en la Iglesia Opiniones, puntos de vista personales
y especulaciones no son suficientes a quien evalúa su acción
por el camino de vida del hombre y cuyo respeto
por el hombre está vivo. No pueden ciertamente contentar a
quien es consciente de poder llegar a través de respuestas
teológicas a la causa primera de la verdad. Dios nos
ha manifestado su palabra, una palabra que no podemos encontrar
y retener solos, con la fuerza únicamente de nuestro intelecto,
aunque se le haya concedido a nuestra diligencia la posibilidad
de aclarar la credibilidad de esta palabra y su correspondencia
con nuestros interrogantes y nuestros conocimientos humanos. Se encuentra en
la lógica interna de la revelación que la defensa y
la interpretación de esta palabra necesitan un don especial del
Espíritu. Por consiguiente, el estudio de la teología católica debe
estar provisto de la disponibilidad para escuchar los testimonios vinculantes
de la Iglesia y acatar las decisiones de quienes, en
cuánto pastores de la Iglesia, tienen responsabilidad ante Dios de
tutelar en materia de fe.
Sin la Iglesia, la palabra de
Dios no habría sido transmitida y conservada; no se puede
querer la palabra de Dios sin la Iglesia.
La comprensión intelectual
de la fe debe ser integrada también por otro aspecto:
la fe, además de conocerse, debe vivirse. En el Nuevo
Testamento mismo, una fe que brotara únicamente del conocimiento se
rechazaría como perversión, por ejemplo según la carta de Santiago,
donde dice que hasta las fuerzas demoníacas conocen al Dios
único, pero como no aceptan este conocimiento con su ser,
sólo les queda temblar ante este Dios, sólo puede traerles
castigo y no salvación (cfr. Sant 2, 19).
Cuando Dios nos
dirige su palabra no anuncia dato alguno sobre cosas o
terceras personas, no nos comunica «algo», sino que nos comunica
a sí mismo, a Jesús, como verbo insuperable con quien
Dios se comunica a sí mismo. De este modo, la
palabra de Dios exige una respuesta que debe darse con
toda nuestra persona. La realidad de Dios no la capta
quien se limita a considerar su palabra y su verdad
sólo como objeto de investigación neutra. La manera de acercarse
a Dios como Dios es únicamente la adoración. El maestro
Eckhart exhortaba por eso a los que le escuchaban a
desembarazarse de ciertos conceptos de Dios11.
Fe cristiana y valentía en
la vida Debemos decidirnos conscientemente a querer ser cristianos que profesan
su fe y a tener la valentía para distanciamos, si
fuera necesario, de nuestro ambiente. Una condición necesaria para ese
testimonio decidido de vida cristiana es percibir y comprender, por
nuestra parte, la fe como una ocasión estupenda de vida,
que trasciende las interpretaciones y la conducta ambiental. Debemos aprovechar
cualquier ocasión para experimentar de qué manera la fe enriquece
nuestra existencia, realiza en nosotros una fidelidad auténtica en la
lucha por la vida, corrobora nuestra esperanza contra los ataques
de cualquier clase de pesimismo o desesperación, nos empuja a
evitar cualquier pesimismo y a comprometemos con reflexión por la
justicia y la paz del mundo; también puede consolarnos y
animarnos en el dolor. Tarea y «chance» de la situación
de diáspora es, por consiguiente, experimentar más conscientemente de qué
modo la fe ayuda a vivir de manera más plena
y profunda12.
El optimismo cristiano Lo primero que deseo es dirigiros una
invitación al optimismo, a la esperanza y a la confianza.
Es verdad que la humanidad atraviesa un momento difícil y
que se tiene la impresión de que las fuerzas del
mal acabarán prevaleciendo. Con harta frecuencia, la honradez, la justicia
y el respeto de la dignidad del hombre deben marcar
el paso o terminan por sucumbir. A pesar de todo,
nosotros estamos llamados a vencer al mundo con nuestra fe
(cfr. 1 In 5, 4), porque pertenecemos a Quien con
su muerte y resurrección consiguió para nosotros la victoria sobre
el pecado y la muerte y nos hizo capaces de
una afirmación humilde y serena, pero segura, del bien por
encima del mal.
Somos de Cristo y es Él quien vence
en nosotros. Debemos creer esto profundamente, debemos vivir esa certeza,
pues de lo contrario las continuas dificultades que surgen tendrán
desgraciadamente la fuerza de inocular en nuestras almas la carcoma
insidiosa que se llama desánimo, costumbre, acomodamiento pleno a la
prepotencia del mal.
La tentación más sutil que acecha actualmente a
los cristianos, y especialmente a los jóvenes, es precisamente la
de la renuncia a la esperanza en la afirmación victoriosa
de Cristo. El instigador de todas las insidias, el maligno,
trata siempre y decididamente de apagar en el corazón de
los hombres la luz de esa esperanza. No es un
camino fácil el de la milicia cristiana, pero debemos recorrerlo
conscientes de que poseemos una fuerza interior de transformación que
se nos ha comunicado con la vida divina que se
nos dio en Cristo, el Señor. En virtud de vuestro
testimonio, haréis comprender que los valores humanos más altos se
asumen en un cristianismo vivido con coherencia13.
El amor a la
verdad es amor a Cristo Existe también una contaminación de las
ideas y las costumbres que puede llevar a la destrucción
del hombre. Esta contaminación es el pecado, del que procede
la mentira.
La verdad y la mentira. Es preciso reconocer que
con harta frecuencia la mentira se nos presenta con apariencias
de verdad. Por eso es necesario despertar el discernimiento para
reconocer la verdad, la palabra que viene de Dios, y
evitar las tentaciones que proceden del «padre de la mentira».
Me estoy refiriendo al pecado, que consiste en negar a
Dios, en rechazar la luz. Como dice el Evangelio de
Juan, «la luz verdadera» estaba en el mundo: el Verbo
«por quien el mundo fue hecho pero que el mundo
no reconoció» (cfr. In 1, 910).
«La verdad contenida en el
Verbo del Padre»: eso es lo que queremos decir cuando
reconocemos a Jesucristo como la verdad. «¿Qué es la verdad?»,
le preguntaba Pilato. La tragedia de Pilato fue que la
verdad estaba delante de él en la persona de Jesucristo
y no fue capaz de reconocerla.
No debe repetirse esa tragedia
en nuestra vida. Cristo es el centro de la fe
cristiana, la fe que la Iglesia proclama hoy igual que
siempre a todos los hombres y a todas las mujeres.
Dios se hizo hombre. «El Verbo se hizo hombre y
habitó entre nosotros» (Jn I, 14). Los ojos de la
fe ven en Jesucristo al hombre, como puede ser y
como Dios quiere que sea. Al mismo tiempo Jesús nos
revela el amor del Padre.
Pero la verdad es Jesucristo. ¡Amad
la verdad! ¡Vivid en la verdad! ¡Llevad la verdad al
mundo! Sed testigos de la verdad. Jesús es la verdad
que salva. Él es la verdad total hacia la que
nos conducirá el Espíritu de la verdad (cfr. In 16,
13).
Queridos jóvenes: busquemos la verdad sobre Jesucristo y sobre su
Iglesia. Pero debemos ser coherentes: amemos la verdad, vivamos en
la verdad, proclamemos la verdad. ¡Cristo, muéstranos la verdad! ¡Sé
para nosotros la única verdad!14.
El hombre, peregrino del absoluto La vida
humana en la tierra es una peregrinación continua. No todos
somos conscientes de que estamos de paso en el mundo.
La vida del hombre comienza y acaba, comienza con el
nacimiento y sigue hasta el momento de la muerte. El
hombre es un ser transitorio. Y en esta peregrinación de
la vida, la religión ayuda al hombre a vivir de
tal manera que consiga su fin. El hombre está continuamente
puesto ante la naturaleza transitoria de una vida que él
sabe que es muy importante como preparación para la vida
eterna. La fe peregrina del hombre le orienta hacia Dios
y le dirige en la realización de las opciones que
le ayudan a conseguir la vida eterna. Por tanto, cada
momento de la peregrinación terrena del hombre es importante, importante
en sus desafíos y en sus opciones15.
En la revelación de
la Antigua y de la Nueva Alianza el hombre vive
en el mundo visible, en medio de las cosas temporales,
y al mismo tiempo profundamente consciente de la presencia de
Dios, que penetra toda su vida. Este Dios viviente es
en realidad el baluarte último y definitivo del hombre en
medio de todas las pruebas y sufrimientos de la existencia
terrena. El hombre anhela poseer a este Dios de manera
definitiva cuando experimenta su presencia. Se esfuerza por llegar a
la visión de su rostro, como recuerda el salmista: «Como
el ciervo anhela las corrientes de agua, así te desea
mi alma, Señor»16.
Mientras el hombre se esfuerza por conocer a
Dios, por ver su rostro y experimentar su presencia, Dios
se acerca al hombre para revelarle su vida. El Concilio
Vaticano II insiste en la importancia de la intervención de
Dios en el mundo. Esto quiere decir que «por medio
de la revelación Dios quiso manifestarse a sí mismo y
sus planes de salvar al hombre» (DV).
Al mismo tiempo, este
Dios misericordioso y amoroso que se comunica a sí mismo
por medio de la revelación sigue siendo para el hombre
un misterio inescrutable. Y el hombre, el peregrino del Absoluto,
sigue toda su vida buscando el rostro de Dios. Pero
al final de su peregrinación de fe el hombre llega
a la casa del Padre, y estar en esta casa
quiere decir ver a Dios «cara a cara» (I Cor
13, 12)17.
El hombre fue llamado desde el principio por Dios
para «someter la tierra y dominarla» (Gn 1,28). Recibió del
Señor esta tierra como don y como tarea. Creado a
su imagen y semejanza, el hombre tiene una dignidad especial.
Es dueño y señor de los bienes depositados por el
Creador en sus criaturas. Es colaborador de su Creador.
Por esta
razón el hombre no debe olvidar que todos los bienes
de los que está lleno el mundo son don del
Creador. Por eso advierte la Sagrada Escritura: «Y no digas:
Con mis propias fuerzas he conseguido todo esto. Acuérdate del
Señor, tu Dios; él es quien te ha dado fuerza
para adquirir esa riqueza, cumpliendo así la alianza que hizo
con juramento a tus antepasados, como hace hoy» (Dt 8,
17-18).
¡Qué oportuna ha sido esta advertencia a lo largo de
la historia humana! ¡Qué oportuna es especialmente en la época
actual ante el progreso de la ciencia y de la
técnica! Y es que el hombre, al contemplar las obras
de su ingenio, de su mente y de sus manos,
parece olvidar cada vez más a Quien es el principio
de todas estas obras y de todos los bienes que
encierra la tierra y el mundo creado.
Cuanto más somete la
tierra y la domina, más parece olvidarse de Quien le
dio la tierra y todos los bienes que contiene18.
Jesús, Camino
que conduce al Padre Nosotros llegamos a Dios a través de
la verdad de Dios y a través de la verdad
sobre todo lo que está fuera de Dios: la creación,
el macrocosmos, y el hombre, el microcosmos. Llegamos a Dios
a través de la verdad proclamada por Cristo, a través
de la verdad que es realmente Cristo. Llegamos a Dios
en Cristo, que sigue repitiendo: «Yo soy la verdad».
Esta llegada
a Dios a través de la verdad que es Cristo
es la fuente de la vida. Es la fuente de
la vida que comienza aquí en la tierra en la
oscuridad de la fe para llegar a su plenitud en
la visión de Dios «cara a cara» en la luz
de la gloria, donde Él está realmente. Cristo nos da
esa vida porque es la vida, como Él mismo nos
dice: «Yo soy la vida», «Yo soy el camino, la
verdad y la vida».
«¿Por qué me siento turbado?... Esperaré en
Dios» (Salmo 43,5). «Y me acercaré al altar de Dios,
al Dios de mi alegría, y te daré gracias con
el arpa» (Salmo 43, 4)19.
Jesús es el Hijo de Dios
y es de la misma sustancia que el Padre. Dios
de Dios y luz de luz, se hizo hombre y
así ser para nosotros camino que conduce al Padre. A
lo largo de su vida terrena hablaba incesantemente al Padre.
Al Padre dirigía los pensamientos y los corazones de quienes
le escuchaban. En cierto modo, compartía con ellos la paternidad
de Dios, y esto es algo que se ve de
manera especial en la oración que enseñó a sus discípulos,
el padrenuestro.
Al final de su misión mesiánica en la tierra,
un día antes de su Pasión y Muerte, dijo a
los apóstoles: «En la casa de mi Padre hay un
lugar para todos; de no ser así ya os lo
habría dicho; ahora vaya prepararos ese lugar» (Gn 14, 2).
Si
el Evangelio es revelación de la verdad que dice que
la vida humana es una peregrinación hacia la casa del
Padre, significa que es al mismo tiempo una llamada a
la fe por medio de la cual caminamos como peregrinos,
una llamada a la fe peregrinante. Cristo dice: «Yo soy
el camino, la verdad y la vida»20.
La Cruz de Cristo,
mensaje de dolor y salvación Aunque es la luz para la
revelación a todas las naciones, Jesús está destinado a ser
al mismo tiempo, y en todas las épocas, un signo
difamado, un signo atacado, un signo de contradicción. Así sucedió
también con los profetas de Israel. Así sucedió con Juan
Bautista y así sucedería en las vidas de todos los
que habrían de seguirle.
Realizó grandes signos y milagros, multiplicó los
panes y los peces, calmó las tempestades, resucitó a los
muertos. Las masas acudían a él de todas partes y
le escuchaban con atención, pues hablaba con autoridad. Sin embargo
se encontró con la dura oposición de quienes rehusaban abrirle
su corazón y su mente. Al final, la expresión más
dura de esta contradicción la encontramos en su sufrimiento y
su muerte en la Cruz. La profecía de Simeón se
verificaba. Se verificaba con Jesús y se verifica en la
vida de sus seguidores en toda la tierra y en
todos los tiempos.
Así, la Cruz se convierte en luz, la
Cruz se convierte en salvación. ¿Acaso no es ésta la
Buena Nueva para los pobres y para todos los que
experimentan el sabor amargo del sufrimiento?.
La cruz de la pobreza,
la cruz del hambre, la cruz de todos los demás
sufrimientos puede transformarse, pues la Cruz de Cristo se ha
convertido en una luz para nuestro mundo. Es una luz
de esperanza y de salvación. Da sentido a todos los
sufrimientos humanos. Lleva consigo la promesa de una vida eterna
libre del dolor y del pecado. A la Cruz siguió
la Resurrección. La muerte fue vencida por la vida. Y
todos los que están unidos al Señor crucificado y resucitado
pueden esperar que participaran en esta misma victoria21.
La fe en
el Espíritu Santo La Iglesia profesa de manera incesante su fe:
en nuestro mundo hay creado un Espíritu que es un
don increado. Es el Espíritu del Padre y del Hijo.
Como el Padre y el Hijo, es increado, inmenso, eterno,
omnipotente, Dios y Señor. Este Espíritu de Dios «llena el
universo», y todo lo creado reconoce en Él la fuente
de su identidad, encuentra en Él su expresión trascendente, se
dirige a Él y le espera, le invoca con todo
su ser. A Él, como al Paráclito, como al Espíritu
de verdad y de amor, acude el hombre que vive
de verdad y amor y que no puede vivir sin
la fuente de la verdad y del amor. A Él
acude la Iglesia, que es corazón de la humanidad, para
invocarIe por todos y para que a todos les conceda
los dones del amor, por cuyo medio se derramó en
nuestros corazones. A Él acude la Iglesia a lo largo
de los complicados caminos de la peregrinación del hombre en
la tierra, y suplica, suplica constantemente la rectitud de los
actos humanos, como obra suya; suplica el gozo y el
consuelo que sólo Él, el verdadero consolador, puede darnos viniendo
a lo íntimo de los corazones humanos; suplica la gracia
de las virtudes que merecen la gloria celestial; suplica la
salvación eterna, en la comunicación plena de la vida divina,
a la que el Padre ha predestinado eternamente a los
hombres, creados por amor a imagen y semejanza de la
Santísima Trinidad22.
Gemimos, pero en confiada espera de una esperanza indefectible,
porque realmente Dios, que es Espíritu, se ha acercado a
este ser humano. Dios Padre envió a su propio Hijo
revestido de una carne semejante a la del pecado y,
ante la presencia del pecado, condenó el pecado. En el
momento culminante del misterio pascual, el Hijo de Dios, que
se hizo hombre y fue crucificado por los pecados del
mundo, se presentó en medio de sus apóstoles después de
la resurrección, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el
Espíritu Santo». Este soplo permanece para siempre. Por eso «el
Espíritu acude siempre en ayuda de nuestra debilidad»23.
La ignorancia, el
peor enemigo de la fe Cualquier persona necesita una formación integral
e integradora –cultural, profesional, doctrinal, espiritual y apostólica– que le
disponga para vivir en una coherente unidad interior y le
permita siempre dar razón de su esperanza a quien se
la pida.
La identidad cristiana exige el esfuerzo constante de formarse
cada vez más, pues la ignorancia es el peor enemigo
de nuestra fe. ¿Quién puede decir que ama de veras
a Cristo si no se empeña en conocerle mejor?.
¡Formación y
espiritualidad! Un binomio inseparable para quien aspira a llevar una
vida cristiana comprometida de veras en la edificación y la
construcción de una sociedad más justa y fraterna. Si queréis
ser fieles en vuestra vida cotidiana a las exigencias de
Dios y a las expectativas de los hombres y de
la historia, tenéis que alimentaros constantemente con la palabra de
Dios y con los sacramentos, para que «la palabra de
Cristo habite en vosotros con toda su riqueza» (Col 3,
16)24.
El valor del compromiso de la fe cristiana y católica La
fe no consiste en la última novedad que hoy es
noticia y mañana está ya olvidada. La fe no es
una enseñanza que alguien puede adaptar a sus necesidades y
según el momento presente. No es invención o creación nuestra.
La fe es el gran don divino que Jesucristo ha
hecho a la Iglesia. Dice san Pablo en la carta
a los Romanos: «La fe surge de la proclamación, y
la proclamación se verifica mediante la palabra de Cristo» (10,
17). El creyente encuentra su fundamento en Jesucristo, que sigue
viviendo en su Iglesia a lo largo de los siglos
hasta el día del juicio.
La fe vive en la tradición
de la Iglesia. Sólo en ella podemos encontrar con seguridad
la verdad de Jesucristo. Sólo una rama viva del árbol
de la comunidad eclesial tiene su fuerza en las raíces.
Os exhorto hoy a mantener firme la fe de la
Iglesia. Es lo que han hecho vuestros padres y vuestras
madres. Ateneos a la fe también vosotros y trasmitidla sucesivamente
a vuestros hijos. Ésta es la razón de mi viaje
pastoral en medio de vosotros: «Os recuerdo, hermanos, el Evangelio
que os anuncié, que recibisteis y en el que habéis
perseverado» (1 Cor 15, 1).
Sin una fe firme carecéis de
apoyo y estáis a merced de las enseñanzas cambiantes del
tiempo. Ciertamente hay también hoy algunos ambientes en los que
ha dejado de aceptarse la doctrina correcta, y se busca
en ellos, conforme a los propios deseos, maestros nuevos que
os lisonjean, como advirtió san Pablo. No os dejéis engañar.
No hagáis caso de los profetas del egoísmo, que interpretan
de manera incorrecta la evolución individual, que os proponen una
doctrina terrena de salvación y que quieren construir un mundo
sin Dios.
Para poder decir «creo», «yo creo», es necesario estar
dispuestos a la abnegación, a la entrega de sí mismos,
es necesario también estar dispuestos al sacrificio y la renuncia
y tener un corazón generoso.
Quien tiene esta valentía verá que
se disuelven las tinieblas. Quien cree, ha encontrado el faro
que facilita un camino seguro. Quien cree, conoce la dirección
y es capaz de orientarse. Quien cree, ha dado con
el camino acertado y ninguna insensatez de ningún falso maestro
conseguirá desviarle. El creyente tiene un punto de apoyo y
acepta vivir la vida de manera digna y como agrada
a Dios. Quien cree, puede concluir con pleno conocimiento su
vida y aceptar el momento en que Dios le llame.
Es
verdad que considerarse hoy en la Iglesia no es el
modo más cómodo de vivir. Es más fácil adaptarse y
esconderse. Actualmente aceptar la fe y vivirla, significa nadar contracorriente.
Se trata de una opción que exige energía y valor25.
Notas
1
Parroquia de los Santos Protomártires, 21 de abril de 1985. 2
Discurso en Verona, el 16 de abril de 1988. 3 Discurso
en el santuario de la Virgen de las Gracias en
Benevento, 2 de julio de 1990. 4 Discurso a los jóvenes
en París, 1 de junio de 1980. 5 Al Almo Collegio
Capranica, 21 de enero de 1980. 6 Colonia, discurso a los
profesores y estudiantes, 15 de noviembre de 1980. 7 Erice, encuentro
con los investigadores del centro Ettore Majorana, 8 de mayo
de 1993. 8 Munich, homilía a los jóvenes, 19 de noviembre
de 1980. 9 A los obispos de Holanda en visita «ad
lumina apostolorum», 11 de enero de 1993. 10 Cracovia, discurso a
los universitarios, 8 de junio de 1979. 11 Fulda, encuentro con
los laicos, 18 de noviembre de 1980. 12 Osnabrück, homilía, 16
de noviembre de 1980. 13 Discurso a la juventud salesiana, 5
de mayo de 1979. 14 Santiago de Compostela, discurso a los
jóvenes, 19 de agosto de 1989. 15 Nueva Delhi, homilía en
el estadio Indira Gandhi, 1 de febrero de 1986. 16 Idem. 17
Idem. 18 Bahía Blanca, Argentina, discurso al mundo rural, 7 de
abril de 1987. 19 Nueva Delhi, 1 de febrero de 1986. 20
Nueva Delhi, 1 de febrero de 1986. 21 Nueva Delhi, homilía,
2 de febrero de 1986. 22 Encíclica «Dominum et vivificantem». 23 Encíclica
«Dominum et vivificantem». 24 Viedma, Argentina, 6 de abril de 1987. 25
Homilía delante de la catedral de Münster, 1 de mayo
de 1987.
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Sólo aquel que tiene el Espiritu Santo actuando en su corazón como guia y referencia puede hablar de esa manera tan clara y tan precisa sobre la fé en Dios, porque sabe que la verdadera fé que Dios quiere de nosotros es la fé que nace del corazón que se vive al meditar su palabra. Eso es un Santo del Señor.
Solo un Snato como Juan Paulo II tiene la palabras precisas para definir a cada cosa por su nombre .Inspirado y asistido por el Esp.Santo y envuelto en el Ssmo.Manto de Maria fue el Santo mas grande que la Iglesia dio a este sihglo.
por que en el mundo no se encojen persona capacitadas para motivar a las personas separada de
la iglesia católica a motivarse para ser una sola
iglesia ya que no todos nos motivamos con escuchar,
cumplir los sacramentos y ejercitarlos se necesita
motivadores directos con los que no san todavía
manso y humilde al llamado de Dios.