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Religiosas | sección
Autor: Guadalupe Magaña | Fuente: Escuela de la Fe
Enfermedades de la vida espiritual: Escrúpulos
El mejor, y puede decirse que el único remedio, es la obediencia plena y absoluta a un sabio director; habiéndose entenebrecido la luz de nuestra conciencia, hemos de echar mano de otra luz...
 
Enfermedades de la vida espiritual: Escrúpulos
Enfermedades de la vida espiritual: Escrúpulos
Los escrúpulos provocan en la persona una gran dificultad para hacer con facilidad un juicio moral práctico. Se teme a cada paso, y por razones de poco peso, haber ofendido a Dios. Aunque el escrúpulo empiece sólo como una duda en la mente, puede llegar a generar mucha angustia.

Escrúpulo: desasosiego excesivo que experimentan algunas conciencias por temer, por razones de poco peso, haber ofendido a Dios.

El proceso de los escrúpulos en la mente se da cuando existe una actitud legalista en la moral; cuando se observa sólo la norma y no se toma en cuenta para nada el sujeto.
En la mente del escrupuloso existen las normas morales; él las conoce y las comprende perfectamente, pero no puede reflexionar imparcialmente sobre su comportamiento.

El escrupuloso se comporta como un juez claro y recto, y muchas veces muy equilibrado, para juzgar o aconsejar a los demás; pero consigo mismo es incapaz de determinar si cometió o no un pecado. Además, dada la terquedad que suele acompañar a este tipo de personas, tampoco acepta fácilmente las recomendaciones del orientador espiritual.

Dentro del problema de los escrúpulos se dan casos graves, pertenecientes sobre todo al campo de las neurosis, pues se acompañan, por ejemplo, de una depresión nerviosa que impide la justa apreciación de las cosas de la moral y tiende a producir la obsesión. Estos casos necesitarán el apoyo profesional de un especialista.

Nos interesa hacer mención de un hecho importante: no se debe confundir el escrúpulo con la conciencia delicada, pues se oponen como el día y la noche. El escrupuloso, duda con temor si cometió o no una falta, pues quiere verse perfecto; se diferencia de quien teniendo una conciencia delicada quisiera evitar hasta la más leve falta por amor a Dios. Tiene un temor fundado, porque reconoce sus debilidades, pero no un temor desasosegado, pues confía en la misericordia de Dios y además acepta dócilmente las directrices de su orientador espiritual.


Algunos consejos para orientar a este tipo de personas:


1) Lograr la aceptación, confianza y obediencia en la dirección espiritual.

"El mejor, y puede decirse que el único remedio, es la obediencia plena y absoluta a un sabio director; habiéndose entenebrecido la luz de nuestra conciencia, hemos de echar mano de otra luz, es el escrupuloso un navío sin brújula ni timón, y menester ha de que otro lo remolque".(Ad. Tanquerey, Compendio de Teología Ascética y Mística, Ediciones Palabra, Madrid, 1990 ,n. 944, p.502).


Aunque el escrupuloso busque el apoyo en la dirección espiritual, difícilmente se logrará su confianza, y sobre todo, el seguimiento de las directrices marcadas. Por este motivo, el orientador espiritual conjugará la firmeza y la exigencia para poder ejercer su autoridad moral sobre el dirigido. Siempre hablar categóricamente y nunca discutir con el escrupuloso. Al mismo tiempo, se debe tener paciencia para escuchar, sin permitirle alargar demasiado la manifestación de las inquietudes y preocupaciones que quiera manifestar.



2) Nunca acceder al juego de las confesiones repetidas.

El escrupuloso quiere confesarse mil veces de lo mismo; apenas ve un sacerdote quiere confesión. En la dirección espiritual preguntará: "Oye, ¿no sería bueno volverme a confesar de esto?, no tengo la seguridad de haberlo dicho claramente"; luego, independientemente de su consejo, tratará de nuevo el tema una y otra vez. No debe prestarse a este juego. Sugiérale vivir más la docilidad y la confianza en Dios y, con prudencia y mucha firmeza, señale que no se volverá a tocar ese punto.

Para que el dirigido no se sienta desalentado o considere el origen de sus escrúpulos como una deformación de la conciencia, o como una deficiencia de tipo psicológico, se le debe indicar cómo los escrúpulos pueden convertirse en un don, una prueba a través de la cual Dios le permite pasar para su purificación y para su santificación.

Algunas almas pasan de un extremo a otro. Llevaban una vida muy superficial y pecaminosa; luego, al tener alguna experiencia fuerte en la vida espiritual, se convierten y se van al extremo en la exigencia de sí mismos. Así, les parece pecado cualquier cosa. Debemos moderar a este tipo de dirigido, manteniendo todo lo positivo en esa conversión radical y tratando de limar cuanto se exagere, para lograr el equilibrio y la perseverancia.

Una espiritualidad muy equilibrada es lo correcto. El esfuerzo del orientador espiritual consiste en llevar al dirigido hacia las normas comunes generales; lo hará gradualmente, paso a paso, tomando muy en cuenta la situación de cada persona.



3) Tratar de circunscribir lo más cuidadosamente posible las manifestaciones de los escrúpulos.


El orientador debe tratar de reducir las manifestaciones de los escrúpulos, para no permitir que este estado de angustia, de duda, se derrame e inunde todo el estado de ánimo de la persona. Debemos ayudar a la persona a analizar las ideas expuestas por él. ¿Hasta qué punto poseen o no veracidad? Esta reflexión sobre las ideas genera un estado de ánimo sereno. Muchas veces la angustia se puede curar fácilmente si se entienden sus causas de origen.

No se debe confundir el escrúpulo con estados ligeros de temor o de duda. Cuando tenga un dirigido que muestra preocupación por sus pecados, o por un acto que hizo en el pasado y que no puede quitar de su mente, puede decirle: "Tú te arrepentiste y te confesaste, todo eso ya se te ha perdonado; ya ni Dios se acuerda, y tú todavía estás con eso. Eso es una tentación del demonio; lo único que quiere es ponerte en estado de angustia. Al traer una vez más a tu mente la ofensa cometida, te ocupas en esa duda en vez de progresar en tu vida espiritual".



4) Insistir sobre dos motivaciones fundamentales


Una vez iluminada con objetividad la conciencia del dirigido, se le debe insistir sobre dos motivaciones fundamentales: la confianza en Dios, porque Él siempre es fiel y misericordioso, y despertar y encauzar el deseo de servir a Dios con todas las fuerzas, sin mirarse a sí mismo, sino solamente a Dios. Esa pureza de intención liberará, incluso, de los escrúpulos.


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