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Autor: Hna. Alejandra Poza Peña | Fuente: Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada
Hna. María Emilia Riquelme y Zayas
Fundadora de la Congregación de Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada. El mundo de María Emilia es el de la vivencia limpia de la presencia de ese amor “extremo”, vivo y personal de Dios, de la mano de María.
 
Hna. María Emilia Riquelme y Zayas
Hna. María Emilia Riquelme y Zayas
ENMARCANDO UNA VIDA


Marco político-social de España. Siglos XIX- XX

Corren malos tiempos para España. El siglo entero es un rosario de espinas con escasas rosas. Empieza con la guerra de la independencia; sigue la emancipación de los países americanos; las guerras carlistas, las del norte de África. Dos desamortizaciones, una en 1836 y otra en 1855, despojan a la Iglesia española de cuantiosos bienes. El expolio es tan mal administrado que no mejora la situación de los campesinos pobres y sólo enriquece a los grandes potentados; más la consiguiente ruptura con la Santa Sede.
El espíritu de la revolución francesa ha prendido en España y sobreviene el violento choque entre la nueva ideología y los criterios ancestrales; la transición del absolutismo hacia el liberalismo no se realiza sin grave quebranto. No encuentran cauce adecuado las inquietudes suscitadas en pro del proletariado. El partido progresista es el que avanza más rápidamente hacia la democracia; el partido moderado reconoce la primacía del trono y tiende a limpiar la participación de las cortes.

Las sociedades secretas manipulan impunemente a río revuelto. Unos defienden la corona, otros la impugnan, y se valen del ejército para hundir al de enfrente. Es el siglo de las constituciones, de los pronunciamientos, de las represalias, del vaivén de exiliados que solían ser los vencidos en el levantamiento de turno. Prolifera el anarquismo; los sistemas republicano y socialista toman un cariz acatólico; la doctrina comunista se va difundiendo entre las masas. Es el siglo de las terribles epidemias, del éxodo del campo a la ciudad, de las crisis laborales, del paro obrero, del hambre que, paradójicamente, acompaña al desarrollo industrial.

La segunda parte del siglo XIX, condicionada naturalmente por los convulsionismos de la primera, fue fascinante para quien, como María Emilia, tuvo el coraje de hacer frente a problemas inéditos. Y, otro tanto cabe decir de la primera parte del siglo XX. Junto a las formas históricas tradicionales, y en pugna con ellas, surgieron, a lo largo de la centuria casi completa, que abarcó su vida, nuevos problemas sociales, culturales, religiosos y eclesiales.

La fermentación social fue un hecho, fácilmente constatable, a lo largo de todo el siglo XIX, y, sobre ella, se echaron las bases, para que en el siglo XX tuviese lugar una fundamental reforma o revolución de todas las estructuras. Si no se tiene el ojo avizor, se puede caer, fácilmente, en la ingenuidad histórica de pensar, que, en el siglo XIX, solamente estaba en crisis el Antiguo Régimen, las viejas formas estructurales de la Iglesia y de la sociedad. En la vida de la Iglesia no fue solamente cuestión de formas, sino todo un nuevo planteamiento de su misión en el mundo.

Marco espacial. Granada

Granada, capital de Andalucía Oriental, se recuesta, en la confluencia de los ríos Darro y Genil, sobre unas colinas onduladas que, desde la Alhambra y el Albaicín, son una suave prolongación de las crestas imponentes de Sierra Nevada, hasta difuminarse en la Vega ancha, fecunda y luminosa.
Granada fue, desde los tiempos más remotos de la prehistoria, cruce de caminos culturales. Allí se encuentran vestigios de la presencia del hombre prehistórico, evidencias de la cultura megalítica, rastros de la cultura ibérica; coincidencias, si no influencias, con la cultura micénica; fenicios, griegos, cartagineses, romanos lucharon por estas tierras y fundaron algunas colonias; los vándalos dejaron huellas de sus arrasamientos y la espléndida cultura visigoda cedió su puesto, después del año 711, a la cultura musulmana.

En el siglo VIII, una colonia judía funda propiamente la ciudad de Granada en su emplazamiento actual. La cultura musulmana de Granada se ha remansado, en su máximo esplendor, en la Alhambra, un palacio real y fortaleza militar, que no tiene par en ninguna otra ciudad islámica.
En 1492, la reconquista, llevada a cabo por los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, señala el comienzo de la importancia decisiva de Granada en el desarrollo político de España, al darle un cuerpo unitario a la nación.

Granada tiene también una larga tradición religiosa, que se remonta a los primeros siglos de la Iglesia en España. Por sus calles corrió la santidad a raudales con Santos y Fundadores de distintas Congregaciones Religiosas.

Hasta el siglo XIX, Granada fue la misma que en la época de la reconquista de los Reyes Católicos. Después de 1836, la desamortización y expropiación de los conventos determinó el desarrollo urbanístico de Granada. La cuestión social, especialmente la pobreza del campesinado, provocará en toda Andalucía una rebelión, que en Granada adquirió caracteres de verdadera gravedad.


Marco humano-familiar

Los ascendientes de María Emilia estaban muy arraigados en la sociedad granadina de su tiempo.
El padre de María Emilia, D. Joaquín Riquelme y Gómez, nació en Granada, el día 17 de agosto de 1812, cuando, en las calles, eran aún bien palpables las huellas de la vejatoria ocupación de la ciudad, por las tropas de Napoleón. Al contar 13 años ingresó, como cadete, en el Colegio General Militar. Durante su formación castrense fue bien imbuido en los más altos valores del honor, de la religión y de la patria, sin que faltara una buena dosis de “machismo” militar.
Su carrera militar fue verdaderamente fulgurante: los ascensos se sucedieron vertiginosamente, unos por antigüedad, otros por elección, y otros por méritos de guerra; al casarse en 1846 era ya Teniente Coronel, y llegó hasta el grado de Teniente General.

La madre de María Emilia, Doña María Emilia Zayas Fernández de Córdoba y de la Vega, había nacido también en Granada, el día 13 de julio de 1815; entre sus ascendientes figura D. Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán; por lo cual no es de extrañar, que en su familia abundasen los militares ilustres.

Un indicio de la esmerada educación que había recibido Doña María Emilia Zayas, muy en consonancia con la preparación habitual, que cualquier señorita de su clase recibía para el buen desempeño de los menesteres de su casa, y el mejor comportamiento entre las gentes de su alta clase social, es el que hablase correctamente el francés y tuviese un conocimiento suficiente para traducir el italiano.
El testimonio más sincero de la fe cristiana y de la acendrada piedad eucarística y mariana de D. Joaquín Riquelme, y que su esposa compartía sin duda, se halla en las cartas que él escribió a su hija María Emilia.

La calidad humana y espiritual de Doña María Emilia Zayas la resumió su hija en unos versículos del retrato de la mujer perfecta del libro de los Proverbios, grabada en la lápida sepulcral del panteón que, para sus padres y hermanos, erigió en la Iglesia de la Casa-Madre de Granada:
“No comió el pan de la ociosidad, abrió su mano al pobre, sus adornos fueron la fortaleza y el recato: por esto confió en ella el corazón de su esposo, sus hijos la proclamaron dichosa”.

Un matrimonio así, de tan profundo espíritu cristiano, no podía olvidarse del socorro a los pobres, que venían a mendigar a la puerta de su casa; y atendían también, con toda discreción, a quienes, por vergüenza, no se atrevían a mendigar, pero que estaban verdaderamente necesitados. Este espíritu caritativo fue una lección bien aprendida por su hija María Emilia, la cual, cuando quede dueña de la amplia fortuna de sus padres, la empleará, en buena medida, para socorrer a los pobres.
Someramente hemos señalado la “circunstancia” y el “escenario” en los que se desarrolló la andadura existencial de María Emilia Riquelme; que repercutieron, sin duda, en su formación personal, humana y cristiana; y también en el desempeño de la misión que la Divina Providencia le asignó en la Iglesia y en la sociedad.

María Emilia Riquelme no solamente fue testigo, sino causa y efecto, también, de los avatares del tiempo en que le tocó vivir. Ella no fue un testigo meramente pasivo, que veía los acontecimientos y los dejaba correr; todo lo contrario, ella fue protagonista directa de buena parte de esos acontecimientos: porque, en unas ocasiones, será víctima de ellos; y, en otras, quiso personalmente enderezarlos de otra manera. Ella siguió con preocupación, no sólo con curiosidad, el curso de los hechos históricos; los estudió, los analizó, y supo situarse en su contexto, buscando las causas próximas y remotas. No podía ser de otro modo, en una persona que se sintió llamada por Dios, a fundar una Congregación religiosa apostólica; que habría de intervenir, de una manera decidida, en la formación de niñas y jóvenes, a quienes tenía que capacitar, para que se enfrentaran, personalmente, a la realidad de la vida; comprometiéndose, también, en una acción evangelizadora directa del Pueblo de Dios. Ella oteó el horizonte próximo y lejano de su tiempo; ella fue una mujer de su tiempo; una mujer actual; y, precisamente, por ser actual, en su contexto histórico, supo adelantarse al futuro con un compromiso apostólico clarividente.

¿Quién fue esta mujer, tan presente y actual en su época?


I. APASIONADA Y APASIONANTE ANDADURA


1. “Te he llamado por tu nombre…”

Nuestra protagonista nace en Granada el 5 de agosto de 1847, en una casa señorial sita en la calle Nicuesa, número 5, morada de los abuelos maternos, los Zayas Fernández de Córdoba, bajo el pontificado de Pío IX y el reinado de Isabel II.

La vibración inicial, ante el nacimiento del primogénito, se cambió en gesto de contrariedad en el padre, que esperaba un hijo varón.
Sorprende bastante que Joaquín Riquelme no lograra, desde el primer momento, controlar su disgusto por el nacimiento de la niña. Ignoraba que su pequeña había de registrar en el corazón su tibia acogida y que diría muchos años más tarde:

“Gracias a Dios siempre he padecido; comencé a sufrir en la cuna; mi padre, que tan bueno era, llevó una decepción con mi nacimiento; él quería un niño y así no me recibió muy bien; mi pobre madre también sufrió…”

La recién nacida es bautizada, a los dos días, en la Parroquia del Sagrario donde se habían casado sus padres. Le impusieron los nombres de María Emilia, Joaquina, Rosario, Josefa, Nieves de la Santísima Trinidad. Había que complacer, en riguroso orden, a los padres y a las abuelas; que esto se usaba entre la gente de su rango. En realidad el título más alto de nobleza es el que nos recuerda la hermosa pintura que preside la pila bautismal: representa a Jesús bautizado por Juan en las aguas del Jordán: “Este es mi Hijo muy amado…” A esta criatura de dos días el Padre la llama “hija”, “muy amada hija”; Cristo la ha injertado en el torrente divino de su sangre para comunicarle la vida sobrenatural; el Espíritu Santo ha entrado en ella como huésped y ha tomado posesión de su ser. ¿Hay ascendiente que más blasones cuelgue en su apellido?

El grano de trigo ha de pudrirse bajo la tierra para que brote la espiga. La nueva dimensión cristiana potencia misteriosamente el sufrimiento para que, trenzado con la fe y el amor, nos sumerja en la pasión de Cristo y florezca en la pascua. Emilia Riquelme ha recibido la gracia de entenderlo.
“Nuestro Señor me hace conocer claramente es la vida para sufrir y ganar el cielo; quien crea otra cosa es un tonto soñador…” “La vida es un pequeñito Calvario para todos los nacidos; es preciso subirlo con gusto y así nacerán luego flores eternas y fragantes que recreen a Nuestro Señor”. “Sufrir y callar es el gran camino para la santidad…” “Lo mejor de este mundo es el padecer por Dios”.

La desazón de Riquelme no dura mucho; es como tormenta de verano que en seguida pasa. La misma Emilia nos lo contará: “…Como era tanta la bondad de mi padre y quería a mi madre con delirio, se fue contentando y queriéndome cada vez más”.

No podía ocurrir de otra manera; porque don Joaquín era un hombre bueno de verdad. Pecó de impaciente; había soñado con un hijo varón que perpetuara su apellido y se señalara en el servicio de la Patria. Y nació una niña. (El niño nació a los dos años; mas no se vieron colmados sus anhelos de padre ya que Joaquinillo murió a los 17 años, siendo alférez del batallón provincial de Sevilla). En muy distinto campo, desde luego, esta niña lucharía contra formidables enemigos, reclutaría seguidores, conquistaría pingües botines, mantendría enhiesta siempre la bandera que, por especial designio de Dios, le fuera confiada. En fin, no defraudaría las ilusiones de su padre, antes bien, siendo mujer y muy mujer, sin haberlo deseado ni habérselo propuesto, llegaría a ser la figura más relevante de los Riquelme.


2. ¡Centinela alerta!

La profesión militar de D. Joaquín hace que la familia tenga que tomar parte activa en los avatares de la vida nacional. En 1851 es destinado a la capitanía general de Navarra como jefe del estado mayor. La familia se instala en las viviendas que hay en el interior de la ciudadela para los militares de su clase.

No es difícil imaginar las sorpresas de los hijos de Riquelme al estrenar el riguroso ceremonial de este castillo encantado. Cada cuarto de hora, desde la puesta del sol al amanecer, de garita en garita, va rebotando la voz de alerta que reclama del centinela una actitud de vigilancia, estar de pie, sin fumar, comer o hablar, bien despierto, arma en mano, ojo avizor y el santo y seña a flor de labios.
Emilia Riquelme atribuye a la bondad de sus padres “haber sido piadosa desde que nació”; y cuenta, como dulce experiencia de esta temprana edad, la impresión que le causaba el grito de los vigías que, en los días húmedos, era más penetrante: “Centinela, alerta… alerta… alerta está”.
“Pensaba –refiere después de muchos años- cómo Dios Nuestro Señor nos pide a todos hacer lo mismo respecto de nuestros deberes para con Él y para guardarnos de los enemigos de la salvación de nuestra propia alma…”

También le causa profundo impacto una anécdota que ha oído contar a los mayores. En una de las revueltas callejeras se encontraba D. Joaquín con la tropa “en medio de una plaza”. Doña Emilia, sin arredrarse ante el peligro, se echa a la calle sola y corre hasta el centro para buscar a su marido. La niña saca la siguiente conclusión: “Si mamá ha tenido este arriesgado arranque porque tanto quiere a papá, ¿qué deberé yo hacer para con Dios Nuestro Señor a quien tanto amo?”
Maravillosa reflexión, en la que se revela un rasgo específico de su fisonomía espiritual, que concibe el amor como afecto ardiente y que ha de traducirse en servicio por la persona amada.
Aquel grito de Pamplona quedó como huella indeleble en su corazón, aguda llamada que, en las noches húmedas, oía desde la cama y que había de configurar, desde la infancia, su postura rectilínea, vigilante, frente a la vida; sobre todo, en su atención permanente, para acudir con presteza a complacer al Señor.

¿Cómo vive María Emilia su “centinela, alerta?”
Cuando apenas cuenta 7 años muere Doña Emilia; y, aunque no pudiera calibrar en toda su hondura la muerte de su madre, se percató, muy bien, de lo que la ausencia materna significaba en su vida.
D. Joaquín volcó, en sus hijos, todo su amor paterno, revestido, ahora también, de la dulzura del amor materno.

Desde los primeros años de su infancia, quisieron sus padres educar a María Emilia, en todo lo que una niña, y una futura mujer de su rango social, requería en aquellos tiempos; los traslados del padre y la muerte de la madre no habían hecho posible iniciar seriamente su educación.
Instalado D. Joaquín en Sevilla comienza María Emilia su educación en el internado dirigido por Doña Luisa Padilla a quien le confiaban, las familias más aristocráticas de Sevilla, la educación de sus hijas. Después, durante un año, continuará su educación en el internado de las “Niñas Nobles” de Leganés en Madrid.

Cuando, a los 15 años, María Emilia abandona el internado es excelente pianista y muy diestra en labores artísticas, en encajes, bordados en seda y oro, calados y otras filigranas. Sabe hacer también primorosas costuras y zurcidos; habla el francés a la perfección; es mediocre pintora porque no ha practicado mucho este arte, pero revela una delicada sensibilidad. Muy buena tiradora al blanco y experta amazona.

Acompañando a su padre María Emilia tuvo que participar en las reuniones cortesanas de Isabel II, alternar con la nobleza de su tiempo, ser centro de reuniones y tertulias. Es la joven encantadora a quien dirige su reclamo la sociedad divertida y liberal. Todos los días, en la Coruña, oye la traca de “alertas” que recorre los puestos de guardia como en la ciudadela de Pamplona.
Y siempre, a flor de piel su llamada de atención: “¡Alerta… con los aplausos y con los honores!; aunque sean ilusorios, dañan”.

Y siempre, en cada aquí y ahora, “alerta” su corazón.
“Alerta”, cuando a los 15 años se desempeña como ama de casa, continua sus estudios, cuida “con todo esmero y cariño “ de su hermano enfermo, siendo para él su “Ángel”, poniendo en su corazón semillas de eternidad y preparándolo para el encuentro con Dios:

“ La vida, la navegación es corta; el tiempo es breve”. “Todo pasa pronto y ¡es tan larga y hermosa una feliz eternidad!”. “No busquemos nada fuera de Dios y de María, lo demás es engaño de un día que enseguida cae. Sólo queda lo que en Dios se afirma”; participa en las reuniones cortesanas de las que, Joaquinillo la sacará de apuros indicándole la manera adecuada de componerse para cada recepción o velada; además, reúne cada día en su domicilio a unos cuantos niños pobres, los asiste caritativamente, los instruye en el catecismo y los prepara para los sacramentos; pronto unos críos van trayendo a otros y aquello se convierte en una escuela de niños harapientos de los que callejean todo el día; en más de una ocasión tuvo que vencerse, ante el rechazo instintivo que experimentaba frente a la suciedad y la miseria de los pobres.

“Alerta”, cuando llega la hora de estrenar un espléndido traje que realza sobremanera sus encantos. Pero no entra en sus cálculos agradar ni eclipsar a nadie; mas bien, prefiere reírse del mundo antes de que el mundo la esclavice con sus liviandades. La cosa es fácil: se coloca un cinturón discordante que rompe aquel conjunto de elegancia. El público femenino no deja de ponderar la calidad, la confección, el color. Pero ese cinturón… ¡Qué lástima! Ella sonríe y se hace la tonta; está aprendiendo a tomar la delantera.

“Hay que tener en nada lo que no es más que nada”. “Hay que dejar lo que no es para poseer lo que es”.
“Alerta”, cuando, en las fiestas que se celebraban en el palacio de los duques de Villahermosa, en Madrid, la duquesa que comprende a María Emilia, se da maña para conducirla a una habitación apartada del ruido donde la joven pueda entregarse a la oración, a confeccionar prendas para los pobres, o simplemente a descansar. Se encuentra más a gusto lejos del vértigo de la fiesta porque, según dice, “podría así prepararse mejor para la comunión del día siguiente”.
¿Cómo es posible abandonarse al goce de la fastuosa velada mientras niños famélicos vagan por las calles? Y, a su padre, que quiere que vista a la nueva moda y se enjoye como sus amigas, le suplica:
“Vestidos tengo muchos que transformándolos quedan nuevos; todo lo que me das, que sea para los pobres… sí, los pobres son imagen de Jesús, los pobres son mis amigos”.
Los visita en hospitales, bohardillas y sotabancos; a unos socorre con medicinas o alimentos, a otros con ropas; en fin, cura las llagas del cuerpo y deja caer en los corazones palabras de consuelo y esperanza.

“Alerta”, cuando, lejos de desear los honores palaciegos, se preocupa de su aprovechamiento espiritual, como da fe de ello la breve nota del programa para el año 1881: Procurar la aceptación gozosa de las circunstancias gratas o adversas que Dios permita; avanzar con diligencia en la caridad hacia Dios y hacia los hermanos; sufrir en silencio los defectos del prójimo; examinarse particularmente del vencimiento propio.
Así van pasando los días, los meses y los años; alerta, en pie de marcha, contra corriente y hacia arriba; bien despierta su fe para vivir con intensidad el momento presente.
Hoy, en nuestra sociedad, donde vivimos constantemente bombardeados por infinidad de reclamos, ¿no es significativamente actual la actitud de “vigía” que María Emilia nos propone, para hacer frente a los retos y desafíos en nuestra misión cristiana?


3. Para Ella, alma, vida y corazón

La infancia feliz de Emilita se ve ensombrecida por el prematuro fallecimiento de su madre. Ella, tan tierna, tan sensible, tan sumamente cariñosa, a falta de las añoradas caricias maternales, se abandona, confiada y segura, en el regazo, caliente y acogedor, de la mejor de las madres, la Virgen María.

“¡Oh qué madre es la Santísima Virgen y cómo cuida y ampara a sus hijos! ¡Qué dulce es sufrir con María!”.
En esta etapa infantil nace la conciencia explícita que María Emilia tuvo de la maternidad espiritual de la Virgen María; que queda sellada con la experiencia bellísima que tiene a los 7 años, a la cual sucederán otras más en el correr del tiempo. No sabe cómo explicarlo, pero dice que vio a la Santísima Virgen con el Niño Jesús en los brazos; la Señora la llenó de dicha con sus caricias y le prometió atenderle en todas sus necesidades. Emilita, a su vez, hizo promesa de fidelidad a Jesús y a Maria.

Para María Emilia fue clave en su vida, la actitud de fe de MARÍA, el aceptar que Dios la sorprendiera proponiendo sus caminos, y ella se arriesgase a caminarlos en Su nombre, para llegar a comprenderlos más y más, como María el suyo.
María es la estrella que guía su caminar. De la mano de María avanzará, intrépida y decidida, hasta exhalar el último suspiro.
“Todo lo he hecho para gloria de Dios pero por manos de María. Todo lo de la Congregación ha sido por medio de María”.

Y María presentará a Jesús su vida en flor, cuando María Emilia, adolescente, se consagra con el voto de castidad.
“¡Qué encantadora es la pureza de María Inmaculada! Imita en lo posible a tan celestial Madre”.
Y María será su refugio y confidente, en las soledades y sufrimientos de internado, mientras sus compañeras gozaban de la presencia, cariño y regalos de sus familiares.
“No tenía otro consuelo que irme al oratorio a los pies de la Santísima Virgen”.
“Consuélate en tus penas con tu dulcísima Madre Inmaculada. Ella te ama mucho”. “En día claro y en día nublado vive bajo el manto de María; no apartes tu corazón y tu mirada de tan celestial Madre”.

La familia Riquelme venera una imagen de la Inmaculada ante la cual rezaron todos sus miembros. Es el corazón y la alegría de la casa. María Emilia le cambia los manteles, le pone rosas frescas, y le hace sus confidencias. Y el general -¡nadie lo diría!- tan metido en el tráfago social, encuentra su mayor consuelo en rezar el rosario con su hija a los pies de Nuestra Señora.
Y María será la Protagonista, la Maestra, la Superiora, la Protectora de la Congregación que María Emilia fundó, respondiendo al don del Espíritu, para bien de la Iglesia. La Obra de María, “Ella sola es la fundadora de esta familia”, es el nombre casero que dará a su naciente familia religiosa. Y es tal la confianza con que vive su relación con María, que se atreverá a decirse y sentirse, “su indignísima Vicaria”.
Su partitura de amor fiel a la Señora irá in crescendo, a lo largo de su vida, pudiendo exclamar como sonoro y majestuoso acorde final: “Nunca le he negado nada a la Santísima Virgen; para Ella alma, vida y corazón”.


4. Agraciada y graciosa

No es fácil apresar, en unas cuantas líneas, el abanico multicolor de rasgos humanos y espirituales que conforman la rica personalidad de María Emilia Riquelme.
Agraciada con preciosos dones de naturaleza y gracia, supo poner al servicio, ser graciosa, dadivosa, con gratuidad desbordante, en su quehacer existencial.
Personalidad de pronunciados contrastes y matices que la hacen ser sorprendente y cautivadora: reciedumbre y dulzura, sociabilidad y recogimiento, inquietud y serenidad, distinción y sencillez, esplendidez y pobreza; es impulsiva y tiene que dominar cuidadosamente sus instintos primarios: “…qué bueno es no precipitarse para nada y guardar los arrebatos y dar salida a las palabras cuando está una tranquila”. “Oía yo en el mundo… que era muy discreto llevar siempre una piedrecilla en la boca; yo no entendía eso, ahora sí; mirad, con una piedra no se puede hablar, ésta es la prudencia, callar y ser humilde de verdad”.

Profundamente marcado es su sentido del valor que irradiaba a su alrededor; y que procedía, no sólo de su temperamento y de su educación en un ambiente militar, sino, sobre todo, de su confianza en Dios: “Valor, firmeza. Dios está con nosotras”; así animaba a las suyas en las tribulaciones.
Era sincera en extremo y amaba la sinceridad en los demás: “Me gustan las cosas claras”. “Sed todas sencillas y claras, esto le gusta mucho a Nuestro Señor”.
Su laboriosidad quedaba patente en la sucesión ininterrumpida de ocupaciones: “Sin tiempo para nada”. “Esto es volar, no tengo tiempo ni para lo preciso”.

Gran amante de la naturaleza; la belleza que contemplaba y la música que le deleitaba la conducían al Creador: “No sabré deciros lo que es la huerta con los ruiseñores, la luna iluminando las palmeras, que se dibujan en el cielo azul”.

Es inagotable su vena humorística, que asoma aún cuando la cosa no tenga ningún chiste: aludiendo a su gordura y a su edad, escribe: “Dispuesta me tiene Nuestro Señor a bailar en la cuerda floja. ¡Tendría yo que ver a un botijo con 70 años, bailando!”.
Ordenada, cuidadosa, fina y elegante, todo lo ejecuta con esmero: la decoración de sus capillas y el primor y pulcritud en las tareas domésticas.

Hija de Riquelme, a él se parece en rectitud, equidad y pundonor: “Arreglar en justicia y caridad las cuentas con el jardinero”. “Me gusta absoluta igualdad en iguales circunstancias”.
Su salud fue siempre precaria; altas fiebres, inapetencia, trastornos del aparato digestivo, reúma, afecciones cardíacas; los grandes padecimientos morales repercuten en su débil organismo. Parca en comer y dormir; madrugadora por más que, con frecuencia, tiene que trasnochar para atender asuntos urgentes.

Sus fotografías reflejan una profunda vida interior, pero no alcanzan a expresar todo el brillo de sus ojos vivísimos y penetrantes, perennemente jóvenes, que sondean sin trabajo el fondo de los corazones.

Otros rasgos que podríamos citar: aborrecimiento de protocolos y etiquetas sociales, amor a la pobreza, hechizo por lo que no se muda ni se acaba, sentido profundo de la brevedad de la vida y de los grandes premios prometidos a pequeños trabajos, de “lo mucho que se gana en padecer por Él”.
Es una mujer sin trastienda, sin conflictos interiores, con transparencia de cristal; quizás se nos escapa de puro sencilla. No es escritora; sólo vive, sin baches ni lagunas, una vida teologal profunda, en perfecta armonía entre su experiencia divina y humana; lo humano y lo divino conviven en ella en total integración; no tiene que cambiar de registro para pasar de una broma a hablar de economía, o de humildad, o de lo grande que es Dios. Toda entera polarizada por Él. Ella misma se autodefine cuando recomienda: “Dios en el corazón y sencillez por fuera”


II. TENSANDO EN EL AMOR LA LARGA ESPERA


1. Entonces pasé yo junto a ti y te vi

“… Era tu tiempo, el tiempo de los amores. Extendí sobre ti el borde de mi manto y cubrí tu desnudez; me comprometí con juramento, hice alianza contigo –oráculo del Señor Yahvé-, y tú fuiste mía”. (Ez 19, 8)

María Emilia tiene 12 años y su corazón meridional inicia el despertar a una plenitud de vida y a la nueva realidad del amor. Sueños, grandes ideales, necesidad imperiosa de entrega, comienzan a desplegarse como las hojas de un capullo que se abre. Había sido regada con la tribulación y cuando el dolor tiene dirección y sentido acelera el proceso de maduración.

En este momento, la figura avasalladora de Cristo, se perfila en su horizonte. La colegiala se consagra al Señor con voto de castidad. Es maravillosa la ofrenda de algo que empieza a ser, las primeras espigas en ciernes, las primeras yemas aún sin reventar. No bien se barrunta algo bello, vivo y diferente, cogerlo con las dos manos y darlo a Dios en olor de suavidad, a ese Dios de quien todo bien procede. Ese voto es mutua donación y alianza. Dios, que toma la iniciativa, se vuelca sobre el corazón y lo seduce y arrastra. Y ella, María Emilia, limpia, abierta y generosa, se lanza a la aventura divina, sin condiciones ni regateos: “Aquí estoy, Señor, porque me has llamado”.
Ya no dará marcha atrás, antes bien, poco a poco, pero con paso firme, irá conquistando metas cada vez más altas.

¿Qué sorpresas nos esperan en el sendero zigzagueante de nuestra intrépida protagonista? ¿La seguimos?
Verdaderamente fue itinerante y zigzagueante su camino acompañando a su padre, en los diferentes lugares, a dónde era destinado por su profesión militar: Pamplona, Madrid, Tenerife, Sevilla, La Coruña, Lisboa…

Desde que se abrió a la luz de la razón, María Emilia mantuvo gran fidelidad al amor divino; amor que, al afianzarse y acrecentarse, se hace totalitario, exclusivo, y exige plenitud en la entrega de toda la persona; se ha persuadido de que el cauce privilegiado para realizar su donación es la vida religiosa y se siente animada a desembarazarse de cualquier atadura para lanzarse, “mar adentro”, por el mundo de las realidades trascendentes. Sin titubeos se dispone a abordar el tema con su padre:

“La fecha 2 de febrero de 1868 es memorable para mí; como me sentía apremiada por la gracia y el mundo cada vez se me hacía más aborrecible, decidí, después de encomendarlo mucho a mi Santísima Madre Inmaculada, declarar a mi padre mi vehemente deseo de entrar religiosa cuanto antes. ¡Dios mío, la que se armó! Mi padre puso el grito en el cielo; con una seriedad que imponía, llamó a su despacho a mi Director; vino a casa también algún buen prelado amigo; los criados estaban asustados; parecía que había ocurrido una gran catástrofe; resultado de todo, que, como papá se puso malísimo, me mandaron ofrecer mi sacrificio a Dios, esperando su hora…”

Es duro para la joven sentirse obligada por fuerzas contrapuestas. No insiste, pero tampoco desiste. Seguirá esperando con paciencia el momento oportuno. “Mucho me costó y sufrí; pero me resigné y seguí mi vida normal, animando y consolando a mi padre, como si nada hubiese pasado…”

La hija del general, con 21 años y una vida espléndida palpitándole por las venas, se siente desterrada en Madrid, al igual que su padre lo está en Lisboa. Vive con unos familiares. Y precisamente en esta coyuntura viene a rondarle el amor. Está loco por ella su primo Eduardo Díaz del Moral y Riquelme, apuesto diplomático, pocos años mayor que ella, bueno, religioso, inteligente, de estupenda posición social. María Emilia disuade a su primo con elegancia. Ya sabemos la respuesta. Había tenido que sacrificar su vocación religiosa, el anhelo de toda su vida, por atender a su padre, pero no está dispuesta a renunciar, por nada ni por nadie, al amor esponsal que prometió a su Cristo amado.

A María Emilia le nacen alas en los pies cuando D. Joaquín la llama a Lisboa; es natural que arda en deseos de reunirse con su padre; y, también, que apetezca poner tierra por medio a las reiteradas proposiciones de Eduardo y de otros pretendientes, que se cruzaron en su camino.
Vive fascinada de lo eterno. “Los amores de este mundo -son humo-, por nada se evaporan. Sólo Dios, sólo su amor”. “Sólo Dios es…” “Él sí llena el alma, lo demás polvo, basura, nada”.
No le importa manifestar que vive entregada a Dios; si los seguidores del mundo no tienen a menos pregonar que lo son, ¿habrá de tener Cristo seguidores menos valientes?

Es innegable que la joven vive en su ambiente como pez fuera del agua; pero en tanto llega la hora de Dios, procura llenar su espera de obras buenas hechas en silencio. Su centro y su fuerza es el Santísimo Sacramento, Cristo vivo que acampó entre nosotros y aún habita en la pequeña tienda de sus tabernáculos. Le bulle en la mente, con persistencia, el recuerdo del culto perpetuo que la catedral de Lugo le tributa. ¿Qué mucho devolver compañía por compañía, presencia por presencia? Sería maravilloso estar adorando sin cesar a la Eucaristía; ¿desde cuándo aletea en su alma este ideal? Si ella pudiera, fundaría una institución dedicada perennemente a la adoración del divino Sacramento; está rumiándolo desde los diez y ocho años como algo arrebatador, pero irrealizable.
Hace lo que está en su mano, sin paralizarse en lo que podría ser una quimera. Todos los días va con su padre a la iglesia donde está el Señor expuesto en las “Cuarenta Horas”. De rodillas, ante la custodia de S.D.M. María Emilia es feliz.

“La Eucaristía es el paraíso de la tierra, mi recreo y descanso espiritual”
Y, año tras año, en la fiesta del Corpus sevillano, tiembla de emoción al presenciar el desfile procesional, desde el balcón engalanado, arrojando flores al paso de la custodia, con el rostro encendido y los ojos húmedos, “con el alma toda” –como ella decía- que es como valen las cosas pequeñas que ofrecemos al Señor.

Por este tiempo María Emilia toma como director espiritual a D. Marcelo Spínola, párroco de la iglesia de S. Lorenzo, que le aconseja se asocie a las conferencias de san Vicente de Paúl, obra que, a la sazón, canaliza los fervores de las damas caritativas de la ciudad. Así lo hace María Emilia; y, como miembro activo, pronto se pone en contacto con los estratos más bajos de la sociedad, donde tiene que intervenir en casos agudos de degradación moral, con no poco asombro y dolor por su parte. También forma parte, como profesora de labores, en el colegio fundado por D. Marcelo para niñas pobres. María Emilia trabaja con amor en la educación de las hijas del pueblo; para ella supone un ensayo que dejará huella en su corazón.

El tiempo no pasaba en vano; la salud del general se resentía cada vez más; en uno de sus habituales paseos en coche tuvieron un accidente; María Emilia salió ilesa, pero su padre quedó bastante maltrecho, con varios cortes en la cara; su estado se agravó por una fuerte hemorragia; en los tres meses que sobrevivió, María Emilia estuvo pendiente, día y noche, del enfermo, hasta que murió en febrero de 1885.

Muerto su padre y repuesta de su salud, María Emilia se retiró por completo de las reuniones de sociedad; empezó a distribuir, a manos llenas, buena parte de la cuantiosa fortuna que había heredado de su padre; también comienzan a despejarse los caminos de Dios; mas, antes de su clarificación definitiva, tendrá que descorrer el velo de muchas dudas y pasar por muchas tribulaciones.

D. Marcelo impulsa una Congregación de cuya primera comunidad forma parte María Emilia por expresa voluntad de confesor; al cabo de un año y medio, no exento de dificultades y vicisitudes, tiene que salir por deterioro considerable de su salud.

Al regresar a Sevilla, María Emilia reinició el mismo estilo de vida que había conducido después de la muerte de su padre: la oración, la visita al Santísimo Sacramento y la atención a los necesitados polarizaban la mayor parte de su jornada.

El fracaso de su primera experiencia religiosa, no condujo a María Emilia a pensar, que Dios no la llamaba a una vida de entera consagración a su servicio y al servicio de los pobres en el estado religioso. Era necesario continuar la búsqueda del camino concreto, en la realización de la misma.
Ha conocido y ayudado con sustanciosas sumas a Sor Ángela, fundadora de las Hermanas de la Cruz; admira su pobreza y fervor; quiere ingresar en su convento:
“…Frecuenté mucho y diariamente su convento; todos los días me veía honrada por su maternal trato y acogida que me enamoraba. Quería ser yo su hija; pero me decía: “Piénsalo; yo te quiero, pero no es eso lo que Dios quiere de ti” Yo insistí más, y hasta me consintió estar en los recreos; pero cuando se formalizó, me puse tan mala, que me dijo: ”¿Ves? Yo ya lo sabía. No es esto para ti”
En esto vi la luz tan grande que tenía de Dios…”

Intenta nuevamente por otro camino:
“Tenía algún trato con la Reverenda Madre Superiora de la Reparadoras, persona muy culta y de mucha vida interior; como mi afán por ser religiosa era grandísimo, y lo demostraba confidencialmente, me animaba mucho a realizarlo; pero como me sucedía que, cuando iba decidida a formalizar mi ingreso, notaba una gran repulsión y me sentía malísima de salud, se lo comuniqué, con no poca turbación, y la virtuosa Madre me contestó que entonces, examinase y viese bien si Dios quería de mí otra cosa…”

María Emilia sufría por no ver realizado su sueño de estar, permanentemente, en la casa del Señor; pero el Señor, que la quería toda para sí, quiso anticiparle un extraordinario consuelo: vino a su casa para quedarse con ella. En diferentes lugares había tenido una habitación destinada a capilla; también aquí, en Sevilla, tenía su Oratorio en el que veneraba una imagen de la Inmaculada Concepción; pero le faltaba lo principal, la presencia del Señor Sacramentado. Y así, en un arranque de audacia, solicita este permiso de la autoridad competente, y busca un buen padrino que abogue por su causa. El inmenso favor le fue concedido. Ya no va tanto a las Hermanas de la Cruz; ya no va tanto a las Reparadoras. Ahora, en la compañía tan cercana y permanente de Jesús Sacramentado, espera le sea concedida la luz y la fuerza que necesita, para secundar los planes divinos. Enteramente abandonada a su voluntad repite con insistencia:

“Dios mío, aquí estoy, tomad mis manos, atadlas y llevadme donde queráis, mas venid Vos conmigo”.


III. AL FIN, SELLADA POR LA EUCARISTÍA


1. ¡Levántate, amada mía, hermosa mía, y vente!


Han pasado muchos años; han pasado muchas cosas, desde que, siendo niña, María Emilia salió de Granada hasta que regresa, siendo ya mujer adulta; lleva en su morral el haz de apretadas y jugosas experiencias: dolorosas unas, gozosas otras, pero todas enriquecedoras, que han jalonado su camino existencial. Salió de su ciudad natal llevando la semilla que el Señor había depositado en su corazón; tuvo que sufrir en la noche oscura de la búsqueda del camino concreto, por el que la llamaba el Señor, para realizar sus profundas aspiraciones de vida consagrada; pero, solamente empezó a vislumbrar las primeras luces del alba, y a cantar gozosamente las alabanzas del Señor, cuando tomó la decisión de volver a Granada.

Todo empezó del modo más sencillo; repasando sus propiedades con su apoderado, María Emilia fijó sus ojos en la “Huerta de San Jerónimo”. ¡Qué grande es la Huerta de San Jerónimo! Allí todo cabe. Está aislada del poblado y, a un tiempo, próxima al mismo. Le asaltaban pensamientos de edificar, en medio de ella, una hermosa Capilla, digna de Nuestro Señor Sacramentado. Con unas habitaciones para ella, para su doncella y poco más, se conformaba. ¡Hermosa soledad! ¡Naturaleza pura! ¡Qué marco para vivir enteramente dedicada a adorar al Señor y a hacer el bien!… Rechaza la idea por antojársele una de esas fantasías que combina la imaginación; pero la idea vuelve a su mente con mayor insistencia, y con más argumentos para merecer acogida. Su recurso, en estas perplejidades, es ir al Sagrario y orar para discernir cuál será la voluntad de Dios.

Ora y explica con sencillez, a quien puede ayudarle, lo que pasa por su alma: cuando se había casi resignado a hacer su vida normal se siente acosada por nuevas posibilidades de más profunda entrega… ¿Qué hacer? ¿Era una ilusión que debía ahuyentar? ¿Le inspiraría Dios aquellos deseos?
Y, ¿por qué no? Sopesan lo que se expone a perder y lo que se expone a ganar. ¿Acaso no estarían bien empleados todos los tesoros y trabajos del mundo por ganar una palpitación de amor divino? Dios es todo y hay que arriesgarlo todo por Él. El inmovilismo, la indecisión, el temor al fracaso, he ahí la única derrota. Coraje, pues, y adelante.

María Emilia emprende viaje a Granada con su doncella y el arquitecto que hará el estudio y proyecto.
“En el año del Señor de 1892, para mayor honra y gloria de Dios y de su Inmaculada Madre y a fin de demostrar el amor y gratitud hacia la Santísima Virgen en el misterio de su Concepción Inmaculada, levanta esta casa y le dedica este templo una humilde sierva suya.
¡Madre mía Inmaculada! Recibe y conserva esta casa y templo para que, después de mi muerte, resuenen en ellos tus alabanzas…”

Durante los primeros meses las obras caminaron a buen ritmo; pero, a medida que las paredes subían hacia el cielo, también empezaron a subir de tono los comentarios malévolos de la gente; incluso algunas personas amigas y allegadas ofrecen, gratuitamente, toda suerte de opiniones desfavorables.

Algo incomprensible. Para una dama que siempre ha sido objeto de respeto y admiración supone, algo así, como su bautismo de humillaciones. Sabía lo que da de sí el mundo, pero ahora está experimentando en su piel su despiadada ligereza. No obstante, nada detiene sus pasos; en plena efervescencia de las habladurías se dispone a hacer ejercicios espirituales. Le importa más lo que diga el Creador que todo lo que puedan decir las criaturas.

Y Dios se deja oír sin ruido de palabras, si se abre el alma con ganas de escuchar. Dios habla al corazón de María Emilia. Se renueva la llamada a la entrega total que sintió en su juventud. También se le presenta el bloque de sus repugnancias. ¿Para qué complicarse la vida con nuevas “extravagancias”? ¿Para qué dar que hablar? ¡Tan lindamente como podría hacer casi lo mismo desde la tranquilidad de su casa! ¿Es que la vida que lleva no es santa y buena? ¡Naturalmente! Ahí está lo bueno como el mayor enemigo de lo mejor; la fe nos conduce a lo más comprometido; la naturaleza a lo más cómodo; ¿naufragará el ideal de la señorita Riquelme en este dilema?

El tiempo no pasa en vano; se van despejando las dudas, sigue la construcción de la casa; no faltan los contratiempos; a marchas forzadas tiene que preparar un rincón para trasladarse a vivir porque la echan del piso alquilado; ella misma tiene que ponerse al frente de las obras porque se ha ido el maestro que las dirigía; y lo hace con tal acierto que los operarios se quedan admirados. Dios viene en su ayuda cuando todo se le pone al revés.

La casa es muy hermosa, amplia y espléndida. En medio del edificio, engastada, como una joya, la Iglesia, la morada del Señor Sacramentado. Todo estaba ya dispuesto para la Fundación de las MISIONERAS DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO Y MARÍA INMACULADA. El camino estaba a punto de despejarse definitivamente.

María Emilia, mujer prudente, abre su corazón al arzobispo de Granada, que la conoce desde niña. El arzobispo ve claro. La espléndida efusión de la gracia no se le ha dado solamente para provecho particular, sino también para incremento del pueblo de Dios. Es preciso secundar la llamada. De antemano bendice a la nueva familia religiosa cuyo nacimiento se está gestando en el corazón de esta mujer admirable. Ella, al calor de la oración, irá esbozando el programa que deberán abrazar las jóvenes que sientan la llamada y quieran ser pioneras de la gran escalada.

Llaman a la puerta las primeras compañeras. Cierto aire deportivo y una vida por delante para quemarla por Cristo. Se aprueban temporalmente las constituciones que rigen la vida comunitaria. Todo está dispuesto para la inauguración, pero les imponen un compás de espera que durará un año.
Después de orar y cumplir con entusiasmo las constituciones, María Emilia insiste en su petición; presenta un número de los “Anales de la Propagación de la Fe”, que reclama la colaboración de las misioneras en la acción evangelizadora de la Iglesia por tierras de infieles. Más que una alusión parece una llamada directa. El arzobispo da luz verde.

Por fin, el 25 de marzo de 1896 tiene lugar la espléndida fiesta con el realce que se acostumbra a dar a estas solemnidades. ¡Qué día tan memorable!

Llega la noche con su profunda quietud y María Emilia se postra ante el altar con la comunidad; con mano trémula abre la puerta del sagrario y queda expuesta la custodia colocada tras una segunda puerta de vidrio. Ha comenzado la adoración perpetua que no cesa ni en epidemias, ni en revoluciones, ni en los días de mayor cansancio. Mujeres vigilantes, bien despierta la fe, con el arma de la adoración en la atalaya de un reclinatorio. Alerta siempre. Alaban, agradecen, suplican por ellas mismas y por todos los que trabajan, duermen, gozan o pecan.

Ya están en marcha merced a la generosidad de Emilia Riquelme, que ha podido decir con humildad:
“Pude seguir el impulso divino que me apremiaba despreciando el mundo, el humano respeto y perdiendo mi pobre nada en Dios que fue siempre mi Todo”.


2. Fascinada por la Eucaristía

Para conocer a fondo a una persona no basta con admirar sus obras, ni basta conocer el “cómo” de su estilo personal realizándolas. Es necesario conocer Qué le mueve a realizarlas. A María Emilia Riquelme se la conoce de verdad cuando se conoce su central interior (el núcleo de los motivos que interesan su voluntad), su sentido de la vida, su por qué, su razón, su tesoro, fuente de sus convicciones afectivas, no teóricas. Por ellas, libremente, y al precio que, en cada momento le fue requerido, tomó, y mantuvo, la decisión más importante de su vida: la de arriesgarla por entero, de una vez, sin reservarse, sin poner condiciones y sin guardarse salidas de emergencia, por hacer presente a Dios en su mundo.
Su CENTRO es lo primero que se ve en María Emilia. Lo recibe desde su nacimiento en un clima de piedad honda. Va haciéndose luego consciente y manifestándose como tal centro en abundantes experiencias, -no programadas-, de despojo de criaturas, aún las naturalmente más necesarias. A través de una cadena de situaciones de desarraigo interior de otras criaturas, se afianza su conciencia profunda del “Único Necesario”. “Hijas, sólo Dios, y todo lo demás sólo por Dios”. “Es lo único que absorbe mi vida, servir a Dios y agradarle y, como causa principalísima, cuidar a mis hijas”. Lo percibe con creciente luz como el Dios que “Tanto amó al mundo, que no dudó en entregarle a su Hijo único… para que todo el que crea en Él no perezca…”; se experimenta especialmente atraída por ese amor levantado sobre lo alto, absorbida por el extremo vigoroso de ese amor: la PASCUA; y por la PRESENCIA permanente de ese amor: la EUCARISTÍA.
“Jesús Sacramentado es el centro de la Misionera”.

La PASCUA es su centro personal. Toda su vida resulta fuertemente marcada por ese amor, que sigue siendo el Centro divino de la historia humana. Nada extraño que termine polarizada por la traducción sacramental viva del mismo, la EUCARISTÍA, y que este sacramento de amor que no se reserva, que no discrimina destinatarios(por vosotros y por todos) y que busca precisamente a cuantos el egoísmo humano ha discriminado, sea para ella el centro de ese Centro.

María Emilia toma en la EUCARISTÍA, a la que accede como bautizada, progresiva conciencia de su BAUTISMO, como lo que es, no un rito, sino, de parte de Dios, la llamada más temprana a compartir la vida de su Hijo Jesucristo y, de su parte, la respuesta primera de su voluntario compromiso de vivir como vivió Jesucristo. Eso es nuestra fe:
“Nuestro Señor nos ha elegido por su infinita misericordia; al dársenos a sí mismo y al hacernos suyas, nos ha sellado con el sello de la vocación eucarística, y este sello lleva consigo la dulce misión de amar a Jesús con delirio, hasta el martirio, la de darle a conocer a las almas y hacer que le amen, en una palabra, la santidad más consumada”

“La Eucaristía, corazón de nuestra vida…, síntesis de todas las realidades sobrenaturales…, eje de nuestra comunidad…” Const. /90, 3.1

El encuentro con la Persona del Hijo, “nuestra Pascua y nuestra paz definitiva”, da un vuelco irreversible a su vida. Un centro personal así, consciente y apasionadamente asumido es, por esencia, transformador. Recoloca toda la persona y su mundo en torno a él: afectividad, ideas, sueños, intereses, cuerpo, deseos, medios, obras, el mundo (“los otros”)… La persona entera de María Emilia comenzó a ser transformada, reabsorbida por la conciencia, que va tomando, del proceso pascual que fue toda la vida de Jesús. Y vive la EUCARISTÍA como llamada a esa transformación; y como fuente y alimento permanente de la misma.

“En la sagrada Comunión es donde mejor conoce el alma a Jesús; bebe allí, por decirlo así, la dicha inmensa de la transformación eucarística; ya no respira el alma más que en Jesús, por Jesús, para Jesús; allí siente su amor y crece en su amor y lo ama cada vez más y más, y en su amor se abrasa, consume y quema con ese fuego divino que vino a traer a la tierra y del cual Él mismo dice: ¡y qué quiero, sino que arda!”

María Emilia ha sentido a Dios presente en nuestra historia en formas tan exclusivamente divinas como la PASCUA-EUCARISTÍA; por eso le duelen el alejamiento y las ausencias de los hombres con respecto a Dios, nacidas de inconsciencia y de ignorancia. Para María Emilia es, la PASCUA-EUCARISTÍA –pasión de Dios por el ser humano-, llamada permanente, con la que alimenta toda su máxima capacidad de pasión por Dios:
“Yo, vuestra ruin esclava, juro por Vos, mi Dios y mi Señor, que os amo con todo mi corazón, que os prefiero y os preferiré sin comparación a cualquier otro amor, por puro, grande y santo que sea, que prefiero perder mi vida mil veces, antes que perder un átomo de vuestro amor a mí, de mí a Vos, mi Dios y mi Señor, que sólo deseo amaros más, muy más…”

Con esa misma pasión desborda de pasión a cuantos sirve, y refiere a Dios cuanto toca y emprende; porque entiende que nada es suyo, sino todo de ese Dios apasionado y puesto a disposición del ser humano, objeto de su pasión. Esta pasión, vivida y correspondida por María Emilia, enciende en ella la necesidad de ser presencia de ese Dios para todos.


3. Siendo nada, soy todo

Emilia Riquelme ama a Dios de forma tal que este amor constituye la razón de ser de su vida. Lo contempla según la imagen paterna que la figura del general Riquelme había dejado impresa en su corazón y que, sin duda, el Espíritu vivificó con su soplo divino. Emilia ama a Dios como al Padre a un tiempo majestuoso y amable, inmenso y cercano, adorable e íntimo; con arrebatos de ternura filial y con sobrecogimiento tembloroso de adoración. Como a Creador y Señor, como a Rey, como a Dios; muchas veces lo llama regaladamente, esposo y amigo. Lo ama con amor existencial que arrastra a toda la persona con su inteligencia, con su voluntad y con toda su capacidad de entrega y servicio; lo ama con ese amor prevalente y avasallador de quien no respira sino por amor; de quien puede decir con el Apóstol “mi vivir es Cristo”.

“En el amor de Dios está toda la plenitud de la perfección, la fuerza contra los peligros, el descanso en los trabajos, un consuelo incomparable… remedio universal. El amor de Dios todo lo llena” “En el cielo y en la tierra lo que vale es el amor”.

El amor agudiza la visión para conocer; el conocimiento amplía las sendas por donde se dilata el amor y por esta vía se trenzan y se acrecientan todas las virtudes.

Porque ama, es antagónica a la disimulación y a la mentira. Huelga que diga “jamás engañé a nadie a sabiendas”, pues esta condición sobrenada en todas sus manifestaciones. Es verdadera hasta la médula de los huesos, espontánea, sin artificio y, por añadidura, tiene la gracia de poner una nota de humor hasta en lo más gris del camino:

“¡Morir por la verdad y ser tenida por tramposa! Bueno, hijas, esto me alegra esto es también ser un poquito de Dios”. “Amo la verdad hasta morir”.

Su adhesión a la verdad se refleja en la constante búsqueda de “lo que es”, de lo que tiene consistencia; en el desprecio de los juicios mudables y en la aversión a las apariencias, mentiras con las que se enmascaran realidades menos halagüeñas.

“¡Qué mundo! Hoy todo aplausos y elogios sin razón, mañana calumnias, quizás, y menosprecios”
Porque ama, considera la humildad como una actitud fundamental de pobreza, de reconocimiento sereno de nuestra nada, de nuestra incapacidad radical para todo bien:

“Él es mi Todo y yo su nada”. “Mi Dios y mi Todo… En Dios todo lo encuentro, sin Él nada quiero, Él me satisface plenamente… Pero, Señor, que me conozca y te conozca, que sólo suspire por mi humillación y tu gloria. Madre mía, Tú sólo puedes alcanzarme esta gracia”
Humildad es asimilación del Verbo hecho hombre en las entrañas de María, infante en Belén, ignorado en Nazaret, anonadado en la Eucaristía: aceptación del plan redentor que se realiza por la obediencia de Jesús y que culmina en la cruz; es desear que Él crezca y yo mengüe; que crezcan los demás aunque yo no crezca; es gozarse en la propia impotencia para que en ella triunfe la fortaleza de Cristo; es saber perder en aras de la concordia, acomodarse a los pequeños; es “hacerse como niños”:

“¡Cómo enamoran los niños al Niño de Belén!” “¡Belén! sí, allí no se habla más que el idioma del amor de Dios y de la humildad”.

Porque ama, afirma ser pobre “por voto y por efectivo”. No añora la abundancia y confort de otro tiempo. La que escribía, en perfumado, papel con su anagrama y filetes dorados, ha tenido que valerse de un clavo, con mala tinta y peor papel, careciendo, alguna vez, hasta del sello para franquear la carta. Usa incómodos tranvías y cuando se encuentra tirada por los suelos, esterando la casa, con el martillo y las tachuelas en la mano, dice que está “más contenta que de millones, ¡qué alegría esperando el pan que cada día nos da Nuestro Señor!”.

Por sí misma repasa las mangas de su hábito, ¿qué mucho si “la Reina del Cielo lavaba, guisaba, barría…” Una piadosa dama la mira con cierta compasión; ella acaricia sus zurcidos diciendo: “Éstas son mis joyas, éstas son mis joyas”.

Porque ama, ve como microscópico todo lo transitorio; sólo estima aquello que puede acercar al objeto divino del amor. Por eso fue tan aficionada al recogimiento en el que se producen los misteriosos contactos del hombre con Dios; y recomienda con instancia esa actitud permanente de atención a lo interior:

“El silencio es la respiración del alma”. “Sin recogimiento es imposible vivir nuestra vocación”. “Jesús quiere mucho silencio para hablarnos al corazón”

Porque ama, pone su actividad temperamental al servicio divino. Servicio que, unas veces exigirá el hacer de las manos que se fatigan en la brega; otras veces pedirá la gozosa aceptación de las penas o gozos que Dios permita. El amor no implica necesariamente constantes sacrificios, pero sí la disposición habitual de sacrificarse siempre generosamente:
“El heroísmo del amor es amar en todo tiempo y ocasión”. “Jesús no mira tanto el don que se le da como el corazón con que se le da”.

Con el hambre de complacer a Jesús y de padecer, alterna en María Emilia, la sed ardiente de “someterse gozosa y humildemente al dulcísimo yugo del Señor”; la voluntad de Dios es su aspiración suprema: “Esta unión con la voluntad de Dios, con Él mismo, me absorbe por días más”. “Es lo único que absorbe mi vida, servir a Dios y agradarle”.

Porque ama, nunca le faltó, en medio de las probaciones, la confianza en Dios y la paz del corazón; es su oración única, su estribillo de amor lleno de confianza y abandono.

Porque ama, procura la caridad entre los hermanos; amasa una familia congregada en torno al misterio eucarístico, misterio de fe y de amor, alimento de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo que, vivificados por la misma savia, deberán tener una sola mente y un solo corazón.
“Un solo corazón, un solo anhelo, la gloria de Dios y su amor”. “Dulzura, humildad y caridad”.
Porque ama, no sabe ofenderse, no le cuesta perdonar, olvidar, acercarse, liquidar cuestiones, restañar heridas, abrir los brazos con la indulgencia propia de los grandes corazones.
Porque ama, enseña, corrige, y cuando lo cree oportuno, no escatima la palabra regocijante, que todo es menester para pasar la vida; el metal de su voz es dulce y jovial; habla con el peculiar seseo andaluz y sazona sus intervenciones con los giros de su tierra que imprimen fluidez y naturalidad a la comunicación. Y es que la madre Riquelme no quiere en su casa tristeza por nada del mundo:
“Las caras alegres y el corazón en Dios”. “Servir a Dios con alegría, es la bondad misma”.

4. Entrega voluntaria y alegre

Contemplando hoy, la llamada que María Emilia recibió, en la madurez total de su respuesta personal, podemos afirmar, que vivió tomada por un profundo sentido de la PRESENCIA real y activa del “Tanto amó Dios al mundo…” en su Hijo único. La primera etapa de esa presencia la camina de la mano de María; la continúa con ella en el conocimiento contemplativo de Cristo en su historia humana hasta su entrega, muerto y resucitado; y de su mano la prolongará, en su relación personal permanente, con el Señor de la Pascua real y sacramentalmente presente en la EUCARISTÍA.

El mundo de María Emilia es el de la vivencia limpia de la PRESENCIA de ese amor “extremo”, vivo y personal, de la mano de María. En esa presencia: -acoge la entrega real y permanente de Dios en su Hijo; -adora el sacrificio de éste por vosotros y por todos; -se incorpora a el que nos abre el camino hacia Ti, mediante el sacerdocio de su “inmolación voluntaria y alegre por la gloria de Dios y bien de nuestros prójimos”; -participa en el gran convite de la comunión de Dios, al partirse y repartirse con, y por, todos.

María Emilia es llamada a su transformación personal más profunda: la de comprometerse a vivir su propia Pascua; la de pasar de la muerte a la vida; la de dejar de vivir para sí y vivir del todo, inseparablemente, para Él y para sus intereses, que son todos los seres humanos. Llamada que lleva consigo la renuncia a exigir vida a otros, el permanente agradecimiento a cuantos le dan la suya, y el poner definitivamente su vida a disposición de todos, a fondo perdido. Este es el pleno sentido de la “inmolación” como respuesta, por la que se asocia al sacrificio eucarístico de Cristo y coopera, de la manera más profunda, a su obra redentora.

El espíritu interior y distintivo que ha querido dar a su Congregación de Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada es: “Dulzura y caridad; inmolación voluntaria y alegre por la gloria de Dios y bien de nuestro prójimos”, y su sello exterior la sencillez y la humildad.
Toda la ruta de María Emilia estuvo jalonada de tropiezos, regada con la lluvia fecunda del sufrimiento y de la cruz; experiencias que la fueron identificando con su amado Señor.

Y, ¿cómo responde ella?: “¿Qué hay más dulce que un amén mirando a Dios?”

Sí, ¡AMÉN! es su grito de abandono y confianza; no sólo a flor de labios, sino de sentimientos, de entrañas, de corazón.
¡Amén!; cuando comienza a construir la casa para Jesús Sacramentado y tiene que hacer frente a las críticas y murmuraciones de la gente malintencionada y entrometida.

¡Amén!; cuando, en los albores de su naciente y florida congregación, se enferman y mueren varias religiosas.
“Tanto golpe, tan fuerte y para mí tan inesperado, me ha dejado con sola una actitud que a Dios y a su Santísima Madre debo, que es acatar, besar y agradecer la mano que me hiere y traspasa mi corazón”.

¡Amén!; cuando, estando gravemente enferma, en el año 1902, se declara un incendio en la Iglesia de Granada, recién pintada, que arrasa con todo y amenaza con extenderse a la casa entera. Un sacerdote se acerca a la Madre y le dice: “Todo, señora, todo está acabado…” Ella, que permanece arrodillada ante el Santísimo, recién rescatado de entre las llamas, se vuelve pacificamente para responder: “Suyo es, que Él haga de ello lo que quiera”.

¡Amén!; cuando, en sus andanzas fundacionales, abriendo nuevas casas, tiene que viajar en los trenes de la época hasta más de 70 horas, con trasbordos improvisados, averías en la máquina, desajustes en las vías; tizne en abundancia, traqueteo, frío o calor extremado, algún que otro descarrilamiento y otros mil ingredientes nada divertidos; eso, cuando menos; pues, ocasión hubo, en que sufre un colapso, intenso y prolongado que hace temer por su vida. La dan por muerta. Suena la alarma, para el tren y consiguen reanimarla. Accidente que le repite en la fonda donde se hospeda en Madrid; los médicos la encuentran grave y dictaminan que sea viaticada, a lo que se opone el dueño del establecimiento.

“Mucho sufrí aquella noche, no por mis males, sino porque me daba pena morirme en una fonda, a la vista de todos, sin sacramentos, en aquellas circunstancia y me partía el corazón mi monjita del alma. ¡Oh sí, Dios nos oyó a las dos!”

¡Amén!; cuando, recibe una llamada para comunicarle que se ha incoado un expediente de importancia, que manaba sangre, contra su convento de Granada; mas todo lo que conlleva: visitas, averiguaciones, exploraciones; dos bandos en la comunidad: uno, fiel a la Fundadora; otro, tramando echarla del instituto; los ecos de tantos chismes que duran y perduran entre la gente y bloquean, en cierto modo la pequeña “Obra de María”; salidas de religiosas por presiones de sus familiares…

“Estoy destrozada de penas, pero Dios lo quiere y yo también”. “Yo me entrego a la voluntad de Dios y mi ser entero se lo doy. Que vuestra voluntad se cumpla en mí; en ti confío, Jesús mío, ayúdame”.
¡Amén!; cuando tiene que hacer frente a las calumnias y acusaciones de rigorismo inhumano, que un catedrático de la facultad de medicina publica en El Defensor de Granada y en La Gaceta Médica del Sur; en el artículo, Un Convento modernista en Granada, injuriaba y atacaba sin piedad a las monjas del Convento de la Huerta de San Jerónimo; de manera particular y ensañada animosidad a la Fundadora, causante, según él, de todos los desmanes y barbaridades. Con las consecuencias añadidas: falta de vocaciones, desbandada de educandas, desconfianza de la gente.
“Ha llegado a mi convento de Madrid donde me hallo, un artículo notablemente ofensivo a mi amado Instituto y a mi pequeña persona. Como cristiana y aún más como religiosa, procuro cumplir la ley de Dios y perdonar a mi ofensor; así lo hago con todo mi corazón…”

“Dios, cuánto tengo que sufrir! Es lo que yo, pobrecita de mí puedo hacer, me consuela en extremo mi misión, hoy callada y arrinconada sufrir por Él, mi Dios y mi Señor, por su gloria y honor”.
¡Amén!; cuando, en la Semana Trágica de Barcelona tiene que abandonar con sus religiosas el convento y refugiarse en una casa de familia, generosamente ofrecida; o, en la guerra civil española, en que, por su avanzada edad y por temor a los registros, no la reciben en ninguna parte y tiene que huir a Francia.

“Yo estoy dispuesta, ayudada de mi Madre Inmaculada, a seguir a Jesús monte arriba aunque mis pies manen sangre”.
Sí; ¡AMÉN!, es su grito de abandono y confianza. ¡ALELUYA!, su rendido y gozoso agradecer.

¡AMÉN! es “Fiat”
¡ALELUYA! es “Agradecer”
¡AMÉN! Es el grito del alma que es feliz con todo lo que Dios quiere.
¡ALELUYA! Es el grito del alma que es feliz con todo lo que Dios permite.
¡AMÉN! Es el grito del amor que se somete.
¡ALELUYA! Es el grito del amor que se adelanta a la voluntad de Dios a quien ama.
¡AMÉN! Es el grito de los santos en la tierra.
¡ALELUYA! Es el grito de los santos en el cielo.
Cuando un alma en la tierra sabe decir “Amén”, sabe también decir “Aleluya”; entonces existe entre Dios y esa alma una unión interior inefable, y la deja en la paz más profunda que, permite a Dios decir a sus ángeles: “Ved cómo me ama”.


5. No hay fronteras

Las dimensiones esenciales de la Presencia de Cristo, que María Emilia experimenta: entrega, sacrificio, sacerdocio, comunión, lo son también de la presencia, que se siente llamada a ser en su relación con los demás. Su relación de presencia con el Dios Presente es, por esencia, una relación MISIONERA.

La fuente de donde mana y se alimenta el celo apostólico de María Emilia es la EUCARISTÍA: “ganar sus almas para Dios, que es nuestro único objetivo… por todos los medios posibles…” De la misma fuente nace su sensibilidad para la inconsciencia y la ignorancia que tiene el mundo de esta revelación y su intuición de que ellas son la raíz de la increencia y la injusticia, que impregnan culturas, relaciones sociales, políticas, estilos de vida… de su mundo; porque siente a Dios presente en la historia, le duelen el alejamiento y las ausencias de los hombres respecto a Dios.

Emilia Riquelme fue siempre misionera; ya en vida de su padre, y por los lugares a los que tuvo que acompañarle, siempre buscaba dónde y cómo hacer el bien. En Sevilla, ciudad en la que estuvo más tiempo, antes de ser religiosa, ya hemos visto como se integra en las asociaciones para dar cauce a su afán misionero; pero, es que, ella, por su cuenta, siempre tiene innumerables casos entre manos: chicas casaderas sin dinero para el ajuar; otras, que quieren ser monjas y carecen de lo más imprescindible; un seminarista necesita libros, otro no puede pagar la pensión del seminario, socorro permanente a familias pobres a través de Sor Ángela de la Cruz… se multiplican las urgencias ante quien tiene verdadero interés por remediarlas.

Tras los visillos de su balcón María Emilia viene observando a un niño que da limosna a un pobre que vive en la acera de enfrente. El pequeño bienhechor no puede ir más pobremente vestido, pero, tampoco más limpio. Lo llama, le pregunta su nombre, se interesa por su familia: es huérfano, su madre es lavandera, tiene un hermano delicado de salud y una hermana; ambos mayores que él.
Tanto María Emilia como su padre admiran la liberalidad de la pobre viuda que reparte, generosamente, sus escasos haberes; y deciden colocarla en su casa. Dan carrera al hijo mayor y lo cuidan en sus enfermedades hasta que muere; el pequeño Pablo quiere ser cura y le costean la carrera. Carmelina, la hermana, sustituye a una criada y llegará a ser la doncella que acompañará de por vida a María Emilia formando parte, como religiosa, de la primera comunidad.

Los Riquelme traen de la Coruña a una cocinera gallega, viuda, cuyo hijo Leopoldo ingresa en el seminario; el chico pasa las vacaciones junto a su madre; y cuando viene la abuela a verlos también tiene una buena habitación para que se quede el tiempo que le plazca; Leopoldo Eijo Garay lo contaría siendo ya obispo de Madrid.

María Emilia ha calado y gustado en profundidad las maravillas del misterio eucarístico y siente la necesidad urgente y apremiante de gritar, de comunicar a otros, lo que ha visto en la fe; por eso, la congregación por ella fundada será misionera desde su nacimiento; religiosas adoradoras y misioneras: cuanto más adoren y amen, sentirán más viva la necesidad de comunicar su tesoro.
“Al pie del sagrario es donde se amasan las grandes batallas del amor de Dios”.

Misioneras y… de vanguardia, ad gentes, en países de infieles: “El celo de la Misionera abarca el mundo entero. Deben estar dispuestas a ir hasta los últimos confines de la tierra”.

Consciente la Madre Fundadora de que el fin de la Congregación comprende la instrucción de niñas y jóvenes, no sólo en países de infieles, sino también en países ya cristianos, abre la Casa de Granada a un grupo de niñas verdaderamente pobres, especialmente huérfanas, que después ampliará a educandas internas.

Consolidada la fundación de Barcelona, de inmediato se abre el colegio; las clases eran gratuitas: por la mañana para niñas y por la tarde para “las jóvenes obreras de las fábricas inmediatas a nuestra casa; de siete a nueve de la noche las teníamos en casa”; se llena hasta los topes de alumnas, todas “con afán de aprender y de ser buenas”; “de día unas y de noche otras nos ocupan, no nos dejan punto de reposo, pero estamos contentísimas con ellas porque se hace mucho bien”. La Madre Fundadora estimula con palabras llenas de unción a todas, promoviendo la formación humana y espiritual:

“Las maestras piensen que tienen que dar cuenta a Dios de su delicada carga espiritual y a los padres de familia”.
“Atended a las niñas como es justo, acogedlas con amor y, llevándolas a Dios, vosotras mismas creceréis en su amor”.
En la fundación de Madrid, cumpliendo las condiciones del testamento de sus primos que le habían donado la casa, abre también un colegio gratuito para niñas.
María Emilia, aunque estuvo siempre pronta para zarpar hacia cualquier parte, con tal de llevar al mundo los nombres de Cristo y Santa María, no pudo personalmente lanzarse allende los mares; pero sí pudo bendecir y contemplar, con gratitud emocionada, a las primeras misioneras, pioneras de la expansión ultramarina de la Congregación, rumbo a Brasil.


IV. ECOS Y RESONANCIAS

Después de recorrer la apasionante andadura de esta mujer excepcional, que fue María Emilia Riquelme, ¿qué planteamientos, qué interrogantes, qué cuestionamientos nos plantea a los que peregrinamos en los albores del siglo XXI?

Ella, absorbida por el amor de Dios vivo y presente en la PASCUA-EUCARISTÍA, marcada en lo más profundo por esta PRESENCIA, supo ser signo de ella en su mundo y dedicó sus energías a ser prolongación viviente de la promesa de Jesús: “yo estaré con vosotros todos los días…”
¿Hay algo más urgente para nuestro mundo, que hacer visible y experimentable, con verdad, humildad y gozo, esa PRESENCIA?

Esbocemos, a modo de arco iris de paz, proyectándose sobre la multiforme realidad que nos rodea, algunas características que nos orienten en nuestro empeño de hacer palpable y creíble esa PRESENCIA.


1. Presencia, nueva mirada sobre el mundo

Contemplar es una manera de hacernos presentes a la realidad contemplada. Una contemplación eucarística de nuestro mundo, nos abre, a descubrir en él otras muchas presencias del Señor: en la creación entera, en personas, comunidades y grupos humanos, naturaleza, obras de la mano del hombre… Particularmente nuestra contemplación eucarística nos centrará en las personas, vistas todas y cada una, como iconos vivientes en los que se proyecta Dios mismo, creándolas y redimiéndolas continuamente.


2. Presencia misericordiosa

Una presencia, que no se agota en desbordar voluntariamente de amor toda miseria y debilidad humana, como somos desbordados por Dios, sino que actúa como levadura, despertando y movilizando lo mejor del ser humano concreto, sus capacidades más divinas, haciendo aflorar al Dios presente, desbordándonos a todos. Misericordia que, brotando del corazón, se proyecta, como la de Dios, en obras, y cuyo objetivo primero es ayudar a personas a rehacerse como tales.


3. Presencia, cercanía voluntaria

Ser presencia de un Dios que no “pasa” nunca de ninguno de sus hijos. Al contrario, se hace presente a todos, buscándolos, especialmente, a los que, “por ignorancia” idean, viven y propalan evangelios de alejamiento, de autonomía e independencia, o de abierto rechazo a Dios. Es precisamente, en estos casos, donde nuestra presencia crea formas de búsqueda activa, personalizada, respetuosa, paciente, inalterable, permanente… Como la de Dios en la Eucaristía.


4. Presencia sacrificial

Sólo una entrega personal gratuita hace presente a Quien es pura Gracia, todo Gracia. Nuestra mejor acción de gracias a Aquel, a Quien debemos todo, es vivir para, y por, los mismos por los que Él sigue dándose todo, hasta identificarse con ellos. Con la presencia sacrificial de nuestro vivir alargamos en nuestras propias personas, este identificarse de Dios con los pequeños.


5. Presencia sacerdotal

Como el único querer de Dios es que todos los hombres se salven; y sólo salva su amor hasta el extremo, ¿por qué no situarnos, voluntariamente en el extremo posible de nuestra capacidad de amar, vaciándonos con Él por los mismos, que hoy quiere Él salvar? Esta presencia convierte cualquier escenario de nuestra vida en templo, todo acontecimiento y situación humana en altar, y toda nuestra actividad y pasividad en verdadera liturgia.


6. Presencia adoradora

En esta presencia arraiga la libertad interior, fundada en el “Yo soy el único Dios”. La presencia de Dios que hemos de ser para nuestro mundo, nace de la adoración, la visibilizamos en el culto, que cuidamos también como evangelización, y la llevamos a su plenitud en el servicio, verdadera adoración.


7. Presencia misionera

Presencia con la que visibilizamos nuestra disponibilidad más plena a Dios, para continuar revelando cuánto ama Él y cuánto vale todo ser humano. Todos y todo se convierte en campo de misión; y todos son, en principio, destinatarios de nuestra presencia personal y de este modo de hacerles llegar la Eucaristía de Jesús.


8. Presencia evangelizadora

Es la forma más plena de evangelización, la que transparenta desde, lo más hondo, la verdad del evangelizador y la que activa, al máximo, las capacidades de conocer del evangelizado. Dios quiere ser conocido, visto, tocado…, por presencia, en el cara a cara de su Hijo. Y en el cara a cara de la presencia de nuestras vidas, en la que nuestra persona entera se hace palabra. La presencia enciende presencias.


9. Presencia servidora

A un Dios, que se nos autorretrata curvado, a los pies de los hombres, sólo podremos entenderle y revelarle hablando su mismo lenguaje. Y sólo podremos ser presencias del Presente ante los hombres, curvándonos, como Él, delante de ellos; esto es, sirviéndoles humildemente, como Él.


10. Presencia de comunión

Arriesgándonos en una voluntaria donación de nosotros mismos, sin reservas, y con nuestro yo abierto siempre a la acogida de todos, hacemos presente el por vosotros y por todos los hombres de la PASCUA-EUCARISTÍA. Y construimos la comunidad, la Iglesia, como piedras vivas del Cuerpo de Cristo, sacramento de salvación universal, y un mundo más humano por más fraterno.


11. Presencia de pobres voluntarios

Profundizando en una lectura de la secuencia divina: Encarnación-Pascua-Eucaristía, descubrimos que la grandeza del amor, que es Dios, escoge revelarse en signos limpios, transparentes, sencillos, que únicamente se explican por amor. En la “fracción del pan” les nació a las primeras comunidades, como una necesidad vital, el “romperse”, partiéndose, repartiéndose, sus propias personas unos por otros, el compartir. Hoy necesitamos revivir y potenciar esos signos.



  • ¡¡Causa de Beatificación!!


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