Autor: Hna. Alejandra Poza Peña | Fuente: Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada Hna. María Emilia Riquelme y Zayas
Fundadora de la Congregación de Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada. El mundo de María Emilia es el de la vivencia limpia de la presencia de ese amor “extremo”, vivo y personal de Dios, de la mano de María.
Hna. María Emilia Riquelme y Zayas
ENMARCANDO UNA VIDA
Marco político-social de España. Siglos XIX- XX
Corren malos
tiempos para España. El siglo entero es un rosario de
espinas con escasas rosas. Empieza con la guerra de
la independencia; sigue la emancipación de los países americanos; las
guerras carlistas, las del norte de África. Dos desamortizaciones, una
en 1836 y otra en 1855, despojan a la Iglesia
española de cuantiosos bienes. El expolio es tan mal administrado
que no mejora la situación de los campesinos pobres y
sólo enriquece a los grandes potentados; más la consiguiente ruptura
con la Santa Sede. El espíritu de la revolución francesa ha
prendido en España y sobreviene el violento choque entre la
nueva ideología y los criterios ancestrales; la transición del absolutismo
hacia el liberalismo no se realiza sin grave quebranto. No
encuentran cauce adecuado las inquietudes suscitadas en pro del proletariado.
El partido progresista es el que avanza más rápidamente hacia
la democracia; el partido moderado reconoce la primacía del trono
y tiende a limpiar la participación de las cortes.
Las
sociedades secretas manipulan impunemente a río revuelto. Unos defienden la
corona, otros la impugnan, y se valen del ejército para
hundir al de enfrente. Es el siglo de las constituciones,
de los pronunciamientos, de las represalias, del vaivén de exiliados
que solían ser los vencidos en el levantamiento de turno.
Prolifera el anarquismo; los sistemas republicano y socialista toman un
cariz acatólico; la doctrina comunista se va difundiendo entre las
masas. Es el siglo de las terribles epidemias, del éxodo
del campo a la ciudad, de las crisis laborales, del
paro obrero, del hambre que, paradójicamente, acompaña al desarrollo industrial.
La
segunda parte del siglo XIX, condicionada naturalmente por los convulsionismos
de la primera, fue fascinante para quien, como María Emilia,
tuvo el coraje de hacer frente a problemas inéditos. Y,
otro tanto cabe decir de la primera parte del siglo
XX. Junto a las formas históricas tradicionales, y en pugna
con ellas, surgieron, a lo largo de la centuria casi
completa, que abarcó su vida, nuevos problemas sociales, culturales, religiosos
y eclesiales.
La fermentación social fue un hecho, fácilmente constatable, a
lo largo de todo el siglo XIX, y, sobre ella,
se echaron las bases, para que en el siglo XX
tuviese lugar una fundamental reforma o revolución de todas las
estructuras. Si no se tiene el ojo avizor, se puede
caer, fácilmente, en la ingenuidad histórica de pensar, que, en
el siglo XIX, solamente estaba en crisis el Antiguo Régimen,
las viejas formas estructurales de la Iglesia y de la
sociedad. En la vida de la Iglesia no fue solamente
cuestión de formas, sino todo un nuevo planteamiento de su
misión en el mundo.
Marco espacial. Granada
Granada, capital de Andalucía Oriental,
se recuesta, en la confluencia de los ríos Darro y
Genil, sobre unas colinas onduladas que, desde la Alhambra y
el Albaicín, son una suave prolongación de las crestas imponentes
de Sierra Nevada, hasta difuminarse en la Vega ancha, fecunda
y luminosa. Granada fue, desde los tiempos más remotos de la
prehistoria, cruce de caminos culturales. Allí se encuentran vestigios de
la presencia del hombre prehistórico, evidencias de la cultura megalítica,
rastros de la cultura ibérica; coincidencias, si no influencias, con
la cultura micénica; fenicios, griegos, cartagineses, romanos lucharon por estas
tierras y fundaron algunas colonias; los vándalos dejaron huellas de
sus arrasamientos y la espléndida cultura visigoda cedió su puesto,
después del año 711, a la cultura musulmana.
En el siglo
VIII, una colonia judía funda propiamente la ciudad de Granada
en su emplazamiento actual. La cultura musulmana de Granada se
ha remansado, en su máximo esplendor, en la Alhambra, un
palacio real y fortaleza militar, que no tiene par en
ninguna otra ciudad islámica. En 1492, la reconquista, llevada a cabo
por los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, señala el comienzo
de la importancia decisiva de Granada en el desarrollo político
de España, al darle un cuerpo unitario a la nación.
Granada
tiene también una larga tradición religiosa, que se remonta a
los primeros siglos de la Iglesia en España. Por sus
calles corrió la santidad a raudales con Santos y Fundadores
de distintas Congregaciones Religiosas.
Hasta el siglo XIX, Granada fue la
misma que en la época de la reconquista de los
Reyes Católicos. Después de 1836, la desamortización y expropiación de
los conventos determinó el desarrollo urbanístico de Granada. La cuestión
social, especialmente la pobreza del campesinado, provocará en toda Andalucía
una rebelión, que en Granada adquirió caracteres de verdadera gravedad.
Marco
humano-familiar
Los ascendientes de María Emilia estaban muy arraigados en la
sociedad granadina de su tiempo. El padre de María Emilia, D.
Joaquín Riquelme y Gómez, nació en Granada, el día 17
de agosto de 1812, cuando, en las calles, eran aún
bien palpables las huellas de la vejatoria ocupación de la
ciudad, por las tropas de Napoleón. Al contar 13 años
ingresó, como cadete, en el Colegio General Militar. Durante su
formación castrense fue bien imbuido en los más altos valores
del honor, de la religión y de la patria, sin
que faltara una buena dosis de “machismo” militar. Su carrera militar
fue verdaderamente fulgurante: los ascensos se sucedieron vertiginosamente, unos por
antigüedad, otros por elección, y otros por méritos de guerra;
al casarse en 1846 era ya Teniente Coronel, y llegó
hasta el grado de Teniente General.
La madre de María Emilia,
Doña María Emilia Zayas Fernández de Córdoba y de la
Vega, había nacido también en Granada, el día 13 de
julio de 1815; entre sus ascendientes figura D. Gonzalo Fernández
de Córdoba, El Gran Capitán; por lo cual no es
de extrañar, que en su familia abundasen los militares ilustres.
Un
indicio de la esmerada educación que había recibido Doña María
Emilia Zayas, muy en consonancia con la preparación habitual, que
cualquier señorita de su clase recibía para el buen
desempeño de los menesteres de su casa, y el mejor
comportamiento entre las gentes de su alta clase social, es
el que hablase correctamente el francés y tuviese un conocimiento
suficiente para traducir el italiano. El testimonio más sincero de la
fe cristiana y de la acendrada piedad eucarística y mariana
de D. Joaquín Riquelme, y que su esposa compartía sin
duda, se halla en las cartas que él escribió a
su hija María Emilia.
La calidad humana y espiritual de Doña
María Emilia Zayas la resumió su hija en unos versículos
del retrato de la mujer perfecta del libro de los
Proverbios, grabada en la lápida sepulcral del panteón que, para
sus padres y hermanos, erigió en la Iglesia de
la Casa-Madre de Granada: “No comió el pan de la ociosidad,
abrió su mano al pobre, sus adornos fueron la fortaleza
y el recato: por esto confió en ella el corazón
de su esposo, sus hijos la proclamaron dichosa”.
Un matrimonio así,
de tan profundo espíritu cristiano, no podía olvidarse del socorro
a los pobres, que venían a mendigar a la puerta
de su casa; y atendían también, con toda discreción, a
quienes, por vergüenza, no se atrevían a mendigar, pero que
estaban verdaderamente necesitados. Este espíritu caritativo fue una lección bien
aprendida por su hija María Emilia, la cual, cuando quede
dueña de la amplia fortuna de sus padres, la empleará,
en buena medida, para socorrer a los pobres. Someramente hemos señalado
la “circunstancia” y el “escenario” en los que se desarrolló
la andadura existencial de María Emilia Riquelme; que repercutieron, sin
duda, en su formación personal, humana y cristiana; y también
en el desempeño de la misión que la Divina Providencia
le asignó en la Iglesia y en la sociedad.
María Emilia
Riquelme no solamente fue testigo, sino causa y efecto, también,
de los avatares del tiempo en que le tocó vivir.
Ella no fue un testigo meramente pasivo, que veía los
acontecimientos y los dejaba correr; todo lo contrario, ella fue
protagonista directa de buena parte de esos acontecimientos: porque, en
unas ocasiones, será víctima de ellos; y, en otras, quiso
personalmente enderezarlos de otra manera. Ella siguió con preocupación, no
sólo con curiosidad, el curso de los hechos históricos; los
estudió, los analizó, y supo situarse en su contexto, buscando
las causas próximas y remotas. No podía ser de otro
modo, en una persona que se sintió llamada por Dios,
a fundar una Congregación religiosa apostólica; que habría de intervenir,
de una manera decidida, en la formación de niñas y
jóvenes, a quienes tenía que capacitar, para que se enfrentaran,
personalmente, a la realidad de la vida; comprometiéndose, también, en
una acción evangelizadora directa del Pueblo de Dios. Ella oteó
el horizonte próximo y lejano de su tiempo; ella fue
una mujer de su tiempo; una mujer actual; y, precisamente,
por ser actual, en su contexto histórico, supo adelantarse al
futuro con un compromiso apostólico clarividente.
¿Quién fue esta mujer, tan
presente y actual en su época?
I. APASIONADA Y APASIONANTE
ANDADURA
1. “Te he llamado por tu nombre…”
Nuestra protagonista nace en
Granada el 5 de agosto de 1847, en una casa
señorial sita en la calle Nicuesa, número 5, morada de
los abuelos maternos, los Zayas Fernández de Córdoba, bajo el
pontificado de Pío IX y el reinado de Isabel II.
La
vibración inicial, ante el nacimiento del primogénito, se cambió en
gesto de contrariedad en el padre, que esperaba un hijo
varón. Sorprende bastante que Joaquín Riquelme no lograra, desde el primer
momento, controlar su disgusto por el nacimiento de la niña.
Ignoraba que su pequeña había de registrar en el corazón
su tibia acogida y que diría muchos años más tarde:
“Gracias
a Dios siempre he padecido; comencé a sufrir en la
cuna; mi padre, que tan bueno era, llevó una decepción
con mi nacimiento; él quería un niño y así no
me recibió muy bien; mi pobre madre también sufrió…”
La recién
nacida es bautizada, a los dos días, en la Parroquia
del Sagrario donde se habían casado sus padres. Le impusieron
los nombres de María Emilia, Joaquina, Rosario, Josefa, Nieves de
la Santísima Trinidad. Había que complacer, en riguroso orden, a
los padres y a las abuelas; que esto se usaba
entre la gente de su rango. En realidad el título
más alto de nobleza es el que nos recuerda la
hermosa pintura que preside la pila bautismal: representa a
Jesús bautizado por Juan en las aguas del Jordán: “Este
es mi Hijo muy amado…” A esta criatura de dos
días el Padre la llama “hija”, “muy amada hija”; Cristo
la ha injertado en el torrente divino de su sangre
para comunicarle la vida sobrenatural; el Espíritu Santo ha entrado
en ella como huésped y ha tomado posesión de su
ser. ¿Hay ascendiente que más blasones cuelgue en su apellido?
El
grano de trigo ha de pudrirse bajo la tierra para
que brote la espiga. La nueva dimensión cristiana potencia misteriosamente
el sufrimiento para que, trenzado con la fe y el
amor, nos sumerja en la pasión de Cristo y florezca
en la pascua. Emilia Riquelme ha recibido la gracia de
entenderlo. “Nuestro Señor me hace conocer claramente es la vida para
sufrir y ganar el cielo; quien crea otra cosa es
un tonto soñador…” “La vida es un pequeñito Calvario para
todos los nacidos; es preciso subirlo con gusto y así
nacerán luego flores eternas y fragantes que recreen a Nuestro
Señor”. “Sufrir y callar es el gran camino para la
santidad…” “Lo mejor de este mundo es el padecer
por Dios”.
La desazón de Riquelme no dura mucho; es como
tormenta de verano que en seguida pasa. La misma Emilia
nos lo contará: “…Como era tanta la bondad de mi
padre y quería a mi madre con delirio, se fue
contentando y queriéndome cada vez más”.
No podía ocurrir de otra
manera; porque don Joaquín era un hombre bueno de verdad.
Pecó de impaciente; había soñado con un hijo varón que
perpetuara su apellido y se señalara en el servicio de
la Patria. Y nació una niña. (El niño nació a
los dos años; mas no se vieron colmados sus anhelos
de padre ya que Joaquinillo murió a los 17 años,
siendo alférez del batallón provincial de Sevilla). En muy distinto
campo, desde luego, esta niña lucharía contra formidables enemigos, reclutaría
seguidores, conquistaría pingües botines, mantendría enhiesta siempre la bandera que,
por especial designio de Dios, le fuera confiada. En fin,
no defraudaría las ilusiones de su padre, antes bien, siendo
mujer y muy mujer, sin haberlo deseado ni habérselo propuesto,
llegaría a ser la figura más relevante de los Riquelme.
2.
¡Centinela alerta!
La profesión militar de D. Joaquín hace que la
familia tenga que tomar parte activa en los avatares de
la vida nacional. En 1851 es destinado a la capitanía
general de Navarra como jefe del estado mayor. La familia
se instala en las viviendas que hay en el interior
de la ciudadela para los militares de su clase.
No es
difícil imaginar las sorpresas de los hijos de Riquelme al
estrenar el riguroso ceremonial de este castillo encantado. Cada cuarto
de hora, desde la puesta del sol al amanecer, de
garita en garita, va rebotando la voz de alerta que
reclama del centinela una actitud de vigilancia, estar de pie,
sin fumar, comer o hablar, bien despierto, arma en mano,
ojo avizor y el santo y seña a flor de
labios. Emilia Riquelme atribuye a la bondad de sus padres “haber
sido piadosa desde que nació”; y cuenta, como dulce experiencia
de esta temprana edad, la impresión que le causaba el
grito de los vigías que, en los días húmedos, era
más penetrante: “Centinela, alerta… alerta… alerta está”. “Pensaba –refiere después de
muchos años- cómo Dios Nuestro Señor nos pide a todos
hacer lo mismo respecto de nuestros deberes para con Él
y para guardarnos de los enemigos de la salvación de
nuestra propia alma…”
También le causa profundo impacto una anécdota que
ha oído contar a los mayores. En una de las
revueltas callejeras se encontraba D. Joaquín con la tropa “en
medio de una plaza”. Doña Emilia, sin arredrarse ante el
peligro, se echa a la calle sola y corre hasta
el centro para buscar a su marido. La niña saca
la siguiente conclusión: “Si mamá ha tenido este arriesgado arranque
porque tanto quiere a papá, ¿qué deberé yo hacer para
con Dios Nuestro Señor a quien tanto amo?” Maravillosa reflexión, en
la que se revela un rasgo específico de su fisonomía
espiritual, que concibe el amor como afecto ardiente y que
ha de traducirse en servicio por la persona amada. Aquel grito
de Pamplona quedó como huella indeleble en su corazón, aguda
llamada que, en las noches húmedas, oía desde la cama
y que había de configurar, desde la infancia, su postura
rectilínea, vigilante, frente a la vida; sobre todo, en su
atención permanente, para acudir con presteza a complacer al Señor.
¿Cómo
vive María Emilia su “centinela, alerta?” Cuando apenas cuenta 7 años
muere Doña Emilia; y, aunque no pudiera calibrar en toda
su hondura la muerte de su madre, se percató, muy
bien, de lo que la ausencia materna significaba en su
vida. D. Joaquín volcó, en sus hijos, todo su amor paterno,
revestido, ahora también, de la dulzura del amor materno.
Desde los
primeros años de su infancia, quisieron sus padres educar a
María Emilia, en todo lo que una niña, y una
futura mujer de su rango social, requería en aquellos tiempos;
los traslados del padre y la muerte de la madre
no habían hecho posible iniciar seriamente su educación. Instalado D.
Joaquín en Sevilla comienza María Emilia su educación en el
internado dirigido por Doña Luisa Padilla a quien le confiaban,
las familias más aristocráticas de Sevilla, la educación de sus
hijas. Después, durante un año, continuará su educación en el
internado de las “Niñas Nobles” de Leganés en Madrid.
Cuando, a
los 15 años, María Emilia abandona el internado es excelente
pianista y muy diestra en labores artísticas, en encajes, bordados
en seda y oro, calados y otras filigranas. Sabe hacer
también primorosas costuras y zurcidos; habla el francés a la
perfección; es mediocre pintora porque no ha practicado mucho este
arte, pero revela una delicada sensibilidad. Muy buena tiradora al
blanco y experta amazona.
Acompañando a su padre María Emilia tuvo
que participar en las reuniones cortesanas de Isabel II, alternar
con la nobleza de su tiempo, ser centro de reuniones
y tertulias. Es la joven encantadora a quien dirige su
reclamo la sociedad divertida y liberal. Todos los días, en
la Coruña, oye la traca de “alertas” que recorre los
puestos de guardia como en la ciudadela de Pamplona. Y siempre,
a flor de piel su llamada de atención: “¡Alerta… con
los aplausos y con los honores!; aunque sean ilusorios, dañan”.
Y
siempre, en cada aquí y ahora, “alerta” su corazón. “Alerta”, cuando
a los 15 años se desempeña como ama de casa,
continua sus estudios, cuida “con todo esmero y cariño “
de su hermano enfermo, siendo para él su “Ángel”,
poniendo en su corazón semillas de eternidad y preparándolo para
el encuentro con Dios:
“ La vida, la navegación es
corta; el tiempo es breve”. “Todo pasa pronto y ¡es
tan larga y hermosa una feliz eternidad!”. “No busquemos nada
fuera de Dios y de María, lo demás es engaño
de un día que enseguida cae. Sólo queda lo que
en Dios se afirma”; participa en las reuniones cortesanas de
las que, Joaquinillo la sacará de apuros indicándole la manera
adecuada de componerse para cada recepción o velada; además, reúne
cada día en su domicilio a unos cuantos niños pobres,
los asiste caritativamente, los instruye en el catecismo y los
prepara para los sacramentos; pronto unos críos van trayendo a
otros y aquello se convierte en una escuela de niños
harapientos de los que callejean todo el día; en más
de una ocasión tuvo que vencerse, ante el rechazo instintivo
que experimentaba frente a la suciedad y la miseria de
los pobres.
“Alerta”, cuando llega la hora de estrenar un espléndido
traje que realza sobremanera sus encantos. Pero no entra en
sus cálculos agradar ni eclipsar a nadie; mas bien, prefiere
reírse del mundo antes de que el mundo la esclavice
con sus liviandades. La cosa es fácil: se coloca un
cinturón discordante que rompe aquel conjunto de elegancia. El público
femenino no deja de ponderar la calidad, la confección, el
color. Pero ese cinturón… ¡Qué lástima! Ella sonríe y se
hace la tonta; está aprendiendo a tomar la delantera.
“Hay que
tener en nada lo que no es más que nada”.
“Hay que dejar lo que no es para poseer lo
que es”. “Alerta”, cuando, en las fiestas que se celebraban en
el palacio de los duques de Villahermosa, en Madrid, la
duquesa que comprende a María Emilia, se da maña para
conducirla a una habitación apartada del ruido donde la joven
pueda entregarse a la oración, a confeccionar prendas para los
pobres, o simplemente a descansar. Se encuentra más a gusto
lejos del vértigo de la fiesta porque, según dice, “podría
así prepararse mejor para la comunión del día siguiente”. ¿Cómo es
posible abandonarse al goce de la fastuosa velada mientras niños
famélicos vagan por las calles? Y, a su padre, que
quiere que vista a la nueva moda y se enjoye
como sus amigas, le suplica: “Vestidos tengo muchos que transformándolos quedan
nuevos; todo lo que me das, que sea para los
pobres… sí, los pobres son imagen de Jesús, los pobres
son mis amigos”. Los visita en hospitales, bohardillas y sotabancos; a
unos socorre con medicinas o alimentos, a otros con ropas;
en fin, cura las llagas del cuerpo y deja caer
en los corazones palabras de consuelo y esperanza.
“Alerta”, cuando, lejos
de desear los honores palaciegos, se preocupa de su aprovechamiento
espiritual, como da fe de ello la breve nota del
programa para el año 1881: Procurar la aceptación gozosa de
las circunstancias gratas o adversas que Dios permita; avanzar con
diligencia en la caridad hacia Dios y hacia los hermanos;
sufrir en silencio los defectos del prójimo; examinarse particularmente del
vencimiento propio. Así van pasando los días, los meses y los
años; alerta, en pie de marcha, contra corriente y hacia
arriba; bien despierta su fe para vivir con intensidad el
momento presente. Hoy, en nuestra sociedad, donde vivimos constantemente bombardeados por
infinidad de reclamos, ¿no es significativamente actual la actitud de
“vigía” que María Emilia nos propone, para hacer frente a
los retos y desafíos en nuestra misión cristiana?
3. Para Ella,
alma, vida y corazón
La infancia feliz de Emilita se ve
ensombrecida por el prematuro fallecimiento de su madre. Ella, tan
tierna, tan sensible, tan sumamente cariñosa, a falta de las
añoradas caricias maternales, se abandona, confiada y segura, en el
regazo, caliente y acogedor, de la mejor de las madres,
la Virgen María.
“¡Oh qué madre es la Santísima Virgen y
cómo cuida y ampara a sus hijos! ¡Qué dulce es
sufrir con María!”. En esta etapa infantil nace la conciencia explícita
que María Emilia tuvo de la maternidad espiritual de la
Virgen María; que queda sellada con la experiencia bellísima que
tiene a los 7 años, a la cual sucederán otras
más en el correr del tiempo. No sabe cómo explicarlo,
pero dice que vio a la Santísima Virgen con el
Niño Jesús en los brazos; la Señora la llenó de
dicha con sus caricias y le prometió atenderle en todas
sus necesidades. Emilita, a su vez, hizo promesa de fidelidad
a Jesús y a Maria.
Para María Emilia fue clave en
su vida, la actitud de fe de MARÍA, el aceptar
que Dios la sorprendiera proponiendo sus caminos, y ella se
arriesgase a caminarlos en Su nombre, para llegar a comprenderlos
más y más, como María el suyo. María es la estrella
que guía su caminar. De la mano de María avanzará,
intrépida y decidida, hasta exhalar el último suspiro. “Todo lo he
hecho para gloria de Dios pero por manos de María.
Todo lo de la Congregación ha sido por medio de
María”.
Y María presentará a Jesús su vida en flor, cuando
María Emilia, adolescente, se consagra con el voto de castidad. “¡Qué
encantadora es la pureza de María Inmaculada! Imita en lo
posible a tan celestial Madre”. Y María será su refugio y
confidente, en las soledades y sufrimientos de internado, mientras sus
compañeras gozaban de la presencia, cariño y regalos de sus
familiares. “No tenía otro consuelo que irme al oratorio a los
pies de la Santísima Virgen”. “Consuélate en tus penas con tu
dulcísima Madre Inmaculada. Ella te ama mucho”. “En día claro
y en día nublado vive bajo el manto de María;
no apartes tu corazón y tu mirada de tan celestial
Madre”.
La familia Riquelme venera una imagen de la Inmaculada ante
la cual rezaron todos sus miembros. Es el corazón y
la alegría de la casa. María Emilia le cambia los
manteles, le pone rosas frescas, y le hace sus confidencias.
Y el general -¡nadie lo diría!- tan metido en el
tráfago social, encuentra su mayor consuelo en rezar el rosario
con su hija a los pies de Nuestra Señora. Y María
será la Protagonista, la Maestra, la Superiora, la Protectora de
la Congregación que María Emilia fundó, respondiendo al don del
Espíritu, para bien de la Iglesia. La Obra de
María, “Ella sola es la fundadora de esta familia”, es
el nombre casero que dará a su naciente familia religiosa.
Y es tal la confianza con que vive su relación
con María, que se atreverá a decirse y sentirse, “su
indignísima Vicaria”. Su partitura de amor fiel a la Señora irá
in crescendo, a lo largo de su vida, pudiendo exclamar
como sonoro y majestuoso acorde final: “Nunca le he negado
nada a la Santísima Virgen; para Ella alma, vida y
corazón”.
4. Agraciada y graciosa
No es fácil apresar, en unas
cuantas líneas, el abanico multicolor de rasgos humanos y espirituales
que conforman la rica personalidad de María Emilia Riquelme. Agraciada con
preciosos dones de naturaleza y gracia, supo poner al servicio,
ser graciosa, dadivosa, con gratuidad desbordante, en su quehacer existencial.
Personalidad de pronunciados contrastes y matices que la hacen ser
sorprendente y cautivadora: reciedumbre y dulzura, sociabilidad y recogimiento, inquietud
y serenidad, distinción y sencillez, esplendidez y pobreza; es impulsiva
y tiene que dominar cuidadosamente sus instintos primarios: “…qué bueno
es no precipitarse para nada y guardar los arrebatos y
dar salida a las palabras cuando está una tranquila”.
“Oía yo en el mundo… que era muy discreto
llevar siempre una piedrecilla en la boca; yo no entendía
eso, ahora sí; mirad, con una piedra no se puede
hablar, ésta es la prudencia, callar y ser humilde de
verdad”.
Profundamente marcado es su sentido del valor que irradiaba a
su alrededor; y que procedía, no sólo de su temperamento
y de su educación en un ambiente militar, sino, sobre
todo, de su confianza en Dios: “Valor, firmeza. Dios está
con nosotras”; así animaba a las suyas en las tribulaciones. Era
sincera en extremo y amaba la sinceridad en los demás:
“Me gustan las cosas claras”. “Sed todas sencillas y claras,
esto le gusta mucho a Nuestro Señor”. Su laboriosidad quedaba patente
en la sucesión ininterrumpida de ocupaciones: “Sin tiempo para nada”.
“Esto es volar, no tengo tiempo ni para lo preciso”.
Gran
amante de la naturaleza; la belleza que contemplaba y la
música que le deleitaba la conducían al Creador: “No sabré
deciros lo que es la huerta con los ruiseñores, la
luna iluminando las palmeras, que se dibujan en el cielo
azul”.
Es inagotable su vena humorística, que asoma aún cuando la
cosa no tenga ningún chiste: aludiendo a su gordura y
a su edad, escribe: “Dispuesta me tiene Nuestro Señor a
bailar en la cuerda floja. ¡Tendría yo que ver a
un botijo con 70 años, bailando!”. Ordenada, cuidadosa, fina y elegante,
todo lo ejecuta con esmero: la decoración de sus capillas
y el primor y pulcritud en las tareas domésticas.
Hija de
Riquelme, a él se parece en rectitud, equidad y pundonor:
“Arreglar en justicia y caridad las cuentas con el jardinero”.
“Me gusta absoluta igualdad en iguales circunstancias”. Su salud fue siempre
precaria; altas fiebres, inapetencia, trastornos del aparato digestivo, reúma, afecciones
cardíacas; los grandes padecimientos morales repercuten en su débil organismo.
Parca en comer y dormir; madrugadora por más que, con
frecuencia, tiene que trasnochar para atender asuntos urgentes.
Sus fotografías reflejan
una profunda vida interior, pero no alcanzan a expresar todo
el brillo de sus ojos vivísimos y penetrantes, perennemente jóvenes,
que sondean sin trabajo el fondo de los corazones.
Otros rasgos
que podríamos citar: aborrecimiento de protocolos y etiquetas sociales, amor
a la pobreza, hechizo por lo que no se muda
ni se acaba, sentido profundo de la brevedad de la
vida y de los grandes premios prometidos a pequeños trabajos,
de “lo mucho que se gana en padecer por Él”. Es
una mujer sin trastienda, sin conflictos interiores, con transparencia de
cristal; quizás se nos escapa de puro sencilla. No es
escritora; sólo vive, sin baches ni lagunas, una vida teologal
profunda, en perfecta armonía entre su experiencia divina y humana;
lo humano y lo divino conviven en ella en total
integración; no tiene que cambiar de registro para pasar de
una broma a hablar de economía, o de humildad, o
de lo grande que es Dios. Toda entera polarizada por
Él. Ella misma se autodefine cuando recomienda: “Dios en el
corazón y sencillez por fuera”
II. TENSANDO EN EL AMOR LA
LARGA ESPERA
1. Entonces pasé yo junto a ti y te
vi
“… Era tu tiempo, el tiempo de los amores. Extendí
sobre ti el borde de mi manto y cubrí tu
desnudez; me comprometí con juramento, hice alianza contigo –oráculo del
Señor Yahvé-, y tú fuiste mía”. (Ez 19, 8)
María Emilia
tiene 12 años y su corazón meridional inicia el despertar
a una plenitud de vida y a la nueva realidad
del amor. Sueños, grandes ideales, necesidad imperiosa de entrega, comienzan
a desplegarse como las hojas de un capullo que se
abre. Había sido regada con la tribulación y cuando el
dolor tiene dirección y sentido acelera el proceso de maduración.
En
este momento, la figura avasalladora de Cristo, se perfila en
su horizonte. La colegiala se consagra al Señor con voto
de castidad. Es maravillosa la ofrenda de algo que empieza
a ser, las primeras espigas en ciernes, las primeras yemas
aún sin reventar. No bien se barrunta algo bello, vivo
y diferente, cogerlo con las dos manos y darlo a
Dios en olor de suavidad, a ese Dios de quien
todo bien procede. Ese voto es mutua donación y alianza.
Dios, que toma la iniciativa, se vuelca sobre el corazón
y lo seduce y arrastra. Y ella, María Emilia, limpia,
abierta y generosa, se lanza a la aventura divina, sin
condiciones ni regateos: “Aquí estoy, Señor, porque me has llamado”. Ya
no dará marcha atrás, antes bien, poco a poco, pero
con paso firme, irá conquistando metas cada vez más altas.
¿Qué
sorpresas nos esperan en el sendero zigzagueante de nuestra intrépida
protagonista? ¿La seguimos? Verdaderamente fue itinerante y zigzagueante su camino acompañando
a su padre, en los diferentes lugares, a dónde era
destinado por su profesión militar: Pamplona, Madrid, Tenerife, Sevilla, La
Coruña, Lisboa…
Desde que se abrió a la luz de
la razón, María Emilia mantuvo gran fidelidad al amor divino;
amor que, al afianzarse y acrecentarse, se hace totalitario, exclusivo,
y exige plenitud en la entrega de toda la persona;
se ha persuadido de que el cauce privilegiado para realizar
su donación es la vida religiosa y se siente animada
a desembarazarse de cualquier atadura para lanzarse, “mar adentro”, por
el mundo de las realidades trascendentes. Sin titubeos se dispone
a abordar el tema con su padre:
“La fecha 2 de
febrero de 1868 es memorable para mí; como me sentía
apremiada por la gracia y el mundo cada vez se
me hacía más aborrecible, decidí, después de encomendarlo mucho a
mi Santísima Madre Inmaculada, declarar a mi padre mi vehemente
deseo de entrar religiosa cuanto antes. ¡Dios mío, la que
se armó! Mi padre puso el grito en el cielo;
con una seriedad que imponía, llamó a su despacho a
mi Director; vino a casa también algún buen prelado amigo;
los criados estaban asustados; parecía que había ocurrido una gran
catástrofe; resultado de todo, que, como papá se puso malísimo,
me mandaron ofrecer mi sacrificio a Dios, esperando su hora…”
Es
duro para la joven sentirse obligada por fuerzas contrapuestas. No
insiste, pero tampoco desiste. Seguirá esperando con paciencia el momento
oportuno. “Mucho me costó y sufrí; pero me resigné y
seguí mi vida normal, animando y consolando a mi padre,
como si nada hubiese pasado…”
La hija del general, con 21
años y una vida espléndida palpitándole por las venas, se
siente desterrada en Madrid, al igual que su padre lo
está en Lisboa. Vive con unos familiares. Y precisamente en
esta coyuntura viene a rondarle el amor. Está loco por
ella su primo Eduardo Díaz del Moral y Riquelme, apuesto
diplomático, pocos años mayor que ella, bueno, religioso, inteligente, de
estupenda posición social. María Emilia disuade a su primo con
elegancia. Ya sabemos la respuesta. Había tenido que sacrificar su
vocación religiosa, el anhelo de toda su vida, por atender
a su padre, pero no está dispuesta a renunciar, por
nada ni por nadie, al amor esponsal que prometió a
su Cristo amado.
A María Emilia le nacen alas en los
pies cuando D. Joaquín la llama a Lisboa; es natural
que arda en deseos de reunirse con su padre; y,
también, que apetezca poner tierra por medio a las reiteradas
proposiciones de Eduardo y de otros pretendientes, que se cruzaron
en su camino. Vive fascinada
de lo eterno. “Los amores de este mundo -son humo-,
por nada se evaporan. Sólo Dios, sólo su amor”. “Sólo
Dios es…” “Él sí llena el alma, lo demás
polvo, basura, nada”. No le importa manifestar que vive entregada a
Dios; si los seguidores del mundo no tienen a menos
pregonar que lo son, ¿habrá de tener Cristo seguidores menos
valientes?
Es innegable que la joven vive en su ambiente como
pez fuera del agua; pero en tanto llega la hora
de Dios, procura llenar su espera de obras buenas hechas
en silencio. Su centro y su fuerza es el Santísimo
Sacramento, Cristo vivo que acampó entre nosotros y aún habita
en la pequeña tienda de sus tabernáculos. Le bulle en
la mente, con persistencia, el recuerdo del culto perpetuo que
la catedral de Lugo le tributa. ¿Qué mucho devolver compañía
por compañía, presencia por presencia? Sería maravilloso estar adorando sin
cesar a la Eucaristía; ¿desde cuándo aletea en su alma
este ideal? Si ella pudiera, fundaría una institución dedicada
perennemente a la adoración del divino Sacramento; está rumiándolo desde
los diez y ocho años como algo arrebatador, pero irrealizable. Hace
lo que está en su mano, sin paralizarse en lo
que podría ser una quimera. Todos los días va con
su padre a la iglesia donde está el Señor expuesto
en las “Cuarenta Horas”. De rodillas, ante la custodia de
S.D.M. María Emilia es feliz.
“La Eucaristía es el paraíso de
la tierra, mi recreo y descanso espiritual” Y, año tras año,
en la fiesta del Corpus sevillano, tiembla de emoción al
presenciar el desfile procesional, desde el balcón engalanado, arrojando flores
al paso de la custodia, con el rostro encendido y
los ojos húmedos, “con el alma toda” –como ella decía-
que es como valen las cosas pequeñas que ofrecemos al
Señor.
Por este tiempo María Emilia toma como director espiritual a
D. Marcelo Spínola, párroco de la iglesia de S. Lorenzo,
que le aconseja se asocie a las conferencias de san
Vicente de Paúl, obra que, a la sazón, canaliza los
fervores de las damas caritativas de la ciudad. Así lo
hace María Emilia; y, como miembro activo, pronto se pone
en contacto con los estratos más bajos de la sociedad,
donde tiene que intervenir en casos agudos de degradación moral,
con no poco asombro y dolor por su parte. También
forma parte, como profesora de labores, en el colegio fundado
por D. Marcelo para niñas pobres. María Emilia trabaja con
amor en la educación de las hijas del pueblo; para
ella supone un ensayo que dejará huella en su corazón.
El
tiempo no pasaba en vano; la salud del general se
resentía cada vez más; en uno de sus habituales paseos
en coche tuvieron un accidente; María Emilia salió ilesa, pero
su padre quedó bastante maltrecho, con varios cortes en la
cara; su estado se agravó por una fuerte hemorragia; en
los tres meses que sobrevivió, María Emilia estuvo pendiente, día
y noche, del enfermo, hasta que murió en febrero de
1885.
Muerto su padre y repuesta de su salud, María Emilia
se retiró por completo de las reuniones de sociedad; empezó
a distribuir, a manos llenas, buena parte de la cuantiosa
fortuna que había heredado de su padre; también comienzan a
despejarse los caminos de Dios; mas, antes de su clarificación
definitiva, tendrá que descorrer el velo de muchas dudas y
pasar por muchas tribulaciones.
D. Marcelo impulsa una Congregación de cuya
primera comunidad forma parte María Emilia por expresa voluntad de
confesor; al cabo de un año y medio, no exento
de dificultades y vicisitudes, tiene que salir por deterioro considerable
de su salud.
Al regresar a Sevilla, María Emilia reinició
el mismo estilo de vida que había conducido después de
la muerte de su padre: la oración, la visita al
Santísimo Sacramento y la atención a los necesitados polarizaban la
mayor parte de su jornada.
El fracaso de su primera experiencia
religiosa, no condujo a María Emilia a pensar, que Dios
no la llamaba a una vida de entera consagración a
su servicio y al servicio de los pobres en el
estado religioso. Era necesario continuar la búsqueda del camino concreto,
en la realización de la misma. Ha conocido y ayudado con
sustanciosas sumas a Sor Ángela, fundadora de las Hermanas de
la Cruz; admira su pobreza y fervor; quiere ingresar en
su convento: “…Frecuenté mucho y diariamente su convento; todos los días
me veía honrada por su maternal trato y acogida que
me enamoraba. Quería ser yo su hija; pero me decía:
“Piénsalo; yo te quiero, pero no es eso lo que
Dios quiere de ti” Yo insistí más, y hasta me
consintió estar en los recreos; pero cuando se formalizó, me
puse tan mala, que me dijo: ”¿Ves? Yo ya lo
sabía. No es esto para ti” En esto vi la luz
tan grande que tenía de Dios…”
Intenta nuevamente por otro camino: “Tenía
algún trato con la Reverenda Madre Superiora de la Reparadoras,
persona muy culta y de mucha vida interior; como mi
afán por ser religiosa era grandísimo, y lo demostraba confidencialmente,
me animaba mucho a realizarlo; pero como me sucedía que,
cuando iba decidida a formalizar mi ingreso, notaba una gran
repulsión y me sentía malísima de salud, se lo comuniqué,
con no poca turbación, y la virtuosa Madre me contestó
que entonces, examinase y viese bien si Dios quería de
mí otra cosa…”
María Emilia sufría por no ver realizado su
sueño de estar, permanentemente, en la casa del Señor; pero
el Señor, que la quería toda para sí, quiso anticiparle
un extraordinario consuelo: vino a su casa para quedarse con
ella. En diferentes lugares había tenido una habitación destinada a
capilla; también aquí, en Sevilla, tenía su Oratorio en el
que veneraba una imagen de la Inmaculada Concepción; pero le
faltaba lo principal, la presencia del Señor Sacramentado. Y así,
en un arranque de audacia, solicita este permiso de la
autoridad competente, y busca un buen padrino que abogue por
su causa. El inmenso favor le fue concedido. Ya no
va tanto a las Hermanas de la Cruz; ya no
va tanto a las Reparadoras. Ahora, en la compañía tan
cercana y permanente de Jesús Sacramentado, espera le sea concedida
la luz y la fuerza que necesita, para secundar los
planes divinos. Enteramente abandonada a su voluntad repite con insistencia:
“Dios
mío, aquí estoy, tomad mis manos, atadlas y llevadme donde
queráis, mas venid Vos conmigo”.
III. AL FIN, SELLADA POR
LA EUCARISTÍA
1. ¡Levántate, amada mía, hermosa mía, y vente!
Han pasado
muchos años; han pasado muchas cosas, desde que, siendo niña,
María Emilia salió de Granada hasta que regresa, siendo ya
mujer adulta; lleva en su morral el haz de apretadas
y jugosas experiencias: dolorosas unas, gozosas otras, pero todas
enriquecedoras, que han jalonado su camino existencial. Salió de su
ciudad natal llevando la semilla que el Señor había depositado
en su corazón; tuvo que sufrir en la noche oscura
de la búsqueda del camino concreto, por el que la
llamaba el Señor, para realizar sus profundas aspiraciones de vida
consagrada; pero, solamente empezó a vislumbrar las primeras luces del
alba, y a cantar gozosamente las alabanzas del Señor, cuando
tomó la decisión de volver a Granada.
Todo empezó del modo
más sencillo; repasando sus propiedades con su apoderado, María Emilia
fijó sus ojos en la “Huerta de San Jerónimo”. ¡Qué
grande es la Huerta de San Jerónimo! Allí todo cabe.
Está aislada del poblado y, a un tiempo, próxima al
mismo. Le asaltaban pensamientos de edificar, en medio de ella,
una hermosa Capilla, digna de Nuestro Señor Sacramentado. Con unas
habitaciones para ella, para su doncella y poco más, se
conformaba. ¡Hermosa soledad! ¡Naturaleza pura! ¡Qué marco para vivir enteramente
dedicada a adorar al Señor y a hacer el bien!…
Rechaza la idea por antojársele una de esas fantasías que
combina la imaginación; pero la idea vuelve a su mente
con mayor insistencia, y con más argumentos para merecer acogida.
Su recurso, en estas perplejidades, es ir al Sagrario y
orar para discernir cuál será la voluntad de Dios.
Ora y
explica con sencillez, a quien puede ayudarle, lo que pasa
por su alma: cuando se había casi resignado a hacer
su vida normal se siente acosada por nuevas posibilidades de
más profunda entrega… ¿Qué hacer? ¿Era una ilusión que debía
ahuyentar? ¿Le inspiraría Dios aquellos deseos? Y, ¿por qué no? Sopesan
lo que se expone a perder y lo que se
expone a ganar. ¿Acaso no estarían bien empleados todos los
tesoros y trabajos del mundo por ganar una palpitación de
amor divino? Dios es todo y hay que arriesgarlo todo
por Él. El inmovilismo, la indecisión, el temor al fracaso,
he ahí la única derrota. Coraje, pues, y adelante.
María Emilia
emprende viaje a Granada con su doncella y el arquitecto
que hará el estudio y proyecto. “En el año del
Señor de 1892, para mayor honra y gloria de Dios
y de su Inmaculada Madre y a fin de demostrar
el amor y gratitud hacia la Santísima Virgen en el
misterio de su Concepción Inmaculada, levanta esta casa y le
dedica este templo una humilde sierva suya. ¡Madre mía Inmaculada! Recibe
y conserva esta casa y templo para que, después de
mi muerte, resuenen en ellos tus alabanzas…”
Durante los primeros
meses las obras caminaron a buen ritmo; pero, a medida
que las paredes subían hacia el cielo, también empezaron a
subir de tono los comentarios malévolos de la gente; incluso
algunas personas amigas y allegadas ofrecen, gratuitamente, toda suerte de
opiniones desfavorables.
Algo incomprensible. Para una dama que siempre ha sido
objeto de respeto y admiración supone, algo así, como su
bautismo de humillaciones. Sabía lo que da de sí el
mundo, pero ahora está experimentando en su piel su despiadada
ligereza. No obstante, nada detiene sus pasos; en plena efervescencia
de las habladurías se dispone a hacer ejercicios espirituales. Le
importa más lo que diga el Creador que todo lo
que puedan decir las criaturas.
Y Dios se deja oír sin
ruido de palabras, si se abre el alma con ganas
de escuchar. Dios habla al corazón de María Emilia. Se
renueva la llamada a la entrega total que sintió en
su juventud. También se le presenta el bloque de sus
repugnancias. ¿Para qué complicarse la vida con nuevas “extravagancias”?
¿Para qué dar que hablar? ¡Tan lindamente como podría hacer
casi lo mismo desde la tranquilidad de su casa! ¿Es
que la vida que lleva no es santa y buena?
¡Naturalmente! Ahí está lo bueno como el mayor enemigo de
lo mejor; la fe nos conduce a lo más comprometido;
la naturaleza a lo más cómodo; ¿naufragará el ideal de
la señorita Riquelme en este dilema?
El tiempo no pasa
en vano; se van despejando las dudas, sigue la construcción
de la casa; no faltan los contratiempos; a marchas forzadas
tiene que preparar un rincón para trasladarse a vivir porque
la echan del piso alquilado; ella misma tiene que ponerse
al frente de las obras porque se ha ido el
maestro que las dirigía; y lo hace con tal acierto
que los operarios se quedan admirados. Dios viene en su
ayuda cuando todo se le pone al revés.
La casa es
muy hermosa, amplia y espléndida. En medio del edificio, engastada,
como una joya, la Iglesia, la morada del Señor Sacramentado.
Todo estaba ya dispuesto para la Fundación de las MISIONERAS
DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO Y MARÍA INMACULADA. El camino estaba a
punto de despejarse definitivamente.
María Emilia, mujer prudente, abre su corazón
al arzobispo de Granada, que la conoce desde niña. El
arzobispo ve claro. La espléndida efusión de la gracia no
se le ha dado solamente para provecho particular, sino también
para incremento del pueblo de Dios. Es preciso secundar la
llamada. De antemano bendice a la nueva familia religiosa cuyo
nacimiento se está gestando en el corazón de esta mujer
admirable. Ella, al calor de la oración, irá esbozando el
programa que deberán abrazar las jóvenes que sientan la llamada
y quieran ser pioneras de la gran escalada.
Llaman a
la puerta las primeras compañeras. Cierto aire deportivo y una
vida por delante para quemarla por Cristo. Se aprueban temporalmente
las constituciones que rigen la vida comunitaria. Todo está dispuesto
para la inauguración, pero les imponen un compás de espera
que durará un año. Después de orar y cumplir con entusiasmo
las constituciones, María Emilia insiste en su petición; presenta un
número de los “Anales de la Propagación de la Fe”,
que reclama la colaboración de las misioneras en la acción
evangelizadora de la Iglesia por tierras de infieles. Más que
una alusión parece una llamada directa. El arzobispo da luz
verde.
Por fin, el 25 de marzo de 1896 tiene lugar
la espléndida fiesta con el realce que se acostumbra a
dar a estas solemnidades. ¡Qué día tan memorable!
Llega la noche
con su profunda quietud y María Emilia se postra ante
el altar con la comunidad; con mano trémula abre la
puerta del sagrario y queda expuesta la custodia colocada tras
una segunda puerta de vidrio. Ha comenzado la adoración perpetua
que no cesa ni en epidemias, ni en revoluciones, ni
en los días de mayor cansancio. Mujeres vigilantes, bien despierta
la fe, con el arma de la adoración en la
atalaya de un reclinatorio. Alerta siempre. Alaban, agradecen, suplican por
ellas mismas y por todos los que trabajan, duermen, gozan
o pecan.
Ya están en marcha merced a la generosidad de
Emilia Riquelme, que ha podido decir con humildad: “Pude seguir el
impulso divino que me apremiaba despreciando el mundo, el humano
respeto y perdiendo mi pobre nada en Dios que fue
siempre mi Todo”.
2. Fascinada por la Eucaristía
Para conocer a fondo
a una persona no basta con admirar sus obras, ni
basta conocer el “cómo” de su estilo personal realizándolas. Es
necesario conocer Qué le mueve a realizarlas. A María Emilia
Riquelme se la conoce de verdad cuando se conoce su
central interior (el núcleo de los motivos que interesan su
voluntad), su sentido de la vida, su por qué, su
razón, su tesoro, fuente de sus convicciones afectivas, no teóricas.
Por ellas, libremente, y al precio que, en cada momento
le fue requerido, tomó, y mantuvo, la decisión más importante
de su vida: la de arriesgarla por entero, de una
vez, sin reservarse, sin poner condiciones y sin guardarse salidas
de emergencia, por hacer presente a Dios en su mundo. Su
CENTRO es lo primero que se ve en María Emilia.
Lo recibe desde su nacimiento en un clima de piedad
honda. Va haciéndose luego consciente y manifestándose como tal centro
en abundantes experiencias, -no programadas-, de despojo de criaturas, aún
las naturalmente más necesarias. A través de una cadena de
situaciones de desarraigo interior de otras criaturas, se afianza su
conciencia profunda del “Único Necesario”. “Hijas, sólo Dios, y todo
lo demás sólo por Dios”. “Es lo único que absorbe
mi vida, servir a Dios y agradarle y, como causa
principalísima, cuidar a mis hijas”. Lo percibe con creciente luz
como el Dios que “Tanto amó al mundo, que no
dudó en entregarle a su Hijo único… para que todo
el que crea en Él no perezca…”; se experimenta especialmente
atraída por ese amor levantado sobre lo alto, absorbida por
el extremo vigoroso de ese amor: la PASCUA; y por
la PRESENCIA permanente de ese amor: la EUCARISTÍA. “Jesús Sacramentado es
el centro de la Misionera”.
La PASCUA es su centro personal.
Toda su vida resulta fuertemente marcada por ese amor, que
sigue siendo el Centro divino de la historia humana. Nada
extraño que termine polarizada por la traducción sacramental viva del
mismo, la EUCARISTÍA, y que este sacramento de amor que
no se reserva, que no discrimina destinatarios(por vosotros y por
todos) y que busca precisamente a cuantos el egoísmo humano
ha discriminado, sea para ella el centro de ese Centro.
María
Emilia toma en la EUCARISTÍA, a la que accede
como bautizada, progresiva conciencia de su BAUTISMO, como lo que
es, no un rito, sino, de parte de Dios, la
llamada más temprana a compartir la vida de su Hijo
Jesucristo y, de su parte, la respuesta primera de su
voluntario compromiso de vivir como vivió Jesucristo. Eso es nuestra
fe: “Nuestro Señor nos ha elegido por su infinita misericordia; al
dársenos a sí mismo y al hacernos suyas, nos ha
sellado con el sello de la vocación eucarística, y este
sello lleva consigo la dulce misión de amar a Jesús
con delirio, hasta el martirio, la de darle a conocer
a las almas y hacer que le amen, en una
palabra, la santidad más consumada”
“La Eucaristía, corazón de nuestra vida…,
síntesis de todas las realidades sobrenaturales…, eje de nuestra comunidad…”
Const. /90, 3.1
El encuentro con la Persona del Hijo, “nuestra
Pascua y nuestra paz definitiva”, da un vuelco irreversible
a su vida. Un centro personal así, consciente y apasionadamente
asumido es, por esencia, transformador. Recoloca toda la persona y
su mundo en torno a él: afectividad, ideas, sueños, intereses,
cuerpo, deseos, medios, obras, el mundo (“los otros”)… La persona
entera de María Emilia comenzó a ser transformada, reabsorbida por
la conciencia, que va tomando, del proceso pascual que fue
toda la vida de Jesús. Y vive la EUCARISTÍA como
llamada a esa transformación; y como fuente y alimento permanente
de la misma.
“En la sagrada Comunión es donde mejor conoce
el alma a Jesús; bebe allí, por decirlo así, la
dicha inmensa de la transformación eucarística; ya no respira el
alma más que en Jesús, por Jesús, para Jesús; allí
siente su amor y crece en su amor y lo
ama cada vez más y más, y en su amor
se abrasa, consume y quema con ese fuego divino que
vino a traer a la tierra y del cual Él
mismo dice: ¡y qué quiero, sino que arda!”
María Emilia ha
sentido a Dios presente en nuestra historia en formas tan
exclusivamente divinas como la PASCUA-EUCARISTÍA; por eso le duelen el
alejamiento y las ausencias de los hombres con respecto a
Dios, nacidas de inconsciencia y de ignorancia. Para María Emilia
es, la PASCUA-EUCARISTÍA –pasión de Dios por el ser humano-,
llamada permanente, con la que alimenta toda su máxima capacidad
de pasión por Dios: “Yo, vuestra ruin esclava, juro por Vos,
mi Dios y mi Señor, que os amo con todo
mi corazón, que os prefiero y os preferiré sin comparación
a cualquier otro amor, por puro, grande y santo que
sea, que prefiero perder mi vida mil veces, antes que
perder un átomo de vuestro amor a mí, de mí
a Vos, mi Dios y mi Señor, que sólo deseo
amaros más, muy más…”
Con esa misma pasión desborda de pasión
a cuantos sirve, y refiere a Dios cuanto toca y
emprende; porque entiende que nada es suyo, sino todo de
ese Dios apasionado y puesto a disposición del ser humano,
objeto de su pasión. Esta pasión, vivida y correspondida por
María Emilia, enciende en ella la necesidad de ser presencia
de ese Dios para todos.
3. Siendo nada, soy todo
Emilia Riquelme
ama a Dios de forma tal que este amor constituye
la razón de ser de su vida. Lo contempla según
la imagen paterna que la figura del general Riquelme
había dejado impresa en su corazón y que, sin duda,
el Espíritu vivificó con su soplo divino. Emilia ama a
Dios como al Padre a un tiempo majestuoso y amable,
inmenso y cercano, adorable e íntimo; con arrebatos de ternura
filial y con sobrecogimiento tembloroso de adoración. Como a Creador
y Señor, como a Rey, como a Dios; muchas veces
lo llama regaladamente, esposo y amigo. Lo ama con amor
existencial que arrastra a toda la persona con su inteligencia,
con su voluntad y con toda su capacidad de entrega
y servicio; lo ama con ese amor prevalente y avasallador
de quien no respira sino por amor; de quien puede
decir con el Apóstol “mi vivir es Cristo”.
“En el amor
de Dios está toda la plenitud de la perfección, la
fuerza contra los peligros, el descanso en los trabajos, un
consuelo incomparable… remedio universal. El amor de Dios todo lo
llena” “En el cielo y en la tierra lo
que vale es el amor”.
El amor agudiza la visión para
conocer; el conocimiento amplía las sendas por donde se dilata
el amor y por esta vía se trenzan y se
acrecientan todas las virtudes.
Porque ama, es antagónica a la disimulación
y a la mentira. Huelga que diga “jamás engañé a
nadie a sabiendas”, pues esta condición sobrenada en todas sus
manifestaciones. Es verdadera hasta la médula de los huesos, espontánea,
sin artificio y, por añadidura, tiene la gracia de poner
una nota de humor hasta en lo más gris del
camino:
“¡Morir por la verdad y ser tenida por tramposa! Bueno,
hijas, esto me alegra esto es también ser un poquito
de Dios”. “Amo la verdad hasta morir”.
Su adhesión a la
verdad se refleja en la constante búsqueda de “lo que
es”, de lo que tiene consistencia; en el desprecio de
los juicios mudables y en la aversión a las apariencias,
mentiras con las que se enmascaran realidades menos halagüeñas.
“¡Qué mundo!
Hoy todo aplausos y elogios sin razón, mañana calumnias, quizás,
y menosprecios” Porque ama, considera la humildad como una actitud fundamental
de pobreza, de reconocimiento sereno de nuestra nada, de nuestra
incapacidad radical para todo bien:
“Él es mi Todo
y yo su nada”. “Mi Dios y mi Todo…
En Dios todo lo encuentro, sin Él nada quiero, Él
me satisface plenamente… Pero, Señor, que me conozca y te
conozca, que sólo suspire por mi humillación y tu gloria.
Madre mía, Tú sólo puedes alcanzarme esta gracia” Humildad es asimilación
del Verbo hecho hombre en las entrañas de María, infante
en Belén, ignorado en Nazaret, anonadado en la Eucaristía: aceptación
del plan redentor que se realiza por la obediencia de
Jesús y que culmina en la cruz; es desear que
Él crezca y yo mengüe; que crezcan los demás aunque
yo no crezca; es gozarse en la propia impotencia para
que en ella triunfe la fortaleza de Cristo; es saber
perder en aras de la concordia, acomodarse a los pequeños;
es “hacerse como niños”:
“¡Cómo enamoran los niños al Niño de
Belén!” “¡Belén! sí, allí no se habla más que el
idioma del amor de Dios y de la humildad”.
Porque ama,
afirma ser pobre “por voto y por efectivo”. No añora
la abundancia y confort de otro tiempo. La que escribía,
en perfumado, papel con su anagrama y filetes dorados, ha
tenido que valerse de un clavo, con mala tinta y
peor papel, careciendo, alguna vez, hasta del sello para franquear
la carta. Usa incómodos tranvías y cuando se encuentra tirada
por los suelos, esterando la casa, con el martillo y
las tachuelas en la mano, dice que está “más
contenta que de millones, ¡qué alegría esperando el pan que
cada día nos da Nuestro Señor!”.
Por sí misma repasa
las mangas de su hábito, ¿qué mucho si “la Reina
del Cielo lavaba, guisaba, barría…” Una piadosa dama la mira
con cierta compasión; ella acaricia sus zurcidos diciendo: “Éstas son
mis joyas, éstas son mis joyas”.
Porque ama, ve como microscópico
todo lo transitorio; sólo estima aquello que puede acercar al
objeto divino del amor. Por eso fue tan aficionada al
recogimiento en el que se producen los misteriosos contactos
del hombre con Dios; y recomienda con instancia esa actitud
permanente de atención a lo interior:
“El silencio es la respiración
del alma”. “Sin recogimiento es imposible vivir nuestra vocación”. “Jesús
quiere mucho silencio para hablarnos al corazón”
Porque ama, pone su
actividad temperamental al servicio divino. Servicio que, unas veces exigirá
el hacer de las manos que se fatigan en la
brega; otras veces pedirá la gozosa aceptación de las penas
o gozos que Dios permita. El amor no implica necesariamente
constantes sacrificios, pero sí la disposición habitual de sacrificarse siempre
generosamente: “El heroísmo del amor es amar en todo tiempo y
ocasión”. “Jesús no mira tanto el don que se le
da como el corazón con que se le da”.
Con el
hambre de complacer a Jesús y de padecer, alterna en
María Emilia, la sed ardiente de “someterse gozosa y humildemente
al dulcísimo yugo del Señor”; la voluntad de Dios es
su aspiración suprema: “Esta unión con la voluntad de Dios,
con Él mismo, me absorbe por días más”. “Es lo
único que absorbe mi vida, servir a Dios y agradarle”.
Porque
ama, nunca le faltó, en medio de las probaciones, la
confianza en Dios y la paz del corazón; es su
oración única, su estribillo de amor lleno de confianza y
abandono.
Porque ama, procura la caridad entre los hermanos; amasa una
familia congregada en torno al misterio eucarístico, misterio de fe
y de amor, alimento de los miembros del Cuerpo Místico
de Cristo que, vivificados por la misma savia, deberán tener
una sola mente y un solo corazón. “Un solo corazón, un
solo anhelo, la gloria de Dios y su amor”. “Dulzura,
humildad y caridad”. Porque ama, no sabe ofenderse, no le cuesta
perdonar, olvidar, acercarse, liquidar cuestiones, restañar heridas, abrir los brazos
con la indulgencia propia de los grandes corazones. Porque ama, enseña,
corrige, y cuando lo cree oportuno, no escatima la palabra
regocijante, que todo es menester para pasar la vida; el
metal de su voz es dulce y jovial; habla con
el peculiar seseo andaluz y sazona sus intervenciones con los
giros de su tierra que imprimen fluidez y naturalidad a
la comunicación. Y es que la madre Riquelme no quiere
en su casa tristeza por nada del mundo: “Las caras alegres
y el corazón en Dios”. “Servir a Dios con alegría,
es la bondad misma”.
4. Entrega voluntaria y alegre
Contemplando hoy, la
llamada que María Emilia recibió, en la madurez total de
su respuesta personal, podemos afirmar, que vivió tomada por un
profundo sentido de la PRESENCIA real y activa del “Tanto
amó Dios al mundo…” en su Hijo único. La primera
etapa de esa presencia la camina de la mano de
María; la continúa con ella en el conocimiento contemplativo de
Cristo en su historia humana hasta su entrega, muerto y
resucitado; y de su mano la prolongará, en su relación
personal permanente, con el Señor de la Pascua real y
sacramentalmente presente en la EUCARISTÍA.
El mundo de María Emilia es
el de la vivencia limpia de la PRESENCIA de ese
amor “extremo”, vivo y personal, de la mano de María.
En esa presencia: -acoge la entrega real y permanente de
Dios en su Hijo; -adora el sacrificio de éste por
vosotros y por todos; -se incorpora a el que nos
abre el camino hacia Ti, mediante el sacerdocio de su
“inmolación voluntaria y alegre por la gloria de Dios y
bien de nuestros prójimos”; -participa en el gran convite de
la comunión de Dios, al partirse y repartirse con, y
por, todos.
María Emilia es llamada a su transformación personal más
profunda: la de comprometerse a vivir su propia Pascua; la
de pasar de la muerte a la vida; la de
dejar de vivir para sí y vivir del todo, inseparablemente,
para Él y para sus intereses, que son todos los
seres humanos. Llamada que lleva consigo la renuncia a exigir
vida a otros, el permanente agradecimiento a cuantos le dan
la suya, y el poner definitivamente su vida a disposición
de todos, a fondo perdido. Este es el pleno sentido
de la “inmolación” como respuesta, por la que se asocia
al sacrificio eucarístico de Cristo y coopera, de la manera
más profunda, a su obra redentora.
El espíritu interior y distintivo
que ha querido dar a su Congregación de Misioneras del
Santísimo Sacramento y María Inmaculada es: “Dulzura y caridad; inmolación
voluntaria y alegre por la gloria de Dios y bien
de nuestro prójimos”, y su sello exterior la sencillez y
la humildad. Toda la ruta de María Emilia estuvo
jalonada de tropiezos, regada con la lluvia fecunda del sufrimiento
y de la cruz; experiencias que la fueron identificando con
su amado Señor.
Y, ¿cómo responde ella?: “¿Qué hay más dulce
que un amén mirando a Dios?”
Sí, ¡AMÉN! es su grito
de abandono y confianza; no sólo a flor de labios,
sino de sentimientos, de entrañas, de corazón. ¡Amén!; cuando comienza a
construir la casa para Jesús Sacramentado y tiene que hacer
frente a las críticas y murmuraciones de la gente malintencionada
y entrometida.
¡Amén!; cuando, en los albores de su naciente y
florida congregación, se enferman y mueren varias religiosas. “Tanto golpe, tan
fuerte y para mí tan inesperado, me ha dejado con
sola una actitud que a Dios y a su Santísima
Madre debo, que es acatar, besar y agradecer la mano
que me hiere y traspasa mi corazón”.
¡Amén!; cuando, estando gravemente
enferma, en el año 1902, se declara un incendio en
la Iglesia de Granada, recién pintada, que arrasa con todo
y amenaza con extenderse a la casa entera. Un sacerdote
se acerca a la Madre y le dice: “Todo, señora,
todo está acabado…” Ella, que permanece arrodillada ante el Santísimo,
recién rescatado de entre las llamas, se vuelve pacificamente para
responder: “Suyo es, que Él haga de ello lo que
quiera”.
¡Amén!; cuando, en sus andanzas fundacionales, abriendo nuevas casas,
tiene que viajar en los trenes de la época hasta
más de 70 horas, con trasbordos improvisados, averías en la
máquina, desajustes en las vías; tizne en abundancia, traqueteo, frío
o calor extremado, algún que otro descarrilamiento y otros mil
ingredientes nada divertidos; eso, cuando menos; pues, ocasión hubo, en
que sufre un colapso, intenso y prolongado que hace temer
por su vida. La dan por muerta. Suena la alarma,
para el tren y consiguen reanimarla. Accidente que le repite
en la fonda donde se hospeda en Madrid; los médicos
la encuentran grave y dictaminan que sea viaticada, a lo
que se opone el dueño del establecimiento.
“Mucho sufrí aquella noche,
no por mis males, sino porque me daba pena morirme
en una fonda, a la vista de todos, sin sacramentos,
en aquellas circunstancia y me partía el corazón mi monjita
del alma. ¡Oh sí, Dios nos oyó a las dos!”
¡Amén!;
cuando, recibe una llamada para comunicarle que se ha incoado
un expediente de importancia, que manaba sangre, contra su convento
de Granada; mas todo lo que conlleva: visitas, averiguaciones, exploraciones;
dos bandos en la comunidad: uno, fiel a la Fundadora;
otro, tramando echarla del instituto; los ecos de tantos chismes
que duran y perduran entre la gente y bloquean, en
cierto modo la pequeña “Obra de María”; salidas de religiosas
por presiones de sus familiares…
“Estoy destrozada de penas, pero Dios
lo quiere y yo también”. “Yo me entrego a
la voluntad de Dios y mi ser entero se lo
doy. Que vuestra voluntad se cumpla en mí; en
ti confío, Jesús mío, ayúdame”. ¡Amén!; cuando tiene que hacer frente
a las calumnias y acusaciones de rigorismo inhumano, que
un catedrático de la facultad de medicina publica en El
Defensor de Granada y en La Gaceta Médica del Sur;
en el artículo, Un Convento modernista en Granada, injuriaba y
atacaba sin piedad a las monjas del Convento de la
Huerta de San Jerónimo; de manera particular y ensañada animosidad
a la Fundadora, causante, según él, de todos los desmanes
y barbaridades. Con las consecuencias añadidas: falta de vocaciones, desbandada
de educandas, desconfianza de la gente. “Ha llegado a mi convento
de Madrid donde me hallo, un artículo notablemente ofensivo a
mi amado Instituto y a mi pequeña persona. Como cristiana
y aún más como religiosa, procuro cumplir la ley de
Dios y perdonar a mi ofensor; así lo hago con
todo mi corazón…”
“Dios, cuánto tengo que sufrir! Es lo
que yo, pobrecita de mí puedo hacer, me consuela en
extremo mi misión, hoy callada y arrinconada sufrir por Él,
mi Dios y mi Señor, por su gloria y honor”. ¡Amén!;
cuando, en la Semana Trágica de Barcelona tiene que abandonar
con sus religiosas el convento y refugiarse en una casa
de familia, generosamente ofrecida; o, en la guerra civil española,
en que, por su avanzada edad y por temor a
los registros, no la reciben en ninguna parte y tiene
que huir a Francia.
“Yo estoy dispuesta, ayudada de mi Madre
Inmaculada, a seguir a Jesús monte arriba aunque mis pies
manen sangre”. Sí; ¡AMÉN!, es su grito de abandono y confianza.
¡ALELUYA!, su rendido y gozoso agradecer.
¡AMÉN! es “Fiat” ¡ALELUYA! es “Agradecer” ¡AMÉN!
Es el grito del alma que es feliz con todo
lo que Dios quiere. ¡ALELUYA! Es el grito del alma que
es feliz con todo lo que Dios permite. ¡AMÉN! Es el
grito del amor que se somete. ¡ALELUYA! Es el grito del
amor que se adelanta a la voluntad de Dios a
quien ama. ¡AMÉN! Es el grito de los santos en la
tierra. ¡ALELUYA! Es el grito de los santos en el cielo. Cuando
un alma en la tierra sabe decir “Amén”, sabe
también decir “Aleluya”; entonces existe entre Dios y esa alma
una unión interior inefable, y la deja en la paz
más profunda que, permite a Dios decir a sus ángeles:
“Ved cómo me ama”.
5. No hay fronteras
Las dimensiones esenciales de
la Presencia de Cristo, que María Emilia experimenta: entrega, sacrificio,
sacerdocio, comunión, lo son también de la presencia, que se
siente llamada a ser en su relación con los demás.
Su relación de presencia con el Dios Presente es, por
esencia, una relación MISIONERA.
La fuente de donde mana y se
alimenta el celo apostólico de María Emilia es la EUCARISTÍA:
“ganar sus almas para Dios, que es nuestro único objetivo…
por todos los medios posibles…” De la misma fuente nace
su sensibilidad para la inconsciencia y la ignorancia que tiene
el mundo de esta revelación y su intuición de que
ellas son la raíz de la increencia y la injusticia,
que impregnan culturas, relaciones sociales, políticas, estilos de vida… de
su mundo; porque siente a Dios presente en la historia,
le duelen el alejamiento y las ausencias de los hombres
respecto a Dios.
Emilia Riquelme fue siempre misionera; ya en vida
de su padre, y por los lugares a los que
tuvo que acompañarle, siempre buscaba dónde y cómo hacer el
bien. En Sevilla, ciudad en la que estuvo más tiempo,
antes de ser religiosa, ya hemos visto como se integra
en las asociaciones para dar cauce a su afán misionero;
pero, es que, ella, por su cuenta, siempre tiene innumerables
casos entre manos: chicas casaderas sin dinero para el ajuar;
otras, que quieren ser monjas y carecen de lo más
imprescindible; un seminarista necesita libros, otro no puede pagar la
pensión del seminario, socorro permanente a familias pobres a través
de Sor Ángela de la Cruz… se multiplican las urgencias
ante quien tiene verdadero interés por remediarlas.
Tras los visillos de
su balcón María Emilia viene observando a un niño que
da limosna a un pobre que vive en la acera
de enfrente. El pequeño bienhechor no puede ir más pobremente
vestido, pero, tampoco más limpio. Lo llama, le pregunta su
nombre, se interesa por su familia: es huérfano, su madre
es lavandera, tiene un hermano delicado de salud y una
hermana; ambos mayores que él. Tanto María Emilia como su padre
admiran la liberalidad de la pobre viuda que reparte, generosamente,
sus escasos haberes; y deciden colocarla en su casa. Dan
carrera al hijo mayor y lo cuidan en sus enfermedades
hasta que muere; el pequeño Pablo quiere ser cura y
le costean la carrera. Carmelina, la hermana, sustituye a una
criada y llegará a ser la doncella que acompañará de
por vida a María Emilia formando parte, como religiosa, de
la primera comunidad.
Los Riquelme traen de la Coruña a una
cocinera gallega, viuda, cuyo hijo Leopoldo ingresa en el seminario;
el chico pasa las vacaciones junto a su madre; y
cuando viene la abuela a verlos también tiene una buena
habitación para que se quede el tiempo que le plazca;
Leopoldo Eijo Garay lo contaría siendo ya obispo de Madrid.
María
Emilia ha calado y gustado en profundidad las maravillas del
misterio eucarístico y siente la necesidad urgente y apremiante de
gritar, de comunicar a otros, lo que ha visto en
la fe; por eso, la congregación por ella fundada será
misionera desde su nacimiento; religiosas adoradoras y misioneras: cuanto más
adoren y amen, sentirán más viva la necesidad de comunicar
su tesoro. “Al pie del sagrario es donde se amasan las
grandes batallas del amor de Dios”.
Misioneras y… de vanguardia, ad
gentes, en países de infieles: “El celo de la Misionera
abarca el mundo entero. Deben estar dispuestas a ir hasta
los últimos confines de la tierra”.
Consciente la Madre Fundadora de
que el fin de la Congregación comprende la instrucción de
niñas y jóvenes, no sólo en países de infieles, sino
también en países ya cristianos, abre la Casa de Granada
a un grupo de niñas verdaderamente pobres, especialmente huérfanas, que
después ampliará a educandas internas.
Consolidada la fundación de Barcelona, de
inmediato se abre el colegio; las clases eran gratuitas: por
la mañana para niñas y por la tarde para “las
jóvenes obreras de las fábricas inmediatas a nuestra casa; de
siete a nueve de la noche las teníamos en casa”;
se llena hasta los topes de alumnas, todas “con afán
de aprender y de ser buenas”; “de día unas y
de noche otras nos ocupan, no nos dejan punto de
reposo, pero estamos contentísimas con ellas porque se hace mucho
bien”. La Madre Fundadora estimula con palabras llenas de unción
a todas, promoviendo la formación humana y espiritual:
“Las maestras piensen
que tienen que dar cuenta a Dios de su delicada
carga espiritual y a los padres de familia”. “Atended a las
niñas como es justo, acogedlas con amor y, llevándolas a
Dios, vosotras mismas creceréis en su amor”. En la fundación de
Madrid, cumpliendo las condiciones del testamento de sus primos que
le habían donado la casa, abre también un colegio gratuito
para niñas. María Emilia, aunque estuvo siempre pronta para zarpar hacia
cualquier parte, con tal de llevar al mundo los nombres
de Cristo y Santa María, no pudo personalmente lanzarse allende
los mares; pero sí pudo bendecir y contemplar, con gratitud
emocionada, a las primeras misioneras, pioneras de la expansión ultramarina
de la Congregación, rumbo a Brasil.
IV. ECOS Y RESONANCIAS
Después de
recorrer la apasionante andadura de esta mujer excepcional, que fue
María Emilia Riquelme, ¿qué planteamientos, qué interrogantes, qué cuestionamientos nos
plantea a los que peregrinamos en los albores del siglo
XXI?
Ella, absorbida por el amor de Dios vivo y
presente en la PASCUA-EUCARISTÍA, marcada en lo más profundo por
esta PRESENCIA, supo ser signo de ella en su mundo
y dedicó sus energías a ser prolongación viviente de la
promesa de Jesús: “yo estaré con vosotros todos los días…” ¿Hay
algo más urgente para nuestro mundo, que hacer visible y
experimentable, con verdad, humildad y gozo, esa PRESENCIA?
Esbocemos, a modo
de arco iris de paz, proyectándose sobre la multiforme realidad
que nos rodea, algunas características que nos orienten en nuestro
empeño de hacer palpable y creíble esa PRESENCIA.
1. Presencia, nueva
mirada sobre el mundo
Contemplar es una manera de hacernos presentes
a la realidad contemplada. Una contemplación eucarística de nuestro mundo,
nos abre, a descubrir en él otras muchas presencias del
Señor: en la creación entera, en personas, comunidades y grupos
humanos, naturaleza, obras de la mano del hombre… Particularmente nuestra
contemplación eucarística nos centrará en las personas, vistas todas y
cada una, como iconos vivientes en los que se proyecta
Dios mismo, creándolas y redimiéndolas continuamente.
2. Presencia misericordiosa
Una presencia, que
no se agota en desbordar voluntariamente de amor toda miseria
y debilidad humana, como somos desbordados por Dios, sino que
actúa como levadura, despertando y movilizando lo mejor del ser
humano concreto, sus capacidades más divinas, haciendo aflorar al Dios
presente, desbordándonos a todos. Misericordia que, brotando del corazón, se
proyecta, como la de Dios, en obras, y cuyo objetivo
primero es ayudar a personas a rehacerse como tales.
3. Presencia,
cercanía voluntaria
Ser presencia de un Dios que no “pasa” nunca
de ninguno de sus hijos. Al contrario, se hace presente
a todos, buscándolos, especialmente, a los que, “por ignorancia” idean,
viven y propalan evangelios de alejamiento, de autonomía e independencia,
o de abierto rechazo a Dios. Es precisamente, en estos
casos, donde nuestra presencia crea formas de búsqueda activa, personalizada,
respetuosa, paciente, inalterable, permanente… Como la de Dios en la
Eucaristía.
4. Presencia sacrificial
Sólo una entrega personal gratuita hace presente a
Quien es pura Gracia, todo Gracia. Nuestra mejor acción de
gracias a Aquel, a Quien debemos todo, es vivir para,
y por, los mismos por los que Él sigue dándose
todo, hasta identificarse con ellos. Con la presencia sacrificial de
nuestro vivir alargamos en nuestras propias personas, este identificarse de
Dios con los pequeños.
5. Presencia sacerdotal
Como el único querer
de Dios es que todos los hombres se salven; y
sólo salva su amor hasta el extremo, ¿por qué no
situarnos, voluntariamente en el extremo posible de nuestra capacidad de
amar, vaciándonos con Él por los mismos, que hoy quiere
Él salvar? Esta presencia convierte cualquier escenario de nuestra vida
en templo, todo acontecimiento y situación humana en altar, y
toda nuestra actividad y pasividad en verdadera liturgia.
6. Presencia adoradora
En
esta presencia arraiga la libertad interior, fundada en el “Yo
soy el único Dios”. La presencia de Dios que hemos
de ser para nuestro mundo, nace de la adoración, la
visibilizamos en el culto, que cuidamos también como evangelización, y
la llevamos a su plenitud en el servicio, verdadera adoración.
7.
Presencia misionera
Presencia con la que visibilizamos nuestra disponibilidad más plena
a Dios, para continuar revelando cuánto ama Él y cuánto
vale todo ser humano. Todos y todo se convierte en
campo de misión; y todos son, en principio, destinatarios de
nuestra presencia personal y de este modo de hacerles llegar
la Eucaristía de Jesús.
8. Presencia evangelizadora
Es la forma más
plena de evangelización, la que transparenta desde, lo más hondo,
la verdad del evangelizador y la que activa, al máximo,
las capacidades de conocer del evangelizado. Dios quiere ser conocido,
visto, tocado…, por presencia, en el cara a cara de
su Hijo. Y en el cara a cara de la
presencia de nuestras vidas, en la que nuestra persona entera
se hace palabra. La presencia enciende presencias.
9. Presencia servidora
A un
Dios, que se nos autorretrata curvado, a los pies de
los hombres, sólo podremos entenderle y revelarle hablando su mismo
lenguaje. Y sólo podremos ser presencias del Presente ante los
hombres, curvándonos, como Él, delante de ellos; esto es, sirviéndoles
humildemente, como Él.
10. Presencia de comunión
Arriesgándonos en una voluntaria donación
de nosotros mismos, sin reservas, y con nuestro yo
abierto siempre a la acogida de todos, hacemos presente el
por vosotros y por todos los hombres de la PASCUA-EUCARISTÍA.
Y construimos la comunidad, la Iglesia, como piedras vivas
del Cuerpo de Cristo, sacramento de salvación universal, y un
mundo más humano por más fraterno.
11. Presencia de pobres voluntarios
Profundizando
en una lectura de la secuencia divina: Encarnación-Pascua-Eucaristía, descubrimos que
la grandeza del amor, que es Dios, escoge revelarse en
signos limpios, transparentes, sencillos, que únicamente se explican por amor.
En la “fracción del pan” les nació a las primeras
comunidades, como una necesidad vital, el “romperse”, partiéndose, repartiéndose, sus
propias personas unos por otros, el compartir. Hoy necesitamos revivir
y potenciar esos signos.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
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Me fascina recrearme en Granada y España en el siglo XIX y comienzos del XX. La figura y tremenda personalidad de María Emilia siempre han estado presentes en mi vida y mis actos, pues somos familia y los genes siguen vivos... Igual que ella, soy persona generosa amante de ayudar al que lo necesita, no sólo económicamente sino en sus carencias afectivas, morales, intelectuales etc. No he sido religiosa pues mi vida personal es todavía algo complicada, pero educada en un colegio de monjas, siempre me atrajo enormemente la vida conventual y la ingente labor que desde ese puesto podría haber realizado. Me encanta Granada, la tierra de mis antepasados, de mi padre y mi abuela paterna, pero por designios del destino, vivo en Tenerife y soy profesora o educadora de alumnos y alumnas de Secundaria y Bachillerato en las materias de Historia, Geografía e Historia del Arte en las que me doctoré. También soy escritora e ionvestigadora histórica, uno de mis artículos precisamente basa su contenido en la vida de mi pariente María Emilia. Por último, al igual que ella mi vena y chispa ocurrente y humorística definen con similitud mi carácter.