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Autor: . | Fuente: Catholic.net
Laura Montoya
Virgen colombiana, fundadora de las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena (fecha de beatificación: 25 de abril de 2004).
 
Laura Montoya
Laura Montoya


Virgen colombiana, fundadora de las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena (fecha de beatificación: 25 de abril de 2004).


Nació en Jericó (Antioquia), pequeña población colombiana, el 26 de mayo de 1874, en el hogar de Juan de la Cruz Montoya y Dolores Upegui, una familia profundamente cristiana. Recibió el bautismo cuatro horas después de su nacimiento. Le pusieron por nombre María Laura de Jesús.

Cuando tenía dos años, su padre fue asesinado, en cruenta guerra fratricida por defender la religión y la patria. Dejó a su esposa y sus tres hijos en orfandad y dura pobreza, a causa de la confiscación de los bienes por parte de sus enemigos. De su madre Laura aprendió a perdonar y a fortalecer su carácter con sentimientos cristianos.

Desde sus primeros años, su vida estuvo llena de incomprensiones y dolores. Supo lo que es sufrir como pobre huérfana, mendigando cariño entre sus mismos familiares. Aceptando con amor el sacrificio, fue superando las dificultades del camino. La acción del Espíritu de Dios y la lectura espiritual, especialmente de la sagrada Escritura, la llevaron por los caminos de la oración contemplativa, la penitencia y el deseo de hacerse religiosa en el claustro carmelitano. Tenía sed de Dios y quería ir a él "como bala de cañón".

Creció casi sin estudios, por las dificultades de pobreza y vida itinerante a causa de su orfandad, hasta la edad de 16 años, cuando ingresó en la Normal de Institutoras de Medellín, para ser maestra elemental y, de esta manera, ganarse el sustento diario. A pesar de ello, llegó a ser una erudita en su tiempo, una notable pedagoga, formadora de generaciones cristianas, escritora, mística profunda por su experiencia de oración contemplativa.

Su profesión de maestra la llevó por varias poblaciones de Antioquia y luego al colegio de La Inmaculada, en Medellín. En su magisterio no se contentaba con el saber humano, sino que exponía magistralmente la doctrina del Evangelio. Con la palabra y el ejemplo, formaba el corazón de sus discípulas en el amor a la Eucaristía y en los valores cristianos. En un momento de su trayectoria como maestra, se sintió llamada a realizar lo que ella llamaba «la Obra de los indios». En 1907, estando en la población de Marinilla, escribió: «Me vi en Dios y como que me arropaba con su paternidad haciéndome madre, del modo más intenso, de los infieles. Me dolían como verdaderos hijos». Este fuego de amor la impulsaba a un trabajo heroico al servicio de los indígenas de las selvas de América.

En 1914, apoyada por monseñor Maximiliano Crespo, obispo de Santa Fe de Antioquia, fundó una familia religiosa: las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, para hacer realidad su ideal misionero, como expresa en su Autobiografía: "Necesitaba mujeres intrépidas, valientes, inflamadas en el amor de Dios, que pudieran asimilar su vida a la de los pobres habitantes de la selva, para levantarlos hacia Dios".

En el mes de noviembre de 1930, después de una viva oración ante la Eucaristía en la basílica de San Pedro, escribió: "Tuve fuerte deseo de tener tres largas vidas: la una para dedicarla a la adoración, la otra para pasarla en las humillaciones, y la tercera para las misiones; pero al ofrecerle al Señor estos imposibles deseos, me pareció demasiado poco una vida para las misiones y le ofrecí el deseo de tener un millón de vidas para sacrificarlas en las misiones entre infieles".

Buscó recursos humanos, fomentó el celo misionero entre sus discípulas, escogió cinco compañeras a quienes comunicó el fuego apostólico de su propia alma. Aceptando de antemano los sacrificios, humillaciones, pruebas y contradicciones que se veían venir, acompañada por su madre, Dolores Upegui, y el grupo de misioneras catequistas de los indios salió de Medellín hacia Dabeiba el 5 de mayo de 1914.

Partieron hacia lo desconocido, para abrirse paso en la tupida selva. Iban, no con la fuerza de las armas, sino con la debilidad femenina apoyada en el Crucifijo y sostenida por un gran amor a María, la Madre y Maestra de esta Obra misionera. «Ella, la Señora Inmaculada me atrajo de tal modo, que ya me es imposible pensar siquiera en que no sea ella como el centro de mi vida». La celda carmelitana, objeto de sus ansias en el tiempo de su juventud, le pareció demasiado fría ante aquellas selvas pobladas de seres humanos que no conocían a Cristo, pero eran amados tiernamente por Dios. "Siento la suprema impotencia de mi nada y el supremo dolor de verte desconocido, como un peso que me agobia".

Comprendió la dignidad humana y la vocación cristiana del indígena. Quiso insertarse en su cultura, vivir como ellos en pobreza, sencillez y humildad, y de esta manera derribar el muro de discriminación racial que mantenían algunos líderes civiles y religiosos de su tiempo. La solidez de su virtud fue probada y purificada por la incomprensión y el desprecio de los que la rodeaban, por los prejuicios y las acusaciones de algunos prelados de la Iglesia, que no comprendieron en su momento aquel estilo de ser «religiosas cabras», según su expresión, llevadas por el anhelo de extender la fe y el conocimiento de Dios hasta los más remotos e inaccesibles lugares, brindando una catequesis vivencial del Evangelio. Su obra misionera rompió esquemas, para lanzar a la mujer como misionera en la vanguardia de la evangelización en América Latina. El doloroso «Tengo sed» de Cristo en la cruz la impulsó a saciar esta sed del crucificado: «¡Cuánta sed tengo! Sed de saciar la vuestra, Señor. Al comulgar, nos hemos juntado dos sedientos: Vos, de la gloria de vuestro Padre; y yo, de la de vuestro Corazón eucarístico. Vos, de venir a mí; y yo, de ir a Vos».

Mujer de avanzada, eligió como celda la selva enmarañada y como sagrario la naturaleza andina, los bosques y cañadas, la exuberante vegetación en donde encontraba a Dios. Escribe a las hermanas: «No tienen sagrario, pero tienen naturaleza; aunque la presencia de Dios es distinta, en las dos partes está y el amor debe saber buscarlo y hallarlo en donde quiera que se encuentre».

Redactó para ellas las «Voces Místicas», obra inspirada en la contemplación de la naturaleza, y otros libros como el Directorio o guía de perfección, que ayudan a las hermanas a vivir en armonía entre la vida apostólica y la contemplativa.

Su Autobiografía es su obra cumbre, libro de confidencias íntimas, experiencia de sus angustias, desolaciones e ideales, vibraciones de su alma al contacto con la divinidad, vivencias de su lucha titánica por llevar a cabo su vocación misionera. Allí muestra su «pedagogía del amor», pedagogía acomodada a la mente del indígena, que le permite adentrarse en la cultura y el corazón del indio y del negro americanos.

La madre Laura centró su eclesiología en el amor y la obediencia a la Iglesia. Vivía para la Iglesia, a la que amaba entrañablemente, y para extender sus fronteras no medía dificultades, sacrificios, humillaciones y calumnias.

Esta infatigable misionera pasó nueve años en silla de ruedas, sin dejar su apostolado de la palabra y de la pluma. Después de una larga y penosa agonía, murió en Medellín el 21 de octubre de 1949. A su muerte dejó extendida su congregación de misioneras en 90 casas distribuidas en tres países, con 467 religiosas. En la actualidad trabajan en 19 países de América, África y Europa.

(Texto: L’Osservatore romano, edición en lengua española, 23 de abril de 2004).



 
 

 
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