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| La confianza en la Gracia |
Hoy en día la Psicología, cumpliendo de alguna manera el
proyecto nietzscheano de “señora de las ciencias”, aparece en todos
los ámbitos donde se mueve el hombre mismo. Por eso
nos referiremos a la tarea del psicólogo en un sentido
amplio, en las diversas áreas en que se requiere generalmente
su presencia, en las distintas situaciones a las que se
enfrenta, y en las que los demás ponen exageradas expectativas
respecto de la resolución de problemas.
La Psicología se ha
forjado, en el mundo actual, para el común de la
gente –y hasta en muchos de ámbitos académicos– una cierta
imagen de omnipotencia. Y hasta en los ambientes más religiosos
ha penetrado reemplazando la verdadera vida espiritual y la mística
cristiana. Esto no nos extraña, ya que es heredera de
la filosofía moderna, y realiza sus ideales antropocéntricos de superioridad
de la ciencia humana y de su método. Por eso
vemos que pretende dar pautas indiscutibles de conducta: en la
educación, en la salud y la enfermedad, en las crisis
vitales, en el discernimiento vocacional, en la elección profesional, en
las relaciones familiares, institucionales, sociales, etc. Y todavía más, muchas
veces se le exige al psicólogo hacer pronósticos certeros sobre
la vida entera de una persona, con una proyección de
futuro más propia de Dios que de los hombres.
Debido a
esto, hablaremos del psicólogo como aquel que se enfrenta a
un hombre que ciertamente no se encuentra en el estado
de naturaleza íntegra (donde la mente estaba sometida a Dios),
pero tampoco totalmente corrompido como pretende Lutero y el protestantismo,
Freud y el psicoanálisis, y también muchas corrientes de psicología
de raíz moderna. Nuestra posición se ubica en el reconocimiento
del hombre que posee una naturaleza caída, con un severo
desorden en su personalidad, pero que tiene la posibilidad de
ser restaurada y sanada por la gracia. El hombre no
puede llegar a su plenitud como hombre, si no es
por la gracia. No puede llegar a ser plenamente “sano”
y ordenado psíquicamente, si no es con la ayuda de
la gracia.
Por eso el psicólogo en su tarea, debe
confiar en la gracia, es decir, deber tener fe en
la realidad de la gracia de Dios, en su efectiva
acción en el alma y en su dinamismo, que la
eleva al fin último sobrenatural. Y esto plantea también un
tema polémico y urticante para muchos –aún entre los psicólogos
católicos– y es si el psicólogo es mejor si tiene
fe, y hasta si es bueno que de testimonio de
su fe. ¿Es lo mismo un psicólogo con fe, que
uno sin fe? ¿Es mejor un psicólogo que confía más
en la omnipotencia de la Psicología que uno que confía
en el poder de la gracia de Dios y trata
de ser un buen instrumento?
Pero avancemos en el desarrollo de
los temas e iremos develando estas cuestiones.
1.El hombre
y la ley natural
El psicólogo debe intentar que la
persona cumpla con la ley natural y así logre su
propio despliegue y sano desarrollo. Todo ser siente inclinación natural
a la operación de aquello que le es propio por
su forma. La forma propia del hombre es el alma
racional, y la inclinación natural es a obrar conforme a
la razón. Esto significa vivir virtuosamente, como hombre normal y
sano, pues según Santo Tomás (siguiendo a Aristóteles) “la virtud
es la perfección propia del hombre” . El hombre es
bueno como hombre en la medida en que su conducta
es dirigida por la recta razón, o sea por una
razón que dirige sus actos rectamente al fin.
La ley natural
es una participación de la ley eterna en la criatura
racional. Si bien todas las cosas participan de la
ley eterna de alguna manera, en cuanto tienen tendencia a
sus propios actos y fines, sin embargo el ser racional
lo hace de modo especial en cuanto por la luz
de la razón natural discierne lo bueno y lo malo.
Justamente es ley porque es algo propio de la razón,
con la cual el hombre es capaz de percibir lo
que Dios ha grabado en su mente, y así ordenar
sus conductas al fin, al bien que juzga como propio.
El hombre siente inclinación natural a aquellas cosas que son
aprehendidas naturalmente por la inteligencia como buenas y practicables, y
sus contrarias, como malas y prohibidas. Las inclinaciones nos muestran
el bien connatural.
Primero, hay en el hombre una inclinación
hacia un bien común a todos los seres: la conservación
conforme a su naturaleza. Y así encontramos que pertenecen a
la ley natural los preceptos relativos a la conservación de
la vida y la evitación de lo que se opone
a ella. En segundo lugar, hay inclinaciones hacia bienes más
particulares, los que tiene en común con los animales. Pertenecen
así a la ley natural la relación entre hombre y
mujer, la educación de los hijos, etc. Y por último
y en tercer lugar, hay una inclinación específicamente racional, y
es aquella por la cual el hombre tiende naturalmente a
vivir en sociedad, a conocer la verdad y más especialmente
las verdades de Dios. Todo hombre tiene una profunda
sed de verdad, de la contemplación de la verdad, que
está conectada con la nostalgia de Dios y el deseo
de felicidad.
Debemos recordar aquello que nos decía S. S. Juan
Pablo II en Fides et Ratio: “Se puede definir, pues,
al hombre como aquél que busca la verdad.” Pero
una verdad que no queda sólo en lo especulativo, sino
que lo compromete de manera total, que se realiza prácticamente
en la consecución del bien previsto. Así, cada persona conformará
toda su personalidad según la honestidad de esa búsqueda y
la rectitud de su obrar. Y de acuerdo a esto
podríamos decir –junto a Santa Teresa– que lo propio del
hombre psíquicamente sano es “andar en verdad”. El hombre es capaz
de Dios, el deseo de Dios está escrito en su
corazón porque hay un deseo natural de felicidad que
es de origen divino, porque Dios es el único que
puede satisfacerlo y sólo en Él encontrará el hombre la
verdad y la felicidad que ansía. Pero esta búsqueda puede
frustrarse. Nos enfrentamos a un mundo en que aparecen cada
vez más como “normales” aquellas conductas que son irracionales (y
–podría decirse– hasta monstruosas), que se oponen a las inclinaciones
naturales y a la razón: la eutanasia, el suicidio, el
aborto (que si consideramos que el hijo es como algo
de los padres, estamos frente a un pseudo-suicidio), las relaciones
homosexuales, todo tipo de vicios, la mentira pertinaz, la vida
ficticia, la negación de Dios y su desplazamiento absoluto de
todos los ámbitos en que se mueve el hombre, etc.
Y no sólo vemos la cercanía de estos problemas, sino
que hasta pretenden ser “legalizados” por la ley humana, para
que puedan cometerse estos actos contrarios a la ley natural
con toda tranquilidad, avalados por la misma sociedad. Si bien la
ley natural está impresa en el corazón del hombre de
manera imborrable, muchas veces sus conductas son contrarias a la
naturaleza y al dictamen de la razón. Y esto es
la causa de los desórdenes psicopatológicos, de las enfermedades psíquicas
o enfermedades del alma.
Es natural al hombre obrar según
este dictamen de la razón, pero vemos que –en la
práctica– esto no siempre sucede. ¿Por qué? Porque la razón
procede de lo más universal a lo particular, y en
este proceso la razón práctica que se ocupa de las
acciones humanas, cuanto más desciende a lo particular y concreto,
tiene más posibilidad de fallar y evidenciar su debilidad. Este
defecto es causado por impedimentos particulares, por la razón pervertida
por la pasión o las malas costumbres. En las
obras concretas, la razón no aplica los principios comunes debido
al desorden interior que padece, lo cual le impide –como
a todo enfermo– mover las partes del alma hacia su
fin. Antes del pecado de Adán la mente humana estaba
sujeta a Dios y las partes del alma en armonía
y orden, lo cual suponía la subordinación de las potencias
inferiores a la razón y ésta al fin último. La
naturaleza compuesta de muchos elementos, recibe una determinada ordenación en
sus partes. Así el hombre, en el estado de justicia
original , estaba inclinado a la virtud, su razón dominaba
las fuerzas inferiores y ella estaba sometida a Dios. Con
el pecado original y la pérdida de la gracia de
Dios, se rompe esta armonía y el alma queda desordenada,
y sus partes disgregadas tendiendo a polos contrarios (pues cada
una busca su propio fin), con cierta autonomía de su
fuerza rectora, que es la razón. Aparecen así –en esta
naturaleza caída– muchas deformidades que son como principio de los
desórdenes de la personalidad. Se pierde la unidad jerárquica que
la caracterizaba en el estado de naturaleza íntegra, con todas
las consecuencias que esto supone, principalmente la insubordinación de la
vida sensitiva a la intelectiva, por lo cual falla en
las acciones concretas.
En este sentido podemos afirmar que el pecado
original es, como lo define Santo Tomás, una “disposición desordenada”
que proviene de la ruptura de esa armonía constitutiva de
la justicia original. La naturaleza no se corrompe totalmente,
sino que disminuye la inclinación a la virtud, o sea
el obrar del hombre en cuanto racional, pues obrar según
la ley de la razón –como dijimos– es obrar virtuosamente.
La disminución de esta tendencia natural a seguir el dictamen
de la razón, se da en cuanto se ponen obstáculos
que le impiden obrar rectamente. La herida de la
naturaleza, que hace que la razón no se someta a
Dios y no pueda dominar las fuerzas inferiores, se intensifica
con el pecado personal. Como la personalidad se va
estructurando en base a las elecciones sobre su obrar concreto,
ésta puede llegar –debido a este profundo desorden– a disfunciones
ya claramente definidas como patologías psíquicas. Porque el vicio, que
es lo contrario a la virtud, contradice la ley natural
y la plenitud humana, de manera que constituye la base
estructural de las enfermedades mentales. Por eso suele decirse de
alguien que “perdió la razón” o sea, no se comporta
razonablemente, según la razón que ya no dirige coherentemente sus
acciones al fin. Por esta herida del alma que es
fruto del hábito del pecado original (igual que en los
pecados personales), la razón pierde agudeza (sobre todo en el
orden práctico), la voluntad se resiste a obrar el bien,
cada vez se hace más difícil obrar el bien, y
la concupiscencia se enardece sin cesar. El libre albedrío
está impedido de hacer el bien. Todo esto dispone negativamente
respecto del obrar conforme a la ley natural y a
sus sanas inclinaciones. Así, el hombre es como un enfermo,
que no puede desplegar todas sus potencialidades, que no puede
moverse con toda la vitalidad de un sano, que no
puede llevar una vida normal y plena. Vemos entonces qué
gravemente está pervertido este dinamismo de las apetencias naturales. Es
la rebelión de la carne que aparta del obrar según
la razón, y que se fortalece con las elecciones personales,
enfermándose cada vez más. Esto es lo que se llama
ley de fomes o de concupiscencia, en el sentido
de que todas las potencias del alma tienden a obrar
contra el bien de la razón, la cual queda sujeta
a los apetitos desordenados. Esta es la raíz profunda del
egoísmo, que es el principio subjetivo de los desordenes del
carácter.
2.Necesidad de la gracia
Nos preguntamos, entonces, frente a esta
situación ¿puede el hombre cumplir plenamente con la ley natural,
tener sanas inclinaciones, alcanzando la virtud y la normalidad psíquica?
¿Puede desplegarse hasta llegar a la madurez y perfección personal?
En estas condiciones debemos responder que no.
Y ¿qué es
lo que puede hacer el hombre cuya personalidad está tan
gravemente desordenada y enferma? Ciertamente, puede conocer algunas verdades proporcionadas
a su razón natural, y también puede hacer algún bien
particular como edificar casas, plantar viñas o cosas semejantes, según
dice Santo Tomás. Pero no puede hacer todo el
bien connatural, no alcanza a hacer aquello que es propio
de su naturaleza; de tal manera que en todo obrar
es de alguna manera deficiente. No puede querer ni hacer
el bien con sus solas fuerzas naturales. Decíamos que es
como el enfermo que puede hacer algunas cosas, pero no
con la vitalidad y perfección del sano, salvo que se
lo cure con algún medicamento. Y este medicamento
viene de Dios, el único que puede curar y restablecer
el orden de la naturaleza. Por eso –en esta situación
lamentable del hombre y de la cual muchas veces no
toma conciencia– es necesaria la gracia de Dios, el don
o regalo inmerecido que sana la personalidad ordenándola, curando desde
sus raíces la enfermedad psíquica. A medida que la gracia
habitual va trabajando en el alma, y restaurando el orden;
el apetito inferior se somete a la razón, y la
razón se somete a Dios fijando en Él el fin
de su voluntad. Y así todos los actos humanos se
regulan por el fin, y los movimientos del apetito sensitivo
se regulan por el juicio de la razón, como corresponde
a la naturaleza del hombre sano. Pero esta curación
que produce la gracia, la restauración de la naturaleza, es
progresiva: se da primero en la mente, antes de que
el apetito carnal le esté totalmente subordinado y ordenado. Por
eso con la gracia habitual el hombre ya no obrará
gravemente contra el dictamen de la razón, aunque todavía no
podrá abstenerse de todos los movimientos interiores de la sensualidad.
Podrá dominar cada uno en particular, pero no todos todo
el tiempo, y sobre todo cuando escapan a su vigilancia.
La fuerza de la gracia de Dios actúa en el
alma siguiendo una determinada evolución; se va sanando de arriba
hacia abajo. La razón se sujeta a Dios y la
voluntad desea la Voluntad de Dios, pero los afectos continúan
desordenados o con cierto desorden, hasta que se someten totalmente.
Las potencias inferiores, que estaban dispersas, se recogen y unifican
progresivamente hasta que el alma vuelve a tener sobre ellas
la fuerza y el señorío que había perdido, dirigiendo sus
conductas coherentemente hacia el fin último. Esta es la verdadera
psicoterapia que necesita el hombre, y el psicólogo puede ayudar
mucho en este proceso, pero el trabajo principal lo hace
Dios. Por eso es imposible una praxis correcta de la psicología,
si no se consideran los datos de la Teología, porque
entonces el psicólogo estará impedido de captar a la persona
que evoluciona con este perfeccionamiento interior y que se dirige
dinámicamente al fin último sobrenatural, aunque el ordenamiento de la
personalidad no sea aún total.
3.La realidad de la
gracia
La gracia de Dios pone en el alma una realidad
sobrenatural intrínseca y creada, distinta del alma y sus potencias.
Pone realmente algo en quien la recibe. Dios quiere al
hombre y con su Amor lo sana y eleva, lo
hace agradable y bello ante sus ojos. Las facultades son
elevadas y el dinamismo psíquico es potenciado porque es atraído
por el Bien, que es el fin último, donde el
hombre encontrará su perfección. Contrariamente al amor humano, que ama
a alguien porque es bueno, Dios lo hace bueno porque
lo ama. El amor divino causa una perfección en la
persona amada. En relación a esto, vemos cómo muchos psicólogos
católicos esgrimen la famosa frase atribuida a Santo Tomás (y
que el Aquinate jamás la dijo): “la gracia supone la
naturaleza”, para manifestar que la ordenación hecha por el psicólogo
atraerá luego la benevolencia de Dios. Lo cierto es que
la Teología nos enseña lo contrario: el que Dios nos
mire con benevolencia y nos perfeccione con su gracia, es
la causa del orden y la salud psíquica. Con esto
no negamos que el psicólogo sea capaz de secundar la
gracia y actuar muchas veces como instrumento válido de la
misericordia divina. Esta afirmación también marca
una diferencia muy importante con la posición protestante que Freud
asume (y después la mayoría de las corrientes de Psicología),
debido a la filosofía moderna en que se fundamenta (Kant,
Nietzsche, etc.), donde el hombre es irreparablemente malo y por
eso debe lograr un bienestar mundano que equilibre la infelicidad
radical. Ciertamente estos autores ven al hombre en su naturaleza
caída, en ese estado de corrupción y desintegración propia del
pecado. El verdadero sentido de la transformación interior –que acontece
dentro del alma y que se da por la gracia
divina–, está excluido del pensamiento de la psicología contemporánea. Cuando
mucho, la psicología actual considera que esta transformación es fruto
de la acción del psicólogo y la aplicación de su
método. Se introduce aquí –solapadamente– la concepción pelagiana de creer
que todo lo puede el hombre con sus propias fuerzas.
La
gracia es una realidad que produce un profundo cambio interior,
que implica una nueva relación: ahora el hombre es amigo
de Dios y a Él tiende con todas sus fuerzas.
Hay un nuevo movimiento por el cual este hombre se
dirige ahora hacia Dios, con todo su ser. Hay una
renovación que se produce en la realidad interna del hombre.
Nosotros creemos que la gracia de Dios causa, en las
personas por Él queridas, una real, intrínseca y sobrenatural participación
de su vida y su ser. Hay una verdadera transformación
en la persona en quien viene a habitar el Espíritu
Santo como en su templo. La creatura racional adquiere una
nueva relación con Dios y con las Personas Divinas, y
este nuevo modo de relación pone al hombre en posesión
de Dios como fin último sobrenatural. La restauración implica también
un nuevo dinamismo que emana de la gracia, especialmente de
la caridad, que significa un cambio en los hábitos y
en las operaciones, según la exigencia de este nuevo ser
deificado. La mente del hombre que crece en gracia ha
ido cambiando progresivamente de tal manera, que no sólo es
muy distinto del momento de iniciación del proceso, sino que
es muy diferente del común de las personas. Dirá Santa
Teresa que, al mirar para atrás, uno apenas puede reconocerse;
como la transformación que sufre el horrible gusano de seda
y se convierte luego en una bella mariposa.
Porque la gracia
no sólo perfecciona la naturaleza del hombre haciendo que pueda
cumplir plenamente con el bien connatural, sino que además la
eleva sobre su condición natural, para hacerla participar de los
bienes divinos. La vida de la gracia es un camino
de firmeza –contrario a la in-firmidad (enfermedad)– un camino seguro
que afirma y confirma en el ser, donde el hombre
encuentra la verdadera salud y, hasta podríamos decir valiéndonos de
la metáfora de Santa Teresa, una nueva fisonomía. Por eso
decimos que la gracia es creada, en cuanto que los
hombres son creados según ella de la nada, o sea
no por sus méritos, sino constituidos en un nuevo ser.
La gracia obra como causa formal, como la blancura que
hace más blanco. Santo Tomás demuestra que el
hombre recibe la ayuda gratuita de Dios de dos modos:
1) en cuanto movimiento para obtener el bien natural, así
el alma es movida para conocer, querer u obrar algo;
2) como don habitual, infundiendo cualidades sobrenaturales en aquellos que
mueve a conseguir el bien sobrenatural eterno, para que puedan
hacerlo con suavidad y prontitud. Esta segunda forma que es
la gracia o “regalo”, pone a la persona en relación
con su fin último, y esto significa que va sacando
los obstáculos de los fines ficticios que la enferman psíquicamente
y la paralizan en su despliegue personal. Y así Dios
mueve la mente del hombre: interiormente, porque primero quería el
mal y empieza a querer el bien, moviendo la voluntad
con una dinámica que invierte la inercia del pecado; y
exteriormente, porque lo querido ahora por la voluntad llega al
acto exterior, dándole la posibilidad de obrar el bien. Por
eso dice San Agustín: “Obra para que queramos, y cuando
queremos, coopera con nosotros para que consumemos la operación”. Podemos
evaluar el éxito de una psicoterapia que secundó la gracia
de Dios y se apoyó en ella, en base a
que la persona no sólo se siente más digna y
valiosa como imagen de Dios que es, sino que también
en su obrar se va desplegando con una dinamicidad propia
de la interioridad renovada y libremente ordenada al fin último.
La persona que va siendo curada puede hacer uso de
sus facultades, y moverse más fácilmente al fin deseado. El
Bien que la atrae, la mueve realmente. Dios sana al
hombre y lo ayuda a querer el bien, luego hace
que obre eficazmente el bien que quiere, que persevere en
él y que –gracias a esto– alcance la plenitud ,
la contemplación y gozo de la Verdad, por la cual
clamaba desde la profundidad de su ser. Porque el hombre,
con la ayuda de la gracia, en cuanto hace lo
que debe con su voluntad, puede esperar la recompensa prometida
, lo cual cambia radicalmente su forma de vivir.
El que hace el bien merece y crece en la
esperanza del premio eterno. El que tiene esperanza tiene futuro,
sabe que su vida no acaba en el vacío, y
así la realidad presente se hace más llevadera, más feliz.
Comprende que su vida es un compromiso que responde a
un llamado personal y único. Todos los acontecimientos y las
vicisitudes de la vida comienzan a verse desde el verdadero
fin. Así se descubre la misión propia que da sentido
y unidad a la vida. De esta manera puede decirse
que el camino de santidad es la única base firme
de la salud mental, de la personalidad integrada y jerárquicamente
ordenada. 4.El psicólogo, testigo de la confianza
La confianza en la
gracia supone la fe en Cristo, que es el restaurador
de la naturaleza humana; porque el Verbo Encarnado tiene esa
naturaleza como está en la mente de Dios, y viene
a mostrárnosla y darle plenitud. No se puede reparar aquello
que no se sabe cómo era en su estado normal.
No podemos saber cómo reconstruir una casa, cuando sólo tenemos
un montón de escombros. Y si supiéramos cómo ordenar perfectamente
al hombre, no tendríamos la fuerza necesaria para hacerlo: porque
para eso tuvo que venir Cristo.
Por eso la psicología debe
fundamentarse en una visión realista del hombre, y ésta se
la puede dar la Teología. Porque no existe el hombre
en naturaleza pura; sus acciones se dirigen dinámicamente al fin
o lo contrarían. El alma no es estática, el que
no adelanta, retrocede. La Teología nos dice que el hombre
es imagen de Dios, y que para realizarse –aun como
hombre– necesita reparar y perfeccionar esa imagen deteriorada por el
pecado. Para esto necesita del mismo Dios que viene en
su ayuda.
Sin embargo el hombre moderno aprendió a confiar más
en sí mismo que en Dios. Cree conocer bien este
hombre, y ni siquiera entiende el sentido de su vida.
Considera que tiene la capacidad y los métodos suficientes para
diagnosticar y curar las patologías que lo aquejan, y cada
vez hay más enfermos mentales.
Y esto no sólo por
vivir sumergido en el “reino del hombre” que tiene puestas
todas sus esperanzas en la ciencia salvadora, como afirma S.
S. Benedicto XVI en Spe salvi , sino también porque
no percibe la gravedad de ese desorden. Su omnipotencia y
la fe en la ciencia humana –que muchas veces menosprecia
el poder de Dios– lo enceguece y no le permite
ver lo mal que está. Juzga sobre la salud y
la enfermedad según criterios totalmente superficiales, y entonces busca soluciones
que sólo le brindan un bienestar mundano, y lo frustran
cada vez más en su búsqueda profunda de felicidad. Sin
lugar a dudas los síntomas de esta insatisfacción no tardan
en aparecer en las sociedades que vemos cómo se van
autodestruyendo: con la droga, el aborto, la homosexualidad, la violencia,
etc. Un buen psicólogo y cualquier buen consejero, sabe que penetrar
en el misterio del alma humana –llamada a vivir la
vida divina trinitaria– es una tarea que lo supera humanamente.
Por eso tiene que saber reconocer los verdaderos límites, y
abrirse a la sabiduría de la Iglesia para encarar los
problemas “desde lo alto”.
Sin embargo considero que en esto
pueden darse dos actitudes opuestas, pero que ambas deberían evitarse. La
primera es la de echarse atrás ante las posibilidades concretas
de lo que se puede hacer como instrumento de la
gracia, y por falta de confianza en la providencia divina,
renunciar a seguir adelante porque no se ve que haya
un cambio en la personalidad, el cual sólo Dios sabe
cuándo se dará. No ver los resultados positivos de una
psicoterapia, desalienta a veces no sólo al psicólogo sino también
a aquellos que han puesto sus expectativas en él. Esta
situación es también aplicable a muchos directores espirituales, confesores y
hasta padres, que envían a las personas a los psicólogos
cuando no ven progresos en su tarea, pero sin embargo
creen en la omnipotencia de la psicología, sin confiar en
las gracias de los sacramentos y aquellas que Dios da
para cumplir la propia vocación.
La segunda, es la más común
entre los psicólogos por la formación que reciben, y es
la de considerarse el autor de la transformación acontecida en
la personalidad, y sobre todo cuando ésta supuso un cambio
radical de conductas antinaturales y de pecados mortales. Los psicólogos
hemos presenciado muchas veces verdaderas conversiones, donde se invierte la
voluntad perversa y la persona vuelve a vivir según la
recta razón. En muchos casos las personas cuando son católicas,
en la psicoterapia ven la necesidad de volver a confesarse
y enfrentar una nueva vida “en gracia”. Obviamente, el psicólogo
pudo ser un buen instrumento de la gracia, pero quizás
no el único, porque Dios pone toda la realidad al
servicio de la salvación de los hombres. Considero que
la actitud correcta es la del psicólogo que, haciendo todo
lo que está a su alcance para secundar la acción
de Dios y con un ardiente deseo de la salvación
de las almas, se ubica en el lugar de “siervo
inútil” frente al designio redentor de la Voluntad Divina. Pero
para eso es necesario confiar en el poder y la
misericordia de Dios que es bueno, que no abandona a
sus creaturas, y que las amó hasta el fin. Pero
también es necesario tener experiencia de la gracia, con una
delicada vivencia de esa transformación interior que es obra de
Dios, y donde –sin lugar a dudas– hubo personas y
acontecimientos, que fueron también buenos instrumentos del amor divino.
El Dios
en el que creemos, debe informar toda nuestra vida. No
podemos conjugar nuestro cristianismo con un ateísmo práctico, que se
pone de manifiesto cuando trabajamos y atendemos a nuestros pacientes.
Por eso también es necesario considerar que nuestra confianza en
un Dios que es Padre providente, puede servir de ejemplo
para los demás, y de esta manera ayudar a la
persona desesperanzada y abatida por la cruz que, muchas veces,
se le hace demasiado pesada. S. S. Benedicto XVI nos
recuerda que hay personas que han sido verdaderas estrellas en
nuestra vida, que nos han mostrado el rumbo a seguir,
que fueron luces de esperanza en el viaje por el
mar de nuestra historia, muchas veces “oscuro y borrascoso” .
Por
eso nos dice el Santo Padre que “Necesitamos también de
luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de
Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía.” Y así contemplamos
a María, Estrella del mar, que con su “sí” pleno
de confianza cambió la historia del universo entero. Su “sí”
confiado desafió todos los dolores, soportó todas las cruces. Aún
en la terrible noche del Gólgota resonaban en su interior
esas palabras del ángel en la Anunciación: “No temas, María,
porque has hallado gracia delante de Dios” (Lc. 1,30). Su
corazón traspasado por una espada y lleno de confianza, estuvo
siempre unido al Corazón abierto de su Hijo, que derramaba
abundantes gracias para dar a los hombres la verdadera salud
del alma, la salud psíquica. Pongamos en las manos de
María Santísima, la “llena de gracia”, la obra que Dios
nos ha encomendado.
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