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Psicólogos católicos | sección
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Simposio Psicólogos Católicos | tema
Autor: P. Michael Ryan | Fuente: Fiamc
La Iglesia y el Psicólogo católico
Orientar en la vocación sacerdotal y en la vida religiosa y consagrada
 
La Iglesia y el Psicólogo católico
La Iglesia y el Psicólogo católico
En respuesta a la primera parte del título reflexionaré sobre la relación entre ciencia y fe y, por consecuencia entre psicología y fe; en respuesta a la segunda parte trataré de dar algunas indicaciones para orientar la labor del psicólogo en relación al discernimiento y maduración de la vida sacerdotal y religiosa.

Comienzo mis reflexiones tomando pie del tema general de esta sesión: «La Formación del psicólogo hoy». La palabra «formación» indica una distinción que siempre se ha hecho en las tareas educativas: una cosa es la «instrucción» y otra cosa es la «formación».

De hecho la Universidad Europea de Roma, Universidad hermana y vecina del Ateneo Regina Apostolorum donde trabajo, tiene como lema en su página WEB la siguiente audaz aseveración: «Formamos personas, preparamos profesionistas». Sin entrar ahora en un desarrollo de estos conceptos
podemos pensar que la «formación» tiene una connotación más holística que la mera
preparación profesionista que se caracteriza, tal vez, por el análisis. De esto se trata ciertamente en el caso del psicólogo católico.

1. Psicólogo católico. Tarea exigente

El psicólogo está llamado a hacer una síntesis personal entre la ciencia psicológica, la fe y los fenómenos intrínsecos a la vocación sacerdotal y de la vida religiosa y consagrada. Huelga
decir que la tarea no es fácil. Al inicio de la historia de la psicología hubo contrastes muy serios con la religión y hoy, aunque el clima es más sereno y algunas elementos ideológicos han
caído en desuso, persiste la dificultad porque conocemos aún mejor la complejidad de lo que implica un verdadero diálogo entre las ciencias y la fe. Menciono aquí algunas dificultades que tal vez no debería tener lugar en un psicólogo católico: pero yo creo que es mejor ser humildes,
reconocer que todos somos hijos de nuestra cultura y que, por tanto, se debe hacer una labor permanente de purificación de la inteligencia para dejar realmente que la fe influya en la vida práctica.

La primera dificultad consiste en una cierta inconmensurabilidad entre los dos campos.
Hablan dos lenguajes cuya traducción simultanea no es fácil. El otro día escuché a un profesor de física nuclear hablando con cierto desánimo de la filosofía de la ciencia. Decía que, por un lado el filósofo no suele conocer la ciencia y tiende a hacer castillos en el aire; pero, por otro
lado, el científico no suele conocer la filosofía, con el peligro de hacer extrapolaciones peligrosas a partir de los datos científicos. También el psicólogo católico puede sufrir por todo esto, puede sentir también la tentación de usar la psicología «como si Dios (fe) no existiese».

La psicología y la consecuente terapia practicada por un creyente debería ser cualitativamente diferente pero el peligro de una homogeneización con una psicoterapia secularizada siempre existe. Entonces cualquier problema tendrá solo causas de tipo psicoanalítico e una solución
de la misma naturaleza sin dar espacio a los conceptos propios de la tradición cristiana: pecado, gracia, etc.(1).

Otra dificultad para la formación nace de un cierto clima difundido de sospecha contra la Iglesia en el campo de la libertad científica: se teme que la fe y la religión sean un obstáculo para la ciencia. Aunque haya sido estudiado seriamente y explicado en sus justos términos, se
sigue dando mucha publicidad al antiguo conflicto de la Iglesia con Galileo y esto perdura como una leyenda negra que puede desorientar o influir sutilmente. De esto el Magisterio de la Iglesia ha hablado muchas veces tratando de asegurar a los científicos de todas las ramas que
la fe no es un obstáculo para la razón sino al contrario. Autores como Drewermann, de quien hablaremos después, consideran que la dictadura de los teólogos impide toda manifestación de pensamiento crítico, innovador. Sin embargo, en la historia muchos de los grandes científicos han sido religiosos.

Como respuesta a este problema puede ayudar mucha el texto del Concilio Vaticano II en el documento Gaudium et spes, 36. Ahí se dice en forma precisa: «Si por autonomía de las realidades terrenas se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. ... Por ello, la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades
profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en
tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece».

2. Un contraejemplo.

A donde un psicólogo católico no quisiéramos llegar .Por desgracia, en la historia de la psicología, no faltan casos que ilustran a dónde nos puede
llevar una psicología que no logra la armonía adecuada con la fe. Pienso ahora en un caso actual: Eugen Drewermann (2).
Drewermann, al trabajar desde la psicoanálisis con clérigos y religiosos llega a conclusiones que son una crítica feroz de la estructura eclesiástica. Encuentra que el niño reacciona a su
deseo de ser de más con el deseo compensador de darse y sacrificarse, a imagen de su madre sacrificada al marido. Esto es para Drewermann la vocación. Pero resulta que esa madre es autoritaria, tiránica y posesiva; reprime no sólo la sexualidad sino la personalidad entera,
produciendo unos hombres y mujeres reducidos a la condición de funcionarios eclesiales y dominados por la angustia. Como respuesta a esta angustia muchos clérigos tienen que refugiarse en la sexualidad con el otro sexo o con el mismo sexo como vía de salida.

Siempre en esta tesitura, Drewermann afirma también que el aparato eclesiástico es un
sofocante sistema coercitivo que produce alienación de todo sentimiento personal, una
fijación moral de la personalidad a través de un sistema de juramentos de fidelidades
coactivas, la destrucción o la deformación de los impulsos naturales, la racionalización de las estructuras inhibitoria, la escisión entre conciencia e inconciencia y entre voluntad y
motivación. Más técnicamente explica esta patología clerical como el resultado del conflicto permanente y radical entre el Id (la vida de pulsiones) y el Super Ego (las normas externas).

Dado que este conflicto es como una guerra entre Dios (Super Ego) y Lucifer (el Id) el conflicto tiene que terminar con la victoria de Dios (la norma-ley) y la derrota del Maligno (la vida de pulsiones, la vida de los deseos). En una batalla de este género no tiene espacio lo que sería la
acción mediadora del Yo critico y autónomo: toda «disobediencia» está prohibida por el
magisterio intolerante del Super Yo.
Este dinamismo se refleja en la noción de Dios que la religión católica difunde.

Cuando existe una angustia se trata de removerla. Pero no la removemos de verdad sino la proyectamos al exterior. En este caso la proyectamos en Dios. Así la realidad exterior (Dios) pierde sus
características propias y objetivas y asume las características de lo removido. Por esta
proyección abusiva, la imagen de Dios se hace ambigua: por un lado Dios es bueno pero, por otro lado, es tirano, castigador y vengativo precisamente porque a él se le atribuyen aquellos sentimientos ambivalentes, que el Super-yo no acepta y que el clérigo trata de remover.
El Prof. E. Drewermann explica el celibato sacerdotal como una cruzada contra el padre de la propia infancia y contra los impulsos masculinos del propio corazón. El celibato representa la culminación de la tendencia de la Iglesia de mantener a los fieles en un estado de minoría de edad (3).


3. Sugerencias para la formación del psicólogo católico

Intentaré ahora ofrecer algunas orientaciones para la formación de un psicólogo católico tomando en consideración su calidad de creyente y la capacitación que necesita para tratar adecuadamente temas como la vocación sacerdotal y la vida religiosa.

a) Comprensión de la experiencia religiosa cristiana. Drewermann nos enseña lo que un mal manejo de la psicología en relación con la vocación religiosa puede hacer. Pero nos ilustra también que la primera cosa que un psicólogo tiene que hacer es respetar el núcleo específico de la experiencia religiosa. En el caso del cristianismo es importante no perder de vista su
origen trascendente y que es una realidad que va más allá de los fenómenos psíquicos que la acompañan. Hay un tipo de religión que es orientada a «sentirse bien». El entonces Cardinal Ratzinger, en un paso en su libro-entrevista La Sal de la Tierra, explica cómo la gente quieren
solo recibir de la religión y no quieren aceptar que la religión puede también exigir. Buscan el elemento misterioso de la religión, pero quieren ahorrarse el esfuerzo de la fe. Piensan que
pueden tener la experiencia religiosa en su máxima expresión y, al mismo tiempo, permanecer completamente dentro de un mundo medido por los parámetros científicos. El psicólogo tendrá que conocer esta faceta de la vocación religiosa. Para orientarse tendrá que mirar a aquellos hombres y mujeres ejemplares que demuestran la relevancia de la fe cristiana y evidencian
cómo esa fe puede ayudar a alcanzar la plenitud humana.


b) Instrucción religiosa sólida.
Si queremos una síntesis entre ciencia y fe será necesario que el psicólogo tenga una instrucción religiosa al mismo nivel de su formación científica. No podemos pensar que un psicólogo pueda hacer una síntesis vital entre una ciencia cultivada con excelencia y una formación religiosa que ha quedado «en pantalones cortos» o entre las
muñecas de la infancia. En su formación debe esforzarse por estudiar la vida religiosa y espiritual, las etapas de ésta y su desarrollo vocacional. Pero más importante que los libros, ojalá pueda recibir una parte al menos de su formación de profesores competentes en el campo científico y que tengan al mismo tiempo una vida religiosa sana. ¡El testimonio de una
persona así puede formar mejor que diez libros!

c) No temer las dificultades que pueden presentarse.
Hemos dicho antes que la relación entre
razón y fe, entre ciencia y religión no es fácil. Por esto, el psicólogo puede tener momentos de duda sobre algunas propuestas de las ciencias. Juan Pablo II, hablando precisamente del caso de Galileo decía que las dificultades momentáneas que pueden presentarse no son motivo de dudar de la fe sino que al contrario pueden ser momentos de crecimiento: la irrupción de una
novedad científica y metodológica obliga a las distintas disciplinas del saber a delimitar mejor el propio campo y método. Así, por ejemplo, en el siglo XIX y al comienzos del XX, el progreso
en las ciencias históricas obligó a los exegetas a reflexionar sobre el modo de interpretar la Sagrada Escritura. Creo que es esta actitud del Papa es excelente para entender cómo un psicólogo podría crecer en la integración de los datos de la ciencia y la vida de fe.

d) Tener siempre en mano la brújula de la dignidad de la persona humana.
Si es verdad que la ciencia tiene que buscar progresar y tiene que seguir la metodología propia de cada disciplina, esta exigencia no debe significar poner en segundo orden aquello que exige estar
en primer lugar: el hombre, la persona humana, el mundo de la espiritualidad (4). Dado esta riqueza interior del ser humano la fe cristiana capacita al creyente a interpretar, mejor de cualquier otro, las instancias más profundas de su ser y puede indicar con una serena y tranquila seguridad el camino y los medios de una plena realización. En sus años de
pontificado el Papa Pío XII tuvo muchos encuentros con psicólogos y ofreció en sus discursos una amplia gama de indicaciones preciosas sobre cómo ha de actuar el psicólogo católico.

También él explicaba cómo las verdades religiosas no hacen más que iluminar mejor lo que es el hombre: «Los límites trazados (por la moral) no son un obstáculo para el progreso. En el campo de la medicina sucede como en otros campos de la investigación, de la experimentación y de la actividad humana: las grandes exigencias morales obligan la torrente impetuosa del pensamiento y del querer humano a correr, como el agua de las montañas, por
una cauce preciso; lo limitan para aumentar su eficacia y utilidad; la encauzan para que no se derrame causando destrucción, destrucción que no podría ser compensada jamás por el bien aparente que se pretendía lograr; se podría decir que los límites morales son un freno; pero, de hecho, dan una contribución a todo lo que el hombre ha producido de mejor y de más bello
para la ciencia, para los individuos, para la comunidad» (5).

e) Indicaciones prácticas sobre el discernimiento de las vocaciones.
Este es un punto muy delicado donde interactúan estrechamente la ciencia y la fe. He aquí algunas indicaciones que
merecerían la consideración atenta del psicólogo.

1) Reconocer el valor de la vocación. Al psicólogo se pide en primer lugar un conocimiento y una aceptación de lo que es la vocación al sacerdocio o a la vida consagrada en la Iglesia. El discernimiento como tal de una vocación no puede entrar en la competencia de la psicología
sino que es un don a la Iglesia y su discernimiento definitivo queda en manos del obispo y de aquellos que éste asigna como formadores.

II) Discernimiento. Sin embargo, dado que la vocación es un don para la Iglesia, se requiere en el candidato una serie de virtudes morales y espirituales sobre las cuales la psicología puede y debe prestar un ayuda importante. Esta ayuda puede darse al inicio en el aspecto del discernimiento o durante el proceso formativo en el aspecto de la maduración.

Es de especial importancia trabajar en la detección de aquellos problemas psíquicos que pueden quedar escondidos y que se manifiestan solo después, a veces con efectos graves para el sacerdote y para los fieles. Esta indicación es de especial importancia si pensamos en el ambiente difícil de donde provienen hoy los candidatos al sacerdocio y cómo este ambiente puede dejar en sus almas heridas profundas que, si no son curadas puede, impedir un camino de formación.

Es evidente que el psicólogo tiene que estar atento a distinguir entre problemas patológicos y problemas inherentes en la consecución de las virtudes. En ambos casos su colaboración puede ser útil pero el no distinguir una cosa de la otra podría ser desastrosa.

Algunas veces el psicólogo tendrá que ayudar al candidato a aceptar salir del camino inicialmente emprendido, haciéndolo ver que no podría continuar sin perjudicar seriamente su propia felicidad humana y, tal vez, el ministerio que piensa servir.

III) La donación de sí. Un tema particularmente delicado es la visión que el psicólogo tenga de la perfección moral y espiritual y del ideal de oblación hacia el cual el candidato se encamina.
Una teoría psicológica que no diera lugar a esta dimensión de la persona no sería apta para trabajar en este campo de la vocación. Por otro lado, el psicólogo podrá ayudar al candidato a entender el rol del ideal y la razón de ser de las reglas de vida para llevarle a una asimilación personalizada de un estilo de vida coherente con su estado. Para el sacerdote es fundamental
aprender a vivir con amor las exigencias de su vida consagrada. Drewermann decía que los
clérigos son víctimas de una moral impositiva y destructora. Esto es seguramente una generalización pero señala un peligro del proceso de formación. El psicólogo puede jugar un papel decisivo en discernir si el candidato está viviendo las exigencias de su vocación con amor, si ha llegado a la madurez, o si está deformando su relación con el ideal normativo.

IV) También en relación al celibato el psicólogo tiene que realizar una obra fina de discernimiento. Como en otros campos, tendrá que entender que el celibato es un don, que se debe cultivar sobre todo en la oración, en la perspectiva del Reino y no en base a puras categorías psicológicas. Su colaboración no es solo para discernir la presencia de problemas
potenciales (dependencia afectiva excesiva, agresividad, incapacidad de establecer relaciones fraternas, incapacidad de asumir responsabilidad, narcisismo...) sino también para favorecer la libertad interior de los candidatos para que puedan acoger plenamente la llamada de Dios.

De esta forma la intervención del psicólogo será vista en su justa luz, no solo ni siempre en relación a patologías.

V) Confidencialidad. El psicólogo, en el discernimiento de las vocaciones, está llamado a interactuar con los candidatos y con los formadores. Esto constituye una situación particular
en la que deberá saber conjugar la responsabilidad institucional con la confidencialidad que supone su trabajo. La Iglesia reconoce el derecho de toda persona a cuidar su reputación y su mundo íntimo (cfr. can. 220). Por tanto, se supone siempre el consentimiento previo, explícito
y libre del candidato cuando se trata de proponerle una pericia psicológica. Por otro lado, el candidato, al ejercer su derecho de intimidad, tiene que tener en cuenta el bien común de la Iglesia (Cfr. can. 223 § 2) y la obligación de que el Obispo pueda discernir el acceso de un
miembro de la Iglesia al sacerdocio (cf. can. 1052 § 3). El candidato tiene que la vocación no es cuestión de derechos sino un don a la Iglesia y para el servicio en la Iglesia. Aceptará así las condiciones de formación y de garantías que la Iglesia puede pedir para que se pueda realizar
ese servicio. Convicciones de este tipo inducirán al candidato a colaborar con sus formadores en forma sencilla y abierta.

Estas son algunas indicaciones que solo introducen el tema de la labor del psicólogo católico en el campo del discernimiento y formación de candidatos para el sacerdocio. Hay mucho que
hacer para desarrollar todas las potencialidades de la fe cristiana. Hay muchos trabajando ya en este campo. Menciono aquí The Catholic Institute for the Psychological Sciences (CIPS) que
opera desde hace varios años en Washington. Los fundadores de este Instituto están
convencidos de que los terapeutas católicos tienen una perspectiva única que puede
enriquecer toda la psicología. Cristo es el Médico por excelencia, que acompaña nuestro
trabajo en cuanto somos sus colaboradores instrumentales. En la Iglesia disponemos de 2000 años de experiencia de trato con el hombre, tenemos la oración y los sacramentos como ayudas eficaces, formamos comunidad con un ejército de hombres y mujeres santos que con su ejemplo y con su doctrina nos indican el camino por donde el hombre puede alcanzar su plenitud humana y espiritual. Sobre esta base se desarrolla el trabajo diario de un psicólogo
católico. ¿No es una aventura que entusiasma? Juan Pablo II contestaba esta pregunta dirigiéndose a la Universidad Católica de Milán: «Sí, lo es porque, moviéndose dentro de este horizonte de sentido, se descubre la unidad intrínseca que existe entre las diversas ramas del
saber: la teología, la filosofía, la medicina, la economía, cada disciplina, incluidas las tecnologías más especializadas, porque todo está unido». Gran parte de la ciencia ha nacido
de este planteamiento, ha nacido "ex corde Ecclesiae" con gran beneficio del hombre. Estla Iglesia y el psicólogo católico. Orientar en la vocación sacedortal, en la vida.


1) Cfr. F. Bridger - D. Atkinson, Counselling in Context. Developing a Theological Framework, Darton, Longman and
Todd, London 1998.

2) Entre sus libros se encuentran: Psicología de lo profundo y exégesis, Psicoan_lisis y teolog_a moral, Cl_rigos: Psicodrama de un ideal, Editorial Trotta, 1995; PSICOLOG_A Y TEOLOG_A MORAL 4 Vols.; Angustia y culpa, Descl_e De Brouwer,
1996.


3) Der Spiegel (30-X-1989). Aceprensa 24/05/1995

4) Cfr. A. Gemelli, Le conquiste della scienza e i diritti dello Spirito, in “Vita e Pensiero”, gennaio 1958.

5) Pio XII, Discorso al congresso internazionale di Istopatologia del sistema nervoso, 14 settembre 1952.
 

 
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