Autor: Tomás Melendo Granados | Fuente: edufamilia Sobre la libertad humana
La libertad no es simplemente un privilegio que se otorga; es un hábito que ha de adquirirse
Sobre la libertad humana
El presente artículo consta de dos partes.
La primera, más
teórica y difícil, esboza los fundamentos de la libertad.
La
segunda, mucho más práctica, pretende conducir al lector desde una
concepción de la libertad errónea —pero que domina en nuestra
cultura—, hasta otra más certera y ajustada, capaz de conducirle
con menos esfuerzo hacia la propia plenitud y felicidad.
Apunto también
con esto que quienes se sientan más atraídos por la
vida vivida que por la teoría pueden comenzar la lectura
por la segunda sección… e incluso no atender para nada
a la primera.
I. Características principales
Consideraré antes que nada aquellos
elementos de la libertad que más influyen en el perfeccionamiento
humano y que, por contraste, se encuentran más desatendidos en
la civilización contemporánea.
1. Libertad limitada, pero real
Y lo primero que
pienso necesario asentar, a este respecto, es que cualquiera de
nosotros, de nuestros amigos, alumnos o alumnas, de nuestros clientes
o pacientes, de nuestros hijos o hijas es, en efecto,
libre. Debe tener conciencia de ello, y asumir las posibilidades
y los límites de esa propiedad. Hacerse responsable de su
propia vida… porque está capacitado para hacerlo[1].
Pues, en rigor,
posee libertad. Finita, limitada, múltiplemente restringida y variamente amenazada, si
se quiere. Pero libertad, al fin y al cabo. Existen
al menos algunas acciones que están en manos del hombre
y de la mujer. Y, como intentaré mostrar, el número
y la calidad de esas acciones pueden constantemente incrementarse, mediante
el desarrollo de hábitos operativos buenos, de lo que tradicionalmente
se ha conocido como virtudes.
Agustín de Hipona lo afirmó rotundamente
al escribir que «ninguna cosa está tan en nuestro poder
como la voluntad misma». Pero no hace falta acudir a
su patrocinio. Estamos ante un hecho de experiencia, incluso de
una experiencia elemental y básica: aunque acotada, tenemos libertad, dominio
relativo sobre buena parte de nuestros propios actos —podemos, en
definitiva y última instancia, realizarlos o no realizarlos— y, a
través de ellos, sobre nuestro ser.
Solo cuando perdemos de
vista sus límites, cuando pretendemos una libertad infinita, no creada,
afloran multitud de aporías, que tienden a hacernos creer que
el hombre no goza de esa libertad. Con otras palabras:
únicamente la pretensión de una libertad absoluta, sobrehumana, nos conduce
a sentir que no somos libres[2 ].
2. Debida a nuestra
tensión universal a lo bueno
Lo segundo que conviene apuntar es
que semejante libertad tiene como fundamento la relación del ser
humano al bien en cuanto bien, al bien advertido y
querido como tal. O, si se prefiere, pues viene a
ser lo mismo, que el cimiento de nuestra libertad no
es una especie de indiferencia hacia lo bueno y lo
malo, hacia una cosa u otra, una suerte de apatía
abúlica; sino, en el extremo opuesto, una excedencia, la vigorosa
tensión de nuestra voluntad, de toda nuestra persona, a lo
bueno en sí y en universal: a todo cuanto tiene
razón de bien y, en definitiva, al Bien sumo, a
Dios.
Pues es esa apertura casi irrestricta al bien lo
que hace que ninguna realidad finita concreta atraiga a la
voluntad de manera irresistible, de suerte que no pudiera sino
responder a sus atractivos. Al contrario, porque está llamado a
querer un bien superior —en definitiva, infinito—, puede el hombre
siempre dejar de querer cada uno de los bienes particulares
y limitados que se le ofrecen en la experiencia cotidiana[3
].
Surgen de aquí dos consecuencias
2.1. Una, nuestra superioridad respecto a
los animales, que se encuentran predeterminados a la consecución de
bienes muy tenues: no de lo bueno universal, ni mucho
menos del bien supremo, sino del diminuto y privado bien
que reclaman sus instintos. Solo eso los solicita… y eso
los mueve necesariamente a conseguirlo.
Por el contrario, las tendencias
«instintivas» del hombre, por llamarlas de un modo bastante impropio,
no determinan su conducta. Como acabo de sugerir, la voluntad,
capaz de captar, ser atraída y determinarse activamente hacia bienes
diversos y superiores al de los instintos animales, ofrece al
hombre la posibilidad de dominar sus pulsiones y realizar libremente
—sin verse coaccionado a ello, porque ningún bien concreto la
colma y, sobre todo, porque ella es dueña y señora
de su propio ejercicio[4 ]— una multitud de bienes, no
solo para sí, sino para sus semejantes y para Dios.
El hombre puede amar, querer el bien del otro en
cuanto otro. Nuestros interlocutores deben saberlo, y nosotros contar con
ello… a pesar de que la capacidad para el bien
pueda en algunos casos verse bastante sofocada por los influjos
ambientales o por los errores y contrahechuras de la propia
biografía personal.
No obstante, frente a la opinión tan común de
que la confianza hay que ganársela, funciona con mucha frecuencia
obrar en sentido opuesto: uno primero la otorga, y lo
habitual es que quien se siente así agasajado responda estando
a la altura de lo que le hemos propuesto como
modelo de sí mismo.
2.2. El siguiente corolario cabría expresarlo así:
en contra de una corriente tan difundida como superficial y
falsa, puesto que la libertad del hombre se configura esencialmente
como tendencia al bien formalmente aprehendido y querido como bien,
esa libertad crece y se perfecciona a medida que de
forma más intensa se va asentando en el bien, y
en la proporción exacta en que se trate de un
bien más alto.
2.2.1. De lo que resulta que el
ser humano conquista su máxima libertad cuando, de manera progresiva
y cada vez más vigorosa, va fijando el querer voluntario
en lo que es bueno y, en fin de cuentas,
en el Bien sumo que es Dios; y que precisamente
el incremento intensivo de la inclinación hacia esa Bondad infinita
lo torna más libre —en un sentido real, nada metafórico—
respecto a todos los bienes finitos: lo sitúa por encima
de todos ellos.
Puede hablarse, por tanto, e incluso estimo que
es un deber teorético ineludible, de una suerte de necesidad
por exceso o conquistada, que en el hombre es el
resultado de la maduración progresiva de la libertad y el
cumplimiento de la misma.
En ese contexto se movió San Agustín,
como recuerda Cardona:
San Agustín, a propósito de la verdadera libertad
(diferente de la libertad de elección entre lo relativo), dice
que se da cuando el hombre, con una decisión plena,
imprime a su acción una tal necesidad interior, hacia el
Absoluto que es Dios, que excluye del todo y para
siempre la consideración de cualquier otra posibilidad. Toda reserva, actual
o de futuro, es una pérdida de libertad[5 ].
Y,
de manera todavía más neta:
San Agustín afirma que lo característico
del buen amor es imprimir al propio acto una tal
necesidad, que lo haga irrevocable, eterno. Puede parecer paradójico, pero
no es contradictorio[6 ].
2.2.2. Por el contrario —y es la
otra gran posibilidad—, cuando el hombre se centra en los
bienes menudos y «cerrados» de sus tendencias inferiores, de sus
«instintos» y, más que nada, de la voluntad vuelta sobre
sí misma, que hace del yo el bien sumo para
ella, resulta absorbido por su pequeño bien, disminuye su vigor
interior, se equipara en cierto modo a los animales, se
petrifica y se resta libertad. En este sentido, es una
gran verdad metafísica, y no una consolación piadosa o un
engaño, que el egoísmo convierte a los hombres en esclavos,
mientras que el amor altruista los libera.
Según dice también
Carlos Cardona,
… la capacidad infinita de querer que la
libertad implica, se pone como tal libertad solo amando libremente
el Bien infinito, de modo incondicionado; de lo contrario, se
frustra como tal libertad[7 ].
3. El máximo don
A las
dos propiedades anteriores hay que añadir algo de capital interés:
y es que la libertad, en el hombre, es una
ganancia. Y que lo es, en fin de cuentas, porque
gracias a ella el hombre puede autoconstruirse, prolongarse, completarse y
terminarse, obteniendo por sí mismo un fin sublime.
Con palabras
de Savonarola, glosadas a su modo por multitud de tratadistas,
«la verdadera libertad es más preciosa que el oro y
que la plata»: es el privilegio por excelencia de la
persona creada, en cuanto que gracias a su condición libre
puede empinarse hasta su destino de plenitud en Dios.
Una ganancia,
un beneficio… De esta manera lo entendían los mejores de
entre nuestros clásicos. Y, así, Cervantes, en El Quijote, dejó
escrito:
No hay en la tierra, conforme a mi parecer,
contento que se iguale a alcanzar la libertad perdida.
O,
de forma más aguda y completa, resumió en estos consejos
del Hidalgo a su escudero:
La libertad, Sancho, es uno
de los más preciosos dones que a los hombres dieron
los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que
encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad,
así como por la honra, se puede y debe aventurar
la vida[8 ].
Sin embargo, no siempre se ha interpretado de
esta suerte la libertad humana. Los existencialistas, por ejemplo, la
consideraban una condena. Ponían excesivamente la atención en lo que
el ejercicio de la libertad lleva consigo de penosa tarea
—y, en efecto, construirse libremente supone esfuerzo—, sin atender a
los logros que de ese modo se alcanzan.
Esta equivocada y
depauperante visión de la libertad se ha difundido enormemente en
la actualidad. Por eso, es muy posible que las familias
de nuestro entorno, que nuestros propios hijos o, en general,
nuestros amigos, participen de ella: que no sepan —o no
quieran saber— que están en manos de su libertad; que
lo que se les ha ofrecido, como don y como
tarea —y como obligación que han de asumir libremente— es
justo la capacidad de educarse, de llegar a ser personas
cabales, plenas, con sacrificio, precisamente a golpes de libertad.
Ya
que, como enunciara David Lloyd George,
… la libertad no
es simplemente un privilegio que se otorga; es un hábito
que ha de adquirirse.
A lo que habría que añadir,
de la mano de Lammenais:
La libertad resplandecerá sobre vosotros
una vez hayáis dicho en el fondo de vuestra alma:
«queremos ser libres», y para lograrlo estéis prestos a sacrificarlo
todo y a soportarlo todo.
4. Implica todo nuestro ser
En
cuarto lugar, y como complemento de lo visto, es oportuno
considerar que la libertad, entendida en su sentido más propio
y hondo, nos pone completamente en juego. Lo que también
puede afirmarse sosteniendo que su punto primordial de referencia es
la totalidad de nuestra persona o, de manera correspondiente, nuestra
relación constitutiva con Dios.
Aunque no es posible siquiera comentarlas, conviene
aquí dejar constancia de las hermosas y profundas palabras con
que Carlos Cardona resume esta idea:
Puesto el ser, creada
la persona, la libertad se presenta en él como «inicio»
absoluto, como originalidad radical, como creatividad participada. En consecuencia, el
hombre se hace, se pone a sí mismo como hombre,
cuando en uso de su libertad ama a Dios sobre
todas las cosas, cuando ama a Dios como Dios, cuando
ama el Amor libre que le hace ser como amor,
cuando libremente ama a Aquel que libremente le hace libre,
capaz de amar, cuando intencionalmente se identifica con su fin
porque quiere, y es así lo que está hecho para
ser[9 ].
Cabría asegurar que todo lo importante, en la libertad
del hombre, se escribe con mayúsculas. Y, en efecto, la
libertad humana no se juega en las elecciones intrascendentes en
que muchas veces la hacemos residir: el rato de distracción,
la bebida, el dinero para salir o entrar… Si toda
la libertad la centramos en semejantes menudencias, «sobra», comienza a
pesar y se torna insoportable: como una condena. La libertad
es importante, seria —y esto puede asustar a más de
uno—, pero justamente porque con ella lo arriesgamos todo: para
perderlo… ¡o para ganarlo!
Así lo expresa Rafael Morales:
Y, amasando
mis penas con mi llanto, / voy formando este hombre
que ahora soy / y esta carne en que vengo
y en que voy / por esta triste vida que
ama tanto.
En efecto, está en mis manos conducirme hasta
un cuasi infinito de perfección y de gozo —cosa absolutamente
vedada al más «feliz» de los animales—, o destrozarme, autodisminuirme
y convertir toda mi vida en una ruina.
Y no caben
términos medios; ya lo dejó claro San Agustín: la libertad,
o se utiliza para crecer, o forzosamente mengua y nos
introduce en la miseria.
Como también explica Thibon,
… podemos
abusar de nuestra vista o de nuestro oído contemplando espectáculos
degradantes o escuchando chismes: no por eso nos quedaremos ciegos
o sordos. Mientras que el mal uso de la libertad
conduce a suprimir la libertad, de manera que, en el
límite, el hombre se convierte en una marioneta agitada por
las influencias exteriores: Propaganda, publicidad, corrientes de opinión, ¿qué sé
yo?[10 ]
No es necesario comentar la relevancia de todo ello
para enfocar correctamente cualquier labor de mejora de las personas.
5.
Llamada a crecer
Por fin, y en parte como resumen de
todo lo anterior, para conducir la propia vida y ayudar
al despliegue de las de nuestros hijos o amigos conviene
tener muy claro que la libertad no es algo estático,
que se posee y basta, sino que, como energía primigenia
y en tensión, está llamada a crecer.
Más aún: toda
la educación puede entenderse como ese proceso de incremento de
la libertad, que nos va permitiendo querer bien, cada vez
mejor, el bien. Educarnos, crecer como personas, es aprender a
ser más libres, aquilatar la categoría de nuestra libertad, amar
—¡poder amar!— más y mejor y con mayor gozo subsiguiente.
Sugiere
Millán-Puelles:
… cabe decir ahora que la actividad educativa tiene
por fin hacer que el hombre acondicione su libertad de
una manera recta y permanente. El status a que la
educación se encamina es una confirmación de la libertad humana,
o, si se prefiere, del hombre mismo en tanto que
ser libre[11 ].
Y añade más tarde:
El amor es la forma
interpersonal de la libertad […] en el amor no se
pierden ni la iniciativa ni la autonomía personales, sino que
ambas se solidarizan libremente con alguna otra persona… [12 ]
Educar
a una persona, a cualquiera de los sujetos con quienes
nos relacionamos, desde nosotros mismos y nuestro cónyuge hasta, en
su caso, nuestros hijos y discípulos, es, en definitiva, ayudarle
a ser libre: a que acreciente y fortalezca su libertad,
su capacidad de amar (nunca debiéramos, por eso, tener miedo
a la libertad, a condición de que efectivamente lo sea,
y no una simple caricatura o una aberración).
Y aquí es
donde hay que encuadrar toda la doctrina, importantísima para la
formación y el crecimiento personal, de los hábitos buenos, de
las virtudes, de esas «hijas divinas de la libertad» a
que apelaba Tiedge. Ya que, según recuerda Bossuet, «el buen
uso de la libertad —trocado en hábito— se llama virtud»,
y a ella está enderezado el hombre. En efecto, el
hombre se encuentra llamado siempre a más: solo aspirando a
algo que esté por encima de él consigue ser feliz.
En
este sentido, escribía López Ibor:
El ser humano es extraordinariamente
complejo y lo que resulta más patente, más real, es
su incapacidad de vivir su vida montada simplemente en el
plano biológico, como satisfacción de sus necesidades. Y parece precisamente
que el hombre contemporáneo trate de reducir su vida a
este esquema. Lo único que ha hecho es aumentar el
área de lo que considera necesario a la posesión de
algunos artefactos técnicos. Pero indudablemente la vida humana, que es
más que vida, según la fórmula de Simmel, queda, con
este esquema, radicalmente insatisfecha. El hiato que rodea la vida
montada sobre un esquema biológico de necesidad-satisfacción se halla determinado
por la presencia en el hombre de un espíritu que
apetece siempre algo más [el subrayado es del autor]. La
necesidad de trascender es tan inherente y constitutiva de la
personalidad humana como el instinto sexual o el instinto de
conservación[13 ].
Pues bien, justamente lo que le permite trascender, no
detenerse, es el incremento de su persona en el ámbito
operativo constituido por los hábitos. Conviene desechar, por corta y
un tanto miope, la exclusiva y unilateral conexión que se
tiende a establecer entre hábito bueno o virtud y repetición
de actos.
Eso es solo una parte del asunto, no
la más enjundiosa, y que puede amenazar con el fantasma
del aburrimiento o degenerar en la rutina. Lo realmente entusiasmante
es que con las virtudes somos más hombre (varón o
mujer), crecemos, nos elevamos, tenemos más vigor, más capacidad, más
libertad: podemos dirigirnos hacia un fin más alto. Cosa que
se ve empinada hasta límites que dan vértigo cuando entran
en juego los hábitos buenos sobrenaturales: la fe, la esperanza,
la caridad, y todo el resto de virtudes infusas.
Según expone
Leonardo Polo, la virtud
… pertenece al alma. Es aquello
que permite al alma estar de acuerdo consigo, cobrarse y
alcanzarse a sí misma, es decir, no desperdigarse en la
búsqueda de los prestigios externos, en el agrado que proporcionan
los bienes exteriores que el hombre puede adquirir, pero que
no lo perfeccionan por dentro; son bienes no intrínsecamente asimilados;
son medios.
La virtud es esa cualidad intimísima que acrisola
la categoría recóndita de un individuo y le permite actuar
con más garbo y eficacia en orden a su fin
último… fijándolo gozosamente en el bien, como antes sugerí.
Por eso,
nunca nos agradecerá lo suficiente un alumno, un hijo, un
amigo, el que le hayamos hecho comprender, con hondura y
atractiva claridad, que lo que constituye el fundamento de su
perfección, de la dignidad que le compete desarrollar como persona
y, en fin de cuentas, de su felicidad, es la
consecución y el crecimiento de la libertad, que cristaliza como
un conjunto armónico de virtudes.
II. Comprender la propia condición libre
Según
anuncié, con el fin de «aterrizar» lo expuesto hasta el
momento —como dicen mis amigos mexicanos—, enumero en esta segunda
sección los pasos que requiere dar el común de nuestros
contemporáneos para concebir y utilizar adecuadamente su libertad.
Digo «concebir
y utilizar», pues solo quien tiene clara la naturaleza de
la libertad podrá hacer un uso adecuado de ella. Y
hablo de «pasos» porque, normalmente, sobre todo entre los más
jóvenes, el punto de partida de lo que se entiende
como libre se encuentra bastante alejado de la auténtica naturaleza
de ese sublime atributo.
1. ¿Poder hacer?
De ordinario, las primeras
reivindicaciones de libertad que realizan nuestros chicos, y no tan
chicos, manifiestan que, en efecto, distan mucho de ser libres.
En tales requerimientos, el lugar de privilegio suele estar ocupado
por un que me dejen hacer esto o lo otro,
frecuentar o no determinado lugar, vagar por donde desee a
determinadas horas de la noche, disponer mi físico o mi
vestimenta como me venga en gana…
Pues bien, ese que me
dejen trasluce, como decía, que tales personas conciben todavía la
libertad como algo que depende radicalmente de otros[14 ] y
no como una prerrogativa interna e irrenunciable que acompaña al
hombre desde su misma concepción y que a cada uno
corresponde desarrollar… justo «a golpes de libertad», que diría Ortega.
No
han caído en la cuenta de que, como explica Llano,
… el primer paso para la formación de la voluntad
[de la libertad] es adquirir el convencimiento de que la
causa eficiente —efectiva, física, psíquica, real— de la voluntad es
la voluntad misma.
O, de nuevo con palabras de este
filósofo mexicano, que ni siquiera
… Dios, excepto en casos extraordinarios,
puede hacer —en la significación eficiente, efectiva y fuerte de
este verbo— que queramos lo que no queremos. Nuestra voluntad
es inaccesible desde fuera de ella misma: es inviolable. Tal
convicción es el punto de partida de la formación de
la voluntad [y de la libertad]. Cuanto hagamos para incitarla,
sostenerla, mantenerla al resguardo o impulsarla, debe tener esta inaccesibilidad
y esta inviolabilidad como presupuesto expreso.
Y ejemplifica:
A las instancias bajo
las que la voluntad se encuentra permanentemente sometida ocurre lo
que al ladrón de gallinas aludido en El Quijote, quien
fue supuestamente condenado por Sancho Panza, entonces gobernador de la
ínsula de Barataria, a dormir en la cárcel. La inteligente
respuesta del ladrón sería la hipotética respuesta de una voluntad
instantemente presionada: ¡el señor gobernador podrá obligarme a pasar la
noche en la cárcel; a dormir en ella no hay
quien me obligue! El hombre podrá ser obligado a hacer
algo: a querer algo nadie puede obligarlo, si él no
quiere querer aquello[15 ].
2. ¡Poder elegir!
Las cursivas permiten inferir
el error que subyace al planteamiento que estoy comentando. Quienes
enrumban la conquista de la propia libertad por la vía
de las reclamaciones y protestas dirigidas hacia otros, la sitúan
sin darse cuenta en los dominios del hacer (de las
operaciones externas), cuando realmente reside más hondo, en la esfera
de la propia voluntad.
En una voluntad que puede querer
o elegir sin estar determinada por nada ni nadie, excepto
por sí misma: y entonces es libre; o que no
resulta capaz de tal elección, y entonces no lo es.
Remedando a Philippe[16 ], habría que recordar a estas personas
que, ciertamente, muchas veces existen circunstancias objetivas que hay que
transformar, situaciones difíciles o agobiantes, presiones de muy diverso tipo…
que es preciso superar para gozar de una auténtica libertad
interior. Pero también que, con demasiada frecuencia, vivimos engañados y
echamos la culpa de la falta de libertad que padecemos
a lo que nos rodea cuando esa ausencia radica en
nuestro interior: nos creemos víctimas de un contexto poco favorable,
pero el problema real —igual que su solución— se encuentra
dentro de nosotros.
En resumen. El primer paso hacia la conquista
de la libertad consiste en advertir que, más que en
hacer o no hacer y, en cualquier caso, como requisito
previo para realizarlo libremente, es preciso que tengamos la capacidad
interna de elegir (o querer) sin encontrarnos determinados por ninguna
causa ajena a la propia voluntad.
Colocados en este nivel más
profundo, las carencias que anularían nuestra libertad pueden reducirse a
dos: la ignorancia y la ausencia de autodominio.
2.1. Ignorancia: si
una persona no sabe en qué consiste realmente lo que
pretende hacer, cuáles son las posibilidades reales de obrar en
unas circunstancias concretas, qué consecuencias se seguirán si actúa de
un modo o de otro… de ninguna manera puede decirse
que elige (ni, por consiguiente, que obra) libremente.
Apelando a un
caso cada día menos conocido en la civilización occidental, cuando
Noé se emborrachó porque no sabía que el mosto fermentado
producía esos efectos, no obró con libertad. Como tampoco lo
hace quien estima que solo puede entretenerse si dispone de
suficiente dinero para comprar las diversiones (ya se trate de
«fiestas» organizadas con más o menos complejidad de medios, ya
de sofisticados aparatos, ya de viajes a lugares apartados que
apenas si logra visitar), en lugar de desarrollar como es
debido su inventiva y su imaginación, solo o en compañía
de sus amigos. O, por poner un ejemplo no infrecuente,
tampoco obra con genuina libertad la mujer que utiliza el
DIU porque nadie le ha explicado que sus mecanismos son
abortivos.
2.2. Falta de dominio sobre sí mismo. ¡Cuántas veces pretendemos
convencernos o convencer a los otros de que hacemos algo
porque queremos (porque nos da la gana, solemos decir), cuando
en realidad querríamos tener la fuerza suficiente para no hacerlo,
pero carecemos de ese vigor!
Aquí, los ejemplos son casi infinitos
y se sitúan en las esferas más diversas: desde el
que fuma porque le da la gana (pero en realidad
no se siente capaz de dejar el tabaco), pasando por
quien desprecia el estudio porque de hecho no tiene fuerzas
ni capacidad para estar más de 2 minutos delante de
un libro, hasta quien se pavonea por llevar una vida
sexual desenfrenada y lo que ocurre es que es esclavo
de esos instintos… que, en el fondo, le gustaría dominar
con objeto de amar de veras a la persona de
quien realmente se encuentra enamorado.
3. Elegir bien el bien
Tengo toda
la impresión de estar en el momento más delicado de
mi exposición. La expresión «hacer lo que me dé la
gana» es probablemente la más utilizada para reivindicar las acciones
libres y resulta tremendamente costoso convencer a alguien de que
«ahí» (al menos, en el sentido que suele darse a
esa frase) no se alcanza todavía la esencia del acto
libre.
Las razones filosóficas que han provocado esta situación son conocidas
y se remontan a la concepción de los últimos siglos
que identifican la libertad con la indiferencia, con ese «tanto
da» al que ya me he referido. En las personas
singulares, al margen del origen de ese convencimiento, lo que
encontramos es algo asimismo conocido: la aspiración a una libertad
absoluta. Y, en efecto, si cualquiera de nosotros fuera perfecto,
podría sin duda querer y hacer lo que «le viniera
en gana» y eso, que sería siempre bueno, constituiría la
mejor expresión del carácter pleno de nuestra libertad.
Pero somos limitados…
y nuestra relativa impotencia complica un tanto el asunto.
3.1. Partamos
del hecho, que la gran mayoría aceptamos, de que la
libertad es algo positivo, tal vez lo más positivo que
se concibe en los momentos presentes[17 ]. Parece extraño, entonces,
que pueda ser utilizada para perjudicarnos a nosotros mismos. Pero
si, por ejemplo, elegimos repetidamente robar, nos estamos haciendo daño,
no tanto ni principalmente porque nos puedan pillar «con las
manos en la masa», con las consecuencias que eso traería
consigo, sino porque nos estamos haciendo (convirtiendo en) ladrones, cosa
que, de nuevo para la mayoría de nosotros, constituye un
mal… aunque pueda reportarnos algunos beneficios inmediatos.
Si en vez de
robar, se tratara de asesinar o violar, estimo que la
repetición de esas acciones muy difícilmente sería considerada por nadie
como algo beneficioso… por más que las eligiéramos libremente.
Podríamos, pues,
anticipar que la libertad es una ganancia porque, gracias a
ella —y tal como sugerí— podemos completar la distancia que
media entre nuestro ser actual y nuestro deber ser (o
plenitud de perfección); o, con otras palabras, mejoramos y, como
consecuencia, somos felices. Cosa que conseguimos mediante las virtudes, es
decir, cuando obramos bien (hacemos «cosas buenas»).
Por eso Tomás de
Aquino explica que realizar conscientemente el mal ni es libertad
ni parte de la libertad, aunque sí una manifestación de
que quien así actúa es libre (los animales, movidos necesariamente
por instinto, no obran propiamente mal), pero con una libertad
limitada… ¡y precisamente allí donde nuestra libertad falla!
Parece evidente que
para obrar mal, en el sentido más propio de esta
expresión, tenemos que gozar de la capacidad real de elegir
entre una cosa y otra… y decidirnos efectivamente por la
que daña a otros y nos perjudica a nosotros mismos,
aunque de momento nos produzca algún placer o beneficio. Sin
ese libre albedrío, que es como técnicamente se conoce la
capacidad a que acabo de aludir, no seríamos responsables de
nuestras acciones ni estás podrían calificarse como buenas o malas:
constituirían el producto necesario e ineludible de nuestros instintos o
inclinaciones.
Para ser libres resulta imprescindible, por consiguiente, poder escoger entre
distintas opciones. Pero para ser libres-libres, en un grado más
alto y perfecto de libertad, tenemos que tener la fuerza
y el discernimiento suficientes para poder elegir en un momento
dado lo que es preferible llevar a término. De lo
contrario, manifestaremos que disponemos de libre albedrío, pero no de
libertad en su acepción más plena y correcta: nos falta
desarrollar aún más esa capacidad, de forma que podamos utilizarla
para nuestro bien y el de quienes nos rodean.
Un ejemplo
relativamente simple. Cuando vemos humo, de manera inmediata inferimos que
se está llevando a cabo una combustión (que algo se
está quemando, en términos más sencillos y menos propios), ¡pero
una combustión imperfecta! Pues si se lograra quemar absolutamente toda
la materia en cuestión (si «el fuego» fuera lo bastante
poderoso) no quedaría resto alguno sin consumir, que es precisamente
lo que se transforma en (o constituye el) humo.
Con lo
que tal vez se advierte que, entendida en su sentido
más profundo, la auténtica libertad es capacidad de elegir y
llevar a cabo lo bueno, mientras que escoger y realizar
lo malo es fruto de la imperfección de nuestra libertad,
que no llega a donde debería llegar.
3.2. Si en el
enunciado de este epígrafe hablaba de hacer bien el bien
—y no solo de hacer el bien— es porque la
libertad irá siendo más perfecta en la medida en que
la elección del bien y su puesta en obra nos
resulte mejor o, con otras palabras, más sencilla y certera.
De
manera similar a como consideramos mejor poeta al que encuentra
en cada momento la palabra adecuada, a la primera y
sin esfuerzo, también es mejor persona —¡más libre!— quien descubre,
elige y pone por obra la bueno de forma más
natural y espontánea… como fruto de las virtudes que han
acrisolado su libertad, según antes apunté.
Pues las virtudes son un
conjunto de fuerzas que nos capacitan para elegir y realizar
el bien en directo: sin tener que deliberar apenas, sin
equivocarnos y, además, disfrutando al obrar de ese modo[18 ].
Y
de ahí, en contra de lo que a menudo se
opina, que la vida buena (no solo ni principalmente la
«buena vida») sea divertida y gozosa, en la acepción más
noble y cumplida de estos términos[19 ].
4. Hacernos buenos, ser
mejores personas
Con lo que nos hemos adentrado desde los dominios
del hacer, en los que normalmente situamos inicialmente las reivindicaciones
de la libertad, hasta la esfera del ser.
Por eso
suelo describir la libertad como la capacidad de autoconducirnos hasta
nuestra propia perfección o plenitud; como el poder de llegar
a ser mejores, de hacernos personas cabales, cumplidas.
Y es entonces,
al advertir que, con la libertad, ponemos en juego nuestro
propio ser, cuando empezamos a vislumbrar la grandeza de este
atributo… así como el enorme riesgo que lleva consigo. Pues
si gracias a nuestra condición libre gozamos del privilegio de
alcanzar por nosotros mismos la cumbre de nuestra condición humana…
también podemos utilizar el «libre albedrío» —¡en lo que tiene
de deficiente!— para destruirnos y envilecernos.
(Uso adrede la expresión
«libre albedrío» porque, llegados a este punto, debería ser más
fácil entender que la auténtica libertad, la que ha alcanzado
su total desarrollo, solo puede utilizarse para obrar bien: para
elegir y hacer bien el bien. Es, como antes decía,
necesidad por exceso o conquistada).
Corolario: Madurez humana = plenitud de
libertad
Para concluir, y como culminación de lo expuesto acerca del
sentido último y la naturaleza más honda de la libertad,
copio las atinadas convicciones de un excelente psiquiatra contemporáneo, que
resumen en pocas líneas todo un proyecto de excelencia humana.
Estimo
que no es necesario explicitar hasta qué punto sus conclusiones
«casan» con lo que he llamado crecimiento de la libertad
y con lo expuesto en los párrafos que preceden, que
al término se identifica con lo que Millán-Puelles denominaba «libre
afirmación del propio ser», con las exigencias de expansión que
lleva aparejada.
Escribe Juan Cardona Pescador, en buena medida en el
surco trazado por Kierkegaard:
Entre otras manifestaciones, la persona madura se
caracteriza por:
a) La correcta percepción y su consecuente adaptación a
la realidad, sabiéndose limitado por su estar en el mundo
y, al mismo tiempo, capacitado para trascenderlo (síntesis de finito
e infinito).
b) La adecuada inserción en el tiempo (pasado, presente
y futuro), consciente de que en todas sus actividades temporales
existe una instancia de eternidad, lo que supone implicaciones trascendentes
en sus relaciones afectivas, sociales, éticas, morales y religiosas (síntesis
de temporal y eterno).
c) La justa jerarquización de sus intenciones,
valorando lo que es fin como fin y lo que
es medio como medio, pues si yerra en esta valoración
forzará el orden de la Naturaleza y frustrará su propia
realización como persona. En la medida en que el ser
humano busque como fin lo que solamente tiene carácter de
medio, o solo se obtenga como resultado o efecto de
una actitud, está apartándose, por una vía divergente, de su
verdadero y propio fin. Así, por ejemplo, no se puede
llegar a ser verdaderamente libre sin pasar, previamente, por la
renuncia a instintos que esclavizan, y no se puede llegar
a ser feliz sin pasar por la experiencia de la
entrega (síntesis de libertad y necesidad)[20 ].
Como acabo de decir,
se trata de afirmaciones certeras y agudas, que no quiero
empañar con ningún comentario.
Málaga, 10 de mayo de 2008
Tomás Melendo
Catedrático
de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para
la Familia
Universidad de Málaga
Notas
[1 ] Advierte Lukas, como fruto de
muchos años de experiencia clínica: «Una actitud nociva, ampliamente sostenida
hoy en día, es la convicción de que por una
u otra razón, simplemente no somos capaces de hacer lo
que básicamente deseamos. Los pacientes a menudo citan razones escogidas
en la literatura psicológica popular. El señor A, no puede
amar porque su madre lo descuidó cuando era niño; la
señora B, no puede dejar de estar malhumorada por las
mañanas, hasta que bebe su segunda taza de café; la
obesa señora C, no puede pasar por una tienda de
dulces, porque tiene una compulsión profundamente asentada, de comprar caramelos;
el señor D, no puede ser asertivo porque tiene un
complejo de inferioridad; la señora E, no puede tener un
buen matrimonio porque sus padres le negaron la clase correcta
de modelado de papeles» (Lukas, Elisabeth, También tu sufrimiento tiene
sentido, Ediciones LAG, México D.F., 2ª reimp., 2006, p. 64).
A continuación, explica que nada de eso es, en fin
de cuentas, cierto: se trata más bien de coartadas, que
impiden empeñarse en superar —¡y vencer!— la situación dañina.
De manera
acaso más directamente relacionada con la responsabilidad, afirma asimismo: «Frankl
hace hincapié, repetidamente, en el peligro de presentar a los
seres humanos como meras víctimas de las circunstancias. Es parte
de nuestra esencia sentirnos culpables, así como es parte de
nuestra humanidad aceptar y, posiblemente, redimir la culpa. "Quita la
culpa de una persona y le habrás quitado la dignidad".
Son sabias palabras, aunque no muy populares hoy en día»
(Lukas, Elisabeth, También tu sufrimiento tiene sentido, Ediciones LAG, México
D.F., 2ª reimp., 2006, p. 148).
[2 ] En este extremo
ha insistido, oponiéndose valiente y eficazmente a los determinismos de
sus antiguos maestros —Freud y Adler—, Viktor Frankl y toda
la escuela de logoterapia. Escojo, entre multitud de textos posibles:
«Sin
ninguna duda, el hombre es un ser finito y su
libertad limitada. No se trata, pues, de librarse de los
condicionantes (biológicos, psíquicos, sociológicos), sino de la libertad para adoptar
una postura personal frente a esos condicionantes. Ya lo afirmé
con claridad en cierta ocasión: “Como profesor de dos disciplinas,
neurología y psiquiatría, soy plenamente consciente de en qué medida
el hombre está sujeto a las condiciones biológicas, psicológicas y
sociales. Pero además de profesor en estos dos campos soy
superviviente de otros cuatro —de concentración, se entiende— y como
tal quiero testimoniar el incalculable poder del hombre para desafiar
y luchar contra las peores circunstancias que quepa imaginar”». (Frankl,
Viktor, El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona, 2004,
p. 149).
«Las experiencias de la vida en un campo demuestran
que el hombre mantiene su capacidad de elección. Los ejemplos
son abundantes, algunos heroicos; también se comprueba cómo algunos eran
capaces de superar la apatía y la irritabilidad. El hombre
puede conservar un reducto de libertad espiritual, de independencia mental,
incluso en aquellos crueles estados de tensión psíquica y de
indigencia física.
Los supervivientes de los campos de concentración aún recordamos
a algunos hombres que visitaban los barracones consolando a los
demás y ofreciéndoles su único mendrugo de pan. Quizá no
fuesen muchos, pero esos pocos representaban una muestra irrefutable de
que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una
cosa: la última de las libertades humanas —la elección de
la actitud personal que debe adoptar frente al destino— para
decidir su propio camino.
Y allí siempre se presentaban ocasiones para
elegir. A diario, a cualquier hora, se ofrecía la oportunidad
de tomar una decisión; una decisión que determinaba si uno
se sometería o no a las fuerzas que amenazaban con
robarle el último resquicio de su personalidad: la libertad interior.
Una decisión que también prefijaba si la persona se convertiría
—al renunciar a su propia libertad y dignidad— en juguete
o esclavo de las condiciones del campo, para así dejarse
moldear hasta conducirse como un prisionero típico» (Frankl, Viktor, El
hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona, pp. 90-91).
«Los
extremos crean sus propias limitaciones. El determinismo que ha dominado
el pensamiento psicológico por más de medio siglo, está siendo
cuestionado. El más importante entre aquellos que cuestionan, está el
psiquiatra vienés Viktor E. Frankl, que va más allá de
la psicología profunda y del conductismo. Él considera la dimensión
del espíritu humano, más allá de todas las interacciones psicofísicas
y psicológicas. El espíritu humano, por definición, es la dimensión
de la libertad humana y, por lo tanto, no está
sujeto a leyes deterministas.
Libertad es una palabra a menudo mal
empleada. Para evitar malas interpretaciones, Frankl no habla de libertad
de algo, especialmente no de condiciones (nadie está libre de
sus condiciones físicas o psicológicas), sino de libertad para algo,
una actitud libremente tomada hacia estas condiciones. Él refuerza la
actitud de “a pesar de”, nuestra elección de respuesta al
destino.
Aquí se da una base para consolar y ayudar a
la gente, sin importar cuán inescapable sea el sufrimiento. Solo
venciendo el determinismo es posible consolar; esto se hace al
reconocer la dimensión del espíritu humano» (Lukas, Elisabeth, También tu
sufrimiento tiene sentido, Ediciones LAG, México D.F., 2ª reimp., 2006,
p. 25).
[3 ] Para quien desee profundizar en este punto:
«Pero esa libertad creada no es una libertad errante. Siendo
la libertad autodeterminación radical, posición total del propio acto, solo
Dios, el Ser absoluto, es absolutamente libre, por perfecta identidad
de su ser y su actuar, sin que nada de
lo que posee y le constituye le haya sido determinado
por otro. En la criatura hay distinción real entre esencia
y acto de ser, entre la esencia y las potencias,
entre el ente y su operación (aunque no distinción como
entre cosa y cosa, sino como entre componentes metafísicos de
la misma totalidad unitaria). La libertad creada necesita una causa
final, un porqué, un sentido; no se basta a sí
misma. Siendo efecto del amor divino, se realiza plenamente amando
el Amor que es su causa.» (Cardona, Carlos, Metafísica del
bien y del mal, EUNSA, Pamplona 1987, p. 103).
[4 ]
Estas palabras de Thibon, profundísimas, señalan a la vez la
sublimidad y el riesgo —inevitable— de la acción libre: «…
precisamente la grandeza y la tragedia de esta facultad creadora
que es la libertad humana consiste en no poderse guiar
en su elección por ningún criterio absoluto, exterior al acto
mismo de la elección. Ciertamente las reglas de la moral
y de la prudencia tienen un papel que desempeñar, pero
el argumento que la decide es ella misma quien lo
crea, y precisamente por el mismo ímpetu que la lleva
hacia su objeto. Por ejemplo, si decido serte fiel, esta
decisión se confunde con mi grito de fidelidad; no es
una causa que preceda y determine mi elección, es un
signo que me indica que esta elección ya está hecha»
(Thibon, Gustave, La crisis moderna del amor, ed. Fontanella, Barcelona
1976, pp. 29-30)
[5 ] Cardona, Carlos, Metafísica del bien y
del mal, cit. p. 106.
[6 ] Cardona, Carlos, Ética del
quehacer educativo, cit. p., 83. Pienso que en el ámbito
que así se abre cabría situar, en la medida en
que alcanzan nuestras entendederas, la suprema libertad humana de Jesucristo,
que no le permitía realizar nada malo, así como la
libertad (necesidad por exceso) de los bienaventurados, que no pueden
sino amar a Dios. Pues interpretar que, al alcanzar su
Fin último en la otra Vida, el hombre pierde la
libertad no parece cuadrar con la real grandeza del que,
con razón, se considera como el mayor atributo de la
persona… creada o increada: su condición libre.
[7 ] Cardona, Carlos,
Metafísica del bien y del mal, EUNSA, Pamplona 1987, p.
104. De nuevo es un extremo muy tratado por la
logoterapia, por lo que el problema es elegir entre la
multitud de citas: «Hoy estamos principalmente interesados en el autoencuentro,
autofortalecimiento, autoactualización y metas similares centradas en el ego y,
sin embargo, una exagerada ocupación con el “amado ego” es
dañina. Somos básicamente seres autotrascendentes, enfocados en una realidad, aun
por la vía de un cuento de hadas.
Las personas que
sufren o las neuróticas, pueden sanar al grado de que
dirijan su atención hacia la realidad más allá de ellas
mismas, e ignoren al ego con todas sus debilidades y
problemas. En terapia es peligroso alentar un enfoque no saludable
en el ego, o provocar autocompasión en la gente que
sufre. Al no tomar en cuenta las cualidades de autotrascendencia
de los pacientes, nutrimos un egoísmo que puede ser fatal
para la vida espiritual» (Lukas, Elisabeth, También tu sufrimiento tiene
sentido, Ediciones LAG, México D.F., 2ª reimp., 2006, p. 39).
[8
] Cervantes Saavedra, Miguel de, El ingenioso hidalgo don Quijote
de la Mancha, Edición de Francisco Rico, Instituto Cervantes-Crítica, Barcelona
1998, p. 1094.
[9 ] Cardona, Carlos, Metafísica del bien y
del mal, EUNSA, Pamplona 1987, p. 102.
[10 ] Thibon, Gustave,
Entre el amor y la muerte, Rialp, Madrid 1977, p.
56.
[11 ] Millán-Puelles, Antonio, La formación de la personalidad humana,
Rialp, Madrid, 2ª ed. 1963, p. 60
[12 ] He aquí
la cita completa: «El amor es la forma interpersonal de
la libertad: el nivel del encuentro de un “para sí”
con otro y, consiguientemente, la fusión en la que un
“desde sí” se autotrasciende, en máxima libertad, queriendo la libertad
de otra persona. Lo que equivale a afirmar que en
el amor no se pierden ni la iniciativa ni la
autonomía personales, sino que ambas se solidarizan libremente con alguna
otra persona en libertad» (MILLÁN-PUELLES, A., Sobre el hombre y
la sociedad, Rialp, Madrid 1976, p. 100).
[13 ] López Ibor,
Juan José, Rebeldes, Rialp, Madrid 1965, pp. 72-73.
[14 ] «Existe
algo muy obvio, pero que nos cuesta mucho comprender: y
es que, cuanto más dependa nuestra sensación de libertad de
las circunstancias externas, mayor será la evidencia de que todavía
no somos verdaderamente libres.» (Philippe, Jacques, La libertad interior, Rialp,
Madrid 3ª ed. 2004, p. 18).
[15 ] Llano Cifuentes, Carlos,
Formación de la inteligencia, la voluntad y el carácter, Ed.
Trillas, México 1999, p. 76.
[16 ] Cfr. Philippe, Jacques, La
libertad interior, Rialp, Madrid 3ª ed. 2004, pp. 23-24.
[17 ]
Según sostiene de nuevo Philippe, «… da la impresión de
que el único valor que todavía suscita cierta unanimidad en
este inicio del tercer milenio es el de la libertad.
Todo el mundo está más o menos de acuerdo en
que el respeto a la libertad de los demás constituye
un principio ético fundamental: algo más teórico que real (el
liberalismo occidental es, a su manera, cada vez más totalitario).
Quizá no se trate más que de una manifestación de
ese egocentrismo endémico al que ha llegado el hombre moderno,
para quien el respeto de la libertad de cada uno
constituye menos el reconocimiento de una exigencia ética que una
reivindicación individual: ¡que nadie se permita impedirme que haga lo
que quiera!» (Philippe, Jacques, La libertad interior, Rialp, Madrid 3ª
ed. 2004, p.14).
[18 ] «Lamentablemente, en el lenguaje actual la
palabra “virtud” ha perdido mucho de su significado. Para entender
este correctamente, es preciso acudir a su sentido etimológico: en
latín “virtus” quiere decir “fuerza”» (Philippe, Jacques, La libertad interior,
Rialp, Madrid 3ª ed. 2004, pp. 107).
[19 ] En semejante
línea se sitúan las siguientes afirmaciones y otras muchas que
podría traer a colación: «A veces puede tenerse una visión
excesivamente unilateral de lo que es y representa la ley
natural. Quizás nos hemos acostumbrado demasiado a verla solo como
mandato y deber, como una carga que en ocasiones resulta
difícil de soportar y aun requiere, en casos extremos, una
virtud heroica. Ciertamente que la ley natural es mandamiento de
Dios, pero es, también, fuerza y don divinos. Y por
encima de todo es amor.
El orden moral —cuya medida y
cuyo camino es la ley divina, natural y positiva— proviene
del amor de Dios, que llama al hombre a su
perfección y plenitud, a su genuina felicidad. Todos los preceptos
de la ley natural se consuman y compendian en el
amor a Dios y en el amor a los demás.
Ley natural y amor se funden entre sí; la ley
natural es en definitiva ley, mandato, porque es amor urgido;
es la exigencia con que urge el amor que Dios
nos tiene. En justa correspondencia, la obediencia a la ley
natural debe ser la obediencia del amor, la amorosa y
amable obediencia que es expresión de una identificación de voluntades,
como aquella identificación en los más íntimos deseos que existe
entre los enamorados. Esta es la obediencia que constituye la
más alta forma de libertad, la libertad de los hijos
de Dios.
Además, decía, la ley natural es don, fuerza. Fuerza
y don que el hombre puede rechazar, pero que son
ayuda en forma de inclinación natural. ¿Qué es sino la
fuerza y el vigor de la inclinación natural lo que
engendra el amor de los esposos, lo que les hace
posible llegar a la vejez con la ilusión —purificada por
tantas vicisitudes— del amor primero, o con la serenidad del
amor salvado de crisis graves? Advirtamos que si no existiese
la ley natural ni, correlativamente, la inclinación natural, no existiría
la capacidad del hombre para el matrimonio perpetuo; faltaría el
supuesto natural.» (Hervada, Javier, Carta sobre el divorcio, Navarra Gráfica
Ediciones, Pamplona 2000, pp. 25-26).
[20 ] Cardona Pescador, Juan, Los
miedos del hombre, Rialp, Madrid 1998, pp. 70-71.
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Demasiado largo y superficial este artìculo sobre la libertad humana que, aun leyendo despacio tanta literatura al respecto, no queda claro, en mi opiniòn, lo que realmente deseò explicar el autor del mismo. Làstima. Me hubiera gustado leer algo màs preciso, breve y conciso.
Enero 6 /2010
Publicado por: pablo
Fecha: 2010-01-06 09:44:46
M e parece estimulante , para quienes queremos enrriquecer nuestros conosimientos, artículos de tal alta calidad, doy gracias a Dios por estos artículos de mucho valor y agradesco a quienes como uds. en su profesionalismo dan incondisionalmente de lo que tienen para nosotros que muchas veces necesitamos información de este nivel. Gracias y sigen adelante Dios los colmara de bendisiones y María los iluminará con su ternura.