Menu




Autor: | Editorial:



Cap 1 democracia de las personas o los partidos
ALGO SOBRE LA DEMOCRACIA MEXICANA


Atrás          Índice           Adelante


Me ha tocado vivir algunas temporadas en otros países, y la verdad es que prefiero vivir en México. Aquí se vive bien, tenemos paz y libertad, al menos en lo fundamental; el que realmente se lo propone puede estudiar y trabajar, e incluso meterse en los vericuetos de la política, en alguno de sus niveles. No puedo negar que en gran parte le debemos al PRI estos elementos básicos de bienestar. También es verdad que mucho de este bienestar se ha debido a la nobleza del pueblo mexicano, que es un pueblo dócil, poco conflictivo, fácil de gobernar e incluso fácil de explotar. Se trata de un pueblo que pide sólo un poquito más de lo indispensable para la subsistencia: le basta con poder comer, dormir, creer, amar, cantar, bailar, soñar y trabajar en esas artesanías tan creativas y tan suyas. No necesita de lujos ni de riquezas, ni de viajes, ni de posiciones de clases sociales. Se podría decir que lo que el PRI ofrecía era suficiente para las necesidades de este pueblo maravilloso. Habría bastado con seguir avanzando en esa misma línea, aunque fuera poco a poco. Quizá fueron esas benévolas circunstancias las que propiciaron la carrera de la corrupción gubernamental. El poder corrompe, y corrompe más cuando el gobernante tiene súbditos dóciles.

Después de las guerras de la Revolución y de la persecución religiosa pronto se llegó a la convivencia pacífica de un gobierno laico y un pueblo mayoritariamente católico. Y nuevamente, este pueblo no exigía poder realizar manifestaciones públicas de culto... ¡le bastaba con poder creer y amar! Los matrimonios encontraron su camino sin dificultad, primero el civil y luego el religioso. La educación también fue resolviendo sus dificultades; la oficial, laica, se recibía en la escuela; y la religiosa en casa y en el catecismo parroquial; y las escuelas privadas empezaron a enseñar religión, disfrazada de civismo. Cada mexicano se sabía miembro de dos reinos, la Iglesia y el Estado. Y en perfecta concordancia, como bien se ha dicho, hubo en México dos figuras muy queridas y respetadas por todos: la Virgen de Guadalupe y el Presidente de la República. Sólo a partir de la década de los setentas el prestigio del Presidente comenzó a decaer. Esta convivencia pacífica o guerra fría ―como se le quiera llamar― entre Iglesia y Estado llegó a su fin con el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre el gobierno mexicano y el Vaticano, durante el mandato de Carlos Salinas de Gortari, un Presidente del PRI.

Muy probablemente el PRI pudo haberse presentado, con toda verdad y honestidad, como un gobierno de partido único, con tal de que gobernara razonablemente bien y sin grandes abusos: ¡lo habríamos aceptado! Sin embargo no quiso hacerlo así, sino presentarse como un gobierno democrático, falseando la realidad. Las solas probabilidades hacen poco creíble que el mismo partido político haya ganado siempre, sin excepción, elecciones honestas durante tantas décadas. Quizá en verdad haya ganado la gran mayoría de las elecciones; no lo sabemos con seguridad porque el conteo de los votos estaba controlado, o al menos manipulado, por el partido oficial. Es de opinión general que en 1994 verdaderamente ganó el PRI, y que al fin las elecciones fueron limpias. Así lo exigía la apertura comercial y el creciente proceso de globalización, que prácticamente impusieron la presencia de observadores extranjeros, como ha venido sucediendo en muchos otros países. Parece seguro que antes de 1994 no había garantía de que las elecciones fueran limpias. Lo sabíamos, lo soportábamos y lo tolerábamos, más o menos a regañadientes, principalmente el pueblo. Muchos dirán que fue por cobardía o por otros motivos igualmente bajos, pero en el fondo la realidad fue que lo toleramos porque preferimos la paz a los golpes de Estado.

El PRI pudo haber sido un gobierno honesto de partido único, de forma que gobernara bien y que cualquier ciudadano capaz tuviera la oportunidad de ingresar a sus filas; pero no quiso presentarse así, porque le pareció que eso empañaría su imagen. Quiso, en cambio, presentarse como un gobierno democrático, con lo cual engañaba al pueblo y se convertía en una verdadera dictadura de partido. Haber engañado al pueblo respecto al proceso democrático le costó al PRI el precio de convertirse en un gobierno deshonesto. Pero no logró engañarnos, y su imagen quedó doblemente empañada; e incluso así, lo toleramos porque amamos la paz más que la guerra, o porque aborrecemos la guerra más que las deshonestidades del PRI. El PRI prefirió correr el riesgo de empañar su imagen con la deshonestidad, a correr el riesgo de presentarse como un sistema de gobierno que no fuera democrático. ¡Así de grande es el prestigio de la democracia en la actualidad!

¿Por qué es así? Porque al hablar de democracia, la gente piensa en la democracia de las personas; pero, paradójicamente, al intentar vivir la democracia la gente intenta vivir la democracia de los partidos ―porque no conoce otra―, con lo cual destruye la democracia de las personas. Ésa es la tragedia de la democracia de nuestro tiempo. El PRI mordió el anzuelo del engaño y se tragó el veneno de la tragedia. Por eso hoy debemos cuestionar los sistemas de nuestra democracia y buscar la forma de vivir auténticamente la democracia de las personas, aunque tal objetivo llegara a tener el precio de dejar atrás la democracia de los partidos.

Una vez adoptada esa engañosa postura, los resultados no se hicieron esperar. Si el poder tiende a corromper al gobernante, mucho más fuertemente tiende a corromper al gobernante que engaña a su pueblo. Y la razón es clara: un engaño tiene que ser encubierto con otro, y ése con otro, y así sucesivamente. Es posible engañar a algunos sobre algunas cosas, y también a algunos sobre todas las cosas, y también a todos sobre algunas cosas, pero no es posible engañar a todos sobre todas las cosas. Y entonces, al haber algunos que denuncian el engaño, y al no ser posible para el gobernante acallarlos con más engaños, resulta indispensable que el gobernante los acalle por la fuerza. Pero en tales circunstancias el que gobierna ya no lo hace en beneficio del pueblo, sino en beneficio de sus propios intereses, que, básicamente, consisten en mantenerse en el poder o mantener en el poder a su partido político.

Eso fue lo que sucedió en México. Y cuando esas cosas suceden una y otra vez, y los que gobiernan quedan impunes, tal estado de cosas acelera el incremento de la corrupción gubernamental, tal como lo padecimos en México: robo sin medida, manipulación de la moneda y de los precios de los productos básicos; complicidad con el crimen, la droga y la trata de blancas; aceptación de sobornos, negocios ilícitos, encarcelamientos injustos, maltrato de personas, desapariciones, etcétera. Al común decir de muchos, ¡estábamos hartos!, y queríamos un cambio ya, en las elecciones del 2000, a como diera lugar. Y hoy, año 2003, seguimos queriendo que ese cambio continúe y que nos lleve a una verdadera democracia.

Es verdad, ¡yo también estaba harto! Ahora bien, con todo el respeto a esos muchos y a su común decir, yo me pregunto: ¿queremos un cambio a como dé lugar, por el cambio mismo, o queremos un cambio para mejorar? Indudablemente... ¡queremos un cambio para mejorar! De otra forma el cambio no tendría sentido, y sería cosa de niños, que todo lo quieren ¡ya! porque aún no han aprendido a esperar.

Fueron muchos los motivos y las razones a favor del cambio, y por eso muchos mexicanos se inclinaron por el cambio; pero no por un cambio a ultranza o por el sólo hecho de cambiar, pues tales personas pensaban que el candidato de la oposición, Vicente Fox ―lo mismo que su partido político, el PAN― estaba debidamente preparado para gobernar mejor que el candidato del PRI, y que estaba en posición de hacerlo por no tener en su partido los atavismos, la corrupción y los vicios que se habían ido formando en el PRI a lo largo de los años.

Ciertamente fueron muchas y diversas las razones a favor del cambio, pero aquí no se van a exponer todas esas razones, porque no vienen a cuento ahora, ya que existen mejores sistemas de gobierno que el de la democracia que hoy por hoy tenemos o decimos tener ―en México y en el resto del mundo―, que sigue siendo la democracia de los partidos. En el resto del presente libro se propondrá un sistema a favor de la democracia de las personas, para lo cual será conveniente analizar primero las ventajas y desventajas de la democracia de los partidos, a fin de poder comprender y convencernos de la superioridad de la democracia de las personas.




Atrás          Índice           Adelante

Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!