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Introducción al discernimiento de los espíritus
1. Detectar en la conciencia fenómenos y emociones conscientes que vienen de fuera 13

En la asistencia espiritual asidua de la dirección hay que ayudar al dirigido para que tome conciencia de cómo en el desarrollo de su vida interior se presentan en su conciencia ciertos estados anímicos, inclinaciones, deseos, proyectos ardientes, tentaciones vivaces, etc., que no se catalogan simplemente como producto de su elaboración psicológica deliberada, ni siquiera se asemejan a otros procesos psíquicos habituales, sino que tienen la característica de un «imponerse», de un «venir desde fuera» de la conciencia. Este trabajo de dirección no ha de ser una forma de lucubración teológica abstracta, sino algo que al presentarse se señala con el dedo y se desentraña analíticamente en sentido experiencial. 14

La presencia de estos estados interiores «adventicios» es normal en una vida espiritual verdadera. Y sería chocante que no se dieran en el dirigido15. Hasta el punto de que «vida espiritual», además de designar la vida «guiada por el Espíritu» o la vida «que se dedica con entusiasmo a la vida del espíritu», significa también la vida «en que intervienen experimentalmente estas mociones o espíritus»

1. El primer paso es, pues, la toma de conciencia de dos tipos de realidades psicológicas interiores que interesan particularmente. El proceso deliberado que desarrolla, motiva, concluye, determina, y el impulso indeliberado, previo al acto estridamente humano, que precede a la acción deliberada o la acompaña y sigue. No se trata de la presencia de una idea o concepto que podría venir a nosotros de infinitas maneras y que luego nosotros trabajamos, sacando deducciones y conclusiones para la vida; sino que se trata de la presencia de una verdadera moción, de una fuerza interna de acción, de un impulso espiritual en un sentido u otro.

Estos espíritus o tendencias que se presentan en el dirigido, bien sean de signo bueno o bien de signo malo, bien sean tendentes hacia el bien o, por el contrario, hacia lo desordenado, pueden percibirse fenomenológicamente en dos grados:—en grado común: a saber, como tendencias e impulsos de la naturaleza, constituida por un apetito natural que se actúa con la presentación del objeto apto para que se actualice. Esta tendencia se da en la naturaleza humana tal como se encuentra ahora en estado de naturaleza caída, con sus concupiscencias no intrínsecamente ordenadas. Y se da también en la gracia, que, a manera de nueva naturaleza participada de Dios, tiene también sus apetencias connaturales;—en grado intenso: a saber, como tendencias o impulsos particularmente penetrantes y sentidos, en que se trata fenomenológicamente de algo que no se reduce al juego normal de la actuación concreta del apetito natural. Puede designarse fenomenológicamente, desde el campo de la acción conciencial, como una realidad que viene de juera, que se impone en cierta manera. Se percibe como una realidad que no entra en el juego normal de las tendencias e impulsos connaturales ni siquiera del hombre elevado por la gracia, por la presentación connatural de sus objetos. Tiene el carácter de una solicitación, que parece recibirse de manera personal aguda, como efecto de la acción explícita y pretendida de un agente exterior personal.

Cuando por la cooperación de los sentidos captamos la presencia de un agente exterior personal humano que nos habla y nos sugiere insistentemente un comportamiento o una línea de acción, entonces tenemos este caso de tendencia en grado intenso que viene de fuera, invitándonos a un comportamiento o decisión; y podemos localizar el agente exterior del que procede.

Otras veces tiene uno análoga impresión: de ser invitado a hacer u omitir algo, de ser movido a tomar una determinación. Suele expresarse con la forma: «Me viene esta idea»; «No me deja en paz este pensamiento»; «Como si me repitieran continuamente en el corazón». Y no podemos localizar por medio de nuestros sentidos el agente exterior del que procede.

1. El modo de actuar del hombre viene caracterizado de la presencia de espíritus o tendencias en un grado u otro. Cuando los espíritus o impulsos funcionan en grado normal, el hombre tiene la sensación de actuar como dueño de su comportamiento.
2. Cuando hay presencia de espíritus o impulsos en grado intenso, su proceso cogitativo y decisorio adquiere la característica dé intervenido y, en cierto grado, forzado por la insistencia del agente que interviene. Ese doble modo vamos a denominarlo nuestro y adventicio.

El nuestro: es el que se realiza, bajo el juego de las tendencias, impulsos o espíritus, en grado normal. Se puede hacer notar al dirigido cómo, hay procesos en su interior en los que todo comienza, se desarrolla y acaba según las fuerzas naturales; según el vigor natural de sus sentidos, potencias y hábitos; según su temperamento, carácter y disposiciones naturales; según el influjo normal de los agentes naturales exteriores sobre él; siente que procede en ellos con el uso natural de su libertad.

Pueden intervenir factores camuflados y no presentes en la conciencia de manera consciente: motivaciones encubiertas, larvadas, etc.; es el campo de estudio de la psicología rectificadora de las motivaciones.

El adventicio: es el condicionado por impulsos en grado intenso; hay en la conciencia del dirigido elementos cuyo brotar, desenvolverse o terminar no encaja de lleno dentro de su proceder natural psicológico, unas veces superando las fuerzas naturales, otras veces sin superarlas. Por esos elementos se delata, con más o menos claridad y evidencia, el influjo de otro u otros agentes que influyen sobre su vida espiritual. Decimos con más o menos claridad y evidencia porque en todo este campo no puede pretenderse una evidencia cogente. Nos movemos, fuera de casos excepcionales, en una certeza del grado que suele hallarse en el campo de las realidades personales. Este punto es importante. Porque no raras veces la preocupación mayor suele ponerla el dirigido en la certeza total, y no sabe contentarse con aquella certeza que corresponde a las realidades de que tratamos.

Concretando más para la práctica y limitándonos ahora a las personas normales y en estado normal (no es éste el. lugar para entrar en la consideración, demasiado complicada y prolija, de personas y estados anormales), estos actos presentan las siguientes características, que conviene señalar vitalmente al dirigido:

a) los nuestros: empiezan suave y espontáneamente, y van creciendo gradualmente con la fuerza que normalmente corresponde al objeto, a la disposición personal y a los hábitos del sujeto. Al darse cuenta la persona, los gobierna con normalidad, despótica o políticamente, según las leyes psicológicas naturales;
b) los adventicios: brotan con más fuerza, crecen con más rapidez y vigor de lo que suelen las causas naturales; con una fuerza desproporcionada al objeto, disposición y hábitos personales del sujeto; a veces llegan a lo sumo de la energía con la velocidad del rayo. Al darse cuenta la persona, tiene dificultad en gobernarlos; en ocasiones puede cortarlos, pero con trabajo a veces grande; otras veces no puede cortarlos, y no le queda más que tener paciencia y aguardar a que cesen por sí mismos. No se someten a las leyes psicológicas naturales ni a la voluntad en cuanto a la materia, o el tiempo, o la forma, o en cuanto a la intensidad del desarrollo, o en varios de estos aspectos, o en todos a la vez.

3. En cuanto al contenido psíquico-espiritual de estas realidades adventicias en el campo de conciencia del dirigido, puede ser de tipo diverso. Quedándonos siempre en la consideración de personas normales y en estados normales, podríamos descubrir en él las siguientes variedades:

a) En la línea imaginación-inteligencia:
—fantasías: presentación vivida de placeres, pecados, satisfacciones de las pasiones, hambre de venganza y odios vivamente saciada, carnalidad, vida de pecado; o al revés: atracción fuerte representada con colores atrayentes, visión de la grandeza del fin del hombre, atractiva presentación de la virtud heroica, belleza del seguimiento de Cristo, de los ejemplos de los santos;—pensamiento: criterios insistentes y obsesivos de la inutilidad del esfuerzo ascético, de la necesidad de prudencia para no estropearse la salud con el esfuerzo ascético; o al revés: necesidad del sacrificio hasta la cruz, de gastar la vida por los hermanos. Son los logismos clásicos del monacato primitivo16.


En la línea apetito-voluntad: vacío interior, hambre de
afecto, desaliento, desesperanza, hastío, ímpetus, que frecuentemente suscitan fantasías y pensamientos o que son acentuados
por fantasías y pensamientos.

En la línea de los sentidos interiores: voces, palabras,
locuciones, visiones, manifestaciones de tipo diverso.

En la línea de los sentimientos interiores: sentir interiormente algunas verdades concretas, gusto de ciertas realidades de la fe, disgusto o repugnancia de lo carnal.17

e) En la línea del fondo anímico afectado: consolaciones y desolaciones.

Dada la particular importancia de las consolaciones y desolaciones en todo el proceso de las determinaciones espirituales, conviene en la dirección detenerse particularmente en ellas y exponer más ampliamente al dirigido lo que son estas realidades que irá experimentando en su interior.

La consolación espiritual es una de esas realidades adventicias que se perciben vitalmente en el campo de la conciencia, pero que viene de fuera. Con ella, el hombre se siente inflamado en amor a Jesucristo e incapaz de amar nada creado en sí mismo. En su experiencia interior siente que sólo en Dios puede amar lo creado.

Es importante recalcar que sólo esto es consolación espiritual. Sólo se da consolación espiritual cuando se suscita el amor a Dios con incapacidad intrínseca de amar ninguna cosa creada en sí misma. Con esto se diferencia de cuanto pudiera ser una Simple euforia humana o gozo de vivir y de buscar honestas satisfacciones humanas y terrestres. El amor inflamado comunica una impresión de felicidad, sin egoísmo, un ensanchamiento o dilatación del fundamento mismo del ser más allá de las potencias concretas con sus hábitos. Se da un sentido de verdadera liberación interior, la intimidad abierta de par en par como actuación oblativa gozosa.

La inflamación dilatadora de amor puede presentarse aislada, como fenómeno independiente. Puede ser también efecto o concomitancia de otros sentimientos explícitos y profundos que la provocan y expresan. Tales podrían ser: un dolor intenso de los pecados hasta derramar lágrimas, que impelen suavemente a un sereno e intenso amor agradecido y penitente; la contemplación amorosa de la pasión de Cristo, que mueve a amor; la pena de ver cuántos se pierden despreciando la sangre de Cristo; la consideración contemplativa de los atributos divinos.

Suele comunicar una viveza sentida y penetrante de la vida de fe, un robustecimiento vital de la esperanza, que se vuelve más firme y más convencida, sintiendo como una realidad inmensamente cercana y sólida cuanto cree y espera. Produce también una alegría profunda, una euforia espiritual, un tono interior de optimismo y alegre generosidad, que impulsa fuertemente hacia las cosas divinas.

De ese estado de consolación surgen también fácilmente fantasías y pensamientos, como resonancia, acompañamiento, causa o efecto.

La consolación espiritual puede ser espiritual-sensible en una unidad antropológica estructural, o puramente espiritual, o espiritual con redundancia y derivación sobre lo sensible humano.

Desolación espiritual.—Es también moción interior que el dirigido siente como adventicia, con sensación fuerte de opresión, de oscuridad del espíritu, de ennegrecimiento del horizonte y de la vida; con turbación, inclinación pasional a lo terreno y carnal; con impresión de absoluta necesidad de gozarlo, poniendo su esperanza y confianza en las cosas creadas. Frecuentemente se juntan a este estado agitaciones interiores, tentaciones más o menos violentas. Cunde la desconfianza, y asoma la desesperación total, la impresión de sin sentido e inutilidad de todo lo espiritual. Se impone la sensación de que toda la vida espiritual ha sido puro engaño. Siente frialdad respecto de Dios, desgana, tibieza y profunda tristeza.

De ese estado desolado brotan fácilmente fantasías y pensamientos, ocurrencias disparatadas y persistentes de dejarlo todo, de no creer en nada ni en nadie.18

Pensamientos que suelen ser contrarios a los que brotan en la consolación. Puede ennegrecerse el horizonte hasta persuadirse que ha perdido la fe y hasta la salvación, que está definitivamente condenado, que todo es ya inútil. Igualmente, tiende a desvirtuar los criterios sobrenaturales.

La desolación puede ser espiritual sensible en unidad antropológica o puramente espiritual.

4. De las consolaciones y desolaciones en sentido estricto hay que distinguir el estado de consuelo o de depresión, de paz o de inquietud, de serenidad o de turbación, que es efecto dejado por las diversas mociones adventicias indicadas según la reacción del hombre a ellas. Como de las vicisitudes fuertes de una intervención quirúrgica hay que distinguir la sensación de salud, bienestar y equilibrio —o todo lo contrario: de inquietud y disfunción— que siguen en el estado del paciente.

2. indicación del posible origen de estos fenómenos y mociones adventicias
El director supone teológicamente bien asentado y comunica prudentemente al dirigido que esas mociones adventicias pueden presentarse: 1) como comunicaciones interpersonales del espíritu bueno o del espíritu malo; o también, en algunos casos, 2) como fenómenos que irrumpen en la conciencia desde la naturaleza del hombre o 3) desde su subconsciente o superconsciente.

1) Comunicaciones interpersonales del espíritu bueno o malo.
Con suma naturalidad, la revelación enseña la existencia de espíritus personales, malos y buenos, que influyen sobre el hombre y su contorno. Su acción malévola o benévola se ejercita sobre las cosas que le rodean, destruyéndolas o cuidándolas; y sobre el hombre, hiriéndole, guardándole, tentándole o animándole y hasta poseyéndole en algunos casos.

Esta verdad no presentaba dificultad mayor en la evangelización. No tuvo que chocar con las creencias ambientales, sino que correspondía a ellas, las corregía y perfeccionaba. Que el hombre estuviera sometido a la acción de los espíritus, designados con un nombre u otros, era patrimonio común de los ambientes judíos y gentiles en que se predicaba la Buena Nueva.

El Nuevo Testamento añade que Dios mismo en persona quiere comunicarse y establecer su tabernáculo en el corazón de cada hombre, conduciéndolo personalmente por su Espíritu de amor. Esto constituía una fuerte novedad, propia del mensaje cristiano.

Por tanto, en el cristianismo, los espíritus personales son, objetivamente, el Espíritu Santo y los ángeles buenos, por un lado; los ángeles malos o demonios, por otro. La visión cristiana encuadra al hombre individual y su lucha ascética en medio de esta gigantesca batalla del espíritu malo contra Dios, con todas sus derivaciones vitales 19.

La existencia, de esos espíritus personales entra dentro del contenido dogmático de la fe cristiana 20. Su acción sobre los hombres es derivación de la verdad dogmática de su existencia, y, a su vez, en sí misma es parte de ese contenido dogmático:

a) La realidad de la acción del Espíritu Santo la presenta indudablemente el Nuevo Testamento y la proclama particularmente el concilio Vaticano II 21.

La acción del Espíritu Santo sobre la Iglesia se ejercita de una manera extraconciencial o en un grado conciencial. La acción extraconciencial no es objeto del discernimiento de espíritus, sino que, más bien, entonces se trata de una acción que hay que reconocer en espíritu de fe. Esta forma extraconciencial puede llamarse asistencia del Espíritu, o también cuidado y ordenación providencial por parte del Espíritu Santo, a la que no escapa ni siquiera el mal y el pecado, que ordena luego el Señor para bien de la Iglesia y de los escogidos. Por ejemplo: la acción subversiva y destructora de la fe por parte de un hereje formal, incluso si procede de mala fe, cae dentro del cuidado asistencial del Espíritu, que puede sacar de ahí ventajas para provecho de la Iglesia.

Pero hay una acción del Espíritu Santo que actúa sobre el hombre, moviéndole interior e insistentemente, suave y fuertemente, por la repercusión conciencial de su presencia y acción (cf. Act 10,44); ésta es la que se denomina moción del Espíritu Santo o simplemente «espíritu de Dios».


La realidad de la acción de los espíritus buenos («ángeles») forma también parte del contenido de la revelación.
Aparece frecuentemente en la Escritura del Antiguo y Nuevo
Testamento ayudando a los hombres y comunicándoles sus
emociones. Esta acción de los ángeles puede presentar un doble aspecto: o como simples criaturas inteligentes que conocen la misión de ayuda que el Señor les ha confiado y ayudan
fraternamente a los hombres según la divina disposición, o, como formalmente enviados por Dios para una misión concreta, como el ángel enviado por Dios a saludar a María y comunicarle el designio de la encarnación 22. Del resto, como Dios
mismo se puede servir del hombre confiándole una misión formal y explícita, a más de la obligación normal que le ha puesto de ayudar a su hermano.

La realidad de la acción tentadora de los demonios
sobre los hombres forma también parte del contenido de la
revelación. Aparece desde la primera página del Antiguo Testamento 23.; asimismo, Jesucristo se muestra en el Evangelio en
lucha abierta contra el tentador continuo, «príncipe de este
mundo».

Luego, en la tradición espiritual ascética, los monjes luchan contra las potestades y principados (Ef 6,12) en la soledad del desierto24.. Justamente, las demonologías exigen una múltiple reducción, eliminando elementos folklóricos y populares y teniendo presentes otros cosmológicos y psicológicos. Con todo, hay que notar que la postura de aquellos monjes ante los demonios —por ejemplo: la del gran San Antonio tal como la describe San Atanasio— es de suma limpidez cristiana, con una visión serena de fe, en la que no se da lugar a la angustia, al pavor o al traumatismo; existe el demonio, busca nuestro mal, pero desde la redención es impotente sobre quien no se le entrega25..

La acción tentadora tiene grados y formas diversas. Pero con gran penetración y sentido espiritual, la tradición monástica ha visto desde antiguo esta acción diabólica en conexión con los pensamientos malos que brotan de la misma naturaleza del hombre y de sus inclinaciones26.

2) Existencia en la conciencia de fenómenos que arrancan de la naturaleza
Ya los monjes antiguos penetraron con notable perspicacia en la psicología profunda del hombre ", en sus impulsos y tendencias, manifiestas y larvadas, a través de las cuales se insinúa la tentación y el pecado.

Esos espíritus ( = tendencias) malos que hay en el hombre son los vicios capitales, que los monjes relacionaron con los espíritus malos personales, sea personificándolos en demonios, sea, al menos, relacionando cada vicio con un demonio. Evagrio Póntico habla indiferentemente del demonio de la gula o del pensamiento malo de la gula; en raras ocasiones habla de espíritu de la gula, mientras esta formulación de espíritu dé la gula es normal en Casiano. No aparece claro hasta qué punto haya que tomar en serio esa demonización de los vicios capitales, ni si con ello se quería ir más lejos de la mera constatación de que los vicios llamados «capitales» son instrumento de tentación insistente y campo normal de la insinuación del Maligno . 27.

Podrían compararse útilmente los vicios capitales con los dones del Espíritu Santo como contrarios. También éstos suelen llamarse «espíritus» (cf. Is 61,1-2; Le 4,18), significando la tendencia sobrenatural que ponen en el hombre. Son siete espíritus, pero no personales; irradiaciones de la presencia del Espíritu Santo.

Todo lo que forma parte del fondo natural del hombre, al llegar en alguna manera y grado al campo de la conciencia, se reviste de racionalidad, al menos en forma simbólica. Así, en el ensueño se suelen recoger y acomodar al contexto del mismo datos e impresiones exteriores recogidos durante el mismo sueño, construyéndolos en una cierta unidad lógica —ciertamente de caracteres oníricos—, propia del ensueño que está desarrollándose.

Cuando el hombre se entrega generosamente a la vida ascética, también su naturaleza interior queda como al desnudo con mayor posibilidad de expresarse en el campo de la conciencia. Entonces, las tendencias naturales se humanizan en el campo de la conciencia en formas diversas; a veces, muy marcadas y llamativas.

Algunas tendencias se expresan en forma de imaginaciones vivas y atrayentes o repelentes. Tal puede suceder, por ejemplo, en el campo de la lujuria o de la vanidad. Característicamente, se denominan fantasías.

Las tendencias de la naturaleza producen también pensamientos a veces falaces, aparentemente razonables, difíciles de reconocer como conclusiones o racionalizaciones de tendencias naturales desordenadas. Son expresión de los espíritus (= tendencias) malos que hay en la naturaleza, y que le arrastran con sus sugerencias impositivas, pegajosas, fuertes, como ideas obsesivas. Suelen tener frecuentemente la forma de principios de acción. Estos pensamientos son, pues, argucias, argumentos aparentemente razonables y aun espirituales, que brotan de la parte irascible y concupiscible del hombre. A ellos se mezcla frecuentemente la asistencia del demonio tentador28., y racionalizándolos con disfraz espiritual según el nivel espiritual de la persona que los padece. Son los principios o criterios mundanos y antiespirituales, verdaderos slogans tentadores, de enorme fuerza de sugestión en los momentos oportunos. Estos son los pensamientos que, según la tradición del monacato primitivo, el dirigido debe manifestar al director espiritual para ser ayudado a reconocerlos y desmantelarlos29.

3) Existencia en la conciencia de fenómenos que arrancan del subconsciente o superconsciente

La existencia de tales fenómenos es admitida y demostrada por la moderna psicología30. Con todo, la acción de estos factores tiene un matiz especial, que en las personas normales puede distinguirse con relativa facilidad de los fenómenos procedentes de la acción de los espíritus personales.

En efecto, mientras las mociones que vienen de los espíritus personales no son simple presencia de una idea, sino acciones interpersonales con sus características propias, en cambio, lo que viene del subconsciente o superconsciente no tiene el carácter de acción interpersonal. Vienen a ser encadenamientos, tropiezos, en el desarrollo de los procesos psíquicos; angustias, blocajes, reacciones de afán liberador interno, necesidades sentidas; efecto todo ello de la subconsciencia.

Mientras que los efectos de la superconciencia suelen ser la impresión de un mundo nuevo, de horizontes abiertos, de superación de los contradictorios, inmensidades; a manera de un modo nuevo de conocer.

Con todo, hay casos de efectos conscientes nacidos del subconsciente que comportan para la persona características de imposición por parte de otro, de diálogo aparente, que pueden confundirse muy fácilmente con el influjo de agentes personales exteriores. Algunas veces, el director podrá hacer muy poco. Otras, advertirá en el dirigido la presencia de ciertas características que revelan una personalidad condicionada por el subconsciente. Suele ser orientador el percibir una insistencia unilateral en determinado aspecto de la vida.

Se comprende que muchas veces sea difícil distinguir en el campo de la conciencia lo que allí se presenta como fruto de una acción o comunicación interpersonal o como presencia de impulsos nacidos del subconsciente. Tanto más cuanto que, frecuentemente, la comunicación interpersonal se realiza haciendo suscitar del fondo del natural expresiones conscientes correspondientes a las que vivimos en nuestro mundo y manifestamos a través de los signos exteriores.

3. Normas para discernir las mociones que vienen del espíritu bueno
1. Importancia.—Ante todo, partimos de que tal discernimiento es muy importante para toda la vida espiritual. No es tan importante el discernir de qué espíritu bueno procede o de
qué espíritu malo. Pero sí lo es, antes de la decisión libre, el
reconocer si la moción que le precede viene de espíritu bueno, para seguirla. Y después de la decisión libre es también bueno
examinar el espíritu que nos ha movido, para proceder debidamente en adelante.

Dada esta importancia, se comprende que el Nuevo Testamento, por el ejemplo de Jesucristo y por las palabras de San Pablo (1 Cor 12,10) y de San Juan (1 Jn 4,1-3) nos exhorte a ello31.

Así lo ha enseñado también siempre la tradición espiritual 32.

2. Delimitaciones.—El hombre espiritual debe aplicar el
discernimiento tanto respecto de los impulsos o espíritus en
grado común como respecto de los espíritus en grado intenso
o de carácter adventicio.

Respecto de las tendencias o espíritus en grado normal hay que ejercitar un verdadero discernimiento y formar en ello al dirigido. Frecuentemente, este discernimiento suele designarse en la literatura espiritual como distinción de los movimientos de la naturaleza y de la gracia.

Apoyándose en la palabra de San Pablo: «La carne tiene deseos contrarios al espíritu; el espíritu los tiene contrarios a la carne» (Gal 5,17), se ha hecho una literatura33 que se ocupa de las características de las tendencias connaturales de ambos.
Con ella no quiere decirse en modo alguno que todos los movimientos de la naturaleza sean malos, sino que se da a cada cosa su valor, sin fiarse inmediatamente de esa inclinación; la cual hay que someter, por una sincera abnegación, al juicio superior de la voluntad divina, sirviéndose de la razón iluminada por la fe.

Por otra parte, no todo movimiento o tendencia connatural a la gracia debe ponerse inmediatamente en práctica, sino que hay que incluirla también en el conjunto de los elementos de juicio a fin de llegar a una determinación evangélica del agrado de Dios. Por eso se repite que no hay que fiarse de todo buen deseo.

Con todo, normalmente, por discernimiento de espíritus suele entenderse, primariamente, el discernimiento de los impulsos en grado intenso. De éste vamos a ocuparnos especialmente.

3. Dificultad del discernimiento. —No es difícil determinar el comportamiento a seguir respecto de una moción adventicia que el dirigido reconoce que induce al mal. La proposición insistente de una cosa mala no puede venir de espíritu bueno, ni tampoco la pretensión de un fin malo. Por tanto, hay que rechazarla simplemente, aplicando con vigor las tácticas del vencimiento y de la lucha espiritual34.

Tampoco es difícil el consejo que hay que dar en lo que toca al comportamiento a seguir bajo la desolación espiritual35. En este caso, lo verdaderamente difícil es conseguir que el dirigido cumpla el consejo. El director tiene que hacer consciente al dirigido de que en esos momentos de oscuridad, sintiéndose alejado de Dios y atraído hacia lo carnal y mundano, presenta un flanco particularmente débil a las sugerencias del mal espíritu por la misma oscuridad y confusión en que se encuentra. Por eso es normal que abunden los pensamientos y sugerencias malos, de desaliento, de aflojar la vida espiritual, de abandonarla. Hay que animarle a que mantenga clara su manifestación de conciencia, sin ocultar nada, descubriendo los pensamientos y criterios desalentadores que le asaltan insistentemente. En respuesta a esa manifestación, el director debe repetir con suficiente insistencia los pensamientos evangélicos opuestos a los malos que le invaden al dirigido. Que la aridez, desolación y repugnancias no las identifique con falta de gracia de Dios o abandono real de Dios: ni significa necesariamente infidelidad suya, ni comporta negación de ayuda sobrenatural de parte de Dios. Es el momento de animar serena e incansablemente, moviendo primero a conservarse en mansedumbre sin perder los nervios en lo posible, y luego a mantener viva la esperanza de momentos más luminosos y de mayor unión con Dios. Es bueno que el director le anime calurosamente a la insistencia en el camino tomado, y por el que avanzaba antes de los momentos de oscuridad que ahora le deprimen. Más aún: poniendo la confianza heroicamente en el Señor, puede ser muy ventajoso espiritualmente —en medio de la astenia y repugnancia que siente, y que le llevaría a reducir sus propósitos de vida— dar prueba de valor firme, insistiendo, al menos provisionalmente, en la práctica decidida que se opone a los pensamientos apocados que le asaltan: más generosidad, más oración, más penitencia; con tal que lo haga con mansedumbre firme.

La verdadera dificultad se presenta en el discernimiento de mociones adventicias que se presentan como inclinación al bien o con características buenas. —Porque el mal espíritu se introduce frecuentemente con apariencia de bien, al menos en algún aspecto. Esta dificultad es la que hacen resaltar los Padres y autores espirituales cuando comunican sus instrucciones para que ayuden a proceder correctamente en este trabajo de discernimiento 36.

4. Medios de discernimiento 37. —Gratuitamente, Dios ha concedido a algunos en la Iglesia el don sobrenatural carismático del discernimiento de espíritu. Se denomina así un don extraordinario, acompañado de penetración de los corazones, del don de consejo, como efusión llamativa del Espíritu para bien de la Iglesia.

Pero en grado más normal, Dios distribuye también unas cualidades humanas y sobrenaturales de atención, conocimiento, prudencia, docilidad, que constituyen buenas disposiciones personales para el ejercicio normal del discernimiento en la dirección. A estas disposiciones se puede ayudar con el estudio, cultivando el arte de discernir: los conocimientos teológicos y pastorales oportunos.

Hay que añadir que la experiencia enseña mucho en este campo. Y muy particularmente la experiencia personal en el asiduo trabajo de discernir en uno mismo la diversidad de espíritus.

Para discernir es fundamental la disposición del corazón purificado, libre de condicionamientos egoístas y de apegos interesados que nublan o deforman la visión interior38 , transparente a la mirada de Dios, en la postura previa de un consentimiento prestado ya de antemano a su voluntad, cualquiera que sea39. El hombre agitado por el vaivén de las afecciones humanas no es sensible al movimiento del Espíritu. Y es difícil que la conciencia se mantenga en esta limpidez transparente si no se ejercita en un discernimiento espiritual casi continuo aun en las cosas de menor importancia.

Por fin hay que tener muy presente que Dios suele conceder luces abundantes a quienes humildemente recurren a él y se las piden. Es necesaria una actitud humilde de dependencia de Dios en un trabajo tan delicado y sutil.

5. Discernimiento de espíritus en la línea normal del itinerario espiritual. —Como norma general, el espíritu malo se apoya en la tendencia y en las flaquezas naturales: si el hombre es inclinado al apocamiento y pesimismo, lo acentúa hasta el extremo; si es inclinado al descuido y a la despreocupación, trata de inducirlo a la laxitud y a la total desatención a Dios. Si tiende a confiar en sí mismo, le lleva a independizarse de Dios y a llenarse de vanidad y presunción.

De ahí la conveniencia del propio conocimiento en orden a reforzar los puntos flacos que ofrece nuestra naturaleza. Y en sentido contrario, la insistencia de las mociones del enemigo nos puede ayudar a caer en la cuenta de cuál es nuestro punto flaco40.

En quien se deja arrastrar por una vida de pecado —o, correspondientemente, de indiferencia espiritual en quien profesa vida interior o religiosa—, la acción del espíritu bueno suele causar remordimientos insistentes, tristeza por esa forma de vida, aburrimiento, sentimiento fuerte de su insignificancia. Mientras que suelen venir de espíritu malo las fantasías y pensamientos aparentemente razonables que le tranquilizan en ese estado, que acaban o disminuyen la inquietud de los remordimientos, que le convencen de que no hay razón para cambiar.

En los comienzos del fervor de una vida de conversión —y, correspondientemente, de entrega generosa a Dios en la vida que profesa—, el espíritu bueno, con la presentación de la belleza de la virtud y de la santidad, alienta insistentemente con pensamientos de impulso hacia la generosidad y sacrificio total, animando a superar cuantos obstáculos puedan presentarse a la naturaleza. Mientras que el espíritu malo, apoyándose en las dificultades mismas que siente la naturaleza humana en este proceso, induce al desaliento, mostrando con razones agudas y pegajosas, en apariencia prudentes 41, la imposibilidad de la empresa en la que se ha embarcado, las dificultades insoportables de una vida de entrega al Señor, de sacrificio y penitencia, presentando con viveza la vida anterior abandonada, los placeres de que podría disfrutar, tratando de llevar de esta manera al desaliento y desesperación, abandonando el camino comenzado.

Se supera esta tentación siguiendo decididamente adelante con la confianza puesta en el Señor y decidiéndose a padecer por Cristo y aniquilarse en todo. Entonces, frecuentemente, el espíritu malo suele tentar a vanidad con fantasías y pensamientos, martilleando a su víctima que es algo en el orden espiritual. Es entonces tentación clara, que hay que superar reconociendo la propia nada ante el Señor. Pero entonces el espíritu malo trata de aprovechar este esfuerzo de mantenerse en humildad presentando en todo vanidad e induciendo al temor de pecar continuamente, de manera que no se atreva ni a hablar de cosas buenas ni a hacerlas por temor de proceder en todo por amor propio. Si no resiste a estas sugestiones, le va llevando a mayor temor y apocamiento, sugiriendo que está apartado del Señor, que no tiene remedio, que nunca podrá salir de ese estado, etc.

Por tanto, hay que animarle a que no deje de hacer ninguna cosa buena por este temor, elevando la mente a Dios y no ocupándose deliberadamente en esos pensamientos.

6. Discernimiento de las mociones concretas. —Es trabajo difícil en la dirección y en la vida espiritual. Las mociones y los espíritus en particular —esta moción concreta que hoy he tenido en la oración— son muy difíciles de discernir con seguridad moral.
Ni hay que pretenderlo. Hay que referirse, más bien, a la marcha general de la persona, atendiendo mucho, sobre todo, a la recta intención, y proceder entonces con sencillez y humildad. Se va haciendo lo que serenamente tiene uno por mejor, sin romper la paz interior radical positiva, y luego se controla la marcha general, el espíritu de la persona, siempre humildemente dispuesto a corregir lo que quizá no haya sido acertado 42.. No es de buen espíritu vivir estas cosas angustiosamente o con corazón estrecho 43.

Esto supuesto, indicamos las siguientes normas, que tienen simple valor de orientación. Ante todo, hay que tener presente que generalmente no basta una señal sola, sino que es necesario la coincidencia de varias de las que vamos a indicar; y, sobre todo, que no haya contraindicaciones. También es necesario distinguir la sustancia de la moción o espíritu que mueve, de ciertos pormenores que le acompañan y que podemos añadir nosotros mismos; si la sustancia es sana y auténtica, hay que seguirla, aunque ciertos pormenores no den garantías; en cambio, si la sustancia no viene de buen espíritu, los otros pormenores no interesan.

Para proceder a ese discernimiento hay que tratar separadamente las consolaciones espirituales por sus características particulares, que explicaremos en su lugar.

Comenzamos, pues, por los impulsos y espíritus adventicios. Hay que atender en ellos el modo de tratar a la persona, la materia que proponen, los fines que pretenden y los efectos que producen 44.

Modo. —La acción de los espíritus personales tiene siempre alguna dimensión de comunicación personal; y así, normalmente, cuando hay afinidad de tendencias, las sugerencias insistentes que vienen de espíritus semejantes suelen realizarse amigablemente, sin ruido ni choque psicológico. Mientras que, al faltar´ esa mutua cercanía, la comunicación de espíritus contrarios suele llevar la característica del contraste en forma de estrépito interior psicológico45. Esta norma por sí sola no tiene valor absoluto. Y no vale ciertamente de las mociones fuertes que arrancan de la naturaleza desordenada. Pero, sobre todo unida a las siguientes, puede ayudar a la diagnosis concreta.

Materia. —Es claro que la proposición del mal no puede venir del espíritu bueno. Por tanto, basta que aun mínimamente vaya contra la fe y buenas costumbres, y no sólo en lo que respecta a las obras externas, sino también, y sobre todo, a las internas, para que pueda uno concluir que se trata de mal espíritu. Aquí hay que, prestar particular atención a la soberbia, aún oculta, y sus manifestaciones, que, cuando condicionan las mociones, son signo claro de mal espíritu.

En cambio, la proposición de algo bueno puede venir también del espíritu malo para sus fines malvados. Por eso hay que prestar a ese caso particular atención. Cuando uno tiene ya una línea de vida y de acción buena que ha asumido ordenadamente conforme a la voluntad de Dios, entonces todo impulso que le mueva a algo sustancialmente menos bueno (aunque en sí aún bueno) de lo que tenía determinado bajo la luz de Dios, no viene de espíritu bueno. Si le mueve a algo igualmente bueno o mejor, pero empalmado con lo anterior, sin estorbarlo en nada ni perjudicar sus frutos, sino, al contrario, afianzándolo al mismo tiempo, completándolo y elevándolo, puede ser de espíritu bueno, si las demás circunstancias son buenas45.

Circunstancias.—Hay que examinar atentamente en este caso las circunstancias del bien que se propone46. Concretamente, hay que examinar si aparecen motivaciones o finalidades menos limpias, si las circunstancias de tiempo y modo son oportunas. Particularmente conviene examinar la relación de ese bien con el estado de esa persona, con sus obligaciones contraídas profesionales y familiares, con las tendencias de la gracia conocidas en ella y con la línea habitual de la gracia en el tiempo en que vivimos 47.

Por esta razón hay algunos impulsos que en absoluto pueden ser de espíritu bueno y de Dios, pero raras veces lo son. Tales son el impulso a cambiar un estado de vida elegido antes según Dios, o el impulso a cosas extraordinarias y singulares, o desproporcionadas al estado, edad, fuerzas, dotes y formación. Para aprobar por bueno ese espíritu, legítimamente se puede pedir una evidencia fundada en la confluencia de los signos indicados, presentes ahora en grado extraordinario. Algo semejante podría decirse del impulso a puestos u ocupaciones que traen riqueza, honores, poder, independencia. Anota San Juan de la Cruz que la resistencia a estos impulsos es agradable a Dios.

Efecto. —Por fin, después de haber procedido prudentemente, y con sencillez, conviene tener cuenta del estado espiritual que sigue a la determinación tomada. Común denominador de las mociones interiores buenas llevadas a la práctica suele ser la huella estable en el espíritu de serenidad y paz. Ya no es una moción interior adventicia, sino un estado habitual, como unción producida por la conmoción precedente y el acto deliberado del hombre; un espíritu interior fruto del Espíritu Santo, que va elevándose poco a poco y que constituye la salud del alma, con el acompañamiento de la pureza interior y de la docilidad creciente al Espíritu. Este tono espiritual progresivamente elevado contiene, fundamentalmente, un sabor y gusto de las cosas espirituales, con disgusto y desengaño de lo camal y terreno: empapa al hombre de Dios y de Jesucristo, haciéndole morir más radicalmente a sí mismo; va adormeciendo la violencia desordenada de las pasiones y las va sometiendo al espíritu; va infundiendo valor y optimismo para luchar el combate espiritual, junto con la luz creciente para deshacer los engaños del demonio; y va comunicando esplendor y perfección al comportamiento cristiano, sellándolo con un deseo creciente de agradar a Dios en todo.

Del espíritu malo seguido por el hombre suele quedar como consecuencia estable un estado interior de inquietud, oscuridad, turbación; que tampoco es la moción fuerte original, sino un estado habitual de signo contrario a la serenidad y paz48.

7. Discernimiento de las consolaciones espirituales. —Se trata de una moción especialísima que merece un estudio atento, distinguiéndola de las otras formas o tipos de realidad psíquico-espiritual adventicia por sus características especiales.
Naturaleza de la consolación. —Hemos recogido más arriba 49 las notas con que se describe este fenómeno espiritual, que debe analizarse atentamente, sin confundirlo con la mera euforia del fondo psicológico fundamental. Se han dado varias explicaciones de su naturaleza, desde su presentación como pasión espiritual50 hasta lucubraciones sutiles de una intelección atemática 51. Amenaza siempre el peligro de una complicación subjetiva lucubrante. Y, sin embargo, en las descripciones hechas por los que las han experimentado y luego las proponen con lenguaje titubeante y casi preocupado de quedar incompleta52., parece percibirse la característica de una intercomunicación personal amorosa en su momento fuerte.

En efecto, la verdadera consolación es una intercomunicación personal amorosa en su momento privilegiado. Una cosa es la acción de un ser personal sobre otro aun ejercitada con actitud personal, y otra muy distinta su comunicación amorosa interpersonal. En esta última suelen infundirse, simultánea e integrativamente, sentimientos y conocimientos. Pero la intercomunicación personal amorosa no es lo mismo que infundir un sentimiento. El sentimiento puede infundirse a través de una acción realizada para obtener ese efecto: una persona puede infundir terror a otra destrozando su casa ante ella en un acto vandálico para asustarla. Pero eso no puede llamarse comunicación interpersonal.

La comunicación interpersonal es algo verdaderamente misterioso en el hombre, aunque diariamente vivido. No puede reducirse a la acción, aunque fuera acción de bondad. La comunicación interpersonal se obtiene transmitiendo a través de las potencias cognoscitivas, en una cercanía cordial, el conocimiento cargado de riqueza afectiva que se pretende. Se transmite a través de la palabra como signo, entendiendo por palabra toda expresión sensible de la persona y de lo que la persona quiere transmitir con su inmediata compenetración.

Es importante en esta materia llegar a una aproximación satisfactoria de lo que comporta y significa la comunicación interpersonal. El hombre, para comunicarse personalmente con el hombre, tiene necesidad de signos, que al mismo tiempo tienen que ser superados. Ni puede prescindir de los signos ni puede quedarse en ellos. Cuando el hombre tiene una comunicación interpersonal con otro, entra en él a través de los sentidos: por la palabra pronunciada o corporalmente expresada con gestos aptos; pero lo hace para llegar hasta la persona misma con su propia persona y ayudar a enriquecerla y transformarla con una fusión personal. Lo hace con signos, pero superándolos para llegar más lejos.

Aquí juega un importante papel el cuerpo, como expresión de la persona. De hecho, no es sólo un medio previo a la fusión interpersonal, sino que se integra en ella. Y no sólo son los signos precedentes y preparatorios a la fusión personal los que comunican un contenido de sentimiento, de conocimiento, de voluntad del que se comunica, que quizá quiere transmitir junto con su propia comunicación personal, sino que en la fusión misma puede darse o la simple fusión de amor y de voluntad radical, o, junto con ella y dentro de ella (¡jamás sin ella!), la voluntad concreta que amorosamente le transmite de algo concreto querido por él.

Es verdad que la simple fusión de amor en la intercomunicación personal comporta una euforia, felicidad, bienestar, ensanchamiento del corazón, etc., a cuyo favor eufórico se pueden sentir la ilusión de la vida, el entusiasmo, y, por tanto, hacerse más vivos los impulsos naturales que se despiertan. Y es también posible que estos impulsos, donde no hay controlabilidad tangible del contenido del mensaje interpersonal comunicado en la fusión de amor; se puedan confundir con el mensaje mismo, tomándolos como parte de la comunicación interpersonal. Evidentemente, esto sucederá cuando se trata de intercomunicación personal de un agente fuera del alcance de los sentidos.

Pero es conveniente recordar que aceptar que nos movemos en comunión con los ángeles y santos como en comunión con los hombres y en comunión con Dios, es aceptar que la vida de gracia se vive sobre el fundamento de una relación interpersonal y admitir de antemano la posibilidad de momentos privilegiados de esta intercomunicación personal amorosa con ellos. Sólo que en el caso de las criaturas tiene que hacerse necesariamente a través de los signos o sensibles o inteligibles que abren el paso a la comunicación interpersonal. Dios, en cambio, puede comunicarse interpersonalmente a través de signos o sin signos. Sólo Dios puede hacerlo sin mediación de actos previos de inteligencia y voluntad, abrazando íntimamente el fondo mismo del corazón humano, abriéndolo con la riqueza de su amor, poniendo en el corazón, así abierto de par en par, su voluntad amorosa y eficaz.

La comunicación interpersonal amorosa de Dios mismo implica diversos aspectos; ante todo, fusión suya afectiva indescriptible (¡porque Dios siempre mayor!) con el hombre, y, simultáneamente, puesta en el hombre de amor divino, que dilata ilimitadamente y abre totalmente la persona. Adviértase que sólo el amor dilata la persona, la libera desde el fondo. La apertura de sola la inteligencia, como los efectos conocidos de la superconciencia o raíz del alma53, dan unas características de autorrealización con ausencia total de tendencia intercomunicativa; no abre la persona, que puede continuar cerrada y egoísta aun con el nuevo modo de conocer que ha adquirido. Y con ese amor abierto e ilimitado se comunica,, a veces, una voluntad amorosa, una ley interior con un dinamismo hacia la realización concreta que Dios pide. Junto, pues, con su fusión interior de amor, pone en el hombre deseo y tendencia, que queda grabada en el fondo del ser aun sin signos mediadores comunicativos. Los signos intelectivo-volitivos pueden acompañar o seguir al abrazo íntimo. Como vibrarían las cuerdas de una guitarra si se comunicara un sonido directamente a la caja del instrumento por resonancia a su manera.

La forma como la consolación muestra un camino no hemos de entenderla como un mensaje hecho de palabras y voces, sino que suele mover al alma a una operación abriéndola, esponjándola, mientras la levanta al divino amor sin ruido alguno de voces y al mismo tiempo haciéndole comprender lo que quiere. Ese abrir del alma constituye un estado psicológico sereno, suave, esponjado, humilde, con una ferviente previa conformidad a los preceptos de Dios y de la Iglesia, con pronta sumisión a los superiores, en actitud profunda de humildad; este tono interior es una forma de invasión íntima de la caridad que en ese momento llena el alma. No tiene nada de rigidez o de fanatismo intemperante, sino que se inserta en un tono interior acentuadamente filial y eclesial en respeto y humildad.

Evidentemente, Dios puede actuar directamente sobre el fondo mismo del hombre, transformándolo y poniendo dentro las tendencias de su ser enriquecido. Son palabras sustanciales que tienen resonancia —en las potencias, aunque inadecuada y en cuanto que no puede expresar todo su contenido— en los otros niveles del espíritu, expresándose en ellos como impulsos explícitos conscientes categoriales de tendencias que arrancan del fondo de la persona abrazada por Dios en una experiencia aconceptual y supercategorial.

Cuanto decimos no es sino explicitación existencial de la doctrina de San Juan (1 Jn 4,10): que amamos a Dios porque él primero nos amó a nosotros; es decir, que nuestro amor es actuación del amor con que Dios nos abraza y con que nos empapa. Así se refleja en nuestro amor el conjunto de frutos y notas del amor con que él nos ama.

Contenido de la consolación. —De cuanto hemos expuesto se concluye que en la consolación espiritual —que de ninguna manera debe confundirse con la mera euforia o estado de optimismo biológico o psicológico— se contienen, dentro de una comunicación interpersonal amorosa, los siguientes posibles elementos:

—Fusión beatificante y gozosa de amor, que realiza la compenetración de las voluntades;—dilatación amorosa del corazón en grado correspondiente a la riqueza e intimidad de la fusión de amor. Fervor interior, amor intenso, que facilita los trabajos del camino de la santidad y apostolado. Las fatigas se vuelven ligeras, y el hombre se siente dispuesto a cualquier trabajo por el Señor;—posible mensaje concreto, que se estructura en la compenetración amorosa, o como formulaciones conceptuales resultantes a manera de resonancia, o con actuación formal concomitante de signos explícitos o sin acompañamiento categorial alguno; es decir, sin voces ni palabras. Este mensaje puede ser intelectivo: iluminando la inteligencia, dándole conocimiento de la intimidad divina, de los secretos interiores celestes, etcétera, o práctico: expresión de la voluntad de Dios sobre el hombre, indicándole el camino a seguir, invitándole a determinados comportamientos o misiones que el Señor quiere que realice en un determinado momento. No se trata de profecía en sentido de previsión, que sería otro fenómeno distinto;—resonancia eufórica en la naturaleza, que suscita normalmente y que puede facilitar e impulsar a planes, proyectos, propósitos, que nacen de la naturaleza del hombre o de su discurso favorecido por la euforia, pero que no están estructurados en la comunicación personal de la consolación.

Discernimiento de la consolación. —Teniendo presente toda la riqueza del contenido de la consolación, se comprende que la labor de discernimiento es delicada, y tiene que realizarse en diversos niveles y respecto de diversos elementos; discernir la autenticidad de la experiencia misma de consolación, a saber, si es de espíritu bueno; y discernir el mensaje de la consolación, en cuanto es comunicación interpersonal pretendida.

En cuanto a la autenticidad, de la experiencia, puede tenerse la certeza de que es sólo de Dios cuando se realiza por comunicación inmediata con el fondo íntimo de la persona, sin signos intermediarios, sin actos previos de las potencias cognoscitivo-volitivas, voluntarios o involuntarios, que la hayan producido 54. Sólo Dios puede envolver a una criatura en su amor sin mediaciones comunicativas. Con todo, hay que tener presente la posibilidad de ciertos estados y afectos psicológicos, a primera vista semejantes, que algunas veces pueden´ brotar del subconsciente. Sin embargo, mirando con atención, se podrá percibir que estos últimos podrán presentar un carácter de euforia repentina, pero no tendrán aquellas notas de amor inflamado de Dios solo que veíamos característica de la consolación auténtica. En todo caso, la certeza que se tendrá de que es sólo de Dios será correspondiente a la certeza de que no haya habido actos previos de inteligencia y voluntad que lo hayan producido.

Con todo, hay que prestar atención a no confundir con esa experiencia, ciertamente auténtica, la euforia natural y contento espiritual que puede acompañar a esa experiencia, y que puede quedar luego como consecuencia duradera, donde pueden mezclarse intervenciones humanas y aun del mal espíritu.
Cuando la consolación se ha producido creaturalmente, como intercomunicación personal a través de signos intelectivo-volitivos o como fruto de una actividad considerativa de la persona misma, entonces puede proceder de espíritu bueno o malo, con fines opuestos.

En este caso no puede uno apoyarse, sin más, en él. Hay que aplicar a la consolación y su mensaje las normas de discernimiento que indicábamos más arriba55 respecto de los espíritus e impulsos.

En cuanto al mensaje contenido hay que discernir su conexión con la consolación auténtica y su contenido verdadero. Hay que ver si es mensaje pretendido en la intercomunicación y cuál es su contenido. Unas veces se nos comunica de manera inignorable, de modo que, aunque quisiéramos, no podemos resistir a la inteligencia de lo que el Señor quiere de nosotros.

Sólo que, aun en este caso, en un segundo momento puede el interesado añadir o quitar al mensaje recibido, por cobardía o falsa prudencia o por influjo del espíritu malo, que quiere perturbar los frutos del espíritu bueno. Por eso es necesario formar al dirigido a que sea fiel al mensaje recibido, mirando desinteresadamente a la gloria de Dios y buscando sin reservas egoístas el verdadero provecho de los prójimos en la acción apostólica.

Pero otras veces el mensaje no se da de una manera tan hecha, sino que hay que deletrearla a través de un suficiente análisis de las consolaciones y desolaciones, sea porque con suficiente constancia se advierte la coincidencia de la presencia de una consolación auténtica con esa determinada moción o tendencia con actitud esponjada del espíritu, sea porque siempre que se da la consolación se da también la inclinación (v.gr.: a una vida misionera, a una vida pobre...), sea porque la propuesta en la presencia del Señor de tal inclinación desencadena constantemente esa consolación auténtica, de manera que puede concluirse seriamente a una conexión de ambas cosas.

También en esta segunda forma de mensaje puede el interesado añadir o quitar al mensaje recibido, siendo infieles por motivos diversos o también por engaño del enemigo. En consecuencia, también aquí hay que explicar y aplicar el principio de la búsqueda de la gloria de Dios y del provecho apostólico, sin temores vanos.

4. Conclusión del capítulo
Hay una posibilidad de engaño no puramente teórica por este camino de discernimiento. Posibilidad de la que el director y dirigido deben mantener la conciencia viva, sin arrogarse seguridades absolutas. Esta razonable inseguridad es parte del espíritu bueno, siempre que no degenere en titubeo o indecisión. Pero el peligro mayor no es el de esta posible equivocación momentánea en la interpretación de un hecho relativamente aislado, sino que el verdadero peligro, y no teórico, es el de error en cuanto a una actitud que lentamente se puede ir estableciendo, dando lugar a ilusiones y engaños, y formándose lentamente un espíritu no-bueno.

Es importante que continuamente el director vigile, controle y fomente en el dirigido las actitudes propias del espíritu bueno; que mantenga viva la desconfianza de sí mismo, el recurso humilde al Seor, la actitud de sumisión y humildad, sin apoyarse ni siquiera en esas experiencias o luces, sino con prontitud a someterse; que no ponga su fundamento en estas luces personales; que mantenga muy limpia la atención, dirigida al servicio de Jesucristo, buscando su agrado.

Que nunca el centro de gravedad del dirigido se desvíe hacia los fenómenos-experiencias resonantes, sino que se mantenga en la búsqueda del amor del Señor y de su servicio pleno, aprovechando todos los medios para obtener el conocimiento de su voluntad: con docilidad a los mandamientos y a los preceptos de la Iglesia, con obediencia de los superiores, en espíritu de abnegación radical, de humildad y de paciencia, que son matices inequívocos de la perfecta caridad.


NOTAS
13La expresión «que viene de fuera» corresponde a San Ignacio de Leyóla:
Ejercicios espirituales n.32.33.34.35.321.347.351. Véase el texto mismo de la nota 11.
14sup>san ignacio, Ejercicios n.6.
15 Véase G. coi.omrás, El iHonafdto primitivo II p.259-63.
16 Ya Orígenes presenta la historia del mundo como una lucha de espíritus, en la que el discernimiento es fundamental. Según él, Dios crió los espíritus, que, a raíz de una caída, se ordenaron en ángeles, demonios, hombres. El hombre aparece centro del mundo material y de la lucha de los espíritus.- La lucha individual es expresión de una realidad cósmica. El demonio es causante de las persecuciones fuera y de las tentaciones interiores. Véase St. T. bettencourt, Doctrina ascética Origenis, seu quid docuerit de raíione animas humanas cutn daemonibus: Studia Anselmiana 6 (Romae
1945).
17 Sobre la pertenencia de la existencia y acción del demonio al contenido de la fe católica, véase pablo VI, alocución de 15 noviembre de 1972 (Insegnamenti di Paolo VI 10 [1972] 1168-73), y el artículo aparecido en L´Osservatore Romano (28 de junio de 1975), que refleja la posición de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. Véanse también los documentos del magisterio eclesiástico reunidos por C. Pozo, Las correcciones del catecismo holandés (Madrid2 1969) p.6-7. Cf. la monografía de A. winklhofer, Traktat über den Teufet (Frankfurt am Main 1961);
J. E. maktins terra, Existe o diabo? Responderá os teólogos (Sao Paulo 1975). A la luz de estos datos debe juzgarse la posición de obras como la de H. akelly, Toward tbe death oí Satán (London 1968); H. haag, Abscbied von Teufel (Einsiedeln 1969) (trad. esp.: El diablo, un fantasma, Herdei 1972); id., Teufelsglaube (Tübingen 1974).
18 La doctrina del Vaticano II es muy rica. El Espíritu, que procede del Padre al mundo mediante Cristo (AG 2)^ y da vida al mundo (LG 4,42; DV 2.4), aun estando presente a la entera evolución del mundo y nevando él mismo a cumplimiento la obra de la salvación (GS 26d, 41a; AG 4), se ha difundido en Pentecostés sobre la Iglesia, como su lugar privilegiado (LG 4.19; AG 4).
Mora en ella y en el corazón de los fieles como en templo, y en ellos ora y da testimonio de su adopción a hijos. Guía la Iglesia hacia la plenitud de la verdad. La unifica en la comunión y en el ministerio. La instruye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos. Con la fuerza del Evangelio la hace rejuvenecer y la renueva continuamente, conduciéndola a la perfecta unión con Cristo (LG 4a, 7.8.9.13).
Ni es obra desde fuera. El Espíritu da vida, unidad y movimiento a todo el cuerpo, tanto que los Padres pudieron comparar su función con la que ejercita el principio vital, esto es, el alma, en el cuerpo humano (LG 7g_). Desde el interior nos mueve a amar a Dios con todo el corazón (LG 40a), produciendo y estimulando en nosotros la caridad (LG 7c). Y su fuerza sigue suscitando el Pueblo de Dios entre todas las gentes de la tierra, recogido de entre los judíos y los gentiles para formar una estirpe elegida, sacerdocio real y gente santa (LG 9a). Las varías comunidades locales, por cuanto pequeñas, y pobres, y dispersas, están vivificadas y animadas con la sobreabundante plenitud de sus dones (LG 26a).
La conciencia de esta realidad es de gran importancia para la Iglesia. En el orden práctico debe llegarse a la experiencia del Espíritu y de la plenitud de sus dones, vivida en gozosa y contagiosa libertad. Es la experiencia originaría cristiana que debe permanecer. La expresión joanea: «Nos dio de su Espíritu» (1 Jn 3,24; 4,13), representa una fórmula fija del primitivo catecismo cristiano, que exaltó la conciencia cristiana de los orígenes; cf. R. schnackekburg, Die Kircbe im Neuen Testarnent (Freiburg21968). Para San Pablo, el Nuevo Pacto se caracteriza por la presencia eficaz del Espíritu; cf. Ibid., p.141. En los Hechos, la Iglesia es el misterio de la efusión del Espíritu Santo en los últimos tiempos (Act 2,1-4.16-21.33; cf. 1,8; 10,44). Como dato aún más característico del Nuevo Testamento, el Espíritu Santo se da a cada uno; véase Y. M.-J. congar, L´Esprit Saint dans l´Église, en Les votes du Dieu vivant (París 1962) p.!66ss; id., Esquine du Mystére de l´Église (París 1966) p.129-79. El pueblo entero es participante y de manera permanente; véase H. schlier, II concetto di Spirito nel Vangelo secando Gtovanni, en Riflessioni sul Nuovo Testamento (Brescia 1969) p.341-50. Tal don es el que ya caracteriza y determina la existencia, de los creyentes; véase C. spicq, Le Saint Esprit, vie et forcé de l´Église primitive: Lum. et Vie 10 (1953) 19; I. de la potterie, Le Paraclet, en S. lyonnet-I. de la potterie, en La Vie selon l´Esprit (París 1965) p.85-105. Sobre todo el tema puede verse: H. mühlen, Vna mystica Persona (Paderborn 1 1967); id., Ver U. Geist ais Person (Münster 21967); id., Ote Erneuerung des christlichen Glaubens. Charisma-Geisl-Befreiung (München 1974) (trad. esp.: Esptritu-Carisma-Liberación, Salamanca 1976).
19 Aunque la realidad del ángel en la anunciación de María no es una verdad
dogmática (cf. C, Pozo, María en la obra de la salvación p.207ss), esta realidad, sin
embargo, debe admitirse por motivos exegéticos serios; véase A. feutllet, Jesús et
sa Mere d´aprés les récits lucaniens de l´enfance et d´aprés saint Jean (París 1974)
p.156-62; G. graystone, Virgin of all Virgins. The Interpretation of Lk. 1,34 (Ro
ma 1968) p.77-80. Sobre los ángeles véase E. bertholet, Mystére et ministeres des
anges (Lausanne 1963); G. huber, Mon ange marcbera devant toi (París 1970).
20 La serpiente era una divinidad pagana en Mesopotamia. _ El pensamiento judío
subyacente es: los dioses de los paganos son demonios. El bagiógrafo, al presentar a
una divinidad pagana como tentadora, ha querido decir que Adán fue tentado por el
demonio. Cf. J. daniélou, Le peché originel (París 1967) p.116; véase C. Pozo,
María en la obra de la salvación p.!49ss.
21 21J. de tonquédec, ¿Demonio o enfermedad? (Madrid´ 1948); Satán, en ÉtCarmel(1948); N. corte, Satín el adversario (Andorra 1958); L. cristiani, Préseme de Sa
tán dans le monde moderna (París 1959); cf. R. trevijano, En lucha contra las po
testades. Exégesis primitiva de Ef. 6,11-17 hasta Orígenes (Roma 1967); B. günther,
Unser grosster Feitid der Teufel (Linz-Wie-Passau 1973).
22 «No ^está en la mano del hombre el ser asaltado o no por los pensamientos,
pero si, está en su mano el contemporizar con ellos o no y el convertirlos o no en
pasiones personales» (Praktikós c.6: SC 171 p.509). Véase en el mismo evagrio pon-
tico, Praktikós c.80: SC 171 p.669: «No es posible oponerse a todos los pensamien
tos inspirados por los ángeles, pero es posible rechazar todos los pensamientos de los
demonios»,
23 evagrio póntico, Praktikós c.5: SC 171 p.505: «Arma a los negligentes en
conventos y comunidades»; c.48: SC 171 p.609: «Con los seculares, los demonios
luchan utilizando preferentemente los objetos. Pero con los monjes, lo más a menudo,
utilizando los pensamientos».
» Cf. F. refoulé, Revés et vie spiriluelle d´apres Évagre le Panuque: VSp Suppl. 14 (1961) 470-516; G. colombás, El monacato primitivo II p.259-60.
24 evageio póntico, De acto spiritibus malitiae (Pseudo. Nilo): MG 79 1145-64. «,n ™ icario, Homilía 6,3: ed. H. doreies: PTS 4 (Berlín 1964) p.66: MG 34, 519-20.´
25 Cf. I. hausherr, L´origine de la théorie oriéntale des huit teches caniiaux-OC 30 (1933) 164-75 (= OrCAnal 183 [1969] 11-22); A. vostle, Die Tugend- uní Lasterkataloge (Münster 1936); id., Wober stammt das Soberna der Hauptsünden:TheolQuart 122 (1941) 217-37; N. W. bloomfield, The seven deadly Sins (Michigan 1952); M. olphe-galliard, Cassien: Dict. de spir. III (1957) col.236-43; J.-C. guy, }ean Cassien (París 1961) p.38-41; A. guillaumont, Évagre le Fornique. Praktikós: SC 170 (París 1971) p.63-93.
27 evagrio póntico, Kefalaia Gnostika VI 83; ed. A. guillaumont, PO 28 p.253: «No todos los pensamientos impiden al entendimiento la ciencia de Dios, sino los que le asaltan a partir de la parte colérica y concupiscible y que son contra la naturaleza».
28 Con esté fin escribió Evagrio Póntico su Antirrketikós: ed frankenberg (Ber
lín 1912) p.472-545.
29 Véase, por ejemplo, L. beirnaert, Le discernement d´esprit et le psycbisme:
Christus (octubre 1954) 50-61; I. lepp, Claridades y tinieblas del alma (Madrid 1960);
L. cencillo, El inconsciente (Madrid 1971).
30 C£. G. therrien, Le discernement dans les écrits pauliniens (París 1973).,
31 La tradición es continua y la literatura abundante. Remitimos a la nota biblio
gráfica que cierra este capítulo.
32 tomás de kempis, Imitación de Cristo 1.3 c.54; A. gagliardi, Commentarii sea
explanationes in Exercitia Spiritualia (Brugis 1882) p.122-29.
33 L. scupoli, U combattimento spirituale (Padova 21737).
34 san ignacio, Ejercicios espirituales n.317-22.
35 Cf. orígenes, In luiiic. hom.1,1: MG 12,952-53; In Lucam hora.12: MG 13, 1829; In Ezechielem hom.12,2: MG 13,75-4; Peri Archán III 3,4: MG 11,317.
36 Véanse las primeras normas ya en san atanasio, Vita Antoaii c.35-38: MG 26,895-900. En estos capítulos, la doctrina del discernimiento de espíritus tiene ya forma clásica. En su traducción latina se asienta la formulación verbal de la tradición occidental. Cf. L. Th. A. lorie. Spirítual terminology in tbe latín Translalions of tbe Vita Aatonii (Nijmegen 1955). H. Rahner (Werdet kiindige Gelduiechsler, en F. wulf [ed.], Igfiatius von Layóla [Würeburg 1956] p.331-32) establece una comparación de las reglas de San Ignacio en los Ejercicios con las fórmulas de la Vita Antonii.
37 Véase san Juan DE LA cruz, Llama 3,38.
38 La transparencia del corazón a la mirada de Dios, el reflejo de su rostro sobre la conciencia humana, constituye la gloria de Dios en su sentido más vital. Cf. J. dupont, Le chrétien, miroir de la gloire divine d´apres 2 Cor. 3,13: RB 56 (1949) 392-411; J. stimpfle, Das cbrístliche Leben ais Verherrlichung Caites nach dem bl. Petrus. Diss. Doct. (PUG, Roma 1951); H. schlier, Doxa bei Paulus ais Heilsges-cbicbtlicher Begriff: Anal. Bibl. 17 (Roma 1963) p.45-46.
39 san ignacio, Ejercidos n.327; Carta a sor Teresa Reiadell: MHSI, Ignatiana. Epp. 1,99-104: BAC 86 p.625-26.
40 Son verdaderos logismoi. San Ignacio los recuerda en su Autobiografía, n.20: BAC 86 p.100: <´Le vino un pensamiento recio que le molestó, representándosele la dificultad de su vida, como que si le dijeran dentro del ánima: ´¿Y cómo podrás tú sufrir esta vida setenta aΖos que has de vivir?´ Mas a esto le respondió interiormente con grande fuerza [sintiendo que era del enemigo]: _´¡Oh miserable! ¿Puédesme tú prometer una hora de vida?´ Y ansí venció la tentación y quedó quieto». Véase también la carta a sor Teresa Rejadell citada en la nota precedente: BAC 86 p.627.
41 Véase más adelante, en el c.14 p.226-234.
42 Véase santa teresa, Vida c.39 n.24: «Estando una vez con la misma duda...,
si eran estas visiones de Dios, me apareció el SeΖor y me dijo con rigor: ´¡Oh hijos
de los hombres! ¿Hasta cuándo seréis duros de corazón?´ Que una cosa examinase
bien en mí: si del todo estaba dada por suya o no; que si lo estaba y lo era, que
creyese no me dejaría perder. Yo me fatigué mucho de aquella exclamación. Con
gran ternura _ y regalo me tornó a decir que no me fatigase, que ya sabía que por
mí no faltaría de ponerme a todo lo que fuese su servicio, que se haría todo lo que
yo quería; que mirase el amor que se iba aumentando en mí cada día para amarle,
que en esto vería no ser demonio; que no pensase que consentía Dios tuviese tanta
parte el demonio en las almas de sus siervos y que te pudiese dar la claridad de
entendimiento y quietud que tienes. Diome a entender que, habiéndome dicho tantas
personas y tales que era Dios, que haría mal en no creerlo».
43 Cf. E. hernández, Guiones para un cursillo práctico* p.298-301.
44 san ignacio, Ejercicios n.314.313.325.329.335.
45 id., ibid., n.316.317.326.329.331.
46 id., ibid., n.327.332.333.
47 Esta última indicación la recogen los clásicos de la espiritualidad. Véase B. rossignoli, De disciplina christianae perfectionis 1.3 c.19 n.14; J. alvakez be paz, De inquisitione pacis t.3 1.5 c.2 indust.5; Card. J. bona, De discretione spiri-tuum c.8 n.ll; E. la reguera, Praxis theologiae mysticae II p.530.
48 Es tradicional la atención prestada a los frutos y efectos. En caso de buen espíritu suele seguirse consuelo y paz. Véase evagrio póntico, Praktikós c.80: SC 171,669: «Sigue a los primeros pensamientos [inspirados por los ángeles] un estado de paz; a los segundos [inspirados por los demonios], un estado turbado». Cf. también evagrio póntico, Praktíkós c.76: SC 171,665: MG 40,1233; c.57: SC 171,635: MG 40,1248; De oratione 133: MG 79,1196; diadoco de fótica, Ceníum capita c.35.75: SC 5bis,104.133: MG 65,1178.1194: El Espíritu Santo trae paz, actúa como aceite.
49 Véase más arriba, en este mismo capítulo, p.199-200.
50 Pedro Ortiz, en sus Anotaciones inéditas a los «Ejercicios», analiza ampliamente el fenómeno de la consolación, definiéndola como pastan espiritual infusa; cf. C. M.abad, Unas anotaciones inéditas sobre los «Ejercicios» de San Ignacio, compuestas por el Dr. Pedro Ortiz y su hermano Fr. Francisco: MiscCom 25 (1956) 25-114; especialmente n.40.93.51. De la misma manera cataloga la consolación el Directorio de G. González Dávila: MHSI, Ignatiana ser.2.a vol.2: Directoría2 p.217; y el Directorio oficial de Cl. Aquaviva c.27 n.3: ibid., p.703.
51 Cf. K. rahner, Die ignaiianiscbe Logik der existentiellen Erkenntniss, en
F. wulf (ed.), Ignatius van Layóla (Wurzburg 1956) p.378-96. Habían aparecido ante
riormente estudios sobre la consolación y su naturaleza. Véase L. teixidor, El con-
cepto de consolación espiritual en el libro de los «Ejercicios»: Manresa 2; M. san
martín, La consolación: Manresa 11 (1935) 343-51; R. orlandis, índole y diversidad
de las consolaciones en Santa Teresa y San Ignacio: Manresa 9 (1933) 318-35; V. la-
rraΖaga, La espiritualidad de San Ignacio. Estudio comparativo con la de Santa
Teresa (Madrid 1944).
52 Reléanse los textos en que trata de describir el fenómeno por continuas apro
ximaciones: «Cuando en el ánima se causa alguna moción interior, con la cual viene
la ánima a inflamarse en amor de su Criador y Señor, y consecuente cuando ninguna
cosa criada sobre la haz de la tierra puede amar en sí, sino en el Criador de todas
ellas»... (Ejercicios n.316); «propio es de Dios y de sus ángeles en sus mociones dar
verdadera alegría y gozo espiritual, quitando toda tristeza y turbación» (n.329); «es
propio del Criador entrar, salir, hacer moción en ella, trayéndola toda en amor de la
su divina Majestad» (n.330). En forma epistolar, escribiendo a sor Teresa Rejadell,
la describe: «consolación interior, que echa toda turbación y trae a todo amor del
Señor; y a quiénes ilumina en tal consolación, a quiénes descubre muchos secretos,
y más adelante. Finalmente, con esta divina consolación todos trabajos son placer
y todas fatigas descanso»...; «muchas veces el Señor nuestro mueve y fuerza nuestra
ánima a una operación o a otra abriendo nuestra ánima; es a saber, hablando dentro
de ella sin ruido alguno de voces, alzando toda a su divino amor» (Obras completas:
BAC 86 p.626-27). Con Francisco de Borja se anima a vivir «abrazados y unidos con
los tales santísimos dones. Los cuales entiendo ser aquellos que no están en nuestra
propia potestad para traerlos cuando querernos, mas que son puramente dados de
quien da y puede todo bien; así como son... intensión de fe, de esperanza, de caridad,
gozo y reposo espiritual, lágrimas, consolación intensa, elevación de mente, impresiones e iluminaciones divinas, con todos los otros gustos y sentidos espirituales ordenados a los tales dones...» (Obras completas: BAC 86 p.713-14).
Sería interesante la comparación con la descripción de algunas experiencias de santos para entrar mejor en la naturaleza de los fenómenos. Son impresionantes las palabras de la beata Ángela de Foligno. Transcribimos algunas de ellas, siguiendo la edición crítica de P. Doncoeur, Le livre de la bienbeureuse Angele de Foligno (Tou-louse 1925): «Empezó a decirme: Hija mía, dulce para mí; hija mía, mis delicias, mi templo; bija mía, mis delicias: quiéreme porque te quiero mucho; mucho mái de lo que tú me quieres... Ante estas palabras comencé a dudar y le dijo el alma: Si fueras el Espíritu Santo, no me dirías esas cosas, porque no conviene; y soy frágil, y podría sentir vanagloria. Y él respondió: Pues prueba si de todo esto puedes tener alguna vanagloria con que te exaltes. Y escapa de estas palabras, si puedes. Y empecé y me esforcé por querer tener vanagloria, para probar si era verdad lo que había dicho y si él era el Espíritu Santo. Y empecé a contemplar las viñas, para escaparme de este discurso. Y por dondequiera miraba, él me decía: Esta criatura es mía. Y yo sentía una dulzura divina inefable. Y me venían a la memoria mis pecados y vicios. Y no veía en mí más que pecados y faltas. Y sentía en mí una humildad como nunca la había sentido...» (p.25). «Entonces se me dijo, y yo lo sentía, cómo Dios abrazaba al alma. Y entonces yo lo sentía como era así en verdad. Y me parece que todo lo que decimos en este momento son como bufonadas, porque sucedía de otra manera que no se puede explicar» (p.32-33). «Y después de lo dicho, Dios hace muchas veces prodigios en el alma; y entiendo que ninguna criatura podría hacerlos, sino sólo Dios; es a saber, de repente se levanta el alma en Dios con tanta alegría, que, si durase, pienso que el cuerpo perdería todos los sentidos y perdería todos los miembros. Pero muchas veces hace Dios ese juego con el alma: que en seguida se retira, cuando el alma quiere retenerle» (p.58). «Mirando al crucifijo con los ojos del cuerpo, mi alma se encendió repentinamente de un solo amor, y todos los miembros del cuerpo lo sentían con grandísima alegría. Y veía y sentía que Cristo dentro de mi abrazaba al alma con aquel brazo con que fue crucificado» (p.59).
53 Cf. L. Rico, Nuovi orizzoníi delta conoscenza: verso la radies dell´anima: II Fuoco 22 (1974); id., Viaggio psicológico intorno alia santita: ibid., 23 (1975) n.4 P-7-14; G. Tuca, Tbéoríe et palique du mándala (París 1975).
54 san Ignacio, Ejercicios n.330.331.336.
55 Véase más arriba, en este mismo capítulo, p.207-221.
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