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Autor: | Editorial:



Testimonios
1. ANSIAR NOVIO
EL DESEO DE SER QUERIDA

Su causa, su verdadera naturaleza y su remedio

Querido Padre,
Acabo de leer apenas una pequeña parte de una de las fichas de “Preparación al matrimonio”. Como estoy en el trabajo, no puedo leer con demasiada holgura, me pareció muy hermoso su forma de redactarlo, de escribir y de explicar esto de la “amistad matrimonial” o del noviazgo, me ayudó mucho a entender y a entenderme, muchas veces me ha pasado esto del amor concupiscente, hoy mismo le pedía a Jesús sacramentado en mi visita diaria antes del trabajo, que me ordenara interiormente, estaba sintiendo mucha soledad y bueno, de ahí las consecuencias, un desorden total de mis pasiones. Aunque no he llegado a pecar concretamente, pero me trajo mucha desolación y tristeza. Quiero aclararle que no estoy de novia, pero era eso lo que interiormente estaba reclamando y anhelando. Un “Amigo” capaz de contenerme, de amarme hasta el extremo, yo estaría dispuesta a hacer lo mismo, pero me es muy difícil encontrar a alguien así. Cómo no he leído el resto de las fichas, no sé si comenta por algún lado esta dificultad de “encontrarse” y del tiempo de “espera” creo que fue eso lo que me desordenó en estos días, el haberme cansado de esperar, y el tiempo no llega, ahora me siento más serena interiormente, después de orar en el santísimo, vuelvo al cauce, hacia mi Dios.
¡Que difícil es! Bueno mi querido Padre, cierro los ojos, inclino mi cabeza y espero su bendición, un abrazo en el Espíritu.
Pierina

Mi querida hija Pierina:
Tu testimonio es hermoso y sincero. Expresa la universalidad del alma de la mujer joven, herida por el pecado de su madre Eva. Expresa la herida que debe ser sanada y solamente la vuelta al Padre puede sanar. Esa sanación la hace libre para encontrarse con el varón sin compulsiones, sin afán de conquista o de posesión afectiva, sin ansias de apoderamiento por la vehemente concupiscencia de ser amada.
Esa manera de encontrarse con el varón, redimida, de hija libre, es también sanadora para él. El varón huye del afán posesivo que experimenta o intuye en la mujer. Un afán que a veces se manifiesta en celos vehementes, nacidos del temor de perder el amor que una tanto buscó, y que ve que otras están buscando. Y nacidos también de caer en la cuenta de que él también mira a otras, para cuyos encantos no es insensible. De ahí que si antes de encontrar al novio se ha sufrido la soledad, después de encontrado sobrevenga un tormento peor: el miedo de perderlo; de ser abandonada.

Si el alma de la hija no encuentra consuelo en la compañía del Padre, lo buscará en las creaturas. Pero cuando encuentra el consuelo de las creaturas, experimente que junto con el consuelo del encuentro viene, en el mismo paquete, el pánico de perder lo encontrado.
Por eso, no encontrar el verdadero consuelo en Dios y andar mendigándolo de las creaturas, eso, eso mismo es una herida producida por el pecado original en el alma de la mujer. Esa incapacidad de encontrar el consuelo en el amor a Dios, es la acedia, la incapacidad de gozarse con el bien divino, de sentirse acompañada por el Tú divino y poder decirle con verdad: "Tú eres mi bien" (Salmo 15, 2). Es la ceguera de la Magdalena en el Huerto, de la que debe ser sanada por la palabra de Jesús Resucitado. Por eso, no te canses de visitar a Jesús sacramentado. Y aún en medio de tu desolación no te canses de preguntarle dónde han puesto a tu Señor.

El alma herida de la hija de Eva tiende, por eso, sin darse cuenta, a endiosar al varón, reclamando de él lo que Dios solamente puede darle.
Porque también en el matrimonio se pasa soledad, ya que el otro nunca puede sanar el hambre del alma. Un hambre que la acedia agudiza y no sana, pero que impulsa a querer saciar cebándose en las creaturas. Pero así, ella se convierte en mujer devoradora del que la ama y de los que ama. ¿Se convierte? No, en realidad es eso lo que ya es por la herida del pecado. Si es sanada de esa herida por la gracia, entonces es convertida en la mujer oblativa, a la cual Dios puede confiarle a los que él ama, en calidad de esposo, de hijos, pero antes: de padre, madre, hermanos y hermanos, cuñadas y cuñadas...

La sanación, el ser convertida, no es otra cosa que la misma divina regeneración. Es el ser reengendrada como hija de Dios que puede descansar en su condición de creatura, libre de pánicos, sin necesidad de atentar el ejercicio ilegal de la divinidad ni la usurpación de la divina Providencia, sin necesidad de planearse ella misma su destino. Porque lo planeará huyendo de sus fantasmas interiores y no de cara al Padre, recibiéndose a sí misma como un don de su amor. No es por carecer de novio, sino por no poder estar así ante el Padre que el alma de la mujer se siente sola y triste, como dice el salmo 42: ¿Por qué estás triste alma mía?

Te agradezco mucho tu testimonio, y pido al Padre que te haga Upa, para que no andes como niñita perdida... es muy peligroso... se pega a cualquier desconocido que le dé un caramelo; se la lleva o la rapta cualquiera.

Estoy leyendo un libro que se llama "Mujeres que aman demasiado" y ha instalado el tema de las mujeres sedientas de amor que no saben esperar un hombre y que salen a conquistar uno, al que quieren convertir en enamorado a toda costa, aún cuando él no lo es ni jamás llegará a serlo. En realidad, no son mujeres que aman demasiado, sino mujeres que desean demasiado ser amadas. Ellas se meten en la máquina de picar carne de su propio deseo de merecer el amor del que no la ama. Se autoconvencen de que lo conquistarán a fuerza de complacerlo. Y ¡oh inconsecuencia! si aparece en el horizonte uno no esperado, llega como por el ángulo del ojo, les cuesta verlo, y aunque realmente viene atado de pies y manos, no saben qué hacer con él. No sienten hacia él nada de lo que están sintiendo hacia la presa que tienen en la mira: "no siento nada por él dicen", cuando en realidad deberían caer en la cuenta de que "no sienten lo mismo que por sus presas". Y dejan pasar al que las ama, porque no saben recibir el amor, sino que están empeñadas en conquistarlo.

Creo que la liberación del corazón femenino para encontrarse, con aquél que el Padre les destina - o mejor dicho, para darse por encontradas y descubiertas por él -, está en renunciar a ‘cazar’ uno, e incluso en el aceptar la posibilidad de que la voluntad del Padre no sea para ella el que se case y sea madre. En esa renuncia del propio querer en las manos del Padre, está la libertad, la sanación, la regeneración que la hace hija, obediente, renunciante a su propio querer para que “se haga en mí según tu palabra”. De la obediencia filial que acepta la muerte saca el Padre para realizar sus designios con su hija.

¿Pero qué pasa cuando la hija de Eva persiste en su propósito de buscar remedio a su soledad en un varón, aunque sea aquél que verdaderamente la ama? Pasa que, aunque el varón ame verdaderamente a una mujer, como él mismo está herido por el pecado original, en el mismo lugar y momento que debería darse el encuentro más profundo, se produce una frustración del encuentro. No una frustración culpable sino no querida, inevitable, en la que precisamente consiste la herida del pecado original que debe ser sanada.

Como él y ella han sido heridos de diversa manera se produce un malentendido y un desencuentro. Esto produce una dolorosa frustración de las expectativas. Y si no están avisados, se inclinan a culpar al otro de lo que es una herida inculpable en el otro.

Cuando no a atribuir a culpa del otro lo que es en realidad un efecto de la herida propia. Ella lo culpa a él de su involuntaria regresión a lo instintivo con eclipse de la capacidad relacional. Él la culpa a ella de una posesividad afectiva a la que no sabe responder.

En vez de culparse, los hijos de Dios deben compadecerse el uno al otro comprendiendo cuál es la herida del otro. Cada uno debe renunciar a la forma propia de posesividad: ella a la posesividad afectiva y él a la posesividad instintiva, física. Digo renunciar, pero no es del todo justo decirlo, porque no es algo del todo voluntario, sino en gran parte pena, involuntaria, no querida, del pecado original. Sólo que como es pena ignorada, se toma como un dato de hecho de la naturaleza. Se considera natural, lo que es en realidad una herida en la naturaleza y como normal, lo que es una situación de naturaleza caída.

Así que para que se dé el encuentro, debe darse en el matrimonio la renuncia bautismal, que es renuncia a sí mismo para darse al otro a la manera como el otro lo necesita y con la esperanza de que sea sanado de esa necesidad herida. Por eso el matrimonio es sacramento de sanación y ejercicio oblativo, ejercicio de don misericordioso de sí mismo por amor al otro y por compasión con su herida, al mismo tiempo que esa misericordia nace del conocimiento de la propia herida, de la misericordia consigo mismo y del propósito de renunciar a todo lo que impida ser sanado por el Espíritu Santo filial.
¿Te sirve hija?
tu padre en Cristo

2. NO SE ENCUENTRA UNO
:
Contestando a su cuestión me gustaría compartir con usted, Padre Horacio, lo que sigue.

Hoy se encuentra en el hombre una indiferencia, frialdad, o tibieza frente a la posibilidad de entablar vínculo con una mujer a los efectos de formar una familia cristiana.

No he logrado sentir, en los hombres que he tenido frente a mí, el deseo genuino y ardiente de amarme así como la necesidad que se les ame a ellos de la misma manera. Parecen niños pequeños en su desconocimiento de la vida ordenada en torno a valores. Aparentan ser seres livianos, poco contundentes, si se me permite la expresión. Un hombre así no despierta el sano deseo de unirse a él, de ser una sola carne con él.

Descuidan manifestar, si sienten, la alegría que despierta el vivir con quien se ama. También la necesidad de ceder lo que sea necesario y sano para mantener la unión. De lo que se trata es de “pasar bien”.

Faltos de consideración, manojo de caprichos o de agresividad, no pueden conectar con la necesidad que todos tenemos de educar nuestra afectividad, y la vida de relación. Heridos por los efectos del pecado original, necesitamos sanar dicha herida. No pueden verse poniendo freno a sus instintos, parecen necesitar junto a ellos un ser que los ayude a dar rienda suelta a los mismos, y, además esté chocha de la vida con una realidad así. En caso contrario se nos coloca bajo la sospecha mordaz de sufrir crónicamente de frigidez, de ser poca “mujer”.
Aurelia

3. DESCUBRÍ Y RECONOCÍ A MI MUJER

El creyente filósofo argentino Alberto Caturelli relata en su libro autobiográfico “La Historia Interior” el primer encuentro con su esposa Celia, o el descubrimiento de la que sería su esposa, y cómo considera, iluminado por su fe, ese encuentro, el reconocimiento y la mutua elección matrimonial, como una obra de la Providencia divina, en donde convergen las libertades humanas y la de Dios, sin que la voluntad divina fuerce a las voluntades humanas.

¿Están los esposos predestinados el uno al otro? ¿Una predestinación del uno al otro no anularía las libertades? La elección matrimonial es resultado de un consentimiento mutuo de dos libertades. Pero la libertad humana – y esto es un misterio – no escapa a la Providencia divina. ¿Cómo puede intervenir la voluntad divina, en su Providencia universal, en este acuerdo de dos libertades sin disminuirlas? Cuando los dos están en gracia, sus libertades están de acuerdo entre sí y con la divina. El Dr. Alberto Caturelli nos narra el hecho así:

“Dice Santo Tomás que la Providencia llega hasta donde llega el acto creador. Y el acto creador dona el acto mismo de existir. Por tanto, mi propio existir es providencial, como lo es el acto de ser de mi prójimo y de todo ente. Sí. Esto enseña la filosofía, aunque siempre permanezca el enigma del sentido de mis actos libres, de mis encuentros personales, de los secretos, secretísimos actos de nuestra vida interior.

Sí. Esto enseña la filosofía. Pero si vivimos la vida de la gracia, a inconmensurable distancia de la mera naturaleza, entonces nuestra vida es asumida, en su mismo ser e instante por instante por el misterio del amor de Cristo. Mi vocación, mis encuentros, personales, mis pruebas más dolorosas, mis alegrías más profundas, constituyen el encuentro misterioso de la libertad y la gracia. Si en el plano natural nada escapa a la Providencia, en el sobrenatural nada se evade del misterio; en este caso, del misterio de la Encarnación que nos hace re-nacer con el ser nuevo donado por el Bautismo. En ese instante misterioso, más interior que la misma interioridad del alma cristiana, el Señor del castillo2 me hizo descubrir y re-conocer, en mayo de 1948, a quien sería, conmigo ‘una sola carne’, en el estado nuevo del matrimonio. Encontré a Celia, mi mujer, egresada como yo de Filosofía, en la biblioteca de la Facultad donde hacía poco había comenzado a trabajar. Después de una larga conversación que mantuvimos, me despedí, bajé por el ascensor, salí a la calle y, caminando lentamente, sentí una especie de estupor, mientras me decía a mí mismo: he conocido a mi mujer. Se trató de una suerte de intuición llena de un temor expectante e inexplicable y de una certeza: yo no la merecía y sigo sin merecerla después de cincuenta años.

Limpia como un cristal, equilibrada como balanza de precisión, serena en los momentos difíciles, inteligente y racionalmente lógica; es como lo opuesto de su marido que guarda la argumentación racional y la reflexión persistente... para la soledad contemplativa, la clase o los libros que escribe, pero lleno de impulsos irracionales, ‘corazonadas’ y actos absurdos movidos por la pasión. Ella pone el equilibrio, calma el torbellino y encauza el fuego encendido. Corazón recto y amante hasta el fondo, sin perder el equilibrio; su afecto es efectivo y su efectividad es afectuosa. Amplísima cultura, voluntad tenaz, franqueza total y, por eso, expuesta a ciertos peligros; hay en mí un ineludible doble fondo, una suerte de proto-conciencia que jamás sale a la superficie y queda guardada bajo llave; Celia es toda claridad, sin doble fondo, testimonio de una sabiduría humana sin fisuras. ¿Qué haría yo sin ella? ¿Qué haría yo con este subterráneo río incandescente de mis pasiones?

Cuando nos conocimos, era yo un joven de apenas veintidós años. Los dos no deseábamos otra cosa que un matrimonio fiel. Así como Cristo es fiel a su Esposa con fidelidad perfecta, queríamos ser uno del otro con fidelidad participada. Queríamos amarnos, queríamos aprender a amarnos (aprendizaje que todavía no ha concluido ni concluirá jamás) y edificar una familia ‘con todo’ cuyo mismo centro fuera el amor de Cristo.
Medité largamente el libro del Padre Raoul Plus, el amor cristiano, cuyos márgenes llené con mis notas de letras microscópicas. Cuando nuestros hijos – esos ocho misterios – se hicieron grandes, leyeron aquel libro y se lo pasaron entre ellos. En este momento, ya no sé quién lo tiene. [...]

Precisamente en esos años – el noviazgo duró tres – y pensando en la estrecha unión y distinción que debe haber entre la razón y la fe, entre la vida y la inteligencia y el orden sobrenatural que admiraba y admiro en Santo Domingo de Guzmán y Santo Tomás de Aquino, ingresamos en la Tercera Orden dominicana. [...]

Nos dedicamos a prepararnos para el nuevo estado. Nos casamos el 27 de diciembre de 1951, en la Iglesia del Colegio de los Padres Escolapios, donde yo era profesor. Aunque entonces no se estilaba, nos casamos por la mañana con Misa y Comunión. Era y es la conmemoración de San Juan Evangelista. Esa tarde, el fraile dominico que había bendecido nuestro matrimonio, bendijo nuestro hogar. Habíamos comenzado nuestro propio camino.

Todavía no he salido de mi sorpresa de mayo de 1948 y, hoy, no ceso de rogar a Dios que, más allá de esta vida, nos una para siempre en la morada que nos tiene preparada desde antes de la creación del mundo.

4. LAURA
PESCADORA DE TIBURONES

A la mujer que “pesca” un varón, o sea que elige a aquél hacia el que se siente atraída, puede irle mal, como le sucedió a Laura. La cazadora resultó cazada. Tomo este ejemplo de la obra de Álvaro Alcuri, El libro de quejas de los hijos de padres separados3 .
Laura tiene actualmente unos cuarenta años, separada hace años, exitosa profesional, que dice manejar bien sus asuntos. Pero ha mostrado poca inteligencia emocional en su vida afectiva. Hace psicoanálisis y cree que eso le ha ayudado a asumir la separación, luego de un matrimonio que terminó mal y la dejó, según ella, muy lastimada, muy llena de bronca. El marido la engañaba constantemente.

La elección equivocada: a la conquista de un conquistador
“Él me deslumbró desde la niñez: el más pintón del barrio, era ese que tiene a todas las mujeres muertas por él, la figurita sellada del álbum. Él salía con todas, era generoso, pero no se tomaba a ninguna en serio. A la única que trató bien fue a mí: yo lo enganché y era la envidia de todas. Al principio todo funcionó bárbaro: era el mejor de los maridos, tuvimos hijos... Pero yo estaba en la luna: él me engañaba desde siempre. Con todas. Se acostaba con mi mejor amiga, en mi cama. ¿Vos te das cuenta? Y yo muerta por él, no me daba cuenta de nada. Era el rey de la noche, un Isidoro Cañones cualquiera. Me lo tuvieron que decir las vecinas, y yo no me podía convencer. Al final lo agarré justo, a la salida de un telo con esta amiga. Lo quería matar. Le prendí fuego la ropa... Pero es increíble: después volví. Estuvimos yendo y viniendo como dos años después de eso. Después se terminó yendo él.

Deterioro progresivo
Laura cuenta que le llevó años de tratamiento entender que en realidad ella justificaba a su marido. Su desfachatez, su gusto por las mujeres, la seducción continua, tan peligrosa como atractiva, el hecho de ser codiciado por otras y jugar a que no se daba cuenta, todo esto hacía de él un trofeo peligroso pero imposible de rechazar, y al mismo tiempo convertía el vínculo en un castigo: una amenaza de inseguridad permanente. Después de haberlo “entendido” – observa Alcuri – dice que puede tener relaciones con otros como él, pero sin que le afecte demasiado. ¿Será verdad? Duda Alcuri.

A nuestro parecer todo esto es un magro fruto de años de tratamiento. Tras tantos años no llegó a la verdad. El error inicial de Laura consistió en pensar que un varón lujurioso se comportaría distinto con ella que con las demás. En juzgar que un varón lujurioso no iba a ser lujurioso con ella o iba a dejar de serlo con las demás. Y este error sólo fue posible por su ignorancia de lo que es la lujuria. Y en particular la lujuria en el varón. Además, Laura incurrió, sin advertirlo, en cierta soberbia autosuficiencia al pensar que ese varón sería con ella distinto que con todas. Una autosuficiencia que explica la falsa confianza en que vivió tanto tiempo. Y me atrevería a afirmar que permitió mantener sus relaciones íntimas con él en los mismos términos en que él las mantenía con todas. Pero esto no se lo podía enseñar un tratamiento psicólogo convencional.
Laura ha sido capacitada por su analista para reconocer que: “Tenía un enganche patológico con mi ex, ¿sabés? Bien de histérica. No puedo evitarlo”. Pero es ajena a la verdad de la fe. Sigue dando razones que, como veremos, están todas, de hecho, de espaldas a las verdades que proponemos.

Laura experimenta falta de libertad y por lo tanto de responsabilidad. Se siente presa de su modo de ser, de una estructura de personalidad histérica: ‘no puedo evitarlo’: “No puedo evitarlo – continúa contando Laura – es mi estructura [se ríe]. Me gustan los hombres. Y me gustan los hombres a los que le gustan mucho las mujeres. Esos bien seductores, medio atorrantes. Y caigo. Caigo porque quiero, claro. Bueno, y me debe gustar, digo yo. Y siempre me pasa lo mismo: termino metida como una boba con algún hijo de su madre”. Es decir, le gustan los hombres incapaces de establecer un vínculo fiel, sólido y permanente ¿Teme Laura el verdadero compromiso con un hombre?

Laura describe, a continuación, sin saber darle el nombre de lujuria, el comportamiento del varón lujurioso. La lujuria del varón la frustra en su deseo de ser amada, pero ella no tiene los conocimientos necesarios para comprender que se trata de consecuencias del pecado original en el varón: “¡Todos son iguales! Se hacen los buenitos al principio, te miman, se portan bien, te hacen el verso, te regalan cosas... Te hacen sentir que sos única, que sólo te miran a vos. ¡Claro, si te quieren conseguir! Están obsesionados por eso, pero, cuando te consiguieron, ¡chau! Ahí todo cambia: ya tuvieron lo que querían y se despreocupan. Te entran a no dar bola; si querés verlos, los molestás. Después te empiezan a ignorar y, donde rompas mucho, te patean. Y cuanto más te enganchás, más rápido te patean. ¡Todos son iguales!”.

¿Víctima o victimaria?
Para Laura – comenta Alcuri – las cosas siempre pasan así. No puede asumir su responsabilidad por los vínculos que arma. A ella justo le pasa lo que le pasa, los hombres son así. No, Laura, los hombres que tú eliges son así. Mejor dicho, el vínculo que tú eliges es así, el de un amor no comprometido a un nivel de amistad. ¿Pero no es que nunca has sido capaz de dejar que te mirara un hombre distinto, de sentirte mirada o esperar a ser mirada por un hombre distinto? Quizás Laura, tienes tú misma una ignorancia muy grande acerca de lo que es ser amada realmente por un hombre distinto. Una ignorancia, o un temor inconsciente, que sin embargo te hace vivir de espaldas a lo que de hecho y en verdad aspirarías. Quizás el hombre capaz de amarte verdaderamente, te parecería aburrido. Quizás temes inconscientemente el compromiso personal en el que te vincularía un compromiso con un varón de verdad. Como bien observa Alcuri, a Laura: ”no le es posible conocer otra clase de relación si siempre elige la misma”. ¿Elige siempre la misma porque teme otra? ¿Está dividida entre el deseo de recibir y el temor de tener que corresponder?

¿Una mamá castradora sin saberlo?
“Y mientras va por la vida – prosigue dictaminando Alcuri - eligiendo tener vínculos poco comprometidos, seductores, mentirosos, superficiales, llenos de desconfianza y, sobre todo, de resentimiento (en realidad, odio viejo) con hombres diferentes, su hijo Javier, de 8 años, va creciendo con un mensaje peligroso: ‘los hombres son malos’. El padre ‘es malo’, los sucesivos novios de mamá ‘son malos’, y los que vendrán, también. ¿Se podrá ser hombre y no ser malo? Javier no está seguro. Según lo que está viendo, es difícil. Las alternativas que maneja no son muchas: o es hombre y malo, o no es hombre. Hombre y bueno no es posible. Sus modelos de cómo ser hombre han sido recortados.

Estertores de la voluntad y desesperanza
“Ya no me calienta demasiado encontrar un hombre como la gente, te soy sincera. Ahora solamente quiero divertirme. Las relaciones no me interesan demasiado. Hago como hacen ellos: busco divertirme, juego a seducir y los borro cuando se ponen molestos. No quiero que me quieran, porque yo tampoco los quiero. No me quiero enamorar, no me interesa. Si a ellos no les importo, ¿por qué me van a importar ellos a mí? Si no puedes vencerlos, únete a ellos. Me cansé de ser boba”. Comenta Alcuri acertadamente: “Laura ha confesado su desamor ¿Cómo va a encontrar al hombre que la trate bien, si ella a su vez no lo hace? Está tan resentida que prefiere iniciar las hostilidades sin fijarse contra quién lo hace”. Toma venganza de su esposo en la cabeza de sus amantes, pero repitiendo un único argumento:

“Total – dice Laura –como yo sé que me van a pegar, les pego yo primero. ¿Qué si no conozco otra clase de tipos? Yo sé que debe haber. Hay muchos que son feos, ¿viste? A mí los gorditos con pinta de oficinistas o de marido aburrido no me van. ¿Buenos y lindos? Imposible. O son muy chicos o están casados. Yo no conozco ninguno”. Pero ha puesto tales condiciones que descartan de antemano a buena cantidad. Pero sobre todo, sus condiciones omiten tener en cuenta una única condición: ¿Cuál me mira con amor? ¡Sea como sea! ¿Sería el amor verdadero motivo suficiente para sacrificar otras exigencias? ¿Podría Laura sacrificar sus exigencias, por aceptar el amor del hombre que la amara? Pero su voluntad exasperada, crispada, no cede a pesar del manifiesto fracaso a la que la ha llevado.

Volviendo a Javier
Volviendo a considerar las posibles consecuencia de esta conducta materna en su hijo, Alcuri comenta “Aunque su mamá tiene todo el derecho del mundo a seguir eligiendo lo que a ella le parezca como pareja, Javier crece sin un modelo de cómo ser hombre en un sentido positivo. Los buenos ejemplos, la honestidad, la ética, la fidelidad o el compromiso con quien se ama, aparentemente no son para su sexo. Por lo menos, no más allá de la niñez. En el mundo de Laura, que es el que él conoce, los hombres adultos son un prototipo de valores negativos”. A lo que observa Alcuri hay que agregar que los que no son así, son feos, aburridos, oficinistas y toda una imaginable retahíla de descalificaciones. Javier se debate así entre ser un aventurero y malo, o ser un aburrido de una sola mujer.

“Es tanto el odio (la basura como decimos en psicoterapia) que tiene su mamá – prosigue Alcuri – que ha logrado cuestionar el ingreso de Javier en el mundo de los hombres. Él necesitaría que ella entendiera algo más o menos así: ‘Mamá, sacate la basura de adentro. Pará de odiar a los hombres. Eso que odiás es lo que yo voy en camino de ser. Pero necesito que puedas aceptar que hay hombres buenos: quizás entre ellos esté yo. Si no, me dejás pocas chances: o soy malo, o no soy hombre. Y creeme, que ninguna de estas opciones me parecen buenas’”. Lo que dice Alcuri es ajustadísimo. Pero yo lo completaría con otra reflexión que Javier podría hacerle a su mamá: ‘Necesito poder aceptar que aún si soy un hombre feo, o si soy gordito, oficinista o aburrido, puedo querer y ser querible para una mujer, por el solo hecho de que la quiere y ella se sabe querida y única para mí. Mamá, vos le ponés demasiadas condiciones al amor y al fin no sabrías sacrificar nada por responder con amor a un amor’.


5. UN NOVIAZGO CASTO
es fuente de fortaleza y fidelidad
en las cruces del matrimonio


Querido Padre:
Pensando en mi historia, que le conté la vez pasada, y que me ha pedido que escriba como testimonio, y mientras estaba en oración, el Señor me regaló una luz en el entendimiento para comprender que mi fuerza en la espera, el no haber bajado los brazos ante tantas dificultades en el matrimonio que parecían iban a ser eternas por irremediables, esa fuerza la había modelado desde mi noviazgo, en el amor puro y casto de novios, que no fue fácil mantenerlo hasta llegar al altar

Un día milagroso, con asombro, al despertar, me encontré en los brazos de mi esposo, mi cabeza sobre su pecho y sus manos grandotas y firmes acariciaban mis cabellos. Gestos comunes en el matrimonio, pero desde hacia años ya no lo eran más en el mío. Un largo silencio, de varios años había terminado haciéndose indiferencia, en un largo proceso de dolor y resentimiento.

Una enfermedad (diabetes) y una adicción (alcohol) dejaron su secuela en él: impotencia, no tratada, ni charlada. Su pena se hizo barrera que anuló el diálogo; el mismo lecho, el mismo hogar, los mismos esposos, pero todo trastocado, y fuimos dos sobrevivientes, compartiendo el desapacible acto diario de la convivencia.
Cerré mi boca y mi corazón con la llave del orgullo, aparente sosiego que escondía hastío.

Por todo lo que había sufrido desde mi infancia, sabía que podía enfrentar el desierto de la incomprensión nuevamente en mi matrimonio. Pero esta vez no sucedería lo mismo...
Jesús Sacramentado me llamó, oí su voz y corrí a su lado, misa y comunión diaria, frecuentes visitas al sagrario, me dieron fortaleza y amor hecho servicio, el silencio, la oración, mis lágrimas, esperanza, bebí de la fuente de la FE, acepté mi presente, amé mi realidad: “Que yo quiera TU querer, Señor” repetía mi corazón. Experimenté la fortaleza en el período de abstinencia sexual, fruto de un noviazgo puro

Mi asombro de hoy es porque nada pido, nada reclamo, nada exijo, todo lo espero de mi Señor. Ahora tengo a mi lado un hombre recuperado y enamorado que me susurró muy quedo: ¡nada me reprochaste! Le respondí: - ¡sentí más dolor por vos, que por mí!”
Sobraba el decirlo con palabras. Se lo había venido diciendo con mi actitud. Ahora estamos descubriendo que, como en las bodas de Caná, el mejor vino llega después. Feliz el matrimonio que llegado el tiempo del vino añejo, saben degustarlo con placer.
¡Caridad embriagadora que te entregas en gozo y canto, con sabor a eternidad!

Emi

6. POR AMOR A MI NOVIA
haré un pacto con mis ojos
de no mirar a otras
y eso me hará bien


Padre,
Quería consultarle, sobre un tema sobre el cual me falta –estoy seguro- claridad en los fundamentos, y claridad al querer explicarle algo sobre este tema a quien sea y en particular a mi novia.
Y es, básicamente, que hemos estado hablando con ella sobre el pudor en el vestir en las mujeres, y ha salido el tema de por qué el hombre está más inclinado a buscar la sensualidad que la mujer. Ella no lo termina de entender, y creo que en gran medida debe ser por mi defectuosa exposición del asunto. Igualmente influye mucho que ella tiene un gran problema con los celos (sobre lo cual le pediría que me orientara alguna vez, sobre cómo mejorar yo, para no darle ningún motivo para tenerlos, y sobre cómo ayudarla a ella a que tenga los celos normales y ordenados de cualquier mujer) y que hace que le cueste entender más este tema por ejemplo de que cómo puede ser que un hombre -aún uno casado- le pueda pasar de que se cruce su mirada con una mujer, y sin entregarle el corazón ni nada que se le parezca, apreciar la belleza que pueda tener.
Carlos

Querido Carlos
Si bien los celos de la mujer son en parte consecuencia del pecado original, de una posesividad afectiva desordenada por el pecado original, hay que considerar en ellos dos cosas: la primera, la ocasión que le dan al varón de sacrificar algo por amor a la novia primero y a la esposa después; la segunda, el valor sanador que tiene ese sacrificio hecho por amor a una mujer, para el varón que la ama.

Porque, en primer lugar, si bien puede no haber nada malo en muchas miradas del varón a las demás mujeres, y si bien le sería lícito mirarlas cuando no es con una mirada concupiscente, lujuriosa y culpable, el amor sabe renunciar a sus derechos. Y si el varón ve que mortifica a la mujer que ama cuando él mira a otras, por amor a la mujer que ama se pondrá una venda en los ojos para no ver ni mirar a otras, y menos cuando ella está presente. Y no porque pueda ser o no permitido mirarlas, sino primero por no mortificar a la mujer que ama y segundo por complacerla. Por no mortificarla con temores de que la abandone por otra, y por complacerla dándole seguridad acerca de su amor que se expresa en sacrificar por ella aún cosas lícitas. Estas razones del corazón de la mujer no las entiende a veces la razón del varón. Bienaventurado el que llega a comprenderlas.

Podrán ser celos enfermizos, exagerados, podrá ser una debilidad y un defecto del carácter de la novia. Eso no entra en la consideración evangélica. San Pablo enseña que aunque uno tenga derecho de comer carne inmolada a los ídolos, ya que los ídolos no son nada y los cristianos firmes en su fe no peligran comiéndola, con todo, por consideración a los débiles de la comunidad, que se escandalizarían, deben renunciar, por caridad con los hermanos, a una comida que dañaría espiritualmente a sus hermanos. Y no hay proporción entre el beneficio material o psíquico propio que ese alimento proporciona, con el perjuicio espiritual que ocasiona a otros.

Así también, aunque un varón fuera ya casto y no peligrara mirando otras mujeres, (lo cual no es el caso de la mayoría de los jóvenes como tú) por atención a la debilidad de su novia, por no mortificarla, por no dar motivo de enojo o de tristeza, póngase una venda en los ojos. Hágase ciego por amor. Condescienda con el deseo de la novia. Hágase cargo de que el corazón de ella está estremecido por el terror de perderlo. Comprenda que los celos son una forma del pánico. Y no quiera asustar a la que ya está aterrorizada.

Y, en segundo lugar, de aquí resulta una consecuencia beneficiosa para el varón herido por el pecado, y cuya mirada a las demás mujeres muy frecuentemente, si no es pecado, es ocasión de pecado y a veces ocasión próxima, que debería evitar aunque no lo celara ninguna novia o esposa, por el solo bien de su alma. ¡Qué bueno que lo que debería hacer por amor a sí mismo, lo pueda hacer ahora por amor a la novia o a la esposa! Renunciar a la mirada peligrosa sobre otras mujeres. Como dice el justo Job: “Hice un pacto con mis ojos de no fijarme en doncellas” (Job 31,1).
Si es bueno para el varón hacer este pacto con sus ojos, para no exponerse al riesgo de la impureza del corazón, si es bueno hacerlo para no desagradar al Padre que nos disuade de la mirada lujuriosa ¿no es bueno hacer del pacto con los ojos, un pacto con la mujer amada? ¿No está tu novia reclamándote algo que te conviene y que si haces por amor a ella la pacificará sanándole el sobresalto crónico de su corazón de mujer? Es decir ¿no están los celos de tu novia, si los tomas en consideración por amor a ella, pidiéndote algo que redundará en tu bien? ¿No se convierte ella en el ángel tutelar de tu naturaleza de varón herida por el pecado original en la concupiscencia de la lujuria es decir en la mirada indiferenciada del macho sobre todas las hembras? ¿No te reclama ella la exclusiva de tu mirada por derecho de amistad, que es rescatarte del imperio del instinto? ¿No es bienhechora la exigencia de ella y no te levanta hacia la virtud de la castidad?
Tu padre en Cristo

En su momento le respondí a Carlos por carta, creo que ahora este libro contiene una respuesta mucho más fundamentada y extensa a su pregunta. Tanto para que entienda la naturaleza de los celos de su novia, como para que ella, y también él, entiendan lo que les pasa a ambos con las demás mujeres. Los celos de ella y las miradas de él, ambas cosas son heridas de la naturaleza como consecuencia del pecado original. Pero de la herida saca remedio la gracia. Y así, los celos de ella, atendidos con amor por él, se convierten en remedio para la lujuria de él y para la posesividad y los terrores del alma de ella. Pues no puede darle el varón a ella prueba más clara y fehaciente de su amor, que hacer pacto con sus ojos, y con los de su novia, de no mirar otras mujeres. Si ella ya no le basta con esto, entonces los celos pueden ser patológicos. Pero enferma o no, ella necesita la certeza de una amistad fiel.


7. NO AFLOJES
Dale que podés. Todavía no resististe hasta la sangre


Estimado Padre en Cristo:
¡Hola! ¿Cómo está? Espero que esté muy bien física y espiritualmente. Le escribo, porque tengo una duda, quería preguntarle si me podía ayudar. Como se acordará, yo estoy de novio con mi novia hace poco más de un año. Usted ya sabe cuál es el problema y no se lo tengo que volver a plantear aquí. Sinceramente el tema cada vez se vuelve más insoportable por muchas cosas, y nos está costando mucho hacerle frente aún cuando sabemos que tiene sus ventajas, y aún cuando (a pesar de que nos cueste actuar en consecuencia) sabemos que Cristo bendice a sus mejores amigos participándolos de los dolores de su Pasión.

Hasta el momento, creo que había sido yo más fuerte que ella en soportar el problema, siempre en forma optimista, tratando de dar ánimos, y me atrevería a decir que tratando de demostrar externamente una fuerza que nos diera ánimo a los dos a seguir el camino que habíamos empezado. No sé si habré cometido un error en haber hecho eso hasta ahora, porque en definitiva, no sé si la desazón que me viene ahora es producto de esa misma seguridad que traté de tener hasta ahora. Es como que se muestra que en realidad no soy tan fuerte como yo creía.

Ayer, mientras hablaba con mi novia, le conté lo que me estaba pasando, que me hacía sentir muy mal. Con un cansancio tremendo por el problema. Con una gran impotencia por no poder resolverlo. No le dije nada de lo que le cuento a usted de que yo pienso que hasta ahora había tenido un optimismo exterior que me daba fuerzas, pero que estaba medio bajoneado en ese sentido, no sé por qué. No sé si habré cometido un error al contarle lo que me pasaba. Ella se puso mal, porque ella ya se había sentido así, pero hasta ahora se había apoyado en mis fuerzas para salir del trance de esos bajones en que uno se plantea. Como le digo, se puso mal, y no sé bien qué pensará, y más que eso, no sé si será ella la del error, por ponerse mal por eso.
Francisco

Querido Francisco
Tu noviazgo no tiene por qué ser como el de otros novios que no tiene ese problema que tanto les molesta. Hay quienes se han casado después de haberlo tenido que padecer pacientemente ellos también. El noviazgo tuyo es el que el Señor te dio. Y tienes que vivirlo como te lo dio.
Los dones de Dios implican muchas veces cruces. Ese problema de ustedes no tiene por qué matar necesariamente la amistad de los novios, sino que la puede consolidar. Pero sobre todo puede ser, porque es cruz, motivo para que ambos crezcan juntos en la amistad con Dios, que es la caridad.

Yo no voy a entrar en esa dificultad. Pertenece a la virtud de la fortaleza el sobrellevarla. Me quiero referir a la experiencia que has hecho y de la que debes sacar enseñanza. Entre el Francisco fuerte que sostenía a su novia con la razón, y el Francisco que se hizo débil por empezar a oír la voz de los sentimientos, me quedo con el primero. Porque el amor es un acto de la voluntad regida por la razón. Y eso le pertenece sobre todo al varón. La mujer puede ceder a sus sentimientos con más facilidad, porque los tiene menos heridos por el pecado original. En el varón, donde el pecado original separó con un hachazo la sexualidad y el amor a la mujer, tanto la pasión, como la antesala de los sentimientos deben ser dominados por la razón iluminada por la fe.

Creo que la experiencia te muestra y es importantísimo que recojas la lección, que fue malo ceder al asalto de los sentimientos. Yo le llamaría una cierta regresión infantil. Cuanto más cedas a eso, como sucede con la desolación, según enseña San Ignacio de Loyola, tanto más gritarán y exigirán los sentimientos. Cuanto más los domines con la razón y la fe, tanto más se someterán. El niño que hay en ti querrá tirarse al suelo y decir ‘no puedo más’. Es el hombre el que debe levantarse y decir ‘puedo eso y más’. El peligro de la regresión a lo infantil, la tentación, está en convertir a la esposa en mamá. En ir a buscar consuelo en la mujer. Parece tan lógico y tan natural, pero ya ves qué peligroso es. Cuánto la ha dañado ver tu debilidad y cómo se ha desmoronado ella, en vez de lograr sostenerte. Es que debes crecer en fortaleza, precisamente por amor a ella, para protegerla a ella, en vez de acudir a buscar refugio en ella.

No te culpes de haber ignorado eso ni de haber cedido a lo que no advertías que es una regresión emocional a la debilidad infantil. Podrías culparte si no sacas experiencia de lo sucedido y vuelves a repetir el error, tan dañoso para tu novia. El hombre debe aprender a sufrir él y no echar su peso sobre las espaldas de la esposa. Así va dejando de ser niño ante la mujer y se convierte en caballero. Así va aprendiendo a morir.

En vez de desmoronarte ante esa dificultad, debes convertirla en un acicate para que no te venza, sino para poner lo que está de tu parte con redoblado empeño y gallardía.

Esto es en esencia lo que tengo para decirte.
Mientras te creíste fuerte, pudiste. No es que estuvieras equivocado en pensar que eras fuerte. Te equivocaste cuando empezaste a pensar que no lo eras. Te has equivocado, en ceder a la debilidad y pensar que ya no puedes resistir más. ¡Dale que podés! Como dice la Carta a los Hebreos: todavía no has resistido hasta la sangre (Hebreos 12,4).
Salud, Paz y Bendición

8. UNA CASA SOBRE ARENA
LA OSCURIDAD DEL PECADO
Usada y abusada


Tenía entre trece y catorce años cuando me enamoré por primera vez. No sabía qué era ese sentimiento, pero lo viví intensamente. Quería estar todo el día con él. Él en cambio no. Sólo venía a mi encuentro como escondiéndose, cuando estaba sola o pocas personas en la cercanía. En ese entonces me gustaba muchísimo bailar. Bailaba en una comparsa del campo que había organizado mis familiares. O en algún cumpleaños de quince al que me dejaban ir. Él solamente bailaba conmigo de acuerdo a quienes estaban presentes. Empecé a sentirme mal. Pensaba que él me despreciaba. Me sentía humillada, aunque por ese entonces no tenía claridad con mis sentimientos y no sabía nombrar lo que me pasaba. Solamente me sentía mal.

Él ponía las condiciones para nuestros encuentros a solas y a oscuras. Así sucedió que el día en que cumplía mis quince años tuve relaciones con él. Yo no sabía qué era eso. Solamente me dejé llevar, me entregué. Y de pronto me encontré toda ensangrentada, como toda rota. Me empecé a dar cuenta entonces de que todo había terminado antes de comenzar.

No tenía a nadie a quien confiarle lo que había vivido. Lo único que hacía era pensar en él y ver la manera de encontrarme con él, sin analizar nada. Era demasiado ignorante, demasiado incapaz de razonar nada. Sentía además que ya era demasiado tarde para empezar a razonar. Y no me animaba a hablar ni siquiera con él de lo que yo sentía y de lo mal que estaba. Así seguimos viéndonos a escondidas. Hasta que mis padres se enteraron. Pero se limitaban a decirme ‘portate bien’ cada vez que me iba al campo, a la casa de mis familiares, en esa zona en que vivía él. Yo no sabía cómo alcanzar ese ‘bien’. Me sentía sucia, usada y despreciada, todo a la vez. Pero no sabía cómo salir.

Seguí encontrándome con él sólo para seguir siendo usada. Esto lo digo hoy, pero en ese momento, yo no me daba cuenta. No entendía por qué mi madre, a veces, no quería dejarme ir al campo, que era para mí la ocasión de nuestros encuentros. Empecé a enojarme con ella. Porque el dolor, la soledad de la oscuridad del pecado, el vivirlo a escondidas empezaba a asfixiarme. Comencé a desmayarme en clase en la Escuela Secundaria, en la plaza, en los bailes. Sobre todo cuando lo veía a él bailar con otra. Ahora comprendo que yo ocupaba un segundo plano en su vida: ‘sólo uso y tiro’. Pero entonces yo pensaba que podía que él era tan mío como yo suya, y que podía atarlo a mí. Y no comprendía cómo se comportaba así.

Mis padres empezaron a preocuparse. Me llevaron de un médico a otro. Pero mi angustia no se iba y mi rabia contra mi madre era cada vez mayor. Ella solamente buscaba por todos los medios que me sintiera mejor, pero yo entonces no lo entendía. Yo vivía mirando lo bien que se sentían mis compañeras de la escuela y mis primas. Y me llenaba de envidia hacia ellas. Empecé a rechazar mi propio cuerpo. Me encontraba fea, gorda. Comencé a tomar vinagre de alcohol y a vomitar después. Me volví bulímica sin saber lo que era eso. Por supuesto que no se lo contaba a nadie. Hasta que un día mi madre me descubrió. Recuerdo que se enojó y que lloraba, porque en esa época escaseaba la comida en casa.

Yo no quería entonces a mis hermanos. Sentía envidia de mi hermana mayor, que estaba de novia con el que hoy es su esposo. Siempre la veía sonriente y acompañada por él en todas partes. Se los veía felices de estar juntos.
Yo seguía sumida en mi oscuridad y esperaba que sucediese un milagro que cambiase mi vida y me descargara de esa carga de culpa. Yo entonces de religión no sabía nada. Si bien había ido a un Colegio de Hermanas, sólo recordaba del Colegio cuando me decía que les pidiera a mis padres que pagaran la cuota o las veces en que no podía participar en alguna actividad porque mis padres no podían comprarme lo necesario. Con todo yo intenté estudiar cada día más con la ilusión de darle a mi familia todo lo que nos había faltado. Pensando que lo material nos iba a cambiar la vida; que, como por arte de magia o como en un mercado, iba a poder comprar el perdón y la sanación que tanto necesito.

Ese hombre – te tengo todavía tanto amor y rabia al mismo tiempo – se fue a otro lugar.
Yo seguí buscando afecto en cuanto hombre se cruzaba en mi camino. Siempre con el mismo resultado. Sólo me usaban y luego me dejaban. Hasta incluso con el que hoy es mi pareja, el padre de mis hijos, con el que parecía que todo iba a ser diferente. Pero no. El día que le dije que estaba embarazada de él, me dijo que ni pensara que él se iba a casar conmigo y se fue y desapareció. Iban pasando los días y un día vuelve y quiere que vaya al médico y le pida que me haga un aborto. Y yo fui no más. Solamente que me encontré en el médico y en su esposa a Jesús. Me dijo: ‘¡Ni lo digas! ¡No sabés lo que me estás pidiendo!’. Cuando salí del consultorio él se enojó muchísimo y quería llevarme a otro lado. Pero yo ya no lo permití.

Vuelvo a mi casa y al otro día le digo a mí padre: ‘estoy embarazada y fulano no quiere casarse’ ¡como si fuera si hubiera sido una decisión que él hubiera tenido que tomar por lógica! Pasaban los días y la angustia crecía. Para estos días ya todos sabían y algunos me miraban con lástima y otros se daban vuelta para reírse o me miraban de forma burlesca y humillante.

Un día, inesperadamente, aparece, en el lugar en que yo trabajaba, mi primer amor, a decirme que no me case y que él me ayudaría a cuidar a mi hijo o hija. Yo no escuché lo que me dijo porque creía que era una burla y me sentí todavía más denigrada por él. Él se fue diciéndome que no me casara ni buscara casarme con el padre de mi hijo – con el que eran conocidos – porque él no me quería.

¡Qué casualidad! A los pocos minutos de irse él, aparecen los padres del padre de mi hijo, que hoy es mi esposo, a decirme que iban a hablar con su hijo para que se casara conmigo. Y así fue. Yo acepté aún sabiendo que él no me quería para sacarle un poco la vergüenza a mis padres. Aunque me retumbaban en la cabeza las palabras de mi madre: ‘Ese chico no es para vos. Es de una familia que tiene otros intereses, otras costumbres’. Ellos estaban económicamente bien. Y así fue que armaron una fiesta, en la que a veces me parece que no hubiera estado nunca. Lo único que recuerdo es que le pedí a Dios que me convirtiera en la persona que el padre de mi hijo necesitaba a su lado para ser feliz. Hace hoy veintitrés años de esto y creo que nunca lo fue. Sólo se fue acostumbrando a tener en mí una persona a su lado que lo sirviera y viviera en función de todo lo que él quiere. Y digo esto porque lo he visto con otras mujeres. He atendido llamadas telefónicas de algunas de ellas. Algunas me han llamado para burlarse de mí, para lastimarme. Un día, en que volví a casa después de haber salido para el trabajo, a buscar algo que me había olvidado, saqué a una de debajo de nuestro lecho conyugal. Horas, días, semanas sola. Sin saber si volvió o no. Cada vez que intentaba hablar con él, terminábamos en una discusión y después pasábamos días sin hablarnos.

Tengo un segundo hijo. El mayor tiene veintitrés años y el segundo dieciséis. Cuando están juntos los escucho todo el día insultarse con expresiones groseras, desearse la muerte. Son bautizados y tomaron la primera comunión y la nena la Confirmación. Pero hecho todo como un trámite, porque no se vive en la gracia del amor de Dios.
Estuve internada en más de una oportunidad, porque ya no quiero vivir en esta angustia, soledad y dolor. Es verdad que Dios siempre se encargó de mandarme a alguien en el momento justo. Pero no lo dejo que Él actúe en mí. Siempre quiero hacer mi voluntad, como si yo supiera qué es lo mejor para mí.

Vivir en la oscuridad. Sentir que siempre hiciste mal todo. Y no permitir que Él actúe. Es vivir sin saber para qué. Es estar muerta en vida. Y quisiera poder trasmitir lo que siento en estos momentos en que, por primera vez en mi vida, no puedo creerlo, parece que me siento blanda, suave, liviana, sin el peso del pasado aplastándome.

Gracias Padre, por haberme recibido, a pedido de la amiga que desde hace veintitrés años se preocupa de que yo pueda liberarme de tanto peso y de tanto dolor, que no me permitió nunca disfrutar de todo lo hermoso que tiene la vida. Porque siempre me sentía culpable de que me sucediera algo bueno a mí, que no me lo merecía por estar en pecado siempre.

Y a propósito de esto, le cuento que hace tres años, después de veinte años, volvió el hombre que fue mi primer amor, del que podría decir que fue aquél con quien viví el pecado que me destruyó para siempre y creo que puedo decir que hasta hoy. ¡¿Y sabe que al escucharlo sentí una alegría tan grande?! Una alegría que sé que ya no puedo manifestarla porque ya es tarde y construir algo con él es algo imposible para mí humanamente hablando. Y sin embargo, nos encontramos y me volví a entregar. Me parece que fue como un momento de locura por desesperación. Como una no aceptación de que estuviera arruinado para siempre lo que yo arruiné y el que me arruinó.

Padre, no sé si pude contarle todo. Espero que esto sirva de testimonio y de experiencia para alguna jovencita. Para que no cometa mis mismos errores. Le pido que interceda por mí ante el Padre Todopoderoso, al que le digo como decía Usted: ‘¡Padre, engéndrame de nuevo, perdóname y bendíceme!’.

Padre, también le pido una bendición para mis padres con los que durante mucho tiempo estuve enojada, para mis hermanos. Y en especial para mis dos hijos varones, para su padre y para la amiga que me consiguió la entrevista con Usted. Gracias Padre.
Irene,
una pecadora que encontró un rayo de luz.




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