Autor: | Editorial:
Vive con ideales
Descubre las cosas sencillas de la vida: el encanto de la amistad, las flores para un enfermo, un apretón de manos, una sonrisa, el silencio de una iglesia o el canto de un pajarito, un riachuelo, una montaña
Dile a cada uno de los que pasen a tu lado, con palabras o sin palabras, que los amas. Irradia amor y alegría. No dejes escapar ninguna de las oportunidades, que se te presenten, para ayudar y servir a los demás.
En la novela La peste de Albert Camus, se habla de Rambert, un periodista francés que viaja a Orán para hacer un reportaje pocos días antes de que se desencadene en la ciudad la temible peste. La peste lo sorprende en Orán y queda encerrado en la ciudad declarada en cuarentena. Su primera reacción es de ira, pues el problema de la ciudad no es su problema. Él pertenece a otro mundo, el suyo es un caso personal, y cree que las medidas de las autoridades no le obligan. Por eso, decide escapar, para salvarse de la peste.
Antes de hacerlo, consulta con el doctor Rieux, que ha renunciado a su seguridad para dedicarse a curar a los enfermos. El doctor respeta su decisión y su derecho a ser feliz, y quiere ayudarlo. Pero, mientras Rambert prepara su escapada, va descubriendo que, cuando en una ciudad hay peste, ya no hay casos personales, que todos los hombres están unidos por un mismo destino. Entonces, se da cuenta de que ser hombre es una idea muy pobre, cuando uno se aparta del amor; y empieza a sentir vergüenza de ser feliz él solo. De modo que renuncia a su dicha personal para entregarse a combatir el dolor de todos. Es, en ese momento, cuando nace en él algo que no sospechaba, uno de los sentimientos más nobles del ser humano: la solidaridad. Entiende que vivir él solo es vivir sin vivir, pues hay que vivir para hacer felices a los demás.
El escritor ruso Turgueneff relata que, en cierta ocasión, se encontró con un mendigo sucio y mal vestido. Dice: Lloraba y pedía una limosna. Rebusqué en todos mis bolsillos, pero no tenía dinero. El mendigo esperaba. Su mano extendida temblaba ligeramente. Perplejo, cogí su mano sucia y la estreché y le dije: Perdona, hermano, no tengo nada que darte. El mendigo me miró, dejando entrever una sonrisa y correspondió al apretón de manos. No te molestes, me dijo, gracias por este gesto que ha sido para mí un gran regalo. Gracias.
Guido de Fontgalland era un joven francés, cuya biografía es conocida en todo el mundo. Cuando solía dar limosna a un pobre, solía apretarle la mano. Y, cuando le preguntaron por qué lo hacía, respondió: Quiero ofrecer algo a los pobres. El dinero que doy es de mi padre, pero el apretón de manos es mío.
Cuenta Rilke que en París pasaba siempre junto a una mujer a la que arrojaba una moneda en el sombrero. La mendiga permanecía totalmente impasible como si careciese de alma. Un buen día Rilke le regala una rosa. Y en ese momento su rostro florece. Él ve por primera vez que ella tiene sentimientos. La mujer sonríe, luego se marcha y durante ocho días deja de mendigar porque le han dado algo más valioso que el dinero56.
Raúl Follereau, el apóstol de los leprosos, refiere que, en una oportunidad, estaba haciendo una visita a una leprosería en una isla del Pacífico. Y en medio de tantas llagas y mutilaciones horribles, producidas por la enfermedad, observó que había un anciano enfermo, que siempre estaba sonriente y con los ojos luminosos. Tenía el cuerpo cubierto de llagas como sus compañeros, pero irradiaba amor y paz.
Follereau lo espió para encontrar una razón a su felicidad. Y descubrió que todos los días, al amanecer, el anciano leproso se arrastraba hasta la verja de la leprosería y se quedaba esperando. No esperaba la salida del sol. Esperaba a una anciana señora, que tenía el rostro arrugado, pero unos ojos llenos de dulzura. La mujer no decía una sola palabra. Sólo le dirigía miradas llenas de dulzura y las más hermosas sonrisas. Y el rostro de aquel hombre se iluminaba y le respondía también con sonrisas. Después de unos pocos minutos, el anciano se incorporaba y regresaba al pabellón de los enfermos.
Cuando Raúl Follereau le preguntó quién era, le respondió: Es mi esposa. Antes de venir aquí, me curaba en secreto con todos los remedios que encontraba. Ella todos los días me recubría la cara con una pomada, excepto un pequeño espacio, lo suficiente como para colocar sus labios y darme un beso. Pero me cogieron y me trajeron aquí. Ella me siguió. No la dejaron entrar. Por eso, cada día viene a verme y me hace sentir que me quiere. Sólo por ella vale la pena seguir viviendo. Su sonrisa me alegra la vida y me hace sentirme feliz.
Reiko Kitahara era una joven católica, hija de un profesor, que vivía en Tokio después de la segunda guerra mundial. Ella quiso ir a vivir a una zona pobre, que había sido bombardeada en la guerra y había quedado reducida a escombros. Allí había crecido una barricada, llamada la ciudad de las hormigas. Era el hogar de los traperos, que buscaban por los basureros, ropa, hierros y cualquier cosa útil que pudieran vender. Reiko los visitaba, animaba a los ancianos, cuidaba a los enfermos y a todos les regalaba su maravillosa sonrisa.
Cuando los traperos iban a trabajar por las mañanas oscuras, ella salía a su encuentro para saludarlos y darles una bendición, deseándoles un día prospero y bueno. Al atardecer, estaba en el mismo sitio para saludarlos y bendecirlos de nuevo, al regreso a sus casas. Ellos la querían mucho y apreciaban aquellos gestos de cariño y compasión. Llegó a ser conocida por ellos en su idioma como la virgen dichosa de la ciudad de las hormigas. Después de algunos años, enfermó y contrajo la tuberculosis. Pero quiso quedarse entre ellos, porque aquella era su gente y allí quería morir. Vivía en una casita muy pobre como todos y no tenía medicinas ni comodidades. Murió joven y compadecida por todos. Cuando fueron a enterrarla, encontraron un cuaderno debajo de su almohada. Las únicas palabras que había escrito eran: ¿No vas a sonreír ahora mismo? Eso era lo que siempre se recordaba a sí misma, cuando estaba enferma y cercana a morir. Ella quería ser la sonrisa viviente para los demás. No quería que los demás estuvieran tristes por ella. Ella vivía con Dios en su corazón y tenía la esperanza de resucitar. Por eso, vivía feliz e irradiaba a todos su hermosa sonrisa y su alegría indestructible. Vivir para los demás había sido su meta, pero vivir con una sonrisa.
Hay una anécdota muy interesante del joven Karol Wojtyla, que hizo pública la señora Edith Zirer, al ser nombrado Papa, con el nombre de Juan Pablo II. Ella vive en Haifa, Israel, desde 1951 y tiene dos hijos. Consiguió tener una audiencia con el Papa para agradecerle personalmente la ayuda recibida por él en enero de 1945. Dice:
El 28 de enero de 1945, los soldados rusos me liberaron del campo de concentración de Hassak, donde había estado encerrada casi tres años, trabajando en una fábrica de municiones. Yo tenía trece años y me sentía confundida y enferma. Estaba sola y sin familia. Dos días después, llegué a una estación ferroviaria entre Czestochowa y Cracovia. Estaba convencida de haber llegado al final de mi viaje. Me eché por tierra en un rincón de una gran sala, donde se reunían decenas de prófugos que en su mayoría todavía vestían los uniformes con los números de los campos de concentración. Entonces, Karol Wojtyla me vio. Vino con una gran taza de té, la primera bebida caliente que había podido probar en las últimas semanas. Después me trajo un bocadillo de queso, hecho con pan negro polaco, que estaba divino. Pero yo estaba demasiado cansada y no tenía ganas de comer. Él me obligó a comer. Después, me dijo que tenía que caminar para coger el tren en la próxima estación. Lo intenté, pero caí al suelo. Entonces, él me tomó en sus brazos y me llevó cuatro kilómetros sobre la nieve para tomar el tren hacia la salvación. Hacía mucho frío y caía la nieve. Pero recuerdo bien su chaqueta marrón y su voz tranquila, que me contaba la muerte de sus padres y de su hermano, de la soledad en que se encontraba y de la necesidad de no dejarse llevar por la desesperación, sino de luchar para sobrevivir. Su nombre se quedó grabado indeleblemente en mi memoria57.
Nunca pudo olvidar aquella fría mañana de 1945, cuando un sacerdote joven de 25 años, alto y fuerte, la llevó en sus brazos durante cuatro kilómetros para darle esperanzas para seguir viviendo. Ella era la única de toda su familia que había sobrevivido a la masacre nazi.
Y tú ¿qué haces por los demás? Al menos, sonríe, ayuda, sirve Haz algo, no te duermas, no te escondas con tus problemas. ¿Y los demás? ¿No te interesan? Vive con perspectivas de eternidad.
Vive de colores. Aprecia el azul del cielo, la hermosura de las flores, la buena música, el susurro de la fuente, el silbido del viento, el verdor de los campos, la alegría de los niños. Y, cuando todo te salga mal y estés enfermo o todo parezca oscuro, sin futuro y sin esperanza, levanta tu mirada al cielo, allí está tu Padre Dios, que te conoce y te ama. ¿Acaso crees que Él no sabe lo que te pasa? ¿Acaso crees que no escucha tu oración? A veces, puede parecer que te abandona, porque guarda silencio, pero está vigilante y atento a tus problemas.
Sigue sus caminos y, como principio de tu vida, practica siempre la caridad, la honradez, la sinceridad, la responsabilidad y la honestidad. Nunca hagas daño a nadie. No te vendas ni te dejes sobornar. Sé siempre auténtico, y respeta y honra tu palabra. Sé un hombre de palabra. Cumple tus obligaciones y sé honrado y honorable.
Nunca tengas odio ni rencor para nadie. Nunca digas groserías. Y nunca pierdas el tiempo en cosas vanas, pues el tiempo es un tesoro del que Dios te pedirá cuentas. En todo tiempo, procura hacer felices a los demás. Haz que se sientan importantes. Diles que los quieres. Díselo con una sonrisa o con una palabra de aliento, pero nunca ofendas ni desprecies a nadie con tus palabras o comportamientos. Sé siempre, un caballero y actúa con educación. Lo cortés no quita lo valiente.
Vive cada día como si fuera un milagro. Alégrate de ver salir el sol cada mañana, alégrate porque tus ojos ven, tus manos tocan, tus pies caminan o, por lo menos, porque estás vivo y puedes seguir amando y haciendo el bien a los demás. Mira con ojos limpios a la gente. Si eres capaz de reír, de perdonar, de amar y de alegrar a los demás, es que Dios vive en tu corazón. Y no te olvides de sonreír, porque la sonrisa embellece tu rostro más que todos los cosméticos del mundo. Y es la distancia más corta entre dos personas. Piensa siempre en positivo y piensa en cosas grandes. Tu vida, aunque creas que no tienes grandes cualidades, para Dios vale más de lo que te imaginas.
Hay un cuento que dice que un joven se creía un inútil, porque todo el mundo, empezando por su familia, le decía palabras negativas. Todos le decían que no servía para nada, que era un torpe o que era un idiota. Y él se lo había creído. Un día, fue a ver a un maestro espiritual para pedirle ayuda para que todos lo valoraran un poco más y no le estuvieran diciendo continuamente que no servía para nada. El maestro le respondió:
En este momento, estoy muy ocupado y preocupado por mis propios problemas. Pero, si tú me ayudas a solucionarlos, te ayudaré en tu problema.
El joven sintió que, otra vez más, incluso el maestro lo marginaba y no le daba importancia, pero respondió:
Bien, maestro, le ayudaré con la esperanza de que, después, pueda ayudarme. ¿En qué puedo servirlo? El maestro le dijo:
Mira, hijo, vete a las tiendas de la ciudad y vende este anillo, pero deben darte, por lo menos, una moneda de oro. No lo vendas por menos.
El joven se fue contento, queriendo ayudar a su maestro. Recorrió todas las tiendas de la ciudad. Y todos se reían de él, porque pedía un precio tan elevado. Solamente querían darle una moneda de cobre o de bronce. Así que el joven regresó donde su maestro, lleno de tristeza, para decirle que nadie le quería dar una moneda de oro. Entonces, el maestro le dijo:
Hijo mío, no queremos engañar a nadie, pero los joyeros saben muy bien cuánto valen las joyas. Así que vete a un joyero y que tase el anillo y, de acuerdo a lo que nos diga, lo venderemos en su justo precio. El joven se fue a un joyero y éste, después de examinarlo bien, le dijo:
Este anillo vale 70 monedas de oro, pero ahora solamente podría darte 50. Como máximo, en unos días, podría darte hasta 58 monedas de oro.
El joven, lleno de alegría, regresó a ver a su maestro y le contó la gran noticia que le había dado el joyero. El maestro le dijo:
Hijo mío, a ti te pasa algo parecido. Nadie quiere dar una moneda de oro por ti. Creen que vales poco, no te valoran y tú te lo has creído. Pero Dios, que te ha creado y sabe lo que vales, te está diciendo que vales tanto como la vida de Cristo que entregó por salvarte. Él te ama infinitamente. Así que no te devalúes, levanta la cabeza, vales más de 70 monedas de oro, vales más de lo que te imaginas y Dios a nadie en el mundo ha amado ni amará jamás más que a ti, te ama con todo su infinito amor.
Así que tú sonríe a la vida y no te preocupes de tus limitaciones. No te importe lo que digan o no digan los demás. Piensa, más bien, lo que dice Dios de ti. Procura quedar bien ante Dios y no te preocupes tanto de quedar bien ante los demás. Tienes una gran misión en esta vida. Cúmplela.
Si no puedes ser pino en la cima de una colina,
sé maleza en el valle;
pero sé la maleza mejor junto al torrente.
Sé arbusto, si no puedes ser árbol.
Si no puedes ser sol, sé estrella.
No vencerás por el volumen,
sino por ser el mejor de lo que seas.
Y recuerda que el único fracasado es el que se da por vencido. Por eso, aun en medio de las mayores dificultades y fracasos de la vida, confía en Dios y pon de tu parte todo lo que puedas. Dios no puede pedirte más. Duerme tranquilo, pues tu Padre Dios está contento de ti y te ama tal como eres. Recuerda las palabras del poeta Ricardo León:
Hay que vivir siempre en vela,
puesta la mano en el pecho,
siempre alerta los oídos
y los párpados abiertos.
Hay que despertar al ángel
que todos llevamos dentro.
Carta a una madre que desea abortar.
Un hijo para la eternidad. Carta de Jesús. Oración.
En la novela La peste de Albert Camus, se habla de Rambert, un periodista francés que viaja a Orán para hacer un reportaje pocos días antes de que se desencadene en la ciudad la temible peste. La peste lo sorprende en Orán y queda encerrado en la ciudad declarada en cuarentena. Su primera reacción es de ira, pues el problema de la ciudad no es su problema. Él pertenece a otro mundo, el suyo es un caso personal, y cree que las medidas de las autoridades no le obligan. Por eso, decide escapar, para salvarse de la peste.
Antes de hacerlo, consulta con el doctor Rieux, que ha renunciado a su seguridad para dedicarse a curar a los enfermos. El doctor respeta su decisión y su derecho a ser feliz, y quiere ayudarlo. Pero, mientras Rambert prepara su escapada, va descubriendo que, cuando en una ciudad hay peste, ya no hay casos personales, que todos los hombres están unidos por un mismo destino. Entonces, se da cuenta de que ser hombre es una idea muy pobre, cuando uno se aparta del amor; y empieza a sentir vergüenza de ser feliz él solo. De modo que renuncia a su dicha personal para entregarse a combatir el dolor de todos. Es, en ese momento, cuando nace en él algo que no sospechaba, uno de los sentimientos más nobles del ser humano: la solidaridad. Entiende que vivir él solo es vivir sin vivir, pues hay que vivir para hacer felices a los demás.
El escritor ruso Turgueneff relata que, en cierta ocasión, se encontró con un mendigo sucio y mal vestido. Dice: Lloraba y pedía una limosna. Rebusqué en todos mis bolsillos, pero no tenía dinero. El mendigo esperaba. Su mano extendida temblaba ligeramente. Perplejo, cogí su mano sucia y la estreché y le dije: Perdona, hermano, no tengo nada que darte. El mendigo me miró, dejando entrever una sonrisa y correspondió al apretón de manos. No te molestes, me dijo, gracias por este gesto que ha sido para mí un gran regalo. Gracias.
Guido de Fontgalland era un joven francés, cuya biografía es conocida en todo el mundo. Cuando solía dar limosna a un pobre, solía apretarle la mano. Y, cuando le preguntaron por qué lo hacía, respondió: Quiero ofrecer algo a los pobres. El dinero que doy es de mi padre, pero el apretón de manos es mío.
Cuenta Rilke que en París pasaba siempre junto a una mujer a la que arrojaba una moneda en el sombrero. La mendiga permanecía totalmente impasible como si careciese de alma. Un buen día Rilke le regala una rosa. Y en ese momento su rostro florece. Él ve por primera vez que ella tiene sentimientos. La mujer sonríe, luego se marcha y durante ocho días deja de mendigar porque le han dado algo más valioso que el dinero56.
Raúl Follereau, el apóstol de los leprosos, refiere que, en una oportunidad, estaba haciendo una visita a una leprosería en una isla del Pacífico. Y en medio de tantas llagas y mutilaciones horribles, producidas por la enfermedad, observó que había un anciano enfermo, que siempre estaba sonriente y con los ojos luminosos. Tenía el cuerpo cubierto de llagas como sus compañeros, pero irradiaba amor y paz.
Follereau lo espió para encontrar una razón a su felicidad. Y descubrió que todos los días, al amanecer, el anciano leproso se arrastraba hasta la verja de la leprosería y se quedaba esperando. No esperaba la salida del sol. Esperaba a una anciana señora, que tenía el rostro arrugado, pero unos ojos llenos de dulzura. La mujer no decía una sola palabra. Sólo le dirigía miradas llenas de dulzura y las más hermosas sonrisas. Y el rostro de aquel hombre se iluminaba y le respondía también con sonrisas. Después de unos pocos minutos, el anciano se incorporaba y regresaba al pabellón de los enfermos.
Cuando Raúl Follereau le preguntó quién era, le respondió: Es mi esposa. Antes de venir aquí, me curaba en secreto con todos los remedios que encontraba. Ella todos los días me recubría la cara con una pomada, excepto un pequeño espacio, lo suficiente como para colocar sus labios y darme un beso. Pero me cogieron y me trajeron aquí. Ella me siguió. No la dejaron entrar. Por eso, cada día viene a verme y me hace sentir que me quiere. Sólo por ella vale la pena seguir viviendo. Su sonrisa me alegra la vida y me hace sentirme feliz.
Reiko Kitahara era una joven católica, hija de un profesor, que vivía en Tokio después de la segunda guerra mundial. Ella quiso ir a vivir a una zona pobre, que había sido bombardeada en la guerra y había quedado reducida a escombros. Allí había crecido una barricada, llamada la ciudad de las hormigas. Era el hogar de los traperos, que buscaban por los basureros, ropa, hierros y cualquier cosa útil que pudieran vender. Reiko los visitaba, animaba a los ancianos, cuidaba a los enfermos y a todos les regalaba su maravillosa sonrisa.
Cuando los traperos iban a trabajar por las mañanas oscuras, ella salía a su encuentro para saludarlos y darles una bendición, deseándoles un día prospero y bueno. Al atardecer, estaba en el mismo sitio para saludarlos y bendecirlos de nuevo, al regreso a sus casas. Ellos la querían mucho y apreciaban aquellos gestos de cariño y compasión. Llegó a ser conocida por ellos en su idioma como la virgen dichosa de la ciudad de las hormigas. Después de algunos años, enfermó y contrajo la tuberculosis. Pero quiso quedarse entre ellos, porque aquella era su gente y allí quería morir. Vivía en una casita muy pobre como todos y no tenía medicinas ni comodidades. Murió joven y compadecida por todos. Cuando fueron a enterrarla, encontraron un cuaderno debajo de su almohada. Las únicas palabras que había escrito eran: ¿No vas a sonreír ahora mismo? Eso era lo que siempre se recordaba a sí misma, cuando estaba enferma y cercana a morir. Ella quería ser la sonrisa viviente para los demás. No quería que los demás estuvieran tristes por ella. Ella vivía con Dios en su corazón y tenía la esperanza de resucitar. Por eso, vivía feliz e irradiaba a todos su hermosa sonrisa y su alegría indestructible. Vivir para los demás había sido su meta, pero vivir con una sonrisa.
Hay una anécdota muy interesante del joven Karol Wojtyla, que hizo pública la señora Edith Zirer, al ser nombrado Papa, con el nombre de Juan Pablo II. Ella vive en Haifa, Israel, desde 1951 y tiene dos hijos. Consiguió tener una audiencia con el Papa para agradecerle personalmente la ayuda recibida por él en enero de 1945. Dice:
El 28 de enero de 1945, los soldados rusos me liberaron del campo de concentración de Hassak, donde había estado encerrada casi tres años, trabajando en una fábrica de municiones. Yo tenía trece años y me sentía confundida y enferma. Estaba sola y sin familia. Dos días después, llegué a una estación ferroviaria entre Czestochowa y Cracovia. Estaba convencida de haber llegado al final de mi viaje. Me eché por tierra en un rincón de una gran sala, donde se reunían decenas de prófugos que en su mayoría todavía vestían los uniformes con los números de los campos de concentración. Entonces, Karol Wojtyla me vio. Vino con una gran taza de té, la primera bebida caliente que había podido probar en las últimas semanas. Después me trajo un bocadillo de queso, hecho con pan negro polaco, que estaba divino. Pero yo estaba demasiado cansada y no tenía ganas de comer. Él me obligó a comer. Después, me dijo que tenía que caminar para coger el tren en la próxima estación. Lo intenté, pero caí al suelo. Entonces, él me tomó en sus brazos y me llevó cuatro kilómetros sobre la nieve para tomar el tren hacia la salvación. Hacía mucho frío y caía la nieve. Pero recuerdo bien su chaqueta marrón y su voz tranquila, que me contaba la muerte de sus padres y de su hermano, de la soledad en que se encontraba y de la necesidad de no dejarse llevar por la desesperación, sino de luchar para sobrevivir. Su nombre se quedó grabado indeleblemente en mi memoria57.
Nunca pudo olvidar aquella fría mañana de 1945, cuando un sacerdote joven de 25 años, alto y fuerte, la llevó en sus brazos durante cuatro kilómetros para darle esperanzas para seguir viviendo. Ella era la única de toda su familia que había sobrevivido a la masacre nazi.
Y tú ¿qué haces por los demás? Al menos, sonríe, ayuda, sirve Haz algo, no te duermas, no te escondas con tus problemas. ¿Y los demás? ¿No te interesan? Vive con perspectivas de eternidad.
Vive de colores. Aprecia el azul del cielo, la hermosura de las flores, la buena música, el susurro de la fuente, el silbido del viento, el verdor de los campos, la alegría de los niños. Y, cuando todo te salga mal y estés enfermo o todo parezca oscuro, sin futuro y sin esperanza, levanta tu mirada al cielo, allí está tu Padre Dios, que te conoce y te ama. ¿Acaso crees que Él no sabe lo que te pasa? ¿Acaso crees que no escucha tu oración? A veces, puede parecer que te abandona, porque guarda silencio, pero está vigilante y atento a tus problemas.
Sigue sus caminos y, como principio de tu vida, practica siempre la caridad, la honradez, la sinceridad, la responsabilidad y la honestidad. Nunca hagas daño a nadie. No te vendas ni te dejes sobornar. Sé siempre auténtico, y respeta y honra tu palabra. Sé un hombre de palabra. Cumple tus obligaciones y sé honrado y honorable.
Nunca tengas odio ni rencor para nadie. Nunca digas groserías. Y nunca pierdas el tiempo en cosas vanas, pues el tiempo es un tesoro del que Dios te pedirá cuentas. En todo tiempo, procura hacer felices a los demás. Haz que se sientan importantes. Diles que los quieres. Díselo con una sonrisa o con una palabra de aliento, pero nunca ofendas ni desprecies a nadie con tus palabras o comportamientos. Sé siempre, un caballero y actúa con educación. Lo cortés no quita lo valiente.
Vive cada día como si fuera un milagro. Alégrate de ver salir el sol cada mañana, alégrate porque tus ojos ven, tus manos tocan, tus pies caminan o, por lo menos, porque estás vivo y puedes seguir amando y haciendo el bien a los demás. Mira con ojos limpios a la gente. Si eres capaz de reír, de perdonar, de amar y de alegrar a los demás, es que Dios vive en tu corazón. Y no te olvides de sonreír, porque la sonrisa embellece tu rostro más que todos los cosméticos del mundo. Y es la distancia más corta entre dos personas. Piensa siempre en positivo y piensa en cosas grandes. Tu vida, aunque creas que no tienes grandes cualidades, para Dios vale más de lo que te imaginas.
Hay un cuento que dice que un joven se creía un inútil, porque todo el mundo, empezando por su familia, le decía palabras negativas. Todos le decían que no servía para nada, que era un torpe o que era un idiota. Y él se lo había creído. Un día, fue a ver a un maestro espiritual para pedirle ayuda para que todos lo valoraran un poco más y no le estuvieran diciendo continuamente que no servía para nada. El maestro le respondió:
En este momento, estoy muy ocupado y preocupado por mis propios problemas. Pero, si tú me ayudas a solucionarlos, te ayudaré en tu problema.
El joven sintió que, otra vez más, incluso el maestro lo marginaba y no le daba importancia, pero respondió:
Bien, maestro, le ayudaré con la esperanza de que, después, pueda ayudarme. ¿En qué puedo servirlo? El maestro le dijo:
Mira, hijo, vete a las tiendas de la ciudad y vende este anillo, pero deben darte, por lo menos, una moneda de oro. No lo vendas por menos.
El joven se fue contento, queriendo ayudar a su maestro. Recorrió todas las tiendas de la ciudad. Y todos se reían de él, porque pedía un precio tan elevado. Solamente querían darle una moneda de cobre o de bronce. Así que el joven regresó donde su maestro, lleno de tristeza, para decirle que nadie le quería dar una moneda de oro. Entonces, el maestro le dijo:
Hijo mío, no queremos engañar a nadie, pero los joyeros saben muy bien cuánto valen las joyas. Así que vete a un joyero y que tase el anillo y, de acuerdo a lo que nos diga, lo venderemos en su justo precio. El joven se fue a un joyero y éste, después de examinarlo bien, le dijo:
Este anillo vale 70 monedas de oro, pero ahora solamente podría darte 50. Como máximo, en unos días, podría darte hasta 58 monedas de oro.
El joven, lleno de alegría, regresó a ver a su maestro y le contó la gran noticia que le había dado el joyero. El maestro le dijo:
Hijo mío, a ti te pasa algo parecido. Nadie quiere dar una moneda de oro por ti. Creen que vales poco, no te valoran y tú te lo has creído. Pero Dios, que te ha creado y sabe lo que vales, te está diciendo que vales tanto como la vida de Cristo que entregó por salvarte. Él te ama infinitamente. Así que no te devalúes, levanta la cabeza, vales más de 70 monedas de oro, vales más de lo que te imaginas y Dios a nadie en el mundo ha amado ni amará jamás más que a ti, te ama con todo su infinito amor.
Así que tú sonríe a la vida y no te preocupes de tus limitaciones. No te importe lo que digan o no digan los demás. Piensa, más bien, lo que dice Dios de ti. Procura quedar bien ante Dios y no te preocupes tanto de quedar bien ante los demás. Tienes una gran misión en esta vida. Cúmplela.
sé maleza en el valle;
pero sé la maleza mejor junto al torrente.
Sé arbusto, si no puedes ser árbol.
Si no puedes ser sol, sé estrella.
No vencerás por el volumen,
sino por ser el mejor de lo que seas.
Y recuerda que el único fracasado es el que se da por vencido. Por eso, aun en medio de las mayores dificultades y fracasos de la vida, confía en Dios y pon de tu parte todo lo que puedas. Dios no puede pedirte más. Duerme tranquilo, pues tu Padre Dios está contento de ti y te ama tal como eres. Recuerda las palabras del poeta Ricardo León:
puesta la mano en el pecho,
siempre alerta los oídos
y los párpados abiertos.
Hay que despertar al ángel
que todos llevamos dentro.


