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Nunca es demasiado tarde
Nunca es demasiado tarde para rectificar la vida, para buscar y encontrar a Dios. Hay muchos casos de personas, que han vivido una vida vacía, buscando el placer y el dinero, y se han convertido. Incluso, delincuentes que, a última hora, cuando estaban para morir, han reconocido su error y han pedido perdón a Dios. Recordemos al buen ladrón del Evangelio.
En la vida de santa Teresita del Niño Jesús se habla de Pranzini, un criminal condenado a muerte por sus horribles crímenes. Ella rezó por su salvación y dice: Al día siguiente de la ejecución, cayó en mis manos el periódico La Croix. Lo abrí apresuradamente y ¿qué fue lo que vi? ¡Ah! Las lágrimas traicionaron mi emoción y hube de esconderme. Pranzini no se había confesado. Había subido al cadalso y estaba a punto de meter su cabeza en el lúgubre agujero, cuando, de repente, herido por una súbita inspiración, se volvió, cogió el crucifijo que le presentaba el sacerdote, ¡y besó por tres veces sus llagas sagradas! Luego, su alma voló a recibir la sentencia misericordiosa de aquel que declara que, en el cielo, habrá más gozo por un solo pecador que se arrepiente que por noventa y nueve juntos que no tienen necesidad de penitencia (MA fol 46).
Víctor Hugo, el famoso novelista francés, escribía en 1862 en su libro Los Miserables: Un hombre fue condenado a muerte por asesinato. Era un desgraciado, no completamente ignorante ni del todo falto de instrucción. La víspera del día fijado para la ejecución del condenado, el capellán de la prisión cayó enfermo. Fueron a buscar al párroco, pero parece ser que se negó. El obispo (Charles Francois Bienvenu Myriel) acudió inmediatamente a la cárcel y bajó al calabozo. Llamó al reo por su nombre, le tomó la mano y le habló. Pasó todo el día y toda la noche a su lado, olvidando el alimento y el sueño, rogando a Dios por su alma. Fue padre, hermano y amigo. Obispo sólo para bendecir. Le enseñó todo, tranquilizándole. Aquel hombre iba a morir desesperado. La muerte era para él como un abismo. Estremecido en el umbral de la tumba, retrocedía horrorizado Pero el obispo le hizo ver la luz.
A la mañana siguiente, cuando fueron a buscar al condenado, el obispo estaba allí. Le siguió y se presentó a los ojos de la multitud con su traje morado y con su cruz episcopal al cuello, al lado de aquel miserable, amarrado con cuerdas. Subió con él a la carreta y con él también subió al cadalso. El condenado, taciturno y abatido la víspera, estaba radiante. Sentía que su alma se había reconciliado y esperaba en Dios. El obispo lo abrazó y, en el momento en que la cuchilla iba a caer sobre él, le dijo: Aquel, a quien el hombre mata, Dios lo resucita. Aquel, a quien los hermanos apartan, encuentra al Padre. Ora, cree, entra en la vida, el Padre está allí29.
En la vida de santa Teresita del Niño Jesús se habla de Pranzini, un criminal condenado a muerte por sus horribles crímenes. Ella rezó por su salvación y dice: Al día siguiente de la ejecución, cayó en mis manos el periódico La Croix. Lo abrí apresuradamente y ¿qué fue lo que vi? ¡Ah! Las lágrimas traicionaron mi emoción y hube de esconderme. Pranzini no se había confesado. Había subido al cadalso y estaba a punto de meter su cabeza en el lúgubre agujero, cuando, de repente, herido por una súbita inspiración, se volvió, cogió el crucifijo que le presentaba el sacerdote, ¡y besó por tres veces sus llagas sagradas! Luego, su alma voló a recibir la sentencia misericordiosa de aquel que declara que, en el cielo, habrá más gozo por un solo pecador que se arrepiente que por noventa y nueve juntos que no tienen necesidad de penitencia (MA fol 46).
Víctor Hugo, el famoso novelista francés, escribía en 1862 en su libro Los Miserables: Un hombre fue condenado a muerte por asesinato. Era un desgraciado, no completamente ignorante ni del todo falto de instrucción. La víspera del día fijado para la ejecución del condenado, el capellán de la prisión cayó enfermo. Fueron a buscar al párroco, pero parece ser que se negó. El obispo (Charles Francois Bienvenu Myriel) acudió inmediatamente a la cárcel y bajó al calabozo. Llamó al reo por su nombre, le tomó la mano y le habló. Pasó todo el día y toda la noche a su lado, olvidando el alimento y el sueño, rogando a Dios por su alma. Fue padre, hermano y amigo. Obispo sólo para bendecir. Le enseñó todo, tranquilizándole. Aquel hombre iba a morir desesperado. La muerte era para él como un abismo. Estremecido en el umbral de la tumba, retrocedía horrorizado Pero el obispo le hizo ver la luz.
A la mañana siguiente, cuando fueron a buscar al condenado, el obispo estaba allí. Le siguió y se presentó a los ojos de la multitud con su traje morado y con su cruz episcopal al cuello, al lado de aquel miserable, amarrado con cuerdas. Subió con él a la carreta y con él también subió al cadalso. El condenado, taciturno y abatido la víspera, estaba radiante. Sentía que su alma se había reconciliado y esperaba en Dios. El obispo lo abrazó y, en el momento en que la cuchilla iba a caer sobre él, le dijo: Aquel, a quien el hombre mata, Dios lo resucita. Aquel, a quien los hermanos apartan, encuentra al Padre. Ora, cree, entra en la vida, el Padre está allí29.


