Autor: | Editorial:
¿Existe Dios?
Hay muchos hombres que dicen ser ateos y rechazan la existencia de Dios, como si fuera una debilidad o como si creer en Dios fuera algo sólo para niños o ignorantes. Incluso, hay quienes se rebelan contra su suerte, pues creen que la vida es un absurdo sin sentido. Veamos algunos de ellos.
ALBERT CAMUS (1913-1960), francés, premio Nóbel de literatura en 1957, era ateo. Algunos atribuyen su incredulidad a una herida que nunca le cicatrizó. Cuando tenía unos quince o dieciséis años y vivía en Argel, paseaba un día con un amigo por la orilla del mar y se encontró con un revuelo de gente. En el suelo yacía el cadáver de un niño árabe, aplastado por un autobús. La madre daba alaridos y el padre sollozaba en silencio. Camus, después de unos momentos, señaló el cadáver, levantó la vista al cielo y dijo a su amigo: Mira, el cielo no responde. A partir de entonces, se levantó en él una ola de rebeldía contra toda creencia en Dios, que le parecía falsa y ridícula.
FEDERICO NIETZSCHE (1850-1900) pensaba que creer en Dios era sólo para los débiles. Según él, el cristianismo es la religión de la compasión; y, cuando se tiene compasión, se pierde fuerza. La compasión, dice, entorpece la ley del desarrollo y de la selección natural. Para él, nada hay más malsano en nuestra podrida humanidad que la compasión cristiana. Y grita: ¡Dios ha muerto! ¡Viva el superhombre!
Él quiso ser un superhombre, pero tuvo muy mala salud con frecuentes depresiones, jaquecas, dolores de estómago y reumatismo. A los 39 años perdió la lucidez mental y murió once años más tarde, en 1900, sin haber recobrado la razón.
Según su opinión, Dios es una idea inventada para dar esperanza a los débiles, que deben morir para dar paso a los fuertes, quienes son los que harán adelantar la civilización, dando lugar a superhombres, según la teoría de la selección natural. Esta teoría influyó también en Hitler, que quería imponer la superioridad de la raza aria, como si los demás fueran inferiores y no merecedores de vivir, sobre todo, los judíos y gitanos, a quienes intentó exterminar. Y es que, cuando rechazamos a Dios, rechazamos a otros hombres. Al no amar a Dios, no amamos a los otros y nos volvemos crueles e inhumanos.
ELIE WIESEL, judío nacido en Rumania en 1928 y premio Nóbel de la paz en 1986, dice que perdió su fe en Dios la noche en que llegó al campo de concentración de Auschwitz, cuando tenía doce años.
Escribe: No lejos de nosotros, de un foso subían llamas, llamas gigantescas. Un camión se acercó al foso y descargó su carga: eran niños. Sí, lo vi con mis propios ojos. No podía creerlo. Tenía que ser una pesadilla. Me mordí los labios para comprobar que estaba vivo y despierto. ¿Cómo era posible que se quemara a hombres, a niños, y que el mundo callara? No podía ser verdad
Alguien se puso a recitar el Kadish, la oración de los muertos. No sé si ya habrá ocurrido en la larga historia del pueblo judío, que los hombres reciten la oración de los muertos por sí mismos. Mi padre, rezó: Que su Nombre sea alabado y santificado. Por primera vez, sentí crecer la protesta en mi interior. ¿Por qué debía santificar su Nombre? El eterno, el Señor del Universo, el Todopoderoso callaba. ¿Por qué había de alabarle?
Jamás olvidaré esa primera noche en el campo, que hizo de mi vida una larga noche bajo siete vueltas de llave. Jamás olvidaré esa humareda y las caras de los niños, que vi convertirse en humo. Jamás olvidaré esos instantes que asesinaron a mi Dios y a mi alma y que dieron a mis sueños el rostro del desierto. Jamás olvidaré ese silencio nocturno que me quitó para siempre las ganas de vivir 1.
Ciertamente, si Dios no existe, no vale la pena vivir. Porque, si todo termina con la muerte, ¿de qué sirve vivir unos años más o unos años menos? En ese caso, el único sentido posible que podríamos dar a la vida sería el de gozar y divertirnos. Así lo decía el cantante Joplin, que murió a los 27 años de una sobredosis de heroína, y cantaba: Disfruta, mientras puedas. Esta es una opinión muy difundida en nuestro mundo actual, dado que mucha gente, o no cree en Dios, o vive como si Dios no existiera. No faltan quienes dicen que Dios es un Dios demasiado lejano, que no interviene en nuestra vida y que nos ha traído a la existencia por una broma de mal gusto, pues nos ha dejado abandonados a nuestra suerte; como si Dios fuera un ser caprichoso que le gusta jugar con la vida de los hombres para divertirse a su costa. Así parece que pensaban Oscar Wilde y el cantante Bob Dylan. Hay quienes dicen que sólo vale la pena vivir, mientras se puede gozar de la vida. De otro modo, la única salida digna es el suicidio. Así pensaban, Frank Kafka, Sigmund Freud y Jean Paul Sartre. Esta mentalidad está muy difundida en nuestro mundo moderno, pues hay muchos que creen que, si no se puede gozar de los placeres de la vida, es mejor morir. Son los partidarios de la eutanasia. Para ellos, el sentido de la vida está en el placer. De ahí que no tienen reparos en negar el derecho a vivir a los niños que van a nacer con limitaciones físicas o mentales, o matar a quienes están en coma o con enfermedades terminales.
En verdad, la vida para quien no cree en Dios es un absurdo, difícil de aceptar. Pero ¿y si Dios existe como han creído tantos millones de seres humanos de todos los tiempos? ¿O como han creído tantos ateos que se han convertido? 2. ¿Acaso Dios es sólo una idea útil para los pobres, enfermos e ignorantes?
Hay una leyenda judía, de muchos siglos de antigüedad, que dice que el profeta Jeremías y su hijo consiguieron un día crear un hombre mediante una feliz combinación de palabras. No olvidemos que, como dice san Juan al comenzar el Evangelio: En el principio existía la Palabra y la Palabra era Dios. Todo se hizo por Ella y sin Ella no se hizo nada de cuanto existe (Jn 1, 1-3). Pues bien, el hombre creado llevaba escritas en su frente las letras con las que se había descifrado el secreto de su creación: Dios es la Verdad. Pero el ser creado por Jeremías se arrancó algunas palabras de su frente y, entonces, la inscripción decía: Dios ha muerto. Horrorizados el profeta y su hijo, le preguntaron que por qué lo había hecho. Y aquel nuevo hombre creado respondió: Si vosotros podéis hacer al hombre, Dios ha muerto. Mi vida es la muerte de Dios. Si el hombre tiene todo el poder, Dios no tiene ninguno.
En esta vieja leyenda judía, ideada en la Edad Media cristiana, resalta la angustia del hombre moderno. El hombre tiene el poder tecnológico sobre el mundo. Ahora ya han descifrado los códigos del genoma humano. ¿Quiere esto decir que van a hacer que el hombre sea inmortal? ¿O quieren crear un nuevo superhombre?
De todos modos, pareciera que quienes tienen la ciencia y el poder sobre el mundo, nos quisieran decir: Dios no existe. El hombre es Dios. Dios ha muerto, porque era una idea para los ignorantes, que no sabían explicar las leyes del mundo. Ahora sólo existe el Superhombre, que es el nuevo Dios. Eso ya lo dijo Nietzsche, pero él murió loco. Y Dios sigue viviendo.
Berthold Brecht dijo: Dejemos el cielo para los pájaros. Pero él murió en la tierra sin esperanzas del cielo. ¿Y tú? ¿Crees que Dios existe y te espera en su cielo?
Muchos aún recuerdan lo que dijo Yuri Gagarin al regresar del primer vuelo espacial de la historia humana: No he visto a Dios por ningún sitio. Pero ya antes de que Gagarin subiera al espacio se sabía que a Dios no se le puede tocar con las manos ni ver por los telescopios, que no mora en la Luna ni en Saturno, ni en los espacios siderales. Dios es invisible, pero mora en el corazón de los hombres y se puede sentir su presencia.
¿Qué dicen los siquiatras? Dios existe
ALBERT CAMUS (1913-1960), francés, premio Nóbel de literatura en 1957, era ateo. Algunos atribuyen su incredulidad a una herida que nunca le cicatrizó. Cuando tenía unos quince o dieciséis años y vivía en Argel, paseaba un día con un amigo por la orilla del mar y se encontró con un revuelo de gente. En el suelo yacía el cadáver de un niño árabe, aplastado por un autobús. La madre daba alaridos y el padre sollozaba en silencio. Camus, después de unos momentos, señaló el cadáver, levantó la vista al cielo y dijo a su amigo: Mira, el cielo no responde. A partir de entonces, se levantó en él una ola de rebeldía contra toda creencia en Dios, que le parecía falsa y ridícula.
FEDERICO NIETZSCHE (1850-1900) pensaba que creer en Dios era sólo para los débiles. Según él, el cristianismo es la religión de la compasión; y, cuando se tiene compasión, se pierde fuerza. La compasión, dice, entorpece la ley del desarrollo y de la selección natural. Para él, nada hay más malsano en nuestra podrida humanidad que la compasión cristiana. Y grita: ¡Dios ha muerto! ¡Viva el superhombre!
Él quiso ser un superhombre, pero tuvo muy mala salud con frecuentes depresiones, jaquecas, dolores de estómago y reumatismo. A los 39 años perdió la lucidez mental y murió once años más tarde, en 1900, sin haber recobrado la razón.
Según su opinión, Dios es una idea inventada para dar esperanza a los débiles, que deben morir para dar paso a los fuertes, quienes son los que harán adelantar la civilización, dando lugar a superhombres, según la teoría de la selección natural. Esta teoría influyó también en Hitler, que quería imponer la superioridad de la raza aria, como si los demás fueran inferiores y no merecedores de vivir, sobre todo, los judíos y gitanos, a quienes intentó exterminar. Y es que, cuando rechazamos a Dios, rechazamos a otros hombres. Al no amar a Dios, no amamos a los otros y nos volvemos crueles e inhumanos.
ELIE WIESEL, judío nacido en Rumania en 1928 y premio Nóbel de la paz en 1986, dice que perdió su fe en Dios la noche en que llegó al campo de concentración de Auschwitz, cuando tenía doce años.
Escribe: No lejos de nosotros, de un foso subían llamas, llamas gigantescas. Un camión se acercó al foso y descargó su carga: eran niños. Sí, lo vi con mis propios ojos. No podía creerlo. Tenía que ser una pesadilla. Me mordí los labios para comprobar que estaba vivo y despierto. ¿Cómo era posible que se quemara a hombres, a niños, y que el mundo callara? No podía ser verdad
Alguien se puso a recitar el Kadish, la oración de los muertos. No sé si ya habrá ocurrido en la larga historia del pueblo judío, que los hombres reciten la oración de los muertos por sí mismos. Mi padre, rezó: Que su Nombre sea alabado y santificado. Por primera vez, sentí crecer la protesta en mi interior. ¿Por qué debía santificar su Nombre? El eterno, el Señor del Universo, el Todopoderoso callaba. ¿Por qué había de alabarle?
Jamás olvidaré esa primera noche en el campo, que hizo de mi vida una larga noche bajo siete vueltas de llave. Jamás olvidaré esa humareda y las caras de los niños, que vi convertirse en humo. Jamás olvidaré esos instantes que asesinaron a mi Dios y a mi alma y que dieron a mis sueños el rostro del desierto. Jamás olvidaré ese silencio nocturno que me quitó para siempre las ganas de vivir 1.
Ciertamente, si Dios no existe, no vale la pena vivir. Porque, si todo termina con la muerte, ¿de qué sirve vivir unos años más o unos años menos? En ese caso, el único sentido posible que podríamos dar a la vida sería el de gozar y divertirnos. Así lo decía el cantante Joplin, que murió a los 27 años de una sobredosis de heroína, y cantaba: Disfruta, mientras puedas. Esta es una opinión muy difundida en nuestro mundo actual, dado que mucha gente, o no cree en Dios, o vive como si Dios no existiera. No faltan quienes dicen que Dios es un Dios demasiado lejano, que no interviene en nuestra vida y que nos ha traído a la existencia por una broma de mal gusto, pues nos ha dejado abandonados a nuestra suerte; como si Dios fuera un ser caprichoso que le gusta jugar con la vida de los hombres para divertirse a su costa. Así parece que pensaban Oscar Wilde y el cantante Bob Dylan. Hay quienes dicen que sólo vale la pena vivir, mientras se puede gozar de la vida. De otro modo, la única salida digna es el suicidio. Así pensaban, Frank Kafka, Sigmund Freud y Jean Paul Sartre. Esta mentalidad está muy difundida en nuestro mundo moderno, pues hay muchos que creen que, si no se puede gozar de los placeres de la vida, es mejor morir. Son los partidarios de la eutanasia. Para ellos, el sentido de la vida está en el placer. De ahí que no tienen reparos en negar el derecho a vivir a los niños que van a nacer con limitaciones físicas o mentales, o matar a quienes están en coma o con enfermedades terminales.
En verdad, la vida para quien no cree en Dios es un absurdo, difícil de aceptar. Pero ¿y si Dios existe como han creído tantos millones de seres humanos de todos los tiempos? ¿O como han creído tantos ateos que se han convertido? 2. ¿Acaso Dios es sólo una idea útil para los pobres, enfermos e ignorantes?
Hay una leyenda judía, de muchos siglos de antigüedad, que dice que el profeta Jeremías y su hijo consiguieron un día crear un hombre mediante una feliz combinación de palabras. No olvidemos que, como dice san Juan al comenzar el Evangelio: En el principio existía la Palabra y la Palabra era Dios. Todo se hizo por Ella y sin Ella no se hizo nada de cuanto existe (Jn 1, 1-3). Pues bien, el hombre creado llevaba escritas en su frente las letras con las que se había descifrado el secreto de su creación: Dios es la Verdad. Pero el ser creado por Jeremías se arrancó algunas palabras de su frente y, entonces, la inscripción decía: Dios ha muerto. Horrorizados el profeta y su hijo, le preguntaron que por qué lo había hecho. Y aquel nuevo hombre creado respondió: Si vosotros podéis hacer al hombre, Dios ha muerto. Mi vida es la muerte de Dios. Si el hombre tiene todo el poder, Dios no tiene ninguno.
En esta vieja leyenda judía, ideada en la Edad Media cristiana, resalta la angustia del hombre moderno. El hombre tiene el poder tecnológico sobre el mundo. Ahora ya han descifrado los códigos del genoma humano. ¿Quiere esto decir que van a hacer que el hombre sea inmortal? ¿O quieren crear un nuevo superhombre?
De todos modos, pareciera que quienes tienen la ciencia y el poder sobre el mundo, nos quisieran decir: Dios no existe. El hombre es Dios. Dios ha muerto, porque era una idea para los ignorantes, que no sabían explicar las leyes del mundo. Ahora sólo existe el Superhombre, que es el nuevo Dios. Eso ya lo dijo Nietzsche, pero él murió loco. Y Dios sigue viviendo.
Berthold Brecht dijo: Dejemos el cielo para los pájaros. Pero él murió en la tierra sin esperanzas del cielo. ¿Y tú? ¿Crees que Dios existe y te espera en su cielo?
Muchos aún recuerdan lo que dijo Yuri Gagarin al regresar del primer vuelo espacial de la historia humana: No he visto a Dios por ningún sitio. Pero ya antes de que Gagarin subiera al espacio se sabía que a Dios no se le puede tocar con las manos ni ver por los telescopios, que no mora en la Luna ni en Saturno, ni en los espacios siderales. Dios es invisible, pero mora en el corazón de los hombres y se puede sentir su presencia.
¿Qué dicen los siquiatras? Dios existe


