Menu




Autor: | Editorial:



El último viaje
Contagiados seguramente por los apestados que han estado cuidando hasta la misma víspera de embarcarse, el hermano Ferreira y Antonio de Santa Fe han caído enfermos durante el viaje. Francisco, cansado y debilitado por las inquietudes, trabajos y sufrimientos, ha tenido que retomar, una vez más, el quehacer de enfermero. Hace por ellos cuanto puede, aunque no le es posible atenderles como quisiera. Se siente en la nave, entre los hombres de Ataide, tan poco respetado y considerado...
Al terminar agosto, la Santa Cruz ha echado el ancla junto a Sancián. Hay otros varios navíos de mercaderes chinos y portugueses en las cercanías.

Pequeñas embarcaciones de remos van de unos a otros transportando los lotes de mercancías: porcelanas, sedas, paños, armas de fuego, especias..., que se intercambian los chinos y los portugueses.
Sobre la playa, al pie de una colina poblada de bosques, se alza una hilera de chozas de ramaje y paja. En ellas se alojan los portugueses durante su permanencia en Sancián. El continuo balanceo de las naves ancladas resulta incomodísimo y es mucho más fresco y saludable el aire de tierra.

En Sancián ha sido recibido Francisco con una gran alegría por su antiguo conocido Jorge Álvarez, el amigo que le presentó a Pablo-Anjiró hace años en Malaca.
-Venid a instalaros en mi choza, padre. Seréis muy bienvenidos en ella. No es gran cosa como albergue, pero todo lo que hay en ella estará a vuestra disposición.
Francisco ha aceptado este cordial y sincero ofrecimiento, doblemente agradecido después del poco agradable ambiente sufrido durante el viaje.

El hermano Ferreira y Antonio, que ya están, gracias a Dios, convalecientes de las fiebres, han recibido atenciones especiales por parte de este buen amigo del padre, lo que contribuye grandemente a su recuperación.
A ruegos de Francisco se ha comenzado a construir una diminuta capilla de ramas y paja en la falda de la colina. En dos días ha quedado terminada y este domingo 4 de septiembre ya ha sido posible celebrar la misa en ella. Asisten los portugueses y sus esclavos cristianos.
El principal cuidado de Francisco es ahora procurarse el medio de entrar en China, de llegar hasta la gran ciudad comercial de Cantón; para ello trata de ganarse la confianza de los mercaderes chinos. Habla con ellos, a medias en portugués y a medias a través del intérprete, de cosas indiferentes: cuestiones filosóficas, ciencias naturales, recientes descubrimientos geográficos... Les ha preguntado después si creen que les será posible entrar en China. Algunos le dan ciertas esperanzas, otros le pronostican las más negras perspectivas.

-El rey amenaza con los más terribles castigos al que introduzca a un extranjero... Ningún chino se atreverá a llevaros hasta nuestras costas...
A pesar de esta tajante afirmación, Francisco no ha cejado en su empeño de encontrar a quien le traslade a esta tierra tan cercana y, al mismo tiempo, tan lejana. Al cabo, sus esfuerzos han tenido éxito: un chino se ha manifestado dispuesto a exponer su cabeza a cambio de veinte quintales de pimienta. Su proyecto es llevar al padre Francisco y a sus compañeros en una pequeña barca en la que sólo irán también su hijo y un par de criados suyos de absoluta confianza. Los conducirá hasta Cantón, los ocultará durante unos días en su casa y luego, una noche, los dejará con sus libros y demás pertenencias a las puertas de la ciudad. A partir de ese momento, ellos quedarán entregados a sus propios recursos...

El propósito de Francisco es dirigirse directamente al gobernador de Cantón, presentarle sus credenciales para el rey de la China y explicarle que él y sus compañeros han sido enviados para anunciar en ese reino la religión del verdadero Dios.

No se le ocultan los grandes peligros de tan arriesgado plan. ¿Quién le asegura que el chino que se ha comprometido a llevarles no les abandonará en cualquier islote deshabitado? Y una vez en Cantón, ¿no les amenaza allí la posibilidad de que las autoridades los encierren en los siniestros calabozos de la ciudad por haber desafiado las leyes que prohíben la entrada a extranjeros?
Un portugués que ha logrado evadirse de la cárcel de Cantón ha contado las terribles condiciones en que viven los prisioneros: hacinados en mazmorras hediondas y heladas, extenuados por el hambre, maltratados y apaleados por el menor motivo o sin motivo alguno y sufriendo cada noche la tortura de tener los pies metidos en unos cepos que no les permiten ni sentarse ni apenas moverse.

Nada atemoriza a Francisco, aunque es perfectamente consciente de todo el riesgo que entraña la aventura que se propone. Siempre ha estado dispuesto a entregar la vida en servicio de su Señor.
Avanza el otoño y, una tras otra, las naves empiezan a abandonar Sancián; sólo algunas pocas continúan todavía intercambiando mercancías.
Con las naves que parten envía Francisco cartas para sus hermanos de Malaca, la India, Portugal y Roma. Les cuenta su situación presente, las dificultades que tiene que vencer y su firme propósito de no abandonar, por arduo que aparezca, su intento de llegar hasta el rey de la China.

A uno de los capitanes que ha venido a despedirse y a recibir el correo que deberá llevar a Malaca, le ha dicho:
-Transmitid a mis hermanos que, si Dios me presta vida hasta entonces, el nuevo año me encontrará o en la corte de Pekín o en las cárceles de Cantón...
Los horrores oídos acerca de los calabozos cantoneses han hecho flaquear el ánimo del hermano Ferreira, que, apenas convalecido de su enfermedad, no se encuentra con fuerzas para seguir al padre Francisco y ha pedido que le dejen volverse en uno de los barcos que parten. No tiene Ferreira el temple que se precisa para vivir hasta el final esta aventura de la China.

“A Ferreira despedí de la Compañía, por cuanto no es para ella...” –escribe Francisco a sus hermanos-. “Vamos, pues, con la ayuda de Dios, Antonio, Cristóbal y yo. Rogad mucho a Dios por nosotros, porque corremos grandísimo riesgo de ser cautivos; pero nos consolamos pensando que mucho mejor es ser cautivos por amor de Dios, que ser libres por huir los trabajos de la cruz”.
El 13 de noviembre, la mayoría de los portugueses han zarpado en sus naves, después de haber prendido fuego a las chozas que han ocupado; tan sólo han quedado anclados cerca de la costa el junco portugués de Vaz de Aragón y la Santa Cruz; en ella siguen bien guardados los quintales de pimienta que se deberán pagar al chino que se ha comprometido a llevar al padre y a sus acompañantes hasta Cantón.

Y se retrasa en llegar este hombre.
Sancián va quedando en silencio y soledad.
Sopla un gélido viento del norte que encrespa las crestas de las olas y bate en remolinos la arena de la playa.
Empiezan a escasear los alimentos que Jorge Álvarez ha dejado en su choza; Francisco ha tenido que enviar a su fiel Antonio a las naves de los portugueses para que pida por caridad algo de comida.
El 19 de noviembre tenía que haber venido el chino en su busca, pero han pasado el 19, el 20 y el 21 y el hombre no se ha presentado.

El día 22 el padre ha amanecido enfermo; por consejo de Antonio se le ha trasladado en un bote hasta la Santa Cruz; allí se le podrá cuidar mejor, porque aquí, en la choza, apenas queda ya nada; pero al cabo de unas horas ha sido preciso traerle de nuevo a tierra: el balanceo de la nave agrava el estado del enfermo.
Trae Francisco bajo el brazo un calzón de paño grueso que le han dado para que se proteja del frío y en los bolsillos unos puñados de almendras para acallar el hambre. Le rebrillan los ojos y tiene el rostro arrebatadamente encendido, arde de fiebre.
En la choza se ha tendido sobre una estera y le han cubierto con unas viejas mantas.

Desde su junco ha venido a visitarle Vaz de Aragón, que, al verle en tan mal estado, le ha hecho sangrar. Después de la sangría, el enfermo se ha desmayado.
Hoy, día 24, como la fiebre sigue subiendo, le han sangrado de nuevo y ha vuelto a desmayarse al terminar la operación. Esta vez ha tardado en recobrar la consciencia.
El enfermo no es capaz de aceptar alimentos y se debilita de hora en hora.
Yace tendido sobre la estera con el crucifijo entre las manos reposando sobre su pecho.

Su mente divaga en el delirio de la fiebre. Antonio le oye hablar durante horas. A veces, le parece medio adivinar lo que dice; son retazos, frases de predicaciones que el padre ha hecho en las diferentes lenguas que conoce: castellano, latín, francés, portugués, italiano, tamil, malayo, japonés...; otras veces, cree oírle largos coloquios en un idioma que le resulta absolutamente desconocido. ¿Dialoga con el Cristo de la sonrisa en el vascuence de su infancia? Sí, le entiende bien Antonio cuando le oye repetir de vez en cuando distintamente: “Iesu, fili David, miserere mei!” ¡Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí!

Más de ocho días ha permanecido Francisco en ese estado, perdiendo el conocimiento y el habla durante largos períodos de tiempo. En los momentos en que se recupera un poco se le oye murmurar repetidamente: “¡Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí! ¡Virgen Madre de Dios, acuérdate de mí!”
Durante la noche del viernes al sábado se agrava de tal manera el estado del padre que Antonio decide velar junto a él.
La respiración del enfermo se hace más fatigosa y lenta por momentos.

Un viento helado se cuela por todas las rendijas de la choza y hace danzar locamente la llamita de la candela de los moribundos que Antonio sostiene en la mano del padre.
Empieza apenas a clarear el gris de esta madrugada del 3 de diciembre de 1552...
En el lejano castillo de Xavier, Gracieta, que ha seguido fiel a su devoción de cuidar la lamparilla que arde ante el Cristo y de rezar por su amigo ausente, se ha sentido sobrecogida ante un hecho insólito: le parece ver que el Cristo está sudando sangre...

-¡Algo le sucede a Francés! ¡Algo le está pasando a Francés!
Y se ha lanzado a recorrer la casa para comunicar su temor a la familia...
Pero no hay motivo para ese temor. Ciertamente algo le está sucediendo al amigo querido, algo muy hermoso le está aconteciendo al menor de los hijos de la familia Jaso...

Francisco de Xavier, con una última invocación a Jesús que se confunde con su postrer aliento, se acaba de entregar, confiadamente, en las manos del Padre...
Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!