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Autor: | Editorial:



Temo que Satanás...
Con Francisco viajan hacia la China el hermano Ferreira, joven de la nobleza que ha entrado en la Compañía en Goa, Antonio de Santa Fe, un chino que ha estudiado ocho años en el colegio de San Pablo y que hará un gran servicio como intérprete y catequista, y el criado indio Cristóbal.

A finales de mayo han llegado a Malaca y se han alojado con el padre Pérez en Nuestra Señora del Monte.
-En mal momento habéis llegado, padre Francisco –ha informado el padre Pérez-. Hace semanas que han aparecido casos de peste y el número de afectados crece de día en día.
-Trabajaremos en ayudar a los enfermos mientras aguardamos la vuelta de la Santa Cruz.
Diego Pereira ha ido con su carabela a la isla de Sonda a comprar la provisión necesaria de pimienta para el viaje a la China.

Cuando Francisco se ha presentado a saludar a su gran amigo don Pedro de Silva, capitán de Malaca, ha tenido ocasión de conocer a don Alvaro de Ataide, capitán del mar de toda esta zona; a él está sometido el tráfico de todas las embarcaciones que navegan por esta aguas.
Con los dos ha hablado largamente del viaje que proyecta y les ha comentado que trae consigo un documento que acredita a Diego Pereira como embajador de Portugal ante el poderoso rey de la China.
-¡Un simple comerciante convertido en embajador! ¡Brava cosa! –ha comentado altanero don Alvaro.
Y Francisco ha salido de la entrevista mal impresionado y con un cierto desánimo.

En los días siguientes, el y sus dos compañeros se han dedicado al cuidado de los enfermos. El número de atacados por las fiebres es tan grande que enseguida se han visto abarrotados el hospital y las casas colindantes; ha sido preciso sacar embarcaciones a tierra y acomodar en ellas a los pacientes.
Se multiplica el padre Francisco para ir de un lugar a otro y de un enfermo a otro prestando auxilios espirituales y aun corporales a todos aquellos que los precisan. La enfermedad se extiende; el propio don Alvaro de Ataide, capitán del mar, cae un día atacado por las fiebres. El padre le visita con toda la frecuencia que puede, celebra misa en su casa y pide al padre Pérez que haga lo mismo cuando a él le es imposible.

Después de unas semanas de ausencia, ha regresado la Santa Cruz. Diego Pereira ha venido al encuentro de Francisco:
-Todo preparado. En unión con varios amigos he comprado una espléndida carga de la más fina pimienta que podáis imaginar; y sólo en regalos para el rey de la China llevo gastados más de 4.000 ducados.
-¿Cuándo podremos partir, amigo?
Diego respira alegre seguridad, franco optimismo:
-Concededme dos días más para ultimar preparativos y estaremos listos para zarpar. El tiempo está en inmejorables condiciones para la navegación. Ya veréis, a finales del verano estarán pactadas las paces entre Portugal y la China, nuestros amigos se verán fuera de sus cárceles y yo podré volver con mi nave cargada de ricas mercancías.

-Quiera Dios que todo resulte como lo pintáis; eso querrá decir que habremos abierto las puertas de la China a la entrada del Evangelio. Pedidle al Señor, como yo lo hago, que nos sea propicio en esta empresa...
Algo en su voz y en su mirada hace que Diego le pregunte sorprendido:
-Padre Francisco, ¿qué os ocurre?
-Temo que Satanás nos vaya a estorbar esta empresa.
-¡Padre, no os reconozco! Cualquiera diría que estáis receloso ante este viaje y se dice que nunca habéis tenido miedo a nada.

Francisco ha sonreído levemente al oír esta afirmación, pero ha insistido en su sombrío presentimiento:
-Vos mismo lo veréis.
Y están los viajeros empezando a trasladar sus cosas a la Santa Cruz cuando don Alvaro de Ataide se ha presentado en el puerto acompañado de soldados.
-Dentro de pocas horas podremos ya hacernos a la mar –le ha comentado amistosamente Francisco.
-La Santa Cruz no saldrá del puerto sin mi consentimiento –ha afirmado secamente Ataide.
-¡Pero, don Alvaro, tenéis que permitir nuestra salida! Sabéis muy bien, porque yo mismo os he informado de ello, que este es un viaje que redundará en gran servicio de Dios y del rey. Llevamos una embajada en nombre de don Juan III para...

-¡Un mercader representando al rey de Portugal! ¿Se ha visto nunca bajeza semejante? ¡Y vos patrocinando esta indignidad! ¡Nunca, sabedlo bien, nunca consentiré que Diego Pereira vaya como embajador ante el rey de la China!
Don Alvaro ha ido subiendo el tono a medida que hablaba, y al final, ha ordenado a sus soldados que desmonten el timón de la Santa Cruz.
Ante semejante atropello Diego Pereira ha protestado con toda energía, y viendo que eso no le servía de nada, ha cambiado de táctica y ha ofrecido dinero, parte de las ganancias del viaje; todo ha sido inútil. Don Alvaro tiene la fuerza y está dispuesto a usarla.

¿Qué ha podido motivar esta actitud tan violenta? ¿Orgullo ofendido al ver que no ha sido él, don Alvaro de Ataide, hijo del gran Vasco de Gama, el elegido para representar al rey de Portugal ante el poderoso rey de la China? ¿Vil codicia que desea asegurar para sí las ingentes ganancias que esta expedición puede proporcionar?
Francisco se ha adelantado para exponer con calma:
-Mirad que al impedir esta embajada estáis estorbando también mi entrada como nuncio del Papa y...
-¿Nuncio pontificio? ¿Y donde está el Breve que os acredita como tal?
-Quedó depositado en el colegio de San Pablo de Goa.
-¡En Goa!, pues cuando lo vea empezaré a creeros.
-El padre Pérez y el vicario saben que lo poseo, ellos pueden aseguraros que...
-No me basta su palabra –asegura con despectiva impertinencia el capitán del mar.
-¿Sabéis, don Alvaro, que el que se opone a un legado pontificio en las funciones de su cargo incurre en excomunión?

Don Alvaro ha soltado una risotada, luego ha escupido ostentosamente en el suelo y ha pisoteado su propio salivazo.
-¡Así como esto me importan a mí vuestras amenazas de excomunión! ¡Legado pontificio, bah! –y ha vuelto la espalda para irse seguido de sus soldados que cargan con el timón de la Santa Cruz. Ataide proyecta llevarlo a su casa; quiere custodiarlo personalmente.
¡Adiós esperanzas para Pereira de una entrada como embajador en China y de las ganancias que con este viaje esperaba conseguir! ¡Y adiós para Francisco su esperanza de apertura al Evangelio de este gran reino!
Por más que se ha rogado y suplicado a don Alvaro; por más que amigos, sacerdotes y seglares han intercedido y por más que hasta don Pedro de Silva se ha empeñado en convencerle de que dé su permiso de salida a la Santa Cruz, el capitán del mar ha seguido tozudamente obcecado en su postura. Es más, ha hecho difundir entre la población de Malaca insultos, injurias y difamaciones contra Francisco, que el pueblo repite hasta convertir la vida del padre en una continua aflicción.

-Jamás hombre alguno me ha perseguido de este modo en toda mi vida, ni siquiera entre los gentiles –le ha confiado Francisco al padre Pérez.
Se ha retirado a Nuestra Señora del Monte y pasa gran parte de las noches arrodillado en la iglesia; más de una vez le han visto sus compañeros derrumbado sobre las gradas del altar sollozando amargamente con el rostro oculto entre las manos.
No llora sólo por su propio sufrimiento: le duele inmensamente el perjuicio económico causado a Pereira y a sus amigos que, fiados de su palabra, han invertido sus caudales en una aventura tan desastrosa.

Al fin, después de muchas gestiones del vicario de Malaca y de varios personajes importantes, que han interpuesto su valimiento indignados por la conducta de Ataide, se ha conseguido que este consienta en que la Santa Cruz salga del puerto, pero con la condición de que Diego quedará retenido en Malaca, y con él todos los regalos destinados al rey de la China. En la Santa Cruz podrá viajar Francisco con sus acompañantes y en la nave se consentirá que viaje un factor de Pereira que se ocupará en Sancián de negociar sus mercancías; viajarán además con ellos hasta veinticinco hombres adictos a don Alvaro.

Francisco escribe a Gaspar Barceo poco antes de embarcar: “...Marcho ahora a las islas de Cantón desamparado de todo favor humano, en la esperanza de que algún gentil me llevará a tierra de China, porque la embarcación que tenía que ir allá impidióla don Alvaro por la fuerza.
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