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Autor: | Editorial:



A la alta India de nuevo
Después de una peligrosa y accidentada navegación por el mar de la China, han llegado a la isla de Sancián, punto de encuentro de las naves mercantes portuguesas y chinas.
Una silueta conocida ha hecho exclamar con alegría al padre Francisco:

-¡Es la Santa Cruz, la carabela de Diego Pereira!
Una chalupa le ha llevado hasta el barco amigo.
¡Qué gozoso reencuentro! ¡Cuántas cosas que contar, que comentar!
-Estamos aquí al ancla, esperando vientos favorables para marchar hacia Malaca –ha informado Diego.
-Nosotros también vamos a Malaca. ¿Podéis llevarnos con vos? –ha pedido Francisco.
-¡De mil amores! Tendremos mucho tiempo durante la travesía. Hay algo importante de lo que deseo hablaros.
-Hablaremos.
Y han hablado.

-El rey de la China es muy enemigo de que entren extranjeros en sus tierras. Varios comerciantes portugueses han sido hechos prisioneros por traficar en sus puertos y ahora se consumen en los calabozos de Cantón...
¿Qué podemos hacer por ellos? –pregunta Francisco.
-Nada, de momento, pero yo he pensado que si pudiéramos entrar en Cantón como portadores de una embajada para pactar paces entre la China y Portugal, quizá entonces sería posible...

He aquí concretado en un proyecto que tiene muchas probabilidades de éxito el deseo acariciado desde hace ya meses por Francisco de introducirse en la China.
-¡Yo puedo conseguiros del gobernador, en Goa, un documento que os acredite como embajador de Portugal, Diego!
-¡Y yo compraría espléndidos regalos que nos ganasen la buena voluntad de los mandatarios de Cantón! ¡Y otros más espléndidos todavía para llevárselos al rey! Me han informado de que hay seis meses de viaje desde Cantón a la capital del reino.

-Vos iríais como embajador de Portugal y yo como nuncio del Papa. Si consiguiéramos que el rey de la China nos autorizase a predicar nuestra fe en su reino y si él mismo la aceptase...
Una vez más, el ardiente anhelo de ensanchar los límites de la Iglesia.
Horas y horas han pasado los dos amigos perfilando los detalles de su plan. El padre Francisco ha hecho bastante más que hablar de su proyecto: ha mandado copiar durante el viaje en letra china, con ayuda del enviado de Otomo Yoshishige y de sus compañeros japoneses, el catecismo redactado en Kagoshima, traducido al japonés por Anjiró y escrito en caracteres latinos. Con él piensa hacerse entender en China hasta tanto que haya aprendido la lengua del país.

Poco más de un mes, después de haber salido del Japón, la Santa Cruz ha llegado a Malaca. Termina diciembre de este año de 1551.
En el puerto está anclada La Gallega, nave dispuesta a salir hacia la India y en la que se han apresurado a reservar pasaje los viajeros.
Sólo dos días van a poder permanecer en Malaca. Apenas tiempo suficiente para oír de labios del padre Pérez y del resto de los amigos los horrores sufridos durante meses en esta plaza sitiada y asaltada por el rey de Joore y sus aliados, los sultanes malayos.

-La inseguridad y las amenazas de guerra sufridas en esta zona han sido la causa de que no saliesen naves de Malaca hacia el Japón; por esa razón las cartas dirigidas a vos no han llegado a vuestras manos a su debido tiempo.
¡Al fin cartas! ¡Cartas de la India, de Portugal, de Roma! Después de cuatro años de silencio epistolar, ¡una carta de Ignacio!
Estos dos días se ha instalado Francisco en Nuestra Señora del Monte, una iglesia que tiene aneja una pequeña residencia y una escuela; todo ello confiado por el obispo a los sacerdotes y hermanos de la Compañía.
A primera hora de esta mañana del 30 de diciembre, Francisco se prepara para celebrar la santa misa. Hace ya años que no se reviste en una verdadera sacristía. Ha celebrado en capillas improvisadas lo mismo en Kagoshima, en Hirado y en Yamaguchi que en las grandes naves que ha visitado o en las que ha viajado. Ha pasado muchas semanas y aún meses sin el consuelo y la fortaleza que se reciben en el santo sacrificio. Los viajes por tierra a pie y los recorridos por mar en embarcaciones muy pequeñas no permitían el transporte de ornamentos y vasos sagrados, a más del peligro que hubieran corrido de ser robados y profanados.

Ahora, frente al gran espero de esta sacristía en el que el sacerdote debe comprobar la impecable corrección con que viste los ropajes rituales antes de acercarse al altar, Francisco contempla asombrado su propia imagen.
¿Cuántos años hace que no se ve en un espejo?
-¡Estoy lleno de canas! –ha exclamado susurrando para sí mismo en el colmo de la sorpresa.
Y ya camino del altar va pensando: “Cumpliré cuarenta y seis años el próximo abril. He vuelto del Japón con muchas fuerzas corporales y ningunas espirituales... Paréceme que nunca tuve más fuerzas corporales que las que ahora tengo... Espero de la misericordia de Dios que me dará fuerzas espirituales para hacer ese viaje a la China, tan trabajoso...”

Al despedirse hoy de Diego Pereira ha concertado encontrarse con él aquí, en Malaca, el próximo verano para partir juntos hacia la China. Inmediatamente después, él y sus acompañantes japoneses han embarcado en La Gallega, que ha zarpado en seguida. Es preciso no perder los vientos favorables o la navegación se demorará meses.
Instalado en La Gallega, el padre Francisco tiene tiempo sobrado para leer y releer la abultada correspondencia: hay buenas noticias, hay noticias tristes, hay noticias preocupantes y hay una noticia que le resulta especialmente conmovedora.

Trabajan mucho y bien, haciendo una hermosa labor de evangelización, de educación en la fe, los miembros de la Compañía que ocupan los puestos de misión en Ternate, Santo Tomé, Quilón, Basain... Los que están en la Pesquería hablan entre sí en tamil, incluso cuando están solos, para más identificarse con los indígenas a los que enseñan.
En Amboino el padre Nuno Ribeiro ha muerto envenenado, se dice que por los mahometanos. En la Pesquería, los badagas han asesinado al padre Criminale, cuando defendía a un grupo de nativos durante una nueva incursión de estas hordas del norte.

Las nuevas sobre la conducta de Antonio Gomes son enormemente inquietantes: ignorando inconsideradamente la autoridad de micer Paulo y la opinión de todos los de la Compañía, ha expulsado del colegio de San Pablo a los alumnos nativos, causando gran escándalo en la ciudad de Goa y en toda la India. Por esta causa y por otras varias, sus relaciones con sus hermanos de la Compañía son más que tensas y conflictivas.
La carta de Ignacio contiene numerosísimas noticias acerca de la consolidación y crecimiento de la Compañía y de las actividades que sus miembros llevan adelante en todo el mundo. Es una carta larga y enormemente interesante.

En uno de los párrafos, el general de la Compañía le comunica su resolución de nombrarle provincial del Oriente, con absoluta independencia de la provincia de Portugal. ¡Tremenda responsabilidad la que se le encomienda en nombre de la santa obediencia!, pero considera que a través del mandato de Ignacio se le manifiesta la voluntad de Dios y acepta la abrumadora carga que se acaba de colocar sobre sus hombros.
Aprovecha las horas de navegación en que la mar está sosegada para escribir varias cartas que entregará en Cochín a las naves que en febrero partirán hacia Portugal. Y hay una a la que dedica un tiempo y una atención más especial, es la dirigida a Ignacio:
“La gracia y amor de Cristo Nuestro Señor sea siempre en nuestra ayuda y favor. Amén.

“Verdadero padre mío: una carta tuya recibí en Malaca cuando venía del Japón y en saber nuevas de tu salud y vida... Dios sabe cuán consolada fue mi alma; entre otras muchas palabras de tu carta leí las últimas que decían: ‘Todo tuyo, sin poderte olvidar en tiempo alguno’, las cuales así como con lágrimas leí, con lágrimas las escribo, acordándome del tiempo pasado, del mucho amor que siempre me tuviste y tienes...
“Jamás podría escribir lo mucho que debo a los del Japón... porque no conocí muchos males que había en mí hasta que me vi en los trabajos y peligros del Japón...”


¿Ha sorprendido en algún momento en sí mismo algún leve desfallecimiento de su voluntad de servicio a los prójimos? ¿Se ha descubierto alguna que considera en exceso indignada reacción ante la obcecada altivez de algunos bonzos y dignatarios? ¿Cree haber apreciado dentro de sí mismo algún mínimo movimiento de temor en momentos especialmente difíciles o penosos que le han hecho reconvenirse porque se considera culpable de falta de confianza en su Señor? Su sincera y profunda humildad le hace escribir: “... Claramente me dio Dios Nuestro Señor a sentir mi extrema necesidad de que alguien tuviese grande cuidado de mí. Ahora, mira el cargo que me das de cuidar de tantas almas santas de la Compañía que están acá... A los de la Compañía esperaba que me habías de encomendar, y no ellos a mí...
“Me escribes... cuántos deseos tienes de verme antes de acabar esta vida. Dios sabe cuánta impresión hicieron estas palabras de tan grande amor en mi alma y cuántas lágrimas me cuestan las veces que de ellas me acuerdo...”


Sensible, emotivo Francisco que se siente conmovido hasta las lágrimas al leer las expresivas frases afectuosas del venerado amigo ahora tan lejano y al recordar los hermosos días vividos junto a “su verdadero padre”.
Y porque él desea también un reencuentro con Ignacio, se atreve a terminar el párrafo con esta frase que es sólo como la concreción de un sueño largamente acariciado: “...A la santa obediencia no hay cosa imposible...”
¡Si la santa obediencia le llamase un día a Roma...!; pero no insiste ni se recrea más en esta posibilidad que le embarga de gozo con sólo imaginarla.

Plantea a continuación cuestiones prácticas: la necesidad de que los de la Compañía que se manden a Japón sean hombres muy preparados y muy experimentados, porque: “...Van a ser más perseguidos de lo que muchos piensan; van a ser muy importunados de visitas y preguntas a todas horas del día y parte de las de la noche y llamados a casas de personas principales, que no se pueden excusar. No van a tener tiempo para orar, meditar, contemplar, ni para ningún recogimiento espiritual; no podrán decir misa, a lo menos a los principios; continuadamente van a estar ocupados en responder a preguntas; para rezar su oficio les ha de faltar tiempo y aún para comer y dormir...

“Van a pasar grandes fríos, porque Bandô, que es la más principal universidad del Japón, está muy para el norte... Yo había pensado que serían buenos para el Japón flamencos o alemanes que supiesen castellano o portugués, porque son capaces para muchos trabajos corporales y también para sufrir los grandes fríos de Bandô...”

Y por último le cuenta sus planes para el próximo verano: “... Este año de 1552 espero ir a la China por el gran servicio de Dios que se puede seguir..., porque sabiendo los japoneses que la ley de Dios reciben los chinos, han de perder más presto la fe que tienen en sus sectas. Grande esperanza tengo de que así los chinos como los japoneses, por la Compañía del nombre de Jesús han de salir de sus idolatrías y adorar a Dios y a Jesucristo, salvador de todas las gentes...”

La carta continúa aún contando detalles de sus trabajos, viajes y decisiones y termina con una frase que expresa con austera concisión todo el desgarro que la lejanía de los amigos le hace sentir casi constantemente: “...Tu hijo menor y en destierro mayor,
Francisco”

A mediados de febrero a llegado a Goa junto con sus acompañantes japoneses. Su primera visita, al desembarcar, y como ha hecho siempre, ha sido para el obispo Alburquerque. Luego, se ha dirigido al colegio de San Pablo. Nada más llegar, y siguiendo también una vieja costumbre, ha preguntado si hay algún enfermo en la casa. Lo hay, un joven hermano lleva semanas con fiebre alta; el padre Francisco ha ido directamente a la enfermería para interesarse por su salud, comprobar que está bien atendido, decirle unas cariñosas frases de aliento y darle su bendición.

Inmediatamente después se ha enfrentado con el feo problema causado por el erróneo comportamiento de Antonio Gomes. El provincial, que ha sido hace un momento paternalmente tierno con el hermano enfermo, es ahora estricto y severo con el soberbio y desobediente. Le ha hecho venir a su presencia. Ha colocado el documento de su presencia y le ha dicho:
-Esta es la patente que me nombra provincial del Oriente y me concede todos los poderes para el cargo. Con la autoridad que el general de la Compañía me otorga te mando que salgas inmediatamente de Goa para dirigirte a la fortaleza de Diu, donde permanecerás trabajando hasta que otra cosa te sea ordenada.

Y esta vez ha sido inflexible; Antonio Gomes ha tenido que marchar desde Goa, a pesar de su profundo disgusto, de sus muchas protestas y de los ruegos de varios de sus amigos.
Al colegio de San Pablo volverán los alumnos nativos que nunca debieron haber sido expulsados de él.
Y ahora es preciso elegir un nuevo rector. Entre los miembros de la Compañía que han llegado recientemente de Portugal y que Francisco ha encontrado en Goa a su llegada está el padre Melchor Nunes Barreto. Ha traído un documento del padre Simón Rodríguez, provincial de Portugal, en el que se le designa para el cargo de rector.
-¿Qué preparación traes para el cargo de rector? –ha preguntado el padre Francisco.

-He estudiado tres años de filosofía y seis años de teología en la Compañía.
-¡Quisiera Dios que tuvieras tres años de Teología y seis de experiencia! –ha exclamado el provincial; y para que adquiera esta experiencia misional que le falta, ha dispuesto que Melchor Nunes salga para Basain y trabaje allí hasta que se le designe otro destino. Y Melchor, verdadero hijo de la Compañía, ha aceptado de corazón la orden y se ha dispuesto a cumplirla con la mejor buena voluntad.
Como rector del colegio de San Pablo quedará Gaspar Barceo, venido ya hace tiempo a la India, sacerdote de la Compañía hecho a la medida de los deseos del corazón de apóstol de Francisco y que ha realizado una espléndida labor misionera en Ormuz, desde donde la fama de sus trabajos de evangelización se ha extendido hasta Constantinopla, Persia y Arabia.
Durante dos meses ha convivido Francisco en Goa con sus hermanos de la Compañía. Ha compartido con ellos sus experiencias de vida espiritual, viajes y apostolado. Se ha interesado por cada uno de ellos y les ha hablado, escuchado y aconsejado a cada uno en particular. Todos han tenido ocasión de beneficiarse de su ejemplo y de la sabiduría con que ha dejado organizada la distribución de tareas para cada uno de los que trabajan en esta vasta provincia.

Ha elegido a los padres y hermanos que han de ir a Japón para encontrarse con Cosme de Torres y Juan Fernández en Yamaguchi; les ha organizado el viaje, les ha dado instrucciones muy concretas y les ha provisto de lo necesario.
Todo queda en orden y en buen funcionamiento. Es hora de emprender el viaje a la China.
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