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Autor: | Editorial:



En la corte de Bungo
Las dos cartas le han interesado mucho al padre Francisco, cada una de ellas por un motivo bien distinto. La primera es de Duarte de Gama, un capitán, viejo conocido desde los primeros tiempos en Goa, y cuya nave está ahora fondeada en Okinohama, una gran población junto a la desembocadura del rio Oitagawa, a menos de media legua de Funai, la corte de Bungo.

Duarte de Gama ruega al padre que viaje hasta Bungo; él y sus hombres y los comerciantes que lleva a bordo han estado recorriendo durante muchos meses las costas del Japón y la China haciendo negocios, no lleva un sacerdote con ellos y les agradaría mucho poder contar con los auxilios espirituales que el padre puede prestarles.
La misiva del daimyo Otomo Yoshishige invita cortésmente al sacerdote extranjero a visitar su corte para que puedan conocerse personalmente y porque quiere tratar con él “de ciertos asuntos”.

Francisco ha sonreído cuando le han traducido estas últimas palabras. Se imagina él muy bien cuáles pueden ser los asuntos que impulsan al daimyo de Bungo a hacerle esta invitación: las noticias vuelan por todas estas regiones y, por lo visto, ya le han llegado a Otomo Yoshishige las noticias acerca de los buenos negocios que el daimyo de Hirado ha podido hacer con los comerciantes que viajaban en la nave del capitán Pereira y de los espléndidos regalos que ha recibido Ouchi Yoshitaka en Yamaguchi; seguramente el daimyo de Bungo no quiere perder la oportunidad de conseguir la amistad de este embajador del poderoso rey de Portugal que puede favorecer sus buenas relaciones con los mercaderes de esta nacionalidad que visitan los puertos cercanos a esta capital. Tampoco Francisco quiere perder de ninguna manera la posibilidad que se le brinda de introducirse en un nuevo territorio. Así que tanto por prestar los auxilios espirituales a los portugueses como por “ver si aquel daimyo de Bungo querría hacerse cristiano”, no ha dudado ni un momento de la conveniencia de emprender este viaje. Una tercera poderosa razón personal le anima a ponerse en camino: la secreta esperanza de que esta nave, casi con absoluta seguridad, habrá traído cartas para él, cartas de los hermanos llenas de noticias....

Ha enviado un mensajero para pedir al padre Torres que se venga desde Hirado para hacerse cargo de esta joven comunidad cristiana, mientras él hace el viaje. Aquí se quedará Fernández, así que Cosme, que ya es un veterano en estos trabajos misionales, no tendrá ningún problema. Un último consejo les ha dejado Francisco antes de partir: “Mientras algo no sea ofensa de Dios, paréceme lo más acertado no cambiar nada...” Es decir, respetar y aceptar las costumbres locales, y no sólo eso, sino hasta tratar de incorporarse a ellas por más que puedan parecer extrañas, chocantes e incómodas para el europeo: descalzarse cada vez que se entra en una vivienda, comer alimentos desconocidos de sabores inusuales, acomodarse sobre el suelo para escribir o comer, admitir que en los actos religiosos se sustituyan por reverencias las habituales genuflexiones..., y mil y mil detalles más que el misionero deber ir aprendiendo si quiere de verdad ser recibido sin recelos por la comunidad.

El 15 de septiembre, Francisco, acompañado del fiel Bernardo, de Joane y del recién convertido Mateo, ha llegado a Bungo. Su llegada al puerto donde está anclada la nave portuguesa ha revestido la misma solemnidad que ya tuvo lugar en la nave de Hirado: banderas y gallardetes al viento y salvas de artillería. Y al igual que se ha repetido esta experiencia jubilosa, Francisco ha repetido otra que le causa honda desilusión: tampoco en esta nave hay correo para él.

¿Qué está pasando en la India, en Portugal, en Roma? Sólo noticias generales de palabra consigue del capitán Duarte de Gama y de los comerciantes que viajan con él, pero nada concreto acerca de las actividades de los hermanos de la Compañía. Dolor, dolor, dolor, tristeza, sensación de abandono, de lejanía, de estar perdido y olvidado de los suyos. ¿Por qué este silencio de años?
Su propia desolación interior no le hace desatender sus deberes pastorales para con los portugueses de la nave: confesiones, celebración de la santa misa y administración de los últimos sacramentos a un marinero gravemente enfermo.

Tan pronto como el daimyo ha sabido la llegada de Francisco se ha apresurado a enviarle una invitación para que le visite en su palacio. Funai, la capital, donde vive el daimyo, está río arriba, a corta distancia de Okinohama. En una chalupa adornada de fiesta ha conducido Duarte de Gama al padre Francisco hasta el muelle de la capital. Les acompañan los caballeros portugueses, marineros, criados y esclavos, todos ataviados con sus mejores vestidos. Desde el puerto marcha el cortejo por las calles atestadas de gente y seguido de una multitud curiosa que admira los ricos y extraños atuendos de los extranjeros. Francisco se ha revestido para esta ocasión con sotana de seda, sobrepelliz y una hermosa estola de terciopelo verde.
El joven daimyo, que apenas cuenta veintidós años, ha recibido al padre Francisco y a su cortejo con los mayores honores. Él y los cortesanos que le rodean han observado el sumo respeto con que los portugueses tratan al padre y les ha dejado muy asombrados el gesto de don Duarte, que se ha quitado la soberbia capa para extenderla por encima de las esteras y ha invitado al padre Francisco a acomodarse sobre ella.

La entrevista ha resultado larga, ceremoniosa, amable, extremadamente cortés. Todos los participantes, por motivos bien distintos, desean quedar en buenas relaciones con los otros: al daimyo le interesa la amistad con los poderosos y ricos portugueses, a los comerciantes les conviene poder seguir haciendo negocios sin trabas en todos estos puertos y el padre Francisco quiere lograr la autorización de poder enviar aquí misioneros a los que se les permita predicar libremente la fe de Cristo. Y lo ha conseguido. Otomo Yoshishige le ha prometido una benévola acogida y su protección para los sacerdotes que, enviados por el padre Francisco, lleguen a Bungo.
Después de esta primera entrevista tan favorable, Francisco ha permanecido durante varias semanas en Bungo. Quiere estudiar el lugar y tratar a sus habitantes, calcular todas las posibilidades de trabajo fructífero que ofrece esta región. Han sido días de observación y reflexión para luego tomar decisiones. Una de ellas tomada a raíz de una conversación con Duarte de Gama:
-Decidme, don Duarte, ¿cuál es en vuestra opinión el puerto de estas partes en el que se hacen más negocios?
El capitán de Gama no lo ha tenido que pensar mucho:
-El de Sakai, sin duda; en él se hacen transacciones importantes, se mueve mucho oro y mucha plata en esa plaza. Y ¿a qué viene esta pregunta, padre Francisco, estáis pensando en meteros ahora a negociante? –ha preguntado en tono de broma el capitán.

Y la respuesta le ha venido en un tono bastante más serio, aunque acompañado de una media sonrisa y de un alegre guiño:
-Yo siempre ando metido en negocios, don Duarte; en negocios que miran al servicio de mi Señor...
Ahora los negocios que miran al servicio se su Señor le han hecho replantearse una serie de cosas y tomar varias determinaciones: no volverá a Yamaguchi, como se había propuesto al salir de allá. La falta de noticias le inquieta grandemente acerca de lo que pueda estar pasando en la India y él es el superior de todos los hermanos de la Compañía que trabajan allí. Por otro lado, hay ya en Japón varias pequeñas necesidades que precisan sacerdotes que las atiendan; sólo desde Goa podrá elegir los hermanos adecuados para venir a ocupar estos puestos de misión. Y, por último, algo en lo que ha pensado mucho en estos días: en los primeros años de sus trabajos en la Pesquería le pareció de gran ayuda la protección portuguesa; más tarde, ver el comportamiento de algunos funcionarios le hizo darse cuenta de que depender del poder temporal de los empleados del rey entorpecía y distorsionaba su labor.
Cuando supo que en Japón podría trabajar con gentes que no habían tenido casi ningún contacto con europeos y que no habían vivido en ningún momento bajo el influjo del poderío portugués, se alegró y pensó que sería fructífero y hermoso trabajar con gentes así, y lo ha sido en realidad; pero ha tenido que reconocer que la presencia de los navios portugueses, cargados de ricas y sorprendentes mercancías, y el respeto y consideración que los capitanes y tripulantes de estos le han mostrado, han contribuido mucho a que los habitantes de Hirado y Bungo le escuchasen con más atención, al igual que los espléndidos regalos le habían abierto en su momento las puertas del daimyo en Yamaguchi.

Ahora ha pensado que puede ser gran servicio de Dios proponer al gobernador que se establezca una factoría en Sakai. Un enclave fijo portugués en ese puerto puede proporcionar buenos negocios al rey y para los futuros misioneros del Japón supondrá una cierta seguridad y transporte regular y gratis hasta este lejano país. Y apoya su idea con esta realista reflexión: “Porque no creo que por sólo amor de Dios mandasen un navío con los padres de la Compañía”.
Está decidido: se vuelve a Goa, sin pasar siquiera por Yamaguchi. Con un mensajero envía la noticia, instrucciones y su adiós a Cosme de Torres, a Juan Fernández y a los otros.

Proyecta embarcarse en la nave de Duarte de Gama, que le llevará hasta la isla de Sancián, en la costa de la China. Allí habrá de aguardar a que otra nave le lleve hasta Malaca, ya que Duarte y los mercaderes que lleva a bordo van a proseguir su recorrido de negocios por otros puertos chinos.
Con Francisco han embarcado Bernardo, Joane y Mateo. Y también un embajador del daimyo de Bungo que debe visitar en Goa al gobernador. Le lleva una carta en la que su señor propone un tratado de amistad al rey Juan III.
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