Menu




Autor: | Editorial:



Y ahora, ¿qué vamos a hacer?
¡Dolorosa desilusión! ¡Amarga decepción! Después de todo el penoso y largo esfuerzo que ha supuesto llegar hasta aquí, después de todas las esperanzas y expectativas que Francisco había depositado en su encuentro con el rey del Japón, resulta que en estas islas ¡no hay rey! Al menos no lo hay como Francisco lo había supuesto e imaginado.

Este soberano, al que sus súbditos llaman el Ô, ostenta ciertamente la dignidad dinástica, pero no tiene, al parecer, poder temporal ninguno. Vive confinado en un viejo palacio, gana unas pocas monedas haciendo copias caligráficas de poemas y escritos que se le piden de encargo y recibe dinero, casi en forma de limosna, a cambio de títulos de nobleza concedidos a grandes señores y a bonzos ricos, pero no tiene autoridad ninguna y nadie le obedece.

A pesar de haber averiguado todo esto, los tres recién llegados han intentado ver al Ô. No se les ha permitido ni siquiera pasar de la puerta más exterior del recinto.
-Dicen estos hombres que si no traemos regalos, no nos dejarán pasar –ha traducido el hermano Juan Fernández.
-Explícales que los regalos los hemos dejado en Hirado, pero que los haremos traer tan pronto como se nos conceda una audiencia –ha dicho el padre.
Risas burlonas y gestos despectivos han sido la respuesta y los tres visitantes se han tenido que retirar sin haber conseguido nada.

Y tampoco han logrado ser recibidos por los bonzos del monasterio de Hieizan; y no se les dan razones ni explicaciones. Simplemente sus personas y el mensaje que puedan querer transmitir no interesan, y eso es todo.
Es muy posible que su aspecto humilde, la pobreza de sus vestiduras, la falta de regalos valiosos y su dificultad con la lengua hayan sido las causas de este absoluto rechazo. Francisco ha tenido ocasión de pensar mucho sobre ello. Cada nueva experiencia enseña una lección que hay que saber aprovechar.

-Y ahora, padre Francisco, ¿qué vamos a hacer? –ha preguntado Juan Fernández con desaliento.
-Volvernos a Hirado, hijo.
-Sí, padre, claro, parece lo más puesto en razón. En Hirado teníamos el favor del joven daimyo, podremos predicar a las gentes y quizá el Señor querrá bendecir nuestro trabajo y que se logren muchas conversiones.
-El padre Torres ha trabajado allí todos estos meses, veremos qué se ha conseguido. De todas formas creo que no permaneceremos allí mucho tiempo; aquel es un territorio pequeño y el joven daimyo tiene poco poder. Nosotros hemos venido a traer la fe a todo un país, a tratar de hacer llegar a la mayor cantidad de gente posible el conocimiento de la gloria de Dios. Es muy probable que hasta ahora no lo hayamos hecho bien y que Nuestro Señor quiera que, de aquí en adelante, procedamos de otra manera.

Francisco no ha querido explicar nada más y Juan Fernández se ha guardado muy mucho de interrumpir su silencio; sabe que el padre puede pasar con toda naturalidad de la acción más arriesgada a la oración más profunda y ahora parece haberse sumido en concentrada meditación.
Sólo diez u once días ha durado la estancia en Miyaco.
Con la ayuda de Bernardo, el hermano Fernández ha podido contratar una barca en la que harán el viaje de vuelta. Hace un frío terrible, los caminos están helados y el viaje por tierra sería casi imposible.

De todas formas, y a pesar de la práctica marinera que a estas alturas tienen ya Francisco y los suyos, sólo pueden viajar de día bordeando la costa de cerca y deteniéndose cada tarde en cuanto falta la luz para acampar en la orilla.
Habilidades adquiridas en sus años de adolescencia vuelven, una vez más, a serle útiles al más joven de los hijos del castillo de Xavier: sabe armar en unos pocos momentos un refugio con piedras y ramas para que les sirva de albergue durante la noche, sabe despiezar limpiamente el trozo de pescado que han comprado a unos pobres pescadores, sabe encender y mantener la fogata en que se preparará la cena y que conservará vivos durante las bajas temperaturas nocturnas a los tres viajeros.

Grande ha sido la alegría del padre Torres cuando a mediados de marzo de este año 1551 ha visto llegar al padre Francisco y a sus dos compañeros. ¡Tantas cosas tienen que contarse! Los viajeros han narrado todas las penalidades experimentadas en el largo recorrido y la gran decepción final sufrida al encontrarse con que el imaginado rey del Japón no tiene ninguna influencia sobre sus súbditos y no se puede contar con su ayuda para predicar la fe cristiana en las islas japonesas.
Cosme de Torres, por su parte, puede informar de sus trabajos en Hirado y de que durante estos cuatro meses ha instruido y bautizado a unas cuarenta personas.
Luego de unas cuantas horas de conversación intercamiando noticias, la charla languidece y se producen silencios. De pronto, Cosme se siente en el deber de informar de algo que ha olvidado hasta este momento:
-La nao portuguesa zarpó hace ya más de ocho semanas. El capitán Pereira se llevó todas vuestras cartas mas algunas otras que yo escribí para los nuestros en Goa, en Portugal y en Roma.

-Bien.
Al padre Torres le sorprende un poco la lacónica respuesta; el padre Francisco suele ser más atento y cordial en las conversaciones con sus hermanos. Ahora parece distraído, está como ausente, como pensando en otras cosas...
“Está cansado”, se dice Cosme de Torres, “acaba de hacer un viaje agotador en el que ha sufrido hambre, fríos terribles, grandes peligros y una enorme decepción...”
-Gracias a Dios habéis vuelto con vida y con salud; ahora podréis descansar aquí durante un tiempo y... –dice Cosme.

-Sí, nos hará falta un tiempo –es la respuesta.
El padre Francisco parece haber salido de su ensimismamiento; Cosme cree haberle animado a seguir su consejo de que descanse, por eso la siguiente frase de su superior le deja completamente desconcertado:
-¿Sabéis si hay en Hirado un buen sastre?
-¿Un... buen...sastre, decís?
-Eso he dicho; ¿conoces alguno?
-Pues no, pero el daimyo viste muy bien, supongo que... sí, que su ropa se la hace un buen sastre.
-Hazle venir, necesitamos buenas ropas. Y que traiga muestras de sedas negras. Juan Fernández y yo le encargaremos sotanas con esclavina. Y que traiga también telas de colores de la mejor calidad. Bernardo, Antonio y Manuel han de vestirse igualmente de modo adecuado.
El padre Torres no sale de su asombro. ¿Qué le ocurre al padre Francisco? ¿El cansancio y las penalidades sufridas le han trastornado hasta el punto de...?
-Vamos a volver a Yamaguchi.

-¡Pero, padre Francisco, si de Yamaguchi os fuisteis porque el daimyo Yoshitaka no quería...!
-Vamos a volver a Yamaguchi, Cosme. Esta vez será distinto. Esta vez no iremos como unos pobres extranjeros. Esta vez Ouchi Yoshitaka va a recibir al nuncio del Papa de Roma y al embajador del rey Juan III de Portugal. Yoshitaka es el señor más poderoso que hasta ahora hemos encontrado, a él le entregaremos los regalos que trajimos para el rey y a él le ofreceremos la amistad del soberano portugués.
“Conseguiremos su autorización para volver a predicar nuestra santa fe en sus dominios.”
-Sigo pensando, padre Francisco, que deberíais descansar antes de emprender nuevos trabajos.

-¿Descansar? ¿Ahora? ¿Cuando nos queda aún toda la siembra por hacer? Luego tendremos toda una eternidad para descansar, Cosme. Ahora lo que nos cumple es preparar esta misión tan cuidadosamente como nos sea posible.
Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!