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Autor: | Editorial:



Hacia la corte de Miyalo-Kyoto
Finaliza octubre de 1550 cuando Francisco y sus dos compañeros parten de Hirado.
En otra época del año este viaje se hubiera hecho en barco hasta el puerto de Sakai, el más cercano a la ciudad de Miyaco, pero los vientos no son muy propicios para esa navegación en estos meses de otoño, así que sólo una primera etapa del viaje hasta Hakata se hace por mar; a partir de ahí el recorrido se hace todo él a pie, excepto la corta travesía entre Kurosaki y Shimoneseki que, naturalmente, es preciso realizar en barca.

Todo esto se ha previsto desde el mismo momento de la partida, y se ha previsto algo más: Francisco ha sido informado de que en el camino hacia Miyaco deberán cruzar las tierras de un importante daimyo, así que decide:
-Nos detendremos en Yamaguchi la ciudad del daimyo Ouchi Yoshitaka. Predicaremos allí la ley de Dios Nuestro Señor. Si el daimyo es tan poderoso como nos han informado y se convierte, quizá logremos hacer muchos cristianos entre sus súbditos.
Los viajeros son animosos, pero el viaje está resultando terriblemente duro. Marchan los tres por parajes completamente desconocidos; Bernardo y Juan Fernández, que ya habla el japonés con una cierta soltura, han de preguntar continuamente para asegurarse de que marchan en la debida dirección; así y todo andan perdidos en muchas ocasiones y han de deshacer el camino con bastante frecuencia. Los vestidos pobres de los dos extranjeros no incitan a las gentes a preocuparse por ellos o a prestarles ayuda. En las posadas donde se albergan para pasar las noches no son precisamente bien recibidos y, a pesar de que pueden pagar el hospedaje, les dan para cenar las más míseras raciones y se les reserva para dormir el último rincón disponible, que muchas veces es poco más que una cuadra. Los tres deben acomodarse allí para pasar la noche con la propia vieja manta como todo cobertor.

Los europeos están aprendiendo a su costa que muchos japoneses les consideran bárbaros extranjeros venidos del sur y no ocultan en ningún momento el desprecio que sienten por ellos.
A todas estas adveras y penosas circunstancias viene a añadirse que está ya muy avanzado el otoño y que el tiempo se presenta especialmente frío en estas regiones, a más de que ellos, que vienen de latitudes mucho más calidas, no van vestidos, ni mucho menos, de manera adecuada para soportar tan bajas temperaturas.
En las forzadas horas de vela de muchas de estas noches en que el frío y la incomodidad ahuyentan el sueño, Francisco repite a media voz para sí mismo, y también para sus dos compañeros, la reflexión que ya escribió desde Kagoshima a sus amigos de Goa:

-Hízonos Dios muy grandes y señaladas mercedes al traernos a estas partes. No tenemos en qué poder confiar ni esperar sino en Dios, acá no tenemos parientes ni amigos ni conocidos; por esta causa nos es forzado poner toda nuestra fe, esperanza y confianza en Cristo Nuestro Señor y no en criatura viva. En otras partes, donde nuestro Creador, Redentor y Señor es conocido, las criaturas suelen ser causa e impedimento para descuidar de Dios: amor de padre, madre, parientes, amigos y conocidos, y amor de la propia patria y tener lo necesario así en salud como en las dolencias, teniendo bienes temporales o amigos espirituales que suplen en las necesidades corporales.

“Acá en tierras extrañas donde Dios no es conocido, hácenos el tanta merced que las criaturas nos fuerzan y ayudan a no descuidar de poner toda nuestra fe, esperanza y confianza en Él.
“Pensábamos nosotros hacerle algún servicio en venir a estar partes a acrecentar su santa fe y ahora, por su bondad, dionos claramente a conocer y sentir la merced que nos tiene hecha, tan inmensa, en traernos a Japón, librándonos del amor de muchas criaturas que nos impedirían tener mayor fe, esperanza y confianza en Él.”
A principios de noviembre han llegado a Yamaguchi. Los dominios del daimyo Yoshitaka parecen ser realmente tan espléndidos como les habían anunciado. Se decía que la ciudad era de las más nobles y grandes del Japón; los recién llegados reconocen que ciertamente es muy hermosa y grande: cuenta con más de diez mil casas y muchos palacios. En el centro de la ciudad, encerrada en un enorme rectángulo de jardines, se alza la mansión del daimyo.

Después de mucho buscar en vano, Francisco y sus dos compañeros han encontrado, por fin, alojamiento en casa de un hombre llamado Uchida.
Y tan pronto como han estado instalados comienzan su trabajo. Salen a las calles dos veces al día, mañana y tarde. Buscan un lugar frecuentado y el hermano Juan Fernández lee en voz alta un pasaje del libro que el padre compuso en Kagoshima y que Anjiró tradujo al japonés. Después de la lectura se hace un comentario sobre lo leído. Juan Fernández se esfuerza por traducir al japonés todo lo más fielmente que le es posible las palabras de Francisco.

Se reúne bastante gente para oír estas predicaciones callejeras y las reacciones de los oyentes son variadas. Los dos predicadores tienen ya experiencia de este tipo de aventuras, así que están preparados para la indiferencia, las burlas, las risas, los insultos... y hasta para algo más.
Un día en que, como de costumbre, el hermano Fernández lee pausadamente en voz alta en una calle concurrida, un hombre de aspecto arrogante se ha abierto paso con brusquedad por entre el grupo de oyentes, se ha llegado hasta el lector y le ha escupido en la cara.
Francisco ha dado un paso para interponerse entre el hermano y su agresor porque teme que repita su gesto o que quizá se atreva a algo más violento aún.

El grupito de oyentes se ha abierto separándose de los protagonistas de la escena, pero todos los ojos siguen atentamente lo que ocurre. Y lo que ocurre es que el hermano Juan Fernández ha sacado sosegadamente su pañuelo, se ha limpiado la cara y ha reanudado la lectura con toda tranquilidad. Del grupo de espectadores se ha levantado un murmullo de comentarios. El hombre de aspecto arrogante se ha vuelto para increpar ahora a los que se reagrupan en torno a los dos extranjeros y ha terminado por retirarse mascullando insultos y maldiciones.

Y todavía no se ha restablecido el silencio cuando otro hombre, esta vez alguien bien vestido y de ademanes refinados, se ha destacado del grupo para acercarse al lector y su acompañante.
Se ha presentado diciendo que su nombre es Naito Okimori y que es secretario del daimyo. Se ha disculpado ante los extranjeros por el descortés comportamiento de su compatriota y les ha invitado a comparecer ante su señor:
-Se habla mucho estos días por toda la ciudad de la nueva ley que enseñáis y le agradaría escucharos.
El día concertado para la audiencia, el padre Francisco y el hermano Juan se han presentado en el palacio de Yoshitaka. Naito, el secretario, los ha introducido en el salón donde les recibe el daimyo, acompañado únicamente por un anciano bonzo.
Contrastan grandemente las modestas sotanas de los dos europeos con las lujosas vestimentas de los japoneses.
Presentaciones, reverencias, frases formularias de cortesía... Y, al fin, he aquí a los dos extranjeros acomodados frente al daimyo. El hermano Fernández inicia la lectura: La Creación... Adán y Eva... Caín y Abel...
El lector está absolutamente concentrado en su trabajo, es preciso que su pronunciación sea lo más correcta posible. Francisco tiene plena confianza en el hermano Juan, está seguro de que lo que está haciendo lo está haciendo bien y le oye leer un texto que él se sabe casi de memoria. No necesita dedicar su atención a lo que se lee.
Observa, en cambio, lo que está ocurriendo a su alrededor.

El daimyo Yoshitaka parece seguir la lectura con mucho interés. El anciano bonzo, con las manos perdidas en las mangas y la mirada perdida en el aire, escucha indiferente e impasible.
Unos discretísimos murmullos y un leve crujir de sedas han hecho percatarse a Francisco de que, aunque en la espaciosa sala no están más que ellos cinco, fuera, en los pasillos y antesalas, otras muchas personas están atentas a la voz del hermano Fernández.
Y dura ya la lectura poco más de una hora. Se ha llegado a la destrucción de Sodoma a causa de los graves pecados que allí se cometían. En este momento, el rostro de Yoshitaka, que hasta ahora ha mostrado un gesto de amable complacencia, se ha endurecido ligeramente y un apenas imperceptible fruncimiento de repulsa ha hecho incorporarse inmediatamente al secretario. Naito Okimori conoce muy bien a su señor y sabe que hay algunos temas que no se pueden mencionar impunemente en su presencia.

Los extranjeros se han permitido la libertad de condenar ciertas prácticas y, a partir de este momento, ya no resulta agradable escucharles. Se les indica que deben retirarse.
Los visitantes han hecho las debidas reverencias de despedida y, conducidos por el secretario, han salido en silencio.
-¿Qué le ha pasado al daimyo? ¿Por qué habrá mandado detener la lectura de esa manera tan brusca? –plantea el hermano Fernández tan pronto como se ve fuera del palacio.
-No le ha gustado nada la mención que leías de los pecados de Sodoma y los castigos que por esos pecados merecen los hombres que los cometen. Él sabrá por qué esa narración le ha afectado tanto.
-¡Nos miraba con expresión tan severa! ¿Nos mandará matar?

-Si lo hace, tendremos que mostrar nuestro desprecio por la muerte. Eso hará que nos aprecien, que nos crean y que acepten nuestras enseñanzas.
Y ciertamente desprecio a la muerte ha demostrado el padre Francisco en múltiples ocasiones al enfrentarse valientemente a algunos nobles que se burlan de sus enseñanzas con orgulloso desdén.
-Vosotros, los que os tenéis por más poderosos y más sabios, sois los que menos provecho sacáis de las verdades que hemos venido a enseñaros –les ha reprochado.
Juan Fernández piensa cuando le ve desafiar así a personajes importantes: “Está buscando morir por nuestra santa fe”.
Seis semanas largas llegan en Yamaguchi. Sólo unas pocas personas han creido en las enseñanzas que predican y se han hecho cristianas, entre ellas Uchida, el hombre que les ha dado alojamiento todo este tiempo; con él se han bautizado varios miembros de su familia, pero como no parece que se puede hacer mucho más, visto el poco favor que cabe esperar del daimyo, Francisco se decide a continuar el viaje hacia Miyaco-Kyoto.
Han puesto grandes esperanzas en este viaje a la capital del Japón. Imagina que el rey será un monarca poderoso, al igual que lo son el rey de España, el de Francia, el de Portugal... Y cuando él, Francisco, logre ganar su confianza y alcance el permiso para predicar en todo este reino, entonces... Y si, con la ayuda de Dios, consiguiera que este poderoso rey del Japón se convirtiera y recomendara a sus súbditos que abrazasen la ley cristiana...

Se propone visitar también el prestigioso monasterio de Hieizan, que más que ningún otro parece merecer ser considerado como uno de los grandes centros de estudios. Se presentará a los bonzos que lo dirigen. Quizá encuentre allí monjes sabios y dialogantes, como el anciano Ninshitsu del monasterio de Fukushoji, en Kagoshima. Hablará con ellos, les expondrá la doctrina cristiana, escuchará sus explicaciones, comparará sus creencias con las propias, rebatirá sus razonamientos. Les mostrará en todo momento respeto y afecto porque desea su amistad; y cuando logre que ellos sean sus amigos, sus verdaderos amigos, entonces ¡podrá hacer tantas cosas magníficas en servicio de Dios Nuestro Señor!
Dos meses largos ha durado el viaje hasta Miyaco; parte se ha hecho a pie y parte en barco. Han tenido que atravesar zonas en las que se está guerreando en enfrentamientos de unos señores con otros y han corrido mil veces peligros de caer en manos de ladrones.
Para evitar este último riesgo se han añadido durante un largo trayecto a la escolta de un noble que viaja en litera, acompañado de sus servidores. Hace frío, mucho frío. Hay más de un palmo de nieve helada sobre el suelo. La comitiva marcha a buen paso, a veces casi corriendo. Francisco, Juan Fernández y Bernardo, cargados con sus exiguos hatillos, han de apretar el paso para no quedar rezagados y perder la protección que la compañía supone. El hermano Fernández observa que el padre Francisco sonríe en medio del jadeo que le produce el apresurado ritmo de la marcha y que en varios momentos ha jugueteado con la naranja que lleva en la mano. La ha lanzado al aire y ha vuelto a recogerla en plena marcha con la precisión del más consumado pelotari.
Y porque el padre ha sorprendido la mirada de admiración que esta habilidad ha despertado en el hermano le explica, sin dejar de caminar y sonreír:

-¡Es tan grande la bondad y la misericordia de Dios! ¡Pensar que nos ha elegido para llevar su doctrina a lugares tan alejados! ¡Nos ha elegido a nosotros para una tarea tan hermosa!
Le brillan los ojos de una manera... El hermano Fernández está por asegurar que los tiene llenos de lágrimas.
¿Le lloran los ojos de frío, de alegría, de emoción?
Y, al cabo, han llegado a Miyaco.
¿Es esa la capital del gran rey del Japón? La ciudad presenta un aspecto más bien pobre y desolado: edificios en ruinas, casas quemadas...
Por aquí también ha debido de pasar la guerra.
¿Estará aquí el poderoso rey que gobierna el Japón?
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