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Autor: | Editorial:



A los hermanos
Antes de partir de Hirado el padre Francisco se ha sentado a escribir una serie de cartas que se propone confiar al capitán Pereira: la nao que no trajo correo, irá, en cambio cargada de escritos para los hermanos.

A los compañeros que quedaron en Goa les escribe una carta larguísima llena de noticias, consejos e instrucciones, y entre otras muchísimas cosas les dice: Después de vista la disposición del fruto que en las almas puede hacerse..., no será mucho escribir a todas las principales universidades de la cristiandad para descargo de nuestras conciencias, cargando las suyas, pues con sus muchas virtudes y letras pueden curar tanto mal...

“A ellos escribiremos... del fruto que con su ayuda se puede hacer, para que los que no pudieren acá venir, favorezcan a los que se ofrecieren por gloria y salvación de las almas, a participar de mayores consolaciones y contentos espirituales de los que allá por ventura tienen; y si la disposición de estas partes fuera tan grande como nos va pareciendo, no dejaremos de dar parte a Su Santidad..., no olvidando de escribir a todos... los frailes que... viven con deseos de glorificar a Jesucristo en las almas que no lo conocen, y por muchos que vengan, sobra lugar en este grande reino para cumplir sus deseos, y en otro mayor que es el de la China, al que se puede ir, llevando salvoconducto del rey del Japón, el cual confiamos en Dios que será nuestro amigo...

“Vivimos con mucha esperanza de que si Dios Nuestro Señor nos diere diez años de vida..., veremos en estas partes grandes cosas por los que de allá vinieren y por los que Dios en estas partes moverá a que vengan en su verdadero conocimiento...
“...siendo a Dios Nuestros Señor manifiestas todas nuestras continuas maldades y grandes pecados, vivimos con un debido temor de que deje de hacernos mercedes y dar gracias para comenzar a servirle con perseverancia hasta el fin...”


Como se hace habitualmente en estas regiones, de cada una de las cartas que va escribiendo Francisco se están haciendo varias copias. Cada copia se enviará en navío distinto, así se espera que, al menos una de ellas, llegará a su destino. ¡Se pierden tantos barcos en las tempestades y a manos de piratas! Mientras el padre escribe en un lugar de la casa, en otro rincón apartado trabajan en las copias Cosme de Torres y el hermano Fernández. Se turnan en la labor, unas veces escribe uno y dicta el otro y luego cambian su tarea.
Le ha tocado al hermano escribir el párrafo anterior. Al llegar a las frases que mencionan las “continuas maldades y los grandes pecados”, ha interrumpido la escritura para dejar la pluma en el aire y mirar al padre Torres con aire perplejo:

-¡Continuas maldades y grandes pecados! ¿Creéis que el padre Francisco piensa de si mismo que comete maldades y pecados? ¡Si todos le tenemos por un santo!
-Tengo entendido que cuanto más perfecto es un ser humano y más cerca vive de Dios, más claramente descubre sus propias debilidades e imperfecciones. Sí, creo que el padre Francisco se tiene a sí mismo por un gran pecador y eso justamente es lo que nos autoriza a creer con más certeza en su santidad.
Y siguen el padre Torres y el hermano Juan trabajando en las copias.

Termina esta carta con unos párrafos que retratan precisamente los entrañables sentimientos que guarda en su corazón para sus hermanos de la Compañía.
“Así acabo sin poder acabar de escribir el gran amor que os tengo a todos en general y en particular; y si los corazones de los que en Cristo se aman se pudiesen ver en esta presente vida, creed hermanos míos carísimos que en el mío os veríais claramente... Ruegos mucho que entre vosotros haya un verdadero amor, no dejando nacer amarguras de ánimo. Convertid parte de vuestros fervores en amaros los unos a los otros, y parte de los deseos de padecer por Cristo en padecer por su amor, venciendo en vosotros todas las repugnancias que no dejan crecer ese amor, pues sabéis que dijo Cristo que en esto conoce a los suyos, si se amaren los unos a los otros...
“Vuestro todo en Cristo
Francisco”


Y escribe a micer Paulo que bajo el rectorado de Antonio Gomes sigue trabajando en el colegio de San Pablo.
“...Si tanta memoria tenéis de mí, cuanta yo tengo siempre de vos, continuamente nos veremos en espíritu, no sintiendo casi nada la ausencia corporal... Trabajad mucho en enseñar y doctrinar en ese colegio a mozos chinos y japoneses sobre todos, mirando mucho por ellos...; que sepan leer y escribir y hablar portugués, para que sean intérpretes de los padres, que, placiendo a Dios Nuestro Señor, antes de muchos años vengan a Japón y a la China; porque en parte ninguna de las que están descubiertas me parece que se puede hacer tanto fruto como en éstas, ni perpetuarse la Compañía, si no fuere en la China o en Japón...Las cartas que vinieren de Portugal y de Roma para mí, mandadlas a Malaca a Francisco Pérez...”
¡Siempre el ansia de cartas, de noticias!
“Si algún predicador hubiere en casa que puede ir a Ormuz, mandadlo en lugar de maestro Gaspar;... y, si no hubiere predicador, hasta que venga alguno, mandaréis algún padre que con su humildad y virtud fructifique en las almas, en confesar y dar Ejercicios de la primera semana, enseñar a los niños y otras muchas cosas que puede hacer un hombre espiritual: porque los buenos, entre los malos, con su vida y obras siempre predican más que los que predican en los púlpitos, pues más es obrar que hablar.

“Si allá fuesen dos bonzos, que este año van a Malaca, trabajad mucho con ellos... mostrándoles mucho amor, como yo hacía a Pablo-Anjiró cuando estaba allí, porque es gente que por sólo amor se quiere llevar; y no entréis con ningunos rigores con ellos...”

No está seguro de que los dos bonzos que han hablado de hacer una visita a los territorios dominados por portugueses para comprobar las historias que ha contado Anjiró vayan en realidad a emprender la travesía; les ha oído decir en varias ocasiones que el viaje por mar les atemoriza bastante, pero para el caso de que lleguen hasta Goa, quiere que micer Paulo conozca su deseo de que les reciba amistosamente y cuide de ellos, sin exigirles nada ni entrar en discusiones con ellos.
Y, por último, una recomendación de orden práctico: “Los padres que vinieren vengan bien provistos de vestidos de paño y calzado, porque aquí morimos de frío.
“Vuestro en Cristo carísimo hermano
Francisco”


Hay también una carta para Antonio Gomes, el hijo por el que ha venido grandemente preocupado. Inmediatamente después del habitual saludo inicial, entra en el tema que le parece de máxima importancia: “...continuamente te tengo delante de mis ojos, deseándote por ventura más bien espiritual del que tú mismo te deseas. Encomiéndote mucho, sobre todos los hermanos que están en la India, que tengas especialmente cuidado de ti mismo, y que no te descuides en cosa que tanto importa; porque si de esta te olvidas, no espero encomendarte cosa ninguna, y si de esto fuera cierto que tienes continua memoria, mucho espero de ti...”
Le está recordando, esta vez por escrito, lo que ya le repitió tantas veces de palabra antes de salir de Goa: que cuide su vida espiritual, que sea fiel en la oración, que practique la humildad, que sea comprensivo y caritativo con sus hermanos y subordinados.

La carta es larga y está llena de noticias e instrucciones acerca del bien dirigir la parcela que Antonio Gomes debe gobernar en nombre de la Compañía.
Y termina la carta con una fórmula que muestra todo el cariño e interés que siente por este hijo tan problemático:
“Nuestro Señor te de tanto bien espiritual y gloria en el otro mundo cuanto para mí deseo.
Francisco”

¿Y ha terminado ya esta carta? No; el amor y la inquietud que siente por Antonio le fuerzan a tomar de nuevo la pluma para, incluso después de la firma, añadir todavía unos párrafos: “Por amor de Nuestro Señor te ruego que te hagas amar mucho de todos los hermanos de la Compañía, así de los que están en casa, como de los que están fuera, por cartas.

“También enseñarás oraciones en alguna iglesia..., predicando los domingos y las fiestas, después de comer, a los esclavos y cristianos los artículos de la fe en la lengua que ellos hablan para que te entiendan, como yo lo hacía cuando allá estaba, y esto para que des ejemplo a los otros.
“Ruégote mucho que particularmente me escribas cosas interiores tuyas, pues sabes cuanto me gustaría, sacándome de un cuidado grande en que vivo... Me gustaría saber que todos los hermanos de la Compañía te aman mucho, así los que están en casa como los de fuera; porque no estaré satisfecho en saber que tú los amas, sino en saber que de ellos eres amado.
Francisco”


Ahora sí, ahora da por terminada esta carta tan entrañable a este hijo tan difícil. ¿Surtirán efecto los ruegos y recomendaciones dados con tanto interés y cariño?
Francisco está viviendo su propia intensa aventura tanto en el plano físico como en el espiritual, pero sus experiencias personales no le hacen olvidar en ningún momento a los hermanos diseminados por las tierras de la India e Indonesia; a todos les llega su amor y con todos comparte sus conocimientos; les sugiere que actúen “como yo lo hacía cuando allá estaba”. No pretende ponerse de ejemplo, sino enseñarles un modo de hacer que a él le daba resultado y que cree que puede ser útil a los otros.

Ha llegado el momento de emprender el viaje hacia Miyaco.
Los viajeros se llevarán sólo lo imprescindible: Bernardo ha cargado con un saquito que contiene arroz tostado que les servirá de alimento en las jornadas en que no logren nada mejor; el hermano Fernández porta unas alforjas en las que guarda una sobrepelliz, tres ó cuatro camisas y una vieja manta de lana; y el padre Francisco lleva consigo su breviario, su libro de lectura espiritual y sus escritos en japonés. Ninguno de los trece cree necesitar más para este viaje de exploración. Cuando hayan realizado el recorrido previsto y tengan experiencia de cuáles son realmente las condiciones de la ruta y los peligros a los que debe enfrentarse, decidirán lo que sea más conveniente en orden al futuro viaje de todo el grupo hasta la ciudad donde reside el rey del Japón para ofrecerle los regalos que le han traído.
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