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Autor: | Editorial:



Hirado
Y ahora que tenemos que abandonar Kagoshima, ¿a dónde iremos? –ha preguntado el hermano Juan Fernández.
-¿A dónde? ¡A Hirado, naturalmente! –ha contestado Francisco.

Y hay un tono de tan amistosa seguridad en su voz, que sus compañeros le miran con una cierta sorpresa, y el completa su frase con esta explicación:
-¿No habéis oído que hay en Hirado una nave portuguesa? ¡Nos habrá traído cartas! Cartas de Malaca, de Goa, quizá de Portugal o hasta de Roma...
Y le rebrillan los ojos de alegría al hablar de la casi seguridad de recibir noticias de los amigos que ha ido dejando a lo largo del extensísimo recorrido de Italia al Japón.

A finales de agosto de 1550, poco más de un año después de su llegada a este puerto, abandonan Kagoshima.
Viajan en dirección a Hirado en la embarcación que les ha proporcionado el daimyo Takahisa y en la que se han acomodado de la mejor manera posible Francisco, Cosme de Torres, Juan Fernández, sus intérpretes japoneses Joane y Antonio, Bernardo, que no se quiere separar de su querido maestro, el chino Manuel y Amador, el criado malabar. Llevan con ellos sus equipajes y los regalos que han traído de Goa y Malaca destinados al rey del Japón.

Dos semanas de navegación bordeando la costa han tardado en llegar a Hirado. Se tiene que fondear y saltar a tierra cada noche, la barca es pequeña y no se puede hacer fuego en ella.
Tan pronto como desde el navío portugués se ha identificado a los tripulantes de la pequeña embarcación que se acerca, se ha producido a bordo una extraordinaria actividad: Voces lanzando órdenes, hombres trepando a los palos para desplegar banderas y gallardetes, artilleros apresurándose a sus puestos para lanzar salvas de saludo y marineros agolpándose en la borda para echar las escalas que permitirán a los misioneros subir a bordo.
Los recién llegados se asombran bastante ante este recibimiento tan espectacular, pero tan pronto como Francisco pone pie sobre la cubierta de la nao su asombro se trueca en gozosa sorpresa; el capitán de esta nave es un viejo conocido suyo:

-¡Mi buen amigo Pereira, qué espléndido regalo del cielo encontraros aquí!
-Para nosotros sí que es una bendición que hayáis llegado. No llevamos capellán a bordo y andamos muy necesitados de los auxilios espirituales que podréis prestarnos.
-Cosme y yo estaremos a vuestra disposición para todo aquello que preciséis. ¡Qué pronto habéis descubierto que éramos nosotros los que llegábamos!
-No es nada extraño. Sabíamos de vuestra estancia en Kagoshima y contamos, además, con la excelente vista de nuestros vigías...

-¡Y este recibimiento...!
-Hemos querido acogeros con todos los honores, primero porque nos alegra enormemente veros, y luego para mostrar a los habitantes de esta tierra la alta estima en que los cristianos tenemos a nuestros sacerdotes.
El joven daimyo de Hirado, Matsuura Takanou, ha quedado realmente impresionado por el recibimiento que se ha hecho a los misioneros y se ha propuesto enviarles una invitación para que le visiten en el modesto edificio que le sirve de residencia, que está muy próximo al puerto.
Durante todos estos primeros momentos de saludos y comentarios, Francisco ha esperado de Pereira unos gestos y unas frases que no acaban de llegar. Y, por fin, no puede contener su impaciencia por más tiempo:
-¿Me daréis ya las cartas, amigo?

-¿Las cartas? ¿Qué cartas, padre Francisco?
-¿No habéis traído ninguna carta para mí, para nosotros? ¿Ningún mensaje?
-Nadie nos ha dado nada para vos.
Nada, no hay ni siquiera un billete, una nota.
Enorme decepción. Hace casi año y medio que Francisco y sus compañeros salieron de Goa. Quedó allí convenido que toda la correspondencia que llegase de Roma y Portugal se encontraría en Malaca, para que desde allí el padre Pérez hiciese copias y las enviase por medio de todos los navíos que allí recalaban en su ruta hacia los puertos japoneses.

Es grande la desilusión de Francisco ante esta falta de noticias. ¿Qué piensan Ignacio y los otros de su viaje al Japón? ¿Aprueban o desaprueban este intento suyo de llevar la evangelización a estas remotas tierras tan alejadas del imperio portugués de ultramar al que en principio había sido enviado como nuncio del Papa y delegado del rey Juan III? ¿Qué está ocurriendo en Europa? ¿Están sus hermanos de la Compañía tan entregados a sus trabajos que se van olvidando poco a poco del hermano que labora en el Lejano Oriente? ¿La enorme distancia física que los separa está haciendo que se les borre su recuerdo y que pierdan su interés por sus esfuerzos en estas tierras desconocidas en que se mueve?

¿Cómo marchan las cosas en Portugal? ¿Crece allí la Compañía? ¿Se forman en el colegio de Coimbra nuevas promociones de misioneros bien preparados que vengan a ocupar los puestos de misión en las comunidades de cristianos recién fundadas en estas apartadas tierras?
¿Cuál puede ser la razón del largo silencio epistolar de Simón Rodríguez, que sigue siendo, desde la lejana Lisboa, su superior inmediato? ¿Y por qué no le llegan cartas desde Goa, cuando a su salida dejó ordenado que se le informase puntualmente y con frecuencia de todo cuanto allí acaeciese en su ausencia? ¿Y por qué de la más cercana Malaca tampoco le llegan nuevas?

Estas y otras mil inquietantes preguntas se le plantean en unos segundos como relampagueantes trallazos dolorosos que culebrean por su mente. Durante unos cortos instantes guarda un reconcentrado silencio. Está sufriendo una vez más ese viejo dolor ya tan conocido, el de sentirse solo, aislado, alejado, quizá hasta incomprendido y casi olvidado por aquellos a los que tanto ama...; pero sabe reaccionar casi inmediatamente. Es fuerte, tiene que ser fuerte, por sí mismo y por los que con él forman esta avanzadilla de misioneros; y porque se cree elegido por Dios para la empresa de traer la fe en Jesucristo a estas tierras del Japón y porque quiere vivir plenamente su absoluta confianza en Dios, deshecha la turbamulta de inquietantes preguntas y con el dominio de si mismo que le han proporcionado tantos años de pruebas, trabajos, experiencias y sufrimientos, logra comentar con gesto sereno y frase sosegada:

-Habremos de aguardar. Seguramente el próximo barco portugués que llegue a alguno de estos puertos nos traerá...
Y sin más, pasa a aceptar de buen grado la comida que Pereira les ofrece en la nave y que tan sabrosa y nutritiva les resulta después de la parca alimentación a que han debido limitarse durante el viaje.
La sobremesa se alarga en una charla interminable en la que se intercambian noticias y comentarios.

-En nuestro viaje hasta aquí –cuenta Pereira- hemos tocado para comerciar en varios puertos de la China. Es un reino enorme y gobernado por un solo rey. Sus leyes son muy buenas; las gentes viven en paz y tienen abundancia de todo tipo de mantenimientos.
-Tenemos entendido –ha dicho Francisco- que llegaron de China las leyes religiosas por las que se rige gran parte de los japoneses.
-Seguramente es así; y no resulta extraño. Los chinos con los que nosotros hemos tenido tratos nos han parecido muy inteligentes y aficionados al estudio. Y sabemos que de entre ellos los que más saben son más considerados.
-¿Está lejos esa tierra de la China?

-No, es una travesía corta desde aquí; en diez o doce días se puede navegar hasta aquellas costas.
-Quizá debiéramos llegar hasta allá y hablar con el rey de la China, de lo que podría seguirse un gran servicio de Dios, así en aquel reino como en el Japón; porque si los japoneses saben que en la China han aceptado la ley de Dios, seguramente se apresurarían también ellos a recibirla.
Sólo lleva un año en el Japón y ya está pensando en extender su campo de trabajo misional, pero mientras llega el momento en que pueda realizar este viaje apenas entrevisto, no olvida el proyecto que tiene entre manos: visitar al rey del Japón.

-No sé si podréis llegar hasta Miyaco-Kyoto, donde reside el soberano de estas islas –le ha dicho Pereira. Nunca nos hemos aventurado nosotros en el interior de este reino. Nos han llegado noticias de que los grandes señores andan siempre en continuas guerras unos con otros y que los caminos están infestados de bandas de ladrones que roban y matan sin misericordia. ¿No deberíais considerar...?

-Ningún temor nos detendrá. No hay peligros por grandes que sean que nos impidan hacer lo que nos hemos propuesto; y sería para nosotros un don que agradeceríamos muchísimo si Dios Nuestro Señor quisiera concedernos que en su servicio perdiésemos la vida.
Pereira y los oficiales de la nave, que han compartido la comida con los misioneros, contemplan en silencio bastante admirados a estos hombres que hablan con tanta naturalidad de arrostrar peligros seguros y de agradecer perder la vida en servicio de su Señor. También ellos son valientes y saben de riesgos y trabajos, pero lo que se proponen estos hombres por puro amor de Dios...
Al fin, Pereira se decide a romper la pausa que se ha producido después de las palabras de Francisco y lo hace en tono chancero para quebrar la emoción del momento:
-Pues la vida no sé si perderíais en el camino de aquí a Miyaco-Kyoto; de lo que sí estoy seguro es de que no llegaríais muy lejos con las ricas mercancías que habéis traído para el rey. Son un botín demasiado apetecible como para que los bandidos os dejen circular con él libremente...

Se ha deliberado durante horas, se han oído opiniones y consejos de unos y de otros; al final Francisco ha tomado una decisión: se irá él con Juan Fernández y con Bernardo. En Hirado se quedarán Cosme de Torres y los otros y con ellos todos los ricos presentes traídos desde Goa y Malaca.
Aprovecharán la buena acogida que les ha ofrecido el daimyo para instalarse en una casa y, desde ella, iniciar una labor evangelizadora. Los dos japoneses, Antonio y Joane, serán los intérpretes del padre Torres.
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