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Amigos y enemigos
Armado con su “libro en japonés”, Francisco se lanza a esta experiencia que ya ha repetido tantas veces: predicar en una lengua que apenas conoce. Lo hizo en Monselice, cuando sólo tenía nociones de italiano, lo ha hecho en la Pesquería sin saber casi nada de tamil, y en todo su recorrido por Indonesia con un conocimiento escasísimo del malayo; ahora va a intentar hacerlo en japonés cuando sólo lleva unos meses viviendo entre estas gentes que hablan una lengua tan dificilísima para un occidental.

Día tras día va a sentarse en el peldaño más alto de la escalinata que conduce al monasterio de Fukushoji. Abre su libro y empieza a leer. Lo hace despacio y en voz alta. Muy pronto se reúne a su alrededor un grupo numeroso de oyentes. Su dicción imperfecta, la traducción de Pablo-Anjiró, bastante deficiente, y los gestos del extranjero, que resultan chocantes, provocan reacciones muy distintas en el auditorio. Muchos se ríen, otros se burlan y le tachan de loco, y los hay que desprecian lo que dice acusándole de charlatán que cuenta historias fantásticas... Sin embargo, Francisco prosigue y su empeño comienza a dar fruto. Algunos piensan que lo que está tratando de explicar es hermoso y que les gustaría saber más acerca de las cosas que enseña este sacerdote que ha venido desde tan lejos para explicarles su ley. Entre estos está el administrador del señor de Ichiku.

Y un día le llega a Francisco una invitación para visitar esta plaza fuerte situada a seis leguas de Kagoshima.
Ichiku es una de las fortalezas inexpugnables del país y sus fortificaciones se extienden sobre varias colinas. La entrada principal se halla protegida por un foso con agua.
Una larga jornada a pie les ha costado a Francisco y a Pablo-Anjiró llegar hasta Ichiku, donde ambos son recibidos por las mayores muestras de amabilidad y deferencia.

La doctrina sobre un Dios creador de todas las cosas, sobre la inmortalidad del alma, los misterios del Antiguo Testamento y la vida de Cristo que contiene el libro preparado por Francisco despiertan un gran interés. Y el ejemplo del administrador, que ya es un seguidor convencido de las enseñanzas escuchadas en Kagoshima arrastra a varios miembros de la familia. El administrador ha recibido en el bautismo el nombre de Miguel; y durante su permanencia en el castillo ha bautizado Francisco a la esposa del señor de Ichiku y a sus hijos, y a la esposa y una hija de nueve años del administrador; también a varios miembros de la servidumbre, en total unas quince personas.

El señor del castillo a acudido a las ceremonias y ha mostrado en todo momento respeto e interés por la nueva religión que profesa su gente, pero ha rechazado el bautismo.
-No, por respeto al daimyo no me haré cristiano. Sin su permiso no quiero dar un paso semejante. Podría sentirse ofendido, y entonces, ¿qué sería de todos nosotros?

Tampoco entre los bonzos, aunque por otras razones, ha conseguido Francisco ninguna conversión.
En las cercanías de Kagoshima hay varios monasterios y Francisco ha procurado entablar amistad con los monjes que habitan en ellos. En unos ha sido mejor recibido que en otros. En el importantísimo monasterio de Fukushoji, del que dependen otros muchos, se ha ganado la amistad del más anciano y sabio de los monjes, cuyo nombre es Ninshitsu. En sus conversaciones con él, siempre a través de Pablo-Anjiró como intérprete, le expone sus creencias.
-¿Un alma inmortal? ¿Una vida eterna después de la muerte? Me gustaría tener acerca de ello la certeza que vos tenéis, le dice el monje.

-Apoyaos en mi seguridad. Mi fe afirma que...
-Soy un anciano y he vivido toda mi vida meditando en estas creencias: solamente existe la “nada”, lo impersonal absoluto, sin forma, sin atributos, y el hombre es sólo una ola en el mar de ese absoluto, una ola que viene y desaparece sin dejar estela.
-¡Pero esa es una fe tremendamente triste! Yo vivo con la esperanza de alcanzar una alegría eterna.
-Si yo fuera más joven quizá me decidiría a meditar la fe que enseñáis.

-¿Pensáis que es mejor momento la juventud que la edad avanzada?
-Para emprender una nueva ruta, sí. No se tienen ataduras, el cuerpo está libre de enfermedades y achaques y se tiene la libertad de hacer lo que se desea sin impedimentos.
-¿Y no os parece que el mejor momento para un navegante es aquel en que hace las maniobras adecuadas para entrar en el puerto al que desea llegar?
El anciano monje ha sonreído con una amable sonrisa maliciosa y sabia que le ha llenado la cara de mil arrugas:
-Ya sé a dónde apunta vuestro símil marinero, pero yo, después de tantos años, todavía no tengo conocimiento de en qué puerto voy a desembarcar.
No con todos los bonzos las relaciones han sido tan amistosas como con los monjes del monasterio de Fukushoji.

Hay ciertos bonzos que viven en otros monasterios cercanos a Kagoshima cuya vida y costumbres ha censurado Francisco duramente. Monjes que, estando obligados por su regla a vivir austeramente, se entregan a toda clase de desórdenes, que aseguran a las gentes del pueblo que son capaces con sus oraciones, de sacar a los difuntos del infierno, siempre que los parientes vivos hagan copiosas limosnas al monasterio, y que cometen con los muchachos que les son entregados para su educación todo tipo de maldades.
Las predicaciones de Francisco denunciando sus mentiras y perversiones le han acarreado su animadvesión. Estos bonzos han acudido al daimyo Shimatsu Takahisa para advertirle que si permite que sus vasallos acepten la nueva religión está poniendo en riesgo sus territorios, ya que las gentes que siguen a los extranjeros están dejando de acudir a los templos y de creer y obedecer las leyes que sus santos han establecido desde antaño.

Y Shimatsu Takahisa les escucha. Ha esperado que la presencia de los padres extranjeros atrajese a sus puertos naves portuguesas con las valiosas mercancías que acostumbran a traer y que podrían haberle proporcionado abundantes ganancias. Y ninguna nave se ha aproximado en todo un año; en cambio, le ha llegado la noticia de que una nave portuguesa acaba de arribar a Hirado, el puerto de su rival del norte. No quiere enemistarse con los extranjeros, pero tampoco desea un enfrentamiento con los poderosos bonzos.
El daimyo ha hecho publicar la orden de que prohibe nuevas conversiones a la religión extranjera y ha invitado cortés, pero firmemente a Francisco y a sus compañeros a que abandonen Kagoshima.
Para subrayar su invitación y hacerla rápidamente efectiva, Shimatsu Takahisa ha puesto a disposición de los viajeros una embarcación pequeña, pero suficiente, para transportarlos a ellos y a sus equipajes.

En vista de que se le cierra toda posibilidad de seguir ampliando la pequeña cristiandad de Kagoshima, Francisco acepta la nave que se le ofrece. Deja a Pablo-Anjiró a la cabeza de la comunidad de este puerto y hace una última visita a la fortaleza de Ichiku, donde entrega a Miguel una copia de sus escritos en japonés, instrucciones para la administración del bautismo, un recipiente de porcelana con agua bendita y algunos rosarios y medallas. Le hace también el encargo de que reúna los domingos a los cristianos en alguna casa y les lea pasajes de la vida de Cristo y de que recen luego todos juntos las letanías y otras oraciones.

Después de haber pasado un año en Kagoshima e Ichiku, le cuesta un doloroso esfuerzo arrancarse de estas comunidades de recién convertidos y se derrama más de una lágrima en las despedidas. Esta es una situación que ha vivido ya tantas otras veces... Y aquí, como en todas las despedidas anteriores, no se aleja sin antes prometer:
-No estaréis solos mucho tiempo, vendrán hermanos míos de la Compañía del nombre de Jesús y se quedarán a vivir con vosotros para ayudaros a seguir el camino de la salvación. Vendrán otros, yo os lo prometo.
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