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Autor: | Editorial:



Kagoshima
El día 15 de agosto, festividad de Nuestra Señora, han llegado al puerto de Kagoshima, la tierra natal de Pablo-Anjiró.
Hoy hace exactamente quince años de aquellos votos formulados en Montmartre que unieron a Francisco para siempre al proyecto de Ignacio y de los otros de buscar incansablemente en todo y siempre cumplir la voluntad de Dios de la manera más perfecta posible.

Ha recordado la fecha, naturalmente, y una punzada de nostalgia le ha levantado una oleada de emoción por allá dentro. Los amigos de aquellos días ¡están todos tan lejos! A Pedro Fabro, el amigo muerto, le siente, a veces muy próximo, pero... ¡si pudiera ahora ver las caras, escuchar las voces, los consejos, las frases amistosas de todos estos compañeros tan queridos!; pero sólo unos instantes ha podido dedicar a sus propias rememoraciones.

El ajetreo de la llegada ha captado inmediatamente toda su atención: la maniobra de entrada en el puerto, la bajada al muelle, la descarga de equipajes y mercancías, el arremolinarse de curiosos, los gritos de sorpresa y las exclamaciones de júbilo cuando Anjiró ha sido reconocido.
Al japonés le han recibido sus familiares y amigos con grandes muestras de alegría y admiración. Llega aureolado con el prestigio del aventurero que ha realizado un largo viaje, habitado en ciudades lejanas y aprendido una nueva lengua. Torna, además, acompañado por unos extranjeros que se dicen predicadores de una nueva religión y enviados de un poderoso rey, afirmación esta última que viene avalada por el abundante y rico equipaje que traen consigo.

La casa en la que los recién llegados se han albergado se ve invadida en todo momento por curiosos visitantes deseosos de conocer a los extranjeros. Los tres europeos tienen que someterse pacientemente al continuo examen de miradas escrutadoras que estudian con mas o menos discreción sus vestidos, su calzado, el color de su piel y la forma en que llevan dispuesto el pelo de sus cabezas y sus barbas.
Todo parece llamar poderosamente la atención de los visitantes, que formulan pregunta tras pregunta. Pablo-Anjiró y sus compañeros han de responder durante horas a las incesantes indagaciones de sus compatriotas. Y, mientras tanto, Francisco, Cosme de Torres y Juan Fernández han de permanecer callados como estatuas. Saben que se está hablando de ellos, y Pablo-Anjiró se extiende, en algunos momentos, en largas explicaciones, de las que no entienden una sola palabra. ¡Una vez más, la penosa barrera de la lengua!

-¿Qué dicen? ¿Qué preguntan? ¿Qué les está contando Pablo? –quiere saber Francisco.
Y el hermano Juan Fernández le contesta desolado:
-No lo se, no puedo seguirles, ¡hablan muy deprisa!
-¡Pero yo creía que habías aprendido algo de japonés durante el viaje!
-Eso creía yo también, padre Francisco, pero me doy cuenta de que no se nada; apenas reconozco una palabra aquí y otra allá. ¡No entiendo lo que hablan!
En estas primeras semanas, los tres españoles no pueden hacer otra cosa que dejarse observar, recibir las ceremoniosas reverencias de saludo que les dedican los que llegan, y a las que ellos tratan de corresponder imitando lo mejor que pueden el ágil y gracioso gesto, y sonreír, sonreír en todo momento como manifestación de amistad y buena voluntad...

También ellos tienen mucho que observar y descubrir; todo es nuevo, extraño, sorprendente a sus ojos: los kimonos floreados vestidos por hombres y mujeres, las casas de madera, de un solo piso y sin ventanas, las mamparas correderas de madera y papel translúcido, que separan unas habitaciones de otras, la costumbre de descalzarse al entrar en la vivienda para no manchar las impecables esteras de paja de arroz que cubren los suelos, las colchonetas rellenas de algodón en rama que se extienden por las noches y sobre las que se duerme cubierto con un edredón. Y las comidas, ¡ah, las comidas! La consigna de Francisco, que sus dos compañeros europeos tratan de seguir con la mayor fidelidad posible, es: “Comemos todo aquello que nos sea ofrecido, todo lo agradecemos y todo ha de gustarnos”. Esto último no siempre es fácil de conseguir, pero hacen lo que pueden... Comen de todo ¡y hasta lo comen con palillos!
Son tantas las cosas nuevas a aprender que los días les resultan cortos.

Pablo-Anjiró, por su parte, no pierde el tiempo. Se ocupa continuamente en transmitir las enseñanzas que ha recibido en Goa. Ha empezado por instruir a su propia familia y muy pronto, su madre, su mujer y su hija tienen preparación suficiente como para recibir el bautismo. Y a estas primeras conversiones siguen muy de cerca las de otros parientes, amigos y vecinos de la familia de Pablo-Anjiró. Pronto hay alrededor de la casa en que habitan los misioneros una pequeña comunidad de cristianos que, día a día, se va extendiendo por el barrio.
Entre los primeros que se han hecho cristianos hay un joven pobre de la clase de los guerreros, un samurai, que en el bautismo ha recibido el nombre de Bernardo. Ha tomado tal afecto a Francisco que no se separa ni un momento de su lado; aprende todo lo que el padre enseña y le sirve en todo aquello que puede hacer por él.
Francisco se alegra viendo que empieza a fructificar la semilla, pero se impacienta:

-Pablo, no hemos venido al Japón a trabajar sólo en tu barrio ¡Tenemos que conseguir que el reino entero conozca a Nuestro Señor Jesucristo y le siga!
-Sí, padre Francisco, pero habréis de tener un poco de paciencia. Este reino es enorme y está dividido en distintos territorios y en cada uno de ellos manda un señor...
-Sí, ya me imagino –interrumpe Francisco-, será algo así como una división en provincias o regiones en las que gobierna un duque.

-No sé muy bien qué es lo que entendéis por provincias o regiones ni qué es un duque. Aquí al señor de las tierras se le da el título de daimyo.
-Vamos a visitarle.
-Tendré que ir yo primero. Le pediré que consienta en recibiros y que nos señale día para presentaros.
Y así han decidido hacerlo. Pablo-Anjiró ha llevado a esta primera entrevista el retablillo que muestra la imagen de Nuestra Señora con el Niño.
El daimyo Shimatsu Takahisa ha recibido con agrado este anuncio de contacto con las gentes del rey portugués. Su territorio no es muy rico y la perspectiva de intercambios comerciales que puedan reportarle ganancias le atrae grandemente. Ha mostrado respeto y admiración ante la imagen de Nuestra Señora y ha manifestado su deseo de conocer a Francisco, el sacerdote extranjero.

El 29 de septiembre, día de San Miguel, se ha celebrado la entrevista. Francisco ha llevado consigo hasta la fortaleza en la que reside el daimyo la preciosa Biblia iluminada con miniaturas en color que ha traído desde Goa.
Shimatsu Takahisa, acomodado sobre el piso de una tarima que está ligeramente más alta que el resto de la habitación, ha recibido a los extranjeros con muestras de interés y benevolencia.
Francisco, bien aleccionado por Pablo-Anjiró, ha sabido inclinarse en el ángulo debido, dejando colgar los brazos por delante de sus piernas, al hacer las obligadas reverencias.

-Jallimete o-me ni kakarimasu –ha pronunciado a media voz y con toda seriedad. Seriedad que ya no le cuesta mantener, pero que perdió más de una vez al prepararse para esta entrevista cuando Pablo-Anjiró le tradujo el significado de lo que ahora está diciendo en japonés: “Es la primera vez que me cuelgo de vuestros honorables ojos”. Esta fórmula, tan alejada de las frases europeas habituales en estos casos, le causó desde el principio una enorme sorpresa regocijada que, a menudo, se resolvía en una divertida sonrisa.

También en este momento sonríe levemente el daimyo ante la torpe pronunciación del extranjero al que ha dirigido en respuesta unas frases de amable bienvenida. Francisco las ha escuchado en pie en la traducción que para él ha hecho Pablo-Anjiró.
Luego, a una indicación cortés del daimyo, ha repetido con lentitud ceremoniosa el gesto que viene ensayando desde hace semanas: se ha arrodillado en el suelo para dejarse caer después lentamente hasta quedar sentado sobre sus propios talones descalzos. Esta es una postura que los japoneses toman con toda naturalidad y en la que pueden permanecer horas. Para los europeos está siendo un durísimo ejercicio adoptarla y mantenerla, pero no han tenido más remedio que practicarla; ¡en las casas japonesas no hay sillas!

Después de los saludos y presentaciones, Francisco ha ido, todo lo directamente que el protocolo le permite, al asunto que le apasiona y, a través de las traducciones que hace Pablo-Anjiró, mantiene este diálogo con el daimyo:
-Este es el libro que contiene la ley cristiana, y está dividido en dos partes principales: el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Shimatsu Takahisa ha tomado el grueso volumen en sus manos y lo ha hojeado respetuosamente, deteniéndose de vez en cuando para admirar las capitulares coloreadas y las miniaturas que adornan las páginas.
-Es un hermoso libro. Guárdalo muy bien, ya que en él está escrita la ley cristiana en la que crees y a la que obedeces.

-Lo hago con la ayuda del Señor mi Dios. ¿No querríais vos conocer el contenido de este libro?
-No, extranjero. Yo vivo obedeciendo la misma ley que siguieron nuestros antepasados. No deseo, al menos de momento, conocer leyes nuevas. Quizá más adelante...
El daimyo quiere extremar su cortesía, no le interesa molestar a este representante del poderoso rey portugués; Francisco lo advierte y aprovecha la oportunidad:
-¿Nos permitiríais que predicásemos nuestra fe entre vuestros súbditos?
-Podéis hacerlo, sí. La información que tengo sobre vosotros me ha hecho ver que sois personas honestas, que vuestras enseñanzas hablan de paz y que vivís de acuerdo con la ley que predicáis. Mis súbditos son muy libres de adoptar vuestra ley, si les parece conveniente hacerlo.

Francisco ha salido gozoso de la entrevista con el daimyo:
-Hoy celebra la Iglesia la festividad de San Miguel Arcángel, Pablo, y hoy se nos ha concedido dar un gran paso en el comienzo de la evangelización de este país al conseguir la amistosa acogida del daimyo Shimatsu Takahisa. Me propongo poner al Japón bajo la especial tutela del príncipe de la milicia celestial, de San Miguel, ¿qué te parece?
¿Qué le va a parecer a Pablo-Anjiró que siempre encuentra admirable todo lo que ha hecho, lo que hace y lo que se propone hacer el padre Francisco?, aunque algunas de las cosas que proyecta sean, en su opinión, arduas de realizar y dificilísimas de conseguir.
-Ahora iremos a las universidades de estas tierras y hablaremos con los maestros que enseñan en ellas. Les hablaremos de nuestra fe, y cuando ellos la hayan aceptado, todos los que con ellos estudian la aprenderán y entonces...

Pablo-Anjiró tiene que detener, una vez más, los entusiasmos del padre Francisco.
-Nada de eso será tan fácil como pensáis, padre Francisco; porque habéis visto que de las gentes que viven cerca de nosotros más de cien se han hecho cristianos, ahora creéis que va a ser igual con los bonzos de los monasterios.
-Yo no hablo de monasterios, Pablo, he dicho que nos dirigiríamos a las universidades, a los grandes centros de enseñanza.
-Aquí sólo los bonzos son maestros y sólo en sus monasterios se reciben enseñanzas. Los hijos de los grandes señores y de los comerciantes ricos les son confiados desde niños para que les enseñen y les eduquen. Hace muchísimos años que los bonzos y el pueblo viven siguiendo las antiguas leyes religiosas que a nuestros antepasados les llegaron de la China. Los bonzos viven de las limosnas y los regalos que les hacen los que profesan sus mismas creencias. No será fácil que acepten la nueva ley que venís a enseñarles.

-Esos que tu llamas bonzos y que viven en monasterios, ¿son monjes?
-Sí, son como los padres y los frailes que hay en Goa.
-Habremos de prepararnos convenientemente para ir a hablar con ellos.
Con el Junco de Aván, que retorna a Malaca, después de casi tres meses de estancia en Kagoshima, envía cartas al capitán de Malaca, a sus hermanos de Goa y a Ignacio. Les cuenta los incidentes de la navegación y sus primeras impresiones sobre el Japón y los japoneses: “Es gente de muy buena conversación... y no maliciosa..., de muchas cortesías unos con otros; precian mucho las armas y confían mucho en ellas; de edad de catorce años traen ya espada y puñal... Es gente sobria en el comer, aunque en el beber son un tanto largos y beben vino de arroz, porque no hay viñas en estas partes... Son hombres que nunca juegan, porque les parece que es grande deshonra, porque los que juegan desean lo que no es suyo... Tierra es donde hay pocos ladrones, y esto es por la mucha justicia que hacen en los... que lo son... Es gente de muy buena voluntad..., y deseosa de saber... Huelgan mucho de oír cosas de Dios... De cuantas tierras tengo vistas en mi vida, así de los que son cristianos como de los que no lo son, nunca vi gente tan fiel acerca del no hurtar... No adoran ídolos...; creen los más de ellos en hombres antiguos los cuales, según lo que tengo alcanzado, eran hombres que vivían como filósofos... Se admiran en gran manera al ver cómo venimos de tierras tan lejanas, como es de Portugal a Japón, que son más de seis mil leguas, solamente por hablar de las cosas de Dios y de cómo las gentes han de salvar sus almas creyendo en Jesucristo...”

Le han gustado los japoneses y se esfuerza por transmitir a todos la buena impresión que le han causado.
Durante semanas, Francisco realiza el trabajo que ya ha hecho en tantas ocasiones anteriores: traducir a una lengua que ignora, con la colaboración de un nativo, las verdades fundamentales de la religión cristiana. Esta vez sabe que va a dirigirse a personas cultas y a los maestros bonzos de los monasterios, y se esfuerza por preparar un tratado de gran contenido: en una parte cuenta la creación del mundo hasta la venida de Cristo, y en una segunda, desde la vida de Cristo hasta el juicio final.
Tiene en proyecto hacer imprimir este texto, una vez que haya sido cuidadosamente preparado y revisado. Le han informado de que la gente principal sabe leer y escribir y piensa que este texto impreso puede extender el conocimiento del cristianismo por muchas partes, ya que él no puede acudir en persona a todos los sitios a donde le gustaría llegar.

Ha sido un trabajo largo, difícil y delicado.
Han tropezado con enormes problemas de lenguaje para encontrar en japonés palabras que expresasen las ideas cristianas. Conceptos como paraíso, almas, ángeles, gracia... que ya costó un gran trabajo hacer comprender a Anjiró cuando en Goa se le explicaron en portugués, han tenido que ser tratados ahora con especialísimo cuidado hasta llegar a decidir cuál puede ser el vocablo japonés más adecuado. Al llegar al nombre de Dios, y después de muchas tentativas infructuosas, Francisco se ha decidido por conservarlo en su forma latina; Deus. Es preciso evitar el peligro de que pueda confundirse con alguna de las deidades locales.

Francisco ha preparado el texto, luego Pablo-Anjiró lo ha traducido al japonés; más tarde, en un ejercicio de paciente repetición y de atenta escucha, se han logrado transcribir los sonidos japoneses a la escritura latina.
Francisco lee y relee en voz alta lo que ha escrito y pregunta ansioso:

-¿Se me entiende? ¿Lo digo bien?
Pablo-Anjiró corrige y rectifica. También el hermano Fernández que ahora, viviendo entre japoneses todo el día sí que está haciendo grandes progresos en la lengua, colabora en lo que puede para perfeccionar la dicción del padre.
Y al cabo de semanas, de muchas semanas, opinan todos que el pequeño tratado está preparado y Francisco decide ponerlo y ponerse a prueba.
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