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Autor: | Editorial:



En ruta hacia Japón
A principios de abril de 1549 se han embarcado en una nave portuguesa para cubrir esta primera etapa obligada del viaje, que les llevará hasta Malaca.

En la nave han embarcado con ellos un cuantioso equipaje que el nuevo gobernador, García de Sá, y el buen obispo Alburquerque les han donado para este viaje: todo lo necesario para decir misa, incluida una casulla de brocado; una Biblia iluminada de extraordinaria belleza y varios libros; un pequeño retablo de Nuestra Señora con el Niño y muchos otros valiosos regalos que se deberán ofrecer al rey del Japón para ganarse su favor y que pueda apreciar, a través de estos presentes, el poder y la riqueza del rey portugués que envía y favorece esta embajada. Y para esto se le han encargado también a Francisco unas cartas de recomendación del obispo y del gobernador escritas en pergamino y artísticamente decoradadas que habrán de servirle de introducción ante el soberano japonés.

Casi dos meses ha durado el viaje de Goa a Malaca. El hermano Juan Fernández, que tiene gran disposición para los idiomas, ha aprovechado este tiempo para aprender con Pablo-Anjiró y sus dos compañeros unas primeras frases del difícil idioma japonés.
-Aplícate, aplícate, hijo -le anima Francisco-. Todo lo que puedas aprender, nos será, en cuanto lleguemos, de gran utilidad.
En Malaca, nada más desembarcar, han podido abrazar al padre Francisco Pérez y al hermano Roque de Oliveira, que llevan ya más de un año trabajando aquí, haciendo un gran servicio a las almas de pequeños y grandes. El padre predica en las iglesias y atiende a los enfermos del hospital y Oliveira ha abierto una escuela en la que enseña a los niños.

El capitán de esta plaza de Malaca, don Pedro de Silva, ha tomado con gran interés y como si de cosa propia se tratase, la preparación del viaje a Jápón de Francisco y sus compañeros. Ha reunido regalos de gran precio, para añadirlos a los que ya traen de Goa, y les ha hecho donación de treinta barriles de la pimienta más fina; los japoneses son muy aficionados a esta especia y su venta proporcionará a los misioneros el dinero suficiente para mantenerse dignamente y hasta para erigir una pequeña capilla, si se les permite hacerlo.
El gran problema surge cuando llega el momento de encontrar nave que les lleve hasta el Japón. Ninguna embarcación portuguesa proyecta ahora ese viaje, ni tampoco barco alguno de moros o de judíos. Al fin, Pedro de Silva halla una posible solución.
-Hay aquí en Malaca, padre Francisco, un comerciante chino, pagano, que posee un junco y al que he podido convencer para que se comprometa a llevaros al Japón. No es un hombre muy recomendable, la verdad; los portugueses que le conocen bien le han apodado "el pirata". ¿Qué os parece?, ¿os arriesgaríais a embarcaros con él?

-¡Desde luego! Estoy tan cierto de que es voluntad de Dios que haga este viaje, que me parecería desconfiar de su misericordia si temiese o recelase que no nos ha de dar la victoria en esta empresa.
-Es una travesía peligrosa, se producen en esta zona grandes tempestades que aparecen de repente y hay en ellas también muchos barcos piratas que asaltan las naves viajeras para robar las mercancías y matar o esclavizar a los que van en ellas.

-Todas las criaturas dependen de la voluntad de Dios y ni los demonios siquiera podrían hacernos más mal que el que él les permitiera. ¿Cuándo podemos partir?
-Creo que en una semana puede estar el junco aparejado de todo lo necesario. Y con respecto al capitán chino he tomado mis precauciones. Aván, que así se llama "el pirata", tiene en Malaca su hacienda y tiene aquí mujer e hijos. Le he dicho que los retendré como rehenes hasta que me llegue la noticia de que os ha dejado sanos y salvos en algún puerto del sur del Japón. Un criado mío, mestizo, que se llama Domingo Díaz, hará el viaje también en el junco y hasta que él no vuelva con buenas noticias vuestras, la familia y las posesiones de Aván, me serán garantía de su comportamiento.

-Sois muy capaz y agradezco de veras todo el esfuerzo que estáis haciendo para facilitarnos este viaje.
-Lo hago porque sé que es servicio de Dios y del rey.
Sabe bien don Pedro de Silva lo que dice. La aventura que ahora inician Francisco y los suyos es ciertamente servicio de Dios, ya que con esa sola intención emprenden ellos este viaje, pero también pudiera resultar de ella un buen servicio a don Juan III. Si este grupo consigue establecer un asentamiento en Japón y logra un buen entendimiento con los japoneses, todo ello podría dar lugar a la creación de un nuevo enclave portugués en estas latitudes y seguramente el rey sabría agradecer a su capitán en Malaca la colaboración prestada a los arriesgados misioneros.

El 24 de junio, fiesta de San Juan Bautista, se ha hecho a la mar el junco de Aván, el pirata. Desde el puerto, don Pedro de Silva, rodeado de las personas importantes de esta plaza y de los muchos amigos que aquí tiene maestro Francisco, despide a los que se van y a los que considera en cierta manera embajadores del imperio portugués.
Seguramente no ha caído en la cuenta de un detalle curioso: no figura ningún portugués entre los viajeros; el grupo está compuesto por tres españoles, tres japoneses, un chino y un malabar.

El junco de Aván es una maciza nave cuadrangular de unas 300 toneladas, con ancha y elevada cubierta de proa a popa. Lleva dos mástiles de bambú y va equipado con recias velas, cuadradas y rígidas, de estera de bambú. En las cabinas bajo la cubierta, y bien protegidos de la intemperie, van los equipajes de los viajeros: sus objetos personales, más un barrilito de vino de misa, los barriles de pimienta y, cuidadosamente embalados, los regalos destinados al rey del Japón.
Todos los marineros de la tripulación son chinos y paganos como su capitán.

Cerca del timón, en la cubierta de popa, hay una hornacina con un altar en el que está entronizada una multicolor diosa del mar. Día y noche mantiene la tripulación ante esa imagen una luz encendida y mañana y tarde se inclinan ante la diosa y queman ante ella velas de cera cromada y porciones de incienso. En determinados momentos tiran al suelo ante el altar varillas marcadas con extrañas señales para preguntar al ídolo qué rumbo tomar y si los vientos les serán favorables o no. Y así, a través de la suerte indicada por las varillas, deciden continuar o detenerse, ir hacia un lugar o hacia otro,.

Francisco comenta apesadumbrado ante sus compañeros:
-Ved qué pena es que la suerte de nuestro viaje esté en manos de los servidores de ese ídolo que sólo hacen lo que esas varillas tiradas al azar les indican.
El capitán parece lamentar a veces el compromiso adquirido de llevar a los viajeros lo más rápidamente posible hasta el Japón. Y Francisco se impacienta hasta la exasperación viendo que la nave se detiene sin ninguna necesidad en las islas que se van encontrando en el camino.

Hay momentos, en cambio, en que las varillas parecen indicar la conveniencia de tomar decididamente el camino hacia el Japón, y entonces la tripulación despliega las velas con gran alegría y confianza en la protección de su ídolo y Francisco y sus compañeros se llenan igualmente de alegría y confianza en Dios y en su hijo Jesucristo por cuyo amor y servicio se están arriesgando en este viaje.
Estando ya como a mitad de camino y navegando por aguas del reino de Cochinchina, el 21 de julio, sobreviene de repente una tormenta de las que son tan temibles y tan frecuentes en esa zona. El capitán ha ordenado echar las anclas y se han recogido las velas. El junco se zarandea en todas direcciones y enormes rociones de agua barren la cubierta. El chino Manuel se acerca a una escotilla que, por descuido ha quedado abierta, y cae de cabeza por ella. Todos piensan que se ha matado, dada la profundidad de la caída y la violencia del golpe. Francisco consigue auxiliarle, ayudado por otros, pero está inconsciente y tiene una enorme brecha en la frente por la que sangra en abundancia.

Apenas han terminado de vendar la cabeza del herido y de reanimarle un poco cuando el huracán, que continúa bramando con violencia, arrebata de la cubierta a la hija del capitán y la arrastra hacia las embravecidas aguas que la engullen inmediatamente. Las olas furiosas no permiten ninguna maniobra de salvamento y el capitán contempla desesperado cómo la muchacha se ahoga allí mismo, junto al junco.

Llanto y clamores desgarradores se unen al rugido del vendaval. El capitán y sus hombres lamentan la muerte de la niña, mientras se esfuerzan febrilmente por salvar la nave.
Cuando la tormenta ha pasado, la tripulación lleva al ídolo grandes ofrendas y el capitán pregunta, a través de las varillas, por qué ha muerto su hija. La respuesta parece ser: "Si el hombre hubiera muerto, la niña no habría caido al mar".
El capitán y los marineros miran a Manuel y a sus amigos con rencor y recelo y, a partir de este momento, los viajeros ya no se sienten muy seguros en la nave.
¿Qué nuevo mensaje maligno pueden interpretar estos hombres a través de las varillas?

Francisco anima a sus compañeros y les recuerda:
-Mucha diferencia hay del que confía en Dios teniendo todo lo necesario al que confía en Dios sin tener ninguna cosa. Y mucha diferencia hay de los que tienen fe, esperanza y confianza en Dios, fuera de los peligros de muerte, a los que tienen fe, esperanza y confianza en Dios, cuando por su amor y servicio se ponen en peligros casi evidentes de la muerte, habiéndolos podido evitar, pues estuvo en su voluntad tomarlos o dejarlos. Este es para nosotros el momento de vivir nuestra confianza en Dios.
Está finalizado julio y también el tiempo en que los vientos son propicios para el viaje hasta el Japón. Aván y sus marineros deciden invernar en alguna de las numerosas islas que hay antes de llegar a Cantón. Francisco se enfrenta con ellos y desde el ruego a la amenaza emplea todos los argumentos que se le ocurren para exigir que cumplan su compromiso de llevarles sin dilación hasta el término del viaje. Su enérgica reclamación da resultado y el junco navega unos días más, hasta alcanzar el puerto de Chincheo.

Aquí no hay portugueses a los que Francisco pueda acudir en petición de ayuda y aquí decide Aván quedarse a pasar el invierno. Ni ruegos, ni promesas, ni amenazas dan resultado esta vez. Sólo una noticia comunicada a gritos desde un velero que cruza cerca hace al capitán cambiar de opinión:
-¡La ciudad está llena de ladrones! ¡El junco que se atreva a entrar en su puerto está perdido!
Aván da un enérgico golpe de timón y enfila directamente su nave hacia el puerto en el que debe rendir viaje.
Dos semanas más tarde se divisan ya a lo lejos las azuladas y altas montañas del Japón.
El viaje no ha sido ni fácil ni agradable, pero ha sido, es decir, ha terminado y ha terminado felizmente.
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