Menu




Autor: | Editorial:



De vuelta hacia la India
Ahora, convencido como está de haber llegado hasta el último confín de los territorios que, como nuncio del Papa y enviado del rey de Portugal, se han confiado a su cuidado, inicia la vuelta. Hará el recorrido a la inversa: Ternate, Amboino, y, desde aquí, rumbo a Malaca.

Las despedidas han sido especialmente dolorosas para los que han podido tenerle entre ellos durante un tiempo y ahora le ven partir; sospechan que para no volver más por estas tierras. El padre Francisco es alguien tan cordial, tan amable, tan lleno de simpatía y espíritu de servicio para con todos... "Cuando me partí de Maluco", cuenta en una carta, "por evitar lloros... de mis amigos y amigas en la despedida, me embarqué casi a media noche. Esto no me bastó para poderlos evitar..., no me pude esconder de ellos..."
Han acudido en grupo numeroso para decirle adiós, tristes al verle irse.

-No quiero veros así, acongojados. Acordaos de todo lo que he querido enseñaros. Recordadme siempre porque yo no os olvidaré. Tan pronto como me sea posible os enviaré algunos hermanos míos de la Compañía de Jesús que vendrán a vivir entre vosotros -les ha prometido.
Al pasar por Amboino se han repetido las escenas de duelo en la despedida y ha prometido también aquí enviar a alguno de la Compañía para que prosiga la labor de enseñanza que él ha iniciado. Durante su ausencia, Juan Eiro ha proseguido su labor de catequista. Ahora se embarca con Francisco para volver a Malaca. En Amboino hace falta un sacerdote y él no lo es.

¡Qué gozo en Malaca cuando se anuncia que llega la nao de Banda! Trae un rico cargamento de nuez moscada, pero no es la valiosa especia lo que ha convocado en el puerto una numerosa concurrencia, sino el anuncio de que en la nao viene el padre Francisco.
Caras conocidas le rodean en cuanto desembarca. Saludos, bienvenidas, noticias de unos y de otros, invitaciones... Y de pronto, el descubrimiento, allí, en un discreto segundo plano, de un grupito de tres hombres jóvenes que le miran sonriendo con atenta y respetuosa curiosidad. Y va hacia ellos con los brazos abiertos:
-¡Vosotros sois...!

Sí, lo son. Son los tres primeros miembros de la Compañía con los que se encuentra desde que dejó Lisboa hace más de seis años. ¡Qué alegría! ¡Qué abrazo tan apretado a estos hermanos, desconocidos hasta hace unos minutos y ya tan apreciados! ¡Cuántas horas, más tarde, de preguntas, de explicaciones, de intercambio de noticias...!
Han empezado por presentarse:
-Me llamo Juan de Beira. Tengo treinta y cinco años. Yo era canónigo en La Coruña, pasó por allí el padre Estrada, le oí hablar de la Compañía y supe inmediatamente que Dios me quería trabajando en ella, y aquí me tenéis.

-Yo soy Nuno Ribeiro. Entré en la Compañía en Coimbra. Fui ordenado sacerdote unos días antes de embarcarme para venir a la India. Al llegar a Goa hice mi confesión general con el padre Pérez y dije allí mi primera misa.
-Y yo soy Nicolau Nunes. Tengo veintisiete años. He estudiado varios cursos de latín y filosofía, pero con poco provecho. Seguramente nunca podré llegar al sacerdocio, pero espero que aún así podré emplear mi vida en el servicio de Dios donde la Compañía quiera enviarme.
¡Tres tipos espléndidos! Misioneros como Francisco los había soñado para laborar en estas tierras tan difíciles. ¡Siente el corazón tan lleno de agradecimiento a Dios que los ha llamado, a la Compañía que se los ha enviado y a ellos mismos que con tan generosa fidelidad se han ofrecido para esta dura y peligrosa tarea!

Y estos tres le han comunicado que han llegado a la India otros seis de la Compañía dispuestos a trabajar donde quiera que se les envíe. De momento, unos han quedado en Goa y otros están en la Pesquería.
Sus repetidas cartas a Roma y a Lisboa pidiendo compañeros que vinieran a estas tierras no han sido en balde.
En Malaca, además de los amigos, y de los tres nuevos misioneros, le estaba aguardando un abundante correo: cartas de la India y de Europa. Las noticias son magníficas: la Compañía crece, son numerosos los hombres que a lo largo y a lo ancho de Europa se ofrecen para ingresar en ella y entregar su vida incondicionalmente al servicio de Dios y de los prójimos. Ya hay casas y residencias en Padua, Colonia, París, Valencia, Alcalá, Valladolid, Gandía, Barcelona, Lisboa y Coimbra, donde una pléyade juvenil se prepara esperando la orden de navegar hasta la India para cubrir los puestos de trabajo que Francisco ha ido estableciendo en su recorrido.

Y en una de las cartas una noticia, ¿triste?, ¿alegre?, que emociona especialmente a Francisco y le hace llegar hasta las lágrimas. Simón Rodrigues escribe desde Lisboa: "...Quiso Nuestro Señor llevarse consigo a maestro Fabro para que descanse de los trabajos que tomó sobre sí. Llegó a Roma, estuvo sano una semana; enfermó luego, y en el lapso de ocho días entregó su alma al Señor el 1 de agosto... Así fue liberado de la prisión de esta vida en dicho día del año 1546..."

Pedro Fabro, el amigo del alma, el hermano querido por el que se inició su amistad con Ignacio y con el que ha vivido tan entrañablemente unido desde los comienzos de la aventura espiritual que les llevó a todos a la fundación de la Compañía de Jesús..., ¡muerto! ¿Dolor porque ha desaparecido toda esperanza de volver a verle en carne mortal como le recuerda de la última vez que le vio? ¿Gozo al pensar que ha sido ya recibido en la casa del Padre?
Y habla con el amigo al que siente en estos momentos más próximo que nunca: "Pedro, amigo mío, ¡qué pronto has sido hallado digno de presentarte a recibir el premio que el Señor, justo juez, había preparado para ti! ¡Sólo tenías cuarenta años!, los habías cumplido en abril, como yo.

"Soy mayor que tú, ¿recuerdas?, pero el Señor ha querido llamarte a ti antes y me ha dejado a mí todavía aquí para que siga aprendiendo a amarle y servirle.
"¡Ahora eres mi hermano mayor, Pedro! ¡Has llegado antes que yo a la Vida! Ruega por mí ante aquel que por su bondad nos unió en la tierra y de cuya misericordia espero que querrá juntarnos también en su santa gloria".
Está seguro de que cuenta con el apoyo y la ayuda de su amigo y eso le conforta y anima.
Con los tres recién llegados habla y habla durante horas. Pueden contarle noticias de Portugal, de cómo son los estudios en el colegio de Coimbra y de cuánto se interesan los reyes por todo lo que atañe a la Compañía.

-El padre Fabro estuvo en Coimbra -cuenta Nuno Ribeiro. -Nos leyó y nos comentó vuestras cartas. Nos dijo que se habían hecho muchísimas copias de ellas porque infinidad de gentes querían conocerlas; también nos contó que se las había traducido al latín y a otras lenguas y que delante de él, cuando pasó por Madrid, se leyeron al príncipe don Felipe, que había oido hablar de ellas y había mostrado gran interés en escuchar su lectura.
-Yo le oí afirmar en cierta ocasión que vuestras cartas hacen tanto fruto en España y Portugal como vuestras predicaciones en la India -ha añadido Beira.

Un mes ha tenido Francisco a sus tres compañeros con él. Les ha iniciado en el trabajo de la misión, les ha contado con todo detalle sus experiencias en Amboino, Ternate y en la isla de el Moro, les ha dado copias de las traducciones al malayo que hizo aquí y les ha explicado cómo deben proceder en todo momento: catequesis, bautizos, entierros, oraciones sobre los enfermos...
-Son gentes ignorantes, ingratas y rudas. La tarea que se os encomienda es dura, peligrosa y, a veces, descorazonadora; pero el Señor no descuida a sus operarios y yo se por experiencia que en estas tierras, y entre todas las dificultades que en ellas se encuentran, se hallan también momentos de grandes consolaciones y con ellas se reciben ánimo, alegría y profunda confianza en Dios Nuestro Señor...

Nombra a Beira superior de los otros dos. Deberá residir, junto con el hermano Nicolau Nunes, en Ternate y ocuparse también de las tierras de El Moro. Ribeiro residirá en Amboino.
A los tres les encarga lo mismo que él ha cumplido puntualmente hasta aquí: que escriban a Roma una vez al año, por lo menos, contando con detalle todas sus actividades; les pide asimismo que le mantengan informado con frecuencia y promete escribirles a menudo él también.

Y otra vez sentimientos encontrados al separarse de ellos y verlos partir. Gozo porque les ve tan valientemente decididos a trabajar en servicio de Dios y de los prójimos, dolor porque sabe a qué ruda tarea van comprometidos y en qué graves peligros van a verse. Lo sabe muy bien, acaba de pasar por todo ello.
Se siente sólo en Malaca, aun estando rodeado de gente, después del mes tan intenso que acaba de vivir con la pequeña comunidad de hermanos.

Reanuda, después de este mes, el trabajo de catequesis y se interesa también por todo lo que se refiere a la enseñanza de los niños. Descubre que los muchachos aprenden a leer utilizando copias de las actas de los procesos judiciales que, en su inmensa mayoría contienen relatos de hechos muy poco adecuados como lecturas infantiles. Se propone conseguir libros más a propósito para las prácticas de lectura de los niños. Los enviará con los miembros de la Compañía que vengan a Malaca.
Entre sus muchas actividades está la de celebrar bodas. Hoy ha presidido una y, mientras los novios y los invitados se retiran, ha visto entrar en la iglesia a su amigo, el capitán de barco Jorge Alvares. Viene acompañado de un hombre extranjero, de unos treinta y cinco años.

Francisco supone que es chino por sus ojos rasgados. Viste ropa oscura y lleva un sable al cinto en una vaina de laca.
-¡Jorge, qué alegría verte de nuevo! ¿Qué ha sido de tu vida en estos últimos tiempos?
-También yo me alegro mucho de encontraros, padre Francisco. Y este amigo que viene conmigo se alegra seguramente todavía más. Veréis: permitidme que os presente primero y luego os contaremos la historia. Este es mi amigo el señor Anjiró, es de una tierra de más allá de la China que hace sólo cinco años que visitamos los portugueses. Es una tierra toda de islas que se llama Japón.

Anjiró ha respondido al saludo de Francisco con una profunda inclinación y ha contestado a sus frases de bienvenida en un tímido portugués chapurreado.
Jorge Alvares completa la presentación:
-Anjiró ha venido en mi barco desde el Japón. Durante la navegación ha aprendido un poco nuestra lengua, le hablamos de nuestra religión y le hablamos de vos, padre Francisco. Yo sé que quiere haceros infinidad de preguntas...
El japonés le ha interesado desde el primer momento. Y su interés se ha ido convirtiendo en afecto a medida que le ha ido conociendo.
-¿Por qué ese deseo de encontrarme? -le ha preguntado.
Y Anjiró, en su torpe portugués, ha explicado que pertenece a la casta de guerreros de su país; que es natural de la provincia de Satsuma, en el sur del Japón, que ha tenido que huir de su tierra a causa de un homicidio, por el que se siente culpable y abrumado, y que ha sabido por Jorge Alvares y sus otros compañeros de viaje que la religión que ellos profesan enseña que un hombre arrepentido puede sentirse perdonado y que quiere ser admitido en esa religión.

-Y Dios quiere recibirte en ella, Anjiró, yo te lo aseguro -le ha dicho Francisco.
Y ha iniciado inmediatamente la enseñanza de este catecúmeno tan ansioso de aprender y al que descubre dotado de una inteligencia y una memoria extraordinarias.
Sólo ocho días han podido estar juntos:
-Tengo que partir, Anjiró. Debo volver a Goa. Ve tú también tan pronto como puedas. Allí te instruiremos y te bautizaremos y me darás más noticias de ese país tuyo.
Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!