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Autor: | Editorial:



Más allá de la India
Tan pronto como ha visto con claridad cuál es la voluntad de Dios, se apresta a cumplirla lo más rápidamente que le es posible, pero en estas tierras una cosa es estar decidido a hacer un viaje y otra muy diferente poder realizarlo. Es preciso aguardar a que aparezca un navío que vaya a recorrer la ruta que se proyecta y hay que contar, además, con que los vientos sean propicios para esa navegación.

Hasta principios de octubre no llega Francisco a Malaca, ciudad marítima situada en la costa occidental de la península malaya, donde hay una fortaleza portuguesa y que es primera etapa obligada en el viaje hacia lo que él llama los Macasares, unas veces, o simplemente Macasar, otras, refiriéndose siempre a las grandes islas de mas allá del estrecho de Macasar.
Desde allí escribe a sus compañeros de Europa:
"Después que llegué a Malaca, que es una ciudad de gran trato de mar, no me faltan ocupaciones: todos los domingos predico en la iglesia, y no estoy tan contento de mis predicaciones cuando lo están los que tienen la paciencia de oírme. Todos los días enseño las oraciones a los niños durante una hora o más. Vivo en el hospital, confieso a los pobres enfermos, les digo misa y les doy la comunión. Vienen tantos a confesarse que no me es posible cumplir con todos. La mayor ocupación que tengo es sacar las oraciones del latín al lenguaje que en los Macasares se pueda entender. Es cosa muy trabajosa no saber la lengua..."

Escribe y escribe... Primero, porque quiere obedecer la consigna dada ya hace muchos años por Ignacio de que cada miembro de la Compañía comunique con frecuencia a los demás los trabajos y andanzas en que está comprometido en servicio de Dios; después, porque la comunicación escrita le hace falta para no sentirse tan alejado, tan aislado del mundo del que proviene y al que pertenece..., por más que se está esforzando ahincadamente por integrarse en este otro que le sorprende continuamente y que le sorprende tantas veces incomprensible y tantísimas otras adverso...
Y cuenta detalles de los compañeros que consigue reclutar para su trabajo:
"Estando en Santo Tomé, aguardando para venir a Malaca, hallé un mercader que tenía un navío con sus mercaderías, con el cual conversé de las cosas de Dios y diole Dios a sentir que había otras mercaderías, en las cuales él nunca trató, de manera que dejó navío y mercaderías, y vamos los dos a los Macasares; se ha determinado a vivir toda su vida en pobreza sirviendo a Dios Nuestro Señor. Es hombre de treinta y cinco años. Fue soldado toda su vida..., ahora es soldado de Cristo. Se llama Juan Eiro..."

"...en Malaca me dieron muchas cartas de Roma y de Portugal, con las cuales tanta consolación recibí y recibo todas las veces que las leo, que me parece que estoy yo allá, o vosotros, carísimos hermanos, acá donde yo estoy, y si no corporalmente, al menos en espíritu..."

Esta es la segunda vez que recibe cartas de Roma desde que está en la India y siente una alegría tan grande...
"Los padres que vinieron este año, me escribieron de Goa..."

Han llegado a la India los tres primeros miembros de la Compañía que forman la vanguardia de la larga serie de hijos de Ignacio de Loyola que irán viniendo a estas tierras para seguir las huellas de Francisco.
Los tres recién llegados son sacerdotes. Francisco dispone que dos de ellos, Antonio Criminali y Juan de Beira, vayan a la Pesquería para ayudar a Mansillas y a los tres sacerdotes nativos en su labor de evangelización de aquella zona. A Nicolás Lancilotto le designa como tarea permanecer en el colegio de San Pablo en Goa, para encargarse de las clases de gramática. Les ha mandado instrucciones por escrito.
El capitán de esta fortaleza le ha contado que, semanas antes de que él llegase a Malaca, había enviado a Macasar un clérigo, persona muy religiosa, con muchos portugueses y en un galeón muy bien apercibido de todo lo necesario para favorecer a los que recientemente se hicieron cristianos allí.

-No me parece que debáis partir para aquella isla hasta tanto que no tengamos nuevas suyas... -le ha dicho.
Y Francisco aguarda un tiempo prudencial, pero después... "...pasados tres meses y medio acabaron de soplar los vientos con que vienen los navios de Macasar..." Ya no podrán venir barcos de aquellas tierras en un largo período de tiempo, así que "determiné partir para otra fortaleza del rey... es la última de todas...", es decir, la más alejada, situada en el extremo más apartado del extensísimo imperio portugués en esta parte del mundo: Ternate, en las Molucas.

Y se lanza, una vez más, a la aventura del mar; y siempre haciendo lo mismo: arriesgar la vida en travesías que duran dos semanas, cuando no meses, por aguas peligrosas en las que se desencadenan con frecuencia tormentas súbitas, en las que abundan arrecifes traidores, aguas infestadas de piratas y por las que navega las más de las veces en frágiles navíos diminutos y malamente equipados.
"En muchos peligros me vi en este viaje... entre tormentas del mar... En uno me hallé... en una nao en que venía de 400 toneles; con viento recio navegamos más de una legua, tocando siempre fondo la quilla. Si acertáramos en todo este tiempo con algunas rocas, la nao se deshiciera; o si halláramos menos agua en una parte que en otra, quedaríamos en seco..." Ha sido un largo recorrido de más de 600 leguas por un laberinto de islas, islotes, arrecifes y pasos estrechos en los que hay que navegar siempre atentos a la sonda y siempre temiendo el desastre. "Muchas lágrimas vi entonces en la nao... Quiso Dios Nuestro Señor probarnos en estos peligros y darnos a conocer para cuánto somos si en nuestras fuerzas esperamos... y para cuánto cuando... desconfiando de ellas esperamos en el Creador de todas las cosas, en cuya mano está hacernos fuertes, cuando los peligros por su amor son recibidos. Y tomándolos por su amor... son mayores las consolaciones en tal tiempo que los temores de la muerte..."

En medio de los trabajos y peligros, Francisco experimenta la seguridad y el gozo que le proporcionan su firme confianza en Dios.
En febrero de 1546 está ya en Amboino, en las Molucas del Sur. Inicia su apostolado inmediatamente después de su llegada. Visita a los portugueses del fuerte-empalizada de Hukunalo y dedica luego toda su atención a los nativos. Una vez más, y como sabe hacerlo siempre, vierte sobre todos estos cristianos nuevos su amor y su interés, su servicio y sus enseñanzas. Y conquista sin tardar su afecto. Le han preparado para que viva una sencilla choza con paredes de gaba gaba, pecíolos secos de sagú y techo de hojas de palma cosidas entre sí. En ella se ha instalado con Juan Eiro. Y le ofrecen los alimentos de que disponen: la blanca y viscosa papilla fría hecha con harina de sagú; pescado cocido o ahumado; carne de jabalí asada; mariscos que recogen las mujeres en la playa y también gusanos de mar conservados en sal. Todo lo agradece el padre Francisco y de todo come con buen gesto y aire complacido, unas cosas con más aprensión que otras. Hace ya tiempo que ha aprendido a proceder así, sea lo que sea lo que le presenten a la hora de comer.

Aquí, como ya lo hizo en la Pesquería, se hace acompañar por un muchacho que le sirve de intérprete. Allí fue Mateo, aquí es Manuel, el hijo del jefe del pueblo de Hatawi. Con él recorre durante tres meses los siete lugares de la isla en los que hay cristianos. "Me ocupé en bautizar muchas criaturas que estaban sin bautizar..." Hace más de seis años que murió el único sacerdote que aquí había. Utilizando los textos que en Malaca tradujo al malayo y con la colaboración de Manuel, dedica varias horas de la mañana y de la tarde en reunir a mujeres por un lado y hombres por otro para enseñarles y hacerles repetir el Credo, los Mandamientos, las oraciones... Juan Eiro aprende esta labor de catequista y admira la paciencia y el tesón con que el padre repite una y otra vez para tratar de enseñar y hacer comprender a estas gentes tan torpes y rudimentarias. Tiene el propósito de quedarse cuidando estas cristiandades cuando Francisco continúe sus viajes de visita y exploración.

Porque el padre Francisco proyecta seguir viajando. Tiene ya el convencimiento de que es su misión visitar, inspeccionar, abrir caminos, ir estableciendo puestos de trabajo a lo largo de su recorrido y llamar luego a otros para que vengan a consolidad y conservar estas comunidades cristianas recién nacidas.
Se le presenta la oportunidad de navegar con Juan Raposo y el joven Fausto Rodrigues hacia la isla de Ceram. Llevan diversas mercaderías en una coracora, pequeña embarcación alargada y plana cuya borda levanta pocos dedos sobre el nivel del agua. En Ceram viven los temibles alfures, los cazadores de cabezas, pero Francisco no teme arriesgar una vez más su vida. ¿No lo hacen los mercaderes pensando sólo en sus ganancias?, y a él le interesa conocer también este posible campo de misión.
Mientras los remeros nativos impulsan la coracora al ritmo del gong y de sus propias canciones, Francisco se entrega a sus pensamientos y sonríe levemente para sí mismo: "Cuántas veces luchando por guardar el equilibrio sobre las inestables cubiertas de frágiles embarcaciones como ésta no me habré acordado de mis cortos viajes en las almadías que bajaban por el río Aragón. ¡Y yo pensaba que aquellas eran difíciles y peligrosas navegaciones! ¿Quién me hubiera podido decir a mí entonces en qué verdaderamente difíciles y peligrosas navegaciones me iba a ver embarcado? Claro que en aquellos días aprendí a mantenerme de pie sobre una superficie zarandeada por violentos vaivenes y a no tener miedo al agua".

No tener miedo al agua, aunque, a veces, el agua se convierte en un elemento terriblemente amenazador. Al tercer día de navegación sorprende a los viajeros una súbita y violenta tempestad, de las que son frecuentes en estas latitudes. El mar parece hincharse y enormes olas encrespadas se abaten sobre los remeros, que con los remos recogidos, agachan las cabezas para soportar la montaña de agua que se les viene encima, dejan que la ola se retire barriendo la cubierta de la coracora y vuelven a remar frenéticamente tratando de conducir la embarcación hacia la playa, ya cercana, y de evitar a toda costa los arrecifes contra los que la frágil embarcación corre grave peligro de estrellarse y hacerse pedazos...

Durante largo rato los esfuerzos de los remeros resultan inútiles y los hombres empiezan a perder toda esperanza y claman a Francisco para que suplique ayuda del único del que en momentos tan angustiosos se puede esperar socorro... Él viene ya rogando, pero la oración silenciosa del padre no basta para sustentar la confianza de estos hombres e infundirles ánimo; necesitan un gesto. Siguiendo una vieja tradición en estas costas, se ha quitado el crucifijo que lleva colgado del cuello sujeto con un cordón y lo ha sumergido desde la borda en el mar embravecido rogando al Padre, por los méritos del Hijo crucificado, que se digne librarles del peligro.

¿Cómo ha podido ocurrir? El cordón se ha roto y el crucifijo ha desaparecido entre las olas.
Los remeros no saben cómo interpretar el suceso. ¿Será signo de que las aguas van a ser apaciguadas? ¿Querrá decir que la catástrofe final está cerca? Francisco no puede ocultar su disgusto y su pena por esta pérdida, aunque trata de seguir animando a la tripulación. Todavía han luchado los hombres durante horas en medio del temporal, pero, al fin, han logrado arribar a la playa.

Al dia siguiente, Francisco, acompañado del joven Fausto Rodrigues, se encamina hacia el cercano poblado de Tamilau. Marchan por la playa, el mar está ahora tranquilo y las olas rompen mansamente sobre la arena. Un enorme cangrejo ha salido de entre la espuma sosteniendo son sus pinzas ¡el crucifijo desaparecido durante la tormenta!
Francisco se ha arrodillado para recibirlo en sus manos, besarlo y sostenerlo después apretadamente contra su pecho. Fausto Rodrigues se ha postrado a su lado exclamando estupefacto:

-¡Es un milagro!
¿Han traido las olas el crucifijo flotando hasta la orilla? ¿Lo ha rescatado el cangrejo de las profundidades y lo ha llevado hasta la playa guiado por un impulso superior?
Francisco ha estado de rodillas sobre la arena durante un largo rato agradeciendo como un favor del cielo la recuperación del crucifijo que le ha acompañado durante tantos trabajos y tantas travesías y ante el que ha orado tanto.

Luego, sin hacer otro comentario sobre lo ocurrido, ha vuelto a colgar el crucifijo de su cuello y prosigue su camino hacia el poblado que se ha propuesto visitar.
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