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Autor: | Editorial:



Santo Tomé
Al fin se ha reunido la flota que irá a mostrar al sultán de Jaffna que la matanza de cristianos no va a quedar impune. El vicario general ha dispuesto que Francisco se embarque en la nave capitana; a los cristianos de la zona les satisfará ver al padre saliendo en su defensa junto a las tropas portuguesas.

Para cuando la flota se situa en posición de caer sobre Jaffna en el momento oportuno, un desafortunado incidente ha venido a trastornar todos los planes.
Un navío de la flota real, cargado con ricas mercancías, ha naufragado en las costas de Jaffmnapatam. El sultán, amparándose en un derecho habitual en la India, se ha incautado de la valiosa carga.

-Padre Francisco, en vista de lo sucedido habrá que posponer la expedición de castigo al sultán. Antes hay que entrar en negociaciones con él para ver de recuperar esas mercancías en las mejores condiciones posibles.
-¡Negociar con el asesino de más de 600 cristianos!
-El cargamento de ese navio pertenece al rey y es nuestra obligación velar por los intereses de la corona.
-¿Y no pensáis que es más obligación vuestra en nombre de Portugal velar por el honor de Dios y la vida de los cristianos? -ha clamado Francisco; pero todo ha sido inútil, ha pesado más en la opinión de los funcionarios el valor de la carga del navío que la necesidad de hacer un escarmiento que incline a los reyezuelos a respetar a los nuevos cristianos.
La flota preparada para la expedición de castigo se apresta a retirarse mientras que duren las negociaciones, que, muy probablemente, serán largas. Francisco presiente que el sultán de Jaffna no recibirá nunca el castigo que él cree tan merecido.

Indignado y decepcionado, ha desembarcado y se queda en Negapatán. También en esta ocasión, como en muchas otras anteriores, siente la frustración de no haber recibido ni la ayuda ni el respaldo necesarios a su labor por parte de los oficiales del rey.
-¡Por causa de cosas como esta no hacemos nosotros nada! -se lamenta.
Sí ha hecho, ha hecho mucho. Lleva más de dos años y medio recorriendo incansablemente leguas y leguas de las tierras inhóspitas de esta costa, soportando temperaturas agotadoras, alimentándose pobremente, durmiendo poco y de cualquier modo y en cualquier parte, batallando continuamente con un lenguaje que le resulta tremendamente difícil y corriendo en cada momento el riesgo de padecer enfermedades e infecciones tan frecuentes en estas zonas. Sí, ha hecho: ha enseñado, bautizado, servido, protegido y defendido a muchísimos miles de paravas, macuas y careas. Ha creado un método de evangelización y ha dejado el territorio sembrado de pequeñas escuelitas regidas por los canacapolas que continuarán su labor bajo la supervisión de los sacerdotes, pero le duele pensar que es muy cierto que se podría haber hecho mucho más si los funcionarios reales hubieran secundado su tarea con más eficacia y honestidad.

Se pregunta desalentado: "¿Qué se conservará de la ingente tarea de siembra que hemos realizado durante estos años? ¿Conservarán su fe estos cristianos recién convertidos a pesar de verse abandonados, cuando no maltratados por los mismos que deberían ser sus valedores?"
Está triste, deprimido y cansado, muy cansado; y no con el cansancio bueno que siente el hombre al final de una jornada de duro pero efectivo trabajo, ese cansancio dulce que encamina suavemente al tranquilo y profundo descanso del sueño, sino con la fatiga amarga, inquieta, atormentadora del que se interroga si todo el esfuerzo agotador realizado hasta ahora no terminará siendo inútil porque está empeñándose en una labor condenada al fracaso.
Y se plantea cuál puede ser su trabajo en el inmediato futuro: ¿Volver a la Pesquería? En el presente trabajan allí Mansillas, ya ordenado sacerdote, Juan de Lizano, Francisco de Coelho y los tres paravas que ya son también sacerdotes. Todos ellos siguen, más o menos fielmente, las instrucciones que él les ha dejado... ¿Deberá atender la llamada hecha desde Macasar por los dos reyes convertidos o sería más conveniente mandar allí a algún otro sacerdote? "Yo soy el enviado del Papa a estas tierras, debo recorrerlas para conocerlas a fondo y ver en qué condiciones se vive en ellas para poder luego disponer lo que sea más conveniente en servicio de Dios y de las almas", se dice. Por otro lado, está a punto de llegar a Goa el primer grupo de miembros de la Compañía que, enviados desde Lisboa, se aprestan a emprender el trabajo misionero en la India. ¿Deberá ir a su encuentro para recibirlos y darles toda la información que pueden necesitar para iniciar su labor?

¿A quién pedir un consejo? ¿A quién confiar las dudas? ¿En quién apoyarse en los momentos de desfallecimiento? ¿A quién acudir en busca de una orientación? Si el padre maestro Ignacio se hallara más cerca... Si Pedro Fabro o alguno de los otros estuviera aquí...
Hasta ahora todos sus trabajos misioneros han estado conducidos por la obediciencia: salió de Roma por indicación de Ignacio, su padre maestro; en Lisboa actuó bajo la obediencia de Simón Rodrigues, que era allí su superior; al llegar a Goa, fue el gobernador el que le señaló la costa de la Pesquería como campo de trabajo; cuando se ha preparado la expedición contra el sultán de Jaffna ha sido voluntad del vicario general que se embarcase en la nave capitana y ahora... Ahora está solo; la decisión y la responsabilidad serán sólo suyas. Y es continuo y, a ratos, doloroso y hasta obsesivo, el recuerdo de Ignacio y de los otros compañeros que andan diseminados por Europa trabajando, como él, por ensanchar los límites de la Iglesia, por llevar a todas las gentes el conocimiento de la gloria de Dios, pero que ¡están tan lejos! No es posible consultarles.

-¿Qué querrá el señor que haga ahora? -se pregunta.
Y la respuesta llega clara y casi inmediata:
-No se puede navegar hacia el cabo de Comorín, padre Francisco. En esta época del año los vientos soplan justamente en dirección contraria -le ha expuesto Diego Madeira. Y le propone: -¿No querréis embarcaros conmigo? Vamos a Santo Tomé, podemos llevaros hasta allá.
Y Francisco acepta.
Santo Tomé es un buen lugar para detenerse durante un tiempo, para orar y reflexionar.

Se siente débil, enfermo... Durante los días de navegación, que se prolongan a causa de los contratiempos y las calmas, no se alimenta, apenas prueba nada. Los compañeros que viajan con él se preocupan por su actitud silenciosa y abatida y por su ayuno tan prolongado.
-¿Querréis que matemos una gallina y os hagamos un caldo? -ofrece solícito Diego Madeira.
-No, gracias...
-¡No podéis continuar sin comer! Lleváis días y días sin probar bocado. ¿Qué os podría apetecer?
-Si acaso un caldo de cebollas.
-¡Un caldo de cebollas!, ¡pero eso no es alimento! En fín, más que nada ya es.
Y esto es lo único que toma durante más de ocho días.
Va ya avanzando abril de este año de 1545 cuando Francisco llega a Santo Tomé.

Es tradición muy arraigada en estas tierras que hasta aquí llegó el apóstol Santo Tomás predicando la fe en Cristo y que aquí vivió y levantó una capilla y que aquí murió y está enterrado en un sepulcro que reverencian los habitantes de este pueblo de Meliapur.
No hay en Santo Tomé un hospital en que se pueda alojar Francisco, así que acepta el hospedaje que le ofrece el vicario que se ocupa del santuario y de la vida espiritual de los portugueses y cristianos nativos de la zona.
La vivienda del vicario se halla separada de la iglesia que guarda el sepulcro del apostol únicamente por un jardín.
Francisco cruza y recruza este jardín cientos de veces para ir a orar ante la tumba del apóstol. Está reviviendo experiencias de aquellos ejercicios hechos en París bajo la dirección de Ignacio. Este es el momento del discernimiento, de hacer una elección, de pedirle a Dios luz y que le haga sentir su voluntad y le dé luego fuerzas para cumplirla.

Pasa hora tras hora postrado ante el altar para presentar ante el Señor su angustiosa perplejidad:
-Estoy cansado, Señor, cansado y abatido... Al principio todo parecía tan hermoso... Yo acababa de llegar de Europa y traía todavía fresco, casi recién estrenado, mi espíritu de apóstol aprendido junto a Ignacio y los otros... En aquellos primeros días yo me sentía tan fuerte, tan capaz, tan alegre, tan lleno de ánimo; experimentaba tan cerca de mí tu mano y tu protección, ¡se realizaban cosas admirables a mi paso! Y ahora... ¿Qué he hecho mal? ¿En qué he fallado? Siempre te he sabido cerca de mí, pero ahora, ¿dónde estás?

Ha hecho gran amistad con el vicario que tan acogedoramente le ha recibido. Le ha tomado como confesor y a lo largo de las repetidas confesiones, y también de muchísimas tranquilas charlas confidenciales, va recordando ante él su vida: los años de infancia y adolescencia en el castillo de Xavier en los que vivir el servicio de Dios era obedecer a su madre, estudiar con los clérigos de la iglesia, querer y dejarse querer por sus hermanos, por tía Violante, por Gracieta y Pachica, trabajar en beneficio de las necesidades de la familia, dialogar con el Cristo de la sonrisa y cantar la salve a Santa María; más tarde los años de estudio en París, el encuentro con Pedro Fabro, primero, con Ignacio después y luego con todos los otros, el profundo cambio vivido en la orientación de su existencia, la hondísima alegría de haber descubierto la voluntad de Dios y de haber recibido la gracia de poder cumplirla fielmente; el privilegio inmenso de haber compartido esfuerzos, gozos y experiencias con aquellos sus espléndidos compañeros de París, de formar parte junto a ellos de la Compañía de Jesús y, por fin, el envío a tierras de misión recibido como un preciadísimo regalo del cielo.

El recuento de todos estos recuerdos ha servido para que el vicario admire la limpia trayectoria de la vida de este hombre, nuncio del Papa y enviado del rey, que tan sencillamente descubre ante otro su vida; a Francisco, volver a recorrer su pasado en la memoria le ha confirmado, una vez más, en la seguridad de que Dios le ha guiado, guardado y protegido de forma especialísima, lo que aumenta su confianza a la hora de volver a interrogarse en la presencia del Señor, arrodillado en la capilla del santo apóstol:

-¿He confiado demasiado en la ayuda de las gentes del rey? ¿He confiado demasiado en mis propias fuerzas? ¿He olvidado demasiadas veces que sólo debo poner mi confianza, toda mi confianza en Ti? ¿He olvidado demasiadas veces que son tuyos el éxito y la gloria y que a mí solo me tocan el esfuerzo y el trabajo y que también la capacidad de esfuerzo y de trabajo son tuyos y que Tú se los das a quien Tú quieres...? ¡Perdona mi pecado, Señor, y ten misericordia de mí! ¡Dime claramente qué quieres que haga! ¿Goa, la Pesquería, Macasar...? ¡Santo apóstol Tomás, tú que también fuiste enviado a tierras lejanas, intercede por mí!
Son jornadas de oración intensa e incesante.
Muchas noches se levanta y, sin que el vicario le sienta, cruza el jardín para ir a rezar a la iglesia. Algunas veces el criado malabar que duerme en las cercanías, se ha despertado al oirle repetir:

-Señora, ¿no me ayudarás...? Señora, ¿no querrás ayudarme...?
Y, al fin, después de varias semanas, la luz...
Y puede escribir a sus amigos del colegio goano de San Pablo:
"En esta santa casa tomé por oficio ocuparme en rogar a Dios Nuestro Señor... me diese a sentir... su voluntad, con firme propósito de cumplirla, y con firme esperanza de que dará el ejecutar quien haya dado el querer. Quiso Dios, por su acostumbrada misericordia, acordarse de mí; y con mucha consolación... sentí y conocí ser su voluntad que fuera yo a aquellas partes de Macasar donde nuevamente se hicieron cristianos, para darles razón y doctrina de nuestra santa y verdadera fe... Estoy tan determinado a cumplir lo que Dios me dio a sentir... que, a no hacerlo, me parece que iría contra la voluntad de Dios..., y si no fuesen navíos de Portugal este año... iré en algún navío de moros o de gentiles. Tengo tanta fe en Dios Nuestro Señor..., por cuyo amor únicamente hago este viaje, que, aunque de esta costa no fuese este año navío ninguno y partiese un catamarán, iría confiadamente en él, puesta toda mi esperanza en Dios..."

¡Le han vuelto la salud, las fuerzas y el ánimo! ¡Se siente dispuesto hasta a viajar en esa frágil embarcación elemental que es un catamarán...!
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