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Autor: | Editorial:



Guerras y atropellos
Ha alcanzado un gran prestigio entre todas las gentes de la región y su fama ha llegado mucho más allá de los límites de la costa de la Pesquería. Dos reyezuelos del entorno andan enemistados y se han agredido mutuamente de diferentes maneras. Ambos han acudido a Francisco en busca de ayuda porque le saben muy buen amigo del gobernador Martín Alfonso de Sousa y los dos pretenden que desde Goa les llegue apoyo para vencer al contrincante. Francisco ha aceptado en principio mediar en la querella; primero, porque desea la paz del territorio; luego, porque la amistad de estos dos personajes: Iniquetriberín, rey de Travancor y con dominio también sobre las tierras de la zona denominada del Gran Rey, y Vettum Perumal, rey de un amplio territorio en la parte norte de la Pesquería, le puede significar mayores facilidades para la protección de los cristianos de estos territorios.

Intercambia mensajes con los dos reyes, envía informes a Goa para que el gobernador tome cartas en el asunto, y cuando le parece que empieza a lograr el difícil equilibrio de la paz, llegan dos noticias desalentadoras que le hacen indignarse: desde Tuticorín, le han venido a ver unos patangatines, jefes de aldea, para entregarle una carta escrita en una hoja de palma en la que comunican que unos portugueses han robado unas mujeres paravas cristianas y se las han llevado como esclavas, aprovechando la circunstancia de que los hombres estaban fuera ocupados en la pesca de perlas. Y Tuticorín está dentro de los dominios del rey Vettum Perumal.

Por otro lado ha sabido que Cosme de Paiva, el capitán portugués de la costa de la Pesquería, cuya misión en esta zona, a más de cobrar los impuestos para el rey Juan III, es mantener la paz y hacer justicia en la región, está cometiendo toda clase de abusos y desmanes. Obliga a los pescadores paravas a venderle únicamente a él y al bajo precio que él fija las grandes conchas de tritón llamadas chanco. Se encuentran en estas costas, además de las ostras perlíferas, y se venden muy bien para ser lavadas y convertidas en brazaletes o utilizadas como trompetas en los templos. Este mismo Cosme de Paiva, aprovechándose del privilegio que se han reservado los portugueses de la compra y venta de caballos, ha ganado grandes sumas vendiendo animales al rey Vettum Perumal, lo que da a este ciertamente grande ventaja sobre su enemigo a la hora de guerrear.

Iniquitriberín, temeroso del poder de su adversario y sintiéndose ofendido y menospreciado por los portugueses, ha llamado en su ayuda a sus aliados los badagas. Esta horda de guerreros ha descendido del norte lanzándose por todo el territorio y asolando cuanto encuentra a su paso. Saquean, asesinan, incendian... y tan sólo respetan las vidas de aquellos por los que piensan que pueden conseguir un buen rescate.

Francisco escribe a Mansillas preocupado porque se siente responsable de todas estas pobres gentes:

“Llegué el sábado por la tarde a Manappad. Diéronme en Kombuturé muchas malas nuevas de los cristianos del cabo de Comorín, que los badagas los llevaron cautivos... Los cristianos, para salvarse, se metieron por aquellas piedras que están dentro del mar. Mueren allí de hambre y de sed. Esta noche parto para socorrerlos con veinte tones de Manappad. Rogad a Dios por ellos y por nosotros...”

Los vientos le son contrarios y no consigue llegar con su pequeña flota hasta los arrecifes en los que están refugiados sus cristianos.

“Dios Nuestro Señor sabe los trabajos que tuve en este viaje... Fueron los vientos tan contrarios que ni a remo ni a sirga pudimos llegar al cabo. Amansando estos vientos, tornaré otra vez y haré lo que pudiere para ayudarlos. Es una pena, la mayor del mundo, ver cómo están aquellos cuitados cristianos en tantos trabajos...”

Y muchas semanas después puede ya escribir:

“Fui al cabo por tierra a visitar a estos cuitados cristianos que venían huidos y robados de los badagas... Unos no tenían que comer, otros de viejos no podían venir, otros muertos... Mujeres que parían por el camino, y otras muchas penas que si las vieseis como yo las vi, tuviérais compasión... Ahora hay mucha gente necesitada en este lugar. Rogad al Señor Dios que mueva los corazones de los ricos...”

Y mientras ruega al Señor y pide a los suyos que rueguen también, trabaja por conseguir auxilios para los necesitados y la paz para toda la región. Ha destacado a Francisco Coelho, su buen colaborador que ha trabajado siempre con tanta eficacia, con una embajada para Iniquitriberín: va a pedirle en nombre propio, pero advirtiéndole, además, que está respaldado por la autoridad y la fuerza del gobernador, que ordene a los badagas que se retiren de esta región. Después de largas negociaciones y de conceder ciertos privilegios, se ha logrado que las hordas badagas se vayan replegando hacia sus tierras del norte.

¿Vuelve la paz al territorio? No, de momento. Ahora es Vettum Perumal el que resiente como una ofensa y una agresión al él las negociaciones de Francisco con Iniquitriberín; y se ensaña con los poblados de cristianos que caen bajo su radio de acción en el norte de la costa de la Pesquería. Y se repite la situación que ya se ha vivido en el cabo de Comorín. Los cristianos tienen que huir a los islotes de la costa para ponerse a salvo de los ataques de la caballería de Vettum Perumal. El propio capitán, Cosme de Paiva, que es el que ha proporcionado los caballos que ahora atacan, sufre los horrores del saqueo; se ha visto obligado a huir a los islotes junto a los cristianos de la zona.

En cuanto conoce estas noticias, Francisco se ha apresurado a enviar socorros a los que han tenido que huir. Olvida la indignación que la conducta del capitán le ha producido siempre y escribe a Mansillas:

“Tristes nuevas me dieron del capitán, que le quemaron su nao y su casa y que está refugiado en las islas. Por amor de Dios que vayáis en seguida con toda esa gente de Punicale, llevando toda el agua que pudieran cargar en los tones..., que lo hagáis con grande diligencia.

“Escribo a los patangatines de Kombuturé y de Vembar que vayan con todos los tones...”.


No puede estar en todos los sitios al mismo tiempo, pero su corazón y su solicitud paternal velan incansablemente junto a todos los habitantes de estas tierras. Cuando él no puede llegar a remediar necesidades, moviliza a sus gentes...

Y las necesidades y los horrores se siguen produciendo. El sultán de Jaffna, que gobierna en el norte de Ceilán, odia a los portugueses que le han obligado a pagarles tributo. Tan pronto como ha sabido que en la isla de Manar muchos de sus súbditos han recibido el bautismo, ha enviado a sus soldados para obligarles a renegar de la fe recién adquirida, y como muchos de ellos se han negado, ha mandado matar a más de seiscientos, después de haberles maltratado de mil maneras.

-Una matanza como ésta no puede quedar sin castigo, si no queremos entregar en manos de los tiranos gentiles toda la cristiandad de la India –ha manifestado Miguel Vaz, el vicario general, con el que Francisco se ha encontrado en Cochín. Y se apresta a hacer llegar sus quejas al gobernador reclamando ayuda para una expedición de castigo al perseguidor de los cristianos.

Mientras los mensajes del vicario general van en busca del gobernador y llegan sus respuestas, Francisco permanece en Cochín, escribiendo cartas, visitando las casas religiosas y los colegios de la zona y oyendo noticias que traen los barcos que recalan en este importante puerto de la costa Malabar.

Una cierta noticia le interesa especialmente; la cuenta un comerciante que ha navegado hasta la isla de Macasar, también llamada Célebes, a la que ha ido a comprar sándalo:

-Los comerciantes mahometanos recorren también aquellas regiones y tratan de atraer a su religión a los habitantes de las islas. Yo les hablé de las excelencias de nuestra fe cristiana y con la ayuda de Dios conseguí convencer a dos de sus reyes: el rey de Supa y el de Siao, que se bautizaron con sus familias y altos dignatarios de sus cortes. Ahora esperan que vayan allá sacerdotes y catequistas que les instruyan más amplia y fundadamente de lo que yo supe hacerlo.

-Creo que esa es tarea que os corresponde, maestro Francisco –ha dicho el vicario general.

-Ciertamente, así lo creo yo también –ha reconocido el nuncio apostólico pensativo. Y luego ha permanecido largo rato en silencio preguntándose: “¿Hasta donde deberé llegar en el cumplimiento del mandato recibido?” ¡Es tan inmenso el territorio que ha sido confiado a su cuidado!

En Cochín recibe Francisco muchas cartas de Portugal. También la licencia para que Mansillas reciba la ordenación sacerdotal. Le ordenará el obispo en Goa como ya lo ha hecho con los dos seminaristas Gaspar y Manuel. En estas cartas se anuncia también la llegada de dos nuevos compañeros que vienen en las naos que se esperan próximamente. Uno es italiano, Antonio Criminali, conquistado en Parma para la Compañía por el infatigable Pedro Fabro, del que es opinión común que, después del padre Ignacio de Loyola, es el mejor director de Ejercicios Espirituales. Con Criminali viene un portugués, Pedro Lopes, que ha entrado en la Compañía en Coimbra. Ambos son sacerdotes. “El rey me escribe muy bien de estos...”, comunica Francisco a Mansillas. “...a ninguno de ellos conozco, no es ninguno de los que dejamos...”

“¿Cómo serán?”, se pregunta.

¿Ha deseado y soñado en ciertos momentos de duda y desaliento que vendrían de Europa algunos de sus antiguos compañeros con los que compartir la abrumadora tarea de evangelizar a tantos miles y miles de almas?
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