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Autor: | Editorial:



En la pesquería con los paravas
Cuatro meses largos lleva Francisco trabajando en Goa. Los barcos de la armada que permanecieron en Mozambique, y en los que tendrán que venir micer Paulo y Mansillas, no acaban de llegar y en vista de ello se toma una decisión.

"Ahora me manda el señor gobernador para una tierra donde todos dicen que tengo que hacer muchos cristianos", escribe Francisco a sus compañeros en Roma.
Curiosa mezcla de ámbitos. El gobernador, autoridad civil, programa las actividades religiosas del nuncio del Papa, que no duda de obedecer puntualmente sus indicaciones porque le parece la forma razonable de proceder. En esta tierra conquistada por las fuerzas portuguesas la cruz de los predicadores del Evangelio ha de ir siempre precedida y respaldada por la espada de los capitanes.

Los portugueses, gracias a su poderosa y abundante flota, al valor de sus marinos y a la arriesgada laboriosidad de sus comerciantes, son en estas latitudes señores del mar.
Prácticamente todas las zonas costeras de la India occidental y de la Pesquería están bajo el dominio, o al menos la influencia, de las fuerzas militares portuguesas. Al amparo de esta protección proliferan las factorías comerciales. A lo largo de las costas, y en puntos estratégicos, se han levantado fortalezas cuyas guarniciones, al mando de un capitán, mantienen el control del área, protegen el comercio y se encargan de respaldar con la fuerza el cobro de impuestos por parte de los recaudadores que recogen dinero para el rey de Portugal.

La tierra a la que es enviado Francisco en estos últimos días del mes de septiembre de 1542 es la costa suroriental. Se la conoce también con el nombre de la Pesquería, porque es en ella donde en determinadas épocas del año tienen lugar las campañas de recogida de ostras perlíferas que tan pingües ganancias proporcionan a los patrones dueños de las distintas zonas pesqueras.

Francisco viaja ahora hacia esta costa de la Pesquería acompañado por los diáconos Gaspar y Manuel y por un tercer seminarista llamado Antonio. Todos tres son oriundos de esta región a la que se dirigen, aunque hace tiempo que salieron de ella para ir a estudiar a Goa.
El pequeño navío recorre la ruta habitual hacia el sur bordeando la costa. El viaje dura nueve días. Dejan atrás la isla de Salsete, la fortaleza portuguesa de Cananore, a cuyo amparo se alza un convento de franciscanos; pasan ante la poderosa estación del Zamorín de Calicut, hostil a los cristianos, la pequeña fortaleza portuguesa de Chale, la fortaleza de Cranganor, centro de cristianos siromalabares, y en la que hay también franciscanos, y el puerto de Cochín, rodeado en tierra de un océano de palmeras. Cochín, después de Goa la ciudad más importante de la India portuguesa, es el principal centro del comercio de la pimienta, el clavo y la canela.

Los habitantes cristianos están atendidos por un vicario y misioneros franciscanos, en medio de una población de hindúes, moros y judíos. La nave pasa luego ante la fortaleza de Quilón y navega por la peligrosa costa del Travancor, litoral muy batido, para, más tarde, llegar a la punta del cabo de Comorín.

Después de doblar el promontorio la navegación continúa en dirección noreste. La costa es arenosa, se divisan sobre la línea de las playas los penachos de las palmeras y cocoteros y las aldeas de los pescadores compuestas de chozas de barro techadas con hojas de palma. Por el mar se mueven los catamaranes de tres troncos de palmera, ligerísimas embarcaciones manejadas habilmente por los habitantes de esta costa.

Francisco y sus acompañantes desembarcan en Manappad, población situada en el centro de la costa de la Pesquería. Y tiene lugar un primer contacto con los habitantes de esta región: los paravas. Son altos, musculosos, de piel oscura y rasgos regulares. Hombres y mujeres se cubren, como único vestido, con un largo paño blanco sujeto a la cintura. Llevan el negro cabello atado en un solo nudo y todos lucen largos adornos de oro en las orejas, que les caen hasta los hombros.

Los paravas son pescadores de perlas, aunque no los dueños de las zonas de pesca; fueron bautizados hace ocho años, cuando pasó por allí Miguel Vaz en una de las muchas expediciones de toma de posesión de las tierras realizadas por tropas portuguesas.

Desde el momento en que fueron bautizados nadie ha vuelto a visitarles para enseñarles la doctrina cristiana y las oraciones. No viven portugueses en estos lugares porque la tierra es árida y pobre.
Con ayuda de Manuel, Gaspar y Antonio, que hacen continuamente de intérpretes, Francisco pregunta a las gentes que les han rodeado en cuanto les han visto desembarcar. Necesita a estos tres muchachos cerca de él constantemente. De ahora en adelante, su trabajo de evangelizador contará con una nueva dificultad: la lengua. Habló vascuence, castellano y francés desde niño.

Aprendió latín suficiente como para estudiar gramática, filosofía y teología. Conversó y bromeó en portugués con sus compañeros en el colegio de Santa Bárbara. Fue capaz de dominar el italiano hasta el punto de poder escribirlo y hacerse entender sin problemas al hablarlo; ahora el tamil que hablan estos paravas es una frustrante barrera que le separa de ellos. ¡Con la de cosas que querría comunicarles y lo que le gustaría poder entender las que ellos quisieran contarle! Y escribe a sus amigos de Roma: "...llegué a esta costa y procuré saber el conocimiento que de Cristo Nuestro Señor tenían... No hallaban ellos otra respuesta sino que eran cristianos y que por no entender ellos nuestra lengua, no sabían nuestra ley ni lo que habían de creer. Y como ellos no me entienden, ni yo a ellos... junté de entre ellos a los más sabedores y busqué personas que entendiesen nuestra lengua y la de ellos. Y después de habernos juntado muchos días, con gran trabajo..."

Ha sido, en verdad, un enorme trabajo. Francisco reza indistintamente en dos lenguas: en vascuence, la lengua materna de su infancia y su adolescencia, y en latín, la lengua de sus estudios universitarios y de su oración diaria en el misal y en el breviario. Ahora se esfuerza ahincadamente para traducir, desde el portugués que hablan sus traductores, a la lengua de los paravas los fundamentos de la doctrina cristiana y las oraciones que quiere enseñar a estas gentes. Este trabajo supone para él un doble esfuerzo, ya que tampoco el portugués es su lengua propia, aunque haya llegado a identificarse de tal manera con su condición de legado del rey Juan III y nuncio del Papa para estas tierras del imperio portugués que llega a decir "nuestra lengua" al referirse al idioma lusitano.

Al cabo de varias semanas consigue tener por escrito la traducción al tamil del Credo, de los Mandamientos, del Padre Nuestro y del Ave María.
Y lee y relee esta traducción hasta poder recitarla de memoria con una pronunciación tan aceptable que la haga comprensible a sus oyentes.
Y así pertrechado comienza su campaña misionera recorriendo una por una todas las aldeas en las que hay cristianos.

"En estos lugares, cuando llegaba, bautizaba a todos los muchachos y muchachas que no estaban bautizados, de manera que bauticé a grande multitud de ellos... Iba por todo el lugar con una campana el la mano juntando a todos los que podía... y les enseñaba cada día... y en el espacio de un mes aprendían las oraciones..."

Y no solamente consigue que aprendan los que asisten a las reuniones de catequesis, sino que, además, logra que estos que saben ya la doctrina y las oraciones enseñen lo aprendido a sus familiares y vecinos.
Y continúa narrando: "Cuando llegaba a los lugares no me dejaban los muchachos ni rezar mi oficio, ni comer, ni dormir, sino que me pedían continuamente que les enseñase algunas oraciones..."
Se asombra y se emociona Francisco ante este interés de los muchachos por aprender y lo comenta con sus compañeros. Gaspar le explica algo que Manuel y Antonio corroboran.

-No te extrañe, padre Francisco; están acostumbrados a escuchar a los brahmanes que durante las ceremonias rituales recitan en sánscrito versos de los Vedas, fórmulas sagradas que sólo los sacerdotes entienden. El pueblo las escucha sin comprenderlas y les atribuye un valor mágico-religioso. Tú les estás enseñando las verdades de nuestra religión y las oraciones en nuestra propia lengua y te esfuerzas por explicárselas y porque entiendan lo que dicen. Les has asegurado que a Dios le agrada que aprendan los Mandamientos y que los practiquen y que aprendan las oraciones y que las recen. Y les aseguras que Dios les escucha cuando se dirigen a Él.

Y viendo la necesidad y el interés que tienen las gentes de esta zona de aprender, Francisco, flanqueado siempre por sus tres imprescindibles acompañantes, recorre incansablemente aldea tras aldea, haciendo en todas ellas el mismo trabajo: conocer a las gentes, visitar a los enfermos, bautizar, enseñar... Repetir una y mil veces las largas recitaciones aprendidas de memoria, procurando pronunciar con fidelidad la difícil modulación de cada palabra, para ser mejor comprendido por sus oyentes. Siempre con el temor de cometer errores, siempre con la limitación de depender de los traductores...

Y así durante días y días y leguas y leguas de camino hacia el norte por la costa de la Pesquería. Hace un calor sofocante y la marcha sobre las ardientes arenas de las playas resulta, a veces, extremadamente penosa para este europeo acostumbrado a climas muy distintos. También la comida le resulta extraña; se alimenta jornada tras jornada, al igual que los habitantes de la zona, de una monótona dieta de arroz con pescado que no siempre hay manera de preparar con la debida pulcritud...

Pero no son estas dificultades capaces de frenar el deseo grande que Francisco tiene de extender el conocimiento de Dios entre los pescadores de esta costa.
Y el Señor, que siempre acompaña a los predicadores del Evangelio y siempre colabora en sus trabajos, apoya la labor de Francisco:

"Viniendo por el camino llegué a un lugar de gentiles donde no había ningún cristiano. Había una mujer con dolores de parto desde hacía tres días y muchos desconfiaban de que viviera. Fui a la casa y empecé confiadamente a invocar el nombre de Cristo... comenzando por el Credo y el Padre Nuestro en la lengua de ellos; vino la mujer, por el favor divino, a creer en los artículos de la fe. Le pregunté si quería ser cristiana. Respondiome que de buena voluntad quería serlo... y la bauticé. Inmediatamente después dio a luz la que confiadamente esperó y creyó en Jesucristo..." Con esta naturalidad referirá el hecho por carta unos días más adelante. Y con esta misma naturalidad contesta ahora al seminarista Antonio que se dirige a él deslumbrado:
-¡Ha sido un milagro! Todos pensaban que la mujer moriría y que la criatura no llegaría a nacer. ¡Tú has hecho el milagro!

Francisco se ha puesto serio y le mira severamente:
-¡No sabes lo que dices! ¿Tantos años estudiando en Goa y aún no has aprendido que sólo Dios puede hacer milagros?
Y ante la actitud de asombro reverencial que advierte en sus tres acompañantes cree necesario exponer la explicación que a sí mismo se ha dado.
-Sabedlo bien de una vez por todas: únicamente Dios puede hacer milagros; a nosotros sólo nos corresponde pedirlos... y agradecerlos. Estas son gentes de buena voluntad, pero rudas e ignorantes, son un pueblo niño que necesita ver signos muy evidentes para creer y el Señor misericordioso les da esos signos.

Luego, les enseña la oración que a él le brota espontáneamente de lo más profundo de su corazón:
-Gracias, Señor, porque de tal manera respaldas y apoyas nuestra predicación de tu nombre y porque de esta manera has querido confirmarnos en la seguridad de que estamos cumpliendo tu voluntad, de que estamos haciendo lo que Tú quieres que hagamos.
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