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Autor: | Editorial:



Goa
Está apenas amaneciendo este día 6 de mayo de 1542 cuando el Coulam comienza a remontar el río Mandovi. Después de trece meses de viaje he aquí, al fin, la India.
Se ha enviado por delante una pequeña embarcación de remo para que lleve a la ciudad de Goa la noticia de que llega el nuevo gobernador.

Apoyado en la borda Francisco observa con apasionado interés todo lo que la marcha del navío va haciendo aparecer ante sus ojos. Es muy temprano aún, no se ve a nadie.
Van desfilando los campos donde se cultivan el mijo y el arroz, ahora secos y amarillentos porque mayo es el mes más caluroso; las chozas pardas de los aldeanos techadas con palma y grupos, y hasta bosquecillos de palmeras y cocoteros, de mangos, higueras y bananos.

"Más allá de esos campos, ¿qué esconderá esta tierra? Esas chozas agrupadas sin orden a la sombra de los árboles protegen de la intemperie unas vidas, unas familias a las que será preciso hacer llegar la Buena Nueva, para que descubran y reciban la gloria de Dios que colma de luz y gozo... ¿Cómo serán estas gentes? ¡Cómo se me agranda, Señor, la imagen de este pueblo en el que vengo pensando durante todo el viaje mientras este buen barco va terminando su singladura!"

Recuerda el dicho que afirma que "Goa es una segunda Lisboa". ¿Cómo será la ciudad? Y, sobre todo, ¿cómo serán sus habitantes? Goa es la puerta de entrada en el gran imperio portugués de las Indias, esta es la tierra de misión con la que ha soñado, la tierra a la que le envía la obediencia, la tierra a la que le envía la voluntad de Dios. ¡Y es una tierra tan diferente!

Le llegan desde las orillas los efluvios de mil aromas distintos, desconocidos y exóticos, que le hacen comprender que por mucho que la ciudad se asemeje a la lejana Lisboa en su disposición y construcciones, se está aproximando a un mundo nuevo que irá teniendo que descubrir poco a poco.

Y ya va muy entrada la mañana cuando, al cabo, ¡ahí está Goa!
Mientras el Coulam inicia la maniobra de atraque, piensa Francisco que cambia una nave conocida y aún querida por una tierra que desconoce.
En el fondeadero se mecen suavemente multitud de pequeñas embarcaciones: barcas de vela triangular a la usanza árabe, fustas de dos palos, tones y catures de un solo palo que navegan a vela y a remo. Muchas de ellas aparecen engalanadas con telas de colores y ramos verdes en honor del nuevo gobernador.

En el muelle puede contemplarse la más abigarrada multitud que cabe imaginar: caballeros lujosamente vestidos a la manera portuguesa, acompañados por criados y esclavos negros sosteniendo los parasoles que protegen a sus señores. Son las personas principales que han venido a recibir al gobernador. Más allá, aldeanos vestidos con simples taparrabos blancos y turbantes del mismo color, se mueven transportando cestos y bultos de todo tipo; otros aguardan a que llegue el momento de empezar a descargar el barco. Van y vienen mujeres envueltas de pies a cabeza en sus saris multicolores.

Inmediatamente después de los ceremoniosos saludos con que se ha recibido al nuevo gobernador, se ha formado una comitiva que acompaña a los recién llegados hacia la catedral, donde se celebrará una solemne acción de gracias por el feliz arribo del alto dignatario.
A lo largo del recorrido Francisco vuelve la cabeza a derecha e izquierda para mirar a las gentes que se agolpan con curiosidad al paso de la comitiva. Y porque sus ojos se fijan con especial atención en un hombre que viste el blanco atuendo de los campesinos, pero que, además lleva terciado al pecho un triple cordón de curiosa factura, el caballero que marcha a su lado le explica:

-Es un brahmán. Ese triple cordón santo es el distintivo de su casta.
-¿Qué son los brahmanes?
-Son algo así como una casta sacerdotal. Las gentes los veneran y hacen por medio de ellos ofrendas a sus dioses.
"Buscaré ocasión de hablar con algunos brahmanes. Me interesa muchísimo saber qué cosas creen, qué cosas practican y cuál es su relación con el pueblo", se dice Francisco mientras camina hacia la catedral en la comitiva del gobernador.

Ha llegado a esta hermosa ciudad de Goa, capital de las posesiones portuguesas en la India, investido de grandísima autoridad, tanto en el ámbito civil como en el religioso.
Como legado del rey de Portugal deberá visitar los territorios para observar qué trato reciben los nativos y cuál es la implantación de la vida religiosa en los establecimientos lusitanos del Oriente. No hay que olvidar que el rey de Portugal es responsable ante el Papa y ante Dios de la predicación de la fe cristiana en estas regiones. Juan III quiere recibir puntual información sobre el comportamiento de sus gentes y espera que Francisco, en quien ha depositado toda su confianza, se la proporcione.
Como nuncio del Papa a Francisco le corresponde supervisar la labor de evangelización que frailes y clérigos desarrollan y colaborar con sus enseñanzas y ejemplo en esta tarea.

Estos dos cometidos hubieran podido dar lugar a roces y hasta choques con las autoridades locales, pero Francisco ha sabido actuar en todo momento con extremada sabiduría, exquisita delicadeza y una profunda humildad.
El recién llegado gobernador, Martín Alfonso de Sousa, ha tenido ocasión de conocer bien a Francisco a lo largo de todo el viaje desde Lisboa. Su admiración hacia el legado es grande; no habrá lugar, seguramente, para ningún tipo de malentendido entre ellos.

Y con respecto a la autoridad religiosa tampoco surgirán problemas. La primera visita de Francisco en Goa ha sido para el buen obispo Juan de Alburquerque, fraile franciscano español que lleva ya años en esta sede.
Tan pronto como se ha visto en presencia del obispo se ha puesto de rodillas para besar su anillo. Luego, todavía de rodillas, ha explicado el motivo de su visita y ha presentado los Breves papales que le acreditan como nuncio del Pontífice.

El anciano y bondadoso obispo Alburquerque se ha levantado de su sillón para inclinarse afectuoso sobre Francisco:
-¡Alzad del suelo, por favor! ¡Sois el nuncio del Papa! ¡Yo debería postrarme ante vos para besar vuestras manos! Disculpad que no lo haga, estas viejas rodillas mías no me permiten ya ciertos ejercicios... Venid, sentaos aquí a mi lado. Contadme de vuestro viaje y de la misión que os trae por estas tierras...

Han hablado durante horas. Francisco le ha asegurado que no hará nada sin someterlo antes a su aprobación y le ha pedido informaciones y consejos. El obispo ha respondido lleno de buena voluntad a sus preguntas y le ha prometido su colaboración y sus oraciones sin reservas. El anciano obispo y el joven nuncio han quedado amigos. Se reconocen como obreros de la misma viña y como servidores del mismo Señor.

La siguiente visita de Francisco ha sido para el hospital. Le han ofrecido albergue el gobernador y el obispo, pero siguiendo ya la vieja costumbre, aprendida de Ignacio y tantas veces practicada a lo largo de los caminos de Europa, ha preferido alojarse entre los más pobres y los más enfermos. Duerme junto a ellos. Tiende una estera entre los camastros de los dos más graves y pasa allí la noche, atento a la menor llamada, al más leve quejido, para acudir solícito a servirles. De día se ocupa de su salud espiritual. Cuenta en su carta:

"...Aquí, en Goa, vivo en el hospital. Confieso y doy la comunión a los enfermos que allí están; son tantos los que vienen a confesarse que, si estuviera partido en diez partes, en todas ellas tuviera que confesar. Después de cumplir con los enfermos, confieso por la mañana a los sanos que vienen a buscarme. Pasado el mediodía voy a la cárcel a confesar a los presos... Tomé una ermita que está cerca del hospital, dedicada a Nuestra Señora, y allí empecé a enseñar a los muchachos las oraciones, el Credo y los Mandamientos; pasan muchas veces de trescientos los que vienen para aprender la doctrina cristiana. Mandó el señor obispo que por las otras iglesias se hiciese lo mismo... El servicio que a Dios Nuestro Señor en esto se hace es mayor de lo que muchos piensan..."

Ha empezado por ocuparse de los más desvalidos y de los más pequeños y su ejemplo cunde... Buen comienzo.
En algunas otras cosas su ejemplo ha causado un cierto asombro. A su llegada a Goa traía destrozadas las ropas con las que había salido de Lisboa. Trece meses de viaje sufriendo todo tipo de rigores: fríos, lluvias, vientos, trabajos en las cocinas y en las salas de enfermos, han decolorado, rozado y desgarrado las sotanas recibidas como obsequio del rey Juan III para la navegación hasta la India.

Al mayordomo del hospital, don Luis de Ataide, se ha dirigido Francisco para pedirle que, por amor de Dios, le proporcione ropa decente que ponerse.
-El hospital tiene fondos abundantes destinados a ese menester -responde Luis de Ataide-. Decidme qué tipo de vestimentas queréis y en unos días las tendréis preparadas.
Francisco recuerda bien los deseos de Ignacio referentes a la manera de vestir que quiere para los miembros de su Compañía y dice:

-No deseo nada especial, sólo quiero vestirme de la misma manera que lo hacen los clérigos honestos de estas tierras.
Le han tomado medidas y le han prometido:
-De aquí a una semana tendréis listas las ropas.
Y han cumplido lo prometido. En unos pocos días le han presentado a Francisco varias camisas y una ligera sotana sin mangas un poco abierta en el cuello. El clima de esta parte de la India es caluroso.

Francisco se asombra al comprobar:
-¡Todas estas prendas son de seda!
-Lo son, sí. Todos los sacerdotes visten de seda negra en estas regiones, maestro Francisco.
-Pues yo no lo haré. A mí, por favor, hacedme estas mismas prendas en algodón.
-Pero considerad, maestro Francisco, que los vestidos de algodón sólo los usan los esclavos, los pescadores y los criados, es decir, los más pobres.
-Pues por eso mismo, ya que voy a trabajar y a vivir entre ellos, con ellos y para ellos, ¿no os parece lo más puesto en razón que me vista como ellos?
Y no ha habido modo de convencerle de otra cosa. El señor mayordomo Luis de Ataide ha debido condescender y hacer que se repitan camisas y sotana en burdo tejido de algodón negro para satisfacer el deseo del nuncio del Papa, del legado del rey, que ciertamente parece tener unos gustos bastante particulares y sorprendentes.

El 20 de septiembre escribe a Ignacio para comunicarle una grata noticia: "En esta ciudad de Goa movió Dios a algunas personas para que le sirvieran haciendo un colegio... para que ahí fuesen enseñados en la fe los naturales de estas tierras, y después que fuesen bien instruidos..." Y sigue explicando cómo la idea es enviarlos luego a los lugares de los que son naturales para que, a su vez, enseñen allí lo que en el colegio hayan estudiado.

En este colegio todos los alumnos aprenderán a expresarse correctamente en portugués, aprenderán también gramática y latín. Y los que de entre ellos destaquen por su inteligencia cursarán después estudios superiores. Se espera que de este colegio de Goa, que unos llaman colegio de Santa Fe y otros colegio de San Pablo, salgan de aquí a unos años sacerdotes nativos de las distintas partes de la India que trabajarán más tarde en la evangelización de sus propias gentes. Es norma del colegio que no ingrese ningún muchacho menor de los trece años. Se ha comprobado por desgraciada experiencia que los que entran en él menores de esa edad llegan a olvidar su propia lengua nativa y cuando luego vuelven al lugar en que nacieron no son capaces de comunicarse fluidamente con sus parientes y amigos.

Hay gran necesidad de un centro de enseñanza como éste. Después de unas semanas en Goa, Francisco ha podido comprobar que, a pesar de la próspera vida que disfruta esta ciudad, la ignorancia que muestra la mayoría de sus habitantes es desconsoladora. Y no solamente entre los laicos. También los clérigos, encargados por su condición de enseñar y sostener la vida religiosa de los habitantes de la ciudad, portugueses e indios, son, en muchos casos, bastante ignorantes. Los hay que apenas saben suficiente latín como para rezar el breviario o celebrar misa y que no se ocupan ni poco ni mucho de la salud espiritual de sus feligreses. Es cierto que también hay religiosos de algunas órdenes, como los franciscanos, que llegaron a estas tierras con los primeros colonos y que han hecho todo lo que han podido para dar a conocer a los nativos la religión cristiana.

En cuanto a los colonos portugueses venidos a instalarse en estas tierras, y salvo muy contadas y honrosas excepciones, los tipos que más abundan y sobreabundan son el del aventurero sin demasiados escrúpulos, el del comerciante avaricioso y usurero y el del soldado de fortuna, todos tres llegados a estas tierras para sacar de ellas el mayor provecho posible en el menor tiempo imaginable.

Este es el ambiente en que Francisco ha empezado su labor como nuncio del Papa y legado del rey de Portugal.
Su enseñanza de la doctrina cristiana no se limita a los muchachos y muchachas. Muy pronto tiene también como oyentes a criados y criadas, esclavos y esclavas y también a las señoras de estos servidores, que son mujeres nativas, casadas con portugueses y que, aunque bautizadas, son cristianas casi solamente de nombre, porque apenas conocen las verdades en las que se funda la religión que se supone que profesan.

Francisco tiene una forma muy curiosa de enseñar; como todos sus oyentes son analfabetos debe repetir una y otra vez aquello que quiere que aprendan. Y la recitación cadenciosa de las oraciones, el Credo, los Mandamientos y las Obras de Misericordia, le hace llegar a descubrir un método que luego demuestra ser de lo más efectivo. Recuerda viejas melodías familiares y algunas pegadizas canciones de estudiantes aprendidas en París y utiliza estas músicas en las que encaja las palabras que quiere hacer aprender a sus oyentes. Y canta y canta hasta quedarse afónico en muchas ocasiones, pero logra que sus oyentes aprendan. Y al cabo de pocas semanas se produce en Goa un fenómeno que le emociona: al ir por las calles se puede oír aquí y allá, en talleres, patios y lavaderos, voces que cantan oraciones, Mandamientos, Credo... El canto de la doctrina cristiana acompaña la tarea diaria de muchos goanos.

La espléndida labor realizada por Francisco en estos primeros meses de su estancia en Goa ha confirmado al gobernador en la buena opinión que ya tenía acerca de la forma de trabajar de los miembros de la Compañía de Jesús. También las personas a cuyo cargo está el colegio de San Pablo comparten la alta estima que el gobernador muestra por el trabajo y las virtudes de Francisco. El resultado es que se decide encomendar la dirección del colegio a la Compañía de Jesús. Francisco informa a Ignacio el 20 de septiembre de 1542: "El señor gobernador escribe sobre este colegio al rey, para que su alteza escriba a Roma a Su Santidad, rogándole que tenga a bien mandar a esta tierra a algunos de nuestra Compañía... para enseñar en este colegio... Espera el señor gobernador que de Roma vengan tres sacerdotes y un maestro de gramática... y que entre ellos viniese algún predicador, el cual se ocupase con los clérigos en Ejercicios Espirituales, o en leerles alguna cosa de la Sagrada Escritura o de materia de sacramentos, porque los clérigos que vienen a la India no son todos letrados..."

Francisco ha venido, no solamente como nuncio del Papa y legado del rey Juan: también está aquí como avanzadilla de la Compañía de Jesús. Este colegio de San Pablo será el primer gran establecimiento de enseñanza en estas tierras regentado por los hijos y discípulos de Ignacio de Loyola.

Está abriendo para sus hermanos las rutas del Oriente.
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