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Autor: | Editorial:



Por el señorío de los peces
Cinco son las naves que componen la armada que esta primavera parten para la India. Son grandes y pesadas naos de carga, preparadas para el transporte de mercancías y pasajeros, y también equipadas para la lucha, pues en muchos casos tienen que defenderse del asalto de los piratas.

El rey ha ordenado que se provea a los padres de todo lo necesario para la larguísima travesía. Y los funcionarios de la Casa de Indias han acudido a Francisco para que les dé una lista de todas las cosas que desea que le proporcionen.

-No necesitamos nada, gracias.
-Pero su alteza ha ordenado que se os provea de todo lo que preciséis.
-Nada precisamos, de veras.
Parece tan extraordinaria esta conducta que el propio conde de Castiñeira, veedor de Hacienda, ha considerado necesario venir a hablar con Francisco:
-Mirad que son órdenes del rey, que quiere que se os provea de alimentos, ropa, medicamentos y de todo lo demás que podáis necesitar, a más de un criado que...
-¿Un criado? No, ¿para qué?

El señor veedor de Hacienda explica:
-Vais a pasar muchos meses embarcado, viviendo en gran intimidad con todos los que viajan en la misma nave. Vuestra autoridad de sacerdote, de nuncio del Papa y de legado del rey sufriría menoscabo si las gentes del barco os viesen preparar vuestra comida y lavar vuestras ropas...

-Señor conde, el adquirir crédito y autoridad por ese medio que vuestra señoría dice, ha traido a la Iglesia de Dios y a sus prelados al estado en que ahora están; y el medio por el que se ha de adquirir crédito y autoridad es precisamente lavando de rodillas y guisando la olla, sin tener necesidad de nadie, y además de eso, procurando emplearse en el servicio de las almas de los prójimos.

El conde se ha quedado bastante admirado, pero ha seguido insistiendo, y, al cabo, ha conseguido que Francisco acepte vestidos de paño grueso para él y sus compañeros, que les harán falta cuando lleguen a los fríos del Cabo de Buena Esperanza. Y le ha hecho entrega, de parte del rey, de un lote de libros por valor de cien cruzados.

-He tenido más trabajo en conseguir que maestro Francisco acepte algo que en contentar a otros religiosos que marchaban en parecido viaje... -ha sido el comentario del conde.
Hoy, 7 de abril de 1541, es el día señalado para la partida de las naves que marchan para la India. Y precisamente hoy cumple Francisco 35 años. Nadie se ha acordado de este aniversario... ¿Nadie? A veces el Señor hace unos tan hermosos y exigentes regalos de cumpleaños...

Francisco y sus compañeros, que a partir de este momento son sus subordinados, sus súditos, ya que él va como superior de ésta misión, han embarcado, por deseo expreso del rey, en la nave Santiago, en la que viajan también el gobernador y los caballeros que le acompañan.
Mientras las naves, entre vítores, adioses, lágrimas y bendiciones de las gentes que se han congregado a despedirlas, desatracan y se alejan lentamente del puerto, Francisco se ha detenido junto a la borda hasta perder de vista a su amigo. Sabe que con el último abrazo a Simón Rodrigues ha roto la última amarra física que lo unía ya a su grupo de compañeros... Desde este momento sólo el recuerdo, las cartas, la identidad de criterios y la comunión en la oración le enlazará con ellos.

Las cinco naves se alejan majestuosamente rumbo al sur. Contornearán primero la costa portuguesa y más tarde la africana.
Francisco no ha aceptado albergarse, como le han ofrecido, en los aposentos reservados al gobernador y su séquito en el alcázar de popa. Ha preferido alojarse entre el pasaje común: criados, esclavos, grumetes, soldados y emigrantes, en la cubierta inferior; de esta manera podrá ayudar mejor a los enfermos y débiles en todo lo que sea posible.

Los domingos predica y la tripulación se reune para escucharle porque el gobernador da ejemplo en esto. Y durante todos los días se ocupa en confesar a todos aquellos que desean hacerlo. Y convive y confraterniza amistosamente con todos mientras guisa su olla en la cocina común y lava sus ropas con agua de mar en los costados de la nave; ropa que luego hay que aclarar en la barrica de agua de lluvia que los marineros han recogido con este fín; si no se hace así las telas secan mal y quedan tiesas y pesadas.

Al cabo de varias semanas de navegación las naves de la armada llegan al golfo de Guinea, donde las detiene la terrible calma chicha, tan temida y tan frecuente en estas latitudes. Durante más de cuarenta días las naves permanecen en el mismo lugar, con las velas fláccidas, soportando el tórrido sol de verano. Los cascos cabecean mecidos, balanceados, columpiados por las aguas. Francisco, al igual que muchos de los otros viajeros, sufre el tremendo malestar del mareo: la cabeza insegura, el estómago revuelto, la náusea casi continua... El calor sofocante de este mes de junio estropea los alimentos y corrompe en las cubas el agua de beber... Y empiezan a aparecer enfermedades: fiebres, diarreas, congestiones... A pesar de su propio malestar, Francisco trata de ayudar a los demás en lo que puede. Con aterradora frecuencia asiste a un moribundo y luego oficia el ritual con que la Iglesia despide a sus hijos, mientras un nuevo cuerpo sin vida es entregado a las aguas.

Por fin vuelve el viento propicio y continúa la navegación durante días, semanas y meses...
Para cuando las naves han conseguido doblar el Cabo de Buena Esperanza, después de sufrir una espantosa tormenta que ha durado varios días, y arriban a la pequeña isla de Mozambique, los muertos entregados a las olas pasan de ochenta. El doctor Saraiva, médico de la expedición, asegura que, gracias a los cuidados de Francisco y sus compañeros, las muertes de este viaje son menos de las que habitualmente se producen cada año en este mismo recorrido.

A causa de las tormentas y las penalidades sufridas a lo largo del viaje, las naves han arribado con retraso a Mozambique. Se ha llegado tarde para alcanzar los vientos propicios que favorecen la navegación hasta la India, de modo que la armada ha debido permanecer desde finales de agosto en esta isla de la costa africana en la que hay un fuerte habitado por hombres del rey de Portugal.

Desde Mozambique escribe Francisco: Anduve por la mar mareado dos meses... pasando muchísimos trabajos...; tomamos cargo de todos los dolientes que venían en la armada. Yo me ocupé de confesarlos... y de ayudarles a bien morir; micer Paulo y Mansillas les servían en lo temporal. Mucho deseara poder escribir más largo, pero la enfermedad no me lo permite; hoy me han sangrado por séptima vez y hallóme en mediocre disposición...

Porque, al cabo, el cansancio y el aire inficionado que rodea a los enfermos le han vencido y también él está enfermo. Y confiesa en la carta que las fatigas y trabajos han sido de tal categoría que él no los hubiera pasado ni por todo el mundo; sólo por Dios se pueden soportar tales dificultades y peligros.

A principios de febrero el gobernador se embarca en un pequeño galeón de tres palos, el Coulam, y se adelanta al resto de la armada. Tiene prisa por llegar a su destino: Goa. Con él viaja Francisco. Atrás quedan micer Paulo y Mansillas, a los que se les ha encargado que sigan cuidando a los enfermos, que son muchos y no están en disposición de embarcarse.
También Francisco tiene prisa por llegar a su destino: la India.
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