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Autor: | Editorial:



Lisboa
Simon Rodrigues, que lleva ya varias semanas en Lisboa, se asombra al ver llegar a Francisco: él esperaba a Bobadilla.

Grande es la alegría de los dos amigos al encontrarse y Francisco, obedeciendo al deseo tantas veces expresado por Ignacio, escribe a los compañeros de Roma: ...El día que llegué a Lisboa, encontré a nuestro Simón con fiebre; con mi venida fue tanto el placer que recibió y tánto el mío al encontrarme con él, que juntos ambos placeres produjeron el efecto de echar fuera la fiebre y se puso bueno...

Y sigue escribiendo: Después de que pasaron tres o cuatro días desde que llegamos a esta ciudad, el rey nos mandó llamar y nos recibió muy benignamente. Estaba él solo con la reina en una sala; estuvimos más de una hora con ellos. Nos preguntaron muchas particularidades acerca de nuestro modo de proceder y del modo en que nos conocimos y juntamos... Al fin, su alteza mandó llamar a su hija la infanta y a su hijo el príncipe para que los viésemos...


En una segunda visita a palacio, y cuando ya la entrevista toca a su fin, la reina hace un discreto aparte con Francisco y ella, que antes de ser soberana de Portugal fue una infanta de Castilla, aprovecha ahora la ocasión, al dirigirse a él, para expresarse en su lengua materna:

-¿Sabíais, padre Francisco, que el padre Ignacio y yo nos conocemos desde antiguo?
Sonríe Francisco al contestar:
-Algo me contó en cierta ocasión el padre Simón, señora.
Y doña Catalina continúa recordando:
-Eso ocurrió hace ya bastantes años. Yo era por aquel entonces muy niña y vivia recluida en el castillo de Tordesillas, con mi señora madre, la reina doña Juana que de Dios goce... El padre Ignacio era en aquellos días un apuesto joven al que todos conocían como don Iñigo de Loyola. Vino acompañando a doña María de Velasco y, mientras la señoras hablaban, él me contó un cuento de princesas y me hizo un regalo. Su visita alegró mi vida, que era bastante triste por aquella época. Sólo otra única vez volví a verle; fue en Valladolid con ocasión de la jura como rey de Castilla de mi señor hermano Carlos, el emperador. Y entonces fui yo la que tuvo la oportunidad de hacerle un obsequio... -se detiene un instante la reina recreándose en sus propios recuerdos y enseguida prosigue-: ¿Nunca os ha hablado el padre Ignacio de esta pequeña historia?

-Nunca, señora, que yo recuerde.
-Pues yo jamás olvidaré su amabilidad para con una pobre niña solitaria. Decídselo así de mi parte, si algún día tenéis ocasión de hacerlo.
-Lo haré, señora, tenéis mi promesa.
Francisco ha salido de la entrevista con la gratísima impresión de que la reina está muy bien dispuesta hacia Ignacio de Loyola y la Compañía por él fundada.
Con mucha frecuencia llama el rey a Francisco y a Simón para conversar con ellos y para encargarles de diversos trabajos; desea que se ocupen de predicar, de enseñar, de confesar..., y quiere que se dediquen especialmente a los pajes y caballeros jóvenes que forman parte de su corte, porque piensa el rey que si estos muchachos conocen a Dios y aprenden ahora a servirle, cuando sean mayores y ocupen puestos importantes en la nación, su buen ejemplo arrastrará a muchos a vivir como buenos cristianos.

"Es para maravillarse y dar muchas gracias al Señor ver cuán celoso de la gloria de Dios es el rey"..., informa Francisco.
Francisco y Simón, han querido, instalarse en un hospital para pobres y mendigar su comida de puerta en puerta, pero han podido hacerlo sólo unos pocos días. El rey ha insistido en albergarlos en una casa que ha preparado para ellos y les ha hecho aceptar comidas que, dos veces al día, les hace llegar de las propias cocinas de palacio. Y los dos amigos han terminado por consentir en este arreglo porque les permite disponer de más tiempo para sus trabajos de confesar, predicar y conversar amigablemente con todo tipo de gentes.

Ocuparse en conversaciones familiares y amistosas con las personas forma parte de sus tareas apostólicas. Es algo que aprendieron de Ignacio. Estas charlas permiten escuchar las dificultades y problemas que quieren confiarles los hombres y mujeres a los que siempre están dispuestos a confortar y ayudar con sus frases de aliento, un buen consejo o una sugerencia acertada. Son momentos de recordar a los ricos y poderosos la obligación que tienen de atender a las necesidades de los pobres y humildes, de proponer a los fuertes y sanos que no olviden a los enfermos y débiles y de exhortar a todos a que vivan en paz con Dios y con los prójimos.

Dan lugar asímismo estas conversaciones para hablar de la naciente Compañía de Jesús y de la forma de vida, proyectos y aspiraciones de sus miembros. En ciertos casos se consigue entusiasmar a algunos, que se convierten en generosos colaboradores o, más aún, en hombres decididos a incorporarse a las filas de la Compañía para servir a Dios allí donde se les destine.

Entre todos con los que ha conversado en esta temporada Francisco, dos se han comprometido a marchar a la India: uno es un sencillo y modesto sacerdote italiano que ha hecho el viaje desde Roma con Rodrigues y que, porque asegura no tener apellido de familia, es conocido simplemente con el apelativo de micer Paulo. El otro es un estudiante portugués que ha cursado en París dos años de latín y que espera poder ordenarse sacerdote algún día. Se llama Francisco Mansillas.

Resulta tan patente la beneficiosa influencia que las actividades apostólicas de Francisco y Simón están teniendo sobre la sociedad lisboeta, que el rey y sus consejeros se están planteando seriamente retenerlos en Portugal.
Francisco comunica a Ignacio: Procuran muchas personas conocidad impedir nuestra partida, pareciéndoles que aquí haremos más servicio en confesiones, conversaciones y ejercicios espirituales... que si fuésemos a la India...

Dos personajes importantes presionan a Francisco para que desista de su idea de ir a misionar a la India y permanezca trabajando en Portugal.
Por un lado, el rey Juan III ofrece edificar una casa para él y sus compañeros en Évora y abrir un colegio en Coimbra en el que puedan residir los estudiantes universitarios que se preparen para ingresar en la Compañía de Jesús. Por otro, desde la propia Coimbra, Martín de Azpilcueta, aquel pariente de doña María, cuyos logros intelectuales se había propuesto Francisco imitar en otros tiempos, y hasta emular, le llama ahora desde su puesto de catedrático en esa universidad con la tentadora oferta de que se quede para trabajar a su lado.

Las dos propuestas son muy dignas de tenerse en cuenta. Quedarse a trabajar cerca de la corte supone el favor del rey y poder desde esa alta instancia hacer mucho servicio a Dios y a los hombres. Ir a Coimbra puede resultar sumamente beneficioso para impulsar el prestigio y crecimiento de la Compañía. Con un colegio allí como base de actividades y con la autoridad y el valimiento de Martín de Azpilcueta apadrinando la empresa...

Francisco y Simón han considerado en la oración estas dos propuestas y también han consultado con sus hermanos en Roma.
Al fín se ha llegado a una decisión en la que están de acuerdo todos: El Papa, Ignacio de Loyola, el rey Juan III y varios de los obispos y consejeros que le rodean. Francisco y Simón Rodrigues han acatado esta decisión, por la cual se dispone que Simón permanezca en Portugal para ocuparse de la expansión de la Compañía en estas tierras y que sea Francisco el que parta para la misión en la India. Los dos están más que conformes con la tarea que se les ha asignado: a Simón le encanta permanecer en su patria, a Francisco se le confirma el cumplimiento de su sueño misionero.

El 18 de marzo de 1541, Francisco escribe a sus compañeros de Roma: ...Micer Paulo, el portugués Francisco Mansillas y yo partimos esta semana... El rey nos ha encomendado al gobernador que este año va a la India y en cuya nave vamos nosotros... Este gobernador ha estado allí muchos años. Me dijo el otro día que en la India hemos de hacer mucho fruto... Creo que no podemos dudar, puesta toda nuestra esperanza en Dios, que sabremos servir a Cristo Nuestro Señor y ayudar a nuestros prójimos, trayéndolos al conocimiento de la fe.
Por amor y servicio de Dios Nuestro Señor y por aquella nuestra estrechísima amistad os ruego que escribáis, en el marzo que viene, cuando las naves partirán de Portugal para la India..
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Los amigos, los compañeros, los hermanos, se le van quedando atrás, cada vez más lejos... Claro que está tan seguro de que el Amigo, el Compañero, el Hermano va junto a él que, a pesar de todo, se siente fuerte, animoso, seguro, alegre... El campo de trabajo que se abre ante él es inmenso, pero es mucho mayor todavía su deseo de recorrerlo, de cruzarlo y recruzarlo, de ampliarlo, de abrazarlo, trabajando en servicio de su Señor.
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