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Autor: | Editorial:



Hacia Portugal
El embajador viaja con una reducida comitiva: su secretario Rodrigo Anes, el joven noble español Felipe de Aguilar, que vuelve a Portugal donde reside, el caballerizo y unos pocos criados. Los hombres montan buenas cabalgaduras, fuertes y resistentes. Los equipajes van acomodados a lomos de mulas.

Maestro Francisco ha querido convertirse desde el primer momento en el criado de todos. Al llegar a las posadas es el primero en ayudar a descargar y dar de comer a las bestias. Y en todo momento está atento a lo que los demás puedan querer o necesitar.
Tiene siempre muy presente que es privilegio y compromiso de su condición de sacerdote estar al servicio de los otros. Su natural cordialidad le ha ganado en seguida las simpatías de todos. Las largas marchas le permiten emparejar su montura con uno u otro de sus compañeros y entablar amistosas charlas en las que se interesa por sus particulares situaciones personales y familiares. Y escucha con interés lo que tienen a bien contarle: recuerdos, preocupaciones, proyectos, dudas... Confidencias de toda clase. Francisco, a cambio, les da lo que tiene: palabras de ánimo, consejos llenos de buen sentido y el recuerdo constante y repetido una y otra vez de que somos hijos de Dios, de un padre infinitamente bueno, siempre dispuesto a escuchar, a acoger, a comprender, a perdonar...

Al cabo de unos días de viaje, el pequeño grupo ha pasado por Loreto. En la capilla de Nuestra Señora, el embajador y algunos miembros de su séquito se han confesado con Francisco, han asistido a la misa que él ha celebrado y han comulgado.

La marcha ha proseguido después hasta Bolonia. Los amigos que aquí tiene Francisco se regocijan al verlo llegar, pero su gozo dura poco porque él les cuenta en seguida que está solamente de paso y que su viaje le lleva a tierras muy lejanas.
En Bolonia le llega al embajador un correo de Roma que trae documentos. Entrega también dos cartas para Francisco. Una es de Ignacio para él. Le da instrucciones para el viaje y le encarga que escriba contando detalles de su vida apostólica. La otra carta es también de Ignacio y está dirigida a su sobrino Beltrán. Francisco deberá entregarla personalmente en Loyola.

El viaje continúa por Módena hasta llegar a Parma. ¡Qué alegría encontrar allí a Diego Laínez y a Juan Jerónimo Doménech!
-¿Y Fabro, dónde está? Tenía tantas ganas de abrazaros a los tres...
-Fabro no está en Parma. Salió anoche mismo para Brescia, donde uno de los nuestros está moribundo y pidió que fuéramos alguno a visitarle...
Son grandes la decepción y pena que esta noticia causan al viajero. Tanto siente no poder abrazar antes de partir para tierras apartadas al buen amigo tan querido, que propone:

-¿Y si yo le pidiera permiso al embajador y tomara un caballo para llegar hasta Brescia y...?
-¡Son más de ochenta leguas!
-¡Qué importa! ¡Soy buen jinete!
-Necesitarías tres días, al menos, para ir y volver y eso para ver a Pedro sólo durante unos minutos. Y el embajador, tú lo sabes, tiene prisa; no me parece prudente que le hables tan siquiera de ello -Diego Laínez sabe que está causándole dolor a su compañero, pero le ha dado el consejo que le parece honestamente más sensato.

Francisco lo reconoce y se somete; renuncia a despedirse del que fue su primer compañero en los días, ya lejanos, del colegio de Santa Bárbara.
De Parma, la comitiva prosigue hacia Turín. En la peligrosa ruta que atraviesa los abruptos pasos del monte Celis, los viajeros se detienen en una pobre hostería para pasar la noche. Por la mañana, mientras se aparejan los animales para reemprender la marcha, se produce un incidente. El secretario, Rodrigo Anes, sorprende al posadero intentando abrir uno de los cofrecillos de su equipaje con la evidente intención de robar algo. Rodrigo Anes grita en el colmo de la indignación:

-¡Maldito, maldito, maldito...! Así se te sequen y se te caigan esas ladronas manos, así se...
El posadero, rabioso al verse descubierto, ha replicado en el mismo lenguaje violento y vociferante. El escándalo ha conmocionado la miserable posada.
Francisco ha creído conveniente intervenir para recordar al señor secretario:
-¿Qué es esto, señor? Habéis de dar buen ejemplo a estas gentes, ¿y maldecís de esta manera?
La furia del secretario al verse reconvenido ante el posadero y gran parte de los miembros de la expedición estalla de nuevo, ahora contra Francisco:

-¿Y quién sois vos para decirme si puedo o no puedo maldecir como me parezca a este bellaco? ¡Sé muy bien...! -se detiene, rojo de ira, a mitad de la frase porque acaba de ver aparecer al embajador, que acude también para averiguar la causa del escándalo. Y como no quiere permanecer ni un momento más en el lugar del altercado, monta en uno de los caballos ya ensillados dispuestos para la partida y, picando espuelas, sale a todo galope por la peligrosa ruta de montaña.

-¿A dónde va ese loco? ¡Se va a despeñar...! -se alarma el embajador.
-¡Ojalá, así sea, y se rompa la cabeza, y los buitres devoren sus sesos. Amén! -ha deseado el posadero.
-¡Cállate, insensato, y pide perdón al Señor por ese mal deseo! -le ha increpado Francisco mientras monta su caballo y sale también velozmente tras el enfurecido secretario.
El embajador le ve partir y murmura con gesto resignado:
-¡Vaya, ahora tendremos a dos locos despeñados!
Y la verdad es que casi acierta en su predicción.
La senda de montaña está cubierta de nieve y Francisco descubre claramente ante sí las huellas del desaforado galope del caballo que le precede. Huellas que en un cierto recodo de la senda se deshacen en un revoltijo enmarañado para convertirse en un amplio surco abierto en la nieve que cubre la ladera. El caballo y su jinete han caído por la escarpada pendiente y están ahora detenidos sobre un montón de nieve acumulada al pie de unos arbustos. El jinete no ha podido desprenderse de los estribos y se esfuerza tratando de apaciguar a su espantada cabalgadura, que se debate por levantarse, poniendo a su jinete en grave riesgo de morir aplastado o de seguir rodando pendiente abajo junto a su montura hasta acabar estrellándose en el fondo del barranco.
Francisco ha descabalgado de un salto y se desliza con precaución por la pendiente. Habla con calma mientras lo hace para asosegar al caballero y al caballo:

-Ya vengo, ya estoy aquí..., tranquilos, quietos, esperad, sólo un momento, ya, ya llego...
Con infinito cuidado, ha conseguido liberar al caballero de los estribos y le ha ayudado a ponerse en pie. El caballo se ha enderezado por su propio esfuerzo. Luego, los tres han ascendido trabajosamente la empinada ladera hasta alcanzar la senda.

-No sé como agradeceros... Habéis arriesgado vuestra vida para ayudarnos... Ciertamente sabéis andar con pie seguro por estos precipicios...
-Los pastores de mi tierra me enseñaron mucho... -le ha explicado Francisco, recordando sus andanzas de muchacho por la serranía de Leyre.
Han continuado el camino cabalgando a paso muy lento para dar lugar a que les alcance el resto de la comitiva. Antes de que los otros lleguen a su altura, Rodrigo ha querido disculparse:

-Perdonad lo de antes..., yo no quería... ofenderos..., siento haber dicho lo que dije...
-Bah, olvidadlo. No me habéis ofendido. La culpa fue mía por haberos reconvenido ante todos... No debí haberlo hecho.
Cuando Pedro Mascareñas y su séquito llegan junto a ellos, los hallan platicando amistosamente y se asombran de encontrarlos sanos y salvos.
La ruta continúa atravesando tierras de Saboya, sigue por el valle del Ródano, pasa por Lyon y Montpellier para luego, por Carcasona, Toulousse y Bayona, llegar hasta España, en la que entra por Fuenterrabía.

Francisco aspira con deleite el aire: ¡huele a casa! ¡Es el aroma familiar de la tierra de su infancia y de su adolescencia! Está volviendo a sus raíces: le canta en los oídos el habla de las gentes, reconoce los lugares que atraviesan, sabe el nombre de los árboles...
La tentación es fuerte, fuerte y dolorosa, más fuerte y penosa aún que la de Parma... ¿Y si hablase con el embajador y...? ¿Y si en una fogosa cabalgada se acercase a Xavier para abrazar...? Pero no, nada de hacerse concesiones, mejor no arriesgarse... a causar más dolor a los otros, a reabrir viejas heridas propias, a retrasar la marcha del embajador... Y se obliga a seguir a los demás por el camino que lleva a Loyola, donde el sobrino de Ignacio les recibe con la señorial hospitalidad que corresponde a su hidalguía.

Los huéspedes recorren la casa conducidos por Beltrán. Francisco puede ver la habitación en que Ignacio yació herido y los libros que leyó cuando convalecía y que le llevaron a querer emular a los santos. Y puede luego detenerse a orar en la capillita en la que Ignacio pasó largos ratos cuando ya proyectaba salir de su casa para peregrinar como pobre y empeñarse en la búsqueda porfiada, tenaz e incansable de la voluntad de Dios.

Y el viaje prosigue. De Loyola y Azcoitia, por Vergara y Vitoria, a Burgos y Valladolid. Es ya mediado el mes de junio y en Castilla el sol es abrasador. Salamanca, Ciudad Rodrigo y, por fín, la frontera de Portugal. El embajador está en su tierra y las gentes hablan el idioma que Francisco aprendió en Santa Bárbara de su compañero Simón Rodrigues y de los otros becarios portugueses. Ahora va a tener ocasión de practicarlo a diario.

Se está terminando junio cuando llegan a Lisboa.
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