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Autor: | Editorial:



Roma
Marzo de 1538. Bobadilla, compañero de Francisco en Bolonia, ha tenido que desplazarse a Ferrara para acudir en auxilio de Coduri, agobiado allí por el trabajo y las contrariedades.

Francisco se ha quedado solo en Bolonia. Y ha intensificado sus trabajos para tratar de suplir la falta de su amigo. El invierno está siendo especialmente frío y húmedo: llueve, nieva, soplan vientos gélidos... El cansancio y el frío han conseguido minar la recia naturaleza de Francisco, que cae abatido por unas fuertes calenturas. Días y días de fiebre alta sin apenas poder probar nada más que agua. Cuando empieza a recobrarse, las gentes que le conocen se quedan espantadas: ya no es el mismo Francisco que antes de la enfermedad, ahora parece más bien un esqueleto viviente. Ha dejado de ser el muchacho de aspecto juvenil, saludable y robusto, para convertirse en un hombre flaco y demacrado. Sólo sus ojos de mirada clara, luminosa y ardiente delatan que dentro de este cuerpo descarnado sigue viviendo el alma apasionada del maestro Francisco de Xavier.

Y está todavía en plena convalecencia cuando llegan a Bolonia Bobadilla y Jayo. Vienen en busca de su compañero para continaur los tres juntos el viaje a Roma. Ignacio quiere reunirlos a todos para tratar con ellos de temas importantes.

Desde Bolonia a Roma hay unos buenos ocho días de marcha. Teniendo en cuenta que Francisco no está todavía en disposición de hacer grandes esfuerzos, los compañeros proyectan emplear al menos diez días en el recorrido y, si le ven agotado, alquilar una caballería en los trechos más difíciles para que viaje montado.
Media abril cuando se emprende el viaje: Lojano, Firenzuola, la ascensión por los pasos peligrosos que cruzan los Apeninos, el amplio valle del Arno, Fiésole, Florencia, Siena y, al fin, Roma.

A principios de mayo ya están todos los amigos reunidos. Ninguno de los que llegan de las distintas ciudades universitarias en las que han trabajado ha conseguido un nuevo compañero, pero ciertamente todos han mejorado su conocimiento del idioma italiano.

-Tampoco este año saldrá una nave que lleve peregrinos a Tierra Santa -les han informado los que aguardaban en Roma.
-Parece confirmada la noticia de que el emperador Carlos, el Papa y Venecia han firmado ya los documentos que les comprometen a formar una alianza contra los turcos. En estas circunstancias nadie puede pensar en arriesgarse a una navegación por las aguas que los infieles señorean...

-Tendríamos que empezar a pensar en aquella segunda parte de los votos que hicimos en Montmartre. Aquella por la que nos comprometíamos a ponernos a disposición del Sumo Pontífice para el caso de que no pudiéramos ir a Jerusalén... -apunta Ignacio.
-Un día que estuvimos disertando ante el Papa -cuenta Diego Laínez-, luego de la disertación habló amablemente con nosotros. Le contamos nuestro deseo de ir a Jerusalén, y ¿sabéis lo que nos dijo?: "¿A qué tanto empeño en ir a Jerusalén? Buena Jerusalén es Italia para servir a la Iglesia de Dios".

-El Papa desea que nos quedemos en Roma, eso parece claro -reflexiona Fabro.
-Y si el Papa desea que nos quedemos en Roma, quizá Dios nos está indicando a través de él que es también su voluntad... -concluye Ignacio.
A pesar de todo, no desechan por completo la esperanza de poder hacer el viaje que tanto les ilusiona. Mientras esperan, se dedican a la predicación por varias iglesias de la ciudad. Ignacio predica en castellano en Santa María de Montserrat. Jayo predica en francés en San Luis de los Franceses. Los demás predican en italiano lo mejor que saben y pueden: Fabro, en la iglesia de San Lorenzo; Laínez, en San Salvatore; Salmerón, en Santa Lucía; Rodrigues, en Sant´ Angelo; Bobadilla, en San Celso... Francisco se queda en casa y limpia y cocina para todos; su quebrantada salud no le permite hacer apenas nada.

Se está terminando el año y la posibilidad del viaje a Jerusalén ha quedado definitivamente descartada. Ignacio ha tenido que renunciar a su acariciada ilusión de decir su primera misa en Belén, así que decide celebrarla la noche de Navidad en la capilla del pesebre de Santa María la Mayor.

Los diez compañeros, de común acuerdo, consideran que ha llegado el momento de presentarse al Papa para que disponga de ellos como mejor le pareciere...
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