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Autor: | Editorial:



Bolonia
A finales de octubre han llegado a Bolonia Francisco y Bobadilla. La antigua ciudad universitaria guarda para Francisco viejas resonancias familiares. En esta universidad consiguió su padre, Juan de Jaso, los títulos que le capacitaron después para ser embajador y consejero de reyes.

No ha solicitado Francisco que se le enviara a esta ciudad. Tiene ya a estas alturas su voluntad muy rendida y muy hecha a aceptar como venida de la mano de Dios cualquier empresa que le sea propuesta. Quizá Ignacio sí ha tenido en cuenta que para Francisco podía ser causa de gozo, estímulo e inspiración trabajar en la ciudad de la que su padre le había hablado tantas veces al pequeño Francés.

Esta primera noche, y según va siendo ya costubre de Ignacio y sus compañeros siempre que se desplazan, piden albergue en el hospital que la ciudad tiene para pobres.
A la mañana siguiente, Francisco ha dicho misa en la iglesia de los dominicos, junto al sepulcro del fundador, el español Santo Domingo de Guzmán.
Dos devotas damas han asistido a esta misa y les ha impresionado de tal manera la austera dignidad, la atención y el recogimiento con que el sacerdote celebra el santo sacrificio, que se deciden a acercarse a saludarle después de la misa. Una de ellas, Isabetta Casalino, le habla de su tío, Girolamo Casalino, que es párroco de Santa Lucía. Isabetta cree que a su tío le puede ser de gran provecho hablar con Francisco para que su ejemplo y enseñanzas le ayuden a cumplir mejor su trabajo sacerdotal.

Don Girolamo encuentra tan interesante la compañía de los dos Maestros de París que les invita a hospedarse en la casa parroquial. Aceptan los dos compañeros porque vivir junto a la iglesia les facilita sus horas de rezo y la celebración de la santa misa en horas muy tempranas, pero ponen una condición: deberá permitírseles mendigar de puerta en puerta su comida. Y esta práctica de pedir como pordioseros, que parece que podría restar autoridad a sus predicaciones, surte un efecto contrario. Se les escucha con respeto y reverencia, a pesar de que su torpe italiano está todavía muy entreverado de español, latín y hasta francés.

Al terminar hoy un sermón un hombre ha venido a ofrecer dinero a Francisco.
-Gracias, amigo, pero no puedo aceptarlo. Trabajo por amor a Dios. Soy pobre y quiero seguir siéndolo...
-¡Magnífico, padre! ¡Tú si que eres un verdadero predicador de la fe evangélica!
Maestro Francisco trabaja en la parroquia de Santa Lucía: enseña catecismo a los niños y, porque el párroco se lo ha pedido, oye también confesiones. Se forman largas filas de penitentes ante el confesionario de este hombre de Dios que sabe acoger con entrañable cordialidad, escuchar con pausada atención y aconsejar con sencillo acierto.

A esta fila de penitentes ha venido a sumarse un día un joven sacerdote español que se llama Juan Jerónimo Doménech. Tiene 23 años, es de Valencia, donde disfruta de una canonjía, y va camino de Roma porque tiene que resolver allí algunos asuntos familiares. Ha escuchado los sermones de Francisco y, después de confesarse con él, le ha visitado varias veces para hablar con él de amigo a amigo.
Se ha interesado mucho por lo que oye al navarro acerca del grupo de amigos en el Señor al que pertenece y de la decidida disposición que tienen todos de ponerse incondicionalmente a las órdenes del Papa, si no se logra, como parece lo más probable, su deseo de ir a Tierra Santa para trabajar allí en la conversión de infieles.

-¿Pensáis que el Papa os enviará a misionar a tierras paganas? ¿Desearíais que lo hiciera?
-Nos agradaría servir a la Iglesia allá donde el Papa quiera enviarnos.
-Misionar en tierra de paganos puede resultar tremendamente dificultoso.
-¿Sabéis? -confía Francisco riendo a su nuevo amigo-. Algunas veces me ocurre soñar que estoy trabajando entre indios y que tengo que llevar a un indio a cuestas durante largo trecho; ¡me levanto molido!
-¿Y cómo así soñais en trabajar entre indios? ¡Las tierras de la India las están evangelizando los portugueses! Vuestras gentes de España van en misión a las tierras descubiertas al otro lado del Atlántico...

-Cierto, pero habéis de tener en cuenta que he estudiado durante once años en París en un colegio regido por un portugués, el doctor Gouveia, y que muchos de mis compañeros eran portugueses. Entre nosotros siempre que se hablaba de misionar en tierras de paganos, naturalmente pensábamos en la India, nos llegaban muchas noticias de aquellas tierras...

Juan Jerónimo Doménech ha quedado muy gratamente impresionado después de sus conversaciones con Francisco y le ha prometido seguir con sumo interés todo lo relacionado con las actuaciones y trayectoria del grupo al que pertenece.
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