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Autor: | Editorial:



Compañía de Jesús
El año 1537 está apenas empezado y hasta el domingo de Pascua no concederá el Papa los permisos para peregrinar a Tierra Santa. Ignacio y sus compañeros deciden de común acuerdo dedicarse al trabajo de servir en los hospitales, enseñar la doctrina a los niños y a los ignorantes y hablar de Dios a todos aquellos que quieran escucharles.

Los que son sacerdotes empiezan sus jornadas celebrando misa. Los que no lo son comulgan, y todos hacen un rato de oración antes de empezar los trabajos de cada día.
Ignacio se dedica a iguales tareas que sus amigos y, además, se ocupa de atender a todos aquellos que quieren hacer con él los Ejercicios Espirituales.

Se acerca la primavera; ha llegado el momento de hacer el viaje a Roma y conseguir los permisos para la peregrinación a Jerusalén. Ignacio ha determinado que se vayan sus compañeros mientras él permanece en Venecia terminando sus estudios.

El viaje a Roma se ha hecho, desde luego, a pie y mendigando. Se han repartido para caminar en grupos de tres: un sacerdote acompañado de dos que no lo son y marchando juntos los de diferentes nacionalidades, como les ha sugerido Ignacio.

En este viaje se han iniciado todos nueve en una experiencia que ya había hecho hace años Ignacio y que ha creído conveniente que sus amigos probaran: la de viajar como pobres. Han mendigado su comida por las calles de las ciudades que han atravesado y por las aldeas y caseríos del camino. Han tenido que aprender a recibir, y a agradecer, las sobras de comida que les han ofrecido aquí y allá: restos de guisos, pedazos de pan, unas pocas aceitunas, un trozo de queso, frutas que empiezan a pasarse... Y han dormido donde les ha sorprendido la noche y les han permitido hacerlo: un pajar, una cuadra, un cobertizo, o al sereno en el borde del camino si no encuentran nada mejor. El viaje de París a Venecia se hizo en condiciones más duras porque era pleno invierno, pero entonces llevaban dinero y podían comprar la comida y pagar el albergue en las posadas para pasar las noches. Ninguno de ellos ha mendigado hasta ahora, y extender la mano para pedir una limosna por el amor de Dios resulta duro..., pero todos lo hacen porque Ignacio cree útil que vivan esta experiencia:

-A mí me hizo bien, aprendí mucho. Mendigar nos enseña humildad y paciencia y, sobre todo, nos enseña a confiar en Dios.
En Roma han encontrado todo tipo de facilidades. Han podido albergarse en las hospederías de sus respectivos países y se han encontrado con un antiguo conocido que sabe de ellos y de sus actividades desde los días de París: el doctor Ortiz. Este hombre, bien situado en la corte pontificia, les consigue una audiencia con el Papa. El Sumo Pontífice ha quedado muy gratamente impresionado por la personalidad de estos jóvenes, su preparación teológica, la forma de vida que han adoptado y los propósitos que les animan. Sin dudarlo, ha concedido licencia para la peregrinación. Además, concede también la autorización para que se ordenen los miembros del grupo que todavía no son sacerdotes.
El viaje a Roma ha sido un éxito; en cambio parece cerrada la posibilidad de peregrinar a Tierra Santa. Los turcos han invadido con sus naves las aguas del mar Jónico y se teme que puedan atacar en cualquier momento las costas de Apulia y de los Estados Pontificios. Este año ninguna nave peregrina se aventurará por esas aguas.

En vista de la situación, y mientras esperan que las circunstancias mejoren, deciden hacer uso de la licencia concedida por el Papa para ordenarse. Antes de la ordenación hacen todos voto de pobreza y castidad en manos del legado Varallo.

El obispo de Arbe se ofrece a conferir las órdenes en la capilla de su casa particular, y el 24 de junio, fiesta de San Juan Bautista, ordena a Ignacio, Bobadilla, Coduri, Francisco, Laínez y Rodrigues. Salmerón deberá esperar hasta el mes de octubre, porque todavía no ha cumplido veintidós años.

No han perdido la esperanza de poder hacer el viaje a Jerusalén, pero, mientras aguardan, deciden distribuirse por varias ciudades cercanas entre sí. Esto les permitirá reunirse rápidamente si se presenta la ocasión de poder embarcar.
La idea es pasar unas semanas en lugares aislados y tranquilos para prepararse con oraciones y ayunos a la celebración de sus primeras misas. Los amigos venecianos les han ayudado a encontrar estos lugares.
Ignacio, Fabro y Laínez se van a Vicenza; Francisco y Salmerón, a Monselice; Coduri, a Treviso; Jayo y Rodrigues, a Bassano; Bobadilla y Broet, a Verona.

El lugar que les ha correspondido a Francisco y Salmerón es la capilla del abandonado y solitario castillo de San Jorge. Está situada a media ladera de la colina que domina la población y resulta un sitio muy apto para el silencio y la contemplación. Proyectan pasar allí cuarenta días a semejanza de los que pasó Cristo en el desierto.

Para ejercitarse en la obediencia, una semana obedecerá como súbdito Francisco a Salmerón y a la semana siguiente cambian: Francisco actúa como superior y es Salmerón el que obedece.
Cada día bajan hasta la catedral para asistir a misa y recibir la comunión. Mendigan de puerta en puerta su alimento. Duermen sobre paja, que han extendido en el suelo de la capilla, y pulgas y mosquitos se encargan de que no disfruten de un sueño excesivamente tranquilo.

Al cabo de los cuarenta días piensan que ha llegado el momento de decidirse a predicar. Van a las plazas, se suben a un banco que han pedido prestado en la iglesia más cercana, llaman a voces a los transeúntes y comienzan a hablar a los que se detienen a escucharles.
La verdad es que lo que explican no resulta demasiado inteligible. Se expresan en una jerga, mezclada de español, latín e italiano, de la que los oyentes no comprenden gran cosa:

-¿Qué dicen?
-No sé...
-¿Tú entiendes algo?
-Casi nada...
Los niños y algunos mayores se ríen y hacen comentarios despectivos y hasta insultantes:
-¡Son locos!
-¡Están borrachos!
Sólo unos pocos son capaces de escuchar con franco interés.
-Pero, ¿qué quieren decir?
-No me entero muy bien, algo hablan de Dios...
-¡Son charlatanes!
-No, no lo son. Los charlatanes pasan el sombrero para recoger monedas cuando terminan de hablar, y éstos no piden nada.

Ciertamente estas predicaciones no consiguen mucho fruto en los oyentes, pero sí en los predicadores, que han vencido su aprensión a enfrentarse a un auditorio cuya lengua desconocen y su temor a hacer el ridículo, y que han sabido soportar con paciencia y buen humor las burlas y las risas de las gentes.
El 15 de agosto han celebrado Salmerón y sus compañeros la fiesta de la Asunción, aniversario de sus votos en Montmartre. Y el día 30 de septiembre ha celebrado Francisco su primera misa.

En el mes de octubre, en vista de que la posibilidad de ir a Tierra Santa parece completamente descartada, al menos por este año, Ignacio los ha llamado a todos para que se reúnan en Vicenza, en la casa vieja y destartalada, sin puertas ni ventanas, en la que él, Fabro y Laínez han vivido durante el verano. Todos los recién ordenados han celebrado ya sus primeras misas, excepto Ignacio, que sueña con poderla celebrar en Belén.

Después de unos días en los que han intercambiado noticias sobre las diversas experiencias vividas, vuelven a pensar en la conveniencia de repartirse de nuevo por distintas ciudades. Esta vez no irán a lugares cercanos; consideran que será oportuno llegar hasta ciudades que tengan Universidad. Quizá logren que algún joven estudiante se una al grupo. Coduri se va a Padua; Jayo y Rodrigues, a Ferrara; Francisco y Bobadilla, a Bolonia; Broet y Salmerón, a Siena. Ignacio, Fabro y Laínez han de ir a Roma, desde donde les ha reclamado el doctor Ortiz.

En la última noche que han cenado juntos antes de separarse ha surgido una cuestión:
-A las gentes que nos pregunten quienes somos y a qué grupo pertenecemos, ¿qué habremos de contestarles?
Se habla largamente sobre la cuestión planteada y se acaba concretando:
-Podemos decir que somos unos amigos, unos compañeros reunidos en el nombre de Jesús...
-Más que eso, podemos decir que somos compañeros de Jesús.

Y es Ignacio el que resume las opiniones de todos y formula el nombre definitivo:
-Diremos que somos de la Compañía de Jesús.
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