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Autor: | Editorial:



El camino hacia Venecia
La guerra entre el emperador Carlos V y el rey Francisco I de Francia continúa. Y las últimas noticias llegadas informan de que el camino de París a Italia por Provenza y el Piamonte no pueden seguirse; las tropas de ambos ejércitos se mueven por esas regiones y sería arriesgadísimo aventurarse por ellas.

Los nueve estudiantes se han reunido a deliberar.
-El único camino posible es, dando un rodeo, pasar por los desfiladeros de los Alpes alemanes.
-¡Pero eso supone una vuelta enorme!
-¿Y qué otra cosa podemos hacer?
-Nos llevará mucho más tiempo del que habíamos calculado.
-Cierto. Y si queremos llegar a Venecia antes de que salgan las naves de los peregrinos, como Ignacio había planeado...

-¡Habremos de adelantar la salida de aquí!
-Exactamente. Habíamos proyectado salir a finales de enero; dadas las circunstancias tendremos que pensar en partir de aquí a mediados de noviembre, como muy tarde.
Ha habido que apresurar los preparativos.
En realidad no son muchos los preparativos que los muchachos se proponen hacer; hay uno que sí harán porque les parece extraordinariamente importante: obtener por cada uno de ellos los domumentos que acreditan que ha hecho los estudios teológicos imprescindibles para recibir el título de Maestro.

Una vez que todos tienen ya los pergaminos con las firmas y sellos correspondientes en regla, otra cuestión les ha hecho reunirse para llegar a una decisión en la que estén todos de acuerdo: ¿Viajarán a Venecia como pobres pidiendo limosna o tomarán con ellos el dinero necesario para los gastos imprescindibles de alimentación y albergue?

Se aducen razones en pro y en contra, se recuerda que Ignacio hizo como pobre y pidiendo limosna el viaje de Barcelona a Tierra Santa, se tiene en cuenta que se han de atravesar territorios de los que ninguno conoce la lengua... y se llega al acuerdo de que lo más prudente, dada la estación invernal en la que van a viajar y el poco tiempo con que cuentan para llegar hasta Venecia, es proveerse del dinero preciso para el viaje.

Y está Francisco esta tarde terminando de separar las pocas cosas que va a meter en su cartera para llevarlas consigo de las muchas que va a repartir entre sus compañeros y amigos que se quedan en París, cuando le entregan un paquete de documentos que acaba de traer para él un correo.

Algo divertido deben de contener estos documentos, porque con ellos en la mano y riendo abiertamente ha venido al encuentro de los otros, que también hacen sus respectivos equipajes:
-¿Qué traes ahí? ¿De qué te ríes?
-¿No os imaginais lo que puede ser? ¡Viene de Pamplona!
-¿De Pamplona? ¿Qué es?
-¡Es un nombramiento de canónigo! ¡Me han concedido un puesto de canónigo en la catedral de Pamplona! ¿Qué os parece?

-La importancia de la noticia y el alborozo con que la está presentando Francisco desconciertan un poco a los que le escuchan, que le miran en silencio durante unos momentos. Es Bobadilla el que se adelanta a preguntar:
-¿Y qué vas a hacer, Francisco?
-¿Cómo que qué voy a hacer? ¿Qué quieres decir?
Y porque ve al grupito expectante ante él esperando una respuesta, se deja llevar por la tentación de jugar un poco con el interés de sus amigos y recita en tono ampuloso:

-Voy a sentarme inmediatamente para escribir al secretario del cabildo la más hermosa carta de agradecimiento que ha figurado nunca en los archivos de aquella iglesia catedral... -y ante las miradas serias y un algo aprensivas de los amigos que le escuchan, completa:-... para reconocerme indigno de tan alto honor y comunicarle, lleno de humilde confusión, que he de renunciar a tan distinguida dignidad porque creo que me llama el Señor mi Dios por otros caminos.

La verdad es que ninguno de los muchachos había temido en serio que la respuesta de Francisco fuera otra como ésta, pero oírsela enunciar tan claramente les ha permitido a todos respirar con más libertad y unirse de corazón a la alegría bulliciosa de Francisco.
Los nueve amigos han salido de París el 15 de noviembre de 1536. Visten todos el largo traje talar negro que los identifica como estudiantes parisinos; para viajar se lo recogen con un ceñidor, lo que les permite caminar más libremente. Llevan todos, colgadas al hombro o terciadas al pecho, las pesadas carteras en las que transportan libros, cuadernos y sus pocas ropas.

La distancia que han de recorrer es enorme, el invierno está siendo especialmente frío y nevoso, y para hacer todavía más difícil el recorrido que se proponen han de atravesar zonas por las que se mueven tropas de los ejércitos de Francia y del emperador Carlos V.
Como medida de prudencia avanzan en pequeños grupos y tienen buen cuidado de que hablen sólo los que conocen bien el francés cuando están en territorio dominado por franceses y sólo los que hablan español cuando andan cerca tropas españolas.

Sólo cuando han atravesado ya las zonas peligrosas se reúnen los nueve para caminar juntos. Es ya este momento la época más cruda del invierno y hay etapas en las que tienen que caminar con la nieve por encima de las rodillas.
A pesar de todas las dificultades, el viaje es para ellos una gozosa aventura. Son jóvenes, son animosos, son amigos, comparten unos mismos ideales, han realizado los mismos estudios y disfrutan hablando de temas que todos conocen bien; y van al encuentro del hombre al que todos estiman y veneran. Cada jornada les acerca a Venecia, y la certeza de que Ignacio les espera y de que están realizando en este largo viaje lo que Dios quiere de ellos, les ayuda a superar las penalidades con buen ánimo.

El 8 de enero de 1537 los viajeros han entrado en Venecia.
Grande es la alegría de Ignacio cuando ve llegar a sus amigos.
Y hay saludos, abrazos y lágrimas emocionadas; y explicaciones atropelladas y risas incontenibles al comentar algún incidente divertido.
-¡Me habéis sorprendido! Estaba seguro de que acudiríais a la cita, pero no os esperaba tan pronto...
-Hemos anticipado la salida de París porque nos pareció prudente hacer el viaje ahora que todavía no se ha generalizado la guerra. Más adelante quizá ya no hubiéramos podido cruzar todos esos paises...
-¡Bien hecho! -aprueba Ignacio, que va posando su mirada en una cara y en otra para gozar una y mil veces de la contemplación de estos rostros tan queridos. Y sus ojos acaban por descubrir detrás de las figuras de estos muchachos conocidos y esperados tres caras que le parecen completamente nuevas.

Francisco, siempre alerta, advierte inmediatamente el ligero gesto de asombro ante este descubrimiento y se adelanta a presentar:
-Estos tres son compañeros nuestros de París. Éste es Juan de Coduri; éste, Pascasio Broet, y éste, Claudio Jayo. Todos tres han estudiado Teología; Broet y Jayo son sacerdotes, Coduri espera ordenarse pronto... Aguardabas a seis compañeros y venimos nueve, ¿qué te parece? ¿Habías pensado alguna vez que seríamos capaces de ganar nuevos amigos para nuestro grupo?

-Siempre os he creido capaces de grandes cosas, Francisco.
-Bueno, la verdad es que ha sido Fabro el que los ha ganado. Les convenció para que hicieran los Ejercicios Espirituales con él y ahí los tienes dispuestos a seguir nuestro modelo de vida... Está claro que padecemos un tipo de locura muy contagiosa.
-¡Y de la que no queremos curarnos! -comenta Bobadilla con una risa que corean todos y que interrumpe Ignacio para decir:

-Bienvenidos todos a Venecia, amigos; y esta bienvenida es muy especial para vosotros tres, que llegáis como nuevos compañeros a este grupo.
-Gracias por aceptarnos en vuestra compañía. Estábamos tan deseosos de conoceros y de aprender directamente de vos tantas cosas como podéis enseñarnos... -ha sido Jayo el que ha hablado en nombre de sus dos compañeros.
Luego, la conversación se ha generalizado y al cabo de las horas, a pesar del cansancio del viaje que pesa sobre los recién llegados, ha sido el sensato y práctico Ignacio el que ha tenido que cortar la charla:

-Hemos de ocuparnos de vuestros alojamientos.
Y les ha acompañado a varios albergues para pobres peregrinos que hay en la ciudad, en donde los deja acomodados.
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